LAS ALAS DEL CISNE

.

.

CAPÍTULO 13

AT LAST

.

.

El lunes por la mañana Edward se levantó más temprano de lo habitual, se dio una larga ducha y trató de esmerarse en su aspecto. Algo le dijo que ese sería un buen día, así que desde que despertó decidió aprovecharlo al máximo. Mientras pensaba en qué usar abrió de par en par las cortinas de la terraza, luego abrió la puerta y se paseó por un momento en su pequeño espacio al aire libre. En muchas ocasiones aquella pequeña porción de vegetación y aire fresco lo había ayudado a inspirarse, a despejar sus ideas o a resolver problemas con claridad.

Edward alzó el rostro y miró el delicado azul que cubría el cielo, escuchó el murmullo del típico ajetreo matutino y sin quererlo su mirada cayó sobre la tumbona que se mantenía firme en su lugar como un amargo recordatorio de lo que Edward estaba haciendo ahí. El objeto de madera y tela fue testigo de lo que una vez hizo ahí con Victoria, exponiéndose a los ojos de fisgones y pervertidos. ¿Qué seguí haciendo ahí? ¿Qué embrujo tenía Edward con ese lugar en el que alguna vez creyó que era feliz? Porque, sinceramente, no era feliz. En algún momento de monotonía, rutina y sexo salvaje llegó a pensar que era feliz…, pero luego llegó ella luciendo tan perdida y desprotegida; llegó Bella para despertar en él los más inhóspitos y desconocidos sentimientos y cada uno de sus más aletargados sueños.

Con una última inspiración entró de nuevo a la habitación.

Después de un rápido desayuno se encaminó a paso veloz hacia el estacionamiento, fue directo a su motocicleta con una enorme sonrisa; pronto estaría de nuevo al lado de Bella, después de un largo y productivo fin de semana. Antes de arrancar no pudo evitar mirar el coche estacionado a un lado de su moto, la pintura reluciente parecía tintinear como un recuerdo constante, como el peso del silencio: Victoria. Día tras día descartaba el auto que estaba en el otro cajón del estacionamiento, queriendo olvidar por lo menos un rato que esos dos espacios correspondían al departamento de su novia, al lugar en donde ellos compartían más que el desayuno. Aunque ella estuviera lejos, lo perseguía a todas partes como un fantasma viajando en el tiempo. ¿Sería remordimiento? ¿Culpa? ¿Pena?

Edward sacudió la cabeza y arrancó la motocicleta. Con un suave ronroneo que le sacudió los huesos se adentró a las calles de la ciudad y después de un par de horas de clases se lanzaría directo a la casa Swan para pasar un día más con su cisne.

La mañana del lunes Isabella sonrió al sol como hacía tanto que no lo hacía. Bajó a desayunar y se encontró con su madre y con María; Charlie ya se había ido, Emmett estaba en Santa Mónica y Renee estaba a punto de salir a pasar todo el día en su oficina. Después de despedir a su mamá subió a su habitación con energías renovadas y una actitud menos hostil a la que tenía una semana atrás.

Mientras se duchaba pensaba en todo el tiempo que había perdido sumida en su pesadumbre, en una profunda tristeza y en todos aquellos momentos que dejó pasar por una simple necedad. Sus sueños definitivamente se habían roto, sus metas se habían vuelto borrosas en el horizonte, pero a partir de ese día iba alzar el rostro al futuro y trazar nuevos sueños para que sus metas fueran tan nítidas como habían sido un año atrás.

Bella salió envuelta en una toalla, miró la ropa sobre la cama y tras un largo minuto dio media vuelta y se metió en su clóset. Ese lunes era un nuevo comienzo, una nueva etapa en su vida y tenía que hacerse notorio en todos los aspectos.

Interiores y exteriores.

Edward se fijó la meta de llegar dos horas antes de las cuatro de la tarde, cuando estacionó la moto con un apagado rugido faltaban cinco minutos para las dos.

"¡Maldición! Isabella odia la impuntualidad, se enfadará conmigo. ¡Demonios, se enfadará!", repitió como un mantra hasta que tocó el timbre con impaciencia.

—Buenas tardes, Edward —saludó María con su característica sonrisa.

—Hola. Voy a cambiarme antes de que me pegue de gritos el ogro —dijo Edward inquisidoramente entrando a paso firme y veloz.

Él iba tan concentrado en llegar a tiempo que no se dio cuenta de que Bella estaba sentada en la sala leyendo un libro y escuchando todas y cada una de sus palabras.

María se perdió de vista detrás de la puerta de la cocina y Edward giró al final del pasillo que daba al recibidor para ir al baño a ponerse el uniforme.

—Buenas tardes —saludó la voz de Isabella.

Edward se congeló en su lugar, maldijo en silencio y se giró lentamente.

—Buenas tardes, no esperaba verla aquí. Digo, claro, es su…, casa. Me refiero a…, aquí. —Edward hizo un ademán para señalar la sala—. Justo en la…, sala.

—Sí, justo en la sala —dijo Bella sarcásticamente alzando el libro que tenía en sus manos—. ¿Es que no puedo leer tranquilamente en la sala de mi casa? — farfulló ella poniéndose de pie.

Edward quedó boquiabierto. Los pants anchos, las camisetas de Emmett y el cabello hecho un verdadero nido de pájaros se habían ido. Sin poder evitarlo, él la miró de pies a cabeza y de regreso. Bella usaba unos desgastados converse negros; unos jeans que hacían lucir las curvas de su cadera; una camisa a rayas que de seguro era de su papá, pero doblada de las mangas y anudada a un lado de la cadera, haciendo relucir las formas de su cuerpo; su cabello había sido cepillado y caía sobre sus hombros como una lacia melena no tan desordenada; incluso tenía las uñas pintadas de negro. Definitivamente, nada que ver con la chica a la que Edward había visto el viernes por la tarde, la que parecía vestir un saco de papas cinco tallas más grande.

Bella sintió la mirada atenta de Edward, ladeó un poco el rostro y entrecerró los ojos. Si él quería dedicar unos minutos a mirarla…, ella haría lo mismo con él.

Comenzó mirando el desorden de cabello que coronaba su cabeza, cada mechón parecía tener vida propia, como una invitación a los más oscuros y sensuales pecados; ahí estaba de nuevo, una chaqueta negra de cuero que cubría una camiseta blanca y sin estampados; luego unos jeans negros que colgaban con pecaminosa gracia de sus esbeltas caderas. Cuando Bella estaba por ver los zapatos un carraspeo la hizo alzar el rostro.

Edward la había descubierto mirándolo con descaro y eso le gustó, se sintió de cierta forma alagado.

—Llegas dos horas antes —dijo Isabella después del duelo y deleite de miradas.

—Pensé que…,dijo…, —El rostro y tono de pánico de Edward hizo reír a Bella.

Fue extraño.

Ella sintió un burbujeo de humor subiendo desde su estómago, hasta estallar en su garganta en suaves y delicadas carcajadas. Edward la miró y bajó la mirada, sucumbiendo a las irresistibles risas de su cisne. Nunca pensó que Isabella pudiera parecerle más linda, pero faltaba escucharla reír para que él la considerara aún más perfecta y, además, casi babeara el piso. Primero por su aspecto y luego por las primeras risas que le regalaba a él.

—Sí lo dije. —Logró decir Bella después de un par de minutos—. Pero nunca pensé que me tomaras la palabra.

—Necesito las horas extra —dijo Edward con sinceridad. Más que nada, para pasar más tiempo a su lado.

—Mi mamá no está, pero no creo que se niegue. —Edward asintió a las palabras de Bella y le sonrió—. ¿Nos vamos?

—Iré a… —Edward puso en alto el gancho con el traje—, ponerme el uniforme.

—Déjalo —dijo Bella dando un nuevo vistazo al aspecto de Edward—. Si estás cómodo así no hay ningún problema. Es más, si quieres, puedes prescindir del uniforme.

—Gracias, señorita —contestó Edward con agradecimiento. Era realmente tedioso tener listo un traje todos los días.

—¿Nos vamos? —dijo Bella girándose para buscar su bastón y el libro de Edward.

Él estuvo realmente tentado a acercarse para pasar un brazo por de debajo del de ella, pero no quería arruinar su buen humor con un fallido intento de ayuda.

La rutina comenzó como cualquier otro día: caminaron en silencio hacia el coche, Edward abrió la puerta trasera, esperó paciente a que ella entrara, luego se subió en su sitio tras el volante y arrancó en reversa por la vereda.

Después de dos cuadras Bella habló.

—Detén el coche —dijo ella. Edward obedeció y orilló el auto a la derecha—. ¿A dónde vamos a ir? —Edward no esperaba la pregunta así que su mente se quedó en blanco por un minuto—. Quiero decir…, no creo que sea buena idea que pasemos la mitad del día sentados en el parque. Además, es aburrido.

—Sí —dijo Edward tratando de pensar a dónde ir.

—¿Qué sugieres? —preguntó Bella inclinándose hacia enfrente entre los dos asientos delanteros.

Ella pudo observar muy de cerca el entrecejo arrugado de Edward, su mirada de total concentración y cómo su mueca se fue transformando en un rostro de victoria. Él recordó la serie de eventos que iba a desarrollar el departamento de artes de UCLA en la feria, Edward había leído los programas y se había lamentado por no poder ir a alguno de los eventos. Ahora no sólo podía ir; sino que podía tener la compañía de, nada más y nada menos, que su cisne.

Cuando él se giró se sorprendió de verla tan cerca y se echó levemente hacia atrás antes de hablar.

—Hay una feria en la ciudad que tiene la entrada libre hoy y mañana, habrá presentaciones culturales, algunos espectáculos con invitados especiales y creo que hay un par de promociones en los pases para los juegos mecánicos. —Bella sonrió levemente, aunque la alegría que irradiaba su mirada era aún mayor.

—¿También hay juegos con pistolas de salva, mazos golpeando cabezas de topos y algodón de azúcar? —preguntó Bella en son de broma.

—Supongo que habrá todo eso también —respondió Edward.

Entonces, lo que menos esperaban pasó. Sus miradas se conectaron tan hipnóticamente que Bella llegó a pensar que si alzaba una mano podría tocar un delgado hilo que los unía. Edward sintió unas repentinas ansias por mantener su boca hidratada, por lo que comenzó a tragar compulsivamente; negándose rotundamente a apartar la mirada. Bella repentinamente se acomodó en su lugar, Edward se giró hacia enfrente dispuesto a encender de nuevo el coche, pero la puerta de atrás se abrió y le tomó un par de segundos darse cuenta de que Bella se había bajado. Él salió del coche de un salto, cerró la puerta que Bella había dejado abierta y fue con torpeza tras ella. Bella caminó ágilmente rodeando la parte trasera del coche, siguió hasta la puerta del copiloto, la abrió en un preciso movimiento, se acomodó en el asiento, puso el bastón en la parte de atrás y se giró a ver a Edward.

—¿Qué? ¿También me vas a poner el cinturón de seguridad? —preguntó ella sarcástica pero con una sonrisa bailando entre sus labios. Edward negó mientras sonreía.

—No.

—El ogro quiere ir enfrente —dijo Bella indulgente.

Edward palideció al darse cuenta de que Bella lo había escuchado, quiso creer que no lo había hecho, pero sus palabras sólo lo confirmaban.

—¿Vas a quedarte parado ahí toda la tarde? —rezongó Bella.

—No, señorita Swan —balbuceó Edward rápidamente.

—Entonces cierra la puerta, arranca el coche y llévanos a la feria. —Bella volteó el rostro en un gesto malcriado, luego la puerta se cerró y se permitió sonreír abiertamente antes de que Edward entrara de nuevo al coche.

Bella se había propuesto cambiar, empezar esa semana siendo la chica alegre, carismática y amable que todos recordaban. Ella pasó el fin de semana repasando los últimos meses y trabajando en nuevas actitudes. Al final se dio cuenta que sólo podía hacer una cosa: dejarse llevar.

El camino era silencioso, sólo sentados uno al lado del otro, él atento a conducir y ella mirando por la ventana. Aunque no lo aparentara, Bella sentía que dentro de ella una pequeña versión de sí misma brincaba de alegría y chillaba exultante de felicidad; hacía mucho que no se sentía tan emocionada. Edward, por otro lado, no sabía qué esperar de esa tarde, sólo sabía que por nada del mundo cambiaría la compañía de Bella ni el tiempo a su lado.

Sorpresivamente, mientras estaban en un semáforo en rojo, Bella encendió la radio y sintonizó una estación de música moderna. Edward la miró perplejo y con una ceja en alto.

—¿Qué? —dijo Bella con altanería, respondiendo severamente a la mirada de Edward.

—Nada —contestó Edward tratando de sonar desinteresado.

—El camino se estaba haciendo aburrido —murmuró Bella y guardó silencio el resto del camino.

Tomaron una carretera alterna, hasta que llegaron a un lugar cercano a Hollywood Hills, los árboles y la maleza se esparcían alrededor de un gran terreno que daba forma a una típica feria con poco auge y popularidad. Bella nunca había estado ahí a pesar del par de años que tenía funcionando el lugar. Lo primero que se logaba ver era un arco de cemento pintado con llamativos colores y un par de banderas azules en el tope que hondeaban levemente con el viento. El estacionamiento era un enorme rectángulo pavimentado, rodeado con un cerco de maya y alambre de púas en el tope y con señalizaciones pintadas sobre el asfalto con pintura blanca.

Edward estacionó en el primer lugar después de la puerta principal, luego ayudó a Bella a bajar del coche y caminaron lentamente hacia la entrada. En la taquilla, Edward compró un par de pases para todos los juegos, le dieron dos carnets y dos pulseras de papel. En cuanto cruzaron la puerta se dieron cuenta de que había mucho qué hacer, muchos lugares a dónde ir y muchas cosas qué ver.

—Esto está casi vacío —comentó Bella viendo la moderada actividad a su alrededor.

—Es lunes, el lugar no es muy concurrido que digamos y es la hora a la que hace más calor. Así que, supongo, que es normal que no haya tanta gente —explicó Edward mirando en todas direcciones mientras trataba de decidir a dónde ir. Bella le dio una mirada envenenada.

—No me trates como idiota. Era sólo un comentario —farfulló Bella—. ¿Venimos a quedarnos parados? —dijo Bella después de un par de minutos y Edward luchó por no sonreír como tonto. El tono de Bella no distaba mucho del de una niña caprichosa que quería conseguir todo lo que quería.

Edward miró su reloj y recordó uno de los tantos eventos.

—Justo está por comenzar un espectáculo de patinaje sobre hielo. Podemos ir ahí si quiere —propuso él.

—Deja de tratarme de usted. Y sí, vamos a ver ese show.

Edward sonrió y, siguiendo las señalizaciones del espectáculo, fueron hacia el lugar. El show se desarrollaba debajo de una gran carpa rodeada con un cerco alto de madera tapizado con pósters con fotografías de los patinadores haciendo piruetas, la pista estaba rodeada por tres lados con gradas de metal y entre la pista y el público había vallas de barrotes blancos. Edward y Bella se instalaron al centro de la primera fila de la grada que estaba frente a la pista.

Durante una hora ellos vieron a diez patinadores y patinadoras bailar una canción tras otra. Bella miró con entusiasmo cómo se deslizaban con gracia sobre el hielo, cada giro, cada salto y pirueta; y con nostalgia recordó los días de gloria y baile. Cuando su nombre era sinónimo de un futuro prometedor como una gran bailarina, cuando podía imaginarse en Broadway…, cuando era el más hermoso cisne. Bella tragó con esfuerzo el pesado nudo de su garganta y respiró profundamente con los ojos cerrados para descartar las lágrimas.

Edward trató de ignorar la tensión de Bella, se maldijo por haber tenido la genial idea de ver precisamente ese espectáculo y deseó tener alguna forma para consolarla. Se deslizó desinteresadamente hacia un lado hasta que su costado estuvo completamente pegado al de Bella. Al no saber con precisión los límites de ella, pensó que era la única forma de consuelo que podía darle.

Cuando el espectáculo terminó ellos rompieron en aplausos junto con los pocos espectadores que los acompañaron, Edward aulló emocionado y Bella apenas sonrió. Caminaron fuera de la carpa y se quedaron en silencio por minutos.

Caminaban entre puestos de juegos cuando un payaso atiborrado con globos en distintas formas pasó a su lado, Edward se acercó a él y regresó al lado de Bella con una mano sobre la espalda. En silencio, ella hizo un gesto que le dijo a él "¿Qué traes ahí?", entonces Edward sonrió exageradamente y puso ante los ojos de Bella una flor de globoflexia¹ que tenía dos tonos de rosa en los pétalos y un largo tallo verde. Isabella la aceptó en silencio, a pesar de que sus labios era una línea recta, Edward pudo apreciar una sonrisa en los ojos de su cisne.

Edward tuvo una nueva idea, esperando que fuera mejor que la anterior, se plantón frente a Bella y abrió las piernas como una A hasta que pudo quedar a la misma altura de ella.

—¡Ven, voy a ganar algo para ti! —dijo Edward con entusiasmo, luego la jaló delicadamente del brazo y caminaron hasta que se pusieron frente a un puesto de "ponchar globos con dardos"—. ¿Cuál quieres? —preguntó él con una gran y hermosa sonrisa.

Bella se mordió el labio mientras pasaba la mirada entre las filas de muñecos de peluche. Ella apuntó hacia un rincón, donde estaca colgado un elefante con las patas de arriba y el lomo rosa, las patas inferiores naranjas, las orejas de colores, la cabeza café claro y la panza café.

—¿Cuántos para ese? —preguntó Edward al encargado.

—Seis de seis —contestó el encargado.

—Voy a jugar. —Edward pagó la cuota y el encargado le dio los dardos.

—Mucha suerte, amigo —dijo el hombre.

—Gracias —contestó Edward—. Deséame suerte —murmuró él a Bella, ella lo miró con un brillo divertido en los ojos e hizo una mueca en un intento por contener una sonrisa.

—Suerte, Edward —susurró ella. A pesar de que él le daba la espalda, sonrió a sus palabras a la par que sentía un cosquilleo de satisfacción recorriéndolo por completo.

Edward entornó los ojos con su mejor cara de concentración, luego alzó la mano y la deslizó de adelante hacia atrás midiendo la velocidad de su tiro. El dardo salió disparado en una perfecta línea recta y dio justo en el centro de un globo azul que se reventó con un estruendoso pum. Bella dio un sorpresivo grito de alegría y aplaudió encantada. Edward se giró lentamente con la boca abierta, ella se dio cuenta de su inesperada explosión de alegría y se sonrojó furiosamente.

—¿Qué? ¿Te vas a quedar ahí, viéndome, todo el día? ¿O vas a ganar ese elefante para mí? —dijo Bella en un tono de voz suave y un brillo de diversión en su mirada. Edward le sonrió en respuesta y continuó con su trabajo de reventar globos.

Poco después Edward llevaba cinco globos y jugueteaba con el sexto dardo entre sus dedos. Con una mirada calculadora se giró hacia Bella y puso el dardo a la altura de su rostro.

—¿Crees que éste sea el bueno? —preguntó Edward con diversión.

—Lánzalo y veremos —contestó Bella.

—Ven —dijo Edward extendiendo una mano hacia ella, Bella frunció el ceño y se cruzó de brazos—. ¡Ven! No te voy a morder. —Edward se estiró para alcanzar el brazo de ella y la ayudó a situarse a un lado de él—. Dale un beso —dijo acercándole el dardo.

—¿Qué?

—Que le des un beso. —Edward la miró a la cara y se encontró con una divertida mueca incrédula—. Es para la buena suerte —aseguró él.

No muy segura de lo que iba a hacer, Bella se acercó al dardo y apenas rozó un beso en él. Edward sonrió con deleite al ver los labios de Bella levemente fruncidos para darle suerte a su último tiro. Definitivamente tendría mucho qué escribir esa noche.

Edward tomó impulso, lanzó el dardo y…, el globo se ponchó.

Bella dio un chillido emocionada y sin saber cómo ni por qué se lanzó a los brazos de Edward mientras daba brinquitos de alegría. Esa era ella, la verdadera Bella Swan; una chica que disfrutaba de mínimos detalles, que reía y dedicaba una mirada alegre a donde fuera que volteara. Edward la recibió en sus brazos, al principio un poco dubitativo, pero luego la estrechó enérgicamente y la alzó levemente del suelo.

—Felicidades, aquí tiene el regalo para su novia —los interrumpió el encargado tendiendo el peluche a Edward.

Se quedaron congelados por un segundo, luego Edward se separó, tomó el peluche y se lo pasó a Bella para que lo estrechara entre sus brazos.

—Gracias —dijo Edward y se marcharon en silencio del pequeño local.

Ese día Bella habló como nunca, aunque sólo fuera para apuntar hacia un lugar y decir "Vamos allá" o "¡Qué bonito!". Ella estaba maravillada, hacía mucho que no se sentía tan feliz y ya había olvidado que podía sonreír tanto.

Pasearon por varios puestos, se subieron a un par de juegos y probaron suerte en un par de puestos de juegos de azar. Edward estaba tan embobado disfrutando a la nueva Bella que no se había dado cuenta que ella hacía malabares para mantener entre sus brazos al gran elefante, la flor y, además, apoyarse adecuadamente en el bastón. Edward se quedó un poco atrás, mirándola, observando a la mujer fuerte y decidida que en ningún momento le pidió ayuda; cerró los ojos un segundo reprendiéndose por ser tan estúpido, luego fue de nuevo al lado de Bella.

—Permíteme —dijo él tomando el peluche para ponerlo debajo de su brazo.

—Gracias —murmuró ella sin atreverse a verlo a la cara.

—¡Oh, ven! ¡Quiero una de esas! —dijo Edward con entusiasmo al ver un puesto de banderillas.

Involuntariamente tomó la mano de Bella y la ayudó para que se apurara a llegar al puesto. Bella sintió una sacudida en su interior, ¡Edward había tomado su mano! ¿Cuán extraordinario y significativo podía ser un simple gesto? Renee tenía razón, Edward le gustaba, y mucho. Sentirlo así, tan simple pero a la vez tan maravilloso, provocó que su interior se sacudiera con una electrizante emoción que apenas podía contener. ¿Cómo era posible que se sintiera así? Nunca había estado en una situación similar. Edward sentía una emoción casi infantil por estar a punto de comer una de sus comidas chatarra favorita y no se había dado cuenta de la cálida mano que sostenía con la suya.

—¿Quieres una? —preguntó él emocionado.

Bella negó y sólo lo miró fijamente, Edward creyó que estaba a punto de reprenderlo por algo, entonces fue consciente de lo que estaba pasando. Él bajó lentamente la mirada hasta las manos unidas, sintió una mezcla de pánico y confort; luego alzó rápidamente la vista hacia el rostro de Bella dispuesto a poner su mejor cara de disculpa. Se llevó una gran sorpresa al encontrar una tímida sonrisa y su corazón latió enloquecido cuando Bella, en lugar de apartar la mano, entrelazó los dedos con él.

—¿Cuántas van a ser? —preguntó la chica que atendía el puesto, rompiendo la invisible burbuja que los encerró dentro del mismo sentimiento por un instante.

—Una, por favor —contestó Edward sin despegar los ojos de Bella.

Poco después los dos estaban sentados en una banca mientras Edward prácticamente devoraba su amada banderilla.

—¿Estás segura que no quieres una? ¡Están muy ricas! —dijo Edward antes de darle otra mordida.

—No, gracias. Estoy bien —contestó Bella mientras se entretenía acariciando las orejas de su elefante.

Después de un rato Edward se puso de pie para tirar la basura en un contenedor con cabeza de hipopótamo.

—Creo que es hora de irnos —comentó Bella.

—Está bien, vamos —dijo Edward ayudándola a ponerse de pie y tomando de nuevo su mano.

Caminaron en silencio por un momento, luego Bella pidió un algodón de azúcar que Edward estuvo encantado de comprarle. Habían pasado una tarde maravillosa, jugando y disfrutando como niños, subiéndose al carrusel, a la rueda de la fortuna y a la montaña rusa. También sabían que algo había empezado, algo incluso más fuerte que ellos y ambos deseaban que ese sentimiento creciera y se mantuviera por mucho tiempo.

Bella le pidió a Edward que la llevara al parque, no podía dejar a sus palomas sin comer. Ese día les habló con ternura, dijo su frase, leyó un capítulo más y poco después se marchó…, con Edward de su mano.

Llegaron a la casa Swan en medio de un cómodo y reconfortante silencio, Edward abrió la puerta para Bella y cargó el peluche, la flor y el algodón de azúcar mientras ella abría la puerta de la casa. Caminaron hasta las escaleras, en el primer escalón Bella dio media vuelta para recibir sus cosas y le dio una linda sonrisa a Edward.

—Gracias por éste día —dijo Bella sinceramente y Edward le sonrió en respuesta.

—No hay de qué. Hasta mañana, Bella —dijo él tomando la mano de Bella para darle un delicado beso, luego puso las cosas en las manos de ella.

—Hasta mañana, Edward —dijo ella y subió a su habitación.

Esa tarde, Edward llegó a su departamento con energías renovadas y mil ideas zumbando en su cabeza. Así que después de hacer las tareas de la universidad, se dedicó a escribir un par de horas.

Al otro día Edward Bella lo recibió con una hermosa y cálida sonrisa, caminaron hacia el auto y antes de que él fuera hacia la puerta trasera, ella carraspeó.

—Enfrente, por favor —pidió Bella con amabilidad.

Edward sonrió, asintió y abrió la puerta del copiloto para ella.

—¿A dónde vamos? —preguntó él pensando en las horas extra que estarían juntos.

—No sé, tal vez… a tu casa —bromeó ella.

Edward se tensó, ¿su casa? No. Él no podía llevarla al departamento de Victoria, necesitaba un lugar que fuera sólo para ella, algo más especial. Entonces, su mente se iluminó.

—No podemos —dijo Edward maquinando un plan en su cabeza.

—¿Por qué no? —cuestionó Bella mirándolo con el ceño fruncido, no le gustó el tono con el que él le había dicho que no podían ir. ¿Escondería algo?

—Estoy en plena mudanza. —Se apresuró a decir él—. Me estoy cambiando a un departamento cerca de aquí —explicó Edward recordando la propiedad que había quedado a su nombre como parte de la herencia de su abuelo.

—Entonces, te ayudo con eso —dijo Bella convencida de sus palabras.

Edward asintió y la llevó directo al olvidado departamento. Llegaron a un gran edificio de ladrillo en un vecindario de departamentos al este de Beerly Hills. La recepción tenía un tramo de escaleras y un candelabro de cristal sobre ellas, un mostrador se asomaba detrás de un par de ventanillas en las que Edward pidió su juego de llaves y luego subieron hasta el tercer piso en el pequeño elevador. Al salir del elevador, caminaron por el pasillo y justo al lado de las escaleras Edward se detuvo en el departamento 216.

Entraron para encontrarse con bolsas de basura olvidadas, polvo por todas partes y desorden en las pocas superficies que había.

Lo primero que hicieron fue salir de compras, encargaron un par de muebles de madera barata, llevaron desinfectantes, limpiadores y aromatizantes, y también un par de electrodomésticos en liquidación, entre ellos una aspiradora de modelo obsoleto.

A partir de ese día su rutina cambió. Cuando Edward llegaba a las dos Bella ya estaba (no volvió a usar la ropa de su hermano), iban al departamento, limpiaban a fondo una habitación, la amueblaban escuetamente, por las tardes iban al parque para que Bella leyera y alimentara a las aves y se despedían al pie de las escaleras de la casa Swan. Después de eso Edward iba al departamento de Victoria, empacaba un poco de sus pertenencias para llevárselas al otro día, hacía sus deberes, acomodaba el poco desorden, cenaba y escribía sobre su cisne.

Cada día Edward y Bella estaban más envueltos en algo que ni siquiera ellos sabían de que se trataba. ¿Una relación? Tal vez, aunque no era para nada convencional. Pero, ¿qué relación lo es? Entre más tiempo pasaban juntos, Bella se sentía más normal, más ligera. Edward adoraba escucharla reír y no perdía oportunidad en provocar sus dulces carcajadas. Cada día estaban más cerca.

El viernes el departamento por fin logró tener un aspecto aceptable. Edward y Bella lograron despejar del polvo todos los muebles, aspiraron todas las alfombras, fundas, cortinas y tapices, y limpiaron y aromatizaron cada rincón.

Para cuando se dejaron caer exhaustos sobre el sofá ya pasaban de las siete de la tarde. Estuvieron en silencio por largos minutos, luego Edward dio un largo suspiro y habló.

—Quedó muy bien —dijo él mirando todo.

—Más que muy bien, ¡quedó espectacular! —dijo Bella viéndolo de frente.

Edward giró el rostro y sus miradas se conectaron como si todo el tiempo debieran hacerlo. Algo en el ambiente cambió inmediatamente, saltaron chispas de cariño, atracción, intimidad y entendimiento como si se tratara de la erupción de un volcán. Sintieron la piel sensible a los sentimientos, el estómago revuelto por un inesperado nerviosismo y la cabeza desconectada del mundo entero. Era como si alrededor de ellos hubiera caído una delicada capa transparente, como una burbuja; encerrándolos en su momento, en sus miradas y sus sensaciones. Edward sonrió, Bella no dudó ni un segundo en corresponderle, luego él pegó un brinco para ponerse de pie y le tendió una mano a ella.

Quedaron uno frente al otro, mirándose atentamente y con una gran sonrisa.

—Concédeme ésta pieza —murmuró Edward.

La sonrisa de Bella se borró un momento y con eso llegaron de golpe todas sus inseguridades.

—¿Baile? No. ¿Aquí? Pe…, pero..., ni siquiera hay música —balbuceó Bella.

—Shhh. —Edward puso un dedo sobre los labios de Bella—. ¿Confías en mí?—preguntó él con ojos entrecerrados. Bella no resistió una tímida sonrisa y asintió—. No va a pasar nada, saldrás viva después de un baile conmigo.

Edward sacó su teléfono celular y puso a reproducir la primera canción que encontró en su lista. La música de los 60's salió por las bocinas del pequeño aparato; por unos segundos sólo se miraron, luego Edward dio un paso hacia adelante, puso una mano sobre la cintura de Bella y tomó una mano de ella con la otra, Bella recargó la mejilla sobre el pecho de él y comenzaron a mecerse en un delicado vaivén. La voz de Etta James² llegó a sus oídos y bailaron lentamente al centro de la sala.

Una y otra vez, sólo meciéndose, tan suave que Bella sintió que estaba sobre una espumosa nube. En un mundo tan cambiante, tan apresurado y alocado; lo que menos piensa una chica es que tendrá la oportunidad de bailar a la antigua con uno de sus pretendientes. Pero Bella lo hizo, tuvo el privilegio y placer de bailar una vieja canción como era debido.

Edward comenzó a cantar una que otra palabra, entonces ella se separó un poco para poder verlo a la cara.

Se miraron directamente a los ojos, Edward suspiró, bajó ambas manos a la cintura de Bella y ella llevó las suyas al cuello de él. Isabella nunca había tenido un momento tan íntimo con alguien, nunca había sentido todo su ser concentrado en otra persona, entregándose silenciosamente en una forma más allá del deseo carnal, dejando que su estómago se llenara con la sensación de mil mariposas aleteando en su interior. Edward, por su parte, nunca pensó en que sus sentimientos irían tan lejos, mucho menos que llegaría a conocer una nueva faceta de deseo: deseo de proteger a la mujer que tenía entre sus brazos, deseo de entregarse por completo a ella, deseo de reclamarla como suya en todas las formas humanamente posibles.

¿Cómo era posible?

El tiempo parecía ser muy corto como para que estuvieran desfalleciendo de amor el uno por el otro. Pero en ese momento, con una canción perfecta sonando de fondo, con sus corazones latiendo en sintonía y sus miradas enganchadas; se dieron cuenta de que todo aquello que se provocaban no era más que un profundo y sorpresivo amor.

Bella juró ver un brillo diferente en los ojos de Edward y sintió como si su corazón se hinchara de felicidad. Ella lo supo, era correspondida. Él miró un par de segundos los labios de Bella y ella fue totalmente consciente de lo que pasaría después. Edward comenzó a inclinarse lentamente hacia ella, ambos sintieron cómo el corazón les latía como si estuvieran en una carrera para ver cuál lograba estar más errático; Edward alzó una mano para rozar la mejilla de Bella, dejó que las yemas de sus dedos se deleitaran con la suave textura de la piel de ella y continuó avanzando lentamente el camino que lo llevaría a un mar de nuevas sensaciones.

Bella sintió el suave roce aterciopelado de los labios de Edward, quería dejarse llevar por completo y sentirse totalmente entregada a ese beso, pero sintió un gran temor. Miedo a no ser perfecta para él, de olvidar lo que debía hacer o cómo reaccionar. Edward movió sus labios tímidamente sobre los de Bella, sólo rozándolos, sintiendo como si fueran una pluma; luego hizo un poco más de presión e invitó en silencio a Bella para que se deleitara con el mar de sensaciones que los sacudían. Porque era imposible que semejante carga eléctrica no pasara también a través de ella.

Edward sintió una suave presión en su pecho, Bella había puesto una mano tensa sobre él y él lo entendió como una señal para detenerse. Isabella se asustó por el torrente de sentimientos y no tuvo el valor de dejarse llevar. Lo deseaba más que nada, pero había algo en su interior que le pidió parar, como un grito que la hizo detenerse en el último momento. Aunque en el fondo sabía que lo quería, que se maldeciría por haber arruinado el momento y que…, pronto, el sencillo acto se consumaría.

Edward se limitó a juntar su frente con la de Bella y suspiraron al unísono. La canción terminó, ellos se quedaron en la misma posición y se conformaron con un emotivo y fuerte abrazo.

Se marcharon y fueron directamente a la casa Swan. Mientras Edward conducía, estiró una mano para entrelazarla con la de Bella, ella la aceptó y le dio un leve apretón.

Edward despidió a Bella en la entrada de la casa, Renee la había llamado a su celular unos minutos atrás y le dijo que casi estaban listos para la cena familiar. Antes de irse, ella se inclinó hacia Edward para dejar un beso en la comisura de sus labios; él se sorprendió y se quedó por un par de minutos paralizado, viendo la puerta cerrada de la casa.

Una sonrisa de satisfacción se plasmó en su rostro, se sentía como un adolecente enamorado por primera vez y pensamientos bobos y cursis cruzaban por su mente. Con una gran sonrisa subió al elevador del edificio en el que estaba el departamento de Victoria, caminó por el pasillo mientras silbaba alegremente.

Todo rastro de alegría se esfumó de repente.

Sentado en la banca que estaba al lado de su puerta estaba una de sus más grandes pesadillas.

Carlisle lo estaba esperando con impaciencia.

.

.

NOTAS:

* Globoflexia: Manipulación de globos para transformarlos en distintas figuras o personajes.

* La canción que bailan en la sala es At Last en la versión de Etta James. Ésta es una canción del año 1941, que en 1961 fue interpretada y hecha famosa por Etta James.

.

.

Hola! ¿Qué les ha parecido ésta pequeña cursilería?

Bienvenida a la nuevas lectoras, gracias a las más recientes y mil gracias a las que siempre me siguen

Besos de bombón!

Facebook: Vicko TeamEc

.

.

Por: VickoTeamEC