Disclaimer: Los personajes le petenecen a J. K. Rowling, lo cual es una lástima porque yo hubiera escrito una saga en la que Harry Potter no fuera ta idiota… Es más, ni siquiera sería el protagonista.
Capítulo XXXVI: Angels
"Sparkling angel, I believe you are my savior in my time of need. Blinded by faith, I couldn't hear all the whispers, the warnings so clear" Within Temptation
—Adolf, la chica ya sabe que hacer —mencionó Morrigan—. Quiero a ese. Por lo menos a ese…
—¿Y después?
—¿Después? —la mujer sonrió—. Un gran golpe. Uno del que no se puedan recuperar…
Cuando le había llegado la carta se había dicho «¿por qué no?». No tenía nada mejor que hacer. James se la pasaba encerrado en su apartamento y Lily no podía ayudar en casi nada, aun cuando parecía casi anhelarlo. En vez de eso, acababa con Scorpius, o con Hugo, que estaba inconsolable con lo de su hermana. Pero Albus no era bueno ofreciendo consuelo así que procuba apartarse un poco de la catarsis familiar. Su padre estaba desesperado, sus tíos se veían como muertos en vida y toda la familia Weasley estaba un poco más taciturna que de costumbre. Su abuela en especial estaba demasiado aprehensiva. Lily y él habían ido a verla el día anterior y Molly los había recibido con abrazos, pero también con miradas cargadas de miedo.
Lo cierto es que no había demasiadas cosas que pudieran hacer, y quizá eso los ponía tan nerviosos. Su abuelo se la pasaba encerrado en el cobertizo, con sus cachivaches y entre todos los Weasley procuraban vigilar a Hermione cuando Ron tenía que trabajar. La hermana de Fleur, Gabrielle, se había marchado esa mañana, pues su marido tenía que volver a Beuxbatons. Louis y Dominique la habían acompañado a tomar su traslador en el Ministerio.
Así que Albus había optado por apartarse un poco. La catarsis por la que estaban pasando lo ponía nervioso. Lo ponía nervioso que un auror llegara y les comunicara que habían encontrado un cadáver pelirrojo en alguna parte del mundo que coincidiera con el de su prima Rose. Y personalmente si eso sucedía, él no quería estar allí para verlo. Rose no podía morir. No podía.
El elfo lo recibió en la entrada de la gran casa señorial de los Higgs, ubicada casi en el centro Cardiff, bajo la inocente apariencia de una casa familiar. Por supuesto, una vez que las verjas eran atravesadas, se revelaba una gran casa exquisitamente construida que, sin embargo, en tamaño, parecía una choza al lado de la gran mansión Malfoy. A Albus le gustaba, sin embargo. Su casa nunca había sido tan grande, y siempre estaba llena de gente (aunque parecía bastante más acogedora que Grimmauld Place, donde habían vivido hasta que Lily había cumplido tres).
Justine lo estaba esperando en el salón, con una falda color marfil que le dejaba atisbar una parte de sus blancas piernas y sus labios pequeñitos curveados en una sonrisa.
—Te esperaba hasta la una —comentó ella.
—Te dije que llegaría al mediodía —le dijo Albus aproximándose hasta ella. Parecía que sería el primer rato normal que pasarían desde la fiesta de cumpleaños de Louis… y aquello se veía tan lejano. Al menos Justine no le preguntaba nada, pero tampoco intentaba empatizar con él. Así era ella, fría y le contaba entender incluso sus propios sentimientos—. Y aquí estoy.
Ella se puso en pie y Albus pudo ver lo que tenía en la mano. Una botella de vino de elfo cerrada. Cuando se aproximó pudo ver que era uno bastante fino. Justine siguió el curso de su mirada y volvió la vista hasta la botella que tenía en la mano.
—Lo robé —se encogió de hombros como si no le preocupara—. Amenacé a Potts para que no dijera nada, aunque me parece que se planchará las manos si no lo vigilo con cuidado… Por creer que hizo algo incorrecto. —No parecía importarle demasiado el viejo elfo doméstico que merodeaba por su casa como alma en pena—. Pero me pareció una buena idea… —Le extendió la botella cuando Albus estuvo a dos pasos—. ¿Quieres hacer el honor?
Albus correspondió a la sonrisa cómplice de Justine al tiempo que apuntaba con su varita a la botella para sacar el corcho. Parecía que aquella sería una velada decente. Al menos, una que Albus disfrutaba, que llevaba desde navidad sin disfrutar de algo realmente. Todo acababa recordándole a su madre, que lo había recibido en King Cross para sus primeras vacaciones de navidad con una cara extraña y él no había sabido entender que Ginny Potter no se acostumbraba a la idea de que su hijo estuviera en la casa a la que odiaba. Todo le recordaba a los gritos de su madre, y sus sonrisas que se parecían tanto a las de su abuela. Sus palabras consoladoras cuando James lo molestaba una y otra vez… Era molesto y era triste. No quería acordarse de nada más, porque, simplemente, no quería volver a sentirse miserable.
«Joder, Rose…», pensó, «ojalá te encuentren».
Pero ese pensamiento siempre estaba allí, a la espera de encontrarlo descuidado para volver a su cerebro para atormentarlo una y otra vez.
«No pienses mucho en eso, no ahora», se dijo.
El corcho saltó de la botella.
—Añejado desde 2006 —comentó Justine—, el año en que nacimos.
Sonreía cuando le extendió dos copas para que sirviera un poco y uno de sus pies tamborileaba en el sueño de manera constante. Una de sus manos parecía temblar, pero Albus no lo notó mientras servía el vino de elfo y dejaba la botella a un lado para tomar una de las copas.
—¿Brindamos por algo? —preguntó Albus con una sonrisa—. ¿Además de por beber alcohol al mediodía sin comida en el estómago? —«Nos vamos a arrepentir de esto».
Justine sonrió aún más. Su sonrisa parecía más tensa que de costumbre.
—Por ti, Albus —le dijo y chocó su copa con la suya—. Salud —musitó levantando una ceja y llevándose lentamente la copa a los labios. Albus hizo lo mismo, pero no tan lento como Justine.
Una vez que dio el primer sorbo sintió el sabor del vino, que era exquisito… y algo más… Le pareció que empezaba a ver borroso y como Justine dejaba la copa a un lado, sin darle ni un sorbo. Se acercó hasta él mientras sus pies parecían dejar de responderle, y sus manos se adormecían poco a poco… y todo se iba emborronando cada vez más.
«¡¿Qué?!»
Justine se acercaba a él, pero ya no sonreía, no más… Y él cada vez oía menos, y veía menos… y el piso parecía más cerca, y el impacto contra la loza ya casi no dolió. Justine era cada vez más borrosa, sus bordes se difuminaban y la oscuridad inundaba los ojos color esmeralda de Albus, pero aún le pareció oír la voz de la chica, lejana… muy lejana:
—Lo siento, Albus. No tienes ni idea de quien soy…
—Ama —Potts la interrumpió—. Ha venido alguien. Asegura que usted sabía que el vendría… ¿Ama?
—Dejalo pasar, Potts —indicó Justine.
Miraba a Albus, tirado en el sueño, con los ojos cerrados y la copa de vino rota a su lado. El líquido se extendía cerca de él y alcanzaba a mojarle una parte de la túnica negra que se había arrugado con la caída. Y su expresión… tan en paz… Justine suspiró. Pero había visto su mirada, esa que le dirigió antes de caer, esa mezcla de extrañeza e incomprensión, quizá con un poco de furia al final, al terminar de comprender. Pero después, nada, sólo esa paz que lo rodeaba casa que estaba dormida.
«Siempre has sido muy inocente para ser un Slytherin, Albus», pensó Justine, allí parada, con su falsa color marfil y la blusa blanca. El pie moviéndose en medio de un tic nervioso, dejando oír el taconeo contra la loza en la que descansaba Albus, sin saber que se aproximaba.
—Ama… —Potts volvió a entrar, pero esa vez llevaba compañía. Justine sólo alcanzó a escuchar
—Déjanos solos, Potts —ordenó Justine con la voz dura y se dio la vuelta para ver al mago que venía con su elfo doméstico. Potts se apresuró a obedecer la orden y entonces el mago, encapuchado y con una túnica negra y sucia, dejó que Justine viera su cara.
Era horrible, empezando por el cabello blanco y la piel demasiado pálida. Las cejas blancas, del mismo color de su cabello, y los rasgos duros y toscos. Justine no pudo reprimir una exclamación de sorpresa.
—¿Te parezco horrible? —preguntó.
Justine no respondió.
—¿Asustada?
—Ni un poco —respondió.
«Si que lo estás Justine, no mientas», se dijo a si misma, sintiendo el sudor en las manos, las ansias de taconear el suelo con el pie. ¿Ese era el miedo? ¿Así se sentía en las entrañas? «Salvé a Niklaus», se recordó, con desesperación, «salvé a Niklaus».
—¿Qué le harás? —preguntó, en forma demandante, al notar como aquel extraño mago albino se acercaba a al cuerpo inerte de Albus.
—¿Me lo entregaste en bandeja y ahora te preocupas por él? —La voz del mago tenía un más que notorio tinte sarcástico y sus ojos claros parecían decirle «Bruja estúpida».
Sin embargo, él no dijo nada más cuando apuntó con la varita hasta la mancha de vino en la ropa de Albus, murmuró «Tergeo» y empezó a quitarle la ropa a jalones, intentando no romperla. Justine se dio la vuelta para no mirar nada mientras oía los movimientos de aquel hombre albino. «Salve a Niklaus», se recordaba cuando tenía esa sensación desagradable en las manos, en el estómago… cuando sentía ansiedad.
Finalmente, se volteó y se encontró con el cuerpo inerte de Albus envuelto en la capa mugrienta del hombre y a él con la pulcra túnica de Albus que después de la caída se veía un poco arrugada.
—¿Me parezco a tu novio, bruja? —le preguntó con una sonrisa cruel y entonces cerró los ojos mientras hacía una mueca de dolor… Y su cabello empezó a oscurecerse y se volvió un poco más lago, asemejándose al de Albus, y su piel blanca dejó de ser tan blanca para imitar el tono de Albus, y cuando abrió los ojos ya no eran azules claro, sino verdes, como esmeraldas, y los rasgos toscos de su cara poco a poco se asemejanban a los de Albus, y su altura, y sus manos…
Alzó la varita al tiempo que Justine lo miraba sorpendida.
—Yo nunca estuve aquí, bruja —empezó—. Tú nunca recibiste ninguna carta, ni entregaste a tu novio… y él nunca llegó a su cita de hoy… —Justine comprendió demasiado tarde lo que iba a hacer—. ¡Obliviate! —fue lo primero que oyó, y poco después—: ¡Desmaius!
Pero Justine recordó algo antes de caer.
«Se olvidó de Potts».
Todo se hacía reducido a súplicas, a oscuridad y a dolor. Parecía que no le quedaba nada, y que se le estaba acabando la voz para suplicar piedad, para suplicar por su libertad. Oía el «crucio» y sabía lo que iba después. Sabía que el dolor la haría suya y conocía esa sensación de millares de agujas clavándose en su piel. Sentía el dolor y oía su propio grito, atada a la silla donde Morrigan se dedicaba a atormentarla, una y otra vez, cuidándose de no hacerle la Cruciatus demasiado seguido. «Me quiere cuerda», comprendía Rose Weasley.
Y entonces el dolor se detenía y ya no había más. Sólo la voz de Morrigan y su mirada cruel. Y una vez había estado allí alguien con una capucha, que hablaba como un viejo y se había reido después de ver como era torturada. «¿Por qué a mí?, ¿por qué a mí?», se preguntaba, una y otra vez, desesperada por hallar una respuesta en su racional cerebro, que no podía proporcionársela.
—¿Lo has disfrutado hoy, niña? —le preguntó Morrigan.
—La atormentas demasiado —le espetó la voz debajo de la capucha, pero no sonaba realmente a reproche.
Morrigan sonrió y Rose deseó gritar cuando vió el cuchillo de nueva cuenta acercándose hasta ella. La herida que le habían hecho apenas estaba cicatrizando… «No, no, no, por favor», sabía que suplicar no serviría de nada. Había aprendido que sus gritos parecían música en los oídos de Morrigan que se deleitaba con el dolor ajeno. Sintió el beso del metal sobre su piel, y luego el dolor y la sangre corriendo por su pierna mientras Morrigan hacía el corte y se deleitaba con el grito de Rose.
—Llévatela —le espeto al hombre que estaba allí.
El hombre de la capucha la sujetó del brazo que aun tenía una venda y la obligó a caminar hasta la celda que ya conocía, hasta ese catre en esa habitación sin luz que se había convertido en su celda…
—Ahora tendrás compañía —espetó y a Rose le pareció que se divertía cuando abrió la pesada puerta de su celda y la dejó caer a suelo de la habitación, cerrando con un sonoro golpe la puerta detrás de ella.
Rose comprendió lo que quería decir al ver el cuerpo tirado en el piso, envuelto solamente por una túnica mugrienta. Y no le costó reconocer el cabello negro, negrísimo, un poco más ordenado que el de su padre, y el rostro de su primo.
—Al… —musitó.
Se acercó hasta él y vio que estaba profundamente dormido. Así que a él también lo habían llevado allí. ¿Le harían lo mismo? Rose se estremeció al pensarlo y entonces zarandeó el cuerpo.
—¡Al! —intentó despertarlo—. ¡Al, despierta! —casi gritó, desesperada. Zarandeo el cuerpo una vez más hasta que le pareció que se movía un poco—. Por favor… despierta…
Entonces Albus abrió los ojos y a Rose le pareció ver que estaba desorientado. Los abrió de golpe, sorprendido.
—¿Rose? —musitó, al verla.
Rose asintió como pudo y entonces se hechó a llorar. No podía más. Había llorado más los últimos días que durante toda su vida y estaba deshecha. Ya no quedaba casi nada de la adolescente fuerte que había sido hasta entonces. Morrigan se había dedicado a aterrorizarla durante aquellos días…
—¿Rose? —volvió a preguntar Albus, como si no creyera nada de aquello y la chica se aferró a su cuello, abrazándolo como nunca lo había hecho, desesperada—. ¿Qué te han hecho, Rose?, ¿qué te han hecho?
Pero ella no podía responder. Morrigan parecía empeñada en destruirla poco a poco y lo estaba logrando. Ya no tenía esperanzas y su vida normal le parecía algo demasiado lejano. Sólo recordaba la silla, y la cuerda, y el dolor. Sobre todo el dolor. Y ahora Albus estaba allí, con ella, y ella ya sólo deseaba estar sola, porque no le deseaba eso que estaba sintiendo a nadie…
—Fui una tonta —musitó—, creí en él… en ese chico, Michel… —Su llanto se había detenido un poco, pero aun le quedaban las marcas de las lágrimas en las mejillas—. Creí en él… y… no era quien yo pensaba… sólo… me estaba engañando…
Albus la abrazó más fuerte.
—Tranquila, Rose —murmuró.
—Al… —empezó, de nuevo, desasiéndose del abrazo y mirándolo a la cara—, ¿qué nos van a hacer? —preguntó.
Pero su primo bajó la cabeza para no mirarla y ella supo que no tenía ninguna respuesta posible. Sólo les quedaba esperar, allí encerrados, los dos. Y los dos era consientes de que no podían esperar nada bueno.
—Por ahora no saben nada.
—Casi has conseguido imitar la voz del chico —comentó ella.
—Pero eventualmente lo sabrán —le dijo Adolf—. No tenemos demasiado tiempo. Sería mejor si los matásemos directamente.
—Allá afuera quieren víctimas, Adolf, y voy a cumplir mi promesa… Así que todos tendrán que ser secuestros… —Se quedó callada un momento—. Pero… a Malfoy…
—¿Sí?
—Lo quiero para mí —Morrigan sonrió—. Ya sabes qué tienes que hacer antes de que te descubran.
Kate se puso en pie cuando Hestia anunció que se iba. La había convencido de reunirse con Latika y Roxanne, en casa de la última, porque no se la veía demasiado a animada los últimos días y porque ella no quería hacer de mal tercio. Así que no planeaba quedarse más tiempo.
—Nos vemos chicas —se despidió Hestia, dirigiéndose hasta la chimenea. Kate abrazó a Roxxane.
—¡Nos veremos en Hogwarts, si no es que antes! —se despidió y se acercó a la chimenea justo cuando Hestia se marchó rumbo a su casa. Se metió en las llamas con un puñado de polvos flú y dijo fuerte y claro—: ¡Casa Jordan! —Y un instante después ya no estaba allí.
A Latika le había gustado verlas, pero la verdad es que había estado esperando ese momento toda la tarde: el momento de quedarse a solas con Roxanne. La rodeo con los brazos y sonrió.
—Llevaba esperando esto todo el rato —le murmuró al oído antes de besarla.
El golpe en la puerta interrumpió su beso.
—¡Joder! —Roxanne se apartó, poniéndose en pie, con cara visiblemente contrariada—. ¿Qué quieren a esta hora? Iré a ver…
Se acercó al recibidor y antes de abrir, lanzó un grito.
—¡¿Quién es?!
—¡Soy yo, Roxanne! —le respondió una voz—. ¡Albus!
«Joder, te voy a matar, Albus».
¡Hola!
Si quieren escribir una amezana, pueden dejar un comentario, si quieren compartirme su odio por Justine, pueden dejar un comentario, si desean decirme que me odian, pueden dejar un comentario.
Les recuerdo muy atentamente que Bell me puso el apodo Miss Martin.
Vaaaale, ¿y de qué va todo esto? Sí, de Justine siendo una perra con Albus y otras cosas. No me malinterpreten, amo a todos mis personajes Justine y Morrigan incluidos, pero tienen que reconocer que Justine sí que es una perra cuando acepto lo que aceptó. Aunque evidentemente, parece que no lo va a recordar. No hay pruebas de que Albus haya «desaparecido», más que Justine, que no recuerda nada de nada y por supuesto, alguien más. Premio a quien se sepa la obviedad de la semana. ¿Qué pasará con Justine? ¿Albus la perdonará algún día? Si es que, por supuesto, sale vivo del asunto…
Y Rose. Sí, la pobrecita está en depresión severa. No es como con Antonin y Jezabel, a quienes querían por su sangre. Con ella se han ensañado y ensañado, para al mismo tiempo, hacerle daño a Hermione. ¿Planean matarla? ¿Cuándo? Y encontrarse con Albus es, de hecho, bastante triste para ella, porque, aunque es la primera vez que tiene contacto humano dede que la secuestraron, también significa que Albus está en problemas. Y los problemas habían evitado al chico… (bueno, excepto sus cuernos, que le han salido bastante más problemáticos que drama adolescente).
Al principio el capítulo se llamaba Quisiera saber, pero quedó un poco alejado de la trama y se llama Angels, que es la primera canción de Within Temptation que oí en toda mi vida. Por el inicio, representa la forma de Justine, que parece un ángel pero en realidad es poco menos que una serpiente venenosa. ( www . youtube watch ? v= VK9qfVQ4Z04 Sin espacios)
Y sin más por hoy…
Uno para salvar el mundo, uno para destruirlo.
Andrea Poulain
a 26 de junio de 2013
(el día del cumpleaños de Bell)
