Disclaimer: Los personajes le pertenecen a J. K. Rowling, lo cual es una lástima porque yo hubiera escrito una saga en la que Harry Potter no fuera tan idiota… Es más, ni siquiera sería el protagonista.


Capítulo XLI: Lilium

"Os iusti meditabitur sapientiam et lingua eius loquetur iudicium. Beatus vir qui suffert temptationem, quoniam cum probatus fuerit accipiet coronam vitae." Kumiko Noma


Se había acostumbrado a no verse a sí mismo, a ver sólo el patrón del pasto cuando buscaba el lugar donde estaba su mano, siempre bajo el efecto del hechizo desilusionador cuando estaba montando guardia. Sin embargo, no habían visto a nadie —o detectado la presencia de nadie— fuera de las fuertes protecciones que Holmes había detectado. En cambio, tenía demasiado tiempo para pensar. La última vez que Zeller le había preguntado sobre Victoire, él le había respondido que «lo habían dejado». En realidad se habían dicho muchas cosas, la mayoría de ellas hirientes, y lo cierto es que Victoire no le contestaba ninguna carta. Llevaban más de cinco años juntos, ¿quéles estaba pasando?, ¿qué les había pasado?

Victoire le reprochaba que no pasaba tiempo con ella, que estaba todo el tiempo trabajando, pero no parecía entender que Ted era auror las veinticuatro horas del día, no soólo durante la supuesta jornada laboral. Ted entendía que el hecho de que su avisador seonara en medio de una cita mataba completmente la pasión, pero él había elegido la profesión. El había elegido convertirse en auror, una de las profesiones más demandante que existía en el mundo mágica. Todo había empezado cuando Victoire le había dicho que deberían plantearse vivir juntos. Ted empezaba a adivinar lo que pasaba por la cabeza de Victoire y no estaba muy seguro de nada en realidad. No quería dejar a su abuela y aunque se moría por darle su apellido a Victoire, sentía que aun eran demasiado jóvenes. Él sólo tenía veintiséis —y cumpliría veintisiete en abril—, Victoire acababa de cumplir los veinticuatro.

Y la quería tanto… ¿por qué era tan difícil que ella entendiera su profesión? ¿Por qué era tan difícil no discutir tanto?

«Joder, Ted», pensó, «céntrate».

Eran la única esperanza que tenían los chicos desaparecidos y llevaban días vigilando un paisaje desolado, lleno de pastizales, a las afueras de Liverpool y no había absolutamente nada. Ni una pista, ni nada. Sólo había silencio, cielo gris, desesperanza. Tes suspiró. Intentaba mantener la mente fría, pero el hecho de que Albus estuviera allí volvía las cosas más complicadas. Zeller quizá confiaba en su habilidad y él estaba de acuerdo con ella, pero, ¿en su habilidad para mantener la cabeza fría?

Fue entonces cuando oyó el crujido, un ruido, pequeño, justo detrás de él. El ruido que hacían los pies de alguien al ser arrastrados por el pasto, el ruido de alguien que respiraba profundamente, como si estuviera muy cansado, el ruido de alguien que restriega sus manos contra la ropa. Todo al mismo tiempo. No lo pensó más de un segundo cuando se dio la vuelta y un hombre viejo que creía reconocer le devolvió la mirada sin saber que se la estaba devolviendo, porque al fin y al cabo Ted estaba bajo un encanamiendo desilusionador.

«Desmaius», pensó, apuntando, sin darle tiempo a moverse, a darse cuenta de que no estaba solo en aquel paraje desolado. Llevaba tiempo esperando aquello, que alguien se apareciera lejos de la protección, por lo menos fuera. Y aquello fue lo único que necesitó antes de lanzar las chispas rojas, cuando el cuerpo ya golpeaba el suelo, y recordaba que aun le debía el pago a Liliane Zabini.


Rose esperaba a Creevey, quien, dividiendo su tiempo entre su esposa embarazada y la División, consistía en la única compañía a la que podía tratar normal, sin tener la sensación de dirigirse a un subordinado. Aunque aun recordaba lo que le había prometido: a Thorfinn Rowle, ni más, ni menos. ¿Qué era capaz de hacer Creevey para sacarse el aguijón que tenía enterrado desde los catorce años? Zeller tenía una vaga idea de lo que Dennis era capaz de hacer, pero, ¿realmente sería capaz de desgarrar su alma?

Finalmente llamaron a su puerta. Ella sabía que era Dennis quien llamaba y también que no entraría hasta que oyera ese «Pase» que ella le estaba dirigiendo en ese momento. Y cuando entrara la saludaría con un asentimiento y un atisbo de sonrisa que nunca llegaría a formarse en sus labios.

—Rose —dijo, al entrar, como siempre, llamándola por su nombre.

—Creevey —respondió ella. Lo llamaba como siempre, por su apellido. ¿Podría volver a llamarlo por su nombre alguna vez? Perdonarle el rencor que llevaba años alimentanfdo, incluso contarle a Ashley quien era su padre. Sacudió la cabeza, no era momento de pensar en esas cosas—. No era necesario que vinieras —le dijo, con compasión—, podrías ocupar tu tiempo en algo mejor…

—No quiero estar en casa —la cortó él, de tajo—. Allí me siento más inútil que aquí. —Se quedó callado un momento largo, como si no supiera cómo decir lo siguiente, como explicar eso que sentía. Pero al final habló—: No sé cómo pelear con una magia que no conozco, Rose. La magia ancestral me supera, sólo he oído hablar de ella, pero no sé luchar contra ella. —Negó con la cabeza—. Esa magia es cosa de las tradiciones de los sangrepuras.

—No eres inútil… —empezó Rose, pero no llegó a acabar, su avisador empezó a sonar y ella tuvo que atender el mensaje que se había escrito en él. Cuando lo miró, casi sintió como su respiración se detenía. «Tenemos a Rowle. Confirmado que es uno de los guardianes secretos A. H.» Nunca había tenido mejores noticias. Miró a Dennis—. Holmes acaba de mandarme un mensaje. Tienen a Rowle, Creevey, a Rowle.


Lo habían llevado a las celdas provisionales que había en el fondo del Ministerio. Rose llevaba una pequeña botella de veritaserum que Dennis le había conseguido pues no podían esperar que el departamento de pociones les proporcionara una, con toda la burocracia que existía. Dennis iba con ella y esta vez, no podía negárselo. Tragó saliva cuando vio a Holmes y a Ted Lupin, con el cabello café, como no podía llamar la atención esperándola.

—Los demás aurores están en la oficina —informó Holmes—, ¿quieres que mande llamar a todo el departamento? —le preguntó, sin ni siquiera saludarla, o algo más.

—Llama a los que estén disponibles, Holmes —ordenó—. Que estén alerta.

—Perfecto, Rose… —Holmes se permitió una pequeña sonrisa—. Por cierto, ha sido Lupin. Lupin lo ha derribado.

Rose le dirigió una mirada a Ted que esperaba que él interprera como un elogio, pero no dijo nada. Se limitó a seguir caminando, con Creevey detrás, hasta donde estaba la puerta de la celda en la que habían confinado a Rowle. Antes de entrar, y cuando se aseguró que no había nadie que los pudiera oír, se dirigió a Creevey.

—Sé que te prometí inmunidad, Creevey, y te lo voy a cumplir, pero tiene que seguir vivo, al menos hasta mañana.

Dennis asintió, sin decir nada. Rose no supo que había en su mirada, pero era algo que le daba mucho miedo.

Abrió la puerta y se preparó para lo que había dentro. Habían atado a Rowle con unas cadenas a la silla, quizá para evitar que se removiera, que intentara luchar.

—Thorfinn Rowle. —Rose fue la primera en hablar.

—Zeller —ladró él, con una voz profunda—. La nueva jefa de la división. Sabes que no contestaré a tus preguntas.

—Lo harás —Dennis Creevey tardó en hablar y su voz sonó demasiado fría, demasiado cruel. Era un Dennis que Rose no conocía y que tampoco estaba interesada en conocer.

Rose abrió la botella de veritaserum, alzando una ceja.

—¿Quién dice que no? —preguntó, antes de obligarlo a beber. Había hecho eso muchas veces y siempre le resultaba desagradable. Obligar a tragar a alguien la poción, presionarle la mandídibula hasta que estuviera en su estomago—. Sabemos que eres el guardián secreto.

—Sí…

Rowle parecía estar resistiéndose, pero no lo lograría, no del todo.

—Queremos la dirección del refugio secreto, la manera de entrar… —le dijo Dennis—. ¿Cuál es?

El hombre parecía estar conteniéndose para no lanzarse sobre Rowle, para no desfigurarle la cara a puñetazos o al menos estrellarlo contra la pared. ¿Tanto rencor había guardado en él?

—Nunca encontrarán el refugio… No…

Rose Zeller empezaba a perder la paciencia y no hacía ni dos minutos que estaban allí. Pero Dennis acabaría perdiendo el control si seguían allí más tiempo, si Rowle no hablaba.

—¿Dónde está el refugio y cómo podemos entrar en él? —le preguntó Rose, con la voz fría, seca, antes de que Dennis interviniera y le diera un puñetazo o lo dejara medio frito allí mismo. Zeller no tenía tiempo para que Creevey hiciera lo que le viniera el gana, porque la vida de cuatro adolescentes dependía de ello. Enteramente de ello—. Por otro lado, agradecería que me dijeras todo lo que necesito saber. ¿Salidas de emergencia? ¿Trampas anti-intrusos? Quiero todo, Rowle.

«Y el veritaserum hará que me lo digas».

Thorfinn Rowle empezó a hablar.


Llegó con una lechuza agotada, cuando ella estaba en el salón de invierno, dándole vueltas a las cosas, a lo que haría si podía conseguir venganza y a lo que le había pedido a Lupin. Lupin perdería demasiado si averiguaban como había compensado a Liliane y ella nunca antes se había atrevido a pedir aquello. Cuando vio la lechuza y el paquete con un «Zabini» escrito con la clara caligrafía de Lupin, medio desaliñada, supo que ya no tenía tiempo para pensar en qué haría.

Abrió el paquete con rapidez, una caja pequeña, desgarrando el papel con las uñas, con ansiedad, preguntándose si era lo que deseaba y si Lupin no le había jugado chueco. Pero cuando se encontró con un pisapapeles en él y un papel que tenía escrita, con la letra muy apretada, la misiva, supo que Ted Lupin le había dado el pago. «Se activará en quince minutos. Lo que hagas es tu responsabilidad», y después, una dirección, con una caligrafía diferente, lo que seguramente le permitiría traspasar el fidelio. Liline cerró los ojos un momento con una sonrisa que se curveó en sus labios e interpretó la úlima frase como un «yo ya pagué, no me metas en tus problemas».

Se puso en pie y se dirigió a la chimenea, dispuesta a ir hasta el apartamento de James Potter, con el paquete en las manos, pero una voz la detuvo antes.

—Liliane.

Su padre. Su voz gruesa, su mirada, parado en la puerta del salón de invierno, mirándola atentamente, como si se diera cuenta por primera vez que ella ya no era una niña.

—Padre —musitó ella.

—Se ha detenido —levantó el brazo. Las marcas de putrefacción estaban igual que la última semana. No habían avanzado, ni avanzarían más, pero como los espíritus le habían dicho a Liliane, tampoco iban a retroceder. Su propio dedo meñique era una prueba de ella—. Nott me lo dijo.

Ella asintió, porque no quería hablar de eso. No quería hablar de lo que había sacrificado para darle vida, para salvarlo. No quería hacerlo sentir un inútil y un imbécil por haberse dejado llegar por la muerte de su madre. Pero Blaise Zabini, que había envejecido de golpe en tres semanas, casi y media, no estaba dispuesto a dejar allí las cosas. No tan fácil.

—¿Qué diste a cambio? —insistió—, ¿qué pagaste? —Se acercó hasta ella hasta tomarla por la muñeca, antes que se esfumara por la chimenea, porque la conocía tan bien que sabía que no le gustaba hablar de esos temas.

Y ella sabía que esa vez no iba a poder subir esa muralla que la cubría a ella y a sus sentimientos.

—No importa —espetó—, el precio fue pagado.

Pero Blaise Zabini no estaba satisfecho con esa respuesta. Y Liliane lo sabía perfectamente con sólo dirigirle una mirada, porque él era el hombre que la había educado, el hombre al cual debía la mayoría de las cosas que sabía. Podía mentirse incluso a sí misma, pero no a él. A él, nunca.

—¿Qué fue, Liliane?

Entonces se atrevió a confesárselo, con la mirada vuelta al suelo, llevándose la mano traicionera al vientre, la voz baja, como si por un momento le hubiera entrado miedo pronunciarlo.

—Nunca te daré nietos…

Blaise Zabini la soltó. A Liliane le daba igual, ¿qué más le daba a ella no tener hijos, no casarse por un apellido?

—Liliane… ¿por qué quieres vengarla? —preguntó, finalmente.

Liliane dudó.

—Porque era mi madre… —empezó, aunque no parecía segura; finalmente, respiró hondo—, y porque…, padre…, ella no merecía morir, no así.

Se soltó de firme agarre de su padre y se metió en la chimenea, no quería seguir con aquella plática. Murmuró la dirección del apartamento de James Potter antes de que su padre pudiera volver a detenerla.

Salió en la chimenea y pudo ver la cara sorprendida de James al verla allí. No se habían reunido demasiado los últimos días. Él estaba en la Academia, con clases y ella en sus asuntos. Pero en ese momento estaba allí.

—Sólo iba a dejarte un recado —musitó Liliane, al verlo allí—. No creí que estuvieras aquí…

—Suspendieron labores en la Academia. ¿Sabes que no hace eso desde hace muchos años? —le dijo James—. Frank fue con sus padres cuando salimos. Todo está en estado de alerta. Si algo sucede y necesitan reservas llamaran a todo el último año. —Él solo era de segundo, pero en ese momento, casi deseaba ser de último año.

—James… —lo llamó por su nombre extendiendo el paquete—, el paquete es de Lupin. Un traslador.

Lo soltó a bocajarro porque no había otra forma de soltarlo, porque todo lo que sucediera a partir de ese momento iba a ser responsabilidad suya y quería desesperadamente compartirla con alguien.

—Se activará en poco tiempo, Potter —siguió hablando, sin importarle si el la escuchaba o no.

—¿Sabes qué vas a hacer? —preguntó él, abruptamente.

—Matarlos —musitó Liliane, con la voz débil, apretando la varita con una mano. «Eso sólo si los encuentras», rectificó, pero no dijo nada. Encontrarlos, enfrentarse a ellos, eso era lo que deseaba. Verlos morir.

—Liliane —musitó James—, no me convertiré en un asesino. No hoy. No ahora. Ni siquiera por mi madre. Pero… —parecía debatirse internamente. Liliane sabía que no debería de haberse presentado de esa manera, de ponerlo entre la espada y la pared, con una opción tan apetecible y tan suicida como aquella—. Mi hermano…, Rosie… podrían estar allí… —hablaba rápido, comiéndose las palabras, atropellando los sonidos son su respiración—. Iré —anunció finalmente, poniendo su mano sobre aquel traslador, para esperar lo inevitable.


El cuerpo desnudo de la chica descansaba en la cama, aparentemente en paz, con los ojos cerrados. Quizá de más cerca se podían apreciar los moretones, algunas cicatrices no demasiado visibles, también el cabello despeinado y revuelto. Y a él enfrente, con un pergamino que revisaba, una y otra vez, mientras ella lo miraba con curiosidad, preguntándose por qué estaría haciendo aquello. Se la había regalado a Rowle, era cierto, con todo lo que la palabra regalar incluía, pero Rowle no estaba y a Adolf le apetecía experimentar un poco.

—Sabes que muchas cosas pueden salir mal con esto —advirtió Morrigan, con la voz seca.

—Lo sé —musito él—, pero ella es prescindible, ¿no? —Esbozó una sonrisa torcida, cruel.

—Sí que lo es —dijo ella finalemente y se dirigió a la puerta, abriéndola—. Estaré donde siempre, cuando hayas acabado con ella.


Bon jour!

Este es el nuevo capítulo que es, finalemente y aunque no lo parezca, el principio del final. Aunque tengo que admitir que hoy me encontré pensando en cómo iniciaría una secuela. Quizá la haya, estoy más que segura de que la habrá.

En fin, comienza con Teddy que tiene problemas con su perfecta novia. Que pena por ellos, ¿los arreglarán? Quien sabe, eso es un secreto. Pero gracias a un golpe de suerte Teddy ve a un mortífago y lo aturde.

El mortífago en cuestión resulta ser Rowle y también el guardián secreto, lo cual tiene mucha lógica porque es uno de los que ya estaba allí, además de Scabior, el encapuchado, y los dos hermanos. No puede morir por que si muere todos los demás serían guardianes secretos y entrada frustrada otra vez, Dennis tiene que contenerse un poco.

Por otro lado, no tengo mucho que decir de Liliane, ya lo dice ella solita en el capítulo. Ese equipo que ha formado con James es extraño, sí, y a los dos los mueven cosas super diferentes.

Bien.

La canción que le da título al capítulo es Lilium y es el opening de Elfen Lied (un anime que empecé a ver hace poco y está bueno… eso, claro, si te gusta el gore). La melodía, e incluso algunos pasajes, cantados en latín, retratan el ambiente general del fic, esa calma antes de la tormenta total. ( www . youtube watch ? v = pn- JAkLCb78 Sin espacios)

Ave atque vale.

Andrea Poulain

a 21 de Septiembre de 2013