Disclaimer: Los personajes le pertenecen a J. K. Rowling, lo cual es una lástima porque yo hubiera escrito una saga en la que Harry Potter no fuera tan idiota… Es más, ni siquiera sería el protagonista.


Capítulo XXXVII: Intruso

"Es de anatomía idéntica a la mía; su rostro es de alegría, el mío es de agonía" Enjambre


Zeller lo mandó llamar a primera hora y cuando entró a la oficina, la encontró hecha un revuelo. Ted suspiró, con nerviosismo, preguntándose que habría pasado. No quería contarle nada más a la chica Zabini, no sabía en que usaría la información… Y James trabajando con ella. Debería advertírselo a James, decirle que Liliane Zabini, por muy experta en maldiciones que fuera, no era de fiar. Acabó entrando a la oficina de Zeller con nerviosismo preguntándse qué habría pasado.

—¡Al fin llegas! —le espetó Zeller.

—Vine lo más rápido que pude —respondió él—. El avisador despertó a mi abuela. —«Que por cierto, es una increíble persona cuando está enojada», pensó. Su abuela últimamente estaba de mal humor. Sobre todo cuando el avisador de Ted la despertaba a las siete de la mañana.

—Bueno, Lupin, tenemos problemas —empezó Zeller.

«No sé por qué no me esparaba esto», pensó Ted con una sonrisa sarcástica en los labios. Los problemas estaban a la orden del día, ya no nocesitaban más y seguían llegado. Y hasta antes de diciembre todo había sido tan pacífico… Pero estaban en enero, era viernes, y el lunes todo el mundo regresaba a Hogwarts.

—Rodearé la zona de Liverpool donde se encuentra el refugio de los secuestradores, Ted —empezó Zeller—, y necesito a todos los efectivos a los que les puedo confiar esto. Holmes quedó al mando —dijo, haciendo una mueca—; lo cierto es qu es muy competente, aunque no me guste. Recibirás instrucciones, porque quiero que estés allí. Creevey los va a acompañar.

«Que sorpresa», pensó Ted.

—¿Creevey?

—Él ideó el plan, Lupin —espetó Zeller—, y aunque preferiría no contar con él, ni con sus métodos poco ortodoxos, lo necesitamos. Vaya que lo necesitamos. —Suspiró—. Por otro lado…

Ted olió más problemas.

—Secuestraron a otro Weasley —anunció Rose con una mueca bastante frustrada. «Oh, no», pensó Ted—. Sí, Lupin, a Roxanne. Tenemos un testigo ocular, Latika Thomas, que está allí afuera con uno de sus primos mientras Savage la interroga. Lo cierto es que está conmocionada. —Zeller se quedó callada unos instantes, antes de añadir algo—: Lo cierto es que la chica afirmó que el secuestrador había sido Albus Potter cuando llegó. Asi que probablemente Potter está bajo una imperius, o hay un sustituto por allí. Hasta ahora se ha evitado que el rumor salga a la prensa, pero la chica la afirmó a gritos y no tardará en salir. Lo cierto es que queremos detener a Albus, si es que está bajo la imperius, o al impostor antes de que quede fuera de nuestro alcance.

—Eso es… demasiada información…

—Lo sé, Lupin, pero estoy cometiendo el error de confiar en ti —Zeller le sonrió—. Haz el favor de no decir nada.

«Si supieras… Rose…», pensó él con un poco de amargura.

—Nada saldrá de aquí, te lo juro, Rose.

—Más te vale, niñato —Rose le sonrió con ternura, algo poco común en ella—. Ve con Holmes, está reuniendo a todos los que rodearán Liverpool… —Ted se puso en pie para marcharse, pero la voz de Zeller lo detuvo—: Y, Lupin…, haz el favor de no llevar el cabello azul celeste cuando estés en Liverpool.


—Buenos días, Potter —saludó Zeller cuando Harry entró en la oficina que oficialmente era suya pero que Zeller usaba para tratar asuntos privado.

—Buenos días, Rose —respondió él, con una sonrisa—. Dijiste que querías verme con urgencia.

«Sí, Potter, con extremada urgencia, ahora no señales obviedades y deja de sonreír porque te aseguro que si no lo haces ahora lo harás cuando te diga lo que tengo que decir», pensó Zeller pero se contuvo para no decir nada de eso y respiró hondo. Odiaba tener que dar malas noticias, mucho menos si era a Potter.

—¿Sabes dónde esta tu hijo menor, Potter? —preguntó tajantemente, sin suavizar nada. Harry no se pondría histérico en su oficina, al menos.

—¿Albus? —preguntó Harry—. Pasó la noche en casa de los Nott, aseguró que él, Scorpius y Emmanuel se reunirían… Aunque salió de la casa desde antes del mediodía porque se dirigía a ver a su novia, Justine.

—Bueno, Potter, o hay un gemelo maligno de tu hijo por allí, o creo que tendremos problemas —resumió Rose. «Debería agradecer que me inclino por la teoría del gemelo maligno», pensó—. Latika Thomas afirmó, casi a gritos, que Albus se había llevado por la fuerza a tu sobrina Roxanne.

—¿Qué? —Sí, se veía sorprendido.

—Siguen sin encontrar a ninguno de los dos y estamos luchando para que el Profeta no se entere de qué buscamos a Albus Potter, así que más te vale ponerte en pie e ir a buscar a tu hijo o a alguien que, misteriosamente, se parezca demasiado a él. Medio departamento ya se encarga de lo mismo. —Hasta ella misma se escuchó demasiado tajante, pero no tenía otra opción. Debía solucionar eso mientras tuviera oportunidad, porque en el momento en el que Harry volviera a aquel despacho se iba a dejar llevar por sus sentimientos, algo que no había tenido que hacer en todos esos años en la oficina porque, sencillamente, ninguno de sus familiares había estado metido en problemas de semejante magnitud.

Se puso en pie y le señaló la puerta a Harry mientras ella misma caminaba hacia la salida. Tenía que ir a interrogar a Scabior de nuevo mientras Savage estaba ocupado con aquella adolescente llorosa que había resultado ser mucho más que sólo la mejor amiga de Roxanne Thomas.

—Ah… y Harry —alcanzó a decir Rose cuando el ya se dirigía a la salida del departamento—. Evita a todos los periodistas. Más si las preguntas se refieren a la señora Weasley. Todavía no saben nuestras sospechas acerca de tu hijo y planeo que sigan sin saberlo hasta que esté bajo resguardo. El impostor o él.

Si la información salía… Bueno, quizá habría una limpia en la división.

Respiró hondo y se dirigió hasta los ascensores para dirigirse hasta lo más hondo del ministerio, sólo a un lado del departamento de Misterios: a las celdas que estaban junto a las salas de juicio en las que el Winzengamot dictaba sentencia a los criminales más peligrosos, una celda por la que Scabior pasaría tarde o temprano: en el momento en el que dejara de serles útil.

Respiró hondo y entró a la celda. Llevaba en la mano un frasco de veritaserum y estaba dispuesta a aprovecharlo al máximo.

—Creí que me habían olvidado —comentó Scabior, que estaba sentado, con su bufanda en la mano.

—Cállate, Scabior —espetó Rose y le enseñó el frasco—. Tú decides, haces esto por las buenas o no.

Scabior estiró la mano.

—Me obligarás a beberlo quiera o no —le dijo y aceptó el frasco de la mano de Rose. Lo abrió y se lo bebió de un trago—. Delicioso —le espetó a Rose con una sonrisa—, como siempre. ¿Qué quieres saber ahora, Zeller?

—Muchas cosas, Scabior, como por ejemplo, en que parte exacta al este de Stockbridge Village se esconden tus aliados. —Scabior intentó interrumpirla, pero Zeller lo impidió añadiendo algo más—: Oh, sé de tus hechizos de confidencialidad, pero no te preocupes, yo me voy a limitar a adivinar, y tú, por supuesto, sólo tienes que asentir con la cabeza. ¿Eso no te lo impiden los hechizos, o sí? —preguntó. Conocía esos hechizos a la perfección y sabía que incluso uno tan poderoso como ese tenía ranuras.

Todo hechizo tenía un contrahechizo, pero mientras encontraba el de los que Scabior tenía encima, se iba a conformar con adivinar.

—¿Empezamos? —preguntó. Sonreía. Estaba quizá demasiado segura, pero hacía demasiado tiempo que no le iba tan bien en el trabajo.

Scabior le devolvió la sonrisa.

Retadora, quizá.


—¿Cómo diablos es que los Pucey tienen una snitch propia? —preguntó James—. Ninguno de sus dos hijos menores juega Quidditch, mucho menos en la posición de buscador.

Liliane sonrió. Evitó contestarle que el dinero lo compraba todo y que los Pucey no querían dejar nada. La verdad pura y dura. Lily Pucey era una mujer con los pies en la tierra, rubia y quizá un poco atractiva de lejos, pero su marido… Adrian. Bueno, ese era harida de otro costal. Y Niklaus había salido exactamente a él. Vivía para ver sus negocios crecer y superar a los de los Nott y los Malfoy. Pero no lo haría nunca. Sin los Malfoy o los Nott la economía se derrumbaría por completo. ¿Cuándo lo iba a entender ese hombre?

—Bueno, James, hay gente que lo quiere tener todo —acabó por responder mientras leía el pergamino que Niklaus le había enviado.

—Creí que desde los dieciséis años no le dirigías la palabra a Pucey, ya no hablemos de pedirle favores —comentó James, como quien no quiere la cosa, como si comentara el tiempo o el clima. Pero no, Liliane sabía distinguir cuando había algo más debajo de las palabras.

—Digamos que desde los dieciséis me debe un favor —comentó ella, cerrando el pergamino y volviendo la vista al paquete que estaban a punto de abrir. Una pequeña caja que con toda seguridad contenía una snitch bastante especial—. Viktor Krum la atrapó hace casi treinta años en un partido que ganó Irlanda —dijo. «Un auténtico tesoro para los fanáticos de Krum», se dijo, «¿para qué lo querría Adrian Pucey o alguien de su familia?» En el fondo conocía la respuesta y era algo tan simple y tan sencillo…: A los Pucey les encantaba derrochar el dinero y alardear.

—No pareces ser la persona a la que alguien le pueda deber un favor durante demasiado tiempo —le dijo James, con claras intenciones de averiguar que había tras todo eso.

«Que demonios», pensó Liliane y abrió la boca dispuesta a contárselo.

—Decidí que algún día me beneficiaría que me debiera un favor —le respondió ella sonriendo—. Lo ayudé a preparar Felix Felicis durante seis meses. A la mañana siguiente de que la poción estuvo acabada tenía a Justine Higgs entre sus sábanas.

Lo recordaba perfectamente. «Despecho», le había repetido su mente mucho tiempo, pero después de tres años, ya no le guardaba rencor a nadie. «A los dieciséis, uno puede ser muy estúpido», se dijo, recordándose a sí misma.

—Vaya —comentó James. Los ojos abiertos con sorpresa—. Y te quedó debiendo un favor. ¿De verdad esperabas que lo cumpliera? —le preguntó.

—James, los favores mueven el mundo —le respondió Liliane, mientras abría el paquete con avidez, para encontrar la pelotita dorada dentro—, si sabes a quién hacérselos y cómo cobrárselos.

«Sobre todo cuando van con intereses de tres años», pensó. Pero a Pucey ese la había salido barato. Sólo era un objeto desaparecido en su casa. Y durante algún tiempo había estado pensando que cuando llegara el momento, se lo cobraría mucho más caro. Pero atrás de esa snitch había cosas mucho más importantes que los pensamientos de una adolescente despechada a la que Niklaus Pucey le había enseñado el valor de los secretos y de los favores. Así habían empezado, favor se pagaba con favor, un secreto con otro. Nada era gratuito si se trataba de ellos y todo se volvían negocios que no se pagaban con monedas si no con algo mucho más poderoso: favores.

Se quedó viendo la snitch. Nunca le había gustado el Quidditch.

—Bueno, Potter, ¿empezamos con esto? —le extendió la pelotita dorada con la mano, bien sujeta. No quería que saliera volando en el momento menos indicado.

—Como gustes, Liliane —le respondió James.

—Tendrás que hacerlo tú —atajó ella—, eres el experto en Quidditch y en esto.

¿Cómo había llegado a confiar en él?

James apuntó con la varita a la snitch. Había estado leyendo sobre la memoria táctil de los objetos, pero los más conocidos con una eran, definitivamente, las snitch doradas. Liliane sentía la magia que emanaba de ellas, pero no del mismo modo que James, que sabía mucho más del tema, lo iba a interpretar. Sentir el poder de la magia de un objeto siempre era algo con ventaja. No podían engañarte, nunca. El poder se olía de lejos. Los maleficios poderosos encerrados en libros y en teteras se sentían a lo lejos, antes de tocarlos. ¿Por qué había gente tan estúpida que no llegaba nunca a atisbarlo?

James seguía moviendo la varita sobre la snitch, con los ojos cerrados, sin murmurar ni una sola palabra, usando siempre hechizos no verbales, algo en lo que se hacía destacar desde que tenía quince años. Y le encantaba alardear de hacerlo. Finalmente abrió los ojos.

—Lo que tienen los libros es una memoria táctil. —Sonreía triunfante con su descubrimiento—. Pero no es igual a esta… No. La del libro parece ser mucho más específica.

—¿Específica?

—Bueno, Liliane, me parece que sólo detonarán si los toca la persona correcta. —James aún sonreía—. Así, quizá, se aseguraban de que no hubiera fallos con los asesinatos.

«Lo tenemos», se dijo Liliane.

—Me parece que Lupin me va a deber información después de esto —comentó al aire. La información era poder y ella estaba dispuesta a conseguirla, a cualquier precio.


Era viernes y el domingo tomarían un tren rumbo a Hogwarts, pero aún así Albus había insistido en verlo. En Cabeza de Puerco además. Scorpius le había preguntado dos veces si estaba seguro, pero Albus sólo le había dicho, a través de la red flú, que quería hablar de algo privado y que su casa estaba llena de gente y, por ser viernes, estaría todo abarrotado. Así que había acabado por aceptar y ahora estaba allí, mirando con mala cara al tabernero que le correspondía bastante bien, esperando a que Albus se dignara a aparecer, escuchando la radio de fondo, con una cerveza de mantequilla en la mesa.

Llegó quince minutos tarde, cosa rara en Albus, que era asquerosamente puntual para todo y se sentó en la mesa.

—Lo siento —se disculpó—. Hubo un retraso.

—Ya lo veo —le respondió Scorpius.

Y entonces interrumpieron el programa de radio para dar noticias urgentes.

—Lamentamos la interrupción de la programación —dijo un locutor—, pero se ha filtrado información importante. Otro miembro de la familia Weasley, la hija del exitoso Geroge Weasley, ha desaparecido, presuntamente secuestrada por su propio primo, Albus Potter, o por un impostor…

Scorpius se quedo de piedra. No le dio tiempo a reaccionar, cuando estaba sacando la varita alguien le hico un petrificus totalus y se desapareció con él. Y ese «alguien» era su mejor amigo. Albus.


Rose Zeller estaba furiosa.

—¡¿Quién lo filtro?! —fue lo primero grito al regresar a la oficina ante las caras de todos los sorprendidos aurores. Ya no podrían coger a Potter desprevenido.

«Van a volar cabezas».


¡Holo!

¿Movidito, no? Sobre todo para la pobre de Zeller, que tienen un montón de trabajo encima, qué les digo. Muchísimo. Y con lo de Roxanne… lamento no dar detalles, pero realmente creo que dí lo suficiente. Latika quedó como testigo ocular y gracias a ella saben de Albus. Estaba con uno de sus primos (ejem, Padma Patil tiene hijos, ejem) y Savage se encargaba de ella. Más desapariciones, más problemas, más presión. Sobre todo su hablamos de la influencia tan tremenda que tienen los Weasley en ese momento. Emparentados con Harry Potter, el ministro interino es Percy y Hermione lleva el apellido por matrmonio… y se está convirtiendo en alguien con muchísimas influencias, más de las que ya tenía. ¿Por qué los Weasley tendrán tantas influencias? ¿Qué hará Zeller ante esto? ¿Roxanne vivirá a morirá? Lo que si saben es que tienen que buscar a Albus o bien, al impostor. De preferencia antes de que la prensa lo sepa, para que no pueda huir. Pero las fitraciones no se hacen esperar…

Liliane y James intercambian otras de sus escenas. Resulta que los Pucey tienen una snitch dorada que pueden examinar sin que nadie les haga demasiadas preguntas y Liliane se la pidió a Niklaus, con quien ya sabíamos que tenía un pasado, en pago a un favor que le hizo. No sé, para mí la relación inexistente ya entre esos dos era algo así como la de Cora y Rumple en Once upon a time. Pero el punto no es ese, sino que consiguen la snitch y la examinan ¿qué consiguen? ¿Tienen razón? ¿Adivinaron el misterio tras los libros explosivos? Y Liliane dice algo: «Los favores mueven al mundo», ¿qué tan cierto lo consideran? (sí, esta pregunta ya es sobre su opinión de esa frase, pero quiero saberla). Liliane, por supuesto se plantea muchas cosas. Presentes y pasadas. Porque parece que a sus diecinueve años el mundo se está moviendo demasiado rápido.

Y finalmente, si Roxanne no era un persona en exceso querido, a Scorpius tienden a brotarle fans. No me odien, pero ya sabrán de que va todo esto.

El título es de una canción de Enjambre, Intruso, de su disco daltónico y habla de Adolf haciéndose pasar por Albus. ( www . youtube watch ? v = S0pjCmbx95M Sin espacios).

Sin más por el momento…

Magic always comes with a price.

Andrea Poulain

a 3 de Julio de 2013