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CAPÍTULO 14

SOMEWHERE I BELONG

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Edward se sintió repentinamente enfermo, Carlisle esperándolo ahí no significaba nada bueno. ¿Qué tendría que decir? ¿Por qué se había tomado la molestia de esperarlo? ¿A caso le habría pasado algo a Esme o a su hermano? Cualquiera que fuera el motivo, Edward sintió una persistente náusea y un dolor de cabeza que amenazaba con convertirse en una detestable migraña.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Edward receloso.

Carlisle se puso de pie lentamente, alisó la tela de sus pantalones y ajustó el saco de su traje. Alzó el rostro lentamente, hasta toparse con la mirada furibunda de su hijo. Carlisle alzó la comisura de sus labios en una despectiva y petulante media sonrisa.

—Yo no te enseñé esos modales, muchacho. Abre la puerta para que hablemos en privado —demandó Carlisle.

Edward suspiró audiblemente en un gesto de molestia y aburrimiento, abrió el departamento, encendió la luz y lo invitó a pasar haciendo un ademán sarcástico con una de sus manos. Una vez dentro de la sala, cuando estuvieron uno frente al otro, se instaló un incómodo y tenso silencio.

—¿Se trata de mamá? —Se aventuró a preguntar Edward sin poder ocultar la preocupación en su voz y su mirada.

—Esme está perfectamente —afirmó Carlisle sin rastro de emoción en su voz. Edward, al escucharlo, frunció el ceño y lo examinó un segundo, desconfiando de la repentina visita de su padre.

—Entonces, ¿qué necesitas? —inquirió a la defensiva.

—¿Yo…? Yo no necesito nada de ti —respondió Carlisle soltando una desagradable y ácida risita.

Edward no contestó a la respuesta altanera de su padre, si lo hacía, lo más seguro era que terminaran involucrados en una detestable pelea. Así que simplemente lo observó levantando una de sus cejas, apremiándolo a que hablara. Hacía mucho que Edward había aprendido que discutir con él no tenía sentido, y ahora más que nunca, sentía que no tenía el tiempo y, menos, las ganas.

—Sin rodeos… ¿Se puede saber qué mierda es más importante que tu novia? —soltó Carlisle sin anestesia, revelando finalmente el motivo de su inesperada presencia.

—¿Qué? —preguntó Edward dando un paso hacia atrás, con una mirada incrédula.

Edward podría haber esperado cualquier reproché de su parte, recriminarle cada cosa parecía que era la misión de su vida, sobre todo con lo que respectaba a la elección de sus estudios, pero eso…, eso… Ni siquiera tenía las palabras para calificarlo.

—Esta semana he estado en contacto con Victoria por asuntos de trabajo y me dijo que ni siquiera te has dignado en hacerle una llamada. —Edward lo miró con una mueca suspicaz, no creía que Victoria fuera capaz de hacer un escándalo por una estupidez como esa—. No me mires así, Edward. La muy insensata te protegió hasta el último minuto, excusándote con idioteces como: "Está muy ocupado con la universidad", "tiene mucho que estudiar para los exámenes". En fin, poniendo las manos al fuego por ti como si lo merecieras.

Edward guardó silencio mientras sentía una oleada de furia arrasando en su interior, apretó los puños y bufó un par de veces.

—¿Eso es todo lo que tienes qué decir? —espetó Edward entre dientes.

—¿Qué carajos es lo que te pasa por la cabeza? —gritó Carlisle en un momento explosivo que sólo hizo que Edward se crispara como un felino listo para atacar.

—¿Y quién eres tú para intervenir en esto? Los problemas que pueda haber entre Victoria y yo son nuestro asunto. Tú no tienes absolutamente nada que ver entre nosotros. Así que, por favor, deja de interceder por ella cuando no lo necesita.

—¡Cuida tu comportamiento, Edward! —Advirtió Carlisle y dio un paso hacia enfrente con furia.

—¿Y si no…, qué? —lo retó Edward cuadrando los hombros, poniéndose en guardia.

—No seas imbécil —espetó Carlisle—. Nosotros somos lo más cercano que Vicky tiene a una familia. Ni siquiera se te ocurra hacerla a un lado por un estúpido capricho.

¿Estúpido capricho? ¿Ahora era, Vicky? Carlisle estaba sobrepasando todos los límites con lo que respectaba a su devoción por la novia de su hijo.

Por un instante el rostro sonriente de Bella cruzó por la mente de Edward; ella podría ser hermosa y magnífica…, pero nunca un estúpido capricho.

—Victoria tiene padres que se preocupen por ella. No tienes nada que hacer interpretando un papel que no te corresponde —intentó dejarle en claro Edward. Sin embargo, como era de esperar, su padre no lo escuchó.

—¡Por Dios! Marcia vive en su propio mundo de glamur y viajes. Y Henry tiene la agenda tan apretada que apenas y tiene tiempo de hacerle una llamada. Te lo repito: somos lo más cercano a una familia para Victoria.

"Y para ti ella es lo más cercano que tienes al dinero de Henry", pensó Edward con amargura.

—No lo estropees, Edward. Ella te ha aguantado muchos desplantes, se ha portado bien con todos nosotros y no te ha dado un motivo para que la eches sin más. Al contrario, siempre ha defendido tus estúpidas ideas y te ha apoyado hasta en la más grande de tus idioteces. Te lo advierto: no la vayas a lastimar.

—¿Eso es todo? —espetó Edward con furia, sus puños temblaron férreamente cerrados a los costados de su cuerpo, colmados de frustración, sintiéndose incapaz de escuchar un segundo más semejante perorata antes de explotar.

—Sí. Es todo. —Sin molestarse en despedirse, Carlisle caminó hacia la puerta. Tomó la perilla en su mano y se giró de nuevo hacia Edward—. Una última cosa. Sólo hazte una pregunta y reflexiona la respuesta: ¿Qué es lo que estás haciendo, Edward?

La puerta se azotó y el eco se prolongó por unos segundos. Edward suspiró entrecortadamente, tuvo unas ansias locas de golpear algo, pero se limitó a abrir y cerrar los puños. Desde tres años atrás la relación con su padre iba de mal en peor, todas sus decisiones eran equivocadas ante los ojos de Carlisle y, según él, Edward no hacía nada bien. Victoria y su madre siempre intervenían, de no ser por ellas hacía mucho tiempo hubiera sucedido una catástrofe que sólo destrozaría los nervios de Esme y distanciaría a Victoria de sus suegros.

Edward decidió tomar un par de tragos de licor. Mientras estaba despatarrado sobre el sofá se hizo la misma pregunta una y otra vez: ¿Qué demonios es lo que estás haciendo, Edward? En ningún momento dio por terminada su relación con Victoria, así que técnicamente seguía siendo su novio, como siempre. Su concentración y tiempo estaba dedicado a la escuela, sus deberes, escribir, dibujar y su cisne. Bella. Era seguro que había algo más entre ellos dos, pero no habían dicho una sola palabra al respecto, sólo hacían lo que debían hacer y punto.

En resumen: Edward seguía con su vida universitaria con normalidad, andaba con Victoria y al mismo tiempo tenía algo más allá que una amistad con Isabella. Entonces, ¿le estaba siendo infiel a su novia? ¿O sólo estaba dejándose llevar para conseguir conocer más a fondo a Isabella y así tener más de dónde escribir? ¿A quién amaba en realidad? ¿Se estaba traicionando él mismo antes que a nadie?

Era verdad que en un principio se acercó a Isabella por mero egoísmo y satisfacción personal. Pero ahora todo era diferente, ella había logrado despertar en él sentimientos que pensó que no tenía y deseos que ninguna otra mujer lo había hecho sentir. Su cisne era especial. ¿En verdad aquello era amor? Tantas veces que había escrito sobre el tema, tantas ocasiones en las que lo había estudiado y no podía ni siquiera identificarlo. Era curioso que en una cabeza llena de ideas e historias fantásticas, la realidad se debatiera entre lo que era y no es, entre lo correcto y lo inmoral.

Los tragos se multiplicaron en muy poco tiempo y Edward estuvo ebrio antes de que pudiera tomar una decisión sensata.

El resto del fin de semana lo pasó empacando la mayoría de sus cosas, bebiendo y de mal humor. Como un huraño o como un hombre que estaba desesperado por no saber qué hacer.

El fin de semana de Isabella fue largo y aburrido. Su padre y su hermano estaban de viaje otra vez y Renee anduvo en silencio por la casa, seguramente, atendiendo asuntos de su trabajo. Bella consideró la posibilidad de consultar la lista de contactos de su teléfono celular y marcar el número que Edward había guardado con su nombre un par de días atrás, en más de tres ocasiones duró más de cinco minutos viendo fijamente su celular, para después descartar la idea y seguir haciendo cualquier cosa que la entretuviera.

El lunes temprano Renée y Bella seguían solas en casa, desayunando en silencio. Cuando Bella llevaba la mitad de su plato se dio cuenta que Renée la miraba atentamente; se sintió incómoda con la insistente mirada de su madre y bajó la mirada a la mesa.

—¿Qué pasa, mamá? —preguntó Bella con una tímida sonrisa.

—Nada.

Bella frunció el ceño y siguió comiendo. No pasó mucho tiempo antes de que escuchara los sollozos de Renée, Bella se puso de pie y se hincó a su lado lo más rápido que pudo.

—No, mami. ¿Qué pasa? —dijo Bella con dulzura mientras cepillaba el cabello de Renée con los dedos. Los sollozos se hicieron más fuertes y Renée se abalanzó sobre Bella para darle un efusivo abrazo—. ¿Qué pasa? ¿Qué tienes? —preguntó Bella asustada.

—Esto, princesa —dijo Renée rozando el rostro de Bella con la yema de sus dedos—. Tú. Echaba tanto de menos a mi pequeña sonriente, esa hermosa mirada iluminada y curiosa. Te extrañaba —explicó entre sollozos.

—Oh, mami. —Bella recostó la cabeza sobre el regazo de su madre, como si fuera una niña pequeña, y dejó que le acariciara el cabello.

—Así debes ser siempre, cariño. Una mujer fuerte, decidida, que lucha por lo que quiere, sonriente, amable y dulce. Esa eres tú, mi cielo. Hasta tu ropa es diferente, ya me he dado cuenta que no asaltas el armario de tu hermano y usas más tus propias prendas. —Bella soltó una risita y Renée se agachó para dejar un beso en su cabeza.

—Pero no puedo ser la misma de antes. —Renée cesó sus caricias, dejó que Bella se incorporara, luego arrastró una silla para que su hija se sentara a un lado de ella.

—¿Quieres hablar sobre algo, princesa? —Bella pensó qué contestar a Renée y guardó silencio por un par de minutos.

—Ya no puedo ser la misma de antes porque…, nunca volveré a ser "Bella la bailarina" —susurró. Renée suspiró y tomó la mano de su hija—. Ya no sé qué hacer, mis sueños se desvanecieron y ahora no sé qué voy a hacer con mi vida. A veces me siento perdida.

—Has hablado de esto con Cristina, ¿verdad? —Bella asintió—. ¿Qué te ha dicho ella? —Renée sabía la respuesta, siempre había estado al pendiente de las terapias de su hija, pero sabía que era bueno para Bella que expresara abiertamente sus sentimientos.

—Que tengo que ser paciente y prestar atención a lo que hago. Que debe haber algo que sepa hacer y que me apasione. Me ha propuesto hacer algunos test vocacionales.

—¿Qué le has dicho?

—Que no —murmuró Bella y su labio inferior comenzó a temblar—. Aún siento un amor desmedido por el ballet. Todavía no puedo dejarlo ir —susurró rompiendo en llanto.

Renée se sintió conmovida, hacía mucho que su pequeña no hablaba tan abiertamente con ella. Se quedaron abrazadas por algunos minutos, Bella llorando en silencio y Renée consolando a su princesa.

Hay cosas por las que pasamos que duelen en el alma, que nunca se olvidan…, pero se aprende a vivir con ellas. Para Bella era la pérdida de sus convicciones, de sus sueños y la visualización de sus metas. Ella sabía que aún quedaba mucho camino por recorrer, aunque aún faltaba descubrir qué iba a pasar y a qué iba a dedicar su vida.

Renée se fue a trabajar y Bella se paseó ansiosa por la sala, deseando que el reloj marcara las dos de la tarde para ver de nuevo a Edward. Su sexy chofer, el chico que en poco más de un mes la había hecho sentir viva de nuevo, el mismo que había despertado hermosos sentimientos en su interior y que la hacía soñar con un mañana. Estaba ansiosa por perderse en la intensa mirada verde que siempre la hacía sentir como una magnífica mujer, hermosa y deseada. El tiempo pasó rápidamente entre ensoñaciones y fantasías, tanto que ella se dio cuenta muy tarde que Edward tenía más de treinta minutos de retraso.

Edward sabía perfectamente que ella odiaba la impuntualidad, no era normal en él, nunca había llegado tarde a propósito. Bella sintió que el corazón se le aceleraba, se puso de pie y cuando dio un paso para ir a preguntarle a María…, el timbre sonó. Contuvo el aliento hasta que escuchó la voz de Edward que le dio un breve saludo a María, suspiró y esperó ansiosa su aparición en la sala.

—Buenas tardes. Disculpe la tardanza, tuve un par de contratiempos en la universidad. Podemos irnos cuando quiera —dijo Edward con voz imparcial.

Bella frunció el ceño y caminó lentamente hacia él, Edward la siguió guardando su distancia y se mantuvo en silencio. ¿Qué demonios había pasado? Ni siquiera la miró directamente los minutos que estuvieron en la casa, su tono de voz fue distante y parecía como si un muro se hubiera alzado en medio de los dos. Edward estaba muy extraño. Bella trató de dejarlo pasar, intentó no tomarle importancia a que no le sonriera mientras abría la puerta del coche para ella, ni a que se mantuviera en silencio las primeras cuadras de su recorrido.

—¿A dónde vamos? —preguntó Edward fríamente, sin despegar los ojos del pavimento.

—¿Al departamento? —respondió Bella viéndolo fijamente. Edward asintió una vez y se puso en marcha.

Definitivamente, él estaba muy, pero muy raro. Algo muy grande debió pasarle como para que llegara con esa actitud. El silencio la estaba agobiando, así que se inclinó hacia enfrente y encendió la radio.

—¿Quieres escuchar algo en especial? —preguntó Bella con un tono de voz amigable, que hasta a ella misma sorprendió.

—No.

Bella asintió con desgana, guardó silencio y dedicó el resto del camino a mirar las manos de Edward sobre el volante.

Algo estaba mal, Edward parecía estar enojado…, peor aún, parecía estar enojado con ella. ¡Por supuesto! ¡Eso era! Edward estaba enojado por lo que pasó el viernes, él pensó que Bella dejaría que la besara y lo más probable es que hubiera herido su orgullo al negarse. Bella suspiró tratando de controlar sus nervios, se recriminó por haber sido tan tonta e inmediatamente supo que no fue buena idea ir al departamento. ¿Qué pudo haber pasado? ¿Qué Edward la besara y la estrechara contra él? ¿Qué incluso le gustaran sus besos y terminara rogando por más?

"Tonta, tonta, tonta Bella", se regañó en silencio.

Llegaron al departamento bajo el mismo silencio y distanciamiento. Sin decir una sola palabra Edward fue directamente a la sala, encendió la televisión, se sentó en el sofá y poco después Bella se sentó al otro extremo.

Ni Bella ni Edward prestó atención al programa de concursos. Él no dejaba de preguntarse qué era lo que estaba haciendo, cómo podía terminar con todo aquel embrollo sin lastimar a nadie y salir bien librado. Mientras, Bella se preguntaba cuánto tiempo sería capaz de aguantar la ley del hielo de Edward, si podrían hablar sobre lo que pasó ese día o después…, lo más fatalista que llegó a pensar fue que Edward renunciaría y tendría que conformarse con otro chofer, dejando en el olvido los bellos momentos que pasó en el parque, en la feria y en ese mismo departamento, que en ese momento parecía encerrarla.

Después de una hora Bella se sintió al borde de algo: gritar, llorar, patalear, insultar…, algo. Pero no sucedió nada. El reloj siguió avanzando inconsciente de los problemas que bullían dentro de las cabezas de una chica y su chofer. Dos horas. La televisión seguía prendida, Edward y Bella estaban sentados a cada extremo del sofá y el silencio parecía que no iba a menguar.

Bella no lo soportó más, la situación se volvió estresante e insostenible para ella. Dio un brinco y se puso a un lado de Edward con determinación.

—¡Ya vámonos! —dijo con la misma voz que ella usaba cuando Edward la vio por primera vez.

Fue en ese momento que Edward sacudió la cabeza, alejó la maraña de pensamientos y se fijó en ella atentamente.

—¿Qué?

—No quiero estar aquí. Llévame a mi casa —demandó Isabella.

¿Dónde estaba el chico sonriente y amable? ¿Dónde estaba el Edward que la hacía hablar y reír a cada rato? ¿Qué le había pasado? Cualquiera que fuera el motivo, lo hacía estar lo suficientemente molesto como para no dirigirle la palabra a Bella.

—Pero si es muy temprano —rebatió Edward.

¿A caso era una broma? Lo más seguro era que Edward estuviera jugando con ella…, y Bella no se lo iba a permitir.

—Ya lo sé. —Edward frunció el ceño ante la acusación de Bella—. Estás molesto por…, por lo que no pasó el viernes —explicó Bella con un notorio nudo en la garganta.

Edward se dejó caer sobre el respaldo del sofá, sus cejas se elevaron y en sus ojos había una mirada de entendimiento. Pobre cisne, él por estar tan enfrascado en sus pensamientos olvidó ser el amable chofer que ella conocía, el Edward que la tenía encantada. Bella creía que él estaba enfadado por frenarlo el viernes, ¿qué clase de tontería era esa? Bella fue lo mejor de toda la semana.

—No. No estoy molesto —dijo él sin atreverse a mirarla.

—¡Por supuesto que lo estás! —acusó Bella.

—Bueno…, sí. Pero no es tu culpa. —Edward alzó el rostro y clavó su mirada torturada sobre los ojos chocolate de Isabella. Ella le creyó—. Por favor, no te vayas. Todavía no. —Edward agachó la mirada—. Necesito estar con alguien —susurró.

El peso de la pena de Edward cayó sobre Isabella, él estaba atormentado por algo y sintió la necesidad de ayudarlo y protegerlo. Bella tragó el nudo de su garganta y suspiró para despejar las lágrimas. Edward alzó el rostro, ella pudo ver lo arrepentido que estaba por haber sido tan frío y luego se estremeció al darse cuenta lo que él debió sentir las primeras semanas que estuvieron en el parque, juntos, en silencio.

—Aquí estoy, Edward —murmuró Bella.

Él deseó que esa frase fuera una promesa eterna, se emocionó, tomó a Bella de la mano y, en un movimiento impulsivo, la dejó caer sentada sobre sus piernas. Ella tenía razón, algo lo atormentaba. Edward la abrazó con fuerza, se sintió perdido en sí mismo y sin proponérselo comenzó a temblar débilmente. Eso destrozó a Bella y lo único que hizo fue estrecharlo con fuerza entre sus brazos.

Repentinamente, Edward había sentido pánico de perder a Bella. Nunca lo había considerado abiertamente; pero en ese instante, sin saber por qué, pensó que era posible y le resultó muy doloroso. Ya no tenía voluntad para estar lejos de ella y caer en cuenta de eso, le abrió el corazón a nuevas posibilidades.

—Perdón, perdón. Fui un idiota, perdón —dijo Edward con un tono de arrepentimiento que la conmovió.

Fue entonces cuando ella tomó una decisión.

Se echó levemente hacia atrás, atrapó el rostro de Edward con ambas manos, lo alzó levemente y terminó aquello que ella misma había impedido el viernes anterior.

Lo besó.

Bella se acercó a Edward con determinación, pegó su boca a la de él y la movió con destreza, sorprendiéndolo en un principio y deleitándolo después. Edward se abrazó a la cintura de ella, mientras sentía unas delicadas caricias por su rostro, su cuello y su cabello. Era perfecto. Era un beso con la dosis correcta de dulzura, añoranza, pasión y locura. Sabía a gloria.

Bella sintió su corazón martilleando sobre su pecho como un colibrí, su estómago era un revuelo de sensaciones y sus manos no podían estar quietas ante semejante momento. Edward estaba casi igual, sintió como si todo dejara de ser tan complicado y sólo importara su precioso cisne con él, besándolo.

El ímpetu del beso los dejó sin aire después de un largo momento, sentían como si fueran un hormiguero viviente y sus respiraciones chocaban contra el rostro del otro. Edward sonrió levemente y juntó su frente con la de Bella, ella no dejó de acariciar el cabello de él.

Se acomodaron en el sofá, acurrucados, Bella con las piernas sobre el regazo de Edward y él con su cara sobre el pecho de ella, como un niño pequeño al que le encantaba que le hicieran mimos en el cabello.

Había un lugar al que Edward y Bella pertenecían y ese lugar, sin duda, era en los brazos del otro.

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Infinitas gracias a la mejor Beta que pude tener. SolCullen, gracias por ayudarme con éste capítulo (espero que puedas ayudarme en el futuro). Te amu.

Hola, qué tal!

¿Cómo vamos?

He recibido un par de MP que me piden que cree un grupo en fb para éste y mis otros Fics, ¿qué opinan al respecto?

¿Qué tal con éste cap?

Nos vemos en el próximo. Besos de bombón

Facebook: Vicko TeamEc

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