Disclaimer: Los personajes le pertenecen a J. K. Rowling, lo cual es una lástima porque yo hubiera escrito una saga con Slytherin, sexo, drogas y rock&roll.


Capítulo XLV: Néctar

"Prometías satisfacción y hoy causas indigestión. No cumpliste tu palabra, no eres dulce eres amarga. Dura seca fría y vacía. Me envenenaste de tu néctar" Enjambre


Draco Malfoy miraba a su esposa dormir, sentado en un pequeño sofá que estaba en el cuarto que era sólo para Astoria. Podría permitirse pagar eso para evitar que su esposa compartiera un cuarto con alguien más. Aunque claro, si él seguía durmiendo allí se rompería la columna, por lo menos. Ya no era muy joven y la edad le empezaba a pesar.

Pero quedarse en la Mansión Malfoy, sólo con su madre, sabiendo que mantenía a Astoria en una burbuja y que Scorpius en realidad no estaba en Hogwarts no le sentaba precisamente bien. Además, él y Narcissa habían discutido la última vez que hablaron de Scorpius. Su madre le había dicho que no serviría de nada que su hijo saliera libre sólo para descubrir que él se había suicidado para salvarlo. «Además de que el suicidio es muy mal visto en los magos», sentenció Narcissa, con la voz glacial que aun le quedaba cuando estaba enojada. Pero él había zanjado todo con un grito: le había dicho a su madre que, si era la única manera, lo haría.

Y cuando Narcissa lo había mirado, él había leído en su cara que ella haría lo mismo por él y que, llegado el caso, sería capaz de aceptarlo, mas no de apoyarlo. Porque si él se decidía, ella iba a perder a su único hijo.

—¿Señor Malfoy? —una voz interrumpió sus cavilaciones y cuando alzó la cabeza, se encontró con el medimago Augustus Pye, que se encargaba de su esposa—. ¿Podemos hablar fuera? —preguntó y Draco asintió con a mirada un poco lejana, confundido.

Se puso en pie y se dirigió hasta la puerta. Augustus Pye salió justo detrás, cerrando la puerta a sus espaldas para no despertar a Astoria. Entnces mira a Draco, como evaluando la reacción que tendrá, y suelta la noticia.

—Su hijo está aquí —dice, finalmente—. Cuarto piso, daños por encantamientos. Sala Iris Meadowes.

Se quedó allí parado, con atisbo de sonrisa, cuando Draco salió casi corriendo al ascensor en el pasillo siguiente. Juega con sus manos hasta que el asensor llegar, completamente vacío a esas horas de la noche. No son horas de visita, pero sabe que a él le han permitido quedarse porque no hay nadie más que se ocupe de Astoria. No estaría tranquilo hasta que no llegara a la cuarta planta y diera con la sala Iris Meadowes, por lo menos.

Caminó entre los pasillos hasta que se topó de bruces con un cuarto para tres que tenía las luces prendidas y de donde salían voces de adentro. Cuando se fijó en el letrero, éste decía exactamente lo que estaba buscando: sala Iris Meadowes. En la entrada, parados en el pasillo, estaban una mujer rubia que Draco reconoció como Rose Zeller, la nueva flamane jefa de la División de aurores y un muchacho con el cabello turquesa, un poco largo.

No se fijó demasiado, él sólo quería ver a Scorpius. Cuando entró, se topó cara a cara con Potter. Harry Potter ni más ni menos. Al voltear hacia las camas, vió a una chica pelirroja en la que estaba pegada a la ventana, que miraba hacia afuera sin moverse mucho, en la de en medio vio al mejor amigo de su hijo, tan igual y tal diferente de su padre a la vez y finalmente, en la primera, estaba Scorpius. Delgado, pálido y demacrado, pero estaba. Tenía vendas en sus muñecas y el cabello sucio aún, largo y despeinado. Se le vepian moretones en el cuerpo y un par de vendas en las costillas.

No ileso, pero era Scorpius, y estaba vivo.

—Potter —saludó, con un asentimiento de cabeza y luego se dirigió hasta su hijo. No podía dejar de mirarlo. Vivo. Acercó su mano hasta tocarle el cabello y la frente, bañada en sudor frío—. Scorpius… —murmuró.

El chico reaccionó y abrió los ojos un poco, intentando enforcarlos. Cuando lo logró, esbozo una pequeña sonrisa.

—Papá —susurró, con la voz cansada.

Estaba vivo. Vivo. Era su pequeño milagro.


Dennis volvió con un té en las manos. Rose y Ted seguían fuera del cuarto, aunque presentía que Rose tendría que marcharse pronto. Su hija debería de estar esperándola. «También es mi hija», se recordó Dennis, pero nunca la había visto. Ni siquiera una foto, nada. Sólo sabía que se llamaba Ashley Zeller. En algún momento, incluso se había descubierto pensando que pasaría si se llamara Ashley Creevey. Pero Zeller ya le había dejado muy claro que eso no pasaría.

—¿Algo nuevo? —preguntó.

Ted negó con la cabeza, pero fue Rose quien respondió.

—Potter y Malfoy se encuentran completamente fuera de peligro. Malfoy tenía heridas en las muñecas y en los tobillos, presuntamente gracias a los grilletes que tenía —explicó—. A Albus Potter le faltan dos dedos en la mano izquierda, pero está vivo. Y la chica Weasley, Rose…, mejora. Pero está conmocionada.

—Por ese hijo de puta… el metamorfomago… —murmuró Ted—. Quien sabe que prentendería hacerle.

Rose sacudió la cabeza.

—No tiene demasiadas heridas. Cicatrices mal sanadas en la pierna, y en los brazos —dijo—, lo que me parece es que fue la que más crucios sufrió. Aun así, no fueron los suficientes para dejarla loca, ni con una frecuencia desmensurada, pero quizá sea la que tiene mayor conmoción.

—¿Y la otra, Roxanne? —preguntó Dennis interesado.

—La tienen en cuidados intensivos —explicó Rose. Ella podría estar e cualquier otra parte, sumergida en interrogatorios, pero le apatecía estar allí, donde el ambiente resultada un poco menos estresante. Holmes había quedado a cargo de tomar por presos a los mortífagos supervivientes, incluyendo al albino que podía cambiar de aspecto. Y Proudfoot de dar las malas noticias en las familias de los aurores muertos. Cinco bajas…

—¿Qué le ocurre? —preguntó Dennis, dándole un sorbo al té.

—Simplemente no saben que tiene —atajó Ted.

—Está débil y no reacciona bien a la magia —resumió Rose—. Temen lo peor: que no soporte el tratamiento. —Suspiró, mirando a un punto aleatorio lejos de Dennis y de Ted—. Creo que ya mandaron a alguien a avisar a sus padres.

Entonces Dennis divisó a las dos figuras que se acercaban. La chica de piel oscura cubierta con el saco informal de James Potter, vestida de negro. Liliane Zabini. Nunca le había parecido confiable a Rose, eso lo sabía bien él, pero él había acabado intercediendo el favor de aquellos dos chicos. Se lo merecían.

—Potter —dijo Zeller. Lo miró, evaluándolo. Cuando lo habían visto allí, con Roxanne y Scorpius, acompañado por Zabini, había sido una sorpresa. Sin embargo, ninguno de los dos había soltado prenda sobre quien les había dado la información al tiempo que Lupin se sonrojaba sin que Rose lo notara—. Es la última vez que haces una estupidez de este tamaño. Al menos dentro de un año y medio por fin te graduarás y vigilaré cada movimiento que hagas…

James asintió, sin decir nada. No era buena idea provocar a Zeller.

—… y confió que controles a la señorita Zabini, que debería saber que a pesar de que podría ser una excelente auror, no está permitido que arriesgue su vida en misiones imposibles. —Dennis sabía que Rose no les había preguntado sus motivos, demasiado cansada como para meterse en problemas—. Será la única vez que lo deje pasar. Y, señorita Zabini, confío en que será usted bienvenida en la academia si decide aplicar.

Liliane torció la sonrisa.

—No es mi vocación —soltó.

—Ya he avisado a mis tíos sobre Rose —James cambió de tema, desviando la atención que había sobre ellos—. Estarán aquí en cualquier momento. Yo… confiaba en que Liliane ayudara a desvincular a mi tía de Rose. Los medimagos a los que he preguntado no tienen ni idea.

—Eso es porque es magia negra —espetó Zeller, que empezaba a ponerse de mal humor. Dennis sacudió la cabeza cuando notó la mirada que Rose le dirigió a Liliane Zabini, como si le fuera imposible confiar en ella.

—No es magia negra —intervino Liliane—, es simplemente magia muy avanzada. Magia antigua, ¿la conoce? Magia ancestral.

—Así le llaman ahora —murmuró Zeller, por lo bajo. Sí que tenía genio. Siempre lo había tenido. Y unos prejuicios que lo superaban todo. Liliane prefirió alejarse un poco, con James, buscar unas sillas donde sentarse mientras los medimagos pasaban por allí.

—Bueno, Rose —dijo Dennis, mirando al techo—, me parece que hemos vencido otra vez. Sólo no debemos olvidar, que nunca es para siempre.

«Y que los inocentes suelen pagar por lo que sus padres hicieron o eligieron». No había duda que Roxanne, Rose, Albus, Scorpius e incluso Jezabel Nott y Antonin Zabini habían pagado un precio demasiado alto.


George y Angelina Weasley llegaron a San Mungo pocos minutos después. Aun no le habían avisado nada a Fred que estaba solo en ese apartamento que comprartía con Frank y James. El medimago que los había contactado no parecía muy alentador respecto a su hija, pero ellos habpian sentido tremendo alivio cuando les habían dicho que, por fin, estaba con vida. Viva. A salvo. ¿Sería mucho pedir que estuviera ilesa? El destino, riéndose de ellos, parecía pensar que sí. Pregutaron en la planta baja, a la recepcionista del turno de noche que parecía más dormida que despierta. La mujer se encargó de confirmar sus terribles sospechas al mandalos a cuidados intensivos.

Roxanne estaba allí, en una cama, con muchos medimagos a su alrededor. Cuando los vieron, uno de los medimagos más viejos se acercó a ellos. Tenía el cabello blanco y el rostro severo.

—Buenas noches, señores Weasley —les dijo, antes de que pudieran traspasar la puerta—. Soy Hipócrates Smethwick y… ¿podemos hablar? —preguntó.

George ya sabía lo que iba después de eso: malas noticias, pero asintió apenas.

—Por supuesto —respondió Angelina, que en aquellos momentos era mucho más gentil que él.

—Temo que no sabemos que es lo que ocurre con Roxanne con exactitud —respondió—. Hay un rastro de magia corrupta sobre ella, pero por otro lado, no reacciona bien a ningún tipo de magia. Cuando llegó vomitaba sangre, lo que sugiere que fue sometida a tortura… —Angelina soltó una exclamación y George estuvo seguro que fue incapaz de contener su cara de horror—. Sin embargo, todas las heridad físicas se pueden curar… Incluso los traumas pueden ser superados en algún momento. —Hizo una pausa, ya que parecía que estaba evaluando la mejor manera de decir lo siguiente—. Sin embargo, creemos que el problema de Roxanne está en su magia.

Angelina se mostró contrariada, así que George habló con ella.

—¿Qué quieres decir, señor Smethwick? —inquirió.

—Que el rastro de magia en Roxanne es el mismo que hay en cualquier squib, pero mucho más dañado… corrupto, si quieren llamarlo así.

—¿Un squib…? —murmuró Angelina, empezando a entender la magnitud de aquello.

—Señora Weasley… —está vez Smethwick se dirigió directamente a ella—, me temo que si logramos que su hija se estabilice físicamente, vivirá el resto de sus días como una squib.


Lo dieron de alta a la mañana siguiente, al igual que a Scorpius. A sus padres les recomendaron que les haría bien una visita a la zona recientemente establecida de salud mental del hospital, a una cita con un psiquatra mágico, pero por lo demás, los dejaron marchar. Albus abrazó a Scorpius cuando salieron del cuarto. Los dos, tan fríos y poco dados a esas muestras de afecto tan abruptas, sentían que lo necesitaban en aquel momento. Eran amigos desde que tenían once años, desde que Scorpius se había acercado a él por detrás un dos de septiembre y le había dicho con tono de sonsonete qué debería escribir en la carta inconclusa que tenía enfrente. Eran amigos y los dos sabían que habían estado a punto de morir.

—Joder —murmuró Scorpius—, creí que no me libraría.

Se separararon, y Albus, con una sonrisa, no dijo lo que pensaba. Que una parte de ellos aun no estaba del todo librada, que una parte de ellos siempre tendría miedo. Albus suspiró y evitó mirar el cuarto donde una lejana Rose miraba por la ventana. Tardarían unos días más en darle el alta, hasta asegurarse de que las cruciatus no le habían afectado demasiado.

—Ey, Al… —llamó Scorpius, una última vez—. Supongo que te veré en Hogwarts después. —Alzó una mano a modo de despedida que Albus correspondió un poco tarde y luego se marchó detrás de su padre, al que ya había alcanzado en estatura.

Albus no sonreía, pero le complació encontrarse con el rostro alegre de su padre y de su hermano. ¿Cuántas noches habrían pasado en vela por él? Él se balanceo de una pierna a otra, indeciso, sin saber que hacer. Finalmente, su boca se abrió.

—¿Puedo ver a Roxanne? —pidió.

Algo le carcomía las entrañas. Algo que Morrigan, aquella bruja que le había rebanado los dedos y le había dejado dos muñones que le recordarían toda su vida lo cerca que había estado de la muerte, hacía dicho.

—En cuidados intensivos… —murmuró James—. Aun no despierta.

Hizo ademán de acompañarlo, pero su padre lo detuvo, con una mirada comprensiva.

—Estaremos esperando afuera —dijo, y obligó a James a marcharse con él.

Albus quería ver a Roxanne, asegurarse de que estuviera viva. No quería cargar con su muerte, porque se sentía responsable, pero no alcanzó a llegar cuando oyó su voz. La voz que nunca debió de haber escuchado. La voz que le decía que era guapo, que era perfecto, que vesaba bien.

—¡Al! —y cuando se dio la vuelta, se encontró su rostro. Rubia, aun hermosísima según sus cánones, con la boca demasiado pequeña, la frente amplia, los ojos separados y el vestido color melón. Seguía siendo ella—. Conseguí permiso para vernir a verte… bueno, mi padre lo consiguió cuando me enteré de que estabas bien, uno de sus amigos que trabaja aquí los vió llegar anoche… —caminaba a paso rápido hasta él, y Albus estaba sólo allí, pasado, con la boca medio abierta, sin saber qué hacer—, pero me dijeron que te daban el alta… y creí que no te encontraría. ¿Estás bien?

Finalmente, algo en Albus se puso en guardia y reaccionó. Le apunto con la varita, a lo que Justine Higgs reaccionó con un respingo.

—¡¿Cómo te atreves a venir?! —le espetó, y provocó que la gente que estaba cerca se volviera hacia él con una inusitada atención—. ¿Cómo eres siquiera capaz, después de todo lo que hiciste?

Justine lo miró sin entender.

—Al… —dijo, con ese tono con que le hablaba siempre que estaba enojado y trataba de calmarlo, pero aquella vez no funcionó. Justine fruncipo su pequeña boca, desconcertada. No, Albus lo recordaba bien todo, el vino añejado desde 2006, la manera en que había caído en su trampa—, ¿qué pasa?

—¡Fuiste tú! —gritó a todo pulmón, sin ser consiente que estaba en un hospital—. ¡Fuiste tú! ¿O lo olvidaste?

—¡Esto es un hospital! —le espetó uno de los medimagos que pasaba por allí—. ¡Silencio!

Pero Albus lo ignoró. Hizo lo que nunca creyó que haría: alzar su varita contra una mujer indefensa que en dos segundos fue a parar dos metros detrás, en la pared, con un ruido sordo y todavía esa mirada de incomprensión.

—¡Jovencito! ¡No puede hacer eso en un hospital!

—Al… —suplicó ella, sin entender.

—¡Fuiste tú! —le volvió a gritar él, acortando la distancia que había entre ellos en un satiamén y poniéndose a la altura de su cara antes de volver a pronunciar unas palabras cargadas de veneno—. Fuiste tú y tu vino con un somnífero… —Le puso la mano izquierda enfrente, con sólo tres dedos—. ¡Tú eres la responsable de esto! ¡Tú, Justine!

Pero entonces, con un horror palpable, se dio cuenta de que ella no sabía nada. Aún tenía esa mirada perdida, de quien no entiende lo que está pasando y Albus Potter fue plenamente consiente de que había laguna en sus memoria. Por eso se había presentado allí, en primer lugar.

Y sólo se puso en pie, ignorando el revuelo que había causado a su alrededor y se marchó con paso fuerte, dejando allí a Justine, tirada, sin molestarse en ayudarla a pararse o hacer algo. No le iba a hacer nada allí, en un hospital y en un lugar público.

Estaba furioso. Con él, por creerla. Con ella, por venderlo. Y de nuevo con él, porque él la había escuchado, y la había besado, y quizá —aún no estaba seguro—, se había enamorado como un loco de ella. Y ella había resultado ser, precisamente, todo lo que él no deseaba.

Traicionera. Fría.

Lo había vendido.

Justine pagaría, por supuesto.

Albus se iba a encargar de que no volviera a pisar Hogwarts.

Después de todo, ya era mayor de edad para poder ser acusada de cómplice de un secuestro. Aunque quizá el hecho de su amnesia fuera un atentuante. Qué putada. Justine Higgs se merecía todas las desgracias que le pasaran. En parte, ella tenía la culpa de lo que le había pasado a él. A Scorpius. Pero sobre todo, a Roxanne.


Bonjour!

Bien, este es el casi-final. Penúltimo capítulo, vamos.

Para empezar, Draco Malfoy considera los términos de la libertad de Scorpius, mientras ve a Astoria dormir, justo cuando el medimago Pye le comunica que Scorpius está allí y en donde puede encontrarlo. Así que sí, es su pequeño milagro.

Afuera del cuarto donde están Scorpius, Albus y Rose, Dennis Creevey y Zeller discuten algunas cosas, hasta que la última le deja claro a James Potter y a Liliane Zabini que más vale que esa sea la última estupidez que cometan en su vida, aun cuando hayan salvado vidas. Liliane es que no congenia bien con Zeller, para variar.

Por otro lado, George y Angelina Weasley tienen una pésima noticia. Roxanne vivirá el resto de sus días como squib… si despierta. Una real putada, claro, pero bueno, al menos está viva…

Ya sólo queda un capítulo para acabar de cerrar las tramas, así que, ¡suerte esperándolo!

El capítulo le debe su nombre a uno de los personajes más odiados por ustedes y más amados por mí… (que la zorra es creación mía, caray): Justine Higgs. Creo que la cita lo deja bastante en claro, ¿no? ( www . youtube watch ? v = MOwX4 2kqyG4 Sin espacios)

Nosotros no sembramos.

Andrea Poulain

A 7 de octubre de 2013