Disclaimer: Los personajes le pertenecen a J. K. Rowling, lo cual es una lástima porque yo hubiera escrito una saga con Slytherin, sexo, drogas y rock&roll.
Capítulo XLIV: I'm not a robot
"It's okay to say you've got a weak spot, you don't always have to be on top" Marina & the Diamonds
—¿Qué quieres de mí? —Una pregunta fría, certera, sin inflexiones o nada parecido. La voz de Harry Potter tranquila, con un destino aceptado comprendido que los finales felices y la suerte, de alguna manera, se había acabado. Después de tantos años, estaba allí, de nuevo, peleando contra un montón de psicópatas asesinos que habían perdido su eje veintiséis años antes.
Morrigan sonrió cruelmente, esa sonrisa que le quedaba tan bien a su rostro, con las comisuras vueltas hacia arriba en algo que podría interpretarse como sarcasmo, ironía. Sonrisa sardónica, sedienta de sangre, una sonrisa que se alimenta de gritos ajenos. Harry Potter se queda mirándola, rogando por que Zeller pueda salvar a sus hijos dispuesto a cumplir su juramento, a que Morrigan cumpla el suyo.
—¿Yo? —preguntó ella, con un falso tono dulce, haciéndose la desentendida, com si no hubieran llegado allí gracias a todos sus planes—. La verdad es que yo no quiero nada de ti, Potter —ladea la cabeza, acercándose, caminando en torno a él—. Sólo he oído decir que eres un héroe —le puso la mano sobre el hombre derecho, caminando alrededor de él y Potter no se movió. Había aceptado acudir a la muerte, ¿no? Lanzarse al abismo de cabeza, pasa salvar a otros—, y la verdad… no me interesa. —Morrigan jaló la varita con una pluma de fénix, que ya se había roto antes una vez, hacia más de veinte años, de la mano de Harry. Jugó con ella un momento, mirándola, atentamente, durante un momento que para Harry se prologa durante una eternidad—. Fénix… —mumuró, y Harry se pregunta como lo ha averiguado tan rápido—, no parece una mala varita —concluyó, finalmente, y, tomándola con las dos manos, mientras Harry contenía la respiración un momento, intuyendo que sería lo siguiente, la partió en dos limpios pedazos—. Yo no quiero nada contigo, no me interesas. Demasiado honorable, ¿no? Dicen que eres incorruptible. A decir verdad, he oído muchas cosas de ti, Potter. Y no creo que todas sean ciertas. —Morrigan tomó aire un momento y después mira a la figura encapuchada—: Pero tiene cuentas pendientes contigo, ¿no? Con todos allí afuera… —se encogió de hombros, dándose la vuelta, volviendo al fondo, hablándole a la figura encapuchada—: No lo entiendo demasiado bien… tanto rencor… Pero ya tienes lo que querías. A Harry Potter.
Harry se dio la vuelta para intentar adivinar que era lo que se escondía bajo la capucha, pero no alcanzó a atisbar ningún rostro, apenas un rastro de piel, pero todo es demasiado oscuro como para poder decir nada, ni siquiera una idea, o una conjetura. Intenta recordar desesperadamente cuáles son los mortífagos que siguen vivos, prófugos, o fugados, y no se le ocurrió ningún nombre posible. El tiempo los había difuminado, como si ya no fueran a hacer más daño nunca más. Pero allí estaban en ese momento, recordando que, de vez en cuando, al pasado le gustaba renacer de las maneras más retorcidas posibles.
A lo largo de la primera década del nuevo siglo, cuando apenas empezaba a forjarse como auror, y cuando Ron aun estaba a su lado como otro más, justo antes del accidente en una persecución a los hermanos Carrow, prófugos desde la batalla de Hogwarts. Después de eso, Ron se retiró a ayudar a su hermano en Sortilegios Weasley y Robards dimitió como jefe de la Divisón de Aurores, alegando que se hacía viejo, dejándole el camino a Harry.
—¿Esto es por algo que pasó hace veinte años? —preguntó.
Y «esto» significaba todo lo que había pasado. Los asesinatos. La fuga, los secuestros. La muerte de la única mujer a la que había amado en toda su vida, y dudaba amar a otra. Lo que le estaba pasando a Rose, y a Hermione. El asesinato de uno de sus mentores, Kingsley Shacklebolt. Quizá también el envenenamiento de Horace Slughorn, por la marca tenebrosa encontrada grabada en un pergamino en su despacho. La explosión de Dedalus Diggle, el intento de asesinato de Susan Corner, antes Susan Bones, que había participado en la batalla de Hogwarts y se había labrado una carrera en el Winzengamot en honor a su tía, Amelia. Los dedos de su hijo, que lo habían obligado a dejarle el puesto a Zeller, que, al final del día, había demostrado ser más capaz que nadie de mantener la cabeza fría con tanto trabajo y tanto peligro acechando.
Y «algo» era esa guerra que ya nadie solía recordar. No demasiado bien. Aclamaban a Harry y hacían fiestas cada tres de Mayo, en su honor, galas a las que asistía del brazo de Ginny, que era infinitamente más simpática que él, donde se reencontraba con todos aquellos que habían estado allí y que lo habían visto derrotar a Lord Voldemort. Al final los derrotados se alzaban a la sombra de los victoriosos, cuando ya nadie los recordaba, y asestaban el golpe cértero.
—Quizá, Potter, quizá —respondió la voz debajo de la capucha. Una voz vieja, y cansada, que parecía haber estado esperando este momento durante años. Harry piensa que quizá, incluso pudo haber soñado con tenerlo allí enfente, a su merced—. Morrigan…
—¿Sí? —Morrigan se acercó por detrás a su padre, ya que había estado al fondo desde que había dejado de hablar.
—Lo quiero muerto —dijo, pero entonces sintió la varita de Morrigan en el cuello, amenazante, y su brazo sujetándole los brazos. Harry abrió demasiado los ojos un momento, preguntándose el porqué de aquella acción, si es que aquella loca mujer al final sería su salvadora. Pero entonces recordó que no tenía varita y que si trataba de huir, moriría fulminado.
—Y yo… —murmuró Morrigan e incluso fue difícil para Harry oírlo— quiero sobrevivir, padre. —Le enseñó la bomba al encapuchado, que había resultado ser su padre—. Es la última. Planeo detornarla cuando haya sacado a Adolf de aquí. Cuando haya salido yo…
—¡Dijiste que no harías nada contra mi hijo, contra mi sobrino! —gritó Harry entonces, incapaz de contenerse.
Morrigan rio.
—Dije que no alzaría mi varita contra ellos, ni contra la rubia que ahora hace tu trabajo —casi sonreía, divertida, como si algo le causara un enorme placer—. Y para lanzar esto… ni siquiera necesito alzar mi varita, o usarla. —Rió. Tenía la risa más escalofriante que nunca había oído Harry—. Como vez, Potter, es sólo cuestión de usar las palabras correctas. —Aun apuntaba a su padre, que forcejeó con Morrigan, más pequeña que él y sacó la varita.
—Después de todo…
No terminó pues Morrigan le tiró la varita de un solo golpe, pisándola, reaccionando increíblemente rápido. Forcejeaban aún, usando la fuerza bruta. Morrigan tenía en una mano la varita, inútil, apresada por la bomba que no podía soltar. Harry intentó acercarse a la puerta, pero Morrigan lo vio antes.
—¡Está bloqueada, Potter, y morirás si intentas huir, recuérdalo! —gritó. Harry no tenía posibilidades, porque morir por nada no era una de ellas. Moriría antes incluso de advertirle a Zeller sobre aquello y entonces, todo habría sido en vano. Completamente en vano. Harry se quedó allí, mirando la escena, sin poder hacer nada más, sintiéndose inútil sin una varita, viendo como Morrigan seguía forcejeando con aquel encapuchado que había resultado ser su padre.
Y entonces, casi en cámara lenta, como algo que no estaba del todo planeado, la capucha cayó hacia atrás, dejando ver el rostro, un rostro que Harry llevaba más de veintiséis años buscando, preguntándose como se había esfumado tan rápido de su vista. Un rostro que había envejecido en todos aquellos años y que ya sólo tenía cabello blanco sobre una parte de la cabeza. Y cuando lo miró más atentamente todo aquello le pareció un sueño. El rostro quemado con una parte de la cara desfigurada en una cicatriz permanente. La otra mitad, la cara de un prófugo que nunca había intentando volver como el nuevo señor oscuro.
El hermano pequeño, casi siempre ignorado, de uno de los mortífagos más crueles que habían existido. Un mortífago que no había puesto un pie en Azkaban después del noventa y cinco y que se había dado a la fuga en el momento en que el señor tenebroso había caído.
Rabastan Lestrange.
Liliane se acercó cuando se aseguró de que el chico rubio estaba bien. Había ido con otro propósito muy diferente y había acabado como rescatista. Se acercó hasta Roxanne Weasley, sostenida precariamente por James, que había manchado el suelo de sangre. Liliane suspiró, no era extraño que estuviera así, pensando en la cantidad de días que había estado bajo el poder de sus secuestradores. Sólo de recordar cuando Antonin y Jezabel aparecieron en el salón, pálidos y chorreando sangre. Tenía la impresión que les había ido bien, en comparación con la chica de piel oscura que estaba allí.
Acercó su mano casi hasta tocarla, rozarle la piel y sintió algo más. Algo corrupto, extraño. Su padre le había advertido todo lo que venía con la primera vez que usaba la magia ancestral. Esa sensación de que en los magos había algo que en los muggles no había, una especia de poder que sentía. Pura. Blanca, aun cuando fuera usada para los propósitos más viles y egoístas. En los muggles, simplemente no había nada. En los squibs, apenas un rastro que no se sentía. Y en Roxanne… había algo oscuro. Algo diferente. Algo como magia corrupta.
—James —dijo inmediantamente y oyó ese tono de alarma en su propia voz que antes no habría sido capaz de distinguir—, algo no esta bien… —Sintió su propio pulso aumentar, correr, un ligero temblor en las manos, igual al que había sentido cuando intentaba escribir una carta a Antonin, diciéndole que su madre estaba huérfana.
¿Por qué en ese momento? ¿Por qué la duda? ¿Por qué el miedo? Cerro los ojos apenas un segundo, para volverlos a abrir casi inmediatamente después, como si estuviera muy cansada. «Todos tenemos miedo de algo…», se dijo, pensando que no estaba mal, después de todo, pero algo en su orgullo le impedía exteriorizarlo. No quería que la vieran débil. No quería ser débil.
—¿Qué ocurre? —preguntó James.
—Hay algo mal… en tu prima… —murmuró, vagamente, porque no podría decir que le había dado esa sensación. La magia de una persona era algo estrechamente ligado a su sangre, por eso algunos, los que habían realizado rituales de magia ancestral, algunos de los más avanzados, como Liliane, podían sentir ese leve poder en las demás personas, una simple constatación de que la magia existía. Volvió a acercar la mano, a aferrar la muñeca de Roxanne, que había dejado de toser sangre y desparramarla por el suelo, y sintió de nuevo lo mismo. Una sensación oscura, que le daba nauseas, asco. ¿Qué habían hecho con ella? La magia debería ser pura, pero en su caso… parecía mutilada, acabada, muerta—. En su magia… —dijo, finalmente, y James se le quedó mirando como si no entendiera nada—. Es como si hubieran estado experimentando con ella —concluyó, finalmente.
Supo lo que le pasaba a James por la cabeza. «Hijos de puta». Ella pensaba lo mismo.
—Roxxie —oyó murmurar a James—. ¡Roxxie!
—No dejes que se duerma —le indicó Liliane—, morirá si lo hace.
¿Cómo sabía todo aquello? ¿Cuántas veces no había estado involucrada con objetos de magia negra que ayudaba a desactivar por cuantiosas sumas de dinero? Galeones, siempre lo mismo. Oro que iba a dar a la bóveda familiar, en Gringotts, una bóveda no tan grande como la de los Malfoy, o los Nott, pero repleta de oro como bañarse en él. Y ahora estaba allí, la primera vez que no actuaba como una simple mercenaria. Que actuaba por ella misma. Que no lo hacía sólo por el placer del conocimiento, por el placer de ver los rostros admirados de otros. Sólo por ella. Por su madre, Pansy. Por su hermano, por su padre. Por la familia. Por venganza.
—¡Roxxie! —oyó a James, de nuevo—. No te quedes dormida… te sacaré de aquí, estás a salvo, lo juro.
Y luego, el estallido, y la puerta volando en pedazos, y la aparente tranquilidad violada. Y el rostro de un mortífago desconocido. El rostro. Con furia y éxtasis a la vez. Liliane se le quedó mirando un momento, mientras aquel hombre gordo intentaba ver que había alrededor, cuando el humo se disipaba. «Crabbe», se dijo. «Crabbe padre, que se volvió loco al descubrir la muerte de su hijo…». Y entonces supo que, si no actuaba, no iba a tener otra oportunidad porque aquel mortífago ni siquiera la miraría a la cara antes de matarla. Y alzó la varita. Fue rápida cuando las cuerdas salieron desde la punta y envolvieron a Crabbe, que cayó al piso. Se acercó, casi lentamente, apuntando con la varita.
—Hijo de puta —murmuró, lo miró. Sabía que no había tenido nada que ver con Antonin o con Jezabel, porque había visto sus recuerdos, una y otra vez, sumergiéndose en el mismo infierno en el que Morrigan torturaba a su hermano, pero era la única persona que teía cerca. El chivo expiatorio de su venganza—. ¡Diffinido! —gritó, apuntando al brazo, y vió como este se cortaba, se separaba del cuerpo y dejaba que la sangre saliera. Scorpius Malfoy gritó de sorpresa cuando vio aquello, aun al fondo de la habitación.
James dejó a Roxanne en el suelo y se acercó.
—Liliane —murmuró. Suave. La vez que lo había hecho más suave, con ternura inimaginable. La tomó del brazo izquierdo, por arriba, como queriendo apartarla un poco, evitar que torturara a Crabbe, que estaba a su mercer, con las cuerdas cada vez más apetradas, sin poder usar la varita.
—Déjame —murmuró ella—. Tengo derecho a hacerlo.
—Liliane —repitió James, pero ella no volteó.
Siguió mirando a Crabbe, imagínandose como sería oírlo gritar por su vida y si esos gritos llenarían el vacío que había dejado su madre al irse. Si esos gritos compensaría el miedo de Antonin para dormir en las noches y la mirada ausente de su padre, que ya ni siquiera buscaba consuelo en sus secretarias, que se había vuelto poco más que un robot al ver muerta a la mujer que amaba.
—¡Liliane! —insitió James.
—¡Déjame en paz! —le gritó ella—. Sabías a lo que venía, sabías todo esto… —murmuró—. Déjame hacerlo. Tengo derecho a hacerlo sufrir.
—Liliane —murmuró James, con una mirada llena de pena, pero sin lástima; simplemente, una mirada triste—, no eres una asesina. No eres como ellos. No lo eres. ¡No eres una asesina! —exclamó.
Y la abrazó.
Que lugar más inoportuno para abrazar a alguien. Con un chico herido detrás, una adolescente en peligro mortal, un mortífago atado que apenas podía respirar y un campo de batalla. Pero Liliane sintió ese abrazo como ningún otro y dejó caer la muralla que la circundaba, esa muralla que la hacía fría y alejada del resto. Sintió una lágrima correr por su mejilla, una lágrima que no había sentido perder y pensó que no había llorado desde la muerte de su madre. Y aquella vez lo había hecho sin que nadie pudiera verla o ser testigo.
—Liliane, no eres una asesina —murmuró James. Al final, al pelirrojo se le daba bien conocer a las personas en poco tiempo—. Y matarlo no arreglara nada, matarlo no te hará sentir mejor, ni más tranquila. Oírlo suplicar perdón no hará que puedas tener hijos, o que vuelvas a tener madre. Verlo desangrarse no hará que tu hermano vuelva a ser el que era antes… Y matar, Liliane, matar sólo desgarra el alma. No eres una asesina. —Y entonces, ella lo abrazó también. Confiándole su debilidad, porque la tenía—. No está mal ser débil, Liliane… no está mal. No está mal confiarle tus miedos a alguien más.
Y entonces, cuando oyeron un grito de una voz que James conocía, porque era una leyenda en la Academia de aurores, se separaron.
—¡Todos han caído! ¡Los mortífagos han caído!
James volvió a acercarse hasta Roxanne, Liliane a Scorpius, y lo ayudó a incorporarse.
—Vamos —dijo ella, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano. Al final, no se había convertido en una asesina.
—Tendremos que explicar por qué estamos aquí —murmuró James—, pero no importará mucho, porque los hemos salvado a ellos. —Casi sonrió, pero no se atrevió, no en aquellas circunstancias—. ¿Qué hacemos con él? —señaló a Crabbe.
—Déjalo allí —murmuró Liliane, sin voltear—. Ya lo encontrarán.
No volteó atrás. Tenía la idea de que si lo hacía, de verdad sería capaz de matarlo.
—Tú eres… —empezó Potter, pero Morrigan no lo dejó continuar. Él y ella sabían que lo que iba a decir sería verdad. Completamente verdad. Además ella no quería oír que la llamaban «la hija de Rabastan Lestrange», como alguna vez había dicho el director de Dumstrang, que había aceptado ocultar la identidad de los mellizos cuando su madre se lo había pedido. Como si fuera un título. Un título que le daba un pasado, un presente, un futuro. Una forma de ser.
—Lo siento… padre —murmuró antes del Avada Kedavra. Apenas si sintió algo dentro de ella. ¿Ahora era parricida?, se preguntó al ver caer el cuerpo. Y Harry Potter se quedo callado, mirándola cuando ella le apunto con la varita. No tenía una, no tenía un modo de defenderse—. Tú eres mi vía de escape —le indicó—, mi rehén.
Abrió la puerta mientras sujetaba a Harry, apuntándole con la varita al cuello, como si fuera un arma mortal. Y salió. Dispuesta a encontrar a su hermano, a llegar a la trampilla, a detonar la bomba y huir. Lejos. Donde no los conociera nadie y entonces pudiera volver a causar muerte y destrucción. Porque eso era su nombre. El nombre de la diosa cuervo. Su madre se lo había contado alguna vez. La diosa de la muerte. Y ella era eso. Muerte, sangre, destrucción.
Encontraría a Adolf, y se largarían, pero entonces, cuando salían, oyó el grito que profirió la voz de Rose Zeller, apenas unos pasillos más allá.
—¡Todos han caído! ¡Los mortífagos han caído!
Y Harry casi sonrió y ella lo soltó, consternada. «Adolf», pensó, ya sin importarle nada más, y corrió en dirección al cuarto que comparía con su hermano, con una intuición vaga de algo que había dicho Adolf antes. Algo sobre Rose Weasley. Corrió esquivando aurores y maleficios, lanzando unos cuantos, viendo como un cuerpo caía por allí. Y cuando llegó y se enfrentó a un cuadro que no quería enfrentarse, gritó.
Adolf. Atado. Un auror de cabello castaño con Rose Weasley en brazos y otros más rodeando a su hermano. Eran demasiados. Y ella no podría contra todos. Su instinto de supervivencia fue mucho más grande que el amor que podría tenerle a su hermano. Y corrió de nuevo, en dirección a la trampilla principal, su única salida. Sabía que no la habían bloqueado porque lo sentiría como una violación a sus protecciones. Corrió despistando aurores, lo más rápido que podía, hasta que llegó a la trampilla y trepó por ella.
Cuando salió, se fijó que aun tenía la bomba en sus manos. Una bomba que, si era lanzada, sería capaz de desaparecer todo un estadio. Pensó en soltarla. En matarlos a todos, hacerlos desaparecer, como era su plan original. Pero entonces, recordó a Adolf.
Adolf seguía allí.
Lo iba a salvar, como pudiera. Algún día.
«Adolf Lestrange, volveré por ti».
Así que, con una varita, sólo vestida con una larga túnica negra de hombre y la bomba en sus manos, se desapareció con dirección desconocida.
¡Hola!
¿Esto ya apesta a final, no? Sí, lo sé.
Bien, este capítulo está dedicado a Harry, a Morrigan y a Liliane. Así que me enfocaré en divirlo en esas tres grandes vertientes.
Quería hacerle honor al Harry que no quiere dejar que sus amigos lo acompañen a derrotar a Voldemort y que está obsesionado con proteger a cuanto organismo viviente existe. Creo que es un Harry muy honorable, aunque hace muchas estupideces. Muchas.
Por otro lado, Morrigan, Morrigan. En este capítulo se desvelaron varias cosas de su pasado. Ya sabíamos que había nacido en los países bajos. Y, por fin, conocemos la identidad del encauchado, el encapuchado que siempre está allí, que convence a los mortífagos fugados de seguir a Morrigan, que después se reveló, era el padre de Morrigan y Adolf. Rabastan Lestrange, ya bastante viejo, como todos, en esa época. Morrigan es el nombre de la diosa cuervo, una de las diosas celtas principales. La diosa de la muerte, sí que pega. Fue a Dumstrang, pero ocultando su identidad, claro. Más, no he revelado. Quiero secretos en el tintero.
Liliane, Liliane, la razón de Vendetta. Porque antes de Vendetta, ya existía Liliane. No es una asesina, después de todo. Es fría, pero tiene miedo. Es muy inteligente, pero también débil. Es astuta, pero sólo valiente cuando sabe que va a ganar o la desesperación apremía, así que pasa lo que pasa.
Cuento, todavía, con dos capítulos más y un epílogo para cerrar definitivamente esta historia y atar cabos sueltos. Como Justine Higgs, por ejemplo, un cabo sueltísimo. Como Hermione.
Y ahora, interrogantes, ¿a dónde se dirigió Morrigan? ¿Qué pasa con Roxanne, a quien, por cierto, imagino como una jovencísima Sanaa Lathan? ¿Cómo acabará esta historia?
El título es I'm not a robot, de Marina & the Diamons, en honor a Liliane y a Morrigan. Liliane es mi favorita, pero Morrigan es mi enigma. Hasta yo me pregunto de donde salió. Pero salió, existe. Aunque claro, la cita le pertenece a Liliane Zabini. ( www . youtube watch ? v = S _ oMD6 - 6q5Y Sin espacios)
Y bueno, eso es todo por hoy.
¿Y ustedes qué? ¿Se quieren o se van a querer?
Andrea Poulain
a 26 de septiembre de 2013
