Doble Negativo.
Disclaimer:Los personajes de esta historia pertenecen a Stephenie Meyer, la historia aquí desarrollada es de mi completa autoría y por ende queda PROHIBIDA la copia parcial o total del texto sin mi autorización previa. Gracias por su comprensión.
Capítulo XI
La hora de la verdad.
Bella estaba mirando la hora en su pequeño reloj, claramente era obra del destino que mientras más desesperada estaba porque el tiempo pasara rápido, este parecía andar a pasos de tortuga, como si de burlarse de ella se tratase. Mientras Bella esperaba ansiosa cumplir los objetivos que su amiga le había planteado, Alice estaba desesperada ante la idea que Edward no llegase a tiempo. Mientras ambas esperaban, una no sabía qué y la otra al amigo de su novio, dos chicos se acercaron a la mesa de Bella. Esta de inmediato miró alarmada a Alice, pero se dio cuenta que su amiga estaba hablando por teléfono y ni siquiera prestaba atención.
—Hola, dulzura—dijo el moreno—, ¿Está ocupado?
Bella rogaba porque Alice le mirara para que se diera cuenta que estaba intentándolo y que luego de eso ella tendría todo el derecho de marcharse de ahí sin que su amiga le reprochase nada. Pero Alice seguía enfrascada en una conversación telefónica que la tenía absorta.
—No—respondió Bella sin mucho ánimo.
—¿Por qué tan solita por estos lados?—dijo el pelirrojo acompañante del chico que ya se había sentado.
Bella que rogaba por favor que se aburrieran de estar ambos sentados ahí y se marchasen, debió esperar que Alice colgara para que pudiera verla. La joven colgó el teléfono y cuando miró en dirección a Bella no le gustó lo que sus ojos veían, contrariamente a lo que creía Bella que ocurriría cuando Alice la descubriera hablando con dos chicos y al mismo tiempo.
—No estoy sola—sonrió Bella intentando ser coqueta—, por ahí andan unas amigas.
—¿Y por qué te han dejado sola en esta abandonada mesa?—insistió uno de ellos.
—Se fueron a bailar—respondió—, pero como no tenía con quién bailar, terminé sentada aquí.
Cuando Alice vio que esos chicos no dejarían en paz a Bella y que Edward llegaría en cualquier instante y no ayudaría que esos dos estuvieran sentados hablando con su amiga, así que para evitar que Edward se arrepintiera o saliera arrancando a último minuto, Alice decidió que era tiempo de intervenir, incluso si eso implicaba ayudar a los intereses del odioso de Cullen.
—Hola—sonrió Alice sentándose al lado de Bella y abrazándola.
Ambos chicos se quedaron mirando y luego miraron a Alice que se veía una guapa chica. La sonriente joven que recién había llegado se acomodó en su asiento y se apegó a Bella, esta notó de inmediato que algo extraño ocurría con Alice, claro que no supo qué era ni por qué lo hacía, pero decidió seguirle la corriente.
—¿De qué hablaban?—preguntó Alice.
—Nada muy importante—respondió uno de ellos bebiendo de su copa de licor.
—¡Oh!, puedes decirme, entre mi novia y yo no hay secretos—abrazó a Bella y acercó su rostro al de ella.
Tal como hacía un momento atrás los chicos se quedaron mirando sorprendidos, miraron a Bella quién solo se recogió de hombros y sonrió. No tardaron en buscar alguna excusa para retirarse y ambas les dejaron en libertad tan rápido que Bella se sorprendió. Ambas se alejaron un poco de la otra, entonces Bella le preguntó a Alice que era todo eso, que por qué había rechazado a ambos chicos y desde cuando tenía la brillante idea de pasarse por su novia cada vez que se le antojaba. Además le advirtió que si seguían con ese juego ella se lo iba a terminar creyendo. Cuando Alice planeaba darle alguna vaga explicación, aparecieron Jasper y Edward.
—Hola, amor—dijo el primero a la chica con tirabuzones—. ¿Me extrañaste?
Bella, que no podía creer que su amiga le hubiera hecho esto, debió soportar que Alice y Jasper se marcharan hacía la pista de baile, mientras ella se quedaba allí, sentada a solas con Edward, a quién había estado intentando evitar voluntariamente.
El corazón de Edward latía tan fuerte que parecía tambor de guerra, sentía como cada latido despertaban en él la desesperación que intentaba ocultar, estaba ansioso, nervioso al extremo de no saber qué hacer o qué decir. Intentó calmarse, pero solo quedó en un mísero intento. Estuvo a punto de tomar la copa de Bella y bebérsela de solo una bocarada, cuando recordó que eso lo haría el Edward que se supone había dejado, atrás, por lo que se aclaró la garganta antes de hablar.
—¿Salgamos de aquí?—preguntó.
Bella quién había estado esperando todas las horas anteriores para irse de aquel lugar, dudó. No sabía si ir o no con Edward a donde fuera que este quisiera llevarla, estaba nerviosa también, sabía que él recordaba, tenía que recordarlo y ahora todo se volvía más complicado, ya no era tan simple, no para ella. Cuando Bella aceptó marcharse con Edward, este le abrió camino entre las personas que estaban bailando, le abrió la puerta del local y le invitó a pasar, también le abrió la puerta del coche de Jasper y luego se la cerró. Detalles que Edward siempre tenía, pero que esta vez para Bella fueron diferentes, aún no comprendía el por qué.
—¿Dónde vamos?—preguntó cuando el motor del vehículo arrancó.
Edward quería mantener el misterio, pero sabía que cualquier cosa que él quisiera hacer para sorprenderla, de seguro en ella provocaría el efecto contrario. Se esforzó por recordar ser él y no en lo que se había convertido, en todo el camino rogaba por no fracasar.
—Tengo ganas de comer un emparedado de esos que solíamos comer en Forks ¿te acuerdas del puesto pequeño que tenía la señora a la salida de los bares?—sonrió recordando aquellos momentos.
—¡Sí!—recordó Bella—. Cuando después de las fiestas nos íbamos a comer de esos emparedados ricos con un café—se saboreo—. ¡Como extraño comerme uno!
Sintiendo que todo marchaba mejor de lo que planeaba, decidió llevar a Bella a aquel lugar que, en varias ocasiones, le acogió cuando no estaba de animos para nada. Entre los más recónditos lugares, entre las pequeñas calles y en un barrio bastante frecuentado por su actividad nocturna se encontraba un pequeño local que tenía letra de neón, lo que se lograba leer era La tua cantante, parecía que en cualquier momento las luces se apagarían y el letrero ya no cumpliría su función, pero Edward tomó de la mano a Bella, que parecía insegura y la invitó a entrar. Aquel contacto hizo que se le erizara el pelo de su antebrazo y esa sensación le recorrió hasta asentarse en su estómago.
—¿Qué vas a querer?— le preguntó cuando ambos se sentaron en una pequeña mesa a un rincón del local que no contaba con más de cinco de las mismas.
—No sé—sonrió—. ¿Qué me recomiendas?
—Aquí hay uno de esos emparedados con choclo y pastas de ave muy similar a tu favorito de Forks, una vez que vine lo probé y de inmediato me acordé de ti—sonrió—, estoy casi seguro que te encantará.
Bella se sintió extrañamente cómoda con Edward allí, sin el bullicio de las personas hablando, de la música sonando y de la gente en general, conseguía escuchar a Edward, quizá, de una manera distinta. No estaba en el ambiente de siempre, en el que se había acostumbrado a verlo, y no era el mismo pedante que le había enseñado como conquistar a una mujer. Entonces se encontró observándolo y estudiando sus movimientos, sus gestos e incluso su tono de voz, y no tardó demasiado tiempo en reconocer en Edward el mismo chico de hacía tantos años atrás, aquel que alguna vez capturó su atención.
—¿Qué pasa?—sonrió Edward sonrojándose al ver que Bella le estaba observando atentamente.
—Nada—respondió con una sonrisa—, es solo que parece mentira que hayan pasado tantos años…
—No son tantos—rebatió Edward mientras daba paso a la mesera que ya traía sus pedidos—, además después de todo no hemos cambiado en nada.
—Sí, lo hemos hecho—los ojos de Isabella se opacaron.
Edward quiso darle un suspiro a Bella, no quería que el emparedado le pareciera amargo por el tema que iban a comenzar a hablar, así que la animó a que diera un bocado y luego le dijera que tal. Bella así lo hizo, pero bastó con que diera el primero mordisco y su rostro fue suficiente para saber que le había encantado. Incluso se quitó el exceso de aderezo lamiéndose los dedos.
—¡Qué rico!—dijo cuando finalmente pudo—. ¡Es exquisito, Ed!
—¡Lo es!—dijo Edward dando un mordisco a su emparedado—. Me fascina venir aquí.
Una vez que terminaron el festín, Edward se sintió tan relajado que olvidó por un minuto el por qué de estar ahí con Bella. Mientras que Bella disfrutaba aún de la exquisita sensación de volver a ser una niña. Había pasado una niñez llena de cargas emocionales que no eran para una pequeña, más bien para un adulto, y volver a recordar aquellos momentos agradables con sus amigos fue lo que la animó a comentar.
—¡Qué bien nos la pasábamos!—sonrió—. ¡Qué lindos momentos teníamos!
—Tenemos—corrigió Edward—, aún los tenemos, aunque sean de recuerdos.
—¿Qué nos pasó? De repente todo se volvió tan desagradable, tan maduro, así de golpe, fue como si hubiera despertado y me sentí adulta—murmuró Bella mirando su taza de café.
—No lo sé, solo sé que las cosas se nos vinieron encima y no fuimos capaz de sostenerlas, huimos, porque tú y yo es lo mejor que sabemos hacer—reconoció Edward.
—¿Tú?—rió Bella—, tú tienes una maravillosa vida, con una maravillosa casa, un auto espectacular, mujeres por doquier. ¡Vamos Edward!—le dio un pequeño empujón con su mano—, ¿de qué te quejas tú?
—De no haber luchado por ti cuando pude hacerlo—su voz se volvió raspada, como si las palabras lucharan para salir de su garganta—, de no haber sido capaz de besarte el día que tuve la oportunidad, de no decirte lo importante que eras para mí y dejar que Lucy te llevara. Me quedé mirando cómo se me hacía pedazos la vida y no hice nada, Bella. No escuché mis sentimientos cuando ellos estaban en lo correcto. Yo… Yo debí luchar por ti.
En el instante en que las palabras de Edward salían de aquel escondite seguro que por años había tenido para todos sus sentimientos Bella no fue capaz de pensar en nada más, en ese mismo momento en que Edward abría su corazón para ella, ella sentía que todo se volvía un torbellino a su alrededor, no era capaz de pensar, de hacer, de hablar, solo sentía en su interior una punzada intensa que se apoderaba de su pecho como si fuera un puñal.
—Edward—susurró sin saber qué decir.
Bella quién jamás había creído en todo lo que Jasper le dijo una vez, ahora lo veía todo con claridad. Era cierto. Ella y Edward pudieron tener algo alguna vez en el pasado, quizá habría sido todo diferente, habrían creado una vida para ellos, a lo mejor aún seguirían en Forks, quizá no. Pero esa posibilidad existió, era sólida hasta que llegó Lucy y todo cambió, ahora a ojos de Bella era muy tarde para cambiar, el daño estaba hecho y jamás se iba a olvidar, por su parte la decisión estaba tomada, ella estaba segura de quién era, no cambiaría por eso, por un pasado que lucha por volver al futuro, a un futuro incierto.
—Yo…—su voz temblaba—, fui un idiota, Bella. Intenté cambiarte, hacerte como yo quise ser. Me encerré en una personalidad para esconder mis miedos, mis sentimientos y dejar que cicatrizaran mis heridas. Porque lo creas o no tu partida con Lucy me partió el alma, yo… te amaba.
Bella cerró los ojos como si aquello fuera capaz de bloquear todo lo que Edward estaba diciendo, mientras que en su mente las últimas tres palabras se repetían una y otra y otra vez. Ella, que se había cegado a la realidad, la tenía ahora en frente, Edward estaba allí, diciéndole todo lo que alguna vez sintió, todo por lo que tuvo que pasar y todo lo que callo, lamentablemente, para Isabella era demasiado tarde. Ella había elegido y él no estuvo allí cuando eligió, él no jugó sus cartas, se guardó en silencio sus sentimientos y se alejó, se dio por vencido y ahora la partida ya estaba perdida.
—Dime algo—susurró Edward.
Había intentado mantener su compostura, pero estaba todo revelado, sentía esa misma presión en su pecho que le impedía respirar, la misma que sintió cuando vio a Lucy besando a Bella, se sentía asustado y podía ver en los ojos de Bella que ella también se sentía asustada, tenía miedo y a la vez estaba confundida. Quizá no era bueno continuar con el tema, quizá era demasiado para soportar en un solo momento, por lo que decidió, que fuera lo que fuera lo que respondiera Bella, él no la presionaría a seguir hablando de un tema que a ambos, les gustase o no les hacía daño.
—Vámonos de aquí —musitó.
Edward pagó a la cajera por ambos emparedados y cafés, a pesar que Bella quiso pagar el suyo. Finalmente, luego de la insistencia, Bella aceptó que él pagara. Se marcharon del lugar sin decir mucho, el silencio en la cabina a momentos se hacía insoportable. Ella necesitaba pensar y él necesitaba saber lo que ella pensaba.
—Edward—murmuró Bella—. ¿Por qué me dijiste todo esto?
Ninguno de los dos se miraba, ambos miraban hacía la calle, Edward mantenía fija su concentración en conducir, mientras que Bella miraba a cualquier parte menos a Edward. Ambos se sentían lo suficientemente incómodos como para tener que sostenerse la mirada.
—Porque nos besamos, Bella—respondió—, lo recuerdo, no he olvidado aquel beso.
—Me besaste, querrás decir—corrigió.
—Como sea, nos besamos, te besé, el asunto es que pasó y no he podido olvidarlo ¿sabes? No es que quiera recordarlo a cada momento y que luego tenga que recordarme que te has declarado lesbiana y que nada de lo que pase entre nosotros llegará a ser lo que deseo que sea—respiró ante la falta de aire—, pero no lo pude evitar, se sintió tan bien, tan real, que quizá tomaste la decisión demasiado temprano, quizá te dejaste llevar por el momento, a lo mejor no todo está dicho.
—Edward, yo no…
—Bella—le interrumpió mientras frenaba el automóvil y ponía las luces intermitentes—. Tú no sabes cuantas veces he rogado para que seas bisexual—él la miró—, cuando la mayoría de las personas ruegan porque las correspondan, yo solo rogaba que fueras bisexual, porque quizá, a lo mejor algún día iba a tener la oportunidad de estar ahí—apuntó su pecho.
Bella, quién nunca había pasado por algo así, no supo qué hacer o qué decir. Últimamente no sabía que podía hacer para cambiar las cosas, pero cuando estaba Edward era diferente él la ayudaba a resolver, a buscar salir adelante. No podía olvidar que él la había ayudado a superar a Lucy, había sido él quién estaba allí para ella cuando ella lo necesitaba, pero ella, ella no había estado para él cuando él sufría, ni siquiera fue capaz de notarlo, lo ignoraba por completo y ahora, que Edward había decidido confesárselo, no sabía qué decir para apoyarlo.
—Yo no sabía…—murmuró—, yo he sido tan egoísta, Edward. Estaba en mi burbuja con Lucy y cuando se reventó quedé devastada y solo tú estuviste para mí, yo no sé como…
—No sientas lástima por mí, Bella—su rostro mantuvo la mueca de dolor—, no necesito tu lástima, he podido vivir sin ella todos estos años…
—No es lástima, Edward, no es eso, yo te quiero ¿sabes?—sonrió aunque su mirada parecía triste—, pero yo no puedo darte lo que tú deseas, no sé cómo, ni siquiera lo he intentado, yo…
—¿Me quieres?—preguntó Edward. Bella asintió—. Hemos vivido tanto tiempo, juntos, hemos visto al otro en situaciones que la gente común no sería capaz de soportar, somos dos personas jugando a ser amigos, ocultando lo que realmente sienten. Yo sé que dentro de ti hubo alguna vez sentimientos para mí, sé que todavía no se han ido, solo es cosa de intentarlo, Bella.
—Todos estos años yo he vivido bien, feliz, Edward—respondió—, no quiero cambiar eso, si cambio lo que decidí, como tú dices. O como yo digo, si cambio lo que soy, no me quedará nada.
—Has estado tan cegada todo este tiempo, Bella. Las cosas no son así, tú me quieres, nos queremos, pero no puedes dar por sentado que no funcionará si no lo has intentado.
—Pues no quiero intentarlo y si estaba allí en ese bar, fue solo para complacer a Alice—sentenció mirando nuevamente a la calle.
—¿Quién es ahora la que se está poniendo un escudo y esconde sus sentimientos?—dijo arrancando el automóvil y no dijo más hasta que llegaron a la casa de Bella.
Ninguno dijo nada en el camino, ambos tercos, no querían demostrarse más débiles de lo que eran, en silencio, ambos, estuvieron meditando su conversación. Edward por su parte estaba dispuesto a seguir intentando convencerla, sabía que algo en ella podía cambiar, ella había dejado una pequeña puerta abierta y él estaba dispuesto a entrar por ella, mientras que Bella estaba confundida y asustada, eran sensaciones nuevas, era todo diferente para ella y temía de sus sentimientos, de ser herida y de Edward.
Edward se bajó del vehículo y le abrió la puerta a su acompañante. Bella bajó del coche y sintió el sonido de la puerta al cerrarse. Edward se quedó frente a ella a escasos centímetros de Bella.
—¿Seguirá todo igual?—murmuró mientras su respiración se volvía entrecortada cada vez que Edward se acercaba más a ella.
—No—susurró apegándose cada vez más a Bella. Posó sus manos sobre el carro dejando a Bella atrapada. Esta le miró con los ojos abiertos de par en par y luego, incapaz de mantenerle la mirada, agachó la cabeza. Edward quitó una mano del coche y tomó el rostro de Bella alzándolo al encuentro con el suyo. Bella le miró asustada y nerviosa, su labio inferior temblaba, Edward le sonrió tiernamente sin dejar de mirar su tembloroso labio, se acercó a ella y sintió como la respiración nerviosa chocaba contra su mejilla. Volvió a mirarla, Bella tenía los ojos cerrados, estaba esperando aquel beso. Acarició su mejilla y ella abrió los ojos, ya no tenía miedo sino que en ellos se albergaba expectación y deseo, entonces y solo entonces la besó.
¡Hola!
Aquí estamos con un nuevo capítulo, les aviso que a la historia ya no le queda mucho tiempo, unos dos o tres capítulos más, así que tranquila, que ya pronto tendremos un desenlace.
Para aquellas lectoras de este fandom, también les cuento que inicié una historia en el fandom de Harry Potter, si les interesa podrán encontrarla en mi perfil.
Cariños.
Manne Van Necker.
