Disclaimer: Los personajes le pertenecen a J. K. Rowling, lo cual es una lástima porque yo hubiera escrito una saga en la que Harry Potter no fuera ta idiota… Es más, ni siquiera sería el protagonista.


Capítulo XXXIX: Norwegian wood

"I once had a girl, or should I say, she once had me..." The Beatles


La noticia imponía. En primera plana y con la foto del padre de James. «Harry Potter renuncia como jefe de la División de aurores». Liliane no pudo pensar que ya se veía venir. Desde la muerte de Ginny Potter y aquel periódico retrataba lo que era inevitable, la prueba de lo que le había dicho Ted Lupin la tarde anterior. La viva prueba de que todos los héroes, sobre todo los nacidos de la casualidad y críados por las circunstancias, acababan por caer, tarde o temprano. Y ella no quería convertirse en nada parecido. Ella quería venganza y tenía un móvil. Tenía la motivación y tenía a James que también la deseaba, aunque no lo hacía tan notorio como ella.

—Están patrullando en Liverpool, Lupin me dijo que zona y es casi a las afueras —comentó Liliane, mientras se tomaba un café. Como siempre, un doble expresso. James tomaba un té.

—Y supongo, quieres que «alguien» —empezó, haciendo énfasis en la última palabra— te de un pitazo cuando encuentren algo. —Bastante acertado, sí, se dijo Liliane. Quería un pitazo, lo que fuera, lo que le sirviera, y entonces Ted Lupin saldaría su deuda y le haría el mejor favor que nadie le había hecho en su vida—. Tal como parece que lo planeas, vamos a tener que evadir aurores.

Y Liliane estaba segura de que eso ya no le gustaba a James Potter. Habían mantenido todo lo más cerca de la legalidad que era posible. O más bien, él había mantenido todo lo más legal que se había podido mientras que ella sólo se limitaba a tapar sus pasos lo mejor que podía.

—Hay maneras de esconderse —comentó Liliane, que vió como James suspiró con hartazgo.

—Perfecto, entontramos un modo de ocultarnos —dijo James—. ¿Y qué harás después de eso? ¿Lo has pensado o tu plan sólo llega hasta el momento en el que consigues entrar en un refugio que, seguramente, está bien protegido? —le espetó, de mal humor—. Quizá yo también quiera esto, Liliane, pero no lo quiero con tanta desesperación para no darme cuenta que tu «plan», si es que se le puede llamar un plan, tiene demasiados hoyos. Empezando por el hecho de que no llega más allá de la parte en la que evadimos a todos los aurores que también van a querer lo mismo que nosotros: entrar allí y rescatar a mi hermano o a mi primo, o a alguien. —Se quedó callado un momento, con los puños cerrados. Había hablado en voz baja, pero algunos comensales habían empezado ya a fijarse en su discusión—. Puede que tú ya no tengas mucho que perder —retomó su argumento—, pero hay demasiado en mi contra como para que yo me arriesgue. ¿Leiste las noticias de cabo a rabo? —le preguntó—. Rose, Albus, Roxanne. No los voy a poner más en peligro… —Se quedó callado—. Incluso Scorpius Malfoy está reportado como desaparecido.

Liliane se quedó callada, porque James había dado justo en el clavo: su plan tenía demasiados hoyos. Incluso, viéndolo bien, o Ted no lo sabía todo con detalles, o el de los aurores también estaba incompleto. Pero estaban tan desesperdos que ya no esperaban a que sus senemigos salieran a campo abierto: estaban dispuestos a entrar en la boca del lobo.

—Los aurores se aplican en encantamiento desilusionador —empezó—, y nosotros también podríamos hacerlo… —aventuró, sin saber si James aceptaría aquella propuesta—. Tenemos que esperar a que ellos consigan entrar, Potter, o no lograremos nada… Y, puedo jurar que no nos arriesgaremos hasta que tu hermano esté a salvo, hasta que toda tu familia esté a salvo —le dijo. «Si eso es lo que quieres oír, allí lo tienes», pensó. ¿Qué le parecía? No podía leerlo en su cara, indescifrable.

James suspiró.

—Ya veremos, Zabini —dijo—, primero necesitamos ese pitazo y un plan algo más sólido. —Se puso en pie—. Volveré a la academia. Son casi las once y mi descanso terminó. Quizá te veré en la tarde. —No sonrió. Últimamente sonreía poco. Dejó su porción del pago en la mesa en dinero muggle y Liliane asintió como despedida. Aún le quedaba café.

Vió a James marcharse y por enésima vez, se preguntó como habían llegado allí. «La venganza», se respondió ella sola. «La venganza», se repitió. Había prometido que encontraría a los responsables de la muerte de su madre y lo estaba cumpliendo; lo que nunca imaginó, sin embargo, era que secuestrarían a su hermano, que Potter acabaría implicado de más formas que su simple curiosidad, y que conseguiría información confidencial de boca del ahijado de Harry Potter.

«La adversidad crea extrañas alianzas», se dijo, tomando el último sorbo de café.

Llamó al camarero con una seña y le pidió la cuenta, para pagarla con el escazo dinero que traía en la bolsa y que siempre gastaba en esa cafetería. Quizá los muggles fueran inferiores, pero allí sabían hacer los expressos bastante bien. Se encaminó hasta el callejón que estaba a media cuadra y desde donde se aparecía y desaparecía cada que era necesario.

No tenía nada que hacer ya. Nada que la distrajera de lo evidente: se le estaban acabando las pistas y las ideas.

Se desapareció hacia Lancashire, donde aún nevaba en aquella época del año y abrió la puerta de la verja de la mansión Zabini con su varita. No era una mansión tan grande como la de los Malfoy, ni tan antigua como la de los Nott, pero era, definitivamente, más elegante que las dos anteriores. Entró, esperando encontrar a su padre y a su hermano, pero lo único que encontró fue una nota.

«Antonin está en casa de los Nott», decía, «y yo volví al trabajo. Estaré en los tribunales, si me necesitas. Blaise»

Así que todo empezaba a volver a la normalidad. Pero Liliane no quería que nada volviera a la normalidad, no quería cambiar de página hasta que los asesinos de su madre no hubieran pagado todas las lágrimas que les debían.


—Justine Higgs no sabe nada —le dijo el auror que se había encargado de interrogarla. Shaper, se llamaba y tenía por cualidades principales ser un ruidoso incontrolable… Por eso no estaba en la patrulla de Liverpool, a la que había destinado a sus mejores elementos—. Nada de nada. Albus Potter nunca llegó a su casa el jueves, aun cuando su hermana Lily Potter asegura que salió de la casa antes del mediodía… Hasta allí, podemos estar seguros de que era el verdadero Albus Potter, después… no hay demasiadas certezas. —«Y un parlanchín», agregó Rose. Debería de haberle asignado ese interrogatorio a Savage. Sí que debería de haberlo hecho.

—Y la siguiente vez que alguien vio a «Albus Potter» fue Latika Thomas —agregó Zeller. «Pero era un impostor o Albus con la imperius…», se dijo. No podían convencerlo de que secuestrara a su propia prima y luego cortarle dos dedos. Al menos ya habían verificado que se trataba de los dedos de Albus Potter y Holmes se había encargado de eso con una gota de sangre de Harry. A Rose no le había parecido precisamente magia blanca, pero no se había quejado.

—Y después es visto, al día siguiente, en Cabeza de puerco, por Aberforth Dumbledore —volvió a empezar Shaper. «Por Merlín, Shaper», pensó Zeller, «eso ya lo sé… ¡dime algo que no sepa!»—, pocos minutos antes de que se realice la filtración al Profeta de la tarde y al radio, que interrumpe la programación para anunciar que Albus Potter es considerado fugitivo… Y desaparece sin dejar rastro… con Scorpius Malfoy.

—Muy bien, Shaper —le dijo Rose—. Ve a seguir con tu trabajo. Si Creevey está allá afuera, dile que entre.

Lo corrió como pudo, porque no hacía más que hablar como perico. Encabezaba la lista de «sospechosos que podrían haber fltrado información». Qué lastima que no había demasiada evidencia contra él, porque le habría encantado correrlo. Quizá tenía talento para los duelos, pero Rose seguía sin entender como se había ganado el título de Auror.

Llamaron a la puerta.

—¿Rose? —Dennis—. ¿Querías verme?

—Pasa —respondió ella.

Dennis entró y se sentó frente a ella.

—Ahora tiene tu nombre en la puerta —comentó con una sonrisa—. «Rose Zeller. Jefa de la División de aurores» —recitó—. Queda bastante bien. ¿Eres la primera mujer que la dirige? —le preguntó.

—Al menos desde hace cuarenta años, sí —respondió ella, sonriendo. La llenaba de orgullo su nombramiento, pero también le hubiera gustado que fueran mejores tiempos para los aurores—. Pero no te llame para que me lamas los zapatos —le dijo.

—¿Entonces? —preguntó Dennis—. Porque creí que querías que todos te adorarán ahora que eres oficialmente reconocida como la jefa. —Sonreía. Sonreía demasiado.

—¿Funcionará? —le preguntó Zeller.

—¿Qué? —inquirió Creevey, que estaba fuera de lugar en ese momento.

—¡Tu plan! —aclaró Zeller, no demasiado amablemente.

—Eso espero, Zeller —murmuró—. Si tengo impunidad completa, te aseguro que funcionará. Sólo necesitamos suerte. Mucha suerte. —Respiró hondo—. No quiero que te veas involucrada, ni nadie de tu equipo… Si se corren rumores, siempre puedes echarme la culpa.

Zeller estaba nerviosa y no podía ocultarlo.

—No tenemos demasiadas probabilidades de conseguir la ubicación exacta —dijo—. Y la tiene que dar el guardián secreto.

Y Dennis se encargaría de ello y Rose haría la vista gorda ante cualquier ilegalidad. Medidas desesperadas para situación aun más desesperada.


Estaba despierto cuando llegaron con ella, casi incosiente. Cuando se la habían llevado había gritado y había suplicado, pero de nada le había servido. La dejaron tirada en el piso y Albus se acercó hasta ella, que casi no tenía fuerzas para ponerse en pie. Lloraba. Últimamente veía a Rose llorar demasiado, como lloraba Lily en el funeral de su mamá. «Rose…», pensó, «Rose… siempre habías sido fuerte… ¿qué te han hecho?» Pero sabía bien lo que le habían hecho. Sabía bien cuanto la habían aterrorizada. Él mismo levantó su mano izquierda y observó el lugar donde estaban sus dos dedos. Dolía bajo la venda puesta medio bien que le había colocado un desconocido para que no se muriera desangrado. No. Morrigan lo quería vivo. Asquerosamente vivo, igual que quería a Rose.

—Ey, Rose —murmuró, inclinándose ante ella—, Rose.

«Quizá sea mejor dejarla dormir», pensó. Pero tenía miedo, aunque no lo admitiera, de que Rose se durmiera y cuando despertara hubiera perdido la cordura que le quedaba. O de que ya no despertara jamás. Puto miedo, se dijo, pero eso no lo ahuyentaba. El miedo seguí allí, anidando, y no se iba a largar. Iba a seguir anidando dentro de él, mientras Morrigan se limitaba a aterrorizarlos, una y otra vez… Hasta que consiguiera lo que quería.

—¿Al? —preguntó Rose. Albus se acercó a ella e intentó limpiar sus lágrimas con la mano derecha. La izquierda estaba mucho más torpe que de costumbre. Demasiado más torpe que de costumbre—. Al… —musitó Rose, entre sollozos—. Nunca saldremos de aquí.

—No pienses en eso —le dijo Albus. «No en eso, Rose, por favor, no pierdas la esperanza». Pero él ya la había perdido. Y no lo admitía ni siquiera ante sí mismo—. Saldremos y tú serás una medimaga increíble y todos querrán que tú los atiendas en San Mungo. —Ni siquiera se había atrevido a confesarle que la habían vinculado a su madre, que su madre sufría lo mismo que sufría ella. Y no se iba a atrever.

—No digas eso —murmuró Rose—. No es cierto… —Tosió una… dos veces y luego volvió a hablar—: Cuando pienso en las notas de venganza… en cómo no las tomamos en serio… —dijo, con trabajos—; Merlín, debimos tomárlas en serio…

—Rose… —la interrumpió Albus. No quería dejarla seguir hablando, no quería dejarla seguir pensando en todas aquellas cosas.

—¿Cuántas cruciatus soy capaz de resistir? —le preguntó Rose.

Tan directa. Tan cruda. Joder, dolía mirarla. Dolía pensar que era una chica que había heredado los ojos azules de su padre y el cabello pelirrojo. Que tenía algunos rasgos de su madre. Dolía pensar que ella estaba convertido en eso. Ella, que había sacado Extraordinario en todos sus TIMOS, excepto en Transformaciones. Ella, Rose, que no entendía de Quidditch, pero que había leído Historia de Hogwarts de pequeña. ¿En eso la había convertido Morrigan, aquella bruja pálida de cabello oscuro y despeinado?

—No pienses en…

—Al… sólo responde —pidió ella con una voz que lo destrozaba. ¿Cuánto soportarían sin volverse locos? Él se mantenía mejor que Rose, pero si Morrigan planaba seguir mutilándolo… No estaba seguro de que pasaría.

—No lo sé —acabó por decir—. No tengo ni idea.

—Me duele todo —murmuró Rose—. Siento ganas de dejarme llevar, pero no puedo. Ella espera hasta que me recupere para volver a hacerlo, para volver a torturarme… Oh… Albus, realmente deseo dormirme y no despertar más en este cuarto. —Se echó a llorar de nuevo y Albus no supo hacer otra cosa que no fuera abrazarla—. Me duele todo. Me duelen los dedos, y la espalda, y estoy débil. No puedo estar mucho tiempo de pie… —Hizo una pausa y Albus la soltó. Se quedaron allí sentados, en el cemento frío—. Me duelen las piernas y a veces dejo de sentir mi cuerpo… —siguió—. ¿Cuánto soportaré?

No quería contestarle. No quería decirle nada.

—Sobrevivirás —murmuró finalmente, incapaz de decir nada más optimista. No podía. Era humanamento imposible para él abrir la boca y pronunciar algo mejor. Ya no podía—. Sobrevivirás, Rose. Lo juro.

«Sobreviviremos», quiso decir, pero no le salió. Primero habían sido dos dedos, ¿qué sería lo siguiente? ¿La mano entera?

—Fui una estúpida, Albus —se quejó Rose—. Una estúpida. Michel era demasiado perfecto para ser real —musitó— y me dejé llevar. Sólo porque quería evadirme, quería olvidar navidad, quería olvidar lo de tía Ginny.

«A ti no te traicionaron como a mí, Rose», pensó, pero no le dijo nada. ¿Para qué? «A ti no te traicionó esa persona en la que confiabas a pesar de que todo el mundo te advertía que no era buena idea». Sí, todos. Incluso Scorpius le había dicho una vez que Justine no era demasiado de fiar y había acabado por tener razón. Toda la puta razón, igual que Emmanuel, que no sé cansaba de repetírselo. Él había creído a la chica, pero era ella la que lo tenía agarrado, bien sujeto, para que no se escapara.

Y ahí estaba, gracias a ella.

Esperaba que le fuera muy mal en la vida.

—Sobrevivirás, Rose —repitió, intentando convencerse, intentando convencerla, aun cuando en el fondo sabía que no tenía sentido. La esperanza de Rose se había acabado tiempo atrás. Antes incluso de que él fuera a dar con todos sus huesos a aquella celda podrida—. Verás que sí. Sobrevivirás.

Repetirlo como consigna hasta que fuera menos doloroso para su esperanza mutilada.


—Ya sé que el espacio es pequeño, pero se nos empieza a acabar el espacio para alojar a los invitados —le sonrió, pero le pareció que a él no le agradaba demasiado su sonrisa. Qué lastima—. Me gustaría ofrecerte un mejor lugar…, ya sabes, uno que no fuera el fondo de esta sala por donde pasan todos… Una lástima, sí —volvió a sonreírle, pero él ni siquiera levantó la cabeza para ofrecerle un vistazo de ese rostro de frente ancha y rasgos angulosos. El cabello, que parecía que había intentado dejarse un poco largo, le caía sobre la frente—. Tu padre estará muy interesado en saber lo que pedimos por ti… Cree que es capaz de alcanzar cualquier precio con sus millones de galeones, pero no… hay cosas que no se compran con oro. —Se acuclilló al lado del chico—. Y una de ellas eres tú… y el precio será demasiado alto. Yo me voy a asegurar de ello. —Se aproximó aún más a la oreja del chico, para murmurarle con apenas un hilo de voz lo siguiente—: Porque o él no vuelve a verte a ti, que acabarás enterrado en una zanja cualquiera, o tú no vuelves a verlo a él… aunque estés libre.

Aquello pareció despertarlo y levantó la cabeza. No se veía tan lindo con el pedazo de tela que impedía que profiriera gritos con sentido que Morrigan había acabado por ponerle con un solo movimiento de varita luego de que se hubiera puesto demasiado impertinente. No se veía tan guapo como en su óculo con los dos grilletes, y las manos inmovilizadas…, pero seguía siendo él. Scorpius Malfoy. El precio de su cabeza era tan alto que Malfoy, a quien muchos allí le deseaban la muerte, no podría alcanzarlo. No sin un gran sacrificio.

Acerco la mano a su cabello y agarró un pequeño mechón.

—Supongo que no te importará que tome esto —y lo jaló. Habría podido hacerlo con la varita, por supuesto, pero, ¿por qué no disfrutar el quejido que había salido de la boca del chico mimado que ahora estaba allí, encadenado y amordazado? Demasiado cruel incluso para ella.

Se acercó a la mesa e ignoró al chico. Tenía una carta que escribir.

Escuchó como la puerta se abría y no le dio importancia. Generalmente era sólo su padre, que detestaba la compañía excesiva.

—A ninguno de los de allí afuera le molestaría tener un momento a solas con el chico. —No, no se había equivocado, el cruel comentario había salido de boca de su padre—. Por supuesto, el chico no saldría demasiado vivo o demasiado cuerdo de una plática a solas…

Morrigan sonrió.

—Tendrán lo que quieren… —le dijo a su padre—. Una vez que Draco Malfoy haya pagado el precio.

Su padre rió. Su risa no parecía risa, sino un sonido cruel y gutural.

—Y el precio de la venganza es muy alto —comentó—, muy alto. Algunos a penas empiezan a entenderlo. —Se quedó mirando el contenido de la carta que Morrigan había empezado a escribir con su refinada caligrafía—. Puede que físicamente seas idéntica a tu madre —musitó—, pero me recuerdas a otra persona… A una persona muy diferente a tu madre.

Su madre nunca salía en el tema de conversación. Morrigan guardaba muy pocos recuerdos de ella, ¿por qué le iba a interesar qué bruja la había dado a luz en un frío pueblo de los Países Bajos hacía veinticinco años casi?

—Tendrás lo que siempre has deseado, padre —respondió—. Todo lo que siempre soñaste. Una venganza. Y ni siquiera vas a mover un dedo.


Ajá, hola, bonjour, hi, lo que sea.

Este capítulo me costó varios días porque llegó un punto en la escena de Albus y Rose que me quedé con cara de "no sé que carajos estos escribiendo".

Así que centrándonos en los hechos… Entre Rose y Dennis, ¿cuál es su plan completo? ¿Cómo entrarán en la cueva del lobo, que es la única oportunidad que tienen de liberar a los cautivos?

Liliane y James… sí, todo empieza a moverse. Es como un "c'mon, move on", en el que Liliane se niega a participar. Ya veremos una escena de ella con su hermano en capítulos posteriores, y les explicaré mejor mi punto. James es esta vez él que cuestiona a Liliane y la hace ver que no todo es tan fácil como para decir "me voy a vengar".

Con Albus y Rose es todo angst, triste. Igual que con Scor, pero como lo escribí del lado sádico, o sea… desde el punto de vista de Morrigan. Y por cierto, ¿a quién le recuerda Morrigan a su padre? Quizá es obvio, quizá no, intenten y adivinen.

El capítulo se llama Norwegian Wood, que es una canción de The Beatles bastante genialosa y habla un poco de Albus con la frase que está en la cita. También un poco de Scorpius, ejem. ( www . youtube watch ?v= lY5i4-rWh44 Sin espacios)

Somos grandes, Alitas, y nada, nada podrá pararnos

Andrea Poulain

a 10 de Julio de 2013