LAS ALAS DEL CISNE
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CAPÍTULO 12
NEW DIVIDE
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Holmby Park, aquel parque ubicado en el vecindario de Westwood, al que se llegaba desde la casa Swan bajando por la calle North Rodeo Drive y se giraba a la derecha por Wilshire Boulevard hasta Comstock Anenue. Ese parque se había convertido en la distracción diaria de Isabella.
Todos los días ella miraba a través de la ventana izquierda del asiento trasero del viejo Nissan de Charlie, todos los días veía las mismas seis casas y los jardines de la séptima casa de la cuadra quedaban justo frente a sus ojos cuando Edward estacionaba el coche antes de llegar a la intersección con South Beverly Glen Boulevard, bajo la sombra de dos frondosos árboles. Todos los días Edward abría la puerta para ella, caminaban en silencio a través del parque siguiendo el camino de cemento, iban más allá del área de juegos infantiles, se detenían bajo un conjunto de árboles que creaban una gran mancha oscura en el piso, una increíble sombra que cobijaba al menos tres bancas…, y Bella se sentaba en una…, y Edward la miraba para inspirarse y escribir por las noches sobre un hermoso cisne hasta que sus ojos no dieran más. Todos los días Edward le daba a Bella una bolsita con arroz, ella arrojaba un poco a las aves hasta que estaban totalmente rodeados por palomas. Todos los días Bella se sentaba a recitar: "Alas. Extiendan sus alas y vuelen, ustedes que pueden". Y todos los días, Bella se sentía cada vez más emocionada por salir con Edward un rato por las tardes.
Dos semanas pronto se convirtieron en un mes, en ese tiempo Edward se atrevió a hablar en más de tres ocasiones y Bella accedió a sus palabras, ella dejó que Edward deleitara sus oídos con el sonido de su voz y se permitió a sí misma entablar una conversación de no más de cinco minutos de vez en vez.
Edward había conocido a Emmett y Charlie en una breve reunión después de uno de los paseos al parque, ellos le hicieron ver lo sobreprotectores que eran con su pequeña Bella y que mientras Bella estuviera con él tenía la gran responsabilidad de ser igual de cuidadoso. Edward lo sabía, siempre cargaba con el pensamiento que bajo su cuidado estaba una preciosa e invaluable joya.
Isabella no dejó de asistir a las terapias con Cristina, por primera vez en mucho tiempo pensó que pasar un par de horas en su consultorio le servía de algo. Bella se sorprendió a sí misma por su disposición para hablar de sus sentimientos, la facilidad con la que podía expresar lo que por tanto tiempo gritó su alma; pero lo que más le sorprendió fue la regularidad con la que hablaba de su obediente chofer. Edward, el que llegó tarde y casi la mata de un infarto el primer día de trabajo, el que se atrevió a hablarle cuando ella se lo tenía prohibido, el que había tocado una hermosa canción con su guitarra, el que guardaba silencio la mayoría de las veces y el que conversaba con ella cuando se le era permitido hablar. Edward, el misterioso hombre que la atraía como un potente imán, del que conocía algunos tonos de su voz y el que le provocaba querer sonreír otra vez.
No era fácil pasar de una etapa de negación y rebeldía a una de entendimiento y amabilidad. Isabella hacía lo mejor que podía. Aún era callada, pero un poco más participativa; aún comía sola en su habitación, pero ahora por lo menos bajaba a dejar los trastes sucios sobre el lavabo; aún escuchaba mucho y respondía de forma grosera de vez en vez. Aún tenía mucho por delante y, por su propio bien y el de su familia, debía continuar con su vida.
Una de tantas noches, Bella se sorprendió al darse cuenta de que estaba pensando en Edward. A su mente llegaron aquellas palabras salidas en breves conversaciones banales, el perfil del rostro que se sabía de memoria, el cabello que salía detrás de la gorra de chofer y las sonrisas que observaba furtivamente cuando Edward conversaba con Renee o con María.
Una semana más se consumía día tras día, con Bella sentada en la banca y Edward mirando cada día una nueva faceta de ella. Edward sentía una gran admiración por la mujer fuerte y esperanzada que tenía frente a él a diario. Él fue testigo de cómo poco a poco las sombras se deslizaron fuera de su vida para dejar a la vista a una nueva Isabella, una chica que cada día se preparaba para resurgir de nuevo, y comenzar otra vez.
Edward amó la soledad más que nunca, fue capaz de avanzar tanto como quiso en su gran obra maestra. Más de un mes después de que él comenzó a trabajar con los Swan, decidió revisar la bandeja de entrada de su correo electrónico. Estaba atestada de mensajes de Victoria, el último era un extenso reclamo de más de seis párrafos por tener su celular apagado; con un cansado suspiro Edward presionó el ícono de Responder y escribió una sencilla respuesta en un par de líneas. No se molestó en leer el resto de los mensajes. Edward sabía que la distancia no era lo mejor que le pudo pasar en su relación con Victoria, pero sus clases, su trabajo de medio tiempo y sus largas noches de escritura ocupaban sus pensamientos y todo su tiempo.
El primer viernes del segundo mes llegó, con él también llegó la desconocida necesidad de Isabella por dejar atrás su etapa de amargura y hablar un poco más con Edward, con el que de cierta manera se sentía agradecida. Edward, por otro lado, sentía una gran ternura por la chica que tenía que acompañar día tras día y también tenía un desconocido y gran sentimiento de protección hacia ella.
Ese viernes Edward abrió la puerta para Bella, le dedicó una gran sonrisa a la que ella correspondió con una mirada dulce, sorprendiéndolo por primera vez en ese día. Edward condujo el auto hasta el Holmby Park, estacionó donde siempre, abrió la puerta trasera y esperó paciente hasta que Bella bajó.
—Gracias —murmuró ella sorprendiendo a Edward y a ella misma.
—Para servirle, señorita Swan —respondió Edward después de unos segundos de silencio.
El corazón de Edward dio un brinco cuando Bella correspondió su mirada, cuando sus ojos se toparon con los de ella por breves segundos y no vio hostilidad, coraje, ni frialdad en ellos. Bella estaba más cerca de él y eso lo emocionó.
Por primera vez en más de un mes Bella caminó al lado de Edward y no frente a él. Ese día todo parecía normal a pesar de los hechos extraordinarios. Bella se sentó en la banca y aceptó la bolsita de arroz que Edward le ofreció. Cuando el día no podía ser más extrañó, Isabella habló, pero no para decir una frase a las aves.
—¿Por qué no te sientas? Debe ser cansado pasar más de una hora parado como estatua. La banca es suficientemente ancha para los dos —dijo ella con voz plana, sin atreverse a mirar a Edward. Él sonrió.
—Gracias —dijo él sentándose en el extremo opuesto de la banca.
Las aves descendieron hasta rodearlos con alegres gorjeos y tímidos aleteos. Isabella las alimentó en silencio, tomó un respiro para decirles lo mismo que todos los días, pero Edward la interrumpió.
—En realidad…, tengo algo para usted —dijo él.
Isabella se quedó congelada, con el brazo extendido hacia enfrente y la mirada fija en el piso. Le tomó un poco de tiempo recuperarse de la extraña emoción. Bajó la mano lentamente y se giró hacia él.
—¿Para mí? —murmuró Isabella.
Edward asintió.
—Es…, es un préstamo. No sé, pensé que tal vez le gustaría…
—Te ves patético tartamudeando. Habla de una maldita vez y déjate de rodeos —dijo Bella con rudeza.
Edward hurgó dentro de su saco y le tendió a Bella un libro. Ella lo aceptó reticente, lo giró y miró la portada, evaluándolo. Era un ejemplar de no más de cien páginas, la pasta era gris con letras azules y unas impresiones marrones en las orillas que le hicieron recordar los castillos de le época medieval. El caballero de la armadura oxidada por Robert Fisher. Bella estaba mortalmente sorprendida. ¿Qué debía decirle a Edward? ¿Debía darle las gracias y sonreír? ¿O mejor rechazarlo con un simple gesto callado y un movimiento de mano?
—Puede leer un capítulo diario. Así lo disfruta poco a poco y hace otra cosa además de alimentar a las aves —propuso Edward sonriente.
Isabella miró a Edward por unos segundos, luego al libro y después a las aves. Estuvo a punto de preguntarle si era un buen libro, pero no se lo habría "prestado" si no fuera así. ¿O no?
Isabella suspiró y abrió el libro en la primera página, la hoja blanca tenía plasmado el título justo al centro con letras mayúsculas. Ella siguió cambiando de página hasta que encontró una breve dedicatoria impresa y un gran número uno una página después. El primer capítulo hablaba sobre la vida de un caballero que pensaba que era bueno, generoso y amoroso; que en su sed codiciosa por acumular más victorias quedó atrapado dentro de su armadura, incomodando tanto a su esposa que llegó al extremo de abandonarlo y el pobre caballero comenzó a sufrir dentro de su armadura.
Bella no pudo evitar sentirse identificada con el personaje principal, creía que era feliz, luego tuvo un evento desafortunado y quedó atrapada dentro de sí misma. Ella quiso continuar con el resto del libro en ese momento, pero decidió hacer caso al consejo de su chofer y esperó a su siguiente visita al parque. Después de susurrar "Alas. Extiendan sus alas y vuelen, ustedes que pueden"; Isabella se puso de pie y se marcharon del lugar.
Para cuando llegaron a la casa Swan Isabella tenía los pensamientos cabalgando muy lejos de donde estaba, un libro apretado con fuerza sobre su regazo y el corazón desbocado ante el inminente futuro. ¿Qué tanto tiempo pasaría para que ella volviera a ser la misma de antes?
Cuando Edward le abrió la puerta a Isabella, ella vio un monstruo metálico color negro, estacionado a la sombra frente a su jardín. Bella frunció el ceño y miró fijamente la motocicleta.
—¿Qué hace eso en mi jardín? —preguntó altanera.
—Es mi medio de transporte —respondió Edward como si fuera lo más obvio del mundo. Isabella lo miró con severidad—. Lo lamento, no la dejaré ahí de nuevo.
—No me importa en dónde pongas tus cosas —farfulló ella y caminó directo a la puerta de la casa—. "¿Cómo demonios he pasado desapercibida esa máquina asesina?" —se preguntó en silencio y continuó avanzando.
Cuando una persona se encierra en su fantasía se pierde muchos detalles que hay a su alrededor. Estar inmersos en el dolor sólo conduce a un camino de monotonía y oscuridad, los ojos se nublan ante la belleza y los detalles de la vida. Terminan las ilusiones y sólo se puede ser pesimista. Bella estaba superando esa etapa y daba pequeñas miradas al exterior de su coraza.
Como todos los días, Edward se encaminó hacia la cocina para recibir su bien merecido almuerzo e Isabella se dirigió hacia las escaleras para ir a su habitación. Ante los pies de la escalera, ella cambió de decisión y siguió los pasos de Edward hasta la cocina. Cuando entró lo encontró comiendo un gran plato de sopa, pan y jugo.
—Quería agradecerte —dijo de repente Bella, haciendo que Edward casi se ahogara con la sopa y tosiera escandalosamente, y también que María dejara caer estrepitosamente un vaso sobre el lavabo.
—Perdón, señorita Swan. No la escuché entrar —dijo Edward entre tosidos y respiraciones entrecortadas.
María acercó la jarra de jugo y rellenó el vaso; luego se disculpó y salió de la cocina.
—¿Qué tiene que agradecerme? —preguntó Edward sin rastro de tos, pero con los ojos llorosos.
"Todo lo que me has aguantado", pensó ella. Pero sólo se limitó a poner el libro en alto y a hacer un mohín.
—No es nada. Pensé que podría gustarle —dijo Edward.
Isabella asintió y lo miró. Edward mojó un pedazo de pan en la sopa y se lo llevó a la boca.
"¿Cómo es que me habían pasado desapercibidos sus ojos?", se preguntó Bella y vio a Edward con más interés que nunca. A pesar de todas las ocasiones con las que había hablado o discutido con él, no había reparado en la intensidad de su mirada ni en el hermoso color verde que iluminaba su rostro tan magníficamente. Edward alzó la mirada y frunció el ceño.
—¿Qué? —dijo él con la boca llena.
Bella le dedicaba una extraña mirada, tenía la boca abierta y la cabeza inclinada levemente hacia un lado. Edward se recargó completamente en el respaldo de la silla, cruzó los brazos sobre el pecho y le devolvió la mirada a Bella mientras masticaba lentamente. Ella balbuceó un poco antes de contestar coherentemente.
—No, nada. Nos vemos el lunes. —La última parte la dijo como si hiciera una insegura pregunta. Edward asintió.
—Por supuesto. ¿A la misma hora?
—Puedes llegar más temprano —dijo Bella precipitadamente, ¿por qué había dicho eso?—. Quiero decir, si quieres. Te pagaré horas extras —ofreció Bella tratando de enmendar sus palabras.
Edward le dedicó una sonrisa petulante y ella se pateó mentalmente por ser tan débil ante los recién descubiertos encantos de su chofer. ¡Qué ciega había sido!
—Lo consideraré —dijo Edward con la sonrisa aún en sus labios.
Renee entró en ese momento y sonrió ampliamente. No pudo recordar con precisión cuando fue la última vez que notó a Isabella entusiasmada con algo o cuando su mirada había sido tan dulce como sus recuerdos le indicaban. Bella miró por instante a su madre, asintió una vez, salió lo más rápido que pudo hacia la sala y escuchó que Renee y Edward intercambiando unas palabras. Bella suspiró, miró distraídamente por la ventana hacia el jardín y sin pensarlo se encontró apretando el libro con fuerza.
—Vi que hablabas con el chofer —dijo Renee llegando al lado de Bella.
—Sí. Le daba instrucciones para el lunes —contestó Bella con monotonía.
—Ah.
—¿Qué? —bufó Isabella y miró a su mamá con el ceño fruncido.
—Nada, es sólo que… te veo muy entusiasmada con éste nuevo chofer.
—No digas tonterías.
—Acéptalo, es lindo. Te gusta —canturreó Renee. Bella bufó y soltó una leve risita histérica—. ¡Isabella Swan! Te gusta el chofer.
—¡Mamá! Baja la voz —farfulló Bella entre dientes.
—Dilo, dilo, dilo —continuó canturreando Renee dando saltitos alrededor de Bella.
—¡Ya! Sí, es lindo.
—Te gusta, te gusta. —Bella miró a su madre con severidad.
—Renee —regañó Isabella con la cara enrojecida. Cualquiera diría que de coraje, pero en realidad era de vergüenza y de reticencia a aceptar que su madre tenía razón.
—¡Ya, ya, ya! —gritó Renee dándose por vencida, luego corrió escaleras arriba como si fuera una niña traviesa.
Isabella suspiró y dio un par de pasos hacia las escaleras. Ella escuchó un fuerte y desconocido carraspeo, dio media vuelta rápidamente y a no ser por su bastón se habría ido directo contra el suelo. Ella apretó su mandíbula con fuerza para evitar que su boca cayera completamente abierta hasta el piso. Edward usaba unos viejos pantalones de mezclilla, zapatos negros, una camiseta oscura y una chaqueta negra de cuero que de seguro le hacía arder la piel al exponerse a los rayos del sol. El aspecto de él no era el de un chofer, era el de un hombre atractivo y sensual, muy sensual. Hasta el cabello broncíneo parecía confabularse para darle un toque endemoniado a su aspecto.
—Nos vemos el lunes, señorita Swan —dijo Edward en un tono de voz no más alto a un susurro.
Isabella asintió y Edward salió de la casa en silencio. Lo último que ella vio fue una bolsa con el traje colgando sobre el hombro de Edward. Ella cerró los ojos unos segundos y en silencio admitió lo que trataba de negar. Edward la atraía, le gustaba. Bella fue a su habitación y puso sus canciones de rock a todo volumen, dejándose consumir en sus pensamientos.
Renee, Charlie y Emmett se reunieron como cualquier viernes para cenar juntos, estaban inmersos en una plática trivial y no se dieron cuenta de que la música había cesado en la habitación de Bella y mucho menos que un constante golpeteo se aproximaba. Emmett fue el primero en verla, detuvo lo que estaba haciendo, quedó estupefacto y después de unos segundos sonrió ampliamente. Charlie y Renee siguieron su mirada y se pusieron de pie inmediatamente.
—Hola. ¿Ya vamos a cenar? —dijo Bella.
Hacía casi un año que ella no los acompañaba a la mesa, verla en el umbral los sorprendió enormemente y no era para menos que los tres tuvieran la boca abierta por la sorpresa. Renee corrió para poner otro sitio en la mesa, Charlie se encargó de buscar un cómodo cojín para el asiento de Bella y Emmett fue a recibirla con un fuerte abrazo.
—Qué bueno que bajaste —le dijo Emmett al oído.
—Ven, hija, siéntate aquí —ofreció un muy sonriente Charlie, señaló el sitio que le habían preparado y Bella se acercó lentamente.
Minutos después los cuatro estaban sentados a la mesa, con la cena servida y humeante, en silencio y mirando con atención los movimientos titubeantes de Isabella. Poco después Emmett rompió el silencio, hablando sobre el trabajo y la escuela. Conforme pasó el tiempo, cada uno se fue inmiscuyendo en la plática ante los atentos oídos de Isabella que observaba de soslayo a su familia de tanto en tanto. Ahí fue cuando ella se enteró que por cuestiones del destino la empresa para la que trabajaba su papá terminó prestando servicios al trabajo de Emmett y que casualmente ambos comenzarían con una serie de viajes alrededor del país para asistir a eventos de gran importancia con empresarios e inversionistas importantes. Para Charlie no era más que un plus en su trabajo, para Emmett era echar un vistazo al mundo de los negocios y una gran herramienta de aprendizaje.
—El primer viaje lo hacemos mañana. El avión sale en la madrugada —informó Emmett para poner a Bella al tanto.
El corazón de Isabella se aceleró, nunca había estado lejos de su familia por más de un día. Mientras sentía vulnerabilidad, al mismo tiempo sintió una oleada de coraje.
—¿Y cuándo demonios pensaban decirme? —gruñó Isabella, sorprendiendo a todos.
—Hoy nos confirmaron el viaje, así que tu madre también acaba de enterarse. Cuando termináramos de cenar tu hermano y yo íbamos a subir a hablar contigo —explicó Charlie con paciencia.
Por segunda vez en el día, Bella se pateó mentalmente. Había estado tan ensimismada y egoísta que se perdía las cosas más importantes de su familia. ¿Qué otras cosas tendría que descubrir? Por un minuto se puso en la posición de sus padres y de su hermano, fue entonces cuando comprendió y suspiró con cansancio. Dejó el coraje saliera de ella lentamente, luego miró a su hermano con ojos brillantes.
—Promete que te cuidarás, baby —murmuró Bella.
Emmett se sorprendió al escucharla. Baby, su princesa lo había llamado así de nuevo. Él sonrió y se deslizó fuera de su silla para poner de pie a su hermana y darle un caluroso abrazo.
—Por supuesto que lo haré, baby. Prometo cuidarme —dijo Emmett con un nudo en la garganta.
Al principio ella estaba sorprendida y dejó sus brazos flácidos en sus costados; luego notó el tono de voz sofocado de su hermano, se apretó contra su pecho y lo rodeó con sus brazos lo más fuerte que pudo. A modo de despedida ambos hermanos se quedaron dormidos en la sala de estar mientras veían un par de películas.
El fin de semana se hacía cada vez más eterno para Isabella, con la mitad de su familia lejos, su madre ocupada con labores domésticas y ella sin absolutamente nada que hacer. Escuchar música nunca le había resultado tan monótono, se dedicó a caminar de un lugar a otro hasta que por primera vez en meses ordenó su habitación; limpió, despejó y perfumó cada rincón. Poco a poco volvió a sentirse ella misma. En algún momento sus pensamientos viajaron a Edward, ¿en qué dedicaría el tiempo de sus fines de semana? ¿Tendría algunos hobbies interesantes? ¿Estaría trabajando? ¿Qué sería de él?
Sin saberlo, Isabella se estaba encaminando un poco a lo que en realidad Edward hacía. Él llamó a su madre un par de veces, y el resto del tiempo en el que no atendía alguna necesidad básica escribía en su libreta o dibujaba en su block de hojas. De hacer paisajes y desnudos con modelos baratas, Edward dedicó su tiempo en hacer pies de bailarinas paradas sobre las puntas de sus pies, las manos de Bella extendidas con gracia cuando alimentaba a las aves, su mirada castaña, uno que otro gesto taciturno o misterioso. Edward se estaba obsesionando con Isabella Swan, o quizá incluso algo más.
Isabella se dejó caer sobre su cama el domingo por la noche, suspiró sin saber que más hacer. La música sólo sonaba y sonaba sin llevarla a ninguna parte, su habitación estaba impecable, ya se había duchado y puesto pijama, y su mente estaba en blanco. Simplemente su cerebro no le decía que debía ir a dormir. Miró su mesita de noche y encontró el libro de Edward. Suspiró y leyó el primer capítulo de nuevo, lo leyó una vez más y otra vez. En más de una ocasión estuvo tentada en girar la última página del primer capítulo y seguir leyéndolo para saber qué más pasaba con el caballero. Pero no lo hizo. Isabella leyó hasta que las palabras dejaron de tener sentido, hasta que las letras se hicieron borrosas y por más que leyó el último párrafo no pudo relacionarlo con nada. Con una sonrisa se acurrucó. Era hora de dormir. Y eso sólo significaba una cosa. El final del domingo y el comienzo de un nuevo lunes. Otro día más al lado de su obediente y atrevido chofer.
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NOTAS:
* El caballero de la armadura oxidada: Traducción al español del título del libro The knight in rusty armour, escrito por Robert Fisher en 1997.
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Dedico éste capítulo a la maravillosa mujer que me ha dado la vida.
¿Cómo vamos?
Gracias por todo!
Besos de bombón!
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Por: VickoTeamEC
