LAS ALAS DEL CISNE

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CAPÍTULO 11

DREAMING

Parte 2

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4:22 P.M.

Isabella fumaba con ansiedad y su bastón golpeaba insistente sobre el piso, marcando el ritmo de los segundos y el paso del tiempo.

4:23 P.M.

4:24 P.M.

Como una magnífica visión, un chico en traje negro conducía su motocicleta a toda velocidad por las calles de Beverly Hills; giró en North Rodeo Drive y derrapó dos cuadras después del Sunset Boulevard, justo frente a la casa marcada con el número 725. Edward estacionó su motocicleta a un lado del jardín de los Swan, se quitó el casco, sacó su recién adquirido gorro, se lo acomodó sobre la cabeza, se abrochó el saco y alisó la tela de su pantalón. Trotó hasta la puerta y tocó el timbre. Esperó casi con la misma impaciencia del día anterior, dando brinquitos ansiosos y retorciendo las manos. María lo recibió y abrió mucho los ojos el verlo plantado frente a la puerta.

—¡Joven! La tiene mordiéndose las uñas, yo que usted me iba con cuidado. De seguro está con mal genio —explicó la chica atropelladamente mientras lo guiaba a través de la casa.

¿Isabella nerviosa, ansiosa o molesta? ¿Por qué? ¿Por él? Edward no sabía si sentirse alagado, esperanzado o ambas. El día anterior, después de la entrevista, tomó la libreta que siempre cargaba en su mochila y comenzó a apuntar una idea tras otra; estar frente a Isabella, sentirla, verla, hablarle…, había llevado a su mente un torrente de ideas, frases y palabras que con el paso del tiempo tomarían un fuerte significado.

Atravesaron la hermosa cocina de madera con gavetas hasta el techo, llegaron a una puerta que tenía cristal en la mitad superior y un diseño con líneas de madera que dejaban ver parte del patio trasero y la piscina. María le señaló una salita de mimbre que se abría paso bajo la sombra de un gran árbol, luego dio media vuelta y se apresuró camino a la cocina.

Edward suspiró, dio un paso y pudo percibir el tenue aroma a tabaco. Al verla ahí, en medio de la alfombra natural que formaba el césped de un color verde intenso, con los hombros tensos, un cigarrillo pendiendo entre sus dedos y una ansiedad palpable entre una calada y otra; hizo a Edward admirarla aún más. Isabella le parecía magnífica, para él era una perfecta muñeca de porcelana: hermosa, delicada, dura y un poco rota. Su mente de escritor maquinó un centenar de ideas en menos de un minuto, sonrió ante la posibilidad de tener frente a él una baraja de posibilidades abierta para su deleite y a su total disposición.

Edward carraspeó y llamó inmediatamente la atención de Isabella, que no lo había escuchado llegar. Ella sintió una ira irracional recorriendo su cuerpo, como una oleada ardiente entre sus venas que la hacía apretar los puños. Con el tiempo se había vuelto exigente y disciplinada, por lo tanto, la gente que estuviera a su servicio debía ser igual que ella. El día anterior había dejado en claro lo que esperaba y lo primero que venía a su mente era despedir al inepto chofer que llegaba tarde.

El rostro enfurecido de Bella hizo titubear la actitud segura de Edward, nunca temió tanto en su vida ante la posibilidad de perder algo. Porque, era claro con tan sólo verla, lo que pasaba por su mente; Edward podía perder su nuevo trabajo, su cercanía con Isabella y, con ella, sus sueños. Prácticamente no tenía nada para desarrollar sus ideas, sólo lo que había visto y lo poco que había escuchado y leído; aún no había nada trascendente que viniera directamente del corazón de Bella. No podía irse, mucho menos darse por vencido.

—Dame una muy buena razón para no despedirte ahora mismo —dijo Isabella con una mirada taciturna. Edward no respondió y desvió la mirada—. ¡Te dije que a las cuatro! —espetó Bella furiosa.

—Lo siento, señorita Swan. Le voy a ser sincero, hace semanas que no veía a mi mamá a causa de problemas con mi padre; hoy él no estaba encasa y vi eso como una oportunidad para reunirme con ella. Pensé que podría llegar a tiempo, pero había mucho tráfico por un accidente frente al teatro chino. —Explicó Edward con calma.

—¿El teatro chino? —murmuró Bella, pensando en lo lejos que estaba de su casa.

—Sí, en Hollywood Boulevard.

—¡Sé en dónde está el teatro chino! —Edward desvió la mirada al recibir la descarga de furia de Bella.

El silencio reinó el patio por un par de segundos mientras Bella pensaba y Edward se sentía cada vez más nervioso. Isabella lo miró con ojos entrecerrados y terminó su cigarrillo en silencio mientras repasaba en su mente la brillante excusa de Edward. Pasaron dos minutos y el silencio seguía presente, llenando a Edward de desesperación, su corazón se aceleraba cada vez que ella expulsaba el humo lentamente, con una mirada metódica y semblante relajado. Isabella estaba considerando muy seriamente correr al nuevo chofer, pero la férrea amenaza de Renee la detuvo. Su madre le había dicho que no habría un nuevo chofer y, sinceramente, los estúpidos viajes por la ciudad la distraían.

Bella terminó por tirar la colilla del cigarro, luego lo aplastó con la punta de su zapato y alzó el rostro para mirar a Edward con ojos fríos y calculadores.

—Estás a prueba, no puedes llegar a la hora que te dé la gana. Ayer te dije que a las cuatro en punto y debiste estar aquí a las cuatro en punto. Si tienes cosas que hacer antes de venir aquí, ¡es tu vida y no me importa! ¡Pero aquí debes estar cuándo yo diga! ¿Entendido? —regañó Bella con coraje.

Edward se mostró sorprendido e Isabella creyó que era a causa de la reprimenda que le había dado. Pero lo que Edward pensaba realmente era que el alma bailarina de Bella seguía muy viva, ella era disciplinada, exigente y estricta; tres cualidades que de seguro había tenido casi toda su vida.

—Lo siento mucho, señorita Swan —murmuró Edward agachando la cabeza en una sorprendente muestra de sumisión.

Nunca alguien había estado tan dispuesto a ella, ni había consentido sus berrinches o aguantado sus gritos. Nadie que no fuera su familia tenía el coraje para soportar su mal genio. Edward no alzó el rostro, esperando un nuevo ataque de coraje por parte de ella…, pero nunca llegó. Edward hizo el simple gesto sin saber que con él había sumado muchos puntos a favor con Isabella.

—Está bien. Pero más te vale que nunca se vuelva a repetir. Te recuerdo que estás a prueba. —Tras escuchar a Bella, Edward alzó el rostro y la miró atentamente. ¡Ella le había dado una oportunidad!

—Por supuesto, señorita Swan. Tiene mi palabra. —Bella entrecerró los ojos y escrutó con la mirada a su chofer.

Edward vestía un traje negro, con camisa blanca y corbata negra; sus zapatos negros eran pulcros y brillantes, y sobre su cabeza descansaba un típico gorro negro de chofer.

"Al menos no usa guantes como los demás" Pensó ella tras sus segundos de inspección.

—Espero que sea suficiente. Ahora saca el maldito coche y toca la bocina cuando estés en la calle —dijo ella.

Bella entró a la casa por una puerta de cristal que daba a una salita con bar y Edward regresó por el mismo camino por el que había llegado. Encontró a María preparado algo en la estufa que olía exquisitamente, llamó su atención con un leve golpecito sobre su hombro, la chica dejó lo que hacía y limpió sus manos sobre el delantal que usaba.

—¿Sí? —preguntó con su enorme sonrisa amable.

—¿Dónde están las llaves? —dijo Edward rápidamente. María le sonrió, caminó hacia un perchero y le tendió un juego de llaves.

—Cuando regresen las pones en éste mismo lugar —indicó la joven.

—Entendido —contestó Edward asintiendo.

—¿Algo especial para comer cuando regrese del paseo, joven? —ofreció María.

—Prefiero que me tutees. Dime Edward. Y no, nada en especial. Sorpréndeme —dijo Edward corriendo a la puerta principal.

Encendió el coche e incluso antes de cerrar totalmente la puerta, ya se encontraba dando reversa y acomodando el auto sobre la calle en un fluido giro. Como Bella lo indicó, él tocó la bocina y esperó a que ella saliera.

Cuando Edward la vio caminando con su paso acompasado a través del jardín, emergió del coche y se posicionó en la puerta trasera. Ver a Isabella rodeada por la naturaleza, por tan bellas y coloridas flores; le pareció una visión perfecta de dolor y vida, pesadumbre y resignación; todo junto. Como todo un caballero, Edward inclinó la cabeza y abrió la puerta para Bella; ella ni siquiera lo miró al entrar.

Mientras el nuevo chofer rodeaba el auto, Bella se permitió mirarlo al caminar. Le resultaba chocante tanta alegría y ese andar desenfadado y casi felino que ya lo caracterizaba; Bella sentía el desdén acumulándose sobre su lengua en forma de mil improperios listos para salir disparados de su boca como una ametralladora. Cuando Edward entró al auto ella bufó y rodó los ojos.

—¿A dónde la llevo, señorita? —preguntó Edward con alegría, viéndola por el retrovisor.

—No me gusta tu iniciativa, entre más silencio guardes…, mejor —regañó Bella—. Toma el camino más largo para llegar a Santa Mónica —ordenó ella mirando por la ventana. Edward guardó silencio pero asintió.

En cuanto Edward pisó el acelerador, Bella dio un respingo. Nadie, en los más de siete años que tenían con el auto, había conducido el viejo Nissan de Charlie a más de setenta kilómetros por hora. Edward estaba impuesto a la velocidad y la adrenalina que le daba su motocicleta, cuando se trataba de coches no se quedaba atrás y al estar frente a un volante olvidaba todo y casi podía sentir el espíritu de Dominic Toretto invadiéndolo.

Una cuadra antes de que llegaran al North Santa Mónica Boulevard, Isabella pegó un chillido que hizo a Edward pisar el freno de golpe, lanzándolos hacia adelante mientras las llantas derrapaban violentamente sobre el asfalto. De no ser por los cinturones de seguridad, se hubieran dado un buen golpe.

—¿Qué pasa, señorita Swan? —preguntó Edward alarmado.

—¡Idiota! —gritó Bella antes de tomar impulso para darle a Edward una gran palmada en la nuca.

—¡Auch!

—¿¡Qué maldita mierda te pasa por la cabeza!?

—¿Qué? —dijo Edward girando el rostro hacia ella, sin dejar de sobar en donde había recibido el golpe. Bella sí que tenía la mano dura.

—¡Éste auto se conduce a menos de setenta y tú ibas a cien o más! —regañó Bella con el ceño fruncido.

Edward miró el indicador de velocidad que marcaba cero. Lo más seguro era que ella tuviera razón, en cuanto Edward estaba detrás del volante enloquecía y a cada minuto reclamaba más velocidad, más adrenalina.

—Lo siento —murmuró Edward con pesar. ¿Podía ser más descuidado? Primero llegaba tarde y después enloquecía en el auto.

—El resto del día conducirás a cuarenta, si no lo haces puedes despedirte de tu puesto —ordenó Bella entre dientes, mirando a Edward directamente a los ojos a través de retrovisor.

—Como usted diga, Señorita Swan. —Edward echó a andar el auto y siguieron el lento camino hacia Santa Mónica entre bullas e insistentes cláxones detrás de ellos.

Edward habría contestado desafiante y habría tomado otra actitud de haber estado en una situación diferente. Pero frente a Bella mantenía un perfil bajo y sumiso; se doblegaría ante ella de ser necesario, no permitiría por nada del mundo perder la oportunidad de tenerla cerca. Desde que la vio supo que no quería dejarla ir, al menos hasta que terminara su obra maestra.

Antes de las siete de la tarde Edward estaba sentado frente a la mesita dentro de la cocina de la casa Swan, comiendo un espectacular sándwich y bebiendo una lata de coca cola. El paseo fue eterno y aburrido, pero muy enriquecedor desde su punto de vista. Al final del día Edward aún conservaba su empleo y eso le daba el coraje y paciencia suficientes para aguantar todos los días que le faltaban en servicio de Isabella Swan.

Bella no disfrutó del viaje, igual que siempre; aunque debía aceptar que al principio de su salida con Edward las novedades la sorprendieron e, incluso, le llegaron a parecer divertidas. Sólo un poco.

Ella caminaba directo a las escaleras, con su bastón repiqueteando al son de cada paso, pensaba encerrarse el resto del día con su música y sus cigarros. Todo habría sido igual que todos los días, a no ser por Renee, que la interceptó a medio camino.

—Hola, mi niña. ¿Cómo te fue? —Renee abrazó a Bella delicadamente y le dejó un beso sobre la cabeza.

—Bien —musitó Bella apenas viendo a su mamá.

—Princesa, tu hermano está en el patio y creo que hay alguien que te quiere saludar —insinuó Renee mientras acariciaba el cabello de Isabella.

Bella pensó inmediatamente en Rosalie, tenía mucho tiempo sin verla y siempre había algo que se interponía entre ellas: la universidad, las tareas, las prácticas y el viaje de Rose. Isabella la veía como una amiga y deseaba que ella también la considerara así.

—Voy a saludar —contestó Bella con monotonía.

—Anda, pequeña. Yo iré a preparar la cena con María. —Renee le dio un beso en la mejilla a Bella y la miró encaminándose hacia el patio, luego suspiró con una sonrisa en los labios y fue a la cocina.

En cuanto Bella traspasó el umbral pudo escuchar las inconfundibles carcajadas de su hermano y una mueca casi imperceptible que debió ser una sonrisa surcó su rostro por un par de segundos. El bastón alertó a las dos personas sobre la nueva compañía, en cuanto sintieron la presencia de Bella se pusieron de pie.

—Paul —dijo Bella con el ceño fruncido.

—Hola Bella —saludó el sonriente chico.

Emmett miró a su amigo y luego a su hermana, sonrió cálidamente y dio un paso hacia Isabella. La rodeó con sus fuertes brazos y dejó un dulce beso en su mejilla.

—¿Cómo te fue en el paseo de hoy con tu nuevo chofer, baby? —preguntó Emmett.

—Bien —musitó Bella haciendo un mohín. ¿Debía contarle sobre la estupidez de la impuntualidad o sobre lo maniático al volante que resultó ser Edward? No, no quería y no se lo diría.

—Bueno, bro, voy por los discos de los que te estaba hablando. En un rato vuelvo —dijo Emmett mirando a Paul. Besó de nuevo a Isabella y los dejó solos.

Bella caminó hasta las sillas de mimbre y se sentó en la primera que estuvo en su camino: un asiento doble, con cojines color turquesa. Buscó en sus bolsillos su paquete de cigarros y el encendedor, encendió un cigarrillo y cerró los ojos mientras echaba el humo de la primera calada.

—¿Cómo estás? —dijo Paul sentándose a su lado. Bella lo miró y contestó con monotonía.

—Estoy igual que ayer e igual que la última vez que me viste —respondió Bella, luego giró el rostro en sentido contrario a Paul para seguir deleitándose con su cigarro.

—Bella… —Escuchar aquel tono de voz en Paul hizo a Bella girarse hacia él inmediatamente, y sentir un escalofrío bajando desde su cuello—. Vuelve, por favor, vuelve. —Paul se acercó hasta que pegó sus frentes, alzó una mano para retenerla por la nuca y evitar que huyera de su cercanía.

Bella cerró los ojos instintivamente, no quería soportar el peso de una mirada suplicante.

—Paul, no. Por favor —susurró Bella con pánico.

—Vuelve. Sé de nuevo la chica sonriente que bailaba conmigo en el Font, la que salía conmigo de paseo por Hollywood, la que podía comerse una torre completa de hot cakes de IHOP, aquella chica que iba al cine con su hermano, la Bella que adoraba decirle baby a Emmett. —Bella abrió los ojos y se encontró con la intensa mirada gris de Paul.

Por primera vez en meses, se abrió una fisura en la dura coraza que escondía a la antigua Isabella, a la chica sensible, sonriente y amorosa. Quería ser ella de nuevo, quería tener el coraje suficiente para serlo, pero se sentía tan cansada de todo, tan defraudada de sí misma…

—Paul, deja esto —suplicó Bella sin apartar la mirada.

—Sólo inténtalo, por favor. —El susurro de Paul conmovió tanto el corazón de Bella que sintió un repentino salto sobre su pecho, una sensación cálida y pacífica que nublaba sus sentidos. Bella cerró los ojos de nuevo.

Paul se acercó hasta juntar sus labios en una leve caricia, luego la soltó y se separó de ella. Bella sintió un nudo en la garganta, suspiró para retraer las lágrimas que amenazaban con aparecer en el momento menos esperado y dejó su mente vagar mientras terminaba lo poco que quedaba de su cigarrillo. El chico a su lado no se había dado por vencido en ningún momento, fue paciente y detallista con ella, estuvo a su lado a pesar de sus protestas y la apoyó en todo momento. Paul no se merecía tantos desplantes ni el desprecio de Bella, él sólo quería llenar sus días, hacerla feliz y ella no le dio cabida en su vida.

—Hay algo que quiero contarte —dijo Paul después de un par de minutos.

—¿Qué? —respondió Bella tratando de no ser tan fría. Tantos meses de monotonía no le dejaban hacer su voluntad en cuanto a sus sentimientos.

—El próximo fin de semana me voy a Canadá. Éste año me suscribí en el programa de intercambios —informó viendo a Bella con atención. Esperó ver algún tipo de reacción, sólo la vio cerrar los ojos un par de segundos, como si procesara lentamente las palabras que acababa de escuchar.

—¿Seis meses? —preguntó Bella sin atreverse a alzar la mirada hacia él.

—Sí —dijo Paul en un fuerte y claro monosílabo.

Después de eso no dijeron nada más, Bella no sabía cómo despedirlo y él no sabía cómo romper el silencio.

Esa noche Paul estaba invitado a cenar. Bella no se atrevió a tomar la cena en su recámara, como hacía habitualmente; pasaría mucho tiempo antes de que volviera a ver a Paul, no pudo hacerle esa grosería. Después de todo, él no se lo merecía. Mientras el resto bromeaba y reía, Bella pensaba en su vida durante el último año, dejaba su mente brincando de un lugar a otro mientras jugueteaba con la comida en silencio. Después de casi una hora, los señores Swan se despidieron de Paul y Emmett y Bella lo acompañaron a la puerta; Em le deseó buena noche, le dijo que lo vería al día siguiente en la universidad y subió a su recámara.

Bella suspiró, no sabía exactamente qué sentía en ese momento; pero logró percibir el nerviosismo y la pena de Paul. Él prometió no darse por vencido y sentía que ese tiempo fuera del país era un receso a su perseverancia, por nada se dejaría caer, mucho menos aprovecharía la lejanía para abandonarla.

—Entonces… adiós —susurró Bella con la voz apenas contenida. Esa noche, por fin se permitió sentir algo, cualquier cosa, y eso la conmovía hasta las lágrimas.

—Hasta pronto. No te despidas —dijo Paul. Bella lo miró e hizo una mueca con la boca hacia un lado—. ¡Hey! ¿Esa linda mueca es una sonrisa? —Bella se encogió de hombros sin apartar la vista de él.

Paul acarició la mejilla de Isabella con ternura, ella permitió que la reconfortara e hizo lo que jamás imaginó; se alzó lo más que pudo y lo jaló hacia ella por el cuello para darle un apasionado y largo beso en los labios. Al principio Paul se sorprendió, luego devolvió el beso y le puso las manos en la cintura para elevar un poco su peso. Bella lo miró a los ojos cuando rompieron el beso y él la pude ver, ahí estaba otra vez…, la mirada chispeante y tierna que lo atrajo un año atrás. Por un breve instante Paul pudo ver a la Isabella Swan que debió ser siempre.

Él dejó un casto beso sobre los labios de Bella y se fue.

….

El resto de la semana Edward se encargó de llegar a la hora que Bella le indicó. Cada día le pedía merodear por un lugar diferente, pero siempre a la misma velocidad, en el mismo silencio, bajo la misma monotonía.

Edward aún no obtenía grandes proezas para plasmar en su obra, pero tenía la esencia más pura de Isabella: sus sentimientos. Con las breves miradas que le daba cada día podía percibir sus sentimientos, todos eran como una espesa nube oscura sobre un bello valle verde lleno de hermosas flores salvajes, que resplandecía más bajo la luz del sol. Edward tenía que sacar a relucir la mejor parte de Isabella, tenía que hacer volver a la chica de su recorte de periódico, tenía que conseguir que hablara con él. No importaba lo que tuviera que hacer, Edward sabía que lo podía lograr y lo haría.

Apenas tenía tres días con Isabella, pero tomó de ella lo necesario para poder desarrollar un par de párrafos. La noche del viernes la dedicó por completo a Isabella, sin importar que al otro día tuviera que madrugar para llevar a su novia al aeropuerto.

Carlisle fue el más contento con el programa de intercambios de ese año en la UCLA, Victoria podría llevar el nombre de su despacho hasta Londres. Desde la cena en la que Victoria anunció su solicitud, Carlisle se había encargado de instruirla y prepararla para los meses que pasaría en Londres. Por un mes Victoria trabajó mucho más duro en el despacho de Carlisle, cumpliendo turnos extras y perdiendo tiempo con Edward; por eso cuando él comenzó a ir a casa de los Swan no tenía reclamos o sospechas al llegar al departamento.

El primer sábado de mayo el aeropuerto de Los Ángeles estaba lleno de alumnos de la UCLA y de sus familias que los acompañaban en la despedida. Uno de ellos era Edward y sus padres despidiendo a Victoria. Mientras Carlisle y Esme preparaban los trámites para que ella se fuera, dejaron que Edward se despidiera.

—Te extrañaré tanto, cariño —dijo Victoria con voz melosa, pasando una mano por el pecho de Edward.

—El tiempo pasará más rápido de lo que piensas —consoló Edward.

Victoria se pegó contra su pecho y después de un titubeo Edward la rodeó con sus brazos. Duraron un par de minutos abrazados, meciéndose suavemente hacia los lados. Carlisle y Esme regresaron y llamaron su atención.

—Es hora de irse, Victoria —anunció Carlisle.

—Nos vemos en seis meses, cariño —se despidió Victoria de Edward. Luego tomó su rostro entre sus manos y le dio un apasionado beso.

Esme carraspeó, Victoria le dedicó una mirada apenada, se separó de su novio para despedirse de sus suegros con un leve abrazo y un beso en la mejilla. Los tres se quedaron en su lugar mientras veían a Victoria caminando hacia la puerta de abordaje, cuando la perdieron de vista dieron media vuelta y caminaron hacia la salida.

—Hijo, espero verte pronto —dijo Esme cuando tocó el momento de tomar caminos diferentes.

—Vámonos —apresuró Carlisle tomándola por el brazo para arrastrarla junto a él, sin siquiera darle tiempo de responder a Edward.

Él no se sorprendió de la actitud grosera de su padre, suspiró y caminó a grandes zancadas hacia donde había estacionado el coche de Victoria.

Con Victoria lejos, Edward podría dedicarse de lleno a Isabella sin tener que levantar sospechas a nadie y sin tener que rendir cuentas. El lunes de su segunda semana como chofer decidió romper las reglas y arriesgarse a ir más allá de las exigencias de Isabella.

Cuando estuvo frente a ella se atrevió a mirarla directamente y a sonreírle con amabilidad. Bella lo miró por un segundo y entró al coche en silencio.

—¿A dónde vamos? —preguntó Edward cuando encendió el coche.

—Hollywood —respondió Bella sin siquiera dedicarle una mirada.

Edward sonrió maliciosamente para sus adentros y cuando estuvo frente a un semáforo en rojo comenzó con su insistente plan.

—¿Cómo estuvo su fin de semana, señorita? —Bella se sorprendió al escuchar la voz de Edward, giró el rostro metódicamente hacia él y lo miró con ojos entrecerrados.

Bella pasó por alto el comentario y volvió a mirar en silencio por la ventana.

—Hoy es un linda día, ¿no le parece, señorita Swan? —comentó Edward, ganando más silencio y enojo por parte de Bella.

"¿Tiene mierda en la cabeza? Le dije claramente que no me hablara". Pensó Bella enfurecida.

—¿Por qué mejor no va al Holmby Park? Está muy cerca de su casa. —Isabella lo miró a través de retrovisor mandando descargas eléctricas de furia y conteniendo cientos de palabras envenenadas—. Es sólo una propuesta. —Se disculpó Edward, sonriendo apenado.

Bella suspiró, pensó que no era una idea tan descabellada tener un lugar a donde ir en lugar de viajar sin rumbo fijo.

—Está bien. Vamos —accedió Bella con fastidio.

A pesar de ver que ella le rodaba los ojos, Edward sonrió con satisfacción y se atrevió a acelerar a setenta para lanzarse hacia el parque.

Más allá del Wilshire Boulevard se abría paso un parque con grandes áreas verdes, entre típicas casas estadounidenses sencillas y pintorescas, cada una rodeada por hermosos jardines brillando en distintas tonalidades de verde, unas con arbustos, otras tantas coloreadas con flores. El lugar resultaba tranquilo y acogedor.

En cuanto Isabella vio los grandes árboles, las canchas y las bancas deseó bajarse del coche y recorrer el parque, sólo paseando para dejarse envolver por la naturaleza. Siempre le habían gustado los parques, cuando era niña Renee solía llevarla junto con Emmett para que jugaran hasta que el sol comenzaba a ocultarse, y Bella era feliz, muy feliz. Ella suspiró al darse cuenta de que añoraba con locura esos momentos.

Edward estacionó el coche en Comstock Avenue, bajo la sombra de un gran árbol. Bella miró el recorrido de Edward por enfrente del auto, suspiró y abrió los ojos a un nuevo día. Ella se sentía emocionada por primera vez en mucho tiempo.

Bella caminó en silencio por el césped y Edward la siguió con paciencia, hasta que ella se sentó en una banca debajo de la sombra de un árbol. Edward se mantuvo de pie a su espalda y se dedicó a observarla; Bella podía sentir la mirada de Edward, pero trató de restarle importancia, no podía prohibirle que la viera así como había prohibido que le hablara.

Edward captó la mirada de Isabella cuando poco a poco se vieron rodeados de pequeñas aves marrones y grises y palomas. Bella parecía fascinada con los pequeños animales que revoloteaban a su alrededor y canturreaban como si admiraran su belleza aletargada por el sufrimiento. Edward tenía algo sobre qué escribir esa noche: la mirada de Bella. Los ojos de ella iban de un ave a otra, admirando a los animalitos con una sonrisa que salía a través del espejo de su alma.

—Son hermosas, ¿verdad? —murmuró Edward llamando la atención de Isabella.

—Si te empeñas en seguir hablando haré que tu sueldo se base en guano —amenazó Bella mordazmente.

—Creo que tendré materia prima suficiente para emprender una empresa de fertilizantes. —Como era de esperar Isabella no tomó con gracia el comentario y lo fulminó con la mirada—. Sólo una última cosa.

Bella le dio una mirada furibunda y alzó las cejas indicándole que continuara.

—Tal vez le gustaría…, alimentar a las aves —dijo Edward sacando una bolsita de su saco.

Se la tendió a Bella, y ella la aceptó un poco titubeante. Minutos después Edward se fascinó con la visión de Bella mientras alimentaba a las aves con el arroz, deseó tener con él su libreta para capturar ese bello momento con sus letras.

De repente Bella hablo, dejando a Edward mudo y con el corazón acelerado.

—Alas. Extiendan sus alas y vuelen, ustedes que pueden.

Una hora después estaban de camino a la residencia Swan.

Esa noche, en la soledad de su habitación, Isabella pensó sobre lo atrevido que se había portado Edward al hablarle tanto y, aunque no lo quisiera aceptar, también pensó en lo bella que era su voz. Esa noche, en la soledad de su habitación, Edward se quedó hasta altas horas de la madrugada escribiendo sobre un bello ángel, sobre un cisne con un ala rota y un alma en igual condición.

El miércoles regresaron de nuevo al parque, hicieron lo mismo de la vez anterior y justo antes de irse Bella volvió a romper el silencio diciendo:

—Alas. Extiendan sus alas y vuelen, ustedes que pueden.

Esa misma tarde Bella le pidió a Edward que regresara al siguiente día a la misma hora; el viernes quería quedarse en casa y dormir todo el día. De repente sintió ansiedad a causa de tanta dicha que le provocaban sus salidas al parque, quería descansar.

Tal y como Bella lo indicó, Edward estuvo el jueves a las cuatro en punto deteniendo la puerta trasera del Nissan para que ella pudiera entrar. Parecía que ese día sería igual a los dos anteriores, pero no fue así. Antes de bajar Edward le hizo una propuesta peculiar.

—Señorita, ¿le molesta si hoy bajo mi guitarra?

¿Guitarra? ¿En qué momento había entrado una guitarra al coche? Isabella no habló, pero asintió una vez y se dirigió a la misma banca. Le pareció extraño que al llegar Edward no le tendiera una bolsita con arroz, al voltear a verlo se dio cuenta de que él se había quitado el gorro y se dejaba caer contra el tronco del árbol.

—¿Señorita, por qué no se sienta en el césped? —Isabella lo miró con incredulidad—. Está mucho más fresco que la banca.

¿Por qué Isabella sentía como si Edward fuera un imán del que no podía separarse? Él se concentró en ajustar las cuerdas de su guitarra y cuando encontró el ajuste perfecto comenzó a tocar nota por nota. Edward escuchó cómo los pies de Isabella rozaban el césped y su bastón se hundía en la mullida superficie; luego sintió cómo se dejaba caer lentamente a un lado de él.

Edward tomó una respiración profunda y los acordes sin sentido poco a poco comenzaron a tomar forma. Isabella tenía la vista perdida en las aves, pero en cuanto las notas musicales llegaron a sus oídos lo miró y con la respiración contenida esperó ansiosa la voz de Edward.

Si escucharlo hablar le resultaba todo un espectáculo, escucharlo cantar no tenía descripción. Edward tenía los ojos cerrados, sus dedos se movían con maestría sobre las cuerdas y de su boca salían las palabras más perfectas que Bella había oído. ¿Por qué cantaba justo esa canción? ¿Qué tanto conocía de ella? ¿Por qué? Stop Craying your heart out llenaba los sentidos de Isabella de forma indescriptible, con cada palabra sentía su interior floreciendo después de un oscuro letargo, miró a su alrededor y todo le pareció tan hermoso, tan perfecto; como si todo el tiempo después del accidente hubiera visto la vida detrás de un cristal opaco, como si en ese justo momento abriera los ojos a una nueva vida.

A mitad del primer coro Isabella tenía el rostro surcado por insistentes lágrimas que sólo amenazaban con arreciar conforme la canción se desarrollara. Por primera vez en todos esos meses, dejó salir el verdadero dolor de su alma, la pesadumbre y la culpa que no sabía que estaba ahí. No hubo más preguntas, ni porqués, sólo había una reconfortante resignación. Casi un año después Bella era capaz de exorcizar sus demonios internos, de aceptar que su accidente la había cambiado, que a pesar de todo ella debía alzar el rostro y seguir. Había vida más allá del pequeño mundo que se había creado, había un universo de posibilidades esperándola. Debía seguir.

Cuando Edward abrió los ojos y terminó la canción, pudo escuchar el leve sonido constante de suspiros entrecortados. Él movió los ojos hacia Bella, la encontró a poco más de un metro lejos de él, con la cabeza agachada, sus hombros se sacudían levemente y un rastro de lágrimas hacía que su barbilla titilara bajo la luz crepuscular con cristales húmedos.

Un solo movimiento, un latido, un gesto, un dolor, una esperanza, un sueño.

Edward se acercó a ella, la rodeó con sus brazos. Más allá de sus sueños, de lo que él buscaba con la locura del chofer…, había un corazón roto, una bella mujer con sus sueños deshechos. Más allá de él mismo estaba Isabella, tratando de sentir de nuevo, intentado de encontrarse a sí misma, poniendo todo de sí para perdonarse.

Edward quiso ser mucho más fuerte, quiso poder decir las palabras correctas, pero no pudo. Él sabía que Bella merecía ser feliz.

"Ella es una hermosa muñeca de porcelana. Una muñeca rota que me encargaré de hacer sonreír". Pensó Edward.

Tras unos minutos él dejó un beso sobre su cabeza, se pusieron de pie como si nada hubiera pasado y se marcharon del parque en silencio.

Al llegar a casa hicieron lo mismo de todos los días: Edward abrió la puerta para Bella y caminaron en silencio hacia la casa. Antes de que ella fuera a su habitación y él a la cocina, Bella se detuvo.

—Te espero mañana a la misma hora —dijo ella sin volverse.

Edward sonrió y se dio cuenta que a partir de ese momento irán al parque a diario.

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NOTAS:

* Dominic Toretto: Es el "Rey" de las carreras clandestinas en Los Ángeles en la película The Fast and The Furious (Rápido y Furioso). El personaje es interpretado por Vin Diesel.

* Holmby Park: Parque ubicado en South Beverly Boulevard entre Club View Drive y Comstock Avenue, en Los Ángeles, California.

* Guano: Es la sustancia formada a partir del excremento de murciélagos, aves marinas y focas. Ésta peculiar mezcla se usa como abono natural.

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Hola!

Parece que el remedio de todos los males era Edward

(¿Cuándo no? *babas*)

Gracias por el apoyo y por hacerme entender.

¿Qué tal? ¿Cómo vamos?

Gracias por todo!

Besos de bombón!

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Por: VickoTeamEC