LAS ALAS DEL CISNE
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¿Han escuchado la canción "Niña" de La Quinta Estación?
Es la que inspiró éste capítulo y también el que sigue, de ahí el título.
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CAPÍTULO 7
GIRL
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— ¿Cómo te sientes, cariño? — Preguntó Reneé, tratando de aletargar el momento.
—Tengo sed— Murmuró Bella chasqueando la lengua.
Reneé se giró rápidamente hacia la mesita de noche al lado de la cama de Isabella, tomó la jarra con agua y rellenó un vaso hasta la mitad.
—Aquí tienes, cielo— Ofreció Reneé inclinando el vaso y ayudando a Bella a incorporarse un poco.
Dio un sorbo, dos, luego dio un manotazo que lanzó el vaso al suelo y escupió el agua.
— ¡No! — Chilló Bella horrorizada mientras veía el monstruo metálico en el que estaba envuelto su pie izquierdo.
Trató de incorporarse bruscamente, manoteando hacia los artefactos, Reneé se adelantó mientras trataba de hacerla retroceder tomándola por los hombros y al mismo tiempo intentaba alcanzar el botón de la central de enfermeras.
En un minuto Bella se desquició, trataba de tironear de las barras de metal, quería arrancarlas de su piel, que dejaran de taladrar sus huesos. Reneé hizo todo lo que pudo para evitar que Isabella se dañara con sus propias manos, presionándola contra la cama y rogando que parara de gritar.
Reneé regresó a la sala de espera envuelta en llanto. En cuanto Emmett la vio le dio un codazo a su papá para que despertara. Caminaron hacia ella a paso veloz.
— ¿Qué pasó?— Preguntó Charlie.
—Despertó— Contestó Reneé entre sollozos. Emmett la abrazó con fuerza, tratando de calmar sus temblores—. Tuvo una crisis, se puso muy mal, tuvieron que sedarla. Entraron enfermeras y no sé qué tantas personas— Relató sorbiendo su nariz en repetidas ocasiones.
— ¿Se lo dijiste? — Preguntó Emmett con precaución. Su mamá negó en silencio.
Silencio.
Las horas que siguieron fueron lentas y cansadas. Charlie regresó a su casa junto con Reneé, se ducharon, hicieron una maleta para Bella y llevaron un cambio de ropa a Emmett. A pesar de que habían pasado varias horas, Isabella aún no despertaba.
A las 9:00 A.M. en punto los tres ingresaron a la habitación y se sentaron a esperar de nuevo.
Esperar.
Esa simple palabra, su concepto y todo lo que conllevara hacía que los tres Swan sintieran el estómago revuelto de ansias.
Suspiros.
El único consuelo y alimento de tres corazones rotos y un futuro ensombrecido por las circunstancias, por el destino.
Casi era mediodía, Emmett estaba a un lado de la cama de Isabella y sus padres a un par de pasos de ellos. A pesar de ser un hombre fortachón y musculoso, Emmett se sentía en ese momento pequeño e indefenso ante la inmensidad de una realidad que le dolía, veía el rostro pacífico de su hermana y sin problema alguno podía recordar a aquella pequeña de dos o tres años que revoloteaba alrededor de él, que lo imitaba en todo y que lo seguía a todas partes como una pequeña sombra curiosa y deseosa de aprender de su hermano mayor.
Los ojos de Bella comenzaron a moverse y los tres se acercaron más, poniéndose alertas.
Isabella quiso engañarse con que sus recuerdos eran una horrible pesadilla, pero cuando pudo enfocarlos su rostro se fue transformando hasta que un puchero apareció en sus labios. Gritó desgarrando el alma de sus padres y de su hermano; Emmett brincó inmediatamente al lado de ella y la abrazó con fuerza, tratando de contener sus movimientos desesperados, meciéndola con dulzura, tratando de menguar aunque fuera sólo un poco la pesadumbre que embargaba a su pequeña hermana.
Isabella miró y ahí estaba el monstruo metálico perforando su piel, giró su torso hacia la derecha y lloró desconsolada sobre el pecho de su hermano ante la mirada fija y perdida de su padre y el llanto silencioso de su madre.
Los siguientes minutos pasaron en un silencio de palabras que se rompía únicamente con los lamentos de Isabella. Habló cuando fue capaz de encontrar su voz.
— ¿Cuánto tiempo estaré con eso?— Dijo haciendo referencia al artefacto como si se tratara del peor de los improperios, la maldición más terrible—. Voy a poder bailar de nuevo, ¿verdad?— Preguntó con más claridad.
¿Cómo podrían decirle? ¿Qué palabras utilizar? ¿Cómo? ¡Dios Santo! ¿Cómo?
Isabella miró con desespero los rostros de sus padres y de su hermano, tratando de buscar una esperanza donde no la había, un rayo de luz entre la oscuridad. Pero no había nada.
— ¡No! Yo…, yo voy a hacer todo lo que diga el médico, voy a ser buena con el tratamiento, haré terapias. Haré todo lo que me digan. Pero yo iré a Las Vegas y…, luego Emmett y yo saldremos de fiesta. Y seguiré bailando y haré todos mis planes y algún día me verán en Broadway…— Dijo con frenesí, apenas tomando un respiro entre una frase y otra.
—Lo siento, Bells— Murmuró Charlie; derrumbando definitivamente el futuro de Bella, tal y como si fuera un castillo de naipes.
Isabella dio un alarido y comenzó a sacudirse entre los brazos de su hermano, Emmett detuvo sus golpes frenéticos sobre su pecho con una de sus manos mientras que con la otra trataba de detenerla. Quería hacerse daño, quería que por un milagro divino pudiera dejar de existir. Su vida era el baile, ella vivía gracias al arte de sus pies, ella era música y danza. Ya no.
—No, mi niña, por favor. No— Rogó Reneé tomando el rostro de su hija entre sus manos, atrapando su mirada frenética por un instante—. No te hagas daño, pequeña. Por favor— La súplica en sus palabras, su rostro, su mirada; no sabía exactamente qué, pero algo la hizo ceder.
Isabella se derrumbó. Lloró sin consuelo entre los brazos de su hermano, su corazón roto gritó en fuertes alaridos de pesadumbre y dolor, su alma se desgarró en una herida enorme y sangrante…, llevando en su propio dolor el de su hermano y de sus padres.
Tal y como lo había prometido, Paul regresó poco después de las 12; pero sólo se encontró con una desconocida, una malcriada Isabella que lo insultó y lo echó diciéndole cosas como "No necesito tu lástima" o "No quiero verte aquí". Así que el chico se fue, pero en sus pensamientos sólo estaba una palabra: perseverancia.
Más tarde entró un médico a revisar que todo fuera bien, dentro de los márgenes aceptables, con la lesión de Isabella. Poco después ella se quedó sólo con Emmett y su mamá.
— ¡Tápalo! — Ordenó Isabella entre dientes, mirando fijamente un punto en el techo.
— ¿Qué? — Preguntó Reneé.
— ¡Que lo tapes! ¡Ponle una manta encima! ¡Haz algo! — Espetó con furia—. No quiero estarlo viendo— Dijo con odio. Esas serían las últimas frases que diría. A partir de ese momento se sumió en un doloroso mutismo.
Emmett se adelantó, tomó una frazada y tapó las piernas de su hermana. Debajo de ese trozo de tela Isabella separó su pierna derecha lo más que pudo de aquel monstruo, no quería ni siquiera rozarlo.
El domingo casi al anochecer dieron de alta a Isabella y los Swan se prepararon para regresar a su casa.
— ¡Qué patético! — pensó Isabella cuando su madre la ayudó a cambiarse de ropa.
Sabía que todos hacían su mejor esfuerzo, que trataban de hacerla sentir bien…, pero ella no podía. Estaba muy decepcionada y dolida. Destrozada.
Sabía lo que venía. Pero no se sentía lo suficientemente fuerte como para enfrentarlo.
Mientras Charlie terminaba con el papeleo Emmett caminaba por los pasillos del hospital impulsando una silla de ruedas. Cuando Isabella la vio por el rabillo del ojo ni siquiera se inmutó, aunque por dentro sentía que ardía. Sólo dejó que los brazos de su hermano la llevaran a su realidad, a su infortunio.
El camino a casa fue silencioso, al menos por parte de ella, que se limitaba a ver por la ventana dejando que las voces a su alrededor se esfumaran lentamente con el viento.
Al llegar a casa las cosas empeoraron. Dirigieron a Bella a una habitación en la primera planta y además habían acondicionado rampas en los lugares necesarios.
Al entrar a la habitación Isabella sintió un nudo en su garganta, sus cosas estaban ahí, pero ese no era su espacio, su refugio. Suspiró pesadamente y se dejó llevar de nuevo. Emmett la cargó y la dejó con cuidado sobre la cama, de nuevo su madre tendría que cambiarla como si fuera un bebé. Isabella seguía muda, sumergida en su burbuja de preguntas y reclamos, viviendo una vida en su interior, apenas sopesando lo que pasaba.
Cuando Reneé terminó de vestirla con su pijama le cubrió las piernas con una sábana.
—Mira, cariño, aquí está tu música— Dijo acercándole su reproductor. Isabella le dio una mirada fugaz, que casi podía pasar desapercibida, y regresó su vista al punto fijo en la nada que veía antes.
— ¡Hola! — Saludó Emmett tan entusiasta como siempre—. Mira, Belly, te traje tus galletas favoritas y un poco de leche con chocolate— Invitó sonriente e inocente a la amargura de su hermana.
—Come un poco, cariño— Pidió Reneé acariciando el cabello de Isabella.
Ella no dijo ni una sola palabra.
—Aquí las voy a poner— Dijo Emmett dejando la pequeña bandeja en el buró más cercano a ella.
—Hola— Saludó Charlie asomando la cabeza—. Mira lo que te traje— Murmuró mostrando una gran caja de cartón con los libros de Isabella. Ella ni se inmutó, no hubo un "Gracias, papi", una mirada o una sonrisa. Sólo más silencio.
Emmett se sentó al borde de la cama, rodeando con un brazo los hombros de Isabella; Charlie dejó los libros al alcance de Isabella y se acercó a ella. Todo en silencio.
—Que descanses, princesa— Murmuró Charlie antes de dejar un beso en la frente de su hija.
Emmett pegó la frente contra la sien de su hermana, luego besó su mejilla.
—Te amo, baby— Le susurró al oído y le dio otro beso.
Reneé e Isabella se quedaron solas.
—Mira, cielo, trajimos una televisión para ti— Dijo tratando de entusiasmarla de alguna manera, encendió el aparato y dejó el primer programa que apareció—. ¡Mira, cariño! Están dando la serie de zombis que tanto te gusta. Es tu favorita, ¿cierto? — Hablarle a su hija en ese momento era como hablarle al viento y esperar a que le regresara una respuesta—. Aquí está el control remoto. Que duermas bien, princesa— Murmuró apenas conteniendo el nudo que amenazaba con romper su voz. Besó a su hija en la mejilla y en la frente antes de salir de la habitación y apagar la luz.
Isabella miró a su alrededor, sus cosas acomodadas de improviso sobre los muebles, su ropa, sus libros en una caja, las galletas y la leche, las paredes ajenas a ella, el colchón que no era suyo, la sábana que se elevaba como una carpa de circo en el lugar en el que su pie guardaba un maldito intruso y la silla de ruedas. La maldita silla de ruedas.
Ella estaba segura de sus sueños, de sus convicciones, de sus metas y estaba segura de lo mucho que lucharía por llegar a ellas. ¿Ahora qué hacía? ¿Hacia dónde se dirigía? Ella había perdido el timón de su barco, y ahora se sentía sólo sobre una precaria balsa llevada por la marea y agitada por las olas sin compasión.
Detuvo su vista en el programa de televisión. Ironías de la vida, ¿no? Ella había quedado prendada de una estúpida serie de personas muertas en vida, vacías, sin nada por dentro, pero aún así caminando en busca de algo a lo que no le hallaban sentido; moviéndose porque tenían que hacerlo. Y así se sentía ella, vacía, rota, sin un motivo, sin un por qué, nada por lo qué luchar.
Sólo lamentos y nada más.
Tal vez llegara un momento en el que encontrara una puerta que liberara a su preso corazón, algo que la hiciera seguir. Pero, por el momento, no encontraba nada que la motivara; no sabía cómo sería capaz de llegar al siguiente día. Isabella llegó justo a ese punto en el que no sabía nada, tampoco quería averiguarlo; ese punto al que hemos llegado todos en algún momento y sólo continuamos por continuar.
Isabella tomó uno de los cojines que la rodeaban, enterró el rostro y dejó salir el nudo que la estaba asfixiando con gritos desesperados y un llanto que le sabía a pura hiel. Gritó, gritó sobre el cojín hasta que no pudo más, hasta que sus pulmones se vaciaron, hasta que sus ojos empaparon la tela, hasta que el sueño se llevo todo…, hasta el dolor, aunque fuera sólo por un momento.
Al amanecer su mamá la dejó un momento en el jardín, con la esperanza de que estar al aire libre le cambiara un poco el semblante, luego de dejarle un libro en el regazo, Reneé entró a preparar el desayuno para todos.
Isabella ironizó pensando que ella también debería estarse preparando para ir a la academia. Ya no lo haría otra vez.
Escuchó el trino de varios alegres pajarillos y casi pudo sonreír, aunque fuera sarcásticamente. Ellos estaban completos, con sus alas desplegadas al viento y haciendo lo que más les gustaba. Ellos podían volar. Ella, en cambio, se había quedado estancada; como si hubiera caído en un pantano y sus alas se hubieran llenado de fango, entorpeciéndolo todo, terminándolo todo.
—Yo era un ave, podía volar al mover mis pies. Yo era todo lo que quería ser. Pero ya no tengo alas— pensó con dolor.
Como si la hubiera escuchado, un pequeño pájaro marrón se posó sobre el descansabrazos de su silla de ruedas, la miró moviendo la cabeza hacia un lado y luego hacia el otro, Bella estiró la mano delicadamente y casi como un milagro el ave brincó a sus dedos y la siguió mirando.
—Tengo miedo— Le susurró en secreto.
El ave giró su cabeza un par de veces más, emitió un delicado gorjeo y segundos después elevó el vuelo.
Isabella cerró los ojos, respiró profundamente y tragó el nudo que parecía permanente en su garganta.
Para ella el mundo había acabado…, era cuestión del destino que algo pudiera hacerla cambiar.
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Cierto gatitu polarín dijo por ahí que le gustaba sufrir y llorar…. Así que aquí está. Agradezcan a ese gatitu y que me llegó un golpe de inspiración para terminar el capi.
Gracias a todos/as por todo.
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Nos vemos en la próxima
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Por: VickoTeamEC
