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CAPÍTULO 15

FIX YOU

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Después de aquel grandioso primer beso, Bella y Edward se quedaron entrelazados sobre el sofá, como si estuvieran adheridos con un fuerte imán. Él, dejó todos sus problemas y pensamientos en el olvido, se propuso vivir el presente y disfrutar cada momento al lado de Bella. ¿A caso se estaba enamorando?

Isabella, por su parte, dejó en el olvido a la chica amargada y se prometió ser lo más parecida que pudiera a la antigua Bella…, junto a Edward, sentía que lo podía hacer, su corazón le decía a gritos que confiara. Y así lo hizo. Cuando estaba con Edward se sentía capaz de bajar todas sus barreras, se entregaba por completo al cariño que sentía, aunque había un sentimiento más profundo forjándose en su interior y, sinceramente, tenía un gran temor a sentirlo.

Por mucho tiempo Bella se sintió desfallecer, la confianza en sí misma había caído como una torre de cristal rota y con eso también se fue su confianza en los demás. Ya se había puesto un alto, había decidido cambiar, estaba cansada de luchar contra el mundo. Su nueva esperanza era Edward.

"Un futuro juntos", sonaba prometedor. Compartir su tiempo, hablar sobre todo y nada, conocerse de la cabeza a los pies, saber todo el uno del otro… parecía sencillo. Ambos tenían heridas que sanar y cosas que aprender, ¿qué mejor que hacerlo tomados de la mano?

—¿Edward? —susurró Bella después de un largo momento de silencio.

—¿Dime? —Él besó la frente de Bella, deleitándose en seguida con el aroma de su cabello.

—¿Qué te tenía tan molesto? ¿Quieres hablar de ello? —propuso ella, creyendo que de seguro era algo relacionado con la escuela. ¿Qué estudiaría Edward? ¡Vaya! Aún había mucho que conocer.

—No quiero hablar de eso ahora. Tal vez después —dijo Edward pensando en las palabras de Bella. Nunca había hablado con nadie sobre sus sentimientos, ni siquiera con Victoria.

—Pero, ¿lo harás? —insistió ella, se incorporó un poco y lo vio a la cara.

—Lo prometo. —Edward alzó el rostro y dejó un beso sobre los labios de Bella.

Con aquel gesto se prometió a sí mismo derrumbar los muros que lo tenían encerrado en el silencio y se propuso comenzar a confiar. Quizá, hablar de sus sentimientos con Bella, que no conocía a ninguna de las personas que estaban a su alrededor, lo liberaría de muchas presiones y pensamientos vagos que lo atormentaban. Lo más probable era que con eso se sintiera mejor, pero ese no era el momento.

Disfrutaron del resto de la tarde con calma. Almorzaron mientras se daban de comer el uno al otro, entre risas y charlas banales; vieron televisión, aunque no le prestaron mucha atención; al atardecer pasearon por el parque, se sentaron en la banca de siempre, abrazados, alimentaron a las aves y luego simplemente se quedaron viendo a la gente pasar. El silencio entre ellos era extremadamente cómodo, como un mutuo acuerdo de goce en el que disfrutaban de la simple, pero grandiosa, presencia del otro.

Regresaron a la casa Swan al final del día. Edward, como siempre caballeroso, se apresuró a abrirle la puerta y Bella aceptó gustosa la ayuda por parte de él.

Caminar tomados de la mano se había convertido en un gesto habitual y maravilloso. Edward tenía la sensación de que con sólo estrechar los dedos de Bella todos los problemas a su alrededor desaparecían, quedando sólo ellos dos, envueltos en una creciente burbuja de ensoñaciones.

Siguieron el camino de la entrada hasta la puerta principal. En el trayecto se lanzaron miradas furtivas y cuando llegaron a encontrarse cara a cara, ambos desviaron la mirada con un tímido y tierno sonrojo extendiéndose por sus mejillas. Habían vuelto a ser dos chiquillos de quince años.

Se despidieron con un dulce beso en los labios, no querían separarse, pero había llegado el momento de terminar el día. Sus manos seguían unidas mientras Edward se iba alejando, Bella sonrió y, reuniendo toda la fuerza que poseía, lo haló hacia ella. Bella se tambaleó un poco, pero Edward la sostuvo con firmeza, quedaron completamente unidos y ambos soltaron un jadeo por la impresión.

Bella sintió cómo su torso se presionó contra el esbelto y tonificado pecho de Edward y sonrió encantada. Luego estrelló sus labios con los de Edward para darle un suave beso que terminó con una mordida juguetona en su labio inferior. Se miraron a los ojos por un momento antes de tomar aire para hablar.

—Te extrañaré —murmuraron al unísono. Soltaron un par de risitas, Edward dejó otro beso en los labios de Bella y se fue directo a la cocina. Dejando en el aire la silenciosa promesa de volver al siguiente día a la misma hora.

Bella miró en todas direcciones, descartando miradas indiscretas o celosas y después de comprobar que no había testigos, subió a su habitación con una enorme sonrisa y tarareando la primera canción que le llegó a la mente.

Esa noche, en lugar de ir al departamento de Victoria, Edward regresó al suyo, aquel que horas atrás había sido testigo de la nueva unión con su cisne. En ese lugar se sentía en su hogar, aunque era un lugar sencillo, pero acogedor. Si cerraba los ojos podía sentir a Bella ahí, rondando con su hermosa aura que le transfería tanta tranquilidad, llenando aquellas cuatro paredes de armonía y paz. Casi le parecía escuchar sus angelicales risas mientras le embarraba en la nariz un poco de crema de su postre, o su voz mientras tarareaba una canción que escuchaban mientras comían.

Todo sería tan sencillo con ella, se dijo a sí mismo mientras se sentaba en el sillón de la sala y empezaba suspirar, sintiendo cómo la esencia de Bella comenzaba a inundarlo.

El resto de la semana la pasaron en el departamento de Edward, salieron de compras en más de una ocasión y visitaron un bazar en el que compraron cuadros y decoraciones que quedaron perfectas en la sala y la habitación principal. Por las tardes paseaban por el parque tomados de la mano, alimentaban juntos a las aves y al final del día se despedían cariñosamente a los pies de la escalera de la casa Swan.

Llegó el tormentoso viernes ¿Desde cuándo llegar al fin de semana se había convertido en una tortura? Para Bella los viernes eran grandiosos, pero desde que los fines de semana familiares se habían interrumpido le resultaban tediosos. Además, sábado y domingo eran sinónimos de estar lejos de Edward y también comenzó a detestar eso.

Bella disfrutó al máximo de la compañía de su querido chofer en las cortas horas que estuvo junto a él.

Al final de día, antes de que Edward se bajara del auto, Bella tomó su mano y lo detuvo un momento.

—Espera —murmuró con el rostro enrojecido.

—¿Qué pasa? —Edward se asustó por un momento. ¿Habría algo grave que le querría decir?

—No es nada malo, tranquilo —dijo alzando el rostro hacia él al sentir su tensión. Edward se relajó un poco, pero no bajó del todo la guardia.

—Entonces… ¿Qué pasó, Bella? —ella bajó inmediatamente el rostro, volviendo a sonrojarse mucho más que antes.

—Este… es que, Edward… —el tartamudeo de ella hizo que Edward esbozara una sonrisa llena de ternura. Nunca la había visto titubear de aquella manera—. Me aburro mucho los fines de semana, me siento muy sola encerrada todo el día en casa. —Edward la miró con los ojos abiertos ¿Qué era aquello tan importante que le quería decir? Su corazón dio un vuelco al hacerse ilusión con lo que su mente supuso que escucharía—. ¿Quieres venir los sábados también? —murmuró ella con timidez, sin siquiera verlo.

Edward acababa de presenciar una nueva faceta de Bella y se sintió agradecido y contento. Pensaba en lo bella que le parecía la mujer que tenía frente a él y no se dio cuenta que el silencio comenzó a extenderse entre ellos. Bella pensó que se negaría y comenzó a abrir la puerta del auto para entrar a la casa lo más rápido que pudiera.

Se sintió tan tonta que sólo pudo desear llegar a su habitación para refugiarse después de semejante ridículo y tal vez dejarse envolver en llanto. ¿En qué momento se le había ocurrido proponerle algo así? De seguro tenía mejores cosas qué hacer o asuntos que atender cómo para pasar su fin de semana con ella. ¿Es que no era suficiente con pasar todos los días de entre semana juntos?

Cuando estuvo por jalar la manija del coche la mano de Edward la detuvo y sintió una descarga eléctrica abriéndose paso en su interior, similar a la que experimentó aquella primera vez en el parque de diversiones, pero más intensa.

—No te vayas —dijo Edward en un susurro, deleitando a Bella con su aterciopelada voz. Bella suspiró, se giró y lo miró atentamente—. Sería un placer compartir mi fin de semana contigo —aseguró con una linda sonrisa.

Edward aún no terminaba de creerse lo que su cisne le había dicho. Bella mucho menos podía creer que él hubiera aceptado y sólo pudo sonreír para corresponder a la hermosa sonrisa torcida que él le dio.

—¿Lo dices en serio? —preguntó Bella tímida y recelosa.

—Lo digo en serio.

Besarse se había convertido en una adicción, así que se acercaron con lentitud y unieron sus labios despacio, sin prisas, hasta que los resuellos de las risitas de de Bella vibraron en la boca de Edward.

—¿Qué es gracioso? ¿Hice algo mal? —preguntó Edward contagiado con las risitas y con el ceño fruncido.

—Pensé que me ibas a decir que no —admitió bajando el rostro apenada. Edward tomó su mentón con dos de sus dedos y la miró sonriente.

—Bella, me encanta estar contigo y disfrutar de tu compañía.

—A mí también, mucho, Edward.

En ese momento, el peso de sus palabras les cayó como un balde de agua fría. La realidad de sus sentimientos se hizo más presente que nunca, ya no se sentían con la fuerza para estar separados, sus almas se habían unido desde la primera vez que se vieron y su destino se había marcado.

Se despidieron a los pies de la escalera, igual que siempre, y Edward prometió llegar más temprano, lo cual Bella recibió con una enorme y tonta sonrisa.

La mañana del sábado Renee despertó más temprano de lo habitual, tenía trabajo pendiente y decidió ir a la oficina a pesar de ser fin de semana. Antes de cambiarse para salir se encaminó hacia el cuarto de su hija con la firme convicción de que tendría que disculparse mucho con su princesa por dejarla sola uno de los únicos días que podían estar juntas. Ese día no habría almuerzos en el patio, juegos de mesa, películas, postres para cenar o sesiones de belleza.

Renee entró a la habitación de Bella, tratando de no hacer ruido, pero se llevó una gran sorpresa al encontrarla metida en su armario, con una toalla alrededor de su cuerpo y el cabello goteando.

—¿Qué haces despierta tan temprano? —preguntó Renee.

—Oh, mami. Buenos días —dijo Bella apenas mirando a Renee, sin descuidar su tarea de selección.

—Buenos días, cielo. ¿Entonces?

—Eemm… saldré —declaró Bella sin mirar a su madre.

—¿Tan temprano? ¿Con quién? ¿A dónde?

—Sí. Edward. No sé —Renee abrió la boca y alzó las cejas ante la precipitada confesión de su hija.

—Con que Edward, ¿eh? —Renee se cruzó de brazos y se recargó de lado contra el marco de la puerta.

—Sí —Bella cerró el cajón que la tenía entretenida y se giró hacia su madre tras un suspiro—. Mira, mamá, él…, me gusta. —Una sonrisa se extendió por el rostro de Renee.

—Está bien.

—Le pedí que saliéramos hoy y él me dijo que sí.

—Me parece bien, muy bien.

—No estás… ¿molesta?

—¿Molesta? ¿Contigo? —Bella se encogió de hombros—. No, qué va. ¡Estoy feliz por ti! Mucho. Me alegra que ese muchacho te ayude a recuperarte y a seguir adelante. Se ve que es una buena persona y también que te trae de un ala.

—Mamá… —rezongó Bella con vergüenza.

Renee rió encantada por el sonrojo de Bella y dio un par de pasos para poder darle un fuerte abrazo.

—Ve a mi habitación en veinte minutos —pidió Renee y Bella asintió como niña buena.

Veinte minutos más tarde Bella apareció en la habitación de su madre, luciendo totalmente distinta. Usaba una blusa ligera sin mangas color beige, unos short de mezclilla que hacían lucir sus piernas, unos botines cafés y algunos accesorios que completaban a la perfección el atuendo. Cuando Renee la vio dio un silbido, sonrió y aplaudió dando un par de saltitos mientras Bella se sonrojaba nuevamente.

Renee se esmeró en que Bella luciera linda para su cita, usó la secadora para darle volumen al cabello de Bella y dejarlo como una rebelde melena de cabello ondulado, la maquilló natural y realzó los ojos con sombras cafés y un delineado sencillo. El resultado fue espectacular, Bella era una chica renovada. Y se notaba. Poco después Renee se despidió de su hija, le deseó un lindo día y se fue totalmente contenta y satisfecha. Poco a poco su hija volvía ser la misma, quizá un poco mejor o un poco peor, pero la su Bella al fin y al cabo. Renee sabía que tenía pendiente una larga charla con Edward para agradecerle los grandes cambios que gracias a él estaba teniendo su pequeña; además se sentía en la necesidad de advertirle que hiciera muy feliz a su hija, lo cual no le cabía la menor duda que él iba a hacerlo. Con tan sólo ver a Bella quedaba clara su felicidad y buena disposición.

Bella no tuvo que esperar mucho antes de que sonara el timbre de la casa, con una sonrisa nerviosa y un leve temblor en sus manos abrió la puerta. Edward estaba aún más guapo que el día anterior, le parecía que cada día que pasaba se superaba a sí mismo. Vestía unos sencillos jeans azul oscuro, una camiseta blanca que dejaba un poco al descubierto los bellos de su torso y encima de ésta, una camisa desabotonada color ocre, y, para rematar, unas gafas negras en las que Bella se vio por un momento reflejada. Por unos segundos ella pudo ver cómo contemplaba a Edward totalmente embobada y se sintió desesperada por volver a ver sus hermosos ojos. El embriagante aroma a colonia hizo a Bella suspirar.

Edward esbozó una sonrisa de suficiencia cuando vio cómo ella lo analizaba, él no se quedó atrás y la contempló sin pudor. Nunca la había visto vestir de esa manera, exponiendo su deseable figura y sus largas y esbeltas piernas; lucía condenadamente hermosa. Ella llevaba unos lentes oscuros sobre la cabeza, rodeados de suaves y traviesas ondas de cabello que le rozaban los hombros; tenía un adorable sonrojo en las mejillas, un poco brillo en los labios y sus ojos color chocolate se veían más profundos por el delineado y las pestañas rizadas.

—Estas…, hermosa —susurró Edward ya sobre los labios de Bella. Sin darse cuenta del momento en el que había salvado el espacio que los separaba. La estrechó en un abrazo protector y acarició con suavidad su espalda baja.

—Tú también te vez muy bien —respondió ella. Sonrió con picardía y entrelazó los dedos con los de Edward—. ¿Nos vamos? —preguntó.

—Por supuesto, linda. Pero esta vez no iremos en coche. —Bella se apartó un poco, Edward pensó que lo hizo por la negativa de usar el nissan, pero la verdad era que ella no se quitaba de la cabeza que la había llamado linda.

Bella trató de disimular su emoción y lo miró sorprendida después de que fue capaz de procesar la información completa. ¿Qué demonios pretendía hacer? ¿Acaso se le iba a ocurrir ponerla a caminar? Edward se hizo a un lado para indicarle a Bella el medio de transporte que iban a usar por ese día. La moto de Edward parecía tener brillo propio cuando Bella la descubrió estacionada frente a la casa, de sólo pensarse sobre ella tembló un poco.

—Edward, ¿cómo carajos quieres que me suba en eso?

—No te preocupes. Estoy seguro de que estarás perfectamente. Conmigo no te va a pasar nada. —Bella quería negarse pero Edward la hizo guardar silencio con un rápido beso.

Edward tomó sorpresivamente a Bella entre sus brazos, la llevó en volandas hasta el monstruoso aparato, la acomodó en la parte trasera y le pasó un casco. Bella sintió que se iba de lado y cerró con fuerza los ojos mientras se sostenía para no caerse. Edward rió al verla tan nerviosa.

—No te burles, eres un tonto. ¿Quieres que me muera de un ataque al corazón? No es la primera vez que me das un susto de muerte. —Edward rió mucho más fuerte y Bella no pudo evitar soltar pequeñas risitas nerviosas al escucharlo tan feliz.

—Bella, nunca dejaría que te pasara algo malo. Mucho menos un ataque al corazón intencionado.

Si sigue diciendo esas cosas, seguro lo hará. Se dijo a sí misma.

Edward hizo más pequeño el bastón de Bella, lo puso bajo el asiento y luego Edward se colocó a un lado para subir al aparato. Él se montó en un movimiento decidido y elegante y luego se puso guantes y casco; sin poder evitarlo, Bella lo contempló embobada. Él tenía unos movimientos tan gráciles que era difícil quitarle los ojos de encima.

—¿Lista? —preguntó Edward, su voz se escuchó apagada pero clara.

Ella envolvió con fuerza los brazos en la cintura de Edward, pegó la cabeza a su espalda y asintió débilmente. Edward sonrió y empezó la marcha en su veloz aparato, sintiéndose libre conforme aumentaba la velocidad, sintiendo la presión del viento al romperse a su paso…, sintiéndose vivo.

Al cabo de unos minutos, que para Bella fueron eternos, llegaron a un IHOP que se encontraba ubicado a unas cuantas calles del departamento de Edward. En el transcurso del viaje ella apretó cada vez más su agarre alrededor de Edward y mantuvo los ojos cerrados. Para cuando él apagó el motor las extremidades de Bella estaban tensas.

—Bella, linda. Llegamos —susurró Edward después de quitarse el casco y sintiendo que Bella forzaba más su agarre.

—¿Estamos vivos? —preguntó temerosa.

Edward rió quedito ante las palabras de Bella, deshizo con dificultad el abrazo de ella, se bajó para tomarla por la cintura y ponerla en el piso sobre sus pies. En cuanto ella se sintió en tierra firme se pegó al pecho de Edward y las piernas le hormiguearon. Edward le quitó el casco con delicadeza y la encontró con los ojos cerrados.

—Bella, estamos vivos…, a menos que seas un ángel. —Bella abrió inmediatamente los ojos para encararlo y se encontró con su espectacular sonrisa ladina. No pudo evitar devolvérsela junto con un empujón en el hombro.

Bella pidió hot cakes y Edward un omelette. Mientras esperaban se sumergieron en una charla trivial sobre música, hasta que Edward vio que la mesera estaba en camino con sus pedidos y se disculpó con Bella. El par de minutos que Edward la dejó sola se quedó mirando por la ventana, sumida en sus pensamientos.

—Listo —dijo Edward después de un rato. Se sentó frente a Bella, ésta le sonrió y asintió.

La mesera llegó con sus órdenes, en el momento que el plato de hot cakes estuvo sobre la mesa Bella pudo ver lo que había hecho y no pudo evitar esbozar una sonrisilla tonta. Él había hecho que adornaran su desayuno como una comida infantil con una carita feliz. La boca era de crema con dulcecitos que hacían de dientes, los ojos también eran de crema pero encima tenían dos ricas galletas oreo y la nariz era una gran fresa en mermelada.

Después de ver su desayuno feliz por un buen rato, Bella alzó la vista para encontrarse con los profundos y brillantes ojos de Edward.

—Quiero que siempre sonrías —declaró él. Bella suspiró antes de murmurar un "gracias" y dedicarle una leve sonrisa.

Pasaron el desayuno tranquilos, charlaron amenamente entre cada bocado hasta que quedaron satisfechos y decidieron marcharse del lugar.

El siguiente destino que Edward había preparado fue el cine, a donde esta vez fueron sin cascos y Bella se permitió abrir los ojos y entregarse a la exquisita cesación de sentir al viento surcar su rostro y desordenar su cabello. No era tan aterrador como lo había imaginado, al contrario, le resultó una experiencia realmente embriagante.

El cine estaba casi vacío, por ser tan temprano; compraron palomitas y coca cola. Tuvieron la suerte de disfrutar de una sala privada, viendo "Los amantes del círculo polar" tomados de la mano y dándose de vez en cuando besos furtivos y compartiendo palomitas. Bella derramó algunas lágrimas al ver el trágico final del filme y Edward limpió con delicadeza cada gota que caía por sus mejillas.

El medio día había pasado y ya se encontraban en la sala del departamento de Edward, relajándose un rato mientras escuchaban un poco de música.

Edward se sentó al lado de Bella y la miró por un rato, apreció su rostro sereno mientras descansaba la cabeza sobre el respaldo del sofá, con los ojos cerrados y uno que otro murmullo que escapó de sus labios mientras tarareaba las canciones que le gustaban.

—¿Bella? —llamó él suavemente. Decidió hablar con ella, no quería postergarlo más.

—¿Sí?

—Tenemos una plática pendiente, ¿recuerdas? —Ella abrió los ojos y se incorporó para poder verlo de frente.

—Sí.

—Bien. —Edward suspiró—. ¿Sabes?, mi padre era mi héroe. Cuando tenía como seis años ansiaba ser como él, moría por ser adulto y hacer todas las cosas que él hacía. Lo veía en su oficina, imponente, tan elegante, bondadoso y cientos de cualidades más que con los años fui viendo que era una máscara. —Bella por un momento se mostró confusa ante la confesión de él.

Esperaba cualquier cosa menos eso, supo que era algo más importante que la universidad. Se acercó más a Edward y tomó sus manos entre las suyas. Edward sacudió un poco la cabeza, tratando de despejar sus ideas. Vio que Bella lo miraba atento, y le sonrió.

Edward suspiró de nuevo y continuó desahogándose.

—Creo que las mayores desilusiones que me he llevado en la vida han sido por parte de mi padre y, aunque no quiera, eso duele. Duele saber que la persona en la que te veías reflejado desde pequeño no es más que un… un patético intento de persona. —Edward habló con tanto odio que Bella sintió un escalofrío que la hizo temblar—. A través de los años me he dado cuenta que para él no soy más que un valor más en su lista de intereses, un títere al cual quiere manejar a su antojo sin importarle lo que sienta. Para él sólo importan: él y su mundo, nada más. Por un tiempo llegué a creer que se comportaba así por la carga de trabajo que tenía…, pero no, su egocentrismo y su petulancia lo rebasan. Lo más triste de todo fue cuando me di cuenta que nunca me amó. —Era la primera vez que Edward se abría así con una persona, sentía que se estaba liberando pero al mismo tiempo que estaba removiendo una gran herida.

Unas silenciosas lágrimas resbalaron de los hermosos ojos verdes de Edward y Bella se sintió desfallecer. Era tan doloroso verlo así, tan impotente, dolido y vulnerable. Quería abrazarlo y protegerlo, quería darle todo, pero bajó la cabeza cuando se dio cuenta que no tenía nada. Se limitó a limpiar con sus pulgares las mejillas de él, sin decir palabra, esperando que él desahogara todo lo que llevaba dentro.

—Un día me dijo que si no… que si no hacia lo que él quería me dejaba sin herencia ¿Crees que eso me importa? Cuando decidí estudiar artes puso el grito en el cielo, me dijo que mi vida iba a ser una miseria, me preguntó de qué iba a vivir. Mamá intentó apoyarme, pero sus intentos fueron nulos, siempre eclipsándola con su poder de macho alfa. El único que me apoyaba era mi abuelo, siempre estuvo en contra de la filosofía de mi padre y de la sed de dinero que parecía carcomerlo por completo. Mi abuelo murió, me heredó el 80% de su fortuna, repartió el 17% entre mi hermano y mi mamá y el resto se lo dejó a mi papá. Eso fue la gota que derramó el vaso. El día que se leyó el testamento juró que me arrepentiría de algo que ni siquiera hice. —Edward se detuvo un momento.

En esa parte de la historia aparecía Victoria, su bote salvavidas, pero no podía contárselo a Bella. Victoria era un tema vetado para su cisne.

—Aunque nuestra relación se quebró mucho antes de eso. Hasta hace poco no quería creerlo, pero el otro día vi la realidad de absolutamente todo. Mi padre es un ser despreciable y, aunque no quisiera sentirlo, lo odio. Bella, odio a mi padre aunque sé que no debo. —Ese fue el detonante para que Edward derramara por completo su llanto.

Se soltó del agarre de Bella y escondió la cara entre sus manos. Ella se sentía realmente impotente, nunca pensó que Edward tuviera el peso de algo tan grave sobre sus hombros. Ella no sabía cómo identificarse con él porque ella amaba a Charlie, no sabía qué hacer o decir. Después de agónicos minutos Bella lo abrazó con fuerza, lo envolvió con sus brazos y atrajo su cabeza hasta su pecho; dejó que sus manos acariciaran el sedoso cabello de él mientras dejaba salir su dolor.

—Llora todo lo que quieras, Edward. Te hará bien. —Esas palabras fueron un bálsamo para Edward, no supo por qué, pero escuchar de los labios de ella precisamente esas palabras lo reconfortó en gran medida.

Edward nunca imaginó que decir un par de palabras pudiera provocarle un dolor tan grande y una liberación tan profunda. Se sintió un niño de nuevo, pero no se sintió solo, su cisne estaba a su lado.

Bella no sabía qué hacer para reconfortarlo, lo único que se le ocurrió fue alzar el rostro de él, acunándolo entre sus manos, y unir sus bocas en un beso desesperado, deseando hacerlo sentir mejor.

—Estaré contigo, no te dejaré solo. —Juró ella solemnemente antes de volver a besarlo.

Las manos de Edward tomaron la cintura de Bella y la atrajeron hacia su cuerpo, sintiéndose completo cuando sus torsos estuvieron unidos. Ahora no cabía la menor duda, ella era su casa, su hogar, su presente y su futuro.

—Gracias, gracias, mi cisne —murmuró él casi sin aliento.

Cuando todo estuvo más tranquilo y Edward había desahogado lo que tanto tiempo llevaba guardando miró a Bella, quien con una sonrisa sincera le indicó que todo estaba bien.

—¿Y tú? ¿Me vas a contar porqué eras tan amargada? —Trató de bromear Edward, pero Bella se tensó y trató de alejarse de él—. Perdóname, no quise molestarte. No tienes por qué contarme. —Ella volvió a sus brazos, aunque su tensión no había desaparecido del todo.

Bella suspiró profundamente y se aferró más al cuerpo de Edward.

—Me da miedo, siento que si revivo eso… —murmuró con voz temblorosa.

—Estaré contigo, no voy a dejarte sola —dijo él, repitiendo lo que ella le había dicho.

Bella tomó aire, como para armarse de valor. Sentía que debía confiar, quería confiar.

Le contó cómo comenzó todo, cómo soñaba desde niña con ser la mejor, sus metas en Broadway, cómo quería volar con sus pies tan alto que pudiera tomar las estrellas con sus manos y luego recibir reconocimiento por eso. Luego detalló el accidente, el dolor, cómo en un abrir y cerrar de ojos todo se derrumbó como un castillo de naipes y se encontró sumergida en medio de cristales de sueños rotos.

—Edward, me arrancaron las alas. Por eso siempre me despido así de las aves en el parque. Yo ya no lo puedo hacer, no puedo volar. Mi vida entera estaba enfocada en el ballet, el baile era mi pasión. Amaba sentir cómo la música me envolvía y me hacía sentir libre. —Edward la entendía perfectamente, él se sentía exactamente igual—. No tienes idea de lo que era cerrar los ojos mientras tu espíritu brincaba glorioso por todo el escenario, haciéndote vivir una experiencia extrasensorial y al final recibir todos esos aplausos…, ahora eso solo lo puedo vivir cuando duermo o cuando sueño despierta. —A esas alturas Bella estaba envuelta en llanto y Edward no pudo evitar conmoverse. La abrazó con fuerza mientras los dos se desahogaban en silencio.

Edward tuvo una alocada idea. Se puso de pie, ayudó a Bella a hacer lo mismo, luego sacó su teléfono celular y puso a reproducir Fix you de Coldplay. Cuando la canción comenzó a sonar él se meció lentamente, al principio ella se mostró un poco reacia pero luego dejó que Edward la envolviera en su dulce locura. Mientras él cantaba con vehemencia ella no dejaba de llorar y de acariciarle el rostro fervientemente. Eran palabras tan perfectas y llenas de tantas promesas, tan sublimes y mágicas a la vez. Aquella canción era una promesa al futuro, una garantía de un final feliz.

Después de esa comenzó a sonar After Forever de Lonely. Ellos siguieron bailando lentamente, Edward apretando a Bella contra su pecho y ella envolviéndole el cuello con sus brazos. Ambos embriagados por el mismo sentimiento, dejándose llevar por el momento.

—Bella, no estás sola. Puede ser que ahora te sientas rota, pero yo voy a estar junto a ti para que unamos los pedazos rotos. —A Bella le dio un brinco el corazón, quería seguir llorando, pero ahora de la más pura dicha, no podía creer lo que él le había dicho, se quedó sin palabras. Sólo asintió con una sonrisa, prometiéndose a sí misma intentarlo sin temor.

—Tú tampoco estás solo, Edward. Aquí estoy —murmuró ella sobre el pecho de Edward, luego dejó un beso donde sentía los rítmicos latidos de su corazón.

Ambos suspiraron acompasadamente mientras no podían despegar la mirada del otro y poco a poco fueron salvando el espacio que los separaba, para fundirse en un beso lleno de promesas y esperanza.

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Antes que nada…

Gracias Ani por hacer tu papel de musa y por la canción. T.A.

Gracias Mercedes por aceptar ser mi Co-escritora, sin ti esto no estaría aquí.

Ahora gracias a quienes se tomaron el tiempo en contribuir el esfuerzo del capítulo anterior con un comentario y a quienes dedicaron su tiempo en leerme.

¿Qué les ha parecido el capi?

Ahora tengo tres cosas qué decirles:

Recuerden que mi cuenta de Facebook es: Vicko TeamEc [quien quiera agregarme es bienvenido]

Hice un grupo en Facebook para mis Fics que se llama: Vicko TeamEC en Fanfiction. [La portada es un banner de Voice. Todos son bienvenidos]

No voy a actualizar pronto. Tengo unas cosas pendientes, así que el cisne nadará solito en su lago por un rato [Gracias anticipadas por la comprensión]

Nos vemos en la próxima

Besos de bombón.

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