.
.
.
CAPÍTULO 10
STOP CRYING YOUR HEART OUT
.
.
¿Qué son los sueños? ¿Deseos ocultos en las profundidades de la inconsciencia? ¿O deseos presentes y palpables en la realidad de nuestro presente? Habrá quienes digan que los sueños son sólo aquellos que tenemos al dormir, habrá otros tantos que aseguren que son las metas que nos fijamos poder alcanzar en algún momento de la vida.
Edward Cullen tenía un sueño centelleando en los recodos de su mente, estaba totalmente decidido a hacer cualquier cosa para lograrlo y nada ni nadie se interpondría en su camino. Ya era suficiente de discusiones con su padre, de sollozos por parte de su madre y del juego de papeles de su novia. Por fin sentía valentía ante su futuro, tenía claro lo que quería lograr, aunque aún no sabía exactamente cómo, él tenía la convicción de que lo lograría.
Entre todos sus posibles proyectos había elegido la dramaturgia, se dedicaría de lleno a ella y haría una obra magistral, digna de envidiarse y de una puesta en escena. No importaban los sacrificios ni el precio de sus sueños, Edward lo lograría.
Una tarde de viernes, Edward salió de clases con la mochila que lo acompañaba a todas parten en el hombro, una libreta que se convertiría en su mejor amiga, su block de dibujo y los sueños de universitario irradiando desde su interior. Ese día había quedado de verse con Jasper para hacer uno de sus tantos trabajos, se verían cerca de la escuela, en el Starbucks que estaba en la esquina de Weyburn y Broxton Avenue.
Al llegar, Edward pidió un café, dispuesto a tomar un par de apuntes en la libreta de su obra maestra o leer un poco. Se sentó en uno de los sofás dentro del establecimiento, al abrir su mochila vio el libro sobre ballet y sus técnicas, así que se puso a leer un poco. Estaba dando uno de sus primeros pasos para tener algún día su esperada obra. Tras unos minutos de interesante lectura, sintió que alguien se sentaba a su lado.
—Hola, Edward —dijo la amable voz de Rosalie. Él bajó el libro y se giró para corresponder a la sonrisa de la rubia.
—Hola, Rose —respondió Edward y se saludaron con un beso en la mejilla.
—Jasper me mandó a hacerte compañía. Dijo que tenía que pasar a comprar unos materiales y me pidió que te dijera que llegará una hora tarde —explicó Rose.
—Oh, sí. Le enseñaré unas nuevas técnicas de dibujo que aprendí en un curso, el año pasado. Bueno, por lo menos no estaré solo. —Edward sonrió antes de darle un sorbo a su café.
—Así es, amigo mío. ¿Cómo van sus clases? —preguntó Rosalie con interés. A pesar de compartir departamento con su hermano, pocas veces coincidían y casi no sabían lo que pasaba en la vida del otro.
—Genial. La verdad es que las disfruto mucho, son exactamente lo que necesito. Se ve que Jasper también las disfruta, se esmera en todo —dijo Edward con una enorme sonrisa. Pensar en sus sueños y en su más reciente proyecto lo entusiasmaba con locura.
—Me alegra mucho. Cambiando de tema, ¿te inscribiste al programa de intercambios igual que yo? —preguntó Rose con una linda sonrisa vanidosa.
—¿Entraste al programa? —preguntó Edward con los ojos muy abiertos, él no sabía que la hermana de su mejor amigo estaba a punto de viajar al extranjero.
—¡Sí! Estoy muy emocionada, las pocas veces que veo a Jasper en la semana sólo hablo de hacer las maletas; pobre, creo que lo agobio con mi entusiasmo. Aún me pregunto, ¿a qué lugar me enviarán? Muero por que llegue mayo —dijo Rosalie con felicidad, dando saltitos en su lugar.
El programa de intercambios internacionales de la UCLA arrancaba todos los años a mediados de abril, se recibían las solicitudes de los alumnos con el mayor número de créditos de todos los cursos y grados. Al cabo de una semana se notificaba o negaba la solicitud, se daban indicaciones a los que viajarían al extranjero en los últimos días de mayo y por seis meses reforzaban sus conocimientos en otro país.
—Vaya, no sabía. Creo que tendré una plática muy seria con mi amigo por no presumirme que su hermana va al extranjero —dijo Edward en son de broma, provocando la risa de Rosalie.
—Por lo que veo, éste año no saldrás del país —comentó Rose.
—Y por lo que yo veo, digo que…, no —dijo Edward burlón y Rosalie soltó un par de carcajadas—. ¿Por qué Jasper no se inscribió? ¿O lo hizo y no me dijo? —preguntó Edward escandalizado.
—No lo hará, tiene un proyecto en puerta y dice que es mejor estar en el país para eso. Además, aún no alcanza los créditos necesarios —dijo Rosalie ya que dejó de reír.
—¡Yo igual! Tengo una idea en mente y quiero desarrollarla lo mejor posible. La que sí se va es mi novia. —Edward pensó en Victoria y en Carlisle.
Su padre había enloquecido de felicidad el día que ella y Edward llegaron a la casa Cullen y Victoria dio la noticia de que había hecho solicitud para los intercambios internacionales de la universidad. Ella lo veía cómo una excelente oportunidad de aprendizaje y Carlisle como la probabilidad de expandirse en el extranjero. Pero lo que al principio era una gran alegría, terminó en una fuerte discusión y una relación padre e hijo rota.
—¡Genial! Luego ella querrá enseñarte a ti —dijo Rose, provocando la risa de Edward—. ¿Y de qué va ese gran proyecto que traes en puerta, Edward? —preguntó Rosalie con interés.
—Sobre esto. —Edward hurgó un poco en su mochila y le pasó un recorte de periódico a Rosalie—. Isabella Swan, la promesa del ballet sufre terrible accidente —recitó Edward el encabezado de la nota.
—¿Qué pretendes hacer con esto? —preguntó Rosalie, atraída por el interés de Edward en la hermana de Emmett.
—Quiero escribir una historia sobre ella.
—¿No crees que es un tema…, trillado? —dijo la rubia antes de volcar su atención en el trozo de periódico que relataba el suceso de meses atrás—. La promesa al éxito, un evento desafortunado y el fin de una vida de sueños, para caer a una cruda realidad.
—Lo sé. —Edward estaba tan entusiasmado con la lluvia de ideas que se arremolinaba en su interior que dio un par de brinquitos en su asiento y se acercó más a Rosalie con los ojos muy abiertos y excitados ante las posibilidades—. Pero lo que yo busco hacer es la historia después del accidente, cómo cambió su vida, que ha sido de ella. Tener la verdadera historia y conocer a la Isabella Swan de hoy. Quiero escribir sobre el conflicto de una bailarina luchando contra sus propios demonios.
—¿Estás seguro de lo que buscas con ésta historia? Podrías escribir sobre cualquier otra cosa.
—Estoy completamente seguro, Rose. Isabella Swan, su historia, su trayectoria, todo me atrae de ella. —Rosalie vio en los ojos de Edward lo mucho que le importaba, vio la belleza del sueño naciente y la convicción de un hombre que sabía qué era lo que quería.
—He visto tus apuntes y sé que podrás hacer algo muy bueno con esto. Y hoy estás de suerte, querido amigo —presumió Rosalie. Se repantingó en el sofá y miró a Edward con una enorme sonrisa.
—¿Por qué? —preguntó él ladeando la cabeza y dándole una media sonrisa a la rubia.
—Conozco a su hermano. Se llama Emmett, estudiamos lo mismo y tenemos la mayoría de las clases juntos. Es más, hoy tenemos una cita. —Con una sonrisa engreída Rosalie se atrevió a tomar el vaso de Edward para darle un sorbo al delicioso café.
Edward no podía sentirse con más suerte como en ese momento, abrió los ojos con sorpresa y sonrió deslumbrante y seductor a su amiga. Tenía un par de meses planeando y escribiendo pequeñas notas sobre su gran proyecto, desde que había visto la nota en el periódico comenzó a hacer investigaciones y a nutrirse sobre el tema del baile. Él prometió hacer algo grande, algo que dejaría a todos con la boca abierta, y en esa historia encontró una gran oportunidad. Edward no sabía cómo ni por qué, pero ver al fotografía de la sonriente chica castaña posando con los brazos en alto en una típica posición de ballet; se sintió atraído por su mirada, por su porte y elegancia; sobre todo por los sueños reflejados en cada una de sus facciones, su seguridad y lo mucho que deslumbraba. Edward sentía una gran curiosidad por conocer a Isabella Swan, al cisne que no bailaba más.
—¿Sales con el hermano de Isabella? —preguntó Edward extasiado de felicidad.
—Así es. Conozco a Emmett y a Bella —contestó Rosalie con autosuficiencia.
—Bella —repitió Edward con añoranza—. Rosalie, por favor, consígueme una cita con ella. Quiero entrevistarla —pidió con un brillo frenético y un tono de voz que haría sucumbir a cualquiera.
—No necesitas seducirme con tus artimañas, Cullen —dijo Rosalie riendo junto con Edward—. Sí pensaba ayudarte. Hoy que vea a Emmett le diré sobre ti.
—Gracias —dijo Edward antes de abalanzarse sobre ella para darle un fuerte abrazo.
—¡Hey! ¡Suelta a mi hermanita! —regañó Jasper al verlos tan cariñosos.
—Tranquilo, Jazz. Sólo le agradecía un favor —explicó Edward soltando a Rose y riendo con ella por la actitud de Jasper.
—Con que favores, ¿eh? —se burló el chico rubio viendo divertido a su hermana.
—Sí y no seas mal pensado, Jazz —dijo Rosalie.
—Está bien, está bien. —Jasper alzó ambas manos, dándose por vencida—. ¿Nos vamos, Edward?
—Claro. —Edward se puso de pie—. ¿Vienes, Rosalie?
—Oh, no. Gracias por preguntar, pero yo me quedo un rato más. Emmett está por llegar. Que se diviertan —Rosalie se puso de pie y despidió a los chicos con un beso en la mejilla.
Los vio marcharse, se sentó de nuevo para esperar a Emmett y con un suspiro Rosalie se preguntó a qué se debía tanto entusiasmo e interés de Edward. Sonrió al darse cuenta que él era como cualquier otro chico universitario siguiendo sus sueños y poniéndose metas; así que decidió ayudarlo en lo que pudiera.
Minutos después un hombre fortachón entró a través de las puertas dobles de la cafetería, irradiando el lugar con buena vibra y contagiando con una irresistible sonrisa a quien lo mirara. Rosalie quedó prendada a él, no despegó sus ojos de Emmett mientras hacía fila para pedir un frappuccino de fresa y crema y un rollo de canela. Cuando se giró para buscarla con aquellos ojos vivaces y joviales, la sonrisa de Rosalie se ensanchó aún más y lo llamó con una mano en alto.
Nadie lo sabía, pero ellos mantenían una relación más allá de la amistad y no tanto como un noviazgo. Era un acuerdo entre ellos, estaban cómodos bajo sus propios términos, bajo la poca presión y la falta de un compromiso serio. Emmett se sentó al lado de Rosalie, la rodeó con un brazo y ella se estiró hacia él para dejar un caluroso beso en sus labios.
—¿Cómo estás hoy, Em? —preguntó Rose mientras Emmett comenzaba a devorar su panecillo y ella le acariciaba ociosamente el cabello.
—Bien. Aunque, ya sabes, Bella… —La voz de Emmett se fue perdiendo poco a poco. La actitud de su hermana lo entristecía, ella era una de las personas más importantes para Emmett.
—No quiso venir, ¿verdad?
—No —se limitó a decir Emmett.
—Bella debe entender que debe seguir adelante… hacer algo —dijo Rosalie con preocupación.
—Lo sé. Necesita una distracción, algo que la motive más que los paseos con chofer, que al parecer no están funcionando.
—Em, tengo un amigo que estudia con Jasper que se está orientando hacia la dramaturgia.
—¿En serio? Qué bien por él —dijo Emmett un poco extrañado por el repentino cambio de tema de Rose.
—Sí. Él me pidió que… —Emmett puso atención a Rosalie y con la mirada le indicó que siguiera—. A él le llamó la atención la historia de Bella. Me pidió que te dijera que le encantaría entrevistarse con ella y que si tú podrías concretarle la cita —explicó Rose apenada.
Emmett puso una cara que dejaba ver que no era una buena idea, Rosalie le sonrió con disculpa y Em comprendió que ella sólo hacía el papel de mensajera y que no tenía nada que ver en la idea. Aunque, después de todo, no era tan mala; tal vez la convivencia con un chico que estaba interesado en Bella, de alguna manera, podría significar un gran cambio para ella.
—¿Bella? —dijo él con incredulidad.
—Sí. Él es un chico muy educado y simpático. Sé que hará todo lo que le digas y que se comportará a la perfección. No incomodará a tu hermana en absoluto —Emmett suspiró.
—Dudo mucho que ella acepte, está muy mal, aún no lo supera. Pero se lo diré —prometió con una sonrisa encantadora, a la que Rose correspondió encantada—. ¿Qué haría ese compañero de Jasper sin ti?
—No tengo idea —murmuró Rose antes de besarse con Emmett.
Pasaron un rato más en la cafetería bebiendo frappuccino de fresa, bromeando y riendo. Luego se dirigieron a las calles de Hollywood para pasear e ir al cine. Era un fin de semana tranquilo, querían pasar un rato a solas y divertirse un poco. Emmett estaba viviendo en la casa de Santa Mónica, ya que estaba más cerca de su trabajo y de la escuela, así que tal vez podrían ir a ver el atardecer o quedarse a pasar el resto del fin de semana ahí. Ni ellos sabían lo que les esperaba al paso de las horas.
…
Estaba por anochecer cuando Jasper y Edward dieron por terminadas las clases de dibujo y estuvieron satisfechos con sus avances en el trabajo que debían entregar en el transcurso de la siguiente semana.
Edward llegó al departamento que compartía con su novia, se dio cuenta de que estaba solo, así que tomó una cerveza, un par de cigarros, su guitarra y salió al balcón a disfrutar de la poca luz que quedaba del día.
Mientras el cigarrillo se consumía en la comisura de sus labios, sus dedos acariciaban distraídamente las cuerdas de la guitarra. Sus pensamientos giraban en torno a las ideas que se formaban en su cabeza, cómo estructuraría su obra maestra, los pasos dentro de la planeación, la forma en la que desarrollaría y, por más extraño que le pareciera, cómo lidiar con la ansiedad previa a la entrevista con Isabella. De tan sólo imaginarse frente a ella se ponía nervioso, como si en su mente estuviera el preludio a una importante presentación frente a un gran público. ¿Cómo se vería en la actualidad? ¿Tendría el mismo rostro angelical, los mismos ojos chispeantes y curiosos? ¿La misma fascinante sonrisa?
—Hola, cariño. Sabía que te iba a encontrar aquí —dijo la melosa voz de Victoria, interrumpiendo los pensamientos de Edward.
Él detuvo sus cavilaciones y su música para volver el rostro hacia la sonriente pelirroja.
—Hola —saludó Edward antes de darle una calada a su cigarro.
Victoria hizo a un lado la guitarra, sin perder tiempo se sentó a horcadas sobre él, esperó a que su novio alejara el cigarrillo para tomar su rostro entre sus manos y absorber el humo directamente de la boca de Edward. Sin despegar sus manos de él, echó la cabeza hacia atrás y dejó salir el humo lentamente; Edward sonrió y apresó la cintura de Victoria con la mano libre.
—¿Terminaste el trabajo con tu compañerito, cariño? —preguntó Victoria con cara de inocencia, comenzando con su juego de seducción.
—Avanzamos mucho —admitió él recorriendo sin pudor el cuerpo de Victoria.
Ese día ella había decidido ponerse una burla de vestido, era una diminuta pieza rectangular de lycra negra que se ceñía a su piel tapando apenas lo necesario, había complementado su atuendo con unos altísimos tacones de charol rojo y unos delicados y femeninos lentes de lectura en el mismo color rojo intenso.
—¿A caso te gusta lo que ves? —preguntó Victoria altanera.
—¿Tú qué crees? —respondió Edward.
Victoria rompió en carcajadas, tomó la botella de cerveza para ofrecerle un sorbo a Edward y luego ella bebió directamente de la boca de su novio. Ese fue el detonante, Edward la jaló del cabello para darle un beso voraz y luego bajó las manos para acariciar las perfectas piernas de su novia. El vestido y la insignificante ropa interior de Victoria dejaron de ser un estorbo al cabo de un par de minutos, las manos de ella liberaron con fluidez la creciente tensión del miembro de Edward y él sólo la dejó satisfacerse. Nunca se había sentido utilizado, mucho menos confundido; pero al cerrar los ojos, después de que ella lo dominara y lo introdujera en su interior, pasó lo que jamás imaginó: un rostro con ojos cafés y sonrisa deslumbrante bailó en la orilla de sus recuerdos. Edward abrió los ojos de golpe y se limitó a observar a Victoria mientras se contoneaba sobre él, Edward no necesitaba más y Victoria sólo pedía en silencio alguien que se moviera con precisión entre sus piernas y apoyara sus caprichos. Ambos tenían lo que querían, o al menos eso pensaban.
Victoria se apretó en torno a Edward y exclamó una maldición antes de caer rendida sobre el pecho de él. Se quedaron en silencio por unos minutos, recuperando el aliento y la cadencia normal de sus corazones. Luego ella se puso de pie, deslizó por sus piernas la tela negra que se había enrollado en su cintura, tomó sus cosas y se paró en el marco de la puerta mientras veía a Edward acomodando y abrochando su pantalón.
—Iré a darme una relajante ducha, ¿vienes? —preguntó Victoria con la voz enronquecida por los gritos que había dado.
—No, que la disfrutes —dijo Edward tomando de nuevo la guitarra y encendiendo un nuevo cigarrillo.
Edward giró el rostro hacia Victoria, le guiñó un ojo, luego ella le sonrió, le lanzó un beso y se encaminó al cuarto de baño. Edward se perdió por un momento en la espectacular vista de los grandes pechos desnudos de Victoria y después en su redondeado trasero mientras caminaba hacia el interior. Él sonrió con descaro y regresó sus pensamientos a Isabella Swan, las notas en su guitarra y los apuntes mentales de su obra maestra.
Edward entró al departamento casi dos horas después, con el cielo cubierto de una espesa manta negra y las luces de la ciudad encendidas. Se deshizo de su ropa y quedó en bóxer; luego entró al baño de invitados y fue a la habitación. La luz estaba encendida, no prestó atención a lo que Victoria tenía entre sus manos y se dirigió a donde tenían el cesto de ropa sucia. Cuando por fin estuvo listo para ir a la cama reparó en la desgastada libreta que Victoria sostenía entre sus manos.
—¿Qué haces con eso? —dijo Edward con el ceño fruncido.
—¿Te molesta? —respondió Victoria extrañada por la actitud desafiante de Edward.
—Sinceramente…, sí. No me gusta que tomen mis cosas —exclamó él entre dientes.
—Lo siento, Edward. La libreta estaba sobre el tocador, no pensé que te molestara —dijo ella cerrando la libreta para dársela a Edward.
—No estoy enojado. Sólo…, no vuelvas a tomar algo sin preguntarme —dijo él un poco más calmado. Tomó la libreta y la guardó en su cajón de ropa.
—Está bien, cariño — murmuró Victoria mirando descaradamente el torso desnudo de Edward. Cualquiera diría que quería comérselo. Edward se acercó de nuevo a la cama y se acomodó al lado de Victoria—. Tenía curiosidad, nunca me muestras lo que haces. Cariño, escribes hermoso. Ahí pude ver a un Edward totalmente distinto al que conozco, me pregunto si llegará algún día la mujer que te provoque todas esas emociones —insinuó ella acariciando el brazo de él con el dedo índice.
—Después lo sabremos —dijo Edward—. ¿Sabes? Tengo un gran proyecto en mente —comentó casualmente.
—¿De qué trata, cariño? —preguntó Victoria con una sonrisa sincera.
—Es una sorpresa. Sólo te diré que será mi obra magistral.
—Ansío ver eso —susurró Victoria casi sobre los labios de Edward, él la tomó de la nuca y le dio un beso apasionado.
Ese fin de semana se habían quedado en casa, pero eso no significaba que no se pudieran divertir…, a su manera.
…
Como lo había supuesto, Emmett pasó el fin de semana en Santa Mónica en compañía de Rosalie. Sentía como si fuera el oso tratando de comerse a ricitos de oro. Al principio de su relación Rosalie era tan inocente e incluso recatada, pero desde que había comenzado a salir con él dejó de lado sus inseguridades y se volvió una chica atrevida y creativa. Sabían que no les quedaba mucho tiempo para estar juntos, por eso aprovechaban lo más que podían el poco tiempo libre antes de que Rosalie se fuera.
El domingo por la tarde Emmett la llevó a su departamento y luego se fue directo a Beverly Hills. Sus padres habían decidido salir a cenar y querían que él se quedara con su hermana, después de tantos meses de estrés y preocupaciones se merecían un poco de espacio. Emmett siempre era el sonriente, el alma libre y relajada, el que le daba calma y humor a las situaciones difíciles; aunque tratara de llevar la relación con su hermana lo mejor que podía, le dolían sus rechazos y verla convertirse en la chica malcriada que les había arrebatado a la carismática Isabella de antes. Sabía que no era posible que fuera la misma, pero quería que por lo menos fuera un poco más positiva en cuanto a su condición.
Llegó a casa justo a tiempo para despedir a sus padres, les deseó una linda noche y los vio marchar. La familia Swan se había fracturado y aún había heridas cicatrizando. Pero como siempre sucede, el mundo no se detiene y por más dolorosa que sea una situación para una persona…, lo demás continúa; por más dolorosa que sea la sensación de pérdida, los días siguen transcurriendo y la vida sigue. Isabella tenía que ver que con su actitud pronto acabaría mal. Y precisamente eso era lo que más temían los Swan.
Emmett cenó algo ligero, mientras comía pensaba si debía decirle a su hermana de una vez lo del amigo de Jasper o no. Después de largos minutos de indecisión subió las escaleras y tocó la puerta de Bella. Como siempre, la música no la dejó escuchar los golpes y Emmett entró despacio. Todo estaba lleno de humo y un penetrante olor a tabaco y alcohol.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Bella ebria después de apagar la música.
—¿Por qué volviste a robar alcohol del despacho? —Espetó Emmett quitándole la botella de la mano—. ¿Pretendes volverte alcohólica o que carajo es lo que estás pensando?
—¡Hey! En primera yo pregunté primero y en segunda que a ti te valga una reverenda mierda —dijo Bella con voz pastosa.
—Vine a ver como estabas y no me vale ninguna mierda. Me importas, baby. Eres mi hermana y te quiero ¡Carajo! Quiero que estés bien —dijo Emmett manoteando exasperado.
Bella cerró los ojos y respiró profundamente un par de minutos, tratando de aclarar su mente para poder hablar con su hermano con más normalidad.
—¿Bells? Hay algo que quiero contarte —ella alzó el rostro y miró a Emmett con los ojos brillosos y enrojecidos.
—¿Qué?
—Hay un chico en la universidad, amigo de Jasper, que estudia artes junto con él y está planeando inclinarse hacia la dramaturgia. Quiere entrevistarte y escribir sobre ti…
—¿¡Qué!? —chilló Isabella interrumpiendo a Emmett, se puso de pie en un salto y encaró a su hermano.
—Estaría bien que hablaras con alguien que no sea la terapeuta, papá, mamó o yo sobre lo que pasó. Podrías desahogarte —comenzó Emmett a interceder por el chico desconocido.
—¡No! —bramó Bella enfurecida—. No permitiré que nadie se burle de mí.
—Nadie se va a burlar. Estoy seguro de que eso te ayudaría —insistió él.
—¡Que no! Dile al amiguito de Jasper que tengo una mejor historia para él, una que se trata de cómo lo mandé al demonio —espetó Bella entre gritos y golpes al aire.
—Bella, te estás dejando consumir por la mierda de la situación. ¡Ni siquiera quisiste ir con Rosalie y conmigo al cine!
—Es que no me interesa salir. Ni siquiera sé por qué mierda acepté la estupidez del chofer.
—¡Isabella, hay un mundo esperándote y está afuera de estas cuatro paredes! —dijo Emmett viéndola a los ojos y sacudiéndola levemente por los hombros.
—No me interesa —murmuró ella con lágrimas en los ojos. Emmett la miró en silencio, sintiendo cómo se le partía el corazón al verla sufrir así—. Ya te puedes ir —susurró Bella con un tono de voz cansino.
—No te voy a dejar sola, baby —dijo Emmett con determinación, se inclinó y la besó en la frente.
Luego la tomó en brazos, la sintió estremecerse y un segundo después ella rompió en llanto sobre su cuello. Emmett tragó el nudo en su garganta, la llevó al cuarto de baño, la sentó en el inodoro mientras templaba y llenaba la tina, la volvió a levantar y la introdujo suavemente al agua cálida. Isabella dejó que su hermano la consolara, que le lavara el cabello suavemente y que borrara las lágrimas de sus ojos. No le importó empaparse la ropa que tenía días usando, ni que fuera su hermano quien la bañara como si fuera un bebé; Bella se sintió relajada, incluso reconfortada por los mimos de Emmett.
Ella cerró los ojos, sintió las amorosas manos de su hermano en su cabeza, en su rostro y deseó poder ser diferente. Pero la pobre chica no tenía voluntad. Después de unos minutos Emmett la cargó para sacarla, sin importar que él también se mojara la ropa.
—Te voy a dejar unos minutos para que te cambies, ¿de acuerdo? —susurró Emmett una vez que puso a Bella de pie y la ayudó a secarse el cabello. Ella sólo asintió y lo siguió con la mirada hasta que cerró la puerta.
Emmett abrió las ventanas de la habitación, echó las colillas de cigarro en el bote de basura y acomodó un poco la habitación. Luego bajó a la cocina para preparar café, tomó una toalla de las gavetas que estaban al lado del baño de invitados, puso la cafetera y mientras esperaba llamó a Jasper.
—Hola, Em. ¿Qué pasó? —dijo Jasper al contestar.
—Hola. Es sobre lo de la entrevista que tu amigo quiere hacerle a Bella, Rose me habló sobre él. —El tono de voz de Emmett le dejó ver a Jasper que no había tenido éxito en persuadir a Isabella.
—Oh, sí. ¿Qué hay con eso?
—Ella se negó. Dile a tu amigo que no podrá ser, lo siento —dijo Emmett.
—No te preocupes, yo hablo con él. Gracias por intentarlo.
—Nos vemos luego, Jazz. Saludos a Rose. —Se despidió Emmett.
—Gracias. Saludos a Bella. Adiós —Jasper colgó y Emmett suspiró pesadamente.
Emmett fue a su habitación para ponerse pijama, luego fue a la cocina para subir una charola con dos tazas de café y un platito de galletas. Tocó la puerta de Bella delicadamente y esperó respuesta.
—Pasa. —Escuchó Emmett en un leve murmullo.
Entró y puso la charola en una mesita de noche. Emmett y Bella se sentaron al borde de la cama y bebieron café en silencio. Sin decir una palabra más se acurrucaron en la cama, ella recostada sobre el hombro de su hermano y él protegiéndola con sus brazos, alejando las pesadillas de su hermanita mientras le acariciaba el cabello. Y así se quedaron dormidos, justamente igual que cuando eran niños.
…
El lunes por la mañana Edward despertó solo, Victoria tenía una junta en el despacho de Carlisle y salió casi de madrugada para reunirse con él.
Edward se duchó, se preparó para un día de escritura y composición; luego se hizo desayuno y cuando estaba terminando de comer su teléfono celular sonó, llenando la habitación con un estridente sonido. Él miró la pantalla y contestó con una gran sonrisa.
—Hola, Jazz. —Edward pensó que ese día había despertado con suerte, supuso tenía respuesta casi inmediata a la entrevista.
"¿Será que por fin podré ver al cisne?". Se preguntó mientras esperaba la respuesta de su amigo.
—Hola, buenos días. Anoche hablé con el hermano de Isabella Swan. —El tono de voz de Jasper no le gustó para nada a Edward y frunció el ceño.
—Ajá, ¿qué pasó? ¿Qué dijo? —preguntó Edward con desespero.
—Lo siento, bro. Ella no quiere recibirte.
—¡Demonios! —Masculló y antes de que la derrota se diera cabida en sus pensamientos, algo se iluminó en su interior—. ¿Tienes la dirección de la chica? —se atrevió a preguntar.
La respuesta fue el silencio.
—¿Jasper? —insistió Edward.
—Eh, sí. Sé en dónde vive —respondió Jasper titubeante.
—Por favor, Jasper. Te lo suplico, amigo. No tienes idea de lo mucho que significa esto para mí. Por favor —rogó. Edward escuchó el suspiro de Jazz y apretó los dientes, como si esperara un golpe premeditado.
—¿Tienes dónde anotar? —dijo Jasper finalmente. Edward dio un brinco de victoria y buscó rápidamente en los cajones de la cocina.
—Sí, dime. —La sonrisa de Edward era totalmente deslumbrante.
Por fin, después de tantas cavilaciones y ensueños tenía una oportunidad para ver al cisne. Edward sentía una alocada atracción hacia la sonrisa amable del recorte del periódico, quería ver esos ojos café que tanto habían llamado su atención. ¿Sería tan amable como en sus sueños? Lo más probable era que no, si no fuera el caso, no hubiera rechazado la propuesta. Pero, ¿quién era él para juzgar sus decisiones? Lo mejor era verla de frente y dejarse de prejuicios.
La mañana de Edward fue lenta y tortuosa, las ansias caminaban sobre él como un hormiguero. Ese día se reuniría con la ex bailarina Isabella Swan, la mujer que meses atrás era la promesa del ballet, una estrella deslumbrante que poco a poco se fue apagando por culpa del destino. Edward estaría frente al cisne Swan.
¡Qué emoción más grande! ¿Qué sientes cuando sabes que estás a punto de conseguir algo que has soñado? ¿Qué te pica la piel, que los vellos se te ponen de punta, un hormigueo en la nuca, escalofríos, un vacío en el estómago, un nudo en la garganta? ¡Y cómo no sentirlo! Si el camino al éxito se vislumbra a lo lejos, pero con cada paso es más visible. Justamente así se sentía Edward.
Después de mediodía Edward estaba frente a la puerta de la casa que Jasper le había indicado, tomó un par de respiraciones profundas y se detuvo al menos cinco veces antes de tocar la puerta; estaba tan ansioso que no se dio cuenta que había un timbre, así que, después de golpear al menos tres veces, tocó el timbre. Suspiró, dio un paso hacia atrás y se puso a dar brinquitos nerviosos. Estaba a punto de llamar de nuevo cuando abrió la puerta una chica bajita, de apariencia latina, con un uniforme azul que reconoció como el de una agencia de limpieza.
—Buenos tardes, joven. Lo están esperando —dijo ella con entusiasmo, jalándolo del brazo.
—¿En… en serio? —dijo Edward sumamente sorprendido. ¿No se suponía que Isabella lo había rechazado?
—¡Sí, joven! ¡Pase, pase! Por aquí —invitó la chica exaltada y sonriente.
Lo guió a la sala y el corazón de Edward dio un brinco al ver sentada a una mujer de cabello castaño. Cuando ella se puso de pie y se giró para recibirlo con una gran sonrisa, Edward dio un respiro; la mujer era mayor a su chica del periódico, lo más probable era que fuera la madre de Isabella.
—¿Le traigo algo de tomar, joven? —dijo la muchacha.
—Agua está bien. Gracias —respondió Edward.
—¿Usted, señora? —preguntó la chica girándose hacia su patrona.
—Un té helado. Gracias, María —dijo la mujer castaña.
—Con permiso. —Se despidió María y los dejó solos en la sala.
—Mucho gusto, mi nombre es Edward —saludó él extendiendo una mano hacia Renee.
—Mucho gusto, Edward. —Renee estrechó la mano de Edward—. Yo soy Renee Swan, la mamá de la muchacha para la que vas a prestar tus servicios. —Edward la miró con los ojos muy abiertos.
—¿Servicios? —dijo él con un signo de interrogación casi visible en su rostro.
—Sí, para eso estás aquí, ¿no? —interrogó Renee mirándolo con interés. El único motivo por el que Edward debía estar ahí era para ponerse al servicio de su hija.
Edward entendió en ese momento que no lo esperaban precisamente a él. No esperaban al dramaturgo que entrevistaría a Isabella, al estudiante de la UCLA que estaba interesado en la historia del cisne Swan. Esperaban a alguien más, Edward no sabía hasta donde sería capaz de llegar y, así tuviera que usurpar un lugar que no le correspondía, él no dejaría pasar esa gran oportunidad. Tal vez era la única que tendría en mucho tiempo, o la última.
—Ah, sí. Servicios, claro. Por supuesto, para eso estoy aquí —dijo Edward sonriendo amablemente. Renee le sonrió de vuelta.
"Pobre chico, de seguro éste es su primer empleo y está nervioso". Pensó Renee.
Edward había comenzado a luchar en un campo de batalla lleno de minas, pero no se daría por vencido. Estaba más cerca que nunca de su cisne.
—Me alegra que la agencia de colocaciones me haya hecho caso al mandarme a alguien joven. Tal y como se los pedí —dijo Renee encantada con el aspecto de Edward, tal vez alguien acorde a la edad de su hija fuera más adecuado para el papel de chofer.
Edward sólo sonreía, no sabía qué demonios era lo que estaba haciendo ahí, ni qué tipo de servicios podría necesitar alguien como Isabella.
Pronto lo averiguaría.
—Y dime, ¿cuánto tiempo tienes en la agencia? —preguntó Renee.
—Sólo un par de meses —contestó Edward.
—¿Éste es tu primer empleo?
—Sí —contestó Edward sin dudar. Renee sonrió maternalmente, continuando con su creencia de que él estaba muy nervioso por ese motivo.
María entró cargando una pequeña bandeja con dos vasos, la puso en la mesita de centro y dispuso el vaso de agua para Edward y el vaso de té para Renee.
—Ya le avisé a la señorita Isabella que el joven está aquí. No tarda en bajar —informó la muchacha.
—Gracias, María. Te puedes retirar —dijo Renee con cierto tono de cariño en su voz.
—Con permiso —dijo la chica antes de regresar a, lo que Edward supuso, era el camino hacia la cocina.
—Edward, necesito que vengas dos o tres veces por semana, o cuando Bella te lo indique. Ella te va a decir sus reglas. Del sueldo podemos hablar mañana que te presentes a trabajar. Sinceramente no es mucho trabajo, sólo tienes llevarla a pasear por dos o tres horas. Lo verdaderamente duro es aguantar su mal genio —explicó Renee con una sonrisa apenada.
—Hare mi mejor esfuerzo, señora —prometió Edward.
Justo en ese momento Bella se acercaba a la sala, se detuvo en la escalera un momento para escuchar la voz del hombre que la acompañaría por los próximos días, no supo por qué pero sintió un extraño escalofrío. Ella suspiró y cerró los ojos un par de segundos, deleitándose con aquel tono que para ella sonaba igual que una bella canción. Bella sacudió la cabeza violentamente y se encaminó a la sala lo más rápido que pudo.
—Buenas tardes —dijo una voz monótona detrás de Edward. El corazón de él comenzó a latir desbocado, ella estaba ahí, muy cerca.
—Hola, cariño —saludó Renee poniéndose de pie.
Edward escuchó un golpeteo constante y rítmico a su espalda, cerró los ojos y suspiró antes de admirar a su musa. Se puso de pie lentamente y se giró para mirar a la chica que estaba debajo del abrazo de la señora Renee. Ahí estaba, su cisne, su musa, la razón de la locura que estaba haciendo. No había más chispa en aquellos ojos cafés, no había sonrisa deslumbrante, ni alegría, nada. Estaba frente a una hermosa ave aletargada en su belleza, como si la fotografía que él tenía fuera un vago recuerdo de perfección y ahora, frente a él, quedara una ínfima parte del precioso cisne Swan.
Isabella usaba una camiseta demasiado ancha para ser de ella, un pants gris y holgado, un par de desgastados converse, su cabeza estaba coronada con un desastre de cabellos atados con torpeza y en una de sus manos descansaba un bastón. Ella era la Isabella Swan actual, la musa que inspiraría a Edward para crear una obra maestra.
Al encontrarse con la mirada opaca y castaña de la chica Edward sintió una oleada de ternura, como si con su sola presencia ella fuera capaz de romperle el corazón. Ahí estaban los finos rasgos del rostro en su recorte de periódico, también el color café de la mirada que lo hipnotizó, los labios que lo habían embrujado con una resplandeciente sonrisa y la silueta perfecta de un cisne bailarín. Edward sabía que la chica de la fotografía seguía ahí, en algún lugar dentro de la Isabella Swan que estaba ante sus ojos.
—Mira, Bella, él es tu nuevo chofer —dijo Renee apuntando con un gesto de mano hacia Edward.
"Chofer". Se dijo Edward mentalmente. "Así que seré el chofer de Isabella. Eso es fácil, ¿qué tan complicado puede ser llevar a una chica por la ciudad?".
—Mucho gusto, señorita Swan. Soy Edward —saludó con una inclinación de cabeza.
Edward alzó la vista y la miró a través de sus pestañas. Aún con tanta pesadumbre, con toda esa tristeza reflejada en su mirada y ese rostro inexpresivo; Edward pudo reconocer una gran hermosura y sintió su corazón lleno de admiración. No cualquiera era lo suficientemente fuerte como para seguir, no cualquiera estaría de pie como ella. Edward sabía que le faltaba mucho por vivir a Isabella y que ella algún día volvería a sonreír.
—Mucho gusto —saludó Bella con monotonía.
—Bueno, chicos, yo los dejo un momento para que se pongan de acuerdo— dijo Renee, antes de subir las escaleras.
Isabella dio un paso y Edward inmediatamente se enderezó para poner un brazo alrededor de ella.
—¡No! —Edward dio un pequeño brinco, asustado por el grito de Bella, y alejó las manos de ella—. Puedo yo sola —dijo Bella entre dientes.
Edward dio un paso hacia atrás y luego caminó tras Bella para regresar a la sala. Se sentaron en extremos opuestos de la habitación, Edward irguió la postura y Bella lo miró detenidamente.
—Tienes que ser puntual, estar exactamente en donde te indique y a la hora que te diga —comenzó a decir Bella con voz dura. Edward asintió vehemente a cada palabra—. No puedes hablar conmigo a menos que yo te lo indique; no puedes hacer visitas personales a ninguna parte mientras estés conmigo; no quiero música en el coche; tampoco puedes comer o hablar por teléfono mientras manejes; y, por supuesto, nadie te puede acompañar en tus horas de servicio.
—¿Algo más, señorita? —preguntó Edward educadamente.
—Sí. Si te pido que compres algo tienes que traer exactamente lo que te diga. Vas a estar a prueba.
—Claro, como usted diga, señorita Swan.
—Mañana en la tarde te quiero aquí a las cuatro en punto. Eso es todo, te puedes ir —dijo Isabella poniéndose de pie y dejándolo solo en la sala.
Edward suspiró, después de todo, no sería tan fácil como había pensado. Renee apareció justo a tiempo para despedirlo, le deseó buena tarde y lo acompañó a la salida. Ya que estuvo en la acera Edward dio un brinco y un gritito de alegría, no había conseguido la entrevista, pero tenía algo mucho mejor que eso.
Caminó un par de pasos por la acera cuando vio a un chico de traje con un sombrero de chofer y guantes, Edward lo interceptó inmediatamente.
—Hola, ¿vas a la casa Swan? —preguntó Edward con interés.
—Sí —contestó el chico, evidentemente nervioso.
—No te preocupes, el puesto ya está ocupado —dijo Edward con altanería.
—Pe…pero.
—Ve a la agencia y pide que te re coloquen —dijo Edward tomándolo por los hombros para encaminarlo en sentido contrario de la casa —. ¿En dónde puedo comprar uno de estos? —preguntó Edward tocando el sombrero del chico.
Una sonrisa petulante se instaló en el rostro de Edward, sabía que pronto tendría su gran obra maestra, que conocería más a Isabella y que ella volvería a sonreír.
.
.
.
Gracias a Tchaikovsky, Haydn y Oasis por inspirar éste capítulo.
Ya llegó por quien llorábamos!
:D
¿Qué más pasará? ¿Qué más? ¿Qué más?
Gracias a quienes le dedican su tiempo a mis locuras y muchísimas gracias junto con besos de bombón a quienes se toman el tiempo en dedicarme unas palabras.
Gracias por todo.
(Facebook: VickoTeamEc)
.
.
Por: VickoTeamEC
