Disclaimer: Los personajes le petenecen a J. K. Rowling, lo cual es una lástima porque yo hubiera escrito una saga con Slytherin, sexo, drogas y rock&roll.


Capítulo XLIII: Alumina

"Mada riaru idearu no hazama ni ite, afureru shoudou osaekirenai. Tsuyoku motomeru kokoro ga aru kara" Nightmare


Zeller supo que algo iba mal cuando vio la Maldición del ladrón cayendo del techo y a sus aurores apiñados allí y cuando la traspaso y vio a Harry acercarse de una manera casi frenética hasta el frente y se acercó, seguida de Creevey. Entonces vio lo que Harry había visto y comprendió la expresión que inundaba el rostro del Elegido, que se había enfrentado varias veces a Lord Voldemort y que en aquel momento flanqueaba al ver a su hijo en aquel estado.

—Papá… —oyó el graznido, el primer sonido que Albus se atrevía a proferir en aquel lugar y luego fue capaz de ver la mirada que Harry le dirigía a Morrigan, una mirada entre furiosa y triste a la vez, una súplica callada y una declaración de guerra que era casi un alarido.

—Suéltalo —exigió, dejando que su voz destilara rabia contenida.

Rose se acercó, preparada para enfrentar aquello y se dio de bruces con la imagen de la bomba en manos de Morrigan, la sonrisa de suficiencia del hombre albino que estaba junto a ella. Los Mortífagos allí y allá, sobre el pasillo, con las varitas alzadas, esperando. Zeller fue tremendamente consiente de que Morrigan no dudaría en soltar esa bomba, de que si atacaban Rose Weasley y Albus Potter iban a morir, irremediables víctimas del fuego cruzado.

Y lo único que se le pasó por la cabeza, es que lo más importante era salvarlos. Salvarlos, no condenarlos. Hubiera sido todo más fácil si pudiera atacar, si fuera capaz de sacrificar vidas inocentes. Pero no lo iba a hacer, como no se iba dejar llevar por la furia, como ese sentimiento ardiente que pugnaba por llevarse a Harry Potter y llevarlo a hacer locuras. Lástima que la suerte no iba a estar siempre de su parte.

—No estás en condiciones de exigir, Potter… —adujo Morrigan, curveando aun más hacia arriba los labios, si eso era posible—. Estás es nuestro territorio, ¿no?

—Suelta a mi hijo y a mi sobrina —exigió Harry, de nueva cuenta, pero Zeller se adelantó unos pasos, alzando un poco las manos, arriesgándose.

—¿Qué quieres? —preguntó, con la voz seca, ya casi rendida, intentando elaborar un plan de escape en su cabeza, por si todo salía mal. Pero no quería que saliera mal, no eso—. Pon tus condiciones.

Morrigan soltó una risita.

—En privado.

—No —insistió Zeller.

—Tú y Potter —repitió Morrigan—. En privado —ladeo la cabeza, haciendo una pausa más que elocuente, dejando ver que no aceptaría nada más que aquello—. Nadie atacará a nadie, ¿o sí?

—No —volvió a repetir Zeller, segura de que eso iba a salir terriblemente más, pero Harry decidió lanzarlo todo al vacío, y, por que no, lanzarse el mismo de cabeza al abismo.

—Júralo, jura que nadie atacara a nadie mientras negociemos.

«No, Harry», pensó Zeller, «esta gente no es confiable». ¡Y él ya no era el jefe de la División de aurores! Intentó llamar su atención decírselo, pero Harry la cogió por el antebrazo y le dio un apretón. Era un «confía en mí, tengo idea de lo que hago». Harry había hecho locuras otras veces, y habían salido bien, sí, pero Rose no veía como saldrían de aquella. Mas decidió confiar porque ella no tenía nada mejor que ofrecer en ese preciso momento.

Como Creevey solía decir: todos los planes eran perfectos hasta que el enemigo decía lo contrario. Y ellos tenían mucho que perder. Los mortífagos y aquella mujer loca, sólo la vida. Si no tuvieran que perder, habría peleado, no aceptado aquello.

—Nadie atacará a nadie —dijo Morrigan. Su sonrisa no era confiable.

Se adelantó un hombre que tenía una capucha y abrió la puerta que estaba al lado de Morrigan, quien entró primero. Harry caminó hacia allá, con las manos alzadas, la varita visible. Zeller hizo lo mismo y antes de que la puerta se cerrara a su espalda, busco a Dennis con la mirada, y a Lupin, que se escondía un poco al fondo. «Que no muera nadie…», pensó, «pero eso es imposible».

El hombre encapuchado entró detrás de ellos y entonces fueron capaces de ver aquella habitación. No había muebles, no había nada. Harry se colocó cerca de la puerta, a la que Morrigan, al fondo, apuntó con su varita y bloqueó. Después, dejó la varita en el suelo, sin dejar de mirarlos. Harry la imitó y el hombre encapuchado, junto con Zeller, lo hicieron unos segundos más tarde.

—¿Qué quieres a cambio de mi hijo y mi sobrina? —preguntó Harry.

—A cambio de todos los rehenes —puntualizó Rose. «Son cuatro, Harry, que no se te olvide que otra de tus sobrinas y el chico Malfoy también están aquí», pensó Rose, mirándolo—. Los cuatro.

Morrigan ladeó la cabeza, se tomó su tiempo en contestar. Zeller, mientras tanto, intentó adivinar lo que se escondía bajo aquella personalidad sádica, que disfrutaba con el sufrimiento. No sabía mucho de ella, pero había visto los recuerdos de Sayuri Ihara, antes de que se realizara su juicio, y los recuerdos de Antonin Zabini. Aquella mirada, aquella sonrisa. Era perfectamente comprensible porque causaba ese efecto de terror.

—A ti, Potter —murmuró Morrigan.

—Es una buena oferta, ¿no? —inquirió el encapuchado—. Una vida a cambio de cuatro…

—No —atajo Zeller. «No». No iba a perder a un héroe nacional. ¿O en realidad era sólo que no quería perderlo? ¿Qué se estaba aferrando a la posibilidad de salvar a todos, esa que nunca se iba a hacer realidad? «Siempre existirá algo que no puedas controlar, algo que esté fuera de tu alcance, Rose», pensó. «Siempre habrá alguien a quien no puedas salvar».

Harry la miró. No le dijo nada, pero Zeller supo lo que iba a hacer en ese momento. Y le parecía la estupidez heroica más grande que nadie había hecho nunca por salvar a alguien. Y supo que no podía detenerlo, que no podía contenerlo, que Harry Potter iba a hacer lo que se le diera la regalada gana porque el que estaba afuera, al borde de la muerte, era su hijo y tenía todo el derecho del mundo a entregarse, a salvarlo, a regalarle el resto de su vida con su sacrificio.

—Jura que no les harás nada… que no les harán nada —corrigió, algo tarde—. Júralo, jura que tu varita no se alzará contra ninguno de los cuatro, que no les harás daño —exigió, como condición. Señaló al encapuchado—: Tú también.

Morrigan alzó las cejas y también la varita. Zeller recogió la suya del suelo y apunto, pero Morrigan alzó los brazos, con una sonrisa, casi riendo, con esa risa maniaca que tenía, que le ponía los pelos de punta, incluso al más valiente.

—No le haré nada a tu héroe, rubia… —espetó y después volteó hacia Harry—: Lo juraré si tú juras no intentar huir. ¿Un juramento inquebrantable te parece justo?

Harry pareció sopesar sus opciones durante un momento. Sólo un momento, hasta que suspiró, con resignación y miró a Zeller.

—Has de nuestro testigo —y se adelantó, casi poniéndose a la altura de Morrigan, alzando el brazo, entrelazando su mano de cuarenta y tres años en la que ya se podían ver marcas de su edad con la piel blanca, casi translúcida de Morrigan. Entrelazan sus dedos y Zeller es quien pone la varita sobre las manos.

—¿Juras no alzar tu varita contra los cuatro rehenes, Albus, Rose, Roxanne, Scorpius, ni contra Zeller? —preguntó Harry. Morrigan lo miró, casi divertida.

—Sí, juro.

Una lengua de fuego salió de la varita de Rose Zeller y uno ambas manos. Zeller casi pudo notar como Harry contuvo la respiración un momento.

—¿Juras, Harry Potter —comenzó Morrigan, con una voz más seria que no le habían oído hasta ese momento— no intentar huir de ninguna manera?

Harry Potter volvió a ver a Zeller. La Mirada que significaba todo: «Dile a mis hijos que los quiero… y me gustaría que esto fuera diferente». Y entonces su mirada se volvió hacia los oscurlos ojos burlones que tenía Morrigan en aquel momento.

—Sí, juro.

La segunda lengua de fuego salió de la punta de la varita de Zeller y envolvió las dos manos entrelazadas antes de desaparecer.

—Está hecho —murmuró Zeller.

Morrigan sonrió.

—Yo me encargaré de ti, Potter —anunció y miró al encapuchado, que casi no había dicho nada—. Sácala de aquí —le indicó, mirando a Zeller—. Por supuesto, no alzaré mi varita contra ella, o contra los pobres rehenes… —El hombre empezó a empujar a Zeller, que se resistió un poco, hasta la puerta—, pero no he dicho nada de mis hombres… —Rió al tiempo que el encapuchado sacaba a empellones a Zeller de aquel cuarto y se dibujaba una expresión horrorizada en el rostro de Harry—. ¡Suerte en llegar ilesos a la salida!


Adolf lo sabía. Sabía que nadie iba a permanecer allí, mirándose las caras, como idiotas. Así que en cuanto su hermana y su padre, que siempre eran los más importantes, desaparecieron, inició la pelea. No había de otra. Vio como Dennis Creevey, aquel hombre que Morrigan veía a veces en en el óculo, se apresuraba a quitar al indefenso Albus Potter de la línea de fuego y retrocedía, y vio a un joven de cabello castaño que no conocía que intentaba acercarse a Rose, sin conseguirlo, así que decidió jugar sus cartas.

Vio un cuerpo caer y aprovechó para atraer a Rose, que estaba inconsiente, con su varita, se apresurpo a quitarse de la primer línea de fuego en ese momento, porque no quería estar en la primera fila de aquel loco frenesí en el que los temerarios y los que estuvieran al frente.

Se llevó a Rose esquivando a sus propios compañeros, esos mortífagos que sólo conocían la sed de sangre desde que les habían tatuado la marca, más de tres décadas atrás. Y se alejó de la batalla librada en unos pequeños pasillos de un bunker que acabaría por venírseles a todos encima sin percatarse de que un chico castaño lo seguía. Se dejó de preocupan cuando pudo sentir el aliento de Rose, a la acabó cargando en brazos, sobre su piel. Tan pura… tan blanca… tan Rose.

Abrió la puerta de aquel cuarto que compartía con su hermana, lejos de donde se oían los hechizos. Y la dejó caer sobre la cama matrimonial, una cama de acero, con un colchón viejo y desgastado y la miró. Rose Weasley era bella incluso con la piel llena de cicatrices, algunas más curadas. Tenía la piel blanca, los rasgos de su madre —sólo algunos—, las pecas, que casi no se veían, caracterisicas de los Weasley. Alzó la mano derecha, con la que no sostenía su varita y tocó los brazos de Rose, hasta llegar a los hombros.

—Rose… —murmuró, pero no fue lo suficientemente bajo como para que ella no despertara. Abrió los ojos, que fijo en el techo, desorientada por unos momentos hasta que se dio cuenta de que el la miraba y profirió un grito que él alcanzó a ahogar con la palma de su mano—. No grites…, Rose, no grites.

Y las lágrimas se formaron alrededor de sus ojos, quitándole un poco de belleza a su rostro, que estaba tan bien inconsiente, tan sereno. Adolf se arrodilló al lado de la cama, consiente de que las ataduras de Rose le impedían hacer algo más que no fuera gritar y retiró un poco la mano. La chica pelirroja volvió a intentar gritar y él volvió a ahogar el grito con la palma de su mano. Y con la otra mano, soltando la varita y dejándola en el suelo, lo que nunca debió de haber hecho y con la mano que acababa de verse libre de la varita, acarició las mejillas de Rose, que lo miraba con terror. Pero antes… antes lo había mirado bien, tierna… Cuando su aspecto era el de un colegial francés de cabello negro.

—Será mejor si no gritas… —murmuró, en su oído.

Y levantó la mano e hizo lo que deseaba hacer desde el primer día que la había visto, y la besó. Y Rose intentó cerrar los labios, morderlo, resistirse, gritar, y no pudo hacer nada porque los labios de aquel hombre albino la tenían aprisionada.

Adolf no oyó la puerta volar en una explosión gracias a un Bombarda Maxima. No oyó los pasos. Sólo atinó a liberar a Rose, que por fin pudo gritar, y a buscar su varita, tanteando desesperadamente sobre el suelo, cuando las cuerdas brotaron de la otra varita y un desmaius le dio de lleno en el costado. Se estrelló, amarrado, de espaldas contra la pared, sin poder hacer nada, y antes de caer inconsiente se maldijo por su estupidez.

El hombre que la había rescatado se acercó a Rose y la atrajo a sus brazos, casi llorando de felicidad, sin soltar la varita, sin dejar de estar alerta, pero dándose un respiro por primera vez.

—Soy yo, Rose… Ted… ahora estás a salvo —murmuró. Pero Rose sólo tenía una expresión levemente ausente que tardaría varias semanas en borrarse.


Zeller supo, desde el primer momento en el que aquel hombre la sacó a empellones de aquella sala que ni los aurores habían mantenido sus varitas abajo, ni los mortífagos habían cumplido la palabra de Morrigan. Se topó, justo al salir con el cuerpo contorsionado en una posición imposible de un auror de menos de treinta años y cabello medio rubio. «Shaper», pensó. Que siempre repetía las cosas dos veces y gritaba todo con su sonora voz. La primera baja. Rose no se despistó en ningún momento. Sabía que, al igual que Shaper, ella podía morir.

Y su muerte sólo valdría la pena si lograba salvar a los cuatro chicos, esos chicos que ni le iban, ni le venían, pero al fin y al cabo, Harry había dejado en sus manos. Y lo que fuera que le pasara a Harry no valdría la pena si ella no sacaba a los chicos de allí.

Vio como el rayo verde se dirigía hacia ella y se hizo a un lago, blandiendo la varita lanzando hechizos defensivos, uno tras otro, contra la figura regordeta («Alecto Carrow») que la había atacado. Se había graduado de la Academia con honores y había demostrado, una y otra vez, en los años siguientes, lo eficiente que era para el duelo. Aquella mujer no le ganaría. Lanzaba los hechizos, ofensivos y defensivos, uno tras otro, sin distinción, sabiendo que tarde o temprano su rapidez afectaría a Alecto, aunque ella se cansara.

Finalmente, Alecto trastabilló. Un poco. Sólo un poco. Zeller lo aprovechó y la lanzó contra la pared con un certero depulso, añadiendo unas cuerdas que no podría romper fácilmente y quitándole la varita con un Expelliarmus. Pisó la varita, con el único propósito de dejarla inútil antes de correr y buscar a quien fuera que tuviera a Rose, o a Albus, si es que seguían vivos.

Salió corriendo, aun cuando a sus cuarenta años su condición no era la mejor, lanzando y esquivando hechizos, ignorando el diffinido que le rasgo el brazo, apenas rozándola, haciendo caso omiso del dolor, hasta que fue capaz de ver a Dennis cerca de una esquina, sirviéndole de apoyo a Albus Potter, que, delgado y pálido, recargaba todo su peso sobre él, al tiempo que esquivaba mortífagos. Era le mejor duelista que había conocido nunca, superando incluso a Harry Potter, o a Shackelbolt. Era soberbia la manera en que podía mantener un escudo que lo protegiera al tiempo que lanzaba hechizos defensivos.

Zeller, al verlo, se despistó por un momento. Un simple momento.

—¡Cuidado! —escuchó y se agachó al ver como el rayo color verde iba en dirección hacia ella. Sin embargo, no iba a ser lo suficientemente rápida como para esquivarlo del todo y justo al cerrar los ojos, preguntándose si el impacto dolería, pensando en Ashley, oyó el sonido hueco de un cuerpo al estamparse conra el piso y cuando fue consiente de lo que había pasado, de que seguía viva, se levantó, lanzando maldiciones a diestra y siniestra, apenas atisbando el rostro de Ian Savage, ese rostro con los ojos aun abiertos, ya sin vida que no quería ver, que se había sacrificado para que ella viviera.

«No él…», pensó, pero no se detuvo demasiado en eso, no podía pensar en los que estaban perdiendo la vida, de uno y de otro bando, porque entonces se daría plena cuenta del alto precio que estaban pagando gracias a unos mortífagos que aun pugnaban por venganza. «¿Pero Morrigan?», se preguntó. «¿De dónde viene ella? ¿Qué hace ella aquí?»

Pero no tenía tiempo de meterse en su mente, de averiguarlo, tenía que encontrar a los otros tres, sacar a Albus de allí…, rogar que Creevey sobreviviera para contarlo y no dejara un niño huerfano antes de nacer. Y su vida, por supuesto. Volver a ver a Ashley…

—¡Crucio! —oyó, más allá, se hizo a un lado, evitando el maleficio, lanzando un protego que de todos modos no la protegería demasiado, un diffinido, esperando acertar en un mortífago.

… a su padre. Volver a prometerle a Ashley y volver a fallarle otra vez, por la cantidad incesante de trabajo que va a parar a su escritorio…

—¡Zeller! —oyó el gritó de Dennis y no volteó, no podía—. ¡Sacaré al chico de aquí! ¡Busca a los demás!

… volver a mirar a Ted pensando que aun no estaba lo suficientemente maduro para ser un auror completo e insultar las influencias de los héores de guerra. Sacudió la cabeza y se dio cuenta de que no avanzaba, no demasiado, que los cuerpos se apiñaban aquí y allá, de repente, y los mortífagos continuaban al pie del cañón, nada dispuestos a perder.

—¡No sé si lo notes, pero no me puedo mover de aquí! —le gritó, atacando de nuevo a otro mortífago. No lo reconoció, aunque su cara le resultaba conocida. «Vamos», pensó, «ellos son pocos, son pocos… en comparación». Entonces, ¿por qué no ganaban?


Bonjour!

Pues nuevo capítulo. Los últimos tres capítulos (Lilium, The outsider y éste) han estado muy pegados. De hecho, transcurren el mismo día. Uno por la mañana, The outsider un rato después y este inmediatamente después. Las dos primeras escenas de este son simultaneas, mientras que la tercera transcurre justo después de la primera… espero no haberlos hecho pelotas, menos tan cerca del final.

Vale, ¿por qué no atacan? Unos porque bueno, Morrigan enojada no debe ser muy genial y otros porque, básicamente, los rehenes están en medio. Cualquier movimiento y Albus y Rose se mueren. PAF. Así que Harry acepta negociar, porque es su hijo y Zeller, aunque piensa que es mala idea, no tiene nada mejor, lo sigue. Y todo acaba como acaba. Morrigan no pondrá su varita sobre los cuatro rehenes y Harry no escapará por su propio pie. Juramente inquebrantable, si alguien lo rompe. Muere. Instantaneamente. Sólo que claro, lo que Morrigan juró no tienen nada que ver con un alto al fuego, así que se la tienen que arreglar para encontrar la salida. ¿Hay vacíos en el juramento de Harry?

Y mientras eso pasaba, nadie hizo caso de no pelear. Dennis se apresura a quitar a Albus de la línea de fuego, pero con Rose no hay tanta suerte. Ninguna suerte, porque es Adolf quien huye con ella. Que sí, que el albino no está hecho para la batalla, pero desde capítulos anteriores (Komm, süßer tod) se notaba esa atracción enfermiza por Rose. Claro, que como esto es R15, todo se quedó en lágrimas y besos robados. Aunque lo psicológico va más allá…, claro. Sin embargo, Ted Lupin llega al rescate. ¿Saldrá Rose viva de allí? ¿Qué pasará con Adolf?

Sobre la escena de Rose, no tengo mucho que decir, salvo que piensa en su hija (que a su vez es hija de Dennis, pero pues nadie más que ellos dos lo saben) y en los que no quiere ver muertos. ¿Cosas importantes en este capítulo? Bueno, Shaper, ese auror que a Zeller no le caía bien, es una de las primeras bajas e Ian Savage, un perro viejo de la guardia, se sacrifica por Zeller. ¿Motivos? Desconosidos, completamente.

Esté capítulo se llama como mi canción favorita de mi grupo favorito de J-rock: Alumina, de Nightmare. Es, además, el primer ending de Death Note, un anime que todo el mundo debería ver. ¿Por qué el capítulo se titula así? Porque me daba la gana, porque el párrafo que cité hace referencia un mucho a Harry, un poco a todos los aurores («Aunque siga en el abismo entre la realidad y los ideales y mis pies estén encadenados a los grilletes del sacrificio. Mis impulsos desbordados no están completamente reprimidos porque tengo un corazón que anhela poderosamente»). ( www . youtube watch ? v = fhgwSy RmAb8 Sin espacios).

Y esto es todo por hoy.

«Siempre serás mi amigo y también mi enemigo. Siempre serás y siempre seré. Recuérdalo.»

Andrea Poulain

a 24 de Septiembre de 2013