Disclaimer: Los personajes le petenecen a J. K. Rowling, lo cual es una lástima porque yo hubiera escrito una saga en la que Harry Potter no fuera ta idiota… Es más, ni siquiera sería el protagonista.


Capítulo XXXVIII: Youth

"And if you're still bleeding, you're the lucky ones. 'Cause most of our feelings, they are dead and they are gone." Daughter


Morrigan no pudo ocultar su sonrisa cuando los vio a los dos, tirados al lado de Adolf, que había vuelto a su aspecto original, luego de pasar todo el día evadiendo a todos los aurores que buscaban a Albus Potter. Se acercó hasta el chico rubio, que había reclamado para ella. Era guapo, no había duda, a su manera. Pero allí no le iba a servir de mucho, aun menos desde que había averiguado el resentimiento que todos los mortífagos guardaban contra los Malfoy.

—Perfecto —musitó. Los dos cuerpos, inertes, en el suelo, uno a cada lado de Adolf. Hacia tanto tiempo que Morrigan no estaba tan de buen humor—. Encargate de poner cómodo al chico —sonrió, dando a entender que esperaba, aun cuando fuera innecesario, porque Adolf la entendía perfectamente—, y manda a Rowle aquí. Hay una recompensa para él.

Adolf salió cargando con Scorpius Malfoy y Morrigan se quedó allí, de pie, frente al cuerpo inerte de la chica de piel morena. ¿Qué se escondería bajo aquellas manos cayudas, el cabello hasta los hombros recogido por detrás, la piel color chocolate? ¿Cuántos gritos podrían albergar su garganta, cuántos podrían soportar sus cuerdas vocales? ¿Qué tan bajo podía llegar a caer y qué sería capaz de hacer para sobrevivir?

—Tenías razón, Morrigan —dijo la voz que estaba debajo de la capucha, la del hombre sentado en un rincón—. Puedes ver como se consumen lentamente…, en vez de concederles una muerte rápida y segura…

Morrigan aceptó el halago sin voltear hacia el hombre.

—Gracias, padre —respondió.

—Sólo no lo arruines —pidió—, y no dejes que tu hermano lo arruine.

—No, esto saldrá bien —prometió Morrigan con su buen humor—, mejor que bien.

Nadie le iba a arruinar sus planes de nuevo. Ella misma se iba a encargar de eso.

—¿Querías verme? —Rowle entró a la habitación. Había estado quejándose más tiempo que todos los demás. Pero Morrigan los conocía mejor que todos los demás. Llevaba más tiempo que Scabior, el idiota que se había dejado atrapar. Lo recordaba desde su niñez y siempre le había producido una mala sensación. Simplemente, no le gustaba, pero era fácil usarlo, porque no era demasiado inteligente.

—Por supuesto. —Morrigan se acercó hasta el cuerpo inerte de Roxanne y, apuntándole con la varita, conjuro unas cuerdas para que la mantuvieran quieta si llegaba a despertar—. He estado oyendo que quieren probar la sangre… que no le parece justo que me quede yo con todas las víctimas… —Pero los había dejado probar la sangre antes y habían fallado. Muchas veces. Habían fallado al no poder matar a Hermione Weasley después de que la chica oriental fracasara, habían fallado al no poder secuestrar a Ginny Potter en el callejón Diagon, habían fallado al lanzar una bomba sobre King Cross… Y podía seguirlas contando, pero ya no le apetecía—. Así que decidí que premiar a algunos vendría bien… ¿No lo crees, Rowle? —Señalo a Roxanne Weasley, aun dormida—: Es tuya.

—¿Qué?

—Lo que oíste —respondió Morrigan, que no poseía demasiada paciencia—. Ella es tú víctima. Haz con ella lo que quieras. Mátala, si te place, destruye sus esperanzas, si quieres. Pero recuerda algo —añadió, dispuesta a dejar muy en claro su punto—: ella es sólo tuya. No voy a premiar a los demás por cosas que no se han ganado. —Sonrió. Y estaba segura de que su sonrisa, una mueca entre la demencia y la crueldad, intimidaba hasta al más sanguinario—. Sólo tuya, Rowle, y podrás hacer con ella lo que quieras.

Toda suya. La oferta era demaiado tentadora para Rowle, que dejaría de avivar las llamas una vez que tuviera lo que deseaba. Y él deseaba venganza, como todos allí, pero aun más que venganza, deseaba sangre, gritos y víctimas.

—Me la quedaré entonces —respondió.

Morrigan alzó una ceja.

—¿La matarás? —le preguntó, con curiosidad.

Rowle se encogió de hombros.

—En un principio pensaba eso —respondió—, pero así duraría menos. Y nunca podría romper su espíritu.

«Ni triturar su alma hasta los límites», agregó Morrigan en la mente. Rowle no le gustaba, pero lo entendía, vaya que sí lo entendía.

—Toda tuya, Rowle, puedes llevártela —espetó—. Y cuando salgas… dile al primero que veas que me traiga a Potter. Y que si no quiere ocupar su lugar, más le valdrá traérmelo intacto. —«El miedo vale aún más que el respeto», se dijo, «el miedo hace milagros, el miedo es capaz de controlar a once idiotas sedientos de venganza». Y ella no podía arriesgarse a que algún idiota sediento de venganza y cargado de odio le hiciera daño a Albus Potter.

Cuando salió Rowle, el hombre debajo de la capucha, su padre, volvió a dirigirse a ella.

—¿Qué planeas con Potter? —le preguntó.

—Empezar a descabezar al mundo mágico inglés —respondió ella, con su sonrisa pintada en el rostro—. Traer a Harry Potter directo hasta la boca del lobo —dijo—, sin que tengamos que salir a buscarlo.

La puerta volvió a abrirse al poco rato y apareció Alecto Carrow con Albus Potter tras de sí. Le habían inmovilizado las manos, porque al parecer Potter no había resistido la tentación estúpida de intentar escapar.

—Hola, Potter —musitó Morrigan apuntándole con la varita hacia las piernas, que quedaron inmovilizadas por cuerdas—, ¿te diviertes? —preguntó mordazmente y luego miró a Alecto con una mirada bastante obvia de que la deseba fuera de allí. Cuando Alecto hubo cerrado la puerta, Morrigan se dirigió de nuevo a Albus, que luchaba por liberarse—. ¿Nadie te ha enseñado que esas ataduras son difíciles de romper, Potter? —inquirió.

—¿Qué quieres de mí? —le espetó él. «Demasiado retador», pensó Morrigan. Pero se lo iba a quitar. Vaya que se lo iba a quitar—. ¿Qué planeas hacer con Rose?

Así que se habían puesto al corriente. Que lindos. ¿Cuántas cosas se habrían contado en la penumbra de la oscura celda donde Morrigan los había confinado, sin esperanzas, dispuesta a ver como se quebraban el uno al otro? Pero definitivamente Albus sería más difícil. Rose… la dulce Rose… Carácter fuerte algunas veces, sí, pero se le había esfumado después de la primera Cruciatus. Pero a Albus le esperaban otras cosas…

—¿Y crees que te lo voy a contar? —se acercó a Albus, que atado esta indefenso—. No… para nada… —musitó cerca de su oído. Volvió a acercarse a la mesa que estaba al fondo de la estancia y cogió el cuchillo que doble filo que había allí. Eso funcionaría—. Ya lo descubrirás tu mismo… —le dijo, acercándose y desatándole las manos, cogiendo la izquierda y acercando el cuchillo a sus dedos—, ya lo descubrirás, Potter.

No tardarían en empezar los gritos.


Zeller se quedó mirando el paquete de nuevo mientras Savage lo examinaba. No parecía tener nada raro, porque había pasado el control de calidad del ministerio. No había magia negra en él, pero aún así nadie podía abrirlo. Iba dirigido a Harry Potter.

—¿Tiene algo? —preguntó finalmente, desesperada.

—Nada, al parecer —indicó Savage—, pero me parece que si no te llamas Harry Potter, no podrás abrirlo, Rose. Es algo táctil…, o por el estilo. —Se puso en pie y se dirigió a la puerta del despacho—. Yo sugeriría que llamarás a Potter.

Zeller se acercó a la puerta con él. Odiaba usar aquel despacho que en la puerta tenía un nombre ajeno, pero los temas confidenciales prefería tratarlos en privacidad y no en el desastre de los cubículos.

«Pues bien, lo llamaremos». Cogió la esfera que tenía en su escritorio, tan parecida a un chivatoscopio, su avisador, y se la acercó a los labios.

—Potter, mueve tu trasero hasta la oficina —murmuró—, es urgente.

—No me sorprende que no te haya despedido ya —le comentó Savage con una sonrisa—, si así lo tratas.

—Es de cariño —respondió Zeller. Pero aunque le gustaba la manera de trabajar de Potter, no había acabado de caer nunca en su gracia, con su pinta de héroe que insistía que todo se lo debía a la suerte. Sí, claro… la suerte le enseñó el patronus, la suerte le enseñó a desarmar a la gente y la suerte le sugirió que se le daba bien volar cuando iba a enfrentar a un dragón… Suerte, seguro.

Se sentó en su cubículo después de cerrar el despacho con el paquete dentro, para que ningún fisgón lo viera. No sabía quien podía estar de la filtración pero ya empezaba a imaginar sospechosos. Y descubriría al culpable, que de premio iba a recibir una carta de despido y una indemnización.

—¿Cansada? —preguntó la voz de Creevey por detrás y ella se sobresaltó.

—¿Y tú qué crees? —espetó ella de mala manera.

—Se nota —comentó él.

—¿Qué tu no estabas el Liverpool? —le preguntó, dispuesta a sacárselo de encima antes de que Potter apariencia por allí.

—Nos turnamos —comentó él—. Holmes se quedó a cargo. Es buen líder, pero hacen falta tus gritos allí.

Rose le sonrió sardónicamente.

—No puedo abandonar la división —respondió—, no como perdonas que conozco… —agregó, haciendo bastante evidente a quién iba dirigida la referencia.

—¿Potter? —preguntó Creevey—. ¿Tú? ¿Enojada con el gran Potter?

—A ti solía encantarte, lo idolatrabas, permíteme recordarte. —Rose esbozo una sonrisa—. «En serio, Rose, deberías asistir al ED» —citó—, «No importa que tengas once años, te aceptarán», «Harry es el mejor maestro del mundo».

—En su defensa era mejor maestro que auror y, definitivamente, hace dos meses era mejor auror que hoy… —comentó Creevey, recordando el año en que había conocido a Zeller.

Rose miraba fijamente a la puerta, sin hacerle mucho caso y en cuanto Potter entró se puso en pie.

—Lo siento, Creevey —comentó—, asuntos importantes.

Pero Creevey la siguió hasta la puerta.

—¿Qué asuntos? —preguntó. «Pero que plasta es», pensó Zeller, «toda esa curiosidad algún día lo va a llevar por el mal camino». Respiro hondo y se concentró para no mandarlo a freir espárragos allí mismo. El asunto, que ella supiera, sólo le interesaba a ella y a Potter. Sobre todo a Potter.

—Uno que le concierne a Potter y a mí —respondió—. Llegó un paquete de destinatario desconocido a su nombre.

No eran tan raros esos paquetes. O las cartas. Generalmente eran denuncias anónimas o chivatazos. Su época de auge fue cuando aun había mortífagos sueltos. Pero hacia tanto tiempo que no llegaba uno que incluso a Eric Munch, el tipo de la entrada del ministerio, le había parecido extraño y lo había comprobado suficientes veces. «Nada de magia negra», había dicho. Pero Zeller dudaba que fuera muy inofensivo.

—Podría ayudar con eso —sugirió Creevey.

Zeller se paró y se dio la vuelta para encararlo.

—Sea lo que sea que este en el paquete, me interesaría mantenerlo en secreto, Creevey —espetó Zeller—, y mientras más personas lo sepan, más probabilidades tiene de ir a caer en los oídos de los periodistas, que son como alimañas. Así que prefiero que sólo Potter y yo estemos enterados —y se dio la vuelta para dirigirse hacia Harry. Creevey ya no la siguió.

—No esperba un mensaje tuyo, Rose —saludó Harry.

—Bueno, Potter, tenemos un paquete para ti… —Rose no sonrió—. Y ya sé que sólo han pasado dos semanas, pero no me molestaría que decidieras que vas a hacer. ¿Seguirás aquí, Potter? Porque no sé si lo sabes, pero tu silla no va a estar esperándote.

—Volveré —aseguró él, siguiéndola.

—¿Cuándo? —espetó Rose—. ¿El año que viene? —Aunque le agradaba no tenerlo allí con tantos Weasley en peligro y su propio hijo desaparecido. La oficina se hubiera vuelto un enorme caos. Susan Corner ya ejercía presión para que encontrarán a Rose (sin comprender que buscar a alguien desaparecido no era cosa de dos horas, menos cuando no había donde empezar a buscar) y la presión de Harry hubiera sido fatídica.

Harry abrió la puerta de su despacho y dejó que Zeller pasara primero. La caja seguía allí, completamente cerrada.

—Así que un paquete —comentó Harry—, ¿de dónde viene? —quiso saber.

—Munch no tiene ni idea. Es un anónimo —respondió Rose—. Lo revisó varias veces y no encontró ni rastros de magia negra. En realidad, sólo hay un hechizo que impide que lo abra alguien que no seas tú. Nada más.

Harry se acercó más al paquete.

—¿Venía con una carta? —preguntó.

—Nada —respondió Rose—. Si hay una carta, viene adentro.

«Ábrelo ya», pensó. Mientras antes lo abrieran, antes sabrían qué escondía ese paquete y Zeller podía declararlo como inofensivo o… por el contrario, tomar medidas. Harry desató el paquete para poder levantar la tapa, sin problemas. Finalmente, levantó la tapa y un pergamino que cubría algo que no alcanzaban a ver los saludó.

«Renuncia, Potter», decía.

—¿Es…? —empezó Zeller, viendo el color rojo oscuro de las letras, temiendo lo peor.

Harry respiró hondo.

—Sí, lo es —murmuró—. Sangre.

—Sólo levanta eso… —le dijo Zeller, que ya no estaba muy segura de querer ver el contenido.

Harry tomó el pergaminó y lo levantó conteniendo la respiración. Cuando vio el contenido Zeller contuvo un escalofrío mientras sentía la sensación de tener arcadas. Hacia tanto que no veía eso…

Harry apenas si se controlaba.

—Potter… —murmuró Zeller. Harry la interrumpió, adivinando su pregunta antes incluso de que ella la formulara

—Sí, son de Albus —murmur Harry—, o lo más probable es que lo sean. —No podía despegar la vista de los dos dedos, uno meñique y uno anular, que descansaban en la caja.

—¿Qué haremos? —preguntó Zeller.

—Yo… renunciar oficialmente… —respondió él—. Y tú, Zeller, tú lo encontrarás.

—¿Estás seguro? —le preguntó ella.

—No soy capaz de tomar las riendas de esta oficina en este momento —respondió él, aceptando su visible derrota—, aunque lo desearía. Y, por supuesto, soy aún menos capaz de quedarme sentado sin hacer nada, como si aún dirigiera algo aquí, y ver como le siguen haciendo daño. —Volvió a poner el pergamino sobre los dedos mutilados—. Seamos sinceros, has hecho bien tu trabajo. Aunque desearía que todo fuera más rápido… y más fácil.

Harry no sonrió.

—Será mejor que lances el comunicado lo antes posible —murmuró Zeller.

—La oficina es oficialmente tuya, Rose —respondió él—. Cuídala… —Pareció dudar antes de agregar lo último—: Y encuentra a mi hijo y a mis sobrinos.


Liliane le había explicado a Ted Lupin cómo funcionaban los libros y cómo podían detectar si llegaban más y él parecía satisfecho. Bastante satisfecho en realidad, pero ella había ido allí en busca de algo más. Lo había citado en la cafetería que estaba a una cuadra del apartamento de James y esperaba información mientras se tomaba un doble expresso que sabía bastante bien, y sólo Morgana sabía lo difícil que era encontrar buen café en Inglaterra.

—Gracias, señorita Zabini —respondipo Ted y le extendió un saquito—. Su pago. La cuarta parte de mi suelto.

Ella sonrió con cortesía, pero había algo más que Ted Lupin le debía.

—¿Y lo demás? —preguntó.

Ted suspiró antes de responder. «¿Remordimientos, acaso?», se pregutó Liliane; en cierto modo, le resultaba bastante divertido. Desesperado por seguir el camino correcto y a la vez allí sentado, pagándole por los servicios que ella le había brindado y que no se caracterizaban presisamente por ser los más legales.

—Harry va a renunciar a la División —musitó Ted—; hoy llegó un paquete… para él… —empezó, dudando bastante—, no sé que era, pero renunciará. —Respiró hondo de nuevo—. Sé que no tiene nada que ver con los fugados, Zabini, pero también sé que James trabaja contigo. Y creo que esto tiene que ver con Albus. Está en carácter de desaparecido.

Liliane se mantuvo seria.

—Se lo diré… pero, Lupin, dime algo que me sirva. Una ubicación, un pitazo, lo que sea —pidió— y tu deuda quedará saldada.

Le dio el último sorbo al café y se puso en pie. Estaría muy interesada en leer El Profeta de la tarde de ese viernes.


Bonjour!

Bueno, tenemos un nuevo capítulo que de tranquilo tiene… nada, absolutamente nada de nada.

Morrigan es sádica. Sí, lo sabemos. Pero por fin averiguamos que el tipo rarito de la capucha que jamás se la quita es su padre y NO es Rowle. ¿Quién será? ¿Por qué nunca se quita la capucha y no permite que le vean la cara? Bueno, esas son muchas preguntas. Por otro lado, le regaló a Roxanne a Rowle. Como si fuera mercancía o algo peor. Feo. Y bueno, a Albus… a Albus lo que no le espera.

Zeller tiene un paquete no deseado en su oficina y mucho trabajo. ¿Conseguirá mantener a flote la oficina, la División? ¿Encontrará a todos los desaparecidos, como le pide Harry? Harry, por supuesto, renuncia y Zeller no parece impedírselo. Harry abandonó la División, hay que recordarlo y aunque es un muy buen auror Rose no lo considera capaz de mantenerse bajo control con tantos miembros de su familia involucrados en todo eso…

Y Liliane, ¿a qué juega? ¿Qué la mueve? ¿Cómo va a conseguir mantenerse a flote? ¿James la seguirá apoyando? ¿Qué información obtendrá de Ted?

La canción es de Daughter, un grupo que conocí por tener una canción que fue parte del soundtrack de The Vampire Diaries y que no es esta. Esta canción se llama Youth, que significa juventud y de eso habla, de la juventud. Y la puse porque a los jóvenes de Vendetta es a los que más mal les está yendo y este capítulo es la viva prueba de eso: están pagando por el pasado de sus padres. ( www . youtube watch ?v = 6I1p_sXflQQ Sin espacios)

Finalmente, no olviden…

«Ven comigo»

Andrea Poulain

5 de Julio de 2013