Disclaimer: Los personajes le pertenecen a J. K. Rowling, lo cual es una lástima porque yo hubiera escrito una saga en la que Harry Potter no fuera ta idiota… Es más, ni siquiera sería el protagonista.
Capítulo XXXIV: Born to die
"Choose your last words, this is the last time 'cause you and I, we were born to die" Lana del Rey
Zeller tenía un informe bastante detallado sobre lo que Ian Savage había averiguado de la boca de Abdiel Nott bajo los efectos de la veritaserum, lo cual significaba que tenían un punto de partida. La «guarida» de los hombres fugados de Azkaban estaba en al este de Stockbridge Village en Liverpool, antes de llegar a unos campos de pesca, ubicación exacta, no se conocía. Por lo demás era subterránea y no se tenía idea de cómo había sido construida. Por otro lado, Savage decía que, sobre algunos temas, Nott conseguía evadir la veritaserum asegurando que un hechizo le impedía decirlo. Lo que más le importaba a Zeller de todo el asunto y no podían sacárselo a Nott de ninguna manera: los aliados que tenían fuera, los que los habían ayudado a escapar de Azkaban y los que, probablemente, eran responsables del secuestro de Zabini y Nott. Por otro lado, como Scabior pertenecía al mismo grupo, también eran responsables del secuestro de Sayuri Ihara y los efectos que eso había causado…
Scabior, por su parte, tenía hechizos mucho más poderosos que Nott para impedir que averiguaran sus secretos y no habían podido sacarle demasiado. Pero cualquier cosa funcionaba.
—Tenemos un punto de partida —le dijo Dennis Creevey, intentando sonar optimista. La presión de Harry y del Winzengamot se sentía en la división como nunca antes. La desaparición de Rose Weasley era cosa seria.
—No se puede ser optimista en esto —le dijo Rose—, no lo intentes. —Robards, el antiguo jefe de la División a menudo les recordaba eso cuando aún buscaban mortífagos fugados. Pero se había retirado temprano, harto del ritmo de vida que llevaba y le había dejado la oficina a Harry Potter, el hombre más joven que había sido jefe de la División alguna vez: en ese entonces Harry Potter tenía veintisiete años y Zeller llevaba apenas un año como auror en funciones—. Sólo podemos hacerlo bien, y esperar tener suerte.
Dennis sonrió.
—La guarida debe de estar protegida por el fidelio, Rose —le espetó Creevey—, por lo cual tendremos que montar guardia en toda la zona hasta que alguien salga. Y conseguir entrar después.
«Y arrestar a todos, rescatar a Rose Weasley y desvincularla de su madre», enumeró Zeller con la mente, «¿cómo vamos a conseguir todo eso?»
—¿Cómo planeas que entremos después, en el hipotético caso de que logremos que alguien salga? —le preguntó Rose, que no tenía ideas sobre eso. Odiaba la maldición fidelio con todas sus fuerzas por ser capaz de esconder a varios mortífagos durante años en sitios escondidos a la mirada humana. Por supuesto, tarde o temprano se les acababa la comida, y como no podían conjurarla… simplemente tenían que abandonar su guarida.
—Bueno, Zeller, quizá tengamos que violar algunas normas de la División.
Ese «algunas» sonaba más como «más de una docena».
Cuando despertó estaba encerrada ahí. Con un catre manchado de sangre y una rendija por la que apenas si entaba alguno de luz. La habían dejado tirada en el piso y le dolía la espalda. Y el brazo, joder, como le dolía el brazo, a pesar de estar mal vendado. «No permitirán que pierda demasiada sangre», pensó, intentando ser objetiva, intentando no dejarse llevar por el dolor. Pero no podía. Tenía ganas de quedarse allí y echarse a llorar de la pura desesperación y la desolación. «¿Por qué a mí?», se preguntó, «¿por qué a mí?». Pero ya se lo habían respondido, ¿no? La mujer le había dicho que había sido por su madre. Por ser hija de Hermione Weasley. «Menuda mierda», pasó por su cabeza mientras se ponía en pie y se acercaba al catre para sentarse. Le daba la luz y cuando se sentó vio las manchas entre rojizas y cafés. «Sangre seca», comprendió pronto. ¿Quién había estado allí antes que ella? ¿Quién había sido el otro desafortunado?
Pero no podía más. El terror la corroía y se instalaba en su mente como inquilino permanente. Ya no podía pensar con demasiada claridad. Pero recordaba a la mujer y recordaba la pregunta: «¿Cuántas cruciatus es capaz de resistir una persona sin volverse loca?» Recordaba a Hestia Jones en clase de Defensa, hablando de las maldiciones imperdonables en cuarto y en el modo que se había obsesionado con ella después de ver la marca de su madre y de que alguien le contara que a su madre la había torturado una tal Lestrange. Pero nunca había logrado encontrar la respuesta a esa pregunta. Sólo sabía que debían ser muchas…, una tras otra, una tras otra, sin darle descanso a su cuerpo y a su mente.
Pero no lo habían hecho. No aún.
Oyó el rechinido de la puerta.
No levantó la cabeza.
Oyó los pasos que se acercaban a ella, sintió la mano que la tomaba de manera ruda por el brazo y oyó las palabras dichas por una voz que no conocía.
—Morrigan quiere verte.
«Otra vez, no por favor, otra vez no…»
Pero se dejó arrastrar a la prescencia de la mujer de cabello negro y largo, su mirada penetrante y su piel pálida, y a su sonrisa cruel, porque ya no le quedaba nada.
El medimago Jasons le había dico que probablemente daría a luz en las próximas dos semanas y Mai estaba empezando a ponerse nerviosa. Demasiado nerviosa. Sentía las patadas de Colin en el vientre y la mayoría de sus amigas estaban encantadas con la expectativa de tener un bebé a quien regalarle toneladas de ropa, pero Mai estaba nerviosa. Era su primer hijo y no tenía ni idea de cómo sería. En el fondo, esperaba que heredara los ojos claros y bonitos de Dennis y el cabello negro medio ondulado de ella. Así sería un niño precioso. Más que precioso.
Oyó a Dennis llegar a la casa cuando la puerta se abrió y se dirigió al recibidor. Últimamente se la pasaba en el sofá o en la cama. El vientre le había crecido bastante y cada vez le resultaba más dormir. En cualquier momento sentiría la primera contracción y su única preocupación era que en ese momento Dennis no estuviera en casa —y la verdad es que no estaba en casa muy a menudo los últimos días, pero procuraba llegar temprano y hacerla sonreír a toda hora, a pesar de que su trabajo no era precisamente el más seguro—. Mai sonrió al verlo entrar con el cabello empapado.
—¿Llueve? —preguntó.
—En Londres sí —respondió él—, un montón, como siempre. —Se acerco a ella—. ¿Cómo has estado?
—Aun no estoy en una sala de San Mungo implorando que saquen a Colin de mi vientre —respondió ella con una sonrisa—. Bastante bien. Ha venido mi madre otra vez al medio día a hacer la comida porque insiste que en mi estado es imposible cocinar… —Suspiró—. Me trata como inválida. Y preguntó por ti… como estaba habituada a verte por aquí a la hora de la comida…
Habían tenido una discusión sobre eso una vez. A Mai no le gustaba demasiado que Dennis volviera a cazar criminales, pero Dennis no había dado su brazo a torcer con eso. Mai intentaba entenderlo, pero para ella la guerra casi no había existido. En 1997, cuando Harry Potter derrotó a Voldemort, ella tenía dos años y no recordaba casi nada. Más que no salían casi de la casa dónde estaban con sus abuelos paternos, los Pinetree.
—¿Qué le dijiste?
—Que últimamente tenías mucho trabajo. —Mai sonrió—. Lo lamentó, pero no dijo gran cosa.
—Perfecto. ¿Y Colin?
—Patea fuerte. Creo que está impaciente por salir o algo así…
Entones oyó a una lechuza en la ventana que ya había cerrado.
Dennis fue quien se acercó a la ventana.
—Que raro… —comentó Mai—. No solemos tener correspondencia nocturna.
Dennis abrió la carta mientras caminaba hacía la chimenea. Una vez llegó allí, la tiró al fuego luego de leer su contenido.
—¿Dennis? —preguntó Mai, extrañada por el comportamiento de su marido—. ¿Qué era eso? —le preguntó.
—Nada por lo que te tengas que preocupar —le respondió Dennis y curveó los labios hacia arriba, pero la sonrisa se veía falsa y forzada.
«Pues parece exactamente lo contrario», pensó, «¿en qué estás metido?»
Inna Selwyn estaba en su despacho cuando Susan Corner entró en él. Había estado leyendo El Profeta de esa mañana y aun no se comentaba nada de la ausencia mediática de Hermione. Más bien hablaba del secuestro de Rose Weasley, un montón.
—¿Cuánto tiempo podremos resistir así? —preguntó Susan al entrar.
—No mucho —le respondió Inna—. Todos se preguntarán por qué la ausencia de Hermione si esto continua, y si se enteran de que está vinculad a su hija… bueno… esperemos que no lo hagan. Dirán que está a un paso de la tumba.
Susan suspiró y se sentó.
—Me pone de nervios que haya pasado esto justo antes de las elecciones —respondió—. Tenemos que encontrar a la chica. Hermione morirá si siguen hiriendo a su hija… Y la chica también lo hará.
—Volveremos a quedarnos sin cabeza —resumió Inna—, en resumen.
—Bueno, es sonó un poco desalmado.
—Pero tienes que reconocer que es verdad —continúo Inna—. Percy Weasley no es un líder. Era un buen asistente de Shacklebolt y le lamía las botas lo suficiente, pero no es un buen líder. No puede enfrentarse al Winzengamot en pleno, lo conoces. —Torció la boca en una mueca desagradable—. Además, a la gente en general le parece muy aburrido… No podemos llegar con la población mágica y decirles que ese es su ministro, a nadie le gustará. Si Hermione no puede llegar al sillón de ministro, definitivamente, nos quedaremos sin cabeza.
—Ya no nos quedan muchas opciones… Telemachus McGonagall, quizá, si se centra en su candidatura —musitó Susan—. Pero realmente espero que solucionemos esto. Hermione es la mejor opción que tenemos.
—Tendrá mano firme —comentó Inna—, eso que no se te olvide.
—Es heroína de guerra —le recordó Susan—. Tiene una orden de merlín de primera clase y una carrera meteórica en el Winzengamot, al que ingresó a los veinticuatro años, luego de dejar su trabajo como defensora de los elfos domésticos. La gente la aprecia. No tanto como a Potter, pero la gente la aprecia.
Inna suspiró.
—Mi padre se enfurecería de ver esto… No concebiría que una nacida de muggles se convirtiera en ministra. Pero los Selwyn perdimos posición después de la guerra y sólo queda adaptarse a los nuevos tiempos —comentó al aire—. Al final, tienes razón, es nuestra mejor opción. Y será buena ministra. Sabe moverse en la política, al contrario que Potter… o que su marido.
Susan Corner sonrió.
—Será buena ministra, Inna —aseguró—, pero primero tiene que llegar. Tenemos que hacer todo lo que esté en nuestra mano para encontrar a su hija. Mover todo lo que sea necesario.
—Estás preocupado —insistió ella.
—Quizá un poco —admitió él.
—Lo suficiente. —Ella sonrió calculadoramente.
Dejó que el silencio los inundara un poco y luego se inclino para besarlo, pero Albus últimamente no parecía muy interesado en besarla, ni en recorrer cada centímetro de su blanca piel. Últimamente sólo pensaba en Rose Weasley. Claro. Como todos ellos. «Joder, que aburrido es esto», pensó Justine, pero se cuidó mucho de no decir nada. Salía con Albus Potter porque besaba de puta madre. Se acostaba con Niklaus Pucey porque le gustaba. Y Pucey los últimos días no tenía tiempo para verla y Albus no parecía tener ningunas ganas de revolcarse un rato. «Joder, joder», pensó Justine, «menudo momento elegiste para salir con un Potter». Acababa de recordar el pergamino que estaba en el primer cajón de una de las mesillas de noche de su recamara.
—No creo que te ayude de mucho estar tan preocupado, Al —le dijo, pero su tono no sonó demasiado consolador. No era demasiado buena con eso. Nada buena. Justine Higgs sabía falsificar la caligrafía de medio Hogwarts, tenía una radar infalible para detectar chicos que besaran bien, pero no le interesaba consolar gente destrozada, preocupada o cualquiera otra cosa.
—¿Y qué me va a ayudar, según tú? —le espetó. «Volvemos a Hogwarts el próximo lunes, y no quiere volver sin Rose», pensó Justine. Sí, quizá había acertado con eso—. Sólo puedo sentarme aquí, y estar preocupado, porque no soy lo suficientemente mayor según mi padre como para ayudar.
Justine suspiró. Aquello estaba resultándole terrible.
Si no iba a ver a un Potter desnudo, tampoco quería ser su pañuelo.
Entonces recordó el pergamino de su mesilla de noche, de nuevo. Había llegado la media noche del día anterior.
«Entréganos a Albus Potter o Niklaus Pucey morirá. Escribe la respuesta al reverso, la lechuza volverá el miércoles».
¡Hola!
Bien, tenemos un capítulo que me ha costado un huevo que no tengo, así que veamos…
Zeller y Creevey tienen pistas —pocas, pero cuentan como pistas—, y creo que Creevey está dispuesto a todo para encontrar lo que busca, ¿o ustedes no están de acuerdo? Zeller empieza a estar de acuerdo con sus métodos, que están muy lejos de ser ortodoxos y políticamente correctos, pero ya tendremos más oportunidades de ver a Creevey en acción. (Como nota, todas las localizaciones mencionadas, existen)
Por otro lado, Rose está cayendo en un hoyo más profundo: la desesperación. No tiene a nadie en quie apoyarse, ni siquiera —como si tenían Antonin y Jezabel—, ¿sobrevivirá sin volverse loca?
Susan Corner e Inna Selwyn discuten sobre la sucesión. Parecen bastante desalmadas, quizá, pero ellas se dedican a la política. No son amigas de Hermione, aun cuando Susan le tiene bastante simpatía (y es una buena persona). Inna proviene de una familia de sangre pura (con la que Umbridge asegura estar emparentada en el juicio de Mary Cattermole) que, seguramente, sigue las viejas tradiciones. Son políticas y listo.
Mai Creevey está a punto de dar a luz y está preocupada por el trabajo de Colin. Para quien quiera imaginársela busquen a Audrey Tautou muy jovencita con el cabello bien negro. Una monada. Su apellido de soltera es un guiño a Helena Dax y uno de sus personajes más… peculiares.
Y finalmente, Justine, Justine. Me atrevo a asegurar que nadie más que yo la quiere. ¿Qué hará? ¿Qué responderá?
La canción es de Lana del Rey. Me encanta esa canción. Pero sólo esa consigue hacerme sentir algo de Lana del Rey. En fin, habla, del panorama general, sobre todo por la tonada medio tranquila que lleva… ( www . youtube watch ? v = Bag1gUxuU0g Sin espacios)
Finalmente…
Valar dohaeris
Andrea Poulain
a 23 de junio de 2013
