Disclaimer: Los personajes le pertenecen a J. K. Rowling, lo cual es una lástima porque yo hubiera escrito una saga en la que Harry Potter no fuera tan idiota… Es más, ni siquiera sería el protagonista.
Capítulo XLII: The outsider
"Just because you know my name, doesn't mean you know my game" Marina & the Diamonds
Estaba allí, sentada, esperándolo, mirándolo, como siempre. No había recibido una respuesta de su padre. Ni siquiera una noticia. Si no recibía una noticia dentro de de dos días quizá encontrarán a Scorpius Malfoy en pedazos en una zanja, quizá. Su padre se había ido por allí, a deambular en aquel labertinto de habitaciones, y velas, y algunos tragaluces. Nunca había estado tan orgullosa de un refugio.
Entonces entró él con el cuerpo de la chica inerte, dejándolo caer al suelo sin muchas contemplaciones.
—Morrigan… —musitó, con esa voz varonil que tenían. Ella volteó y son su mirada penetrante se quedó viéndolo.
—¿Salió bien? —preguntó.
—Morrigan… —insistió él, sin contestarle—, nos tienen.
—¿Qué?
—Nos han encontrado, atraparon a Rowle, supongo… —intentó explicar—. Lo sentí, lo sentí en todas las protecciones que puse alrededor de la casa. Han logrado burlarlas todas y sólo cuatro personas sabían las vulnerabilidades: tú, yo, padre, Rowle.
Morrigan sintió como algo se activaba en su cerebro, un plan que había trazado hacía años y esperaba nunca usar. Pero aquel era el momento de salir huyendo sin mirar atrás. Ella iba a sobrevivir y Adolf también. El resto del mundo podía consumirse en fuego, de ser por ella.
—Nos atacan en nuestro territorio —dijo finalmente, poniéndose en pie, mirando a Scorpius Malfoy, que estaba inconsiente, con las manos encadenadas a la pared, un plato de comida que no había tocado y las piernas ensagrentadas—, están desesperados.
—Habrá bajas.
—Lo sé —musitó ella—, pero tú y yo no vamos a estar aquí.
—Creí que te gustaba pelear.
Morrigan lo miró, de hito en hito, atentamente. Intentando adivinar que lo había llevado a decir a algo así. A su hermano con el que compartía rasgos. Los mismos rasgos delicados y angulosos. La misma edad, el mismo día, los mismos años, los mismos pensamientos.
—No me gusta pelear —aclaró ella—. Me gusta destruir… no importa qué. —Sus puños estaban cerrados, se dirigió al mueble de atrás y empezó a sacar pergaminos, se quedó con algunos y tiró otros al suelo. No miró a los libros, no tendría tiempo para cargar con libros que podía volver a conseguir y finalmente, tomó el dispositivo allí guardado entre sus manos. La bomba. Aquel frasco con un líquido azul brillante unido a un sistema de explosivos—. Cuando entren… no quedará nadie.
Adolf la miró.
—¿Retirada? —preguntó.
Morrigan asintió.
—Lo estuve planeando mucho tiempo… —musitó, al tiempo que tomaba a su hermano de la mano y lo jalaba hacia la salida. Los demás aun no lo sabían. Ella y Adolf sentirían el momento preciso en el que los aurores penetraran, pero los demás no. Y no planeaba decirles—. Lo pensé muchas veces. La huída perfecta… —musitó.
—Los matarás a todos —finalmente entendió Adolf, mientras caminaban por la maralla de pasillos, hasta llegar al fondo, donde casi nadie iba nunca y estaba hubicado el laboratorio de Morrigan—. Incluso a él.
—¿A padre? ¿Por qué no? ¿Por qué salvarlo? —Morrigan torció la cabeza, mientras abría la puerta de aquel laboratorio con un sencillo alohomora—. Sólo tú y yo, Adolf, siempre.
—Sólo tú y yo —coincidió él, entrando.
Nadie más que ellos dos conocían aquel lugar, lleno del olor de los vapores que soltaban las pociones, frascos acomodados caóticamente en estantes que sólo Morrigan entendía. Libros abiertos por todas partes, pociones sin terminar, pegadas al fondo de los calderos. Pergaminos manchados de sus huellas, tirados en el suelo, y en las dos mesas que había. Y finalmente, al fondo, cerca del armario donde Morrigan ponía los ingredientes para las pociones, la escalera pegada a la pared, y cerca del último escalón, la trampilla. El mejor hechizo de protección que Morrigan había hecho nunca.
Una trampilla que sólo pudiera ser accionada desde adentro, una única vez. Un método de escape que sólo ellos pudieran usar.
Entonces lo sintió. Y estuvo segura, al mirar a su hermano, que él también lo había sentido. Habían accionado la trampilla principal desde fuera. Estaban adentro. Les costaría un poco llegar hasta allí, así que empezó a subir los escalones de la escalera, segura de que Adolf iba detrás de ella. Una vez que cruzara la trampilla, desactivaría los hechizos anti aparición que estaban en todo el terreno, y lanzaría la bomba, justo antes de desaparecer.
El juego allí, para ella, se había terminado.
Si no podía torturar, destruir… no había nada para ella.
Morrigan alzó la mano, para levantar la trampilla. Sintió la madera con sus dedos antes de hacer fuerza hacía afuera.
No se levantó.
Y debería de haberlo hecho.
Lo hizo otra vez y el resultado fue el mismo. Adolf lo notó, notó la frustración en la cara de su hermana cuando Morrigan alzó la varita y murmuró un Bombarda Maxima con dirección a la trampilla. Y no ocurrió nada. La trampilla que debería de haberse roto en pedazos no lo hizo.
—Morrigan —la interrumpió Adolf, subiendo hasta quedar a su altura, los dos apretados en la escalera—, espera —le pidió, alzando la mano y sintiendo la madera—. ¿No lo sientes? —preguntó—. El encantamiento está bien, nadie la ha usado, por lo que no debería estar bloqueada. Eso quiere decir…
—… que Rowle averiguó sobre esta trampilla —musitó Morrigan.
—… que la bloquearon desde afuera —terminó Adolf—. Estamos atrapados aquí hasta que lleguemos a la entrada principal. ¿Qué haremos?
Morrigan entornó los ojos.
—Pelear —dijo—. Pero a nuestro estilo. —Curvó la boca en una mueca que parecía sonrisa o intentaba asemejarse a ella.
—Hermanita… a veces me das miedo.
Morrigan ladeó la cabeza.
«Ni siquiera tú me conoces bien», pensó, dirigiédole una sonrisa enigmática a su hermano, preludio de lo que estaba pensando y de lo que iba a hacer. Esa sonrisa capaz de augurar todo el sufrimiento que saldría de su varita.
Zeller había dado sus instrucciones muy claras: estaban entrando en territorio enemigo, lo cual era muy peligroso. Y la prioridad era rescatar, no matar a todos o mandarlos a Azkaban de nueva cuenta. Aun cuando consiguieran meter tras las rejas a todos los mortífagos que estaban allí, si no conseguían a Rose Weasley, por lo menos, Hermione Weasley acabaría muerta e Inna Selwyn la colgaría. Había que ver las prioridades del Winzengamot para darse cuenta de que Zeller sólo asistiría a las sesiones cuando le competiera a los aurores lo que se discutía en la sala de audiencias.
Sabía que iba a hacer bajas, así que miró sus aurores. Holmes, uno de los más prometedores, que, sin embargo, no tenía madera de mando, Sharper, un idiota que hablaba mucho pero que había conseguido un extraordinario en duelo. Lupin, al que quería convertir en el próximo jefe de la división, le costara lo que le costara. Savage, de la vieja guardia. Proudfoot, que había dejado su puesto al lado de la futura ministra para ir a rescatar a su hija, o a cualquiera de los secuestrados. Y finalmente, en Creevey. Que no era un auror y técnicamente, no tendría por qué estar allí. Su hijo estaba a punto de nacer, Mai Creevey estaba demasiado preocupada. Pero él estaba allí, dispuesto a perder la vida por aquella venganza que llevaba años persiguiendo. Dispuesto a acabar con eso y volver y hacer lo que planeaba, y certificar que Rowle había muerto en un desgraciado accidente.
—No hagan cosas estúpidas —pidió Rose, al verlos entrar, uno a uno, tras la trampilla—, no quieran hacerse los valientes.
«Vamos a rescatar gente», pensó, e intento convencerse de eso completamente, «no a perder más».
Y al final… Potter, que no se podía mantener alejado de aquello.
—Gracias por esto, Rose —le dijo.
—No te mates, Harry —le pidió ella antes de meterse tras él, con Dennis en la retaguardia—, no hagas estupideces. El mundo mágico lo lamentará. Y tus hijos. —«Los que te quedan». Sacudió la cabeza y bajó por los escalones uno a uno, sin atreverse a prender la varita. Finalmente, se aplicó un encantamiento en los ojos para poder ver en la oscuridad, un encantamient básico que le enseñaban en la Academia. Esperaba que la mayoría lo recordara.
Vio a algunos desaparecer bajo el efecto de hechizos desilusionadores, lo cual sería sólo una protección por un rato, pues había contrahechizos, maneras de mostrar lo oculto. Y seguramente los encargados de las protecciones habrían notado como estas eran traspasadas por más de una veintena de aurores. Una veintena de aurores contra, aproximadamente, quince mortífagos y lo que hubiera. Lo que más temía Rose es que aun hubiera bombas como las que habían matado a Ginny Potter.
Respiró hondo y se aplicó el encantamiento desilusionador también a sí misma. «Homenum Revelio», pensó, apuntando con la varita. Sabía que el encantamiento le iba a decir que sí, que había más personas allí, dentro de la casa, además de ellos, pero al menos mandaría una localización más o menos exacta, lo que sería de mucha ayuda.
Ya no veía a Dennis tampoco y no podía comuicarse con él demasiado bien, pero no importaba. Habían trazado un plan casi perfecto. Casi, porque los planes como esos nunca eran perfectos. «Tenemos que lograrlo». La oscuridad sobreponía, las peredes de piedra sostenidas con algunos maderos puestos al azar. Y la primera puerta que encontraron, de metal. Aquello era un completo bunker.
—Pueden derrumbarlo sobre nosotros… —musitó, sin darse cuenta, pero una mano que no veía se posó sobre su hombro insivisible. «Creevey», comprendió. Entonces, oyó un grito más allá. En uno de los pasillos.
«Ya ha comenzado, para bien, o para mal».
Los rehenes eran valiosos y Morrigan lo sabía. Por eso había hecho aquello. Por eso había tomado a sus dos rehenes más valiosos y ahora estaba allí. Rose Weasley y Albus Potter. Los dos adolescentes no tenían ni idea de lo mucho que valían. Los aurores se sacrificarían por ellos y ella estaría encantada de verlos caer retorciéndose a sus pies para no entregarles nada. Y la cascada. La había hecho su padre y Morrigan nunca había acabado de entender para que les iba a servir pero ahora la habían colocado en uno de los pasillos principales, y ahora cuando pasaran por allí… bueno, perderían toda su protección.
Y si Morrigan estaba en lo cierto, y querían desesperadamente salvar a los rehenes, entonces, no pordrían atacar. No sin arriesgarse a darles. No sin arriesgarse a que un hechizo alcanzara a los dos chicos, o a que alguno los matara. Por eso, cuando vio a los primeros, así, recargada contra la pared como estaba, en compañía de Adolf y de su padre, con algunos Mortífagos ocultos en las sombras, dispuestos a matar, y vio sus caras de desconcierto al encontrarse con Albus y Rose allí, encadenados, sin poderse mover…
—¿Eso era lo que buscaban? —preguntó, con la voz burlona, dejándoles ver lo que tenía en sus manos: la última bomba. No soltó ninguna risita, no cuando uno de los aurores intentó traspasar a los dos chico corriendo, decidido a no arrpesgarlos, y entonces le lanzó ese crucio que fue capaz de esquivar y dejó que su hermano se encargada de él, su hermano, que era mejor duelista que ella.
Los miró a todos, uno a uno, protegita en aquel pasillo tras sus rehenes, mientas su hermano se ensañaba con el auror que había osado traspasar la barrera, al que ya había logrado tirar.
—¿Han oído la palabra negociar? —preguntó socarronamente, mirándolos, mientras veía como en sus caras tomaba forma la certeza de que cualquier hechizo que lanzaran, sería la causa de muerte de uno de los dos rehenes. Albus Potter, Rose Weasley, ¿cuál de aquellos idiotas se iba a arriesgar a ser el culpable de la muerte de los hijos de los héroes del mundo mágico?
Y además, los había colocado lejos de donde estaban encerrados los otros. Por si acaso.
Había visto un pedazo de aquel mapa en la cabeza de Antonin, había visto su propio terror y había tenido miedo, pero no se había detenido cuando el traslador los había transportado hasta allí y los había dejado de pie sobre la trampilla. No tenían tiempo de pensar lo que estaban haciendo y las consecuencias que eso, irremediablemente, les dejaría. James levantó la trampilla y Liliane miró al cielo antes de sumergirse por ella en compañía de James.
En ese momento fue terriblemente consiente del peligro, de que podía morir y de que haría todo para evitarlo. Respiró hondo. Allí todo se veía tranquilo.
—Oculus obscurus —oyó murmurar a James, que después volteó a verla y le dijo—: Hazla tú también. Evitará que tengas que usar un lumos. —Sonrió un poco nervioso. Sólo sabía que no podía dejar que Liliane hiciera aquello sola. «Ojalá no se haya salvado sólo para venir a morir aquí», pensó, mientras sus labios tiraban hacia arriba, esbozando esa sonrisa nerviosa. Eso no era la escuela, no era la Academia de aurores de la que había salido hacia poco tiempo. No. Aquello era de verdad e iba a arriesgar su vida allí.
«Quizá debimos de haberlo pensando mejor», se dijo internamente, pero mirando a Liliane, que tenía aquella mirada tan serena y acababa de hacer el mismo encatamiento que habían hecho ellos. Tan serena. Tan mortífera, quizá.
—Vamos —musitó ella. Se oían ruidos algo más allá, pero James quería evitarlos de momento. Se lo indicó a Liliane y se internaron por otro pasillo, aun a regañadientes de ella que no estaba allí para salvar a nadie. Pero él sí. Lo único que quería era salvar a alguien, sentirse útil en medio de aquella locura a la que Liliane no había arrastrado, y él se había dejado arrastrar.
—Liliane, mejor que no nos vean de momento… —musitó él, sin saber por qué. Ninguno de los dos dominaba aun el encantamiento desilusionador, era demasiado complicado. James sabía que para salir de la academia de aurores debía dominarlo, pero aun en la segunda mitad del segundo año, nadie se había molestado por presionarlo para que lo hiciera. Liliane asintió y siguió caminando.
Aquella maraña de pasillos no era tan grande, después de todo. Puertas, por allí, todas bloqueadas. Paredes de piedra. James sentía escalofríos sólo de ver todo aquello mientras caminaba, imaginando como Al y Rosie lo habían soportado por todos esos días. Y lo que les habían hecho. Su padre le había dicho lo de los dedos de Al, y su tía estaba cada vez más desmejorada.
«Esto puede ser la mayor estupidez que cometa». Y extrañamente no le importaba.
Oyó ruido más allá. Pasos. Su respiración se cortó por un momento y volteó a ver a Liliane, que lo miró con el mismo sobresalto pintado en los ojos. Entonces James le señaló la puerta más cercana y Liliane se dirigió hacia allí. Como esperaban, estaba bloqueada, y los pasos se oían cada vez más cerca. Cerca. James contuvo la respiración mientras Liliane rebuscaba algo en las bolsas de su abrigo. Sacó una curiosa llave vieja que introdujo en la cerradura y la puerta abrió con un chirrido. Ambos se metieron dentro rápido y la cerraron, antes de que alguien notara algo raro.
James se recargó contra la puerta un momento con los ojos cerrados.
—¿Qué diablos fue eso? —preguntó.
—Una llave que abre cualquier cerradura —espetó Liliane, dándose la vuelta—. James… —dijo, y en su voz había un pequeño tono de alerta que el joven nunca le había oído.
Así que miró en la misma dirección de Liliane y vió el cuerpo en medio de la habitación, con el cabello que le llegaba a los hombros revuelto y apenas cubierto con una sabana mugrienta. Y poco más allá, el chico. Rubio. Hubiera deseado que fuera Albus y su corazón se decepcionó por un momento, junto antes de lanzarse sobre la chica morena que estaba en medio de la habitación y buscarle en pulso con frenética desesperación. Cuando lo encontró, quiso gritar de alivio.
Roxanne estaba viva.
—Roxxie —dijo, zarandéandola un poco, intentando despertarla—, Roxxie, despierta por favor… Roxxie —siguió insistiendo, al tiempo que Liliane se acercó al chico al fondo de la habitación, que estaba sentado en el suelo con los grilletes en las muñecas.
Inconsiente. Liliane rompió las cadenas con un movimiento de varita. James reaccionó cuando oyó el ruido y la miró, en cuclillas, allí, frente al chico que reaccionó cuando oyó el ruido y levantó la cabeza, hasta entonces inconcientes, y con sus ojos grises encaró a Liliane.
—Joder… —murmuró, con la voz rasposa, una vez que Liliane hizo desaparecer la mordaza—, ¿Zabini? —preguntó.
Liliane no contestó, y mientras James seguía intentando despertar a Roxanne, su prima, se fijó en las muñecas heridas y ensangrentadas de Scorpius. Algunos pedazos parecían en carne viva. Pasó la varita por ellos, pero no pasó nada. Scorpius se quedó mirando sus muñecas un segundo, antes de hablar.
—Déjalo así… —murmuró—, eran los grilletes. Quemaban.
Liliane asintió con la expresión impasible mientras el chico rubio se esforzaba en mantenerse sereno por un segundo. James, por otro lado…
—Roxxie, ¡Roxxie! —volvió a insistir cuando vio una pequeña señal de que Roxanne despertaba. La zarandeó un poco, poniéndola sobre sus piernas. Entonces, abrió los ojos y estos se pintaron del terror más absoluto por un momento, tanto, que James se alarmó—. Roxxie, tranquila, Roxxie… Soy yo, James, te juro que soy yo.
Y entonces, cuando Roxanne parecía tranquilizarse un poco, empezó a toser fuertemente. Y a los tosidos, le siguió el vomito.
—¿Qué…? —murmuró James, desorientado.
—¡Dale la vuelta! —increpó Liliane—. Así sólo se ahogará.
James levantó un poco a su prima, hasta que ésta estuvo viendo hacia abajo, dejando caer el líquido que salía de su boca. James se quedó congelado al ver lo que era.
Sangre.
¡Hola!
El final de Vendetta está sacando a relucir mi lado más Miss Martin. Me lo merezco.
A ver, empezando por el principio, porque no se puede empezar por otra parte, he decidido narrar el principio de este capítulo con el punto de vista de Morrigan. Si, lo sé, les debe resultar terrible en la cabeza de semejante mujer. Pero atención a dos cosas: 1) tenía una vía de escape y sólo planeaba escapar ella con Adolf y explotar a todos los demás, incluido su padre y 2) se frustra tremendamente cuando descubre que no puede huir, porque al parecer Rowle —la única fuente de información de los aurores—, lo ha descubierto.
Así que decide pararse por allí con los dos rehenes como escudo y una bomba en sus manos, además de poner la maldición del ladrón para evitar que usen camuflaje y poner las cartas sobre la mesa. ¿Creen que de verdad quiera negociar? ¿Cuánto la odian?
Por otro lado, Zeller sabe que va a tener bajas, pero espera que aquellos que le importan en la división no sean los muertos. Entra al final, acompañada de Creevey, porque mientras más, mejor. Y Potter también está ahí, lo cual augura problemas. ¡Muchos problemas!
Y Liliane y James, en la guarida del lobo, ni más ni menos, una por venganza, el otro porque quiere salvar a sus primos y porque, aunque no lo reconozca del todo, quizá no piensa dejar que Lilane vaya sola… ¿o ustedes que creen? (caray, comenten alguna vez).
Al final no se encuentran con el destacamento otro, pero sí con Roxanne y Scorpius, ninguno de los cuales está muy bien. Teorías, bienvenidas… que en los pocos capítulos que quedan muchas cosas pueden cambiar.
El título del capítulo es de una canción de Marina & The Diamonds y, efectivamente, es de Morrigan. Con todo mi amor, para ti, personaje psicópata. «Puede que conozcan mi nombre, pero no conoces mi juego», nunca mejor dicho sobre ella. ¿Qué saben de Morrigan además de que le gusta torturar gente? ( www . youtube watch ? v = k1rtFnpz - uo Sin espacios)
Y, no olviden…
«He visto cosas, he vivido cosas, no creo en el destino»
Andrea Poulain
a 22 de septiembre de 2013
