LAS ALAS DEL CISNE

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CAPÍTULO 9

KEEP MOVING FORWARD

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A la mañana siguiente del incidente con la puerta de Bella, Renee entró a la habitación de su hija con la intención de mostrarse optimista y transmitirle su positivismo. Habían pasado meses desde el accidente e Isabella tenía que continuar con su vida.

Renee corrió las cortinas y se dio a la tarea de despejar las superficies cubiertas con ceniza, colillas de cigarro y vasos de alcohol. El ruido hizo despertar a Bella, tras un gruñido se tapó los ojos con un brazo y se giró para apretar el rostro contra la almohada. Renee dejó las cosas sobre el tocador de Isabella, se acercó a la cama, se sentó en el borde y comenzó a acariciar el cabello de su princesa.

—Buenos días, mi amor —canturreó amorosamente.

Isabella se giró perezosamente y la miró con el ceño fruncido.

—No le veo lo bueno. ¿Para qué demonios corres las cortinas? —gruñó, hiriendo con un aruño de rencor el corazón de su madre.

—Para que entrara un poco de luz, para despertarte, cariño.

—¿Acaso te lo pedí? —murmuró Isabella sin siquiera mirarla.

—No, hija, pero supuse que…

—¡Entonces no supongas nada! No quiero que me despiertes. Desearía no despertar jamás —dijo en un tono de voz bajo, lúgubre y monótono.

El silencio invadió la habitación por interminables segundos, Isabella había dejado atrás el mutismo pero el cambio sólo venía a complicar más la situación. Ahora los Swan saludaban una nueva faceta de Bella: una chica renegada, dispuesta a contestar con palabras hirientes sin importar las consecuencias, y siguiendo su camino por la vida como le venía en gana.

—Hija, debes seguir con tu vida, no es saludable que te encierres en tu dolor… —Trató de alentarla Renee, intentando dejar de lado la tristeza que le daba ver la vida de su princesa consumiéndose poco a poco.

—¡No, mamá! ¡Mi vida era el baile!

—Cariño, no digas eso.

—¡No! —Con éste nuevo chillido las lágrimas de Bella comenzaron a salir. En un movimiento brusco se sentó y encaró a Renee con furia—. ¡Sin el ballet no tengo vida! No tengo nada. Me arrancaron las alas…, mi vida ya no tiene sentido —susurró entre dientes con tanto coraje que Renée tembló de miedo.

—No hables así, mi niña. Lo que importa es que estás aquí, con nosotros…, viva. —Renee intentó ser fuerte por las dos, hizo de lado las duras palabras de Bella, luego tomó las manos de su hija y la miró tratando de mostrarle la sinceridad de sus palabras a través de su mirada—. Ya verás que todo se mejorará…

—No insistas. Para mí todo acabó, no hay alas, no hay futuro. No hay nada. —Interrumpió Bella.

—Isabella, no me gusta esa actitud —dijo Renee cansada de ver a su hija tan pesimista—. En éste mismo instante te levantas y te preparas para bajar a desayunar. Tu papá y tu hermano nos están esperando. Te doy veinte minutos —ordenó tragando el nudo en su garganta.

Nadie sabía lo que les esperaba al pasar de los días, ni las reacciones que tendría Bella conforme pasara el tiempo; lo único concreto era la estela casi invisible de un sueño roto que se esfumaba lentamente, como el humo después de un incendio, como un espectro perdiéndose más y más detrás de cada atardecer.

Renee bajó a paso lento por las escaleras, al entrar al comedor no pudo resistirlo más y soltó el llanto. Ver el empeño de sus hombres en la decoración que habían preparado para Bella, las flores, las delicias sobre la mesa, los waffles favoritos de Bella…, todo aquello que Renee sabía que había sido en vano.

—¿Qué pasa, cariño? —susurró Charlie rodeándola con sus brazos.

—No va a funcionar. Está tan…, pesimista —dijo Renee entre sollozos.

—Ella saldrá adelante, ma —musitó Emmett acercándose para dar un beso en el tope de la cabeza de Renee.

—Ella saldrá adelante, amor. Nuestra pequeña es una guerrera —dijo Charlie, tratando de levantar el ánimo de su esposa.

Los tres suspiraron y desearon en silencio que todo mejorara lo más pronto posible. Ver así a Isabella les dolía mucho, la vida seguía y no se detendría por la depresión de una joven desdichada.

Pocos minutos después Bella apareció en la habitación, usaba una camiseta de Emmett, unos pants anchos y calcetas; su cabello estaba recogido en un moño enmarañado que se detenía con un bolígrafo y en su rostro se apreciaba una mueca de aburrimiento.

—¿Qué es todo esto? —farfulló paseando los ojos por la habitación.

—Hola, baby. Es una sorpresa para ti —dijo Emmett con su tono de voz alegre, capaz de hacer sonreír a cualquiera…, menos a Isabella. Él se puso a un lado de su hermana, le pasó un brazo por la cintura y dejó un dulce beso en su sien.

Bella sintió un escalofrío en su interior, era remordimiento por su frialdad ante el gesto de Emmett.

—Ah. Lindo. —Fue lo único que dijo Bella, aunque le pareciera lo más lindo que habían hecho por ella. Sus ánimos no estaban para sentirse emocionada o feliz.

—Ven, princesa. Siéntate —invitó Charlie corriendo una silla para ella.

Todos sonrieron y esperaron a que Bella se desplazara con su bastón hasta el lugar. Ya que estuvieron sentados comenzaron con el desayuno como si fuera un fin de semana cualquiera, como aquellos que Bella vagamente recordaba antes del accidente. En ese momento, más que cualquier otro, Bella deseó tener el poder de regresar el tiempo e impedir el motivo de su desgracia; quería ser capaz de cerrar los ojos y recordar el triunfo en las audiciones, la alegría de presentarse en Las Vegas, las salidas con su hermano y la formación que poco a poco la impulsaría a Broadway. Pero no podía, todo eso se había ido en el instante en el que su pie se dañó y con él sus ganas de seguir.

Isabella solamente quería cumplir sus sueños, sentirse realizada y ser feliz. Ahora nada importaba, sentía que su vida había acabado, que su existencia era totalmente mecánica y sabía que si fuera lo suficientemente valiente, o cobarde, tomaría el valor necesario para acabar con todo. Pero no creía ser capaz de hacerlo.

A partir de esa mañana, cuando su madre irrumpió en su habitación, cuando sintió un insistente dolor de cabeza y cuando se dio cuenta de que nada podía cambiar; decidió dar cara a la vida. Se había dado cuenta de que no podía basar su paso por el mundo en cuentos de fantasía y felicidad, que no todas las personas llegaban a la tierra para ser felices y que los sueños no son más que meras ilusiones ópticas a mitad del desierto. Con un escalofrío sintió las heridas de su alma, los trozos de su corazón y el frío que la cobijaba desde adentro, como un veneno esparciéndose por sus venas, una actitud hostil y desenfadada que quedaba al descubierto en el nuevo rostro de Isabella Swan: una mueca de enfado y desdén.

Aunque no quisiera, Isabella tenía que seguir adelante.

Todos notaron la actitud reacia de Bella, también que apenas comió lo que había en su plato, su mirada fría, su semblante ausente a las bromas y risas. Aunque también notaron un pequeño destello debajo de toda esa frialdad, una ínfima mirada de la Bella de siempre, aquella niña dulce y amorosa; Emmett dejó descansar una mano sobre la de su hermana y ella no lo impidió. Después de todo, aún había un poco de esperanza.

—Bueno, familia, tengo que ir a trabajar. —Informó Emmett. Estrechó la mano de Bella y se puso de pie.

—¿En sábado? —preguntó Charlie.

—Sí, sólo iré a supervisar un par de sucursales y haré un informe para el lunes. Nada complicado —explicó Emmett—. Bueno, iré a cambiarme.

Renee le sonrió a su hijo y lo vio hasta que lo perdió de vista. Luego Isabella se puso de pie y se dirigió a las escaleras. Charlie se puso de pie de un salto, prácticamente corrió hacia su hija y la tomó por el codo para ayudarla a subir.

—Déjame —farfulló Bella—. Son sólo unas escaleras, eso es algo que puedo hacer sola.

Charlie no dijo nada, con una mueca sorprendida alzó ambas manos en señal de rendición y dio un paso hacia atrás. Renee observó la escena con una mueca dolida en el rostro, se acercó a su marido y lo rodeó con los brazos en un sentido abrazo; Charlie besó la frente de su amada, vieron cómo Isabella subía lentamente las escaleras, apoyándose en el barandal y maniobrando con el bastón. Con un suspiro resignado dieron media vuelta hacia la cocina y comenzaron a limpiar los restos del desayuno.

Bella tenía aproximadamente un cuarto de hora en su habitación, entre sus dedos se consumía su segundo cigarro y la música rock de antaño retumbaba en las paredes. Emmett tocó la puerta un par de veces, pero al notar la música decidió entrar con cautela para encontrarse con la mirada fría de su hermana. Ella bajó el volumen de su aparato de sonido y prestó atención a su visitante.

—¿Qué quieres? —preguntó Bella en un extraño y mezclado tono de frialdad y amabilidad.

—Hoy en la noche habrá una reunión con mis amigos de facultad… —Comenzó a explicar Emmett, con una chispa alegre y la esperanza de que Bella le dijera que sí bailando en su mente.

—¿Y? —interrumpió Bella.

—Te quería preguntar si es que tú…, quieres acompañarme —dijo él rápidamente.

Isabella guardó silencio, le dio una profunda calada a su cigarrillo y lo miró con una ceja en alto. Expulsó el humo antes de responder con la monotonía que había adoptado.

—¿Pretendes que te acompañe a una fiesta? —preguntó ella en son de burla.

—Claro, baby. Como antes. —Emmett no perdía la sonrisa, tal vez podría hacer que su hermana se animara un poco y terminara cediendo a su invitación.

—Nada es como antes, Emmett. Y no, no quiero ir a ninguna parte.

—Está bien… —susurró Emmett, suspiró antes de saborear el sabor amargo de la derrota y salió de la habitación.

Isabella subió al máximo el volumen de la música y siguió consumiendo los minutos del día con nicotina y alcohol. No podía olvidar, eso ni con mil botellas lo lograría, pero al menos podía abstraerse de la realidad y sumergirse en la música, sintiendo que se evaporaba cómo el humo de sus cigarrillos.

Ella sabía que en algún momento tendría que dejar atrás tanta pesadumbre, tanto dolor y decepción; algún día tendría que ver hacia el futuro con la cara en alto, con sus miedos desterrados y con una sonrisa en los labios. Pero sentía su pérdida tan reciente, tan profunda aún en su alma; había momentos, entre sus pensamientos, en los que se preguntaba si algún momento sería capaz de superarlo, si llegaría el momento en el que saldría de su habitación. El mundo se volvía en su contra, el destino le volteaba la cara, entonces ella les sonreía con malicia y levantaba el dedo de en medio.

"La mierda sirve de abono, así que tanta mierda en éste momento debe servir para algo…, al final". Reflexionó Isabella en la profundidad de sus turbios pensamientos.

Las horas se consumían de a poco, el sol avanzaba por el horizonte y ella veía a las aves revolotear entre trinos y danzas magníficas que le partían el corazón. No podía odiar a la primavera, a donde volteara había algo adorable y digno de admirar; hacia donde sus ojos miraran había un matiz de dulzura que le recordaba permanentemente lo bello de vivir.

Mientras estaba perdida en sus cavilaciones, ella sintió pasos a su espalda, pensó que era Emmett, no le tomó importancia y siguió fumando inmersa en su nuevo mundo interior.

—Hola, Bella. —Saludó la voz que menos esperaba. Ella apagó el cigarrillo y se giró lentamente para poder ver al visitante.

—¿Qué demonios haces aquí? —masculló Bella con el ceño fruncido.

Verlo ahí, tan cauto, silencioso y esperanzado estuvo a punto de desarmarla. Sólo un poco. Él estaba aún más guapo que lo que sus recuerdos torpemente le decían; su camiseta ajustada mostraba lo fornido que estaba su pecho, era una visión casi divina; su cabello oscuro, sedoso y pesado enmarcando su rostro. Todo en él hacía a Bella desear otro presente, uno en el que probablemente él tuviera cabida.

—Pensé que te iba a ver anoche. Emmett prometió convencerte —dijo él con calma.

—Ya ves, mi hermano no tiene tanto poder de convencimiento cómo crees. Otra vez te pregunto, ¿qué demonios haces aquí?

—Sólo quería verte —dijo Paul en voz baja. A pesar de los múltiples rechazos anteriores de Bella, tenerla de frente y escuchar sus duras palabras; le hacían perder un poco la esperanza de abrirse paso en la vida de la linda y destrozada chica.

—Ya me viste. Te puedes largar —espetó ella girando el rostro al lado contrario de donde estaba Paul.

—He intentado acercarme a ti todos estos meses…

—¡Pues, no quiero que te acerques! —bramó Bella.

Paul la vio con ojos entrecerrados, absorbiendo el coraje de Isabella a través de su mirada, manteniéndose firme y asegurándole mil promesas con su postura. Con fiera determinación él se acercó y se sentó al lado de Bella.

—No me voy a dar por vencido, Bella. —Ella lo miró fijamente—. Voy a estar para ti cada vez que me necesites. Siempre.

Bella frunció el ceño y cerró los ojos. Paul aprovechó el gesto para tomar el rostro de Bella con una mano y acercarse a ella hasta dejar un suave pero demandante beso en sus labios; ella al sentir el contacto abrió los ojos y se quedó petrificada en su lugar. Un par de segundos después Paul se separó de ella y la miró detenidamente.

—Aquí voy a estar —susurró él, le dio un último beso y se fue.

Bella suspiró, cerró los ojos y encendió un nuevo cigarrillo. A los minutos entró a la casa, dispuesta a ir a su habitación y encerrarse el resto de la tarde en su habitación. Cuando pasó por la sala pudo ver a su hermano y a Paul preparándose para ver un partido en la televisión, ellos detuvieron su ir y venir para verla pasar.

—Después de ver esto, ¿sigues estando seguro de que quieres esperar? —preguntó Isabella, haciendo un gesto con la mano hacia el bastón, al encontrarse con la mirada de Paul.

—Totalmente —dijo él en respuesta. Se acercó a Bella e hizo el ademán de ayudarla.

Emmett miró la escena en silencio, reprimiendo una sonrisa y deseando que por fin regresara su baby; que la Bella de siempre lo mirara, le sonriera y le guiñara un ojo. Suspiró resignado y siguió mirando a su hermana y a su amigo.

—¡Déjame! Puedo hacerlo sola —espetó Bella.

—Déjame tú hacer algo por ti —susurró Paul. Sin pedirle permiso la alzó en brazos y la llevó hasta el tope de las escaleras.

Isabella no quería admitirlo, pero estar entre sus brazos la reconfortó más de lo que quería, se sintió tan bien, como hacía mucho que no lo hacía.

—Bájame —ordenó entre dientes.

—Bella, aquí estaré. Incondicionalmente. No me importa lo que haya pasado, a mí me gustó la chica que conocí en Santa Mónica, la Bella que yo sé que está ahí adentro —susurró poniendo sus dedos sobre el pecho de Bella—. No me pidas que me aleje porque no lo haré.

Paul acomodó el bastón en la mano de Bella, ella lo miró con detenimiento, asintió una sola vez y caminó hacia su habitación.

—Hasta luego, Paul —dijo Bella con monotonía.

Paul sonrió al escuchar que no le daba un no rotundo. Después de todo, por fin, parecía que su insistencia estaba dando un pequeño fruto. La esperanza que había desaparecido minutos atrás en el patio, ahora regresaba multiplicada por dos.

—Hasta pronto, Bella —contestó él y regresó al lado de su amigo.

Los días se convirtieron en semanas y las semanas poco a poco en meses. Isabella seguía asistiendo a sus sesiones con la psicológa, a veces hablaba un poco, pero nunca se mostró vulnerable; Christina pensaba que aún había mucho trabajo por hacer y que su paciente poco a poco dejaría que la ayudaran.

Charlie, Emmett y Renee estaban cada vez más inmersos en sus trabajos; a pesar de tener poco tiempo libre, las remuneraciones económicas eran muy buenas y las deudas poco a poco fueron desapareciendo. Por órdenes de Charlie le habían contratado un chofer a Bella para que no pasara los días enteros metida en casa, tres veces a la semana ella se dedicaba a ordenarle al chofer dar vueltas por la ciudad por un par de horas, luego regresaba a casa aburrida y con el mismo mal humor de todos los días.

Renee llevaba viento en popa su nuevo negocio, le estaba yendo tan bien que en ese par de meses ya tenía a un excelente equipo trabajando para ella, cada vez le resultaba más fácil quedarse en casa para supervisar a su hija y atender a su familia. Charlie continuaba con su trabajo habitual y uno que otro fin de semana prestaba sus servicios para el despacho de Renee.

Emmett llevaba lo mejor que podía su trabajo de supervisor en McDonals, sus estudios casi le aseguraban un puesto más alto en la empresa, además, su jefe inmediato le brindaba una gran oportunidad al ofrecerle un horario accesible a sus necesidades y así no descuidar la escuela ni el trabajo.

Un jueves por la tarde, Isabella estaba sentada en el patio trasero de su casa, tentada a dar un clavado a la piscina, hacía tanto tiempo que no lo hacía. Cuando llevaba la mitad de su cigarrillo y pensaba si zambullirse o no, su madre llegó a su lado. Renee tomó el cigarro entre sus dedos, lo tiró al suelo y lo apagó con la punta de su zapato.

—¡Hey! ¿Qué haces? —dijo Bella molesta.

—Sabes perfectamente que odio que fumes. —Bella la miró sin expresión alguna—. ¿Se puede saber por qué rayos echaste al chofer?

—Por inepto —respondió Bella como si fuera lo más obvio del mundo.

—¿A qué le llamas ineptitud, Isabella?

—No me trajo lo que le pedí —farfulló Bella mirando distraídamente hacia la piscina, aún evaluando qué tan mala idea sería lanzarse en ese mismo instante dentro del agua cristalina.

—¡Por Dios, hija! ¡No puedes ir por el mundo despidiendo a la gente sólo porque no te compra cigarros! —Manoteó Renee exasperada.

—¿Y tú cómo sabes que no me compró los cigarros?

—Porque yo le pedí que no lo hiciera. Odio esa maldita manía tuya, Isabella. —Para ese momento Renee caminaba de un lado a otro pasándose las manos por el cabello en señal de frustración—. No puedes seguir así. Escúchame muy bien, te prohíbo que tomes decisiones como esa sin consultarme.

—¿Ah, sí? —cuestiono desafiante, viendo a su madre con una ceja en alto.

—¡Sí, Isabella! ¡Sí! ¡No puede ser, hija! ¡Él fue el segundo chofer en un mes! ¡Un mes!

—¿En serio? —dijo Bella con fingida inocencia. Un gesto que sólo remarcó su tono sarcástico.

—¡Ya! ¡Deja de comportarte así! —Renee detuvo su andar y miró a Bella con rudeza—. La agencia va a mandar a alguien más en los próximos días, más te vale que seas buena niña y dejes tus groserías y estúpidas exigencias.

—Está bien. Ser buena niña, no groserías, ni estúpidas exigencias. Anotado.

—No necesitas ser sarcástica —dijo Renee sentándose al lado de su hija—. Hacemos todo esto para que te sientas mejor, porque te queremos, Bella. —Isabella dejó que su madre le diera un caluroso abrazo.

—Lo siento. —Se disculpó Bella en un leve susurro. Renee se alejó de lo suficiente como para ver a su hija los ojos—. Pero, ¿por lo menos puedo entrevistar a mi próximo chofer? — preguntó y Renee le sonrió.

—Por supuesto, cariño. —Antes de ponerse de pie, Renee dejó un beso en la frente de Bella y entró a la casa; dejando a su hija en el patio. Ese era uno de los pocos momentos en el que la veía en paz y trataría de que eso sucediera tantas veces como fuera posible.

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Bien, sé que esto no compensa ni por poco el tiempo… pero es lo que tengo y el tiempo avanza y esto se estanca.

Ustedes dicen y mandan: ¿seguimos la historia? ¿ya no les interesa? ¿la dejamos ahí?

En serio mil disculpas por el tiempo.

Besos de bombón.

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Facebook: Vicko TeamEc

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