Doble Negativo.


Disclaimer: Los personajes de esta historia pertenecen a Stephenie Meyer, la historia aquí desarrollada es de mi completa autoría y por ende queda PROHIBIDA la copia parcial o total del texto sin mi autorización previa. Gracias por su comprensión.


Capítulo XIV

Torre de Babel.


Previamente en Doble Negativo: Bella no puede creer que ha tenido sexo con Edward y cree que todo lo que está pasando es demasiado extraño como para hacerle frente. Ignora las llamadas de sus amigas y no ha hablado con Edward desde esa noche. En su restaurante favorito se encuentra con Edward y Jasper, y sorprende al primero elogiando a otra chica. Su remordimiento por no haber llamado a Edward se transforma en soberbia y finge no darle importancia a sus celos, Edward está confundido con su actitud y no sabe como enfrentarse a ella. Cuando Bella se marcha del restaurante, Edward abandona el lugar también.


Dedicado especialmente a Sabia Atenea. Por ser una gran amiga, que está siempre allí para cada arranque en el que la necesito. ¡Gracias por insistir tanto en que actualice este fic! Sin duda, sin tus constantes insistencias, esto no seguiría en pie.


Sue no dijo nada en todo el trayecto, mucho menos lo haría cuando llegaron al Spa. No necesitaba palabras para interpretar todo lo que pasaba con su jefa, era una mujer compleja, pero seguía siendo una mujer y entre ellas casi podían leerse los pensamientos, pero conociendo el carácter de Isabella lo más conveniente era omitir cualquier opinión o sugerencia, ella tendría que aprender una vez más la lección por sí sola, por muy difícil que fuera. Pero era Sue y una de sus características no era la prudencia, por lo que no fue capaz de morderse la lengua.

—¿Y ahora qué, jefa?—dijo detrás del mostrador—. ¿Va a fingir como que nada pasó? No necesito saber detalles ni que usted me lo afirme, pero si me permite…

—No, Sue, no le permito—dijo, secamente—. Vuelva a sus labores.

Luego de eso lo único que se escuchó en el lugar fue el portazo que Isabella propinó al ingresar a su oficina.

—No, Jasper, es que ya no lo sé, ya no. Esto tiene un límite, Isabella pasó y sobrepasó ese límite. Ya no podemos estar preocupadas por ella, es una mujer no una niña. Últimamente después de lo de ya sabes quién ha estado demasiado desatada, es otra mujer y no sé si estoy dispuesta soportarlo—reconoció, Alice.

—¿Tanto así?—preguntó, Rose—. No creo que exista nada que supere tu depresión cuando Jasper tuvo que marcharse de la ciudad y rompió contigo. Lo siento, Jasper, pero esa cagada quedó marcada a fuego en mi memoria.

—Ya…—suspiró, Jasper.

—No, es que tú no has estado aquí Rose, tú no has tenido que ver a Isabella acostándose con media ciudad…

—¿Y tú lo has visto?—frunció el entrecejo, Jasper.

—No, pero he tenido que oírlo y no es nada agradable, pero como sea ¿Qué creen que habrá hecho Edward?—dijo, mientras bebía de su bajativo.

—¿No es obvio?—sonrió, Rose—. Fue, como un príncipe azul, a buscar su corcel blanco para perseguir a la damisela en peligro—fingió un suspiro.

—Ya, una damisela en peligro… Isabella es su propio peligro, a ver si la salva de ella misma—rodó los ojos, Alice.

—Ya, que par de amigas que se gasta Bella—sonrió, Jasper.

Isabella se dejó caer en su silla, miró todos los papeles sobre su escritorio y rogó por que ninguno de ellos fuera urgente, no estaba pendiente de pagar los permisos ni nada por el estilo, la verdad últimamente no estaba pendiente de nada ¿cómo estarlo? Su vida estaba patas hacia arriba y sentía que cada vez estaba más al borde del abismo. La vida se le había complicado y no se había dado cuenta cómo. Cerró los ojos, rogando que la opresión de su pecho desapareciera por arte de magia, pero no desapareció. Fue una imagen de Charlie la que afloró en su cabeza.

Charlie…

Bells, ¿Qué estás haciendo?—dijo, Charlie al verla arriba de un árbol—. Te podrías fracturar si caes de allí.

¿Ves las manzanas de allí? Pues si las consigo haremos una gran tarta—sonrió, la niña.

Si tu madre te ve arriba del árbol me retará por no cuidarte—le dijo, dulcemente—. Ven, baja de allí e iremos por manzanas.

Es que yo quiero estas manzanas, papá—sonrió—. Además no me costará nada trepar un poco más.

Charlie…

Sus recuerdos eran tan borrosos, poco recordaba de su padre. Si no fuera por las fotografías, quizá hasta habría olvidado su verdadero rostro. Aunque sabía a ciencia cierta que podría olvidar la precisión de sus recuerdos, pero no así las sensaciones que le provocaban el recuerdo de su padre.

—Pa-pá—susurró, mientras sostenía una foto que tenía en su escritorio.

Acarició la imagen del retrato, mientras intentaba controlar sus emociones que de vez en cuando afloraban, siempre cuando le extrañaba, siempre cuando le necesitaba, él no estaba físicamente allí, pero intentaba consolarse en la idea que él realmente si estaba con ella, siempre.

Sonó el comunicador… era Sue.

—Jefa, hay una mujer aquí que solicita verla—dijo por el altavoz.

—No estoy para nadie—respondió, Bella.

—La señora insiste.

—Pues dile que venga otro día, que hoy no la atenderé.

Guardó el retrato de su padre en el cajón. No quería verle y ponerse a llorar sin remedio, sabía que nada podría consolarla si soltaba todo aquello y claramente su trabajo no era el mejor lugar, aunque ningún lugar era el adecuado cuando sentía que se consumía desde su interior.

«¡Oh, papá! Si tan solo pudieras darme un abrazo. Solo uno.»

—¡No, señora, usted no puede ingresar!—decía, interponiéndose en el camino de la mujer.

—¡A mí nadie me viene a decir lo que debo o no debo hacer!—gritaba, histérica la mujer.

—Si viene otro día de la semana, podría apuntarle una cita con la Srta. Swan—insistía, Sue.

La mujer alcanzó a enfocar el letrero de la puerta que estaba al final del pasillo. Era la oficina de la Srta. Swan. Sin importarle la presencia de Sue, cogió su cartera firmemente e ingresó sin siquiera tocar la puerta de la oficina.

—Discúlpeme—dijo Sue a Isabella—, ya quito a esta mujer de aquí.

Isabella, instintivamente, se puso de pie. Se quedó helada ante la imagen que tenía frente a ella.

—¿A quién crees que tratas de "esta mujer"?—dijo, altivamente—. Soy su madre—apuntó a Isabella.

Sue no supo como reaccionar.

—No será necesario que llames a seguridad, Sue—reaccionó, Bella—, no por esta vez. Puedes retirarte.

El silencio se apoderó de la estancia, luego de que Sue abandonara el lugar. Renée, la madre de Isabella, estaba allí, empotrada en unos tacos de al menos diez centímetros y llevaba un bolso que más que eso, parecía una maleta. La mujer no habló de inmediato, se dispuso a mirar cada uno de los estantes que estaban en el lugar, deteniéndose en algunas fotos de la secundaria de Isabella, así como también de su paso por la Universidad. En ninguna foto estaba ella.

—¿Qué quieres, Renée?—le preguntó, Isabella, aún detrás de su escritorio.

—¿No hay bienvenidas calurosas a tu madre que ha venido a visitarte?—sonrió, Renée. Aquella sonrisa, provocó escalofríos en Isabella.

—¿A qué se debe tu presencia aquí?—volvió a preguntar, secamente.

—A ver, querida hija—se sentó frente al escritorio de Isabella—, si mal no recuerdo la última vez fuiste a mi casa, una casa decente, para contarme cosas de tu vida que sinceramente no quiero volver a recordar. Fuiste a manchar mi casa, ahora yo vengo a limpiar la tuya, vengo a liberarte del pecado en el que estás.

—¡¿Qué?!—gritó, Isabella—. ¿Tú vienes a limpiarme a mí? ¿Tú?—río, irónicamente—. No te quiero cerca de mí, ni a ti ni a tu inmundicia.

—No te atrevas a tratarme así, Isabella, Dios castiga a quienes no honran a sus padres, recuerda lo que dice la biblia…

—¿Con qué cara me dices eso? ¿Qué dirá Dios de aquellas mujeres que no honran a su esposo, que lo mutilan y luego lo abandonan? ¿Qué te dice Dios, mujer?—escupió las preguntas con toda aquella rabia que tenía guardada en su interior.

Renée se levantó de la silla —¡¿Cómo te atreves, Isabella?! Tú no sabes nada de nada, niña tonta—dijo, con el rostro enrojecido de ira—. Tú más que nadie debería rogar el perdón de Dios, tú que eres una vergüenza a mi familia, vives con el demonio…

—¡Cállate!—gritó, perdiendo el control—. ¡Cállate y ándate antes que olvide que eres mi madre!—cerró los puños y los afirmó agresivamente sobre la mesa.

—¡Mírate! Mira lo que te han hecho, eres una promiscua, una vividora y violadora de la ley de Dios ¡Mírate, mira lo que haces con tu vida! ¿Qué diría tu padre si te viera?

—¡No nombres a mi padre!—se levantó de su silla—. No hables de él en mi presencia, porque no responderé.

—Tu padre, Isabella, nunca fue quién crees que es, él no fue más que un pésimo ejemplo para ti, te dejó desamparada en las garras de esas mujeres que te violaron, porque te violaban, eso hacen contigo, tú no quieres esto, esto de ser…

—Lesbiana, si, soy lesbiana—dijo, conteniendo sus emociones y sobreponiéndose a ellas—. Y mi padre no tiene nada que ver en esto, tú no tienes derecho a venir aquí y hablarme de él, tú no.

Isabella intentaba mantener su compostura, no quería olvidar que la mujer que tenía frente a ella era la que le dio la vida, su madre. Quien alguna vez fue importante tanto para ella como para su padre, debía mantenerle respeto, aunque le estaba costando demasiado trabajo, porque el rencor y el odio que sentía por ella en esos momentos no estaban bajo control.

—¿Crees que tu padre fue un santo? Tu padre no fue más que un flojo vividor, que abusó de mi inocencia y me alejó de la dulce mano de Dios… él, él fue el culpable de que cayera en las manos del demonio…

—Tú te volviste alcohólica y drogadicta porque quisiste, mujer. Y ahora vienes vestida de oveja a hacerme creer estupideces que jamás serán ciertas. Si quieres que respete el hecho que me diste la vida, espero que te marches ahora—caminó hacia la puerta—, aún es tiempo de que olvide todo lo que está pasando aquí. Márchese señora y no vuelva.

—¿Ahora me echas de tu trabajo, de tu vida? Cuando viniste hace unos meses rogando mi aprobación para tu vida libidinosa…

—Váyase—giró el pomo de la puerta, pero Renée puso su mano sobre la de ella y le impidió abrir la puerta. Isabella la miró fijamente a los ojos—. Váyase, ahora.

—Tu padre no fue más que un holgazán, un hombre descarriado que me llevó a sufrir de una manera terrible. Tú estás a tiempo de salvarte…

—¿Salvarme de qué? Usted señora no es más que una mentirosa, vino aquí a restregarme en mi cara el pasado, ¿quiere que le recuerde que fue usted quién asesinó a mi padre? ¿Quiere negármelo en la cara así como lo negó frente a un juez? ¡¿Se atreve a negármelo?!—Isabella tomó la mano de su madre y la presionó con tal fuerza que le hizo daño, entonces la soltó.

—Yo no maté a tu padre, él murió…

—¡Murió por las agresiones que le propinó ese día que estuve en campamento! No le bastó con lanzarle el hervidor con agua caliente, no le bastó con desfigurarle el rostro, ¡le mató azotándole la plancha aún caliente!—gritó con tal fuerza que sintió como su garganta se desgarró, hasta el punto que fue incapaz de sostenerse más y lloró desconsoladamente.

—Hija—susurró Renée, manteniendo aún las distancias—. No fui yo, sabes que no fui yo. Fue mi enfermedad, en ese tiempo no sabía lo que era, estaba en la oscuridad, el demonio me hablaba, no sabía lo que hacía hasta que me rehabilité. Tú fuiste testigo de lo que dijo el juez, no podían procesarme por mis problemas psiquiátricos.

—Váyase—sollozó—. No la quiero ver más, váyase señora.

—Isabella—Renée se arrodilló hasta donde estaba su hija—, no quise hacerte daño, sé que con tu padre jamás llevamos una buena relación, él no fue un buen hombre conmigo, aunque quizá para ti si lo fue, pero ya es tarde para hablar de eso. Dios nos está mirando ahora y…

—Y si sigues aquí, con o sin Dios mirando, te arrastraré hasta la calle—le miró directamente a los ojos, sin importarle que los suyos estuvieran empapados de lágrimas.

Renée puso su mano temblorosa sobre el hombro de Isabella y la reacción fue inmediata. La joven mujer no dudó ni un solo segundo y sin pensar ni sopesar nada, tomó la mano de su madre y la dobló creando una dolorosa llave de yudo. En un instante Renée estaba en el suelo e Isabella sobre ella, su madre se quejaba profusamente por el dolor que le aplicaba su hija, al mismo tiempo le rogaba que la soltase, pero Isabella estaba enceguecida por la ira, el rencor, la rabia y la confusión. Nunca supo qué hacer o qué pensar respecto a lo que había ocurrido con su familia, prefería no saberlo, no pensarlo, ignorarlo. Pero ya era tarde, todo lo que había acumulado en años estaba allí, a flor de piel, rogándole cobrar una venganza de la que ni siquiera estaba segura.

—Bells—suplicó su madre.

—¡No me llame así!—presionó más fuerte—. No me llame así si no quiere que el juez me declare inocente de la agresión que estoy apunto de cometer, quizá sea inocente por demencia, porque aunque el juez haya estado a tu favor nada cambia el hecho de que mi padre esta muerto por tu culpa.

Sue había estado muy preocupada, los gritos se escuchaban en la recepción por más que subiera el volumen de la música. Luego de un rato les pidió a las masajistas que cancelaran sus horas durante la tarde y las despachó a todas a casa. Aún permanecían los gritos, de vez en cuando escuchó golpes, indecisa de si hacía lo correcto o no, marcó el teléfono.

—¿Qué vas a hacer Isabella?—preguntó, agitada la madre, que aún permanecía en el suelo, sujeta a la voluntad de su hija.

—¿Sabías lo que hacías cuando mataste a mi papá? Porque yo aún no sé qué hacer contigo.

—Estaba enferma, Isabella. No sabía lo que hacía, tu padre era la fuente de mis alucinaciones, hija, no era yo quién actuaba por mis manos, era el demonio…

—Pues bienvenida otra vez, el demonio de tu hija te recibe, después de todo ¿Qué más da añadir algo más a mi hoja de vida manchada?

Isabella estaba ciega. Estaba tan furiosa y preocupada de ordenar su cabeza, que no sintió que la puerta se abrió.

—¡Suéltala!—gritaron.

La vista de Isabella era borrosa, le costó enfocar hacía la imagen que tenía frente a ella. En el umbral de la puerta estaba Sue, mientras que alguien estaba quitándola de encima de su madre. Sin darse cuenta de quién era, opuso resistencia. Intentó con todas sus fuerzas zafarse de los brazos que la rodeaban, pero por más que brincó, pataleó y propinó golpes a diestra y siniestra, fue incapaz de soltarse.

Sue estaba ayudando a Renée a levantarse, mientras que la mujer ordenaba su ropa y sostenía su brazo con sumo cuidado, parecía dolerle.

—¡Suéltame!—gritaba, Isabella, mientras el llanto volvía apoderarse de ella—. ¡Suéltame, que yo mato a esa asesina!

Renée ignoró los gritos de su hija, se apoyó en Sue y miró una vez más el triste cuadro.

—¡Si, si!—gritaba desaforada—, ¡arranca de mí, arranca de la verdad! ¡Tras las rejas deberías haberte quedado!

Cuando Renée se marchó junto a Sue, Isabella seguía intentando soltarse de su amarre. No era capaz de ver la cara de quién la sostenía, pero cuando vio las manos, supo de inmediato quien era. Allí estaba Edward.

—¡Suéltame!—le gritaba, mientras intentaba zafarse.

—No hasta que te calmes, cálmate y te soltaré—dijo, manteniéndola atada con todas sus fuerzas.

—¡Suéltame, ya!—insistía.

—Cálmate, ella ya se marchó, no tienes por qué estar agresiva, tranquila. Respira profundo, cierra tus ojos—susurraba en el oído de Isabella—. Vamos, respira profundamente y relájate completamente. Eso, tranquila.

Isabella se dejó llevar por aquellas suaves palabras, susurradas con tal ternura que fue imposible no rendirse a ellas. Él maldito Edward Cullen era bueno calmando a la gente. Cerró los ojos y comenzó a recobrar la tranquilidad, aunque en su interior aún había un torbellino de emociones que la colapsaban.

—Te voy a soltar, Isabella—susurró—, te soltaré suavemente, por favor mantente con los ojos cerrados, mantente aquí, estamos solos.

Los brazos de Edward aflojaron el amarre. Mientras éstos se fueron retirando, Isabella se sintió cada vez más desamparada, libre, pero sola, un sobrecogimiento la inundó al darse cuenta que no había nada que la mantuviera de pie y sus piernas se volvieron dos débiles hilos y fue incapaz de contenerse. Se dejó caer de rodillas y se llevó las manos al rostro. Lloró, lloró amargamente, tan desconsoladamente que desgarró cada rincón de su ser. Era un llanto tan desgraciado que Edward no fue capaz de mantenerse al margen, se arrodilló junto a ella y le ofreció sus brazos abiertos, Isabella los aceptó y se presionó junto a su pecho, mientras lloraba sin consuelo.

—¿Qué he hecho?—sollozaba—. ¿Qué hice?

—Sacaste todo lo que llevabas guardado por tantos años, soltaste toda la mierda que tenías acumulada.

—Casi la agredo, casi pierdo el control…—sollozó.

—Diría que la agrediste, Bella—murmuró.

—No…—hipaba—. No… no debí haberme ensuciado las manos así…

—Tranquila—acarició su cabeza, mientras permanecían en el suelo—, necesitabas descargar todo esto… en algún momento todo debía estallar.

—Pero no así…—hipó.

—En eso estamos de acuerdo—susurró, mientras posaba un suave beso en la cabeza de Isabella.

Un silencio que solo era interrumpido por el hipo de Isabella, se asentó entre ellos. Apoyada en el pecho de Edward, ella era capaz de sentir los latidos de su corazón. Pensó que quizá podrían haber estado acelerados, pero todo lo contrario, latían con suavidad, pero firmeza, en su pecho.

—Estás aquí—susurró, luego de un rato en silencio.

—Estoy—respondió con un susurro.

—¿Por qué?—hipó.

—¿Por qué no?—sonrió, pero ella fue incapaz de verlo.

—¿Por qué si?—insistió.

—Porque aquí pertenezco—murmuró, presionándola con fuerza a él.

Edward estaba allí, abrazando a Isabella, intentando sostener todos los pedazos que habían de ella, intentando unirlos una vez más, porque quisiera o no, siempre terminaba armándola de nuevo, trozo a trozo, la volvía una sola, una sola para él. Incluso si ella decidía otra cosa…


Hola!

*Manne se esconde de las bombas atómicas que lanzan en su contra*

Para quienes me siguen en mi página de Facebook (link en mi profile)

Sabrán que no he estado muy bien para escribir.

Era un asunto de inspiración y a la vez de desencanto, no lo sé, una mezcla de muchas cosas.

Espero que les haya gustado este capítulo y que sigan por estos lados.

¡Agradezco todos sus comentarios!

Un beso.

Manne Van Necker