LAS ALAS DEL CISNE
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CAPÍTULO 16
EVERYTHING I DO
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Edward y Bella vivían sus días con calma, una hora a la vez. Para ellos no había nadie más antes o después, sólo los dos, disfrutando de cada momento como si fueran un par de adolescentes descubriendo las novedades del amor.
Las charlas sobre su vida eran tan habituales como los paseos al parque, las compras en el supermercado o las tardes de películas en la sala del departamento de Edward.
¿Cuán magnífico puede ser un sentimiento que puede llegar a provocar sensaciones nunca antes sentidas? ¿Qué tan puro puede ser el amor, que los ojos se abren a una vida más reluciente y llena de color? El verano se aproximaba a ellos con cambios de clima notorios y un despliegue de vegetación digno de admirarse.
Era común encontrar a Edward y Bella en el departamento de él viendo películas, cocinando algo, consintiéndose con postres o caminando de la mano por el parque de siempre, sentados bajo la sombra del mismo árbol y alimentando a las aves desde la misma banca.
¡Qué fácil era ser feliz!
Una simple sonrisa, un murmullo de afecto o una mirada bastaban para que el corazón de Bella latiera como cien caballos a todo galope. Mientras, Edward no cabía de felicidad, nunca se había sentido tan renovado, tan jovial… ¿tan enamorado?
La felicidad es un sentimiento que se forja día a día y se demuestra en pequeños detalles que alegran al corazón. No hacían faltas grandes regalos para que ellos atesoraran cada momento.
Edward cumplía tres meses bajo el servicio de Bella y casi dos de ellos regodeándose por poder tenerla entre sus brazos, deleitarse con sus besos y estremecerse con sus caricias. En más de una ocasión habían tenido la oportunidad de de dar un paso más en su relación, pero simplemente no daban pie a continuar y dejaban que el asunto se fuera en el aire. Aunque Edward no podía negar que deseaba el cuerpo de Bella…, y ella no se quedaba atrás.
Su relación no era un secreto, pero tampoco un hecho "oficial" o algo que gritaran a los cuatro vientos. Era como un acuerdo silencioso entre los dos, no habían tocado el tema y no se sentían incómodos con la situación.
Era miércoles y, casi milagrosamente, los Swan se reunieron en su casa para cenar en familia. Ese día Renée no había ido a la oficina, Charlie llegó temprano y Emmett no se quedó en la casa de Santa Mónica. Bella se sorprendió al llegar de su tarde con Edward y encontrar a su hermano en la sala.
Las risas con las que había entrado, según ella sin testigos que interrogaran su felicidad, se esfumaron repentinamente al encontrarse con la mirada curiosa de Emmett.
Edward y Bella se paralizaron por unos segundos, ¿Emmett también habría visto el beso furtivo que Edward le había dado justo después de ayudarla a salir del coche?
Emmett los miró con ojos entrecerrados mientras Edward no sabía qué hacer o decir, y Bella no encontraba cómo calmar su acelerado corazón.
—Hasta mañana, Edward —dijo Bella finalmente, dándole a él una señal de salida y a la vez dejando en claro que ella se ocuparía de Emmett.
—Con permiso —murmuró Edward y, no muy convencido, se encaminó hacia la cocina. Emmett siguió con la mirada los pasos de Edward hasta que no pudo verlo más.
—Hola —murmuró Bella dando un paso hacia su hermano.
—Hola, baby —contestó Emmett abriendo los brazos para ella. Ya que Bella estuvo entre sus brazos dejó un beso sobre su cabeza y la estrechó cariñosamente.
—¿Qué tal estuvo tu día? —preguntó Bella.
—Creo que…, no tan divertido como el tuyo —Isabella se tensó ante el comentario y se separó de él.
—¿Qué quieres decir?
—No sé, dímelo tú. Últimamente te he visto muy… sonriente.
—¿Eso es malo, baby? —preguntó Bella.
—No, pero… ¿De qué se reían tú y el chofer cuando entraron? —Bella suspiró internamente, Emmett no había visto nada.
—Trastabillé justo en las escaleras y Edward me ayudó. Me reí, es todo —balbuceó Bella apenas ocultando su nerviosismo.
—¿Mi baby ahora es torpe?
—Eso parece y es mucho más probable con un pie cómo el mío.
—Oh, nena, lo siento. —Emmett se acercó de nuevo a ella y pasó un brazo por los hombros de Bella—. No quise hacerte sentir mal.
—No te preocupes. Lo sé.
—No tienes nada qué ver con el chofer, ¿verdad? —Bella dio un paso hacia atrás y le dedicó una mirada incrédula a su hermano.
—¿Qué?
—Bella, es sólo que…
—¡Emmett! ¿Cómo te atreves a hablarme en ese tono? —dijo ella reprochando la actitud despectiva, aunque Emmett pensó que la reacción de su hermana había sido esa porque él tenía razón. ¿Cómo podía ella fijarse en un simple chofer?
—Lo siento. Mejor voy a… ayudar a mamá —dijo él, desapareciendo de la sala rápidamente.
Emmett dejó a Bella sola, sorprendida y confundida.
Más tarde, durante la cena, Charlie y Emmett se encargaron de guiar la conversación familiar sobre trabajo, actividades escolares y sus viajes de fin de semana. De un momento a otro se hizo el silencio y sólo se escuchaban los cubiertos al chocar con la loza.
—Bella, entonces… ¿no tienes nada que ver con Edward? —soltó Emmett provocando que Bella se ahogara con una inesperada tos.
—¿Qué? —preguntó Bella aún sofocada por la tos. Renée miró a sus hijos en silencio por unos segundos y luego bajó la mirada a su plato.
El sonido de los cubiertos de Charlie cuando los golpeó contra la mesa hizo que Bella saltara en su sitio.
—¿Edward? ¿El chofer? —preguntó Charlie receloso.
—Sí, papá, el chofer —respondió Emmett.
—¿Qué tendría de malo? —espetó Bella.
—Hija, él es un chofer. —Bella hizo una mueca sarcástica y Charlie hizo un ademán, indicando que trataría de explicarse mejor—. Si intenta algo más contigo sería un oportunista detrás de tu dinero. No estoy despreciando su trabajo, hasta ahora se ha portado bien, pero… si tuviera la posibilidad de hacer otra cosa y que no fuera por necesidad, él no trabajaría para ti. Hija, nadie es chofer por gusto.
—Bueno, Charlie, tal vez la princesa sólo lo ve como un buen amigo. Todos los días pasa con él las tardes, le hace compañía cuando nosotros no podemos estar con ella por el trabajo o la escuela —intervino Renée y vio a Emmett mientras dijo la última parte.
—¿Y qué quieren que haga? ¡Él sólo es un ser humano! ¿Pretenden que lo ignore y no le hable? No puedo evitar hablar con él, sonreírle, bromear o entrarnos riendo cómo hoy —dijo Bella explotando repentinamente, fulminando a su hermano con la mirada al final.
—Eso me parece bien. Pero, en serio, princesa… nada más. Ese chico no me gusta, tiene algo que me hace desconfiar de él. No me gusta para ti y punto —explicó Charlie conciliador y Bella suspiró.
—A mí tampoco me gusta —comentó Emmett antes de echarse un bocado de su cena.
Zanjaron el tema igual de repentino como habían comenzado con él. Bella gimió dolorosamente en su cabeza, era obvio que había algo entre ella y Edward, y que su familia no lo aprobara sólo hacía todo más complicado para ella y sus inseguridades. Sabía que algún día se tenían que enterar, pero estaba segura que ese día no llegaría pronto.
Charlie y Renée comenzaron a platicar sobre cualquier cosa y Bella aprovechó la situación para fulminar a su hermano con la mirada, en buena hora se le ocurrió comenzar con el tema de Edward. Emmett sintió los ojos de su hermana sobre él, sostuvo su mirada por unos segundos, se señaló los ojos con dos dedos y luego la señaló a ella, dándole a entender que la estaría vigilando; Bella le sacó la lengua y bufó realmente enojada.
A la hora del postre las tensiones se habían disipado y llevaron la conversación hacia otro rumbo: un viaje familiar el fin de semana. Mientras Emmett y Charlie se entretendrían con sus juntas de trabajo, Renée podía visualizarse comprando como loca por las calles de Nueva York. Bella se negó a ir a pesar de los ruegos, alegó querer estar sola y disfrutar de un fin de semana tranquilo en la casa de Santa Mónica. Después de un rato Charlie, Renée y Emmett desistieron de persuadirla, dándole un punto a su favor cuando ella les reclamó que siempre uno de ellos estaba sobre sus pasos desde el día del accidente.
Después de eso los días pasaron sin gran novedad y el viernes, un día antes del viaje, Emmett entró a la habitación de Bella después de llamar a la puerta.
—Hola, baby —saludó Bella doblando ropa dentro de un bolso.
—¿Te preparas para mañana? —Dijo Emmett. Ella asintió—. ¿Estás segura que no quieres ir con nosotros? Baby, ¡es Nueva York! Mamá tiene montones de planes para ir a las tiendas y…
—Emmett, ¿crees que aguanto caminar mucho sin cansarme o que me duela el pie? —preguntó ella viéndolo fijamente.
—Bueno, yo… lo… lo siento. No quise…
—No te preocupes, baby. Simplemente no quiero, no me apetece ir. Además, sé que mamá me traerá cosas muy lindas. En serio, quiero ir a la playa —dijo haciendo un puchero al que Emmett no se pudo resistir y le sonrió.
—Está bien, sólo cuídate mucho, ¿está bien?
—Sip.
—Cambiando de tema. Justo hoy Rose me habló por teléfono —Bella hizo a un lado su bolso para que Emmett pudiera sentarse a su lado y le puso atención.
—¿En serio? ¿Qué te dijo? ¿Cómo está? ¿Cómo le va? —preguntó ella emocionada.
—Sólo habló para saludar y decir que está muy bien. Tiene mucho que estudiar, quedó de mandarme un mail con los adelantos de un proyecto que está haciendo para que le ayude. Sonaba muy ocupada.
—Sé que lo está haciendo fenomenal y me da gusto que saque provecho de la otra escuela.
—Sí, estoy orgulloso de ella —dijo Emmett cuadrando los hombros, como si él fuera el gran maestro de Rosalie. Bella rió y le dio un empujón en el hombro.
Emmett y Bella se vieron por un momento, luego se les ocurrió la misma idea y sonrieron, anticipando sus palabras. Eran tan unidos que con sólo mirarse sabían lo que se les iba a ocurrir y esa noche, como lo hacían desde niños, dormirían frente al televisor de Bella viendo películas.
—¿Diez minutos? —dijo Emmett.
—Mejor veinte. Así me das tiempo de terminar de guardar mis cosas, ponerme pijama y tú aprovechas para ir abajo por palomitas —propuso Bella.
—¿Qué veremos?
—¿Algo de terror? —dijo Bella y Emmett arrugó la nariz.
—Estaba pensando en algo como… ¿Rápido y furioso?
—¡Oh, genial! Ve que aquí te espero, nos vemos en veinte —dijo Bella apuntando su muñeca como si tuviera un reloj, Emmett salió de la habitación y ella terminó de hacer lo que había dicho justo antes de que su hermano tocara la puerta.
Al día siguiente Renée entró temprano a la habitación de Bella para despertarla y se llevó una gran sorpresa al encontrarse con sus hijos dormidos, repantigados en el sofá frente a la televisión de Bella, exactamente igual que cuando eran pequeños. Renée aprovechó y los despertó a los dos para que se prepararan para sus salidas.
Poco después los cuatro desayunaban más temprano de lo habitual, entre expectativas y emoción por las compras por parte de Renée, planes por parte de Charlie y Emmett y una gran felicidad por parte de Bella. Era como si ella tuviera la certeza de que sería un fin de semana inolvidable.
—¿Estás segura que no quieres ir? No me importa pagar un boleto de último minuto —dijo Charlie viendo con súplica a Bella.
—Sí, papi. Quiero ir a la playa —contestó Bella, conciliadora.
—Bueno, apúrense que vamos a llegar tarde al aeropuerto —dijo Renée poniéndose de pie.
—¿Segura que no quieres que te dejemos allá antes de irnos al aeropuerto? —preguntó Charlie por enésima vez en la mañana.
—Sí, segura —dijo Bella después de darle un sorbo a su jugo de naranja—. Además, se les hará tarde. Ya te dije que llamaré a un taxi.
—Pero que sea de un lugar confiable, baby —dijo Emmett después de terminar con su desayuno.
—Por supuesto. ¡Por Dios! ¡No tengo cinco años, me sé cuidar sola! —espetó Bella con una sonrisa que dejaba en claro lo ridículos que se veían Emmett y su padre al mostrarse tan sobreprotectores.
¡Sólo era un fin de semana en su casa de la playa! Se sabía los lugares, las tiendas y las calles de memoria y conocía a sus vecinos. Además, no era una jovencita ingenua y mucho menos amante de buscar problemas. Se las arreglaría para estar bien.
Bella despidió a su familia en la puerta de la casa, sacudió su mano, sonrió y lanzó un par de besos al aire que sus padres y su hermano "atraparon" haciéndola reír. Ya que estuvo entre el silencio de la soledad suspiró y se sintió libre. Caminó decidida hacia la sala, no quería estar más tiempo en Beverly Hills, casi podía sentir los rayos del sol sobre su piel, el aroma salino del mar, la brisa en su rostro. ¿Desde cuándo no iba a Santa Mónica?
Justo antes de que tomara el teléfono con la intención de llamar a un taxi, su celular vibró en el bolsillo de su pantalón. Miró la pantalla y contestó con una gran sonrisa, ¿algún día dejaría de emocionarse con sus llamadas?
—Hola —saludó Bella.
—Hola, señorita Swan. ¿Qué planes tiene para el día de hoy? —Bella rió al escuchar la voz de su querido chofer.
—Pasaré el fin de semana en Santa Mónica… sola —insinuó.
—¿Sola? —El tono juguetón en la voz de Edward se había ido—. ¿Dónde están los demás? ¿Por qué vas a ir sola?
—¿Tú también? Ellos se fueron a Nueva York, ya te lo había dicho.
—Sí, pero pensé que irías con ellos. ¿Yo también, qué?
—También te pones en plan mandón y sobreprotector. ¡Por Dios! Sólo estaré en mi casa, ¿qué eso es un pecado?
—No, nada de eso. Pero no puedes estar sola.
—¿Ah, no? —Bella comenzaba a exasperarse. ¿Acaso todos se habían puesto de acuerdo para tratarla como una niña?—. ¡Quédate conmigo entonces! —explotó sumamente molesta, aunque del otro lado de la línea Edward tenía estampada una sonrisa de oreja a oreja.
—Paso por ti en quince minutos —murmuró él y colgó.
—¿Qué? No, espera… Ed… —Bella escuchó la línea—. ¡Demonios!
Suspiró y se dejó caer sobre el sofá. Pensar que estaría con él, a solas, hizo que paulatinamente el coraje se esfumara y apareciera una sonrisa tonta en su rostro.
Tal y como lo dijo, quince minutos después el rugido de un motor anunció la llegada de Edward y poco después sonó el timbre de la casa. Bella sintió como si tuviera mucho más tiempo sin verlo, se emocionó, su corazón dio brincos desaforados y su alegría se multiplicó instantáneamente. Todas las sensaciones relacionadas con los romances adolecentes la invadieron por completo y prácticamente corrió para abrir la puerta y darle un beso efusivo a Edward.
Cada beso, así como cada momento, era único, indescriptible y maravilloso. Bella nunca se cansaría de enredar sus dedos en el cabello de Edward mientras sus labios eran asaltados por los de Edward y él dudaba que algún día pudiera aburrirse de sentir el frágil cuerpo de Bella entre sus brazos.
Prepararon las cosas de Bella, guardaron la moto en el garaje, tomaron el nissan y fueron al departamento de Edward para empacar un par de prendas, una libreta y la computadora portátil en la que tenía guardadas sus tareas pendientes.
Por petición de Bella, Edward hizo el camino más largo. Fueron hacia el norte, retornaron tomando la calle más cercana a la playa y Bella pudo admirar la playa, la magnífica combinación del azul del mar con el azul del cielo, los rayos del sol reflejándose como diamantes sobre el agua, el sonido lejano de las olas al romper, la gente que se aglomeraba hacia el muelle, las familias caminando por la orilla y todo aquello que ella recordaba y que casi había olvidado.
Debió hacer ese viaje mucho antes, no recordaba la calma que le daba el lugar y lo relajada que se sentía cuando sus pies se hundían en la arena. Definitivamente había tomado la mejor decisión.
Estacionaron el coche en Barnard Way, en cuanto entraron Edward aduló la casa, Bella le indicó dónde podía poner sus cosas, desempacaron lo poco que llevaban y después decidieron ir a pasear por la orilla del mar.
Edward se puso unas bermudas a cuadros, unas sandalias cafés y lentes oscuros; Bella se puso un bikini azul turquesa con un pantalón ancho y muy largo de tela ligera, sandalias de piso, el cabello lo sujetó en una cola de caballo y también se puso lentes oscuros. Aún había cosas que no podía superar, como exponer la piel de su tobillo izquierdo a los ojos de curiosos y extraños, mucho menos de Edward.
Cuando se reunieron en la entrada Edward casi sufre un colapso y Bella estuvo a punto de irse de espaldas. Ella nunca había visto a Edward sin camisa y él no había tenido oportunidad de ver nada más allá de lo que Bella tímidamente le mostraba.
—Estás hermosa —dijo él recorriéndola sin pudor con la mirada.
—Y tú te ves fenomenal —respondió Bella al alago. Se sonrieron y se encaminaron hacia la playa.
Una de las mejores sensaciones es aquella que se experimenta al caminar de la mano de la persona que más se quiere, es como una prueba ante el mundo de que él es tuyo y que tú le perteneces. Es gritar a los ojos de los extraños que tienes una relación y que el hombre que toma de tu mano está en tu vida cuidándote, queriéndote.
Caminaron por la arena con sandalias en mano, dejando que la arena se colara entre los dedos de sus pies y les calentara la piel. Después de un par de minutos encontraron el lugar idóneo para sentarse y disfrutar del calor y la brisa marina.
Se acomodaron frente al mar, Bella sentada entre las piernas de Edward, recargando su espalda a su pecho desnudo; él rodeándola con sus brazos y besando su cabeza, hombros o cuello de tanto en tanto. Nunca habían estado así de cerca, era un abrazo mucho más íntimo que cualquiera que pudieran haber tenido antes y, lo mejor de todo, es que era fantástico.
—Hoy el clima es perfecto —murmuró Edward, deleitando a Bella con su voz.
—Sí. Es porque estamos aquí —dijo Bella con una gran sonrisa. Edward rió y los hizo vibrar a los dos al son de sus carcajadas.
—¿Qué te parece si en un rato más vamos por el almuerzo? —dijo Edward entrelazando los dedos con los de Bella.
—¿Y luego qué?
—Luego vamos a tu casa, comemos y tú te pones a ver televisión mientras yo trabajo en mis pendientes de la escuela. —Bella hizo una mueca y se giró un poco hacia Edward.
—Me parece aburrido —comentó Bella, haciendo reír a Edward y ganándose un beso en la cabeza.
—Lo siento, tengo que ser un chico bueno y debo hacer mi tarea.
—Está bien, está bien —dijo Bella alzando una mano con la palma hacia enfrente en señal de rendición—. No voy a frustrar tus intenciones de niño bien portado. —Edward se inclinó hacia ella y le dio un beso lento, dando un cursi espectáculo a quienes paseaban por ahí.
El día siguió su curso y por la tarde Edward estaba enfrascado en su tarea, escribiendo en su computadora; mientras Bella estaba sentada a un lado de él viendo una serie en la televisión. El día pudo haber sido más aburrido aún, pero por lo menos tenían compañía.
Comenzaron a dar anuncios y Bella puso atención a Edward, mirándolo fijamente y absorbiendo cada detalle de su perfil, su mirada concentrada y su ceño levemente fruncido. Después de un rato Edward alzó la vista a la pantalla y luego giró el rostro sin dejar de teclear en la computadora; Bella le sonrió encantadoramente y algo en su interior brincó de gusto.
Edward dio clic al ícono de guardar, cerró la computadora y la dejó sobre la mesita de centro. Él se acercó a Bella, le pasó un brazo alrededor de la cintura y la dejó que se acurrucara contra él.
¿Quién no ha experimentado ese nerviosismo que crece como un hueco en el estómago y que hace que el corazón lata con fuerza? Las manos de Bella se sentían ansiosas y algo en su interior le gritaba que se dejara llevar por sus impulsos, ¿qué podría pasar? Bella suspiró, se giró levemente hacia Edward, luego dejó que sus manos dibujaran un camino por el pecho de él, recorriendo su cuello y finalmente entrelazando los dedos en su cabello; mientras sus labios rozaban el cuello de Edward.
Al principio él se estremeció, luego bajó el rostro y juntó sus labios con los de Bella; no era un beso delicado y mucho menos tierno. Era un arrebato cargado de pasión, como si besarse fuera oxígeno, como si lo fuera todo. Las manos de Edward abarcaron la espalda de Bella con caricias decididas, Bella gimió levemente cuando sintió el ímpetu de Edward en sus besos, en sus manos. Entonces, todo lo demás dejó de existir para abrirles paso a ellos y a su derroche de pasión.
Bella se recostó sobre el sofá y lo abrazó férreamente con sus piernas. No existía nada igual, sus manos acariciando la piel expuesta, sus labios devorándose por completo y recorriendo un camino que hasta ese momento se habían negado. Edward comenzó a descender sus caricias y en un segundo todo cambió. Él rozó levemente la tela que cubría el tobillo izquierdo de Bella y, como una señal de alarma, ella se detuvo y se echó hacia atrás.
—¡No! ¡Edward, detente! ¡No! —dijo ella empujándolo por los hombros.
—¿Qué? —Edward se alzó sobre ella recargado sobre sus codos y la miró fijamente.
—¡No! —chilló nuevamente Bella, esta vez forcejeando por liberarse de Edward.
Él se incorporó rápida y torpemente, examinando con la mirada el cuerpo de Bella.
—¿Te lastimé? ¿Te hice daño? —preguntó angustiado.
—No, es sólo que…,yo…, es que…, yo —Bella alzó la mirada y se dio cuenta de que no sabía cómo explicarlo. No sabía qué palabras usar para decirle que tenía mucho tiempo sin estar con alguien y mucho menos para decirle que se sentía insegura con respecto a la cicatriz que la martirizaba desde hacía tantos meses—. Lo siento —dijo finalmente y se puso de pie.
Caminó lo más rápido que pudo hacia su habitación, se sentó en el borde de la cama, suspiró y dejó que sus lágrimas fluyeran libremente. ¿Qué demonios le había pasado? ¿Cómo había echado a perder un momento tan maravilloso? Las inseguridades la asaltaron repentinamente y no pudo seguir. Simplemente dejó de sentirse maravillosamente, dejó de concentrarse en Edward y tuvo miedo de algo que ni siquiera ella lograba entender.
Poco después Edward entró a la habitación y cuando descubrió su llanto se apresuró hasta caer hincado frente a Bella.
—¡Hey! No llores, tranquila —pidió Edward tomándola de las manos.
—Lo siento —susurró Bella.
—Deja de disculparte y no llores. Está bien, no pasa nada.
—¿En serio? —dijo Bella sorbiendo la nariz.
—Sí. No pasa nada. —Aunque no lo dijera, Edward se sentía agradecido porque ella paró la situación. Aunque moría de ganas, no creía poder llegar hasta el final, había inseguridades que también lo frenaban.
Bella se inclinó hacia adelante, abrazando a Edward con cariño.
—Ya no llores, mi niña. —Bella cerró los ojos al escucharlo, esas simples palabras la llevaron un segundo al cielo y la dejaron caer de golpe a la tierra; con el corazón acelerado y las mejillas encendidas.
Para finalizar su sábado, se entretuvieron viendo películas, abrazados en el sofá. Así se quedaron dormidos.
Bella despertó sintiendo los hombros agarrotados y el cuello tenso, se dio cuenta de que no había dormido en la mejor posición. Se desperezó y se dio cuenta de que Edward estaba a su lado, sonrió como boba y lo despertó con un beso a labios cerrados.
Mientras desayunaban Edward invitó a Bella a un concierto en el muelle y Bella le explicó a él que el coche debía estar en su casa antes de que llegara su familia. Juntos organizaron su día y disfrutaron de las pocas horas que les quedaban solos. Casi todo el día Edward estuvo haciendo tarea mientras Bella disfrutaba de la vista, por la tarde fueron a la casa Swan a dejar el nissan, cambiarse de ropa y tomar la motocicleta de Edward para ir al concierto en el muelle.
Edward decidió ponerse jeans, camiseta blanca de manga corta y converse. Bella usaba un atuendo similar, con unos jeans oscuros de tubo, una camiseta ancha sin mangas anudada a un lado, converse y el cabello trenzado.
Bella aún no superaba la excitante sensación de viajar en la moto de Edward. El viento rompiendo contra sus cuerpos unidos, el motor rugiendo entre sus piernas, la velocidad, pero sobre todo ir pegada a la espalda de Edward; como si él fuera el motivo que la mantenía viva.
Edward se abrió paso entre los coches y estacionó lo más cerca que pudo de la entrada. Caminaron entre el tumulto de personas, él se las arregló para que los dejaran entrar por una puerta alterna y buscaron un par de lugares junto al escenario. Cuando apenas veían qué lugares tomar hubo un cambio de luces y la banda comenzó a tocar.
—¡Hey! ¿Por qué tocan? Aún no nos hemos sentado —gritó Bella sobre el ruido de la música. Edward rió encantado por el tono de niña enfurruñada que tomó Bella—. ¡Ya está lleno! No alcanzaré a ver nada. —Se quejó.
—Sigue caminando, te aseguro que siempre sobran dos lugares al frente.
—¿Seguro?
—Sí —dijo Edward guiándola por la cintura.
Como Edward predijo, justo a un lado, pegados al escenario, había dos lugares vacíos. Quedaron cerca de una de las torres de bocinas, por lo que no sólo tenían vista privilegiada, sino que también escucharían perfectamente. Habían acondicionado y ampliado el muelle para el evento, alzando un escenario con una espectacular vista del mar detrás.
El concierto era de un conjunto de bandas locales que hacían homenaje a grandes bandas de rock y pop de los 80's y 90's. La mayoría de las canciones se las sabían e incluso hubo un par de ellas que bailaron. Edward pegó a Bella a su pecho, abrazándola por la espalda, disfrutando de una experiencia más al lado de su cisne.
El sonido era espectacular y envolvente, cada golpe de batería dictaba el ritmo que debía seguir el corazón, las luces hipnotizantes y el ambiente muy animado. La música estaba en todas partes, dentro de sus cabezas, flotando alrededor de ellos, dentro de su piel, saliendo de sus labios, en sus oídos.
Fue una noche grandiosa.
Edward y Bella se despidieron en la entrada de la casa Swan. Estaban de frente, sonriéndose y mirándose a los ojos.
—Gracias por ésta noche —dijo Bella dando un paso hacia Edward. Él abrió inmediatamente sus brazos, como si tenerla entre ellos fuera una bendita obligación.
—Gracias a ti por acompañarme —murmuró él inclinándose para besarla—. Hasta mañana, señorita Swan.
—Hasta mañana, Edward —contestó ella riendo, se puso en puntas y le dio un último beso.
Isabella suspiró, se tocó los labios y una sonrisa tonta se posó en sus labios. Fue a la cocina por un vaso de agua y no se dio cuenta de las tres personas que entraban justo en ese momento a la casa. Se sorprendió y dio un pequeño brinco al encontrarse a Emmett de espalda a ella parado en la sala. Lucía tenso, ¿qué había pasado?
Bella dio un paso hacía él y lo saludó.
—Hola, baby. ¿Cómo les…? —Ni siquiera dejó que ella terminara de hablar, él dio media vuelta y la fulminó con la mirada.
—¡Isabella! ¿Me puedes explicar qué carajos significa esto? —dijo Emmett sacudiendo una chamarra de cuero negro en el aire. Los ojos de Bella se abrieron tanto que daba la impresión que estaban por salirse de sus cuencas.
—¡Tienes mucho qué explicar, señorita! —espetó Charlie apareciendo de repente detrás de Bella.
¿En qué momento el mundo se había puesto de cabeza? Bella los miró sin dar crédito a lo que pasaba, ¿cómo se les pudo olvidar la estúpida chamarra?
El celular de Bella rompió el tenso silencio en la habitación, miró de soslayo e hizo una mueca de incredulidad. ¿Es que todo tenía que pasarle esa noche? La pantalla estaba iluminada con el nombre de la persona que menos esperaba, mientras dos celosos hombres enfurecidos buscaban, otro deseaba escuchar la voz de Bella y saludar.
Mientras la situación se volvía cada segundo más incómoda, Paul esperaba a que alguien atendiera su llamada.
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Hola!
Siento mucho los horrores, pero lo he subido sin revisar. Cuando mi Co/Beta, mi amada Sol le revise se los paso corregido.
¿Qué tal con el final? Ya veremos qué pasa más adelante.
Gracias a quienes me dejan sus hermosos reviews, alertas y a las/os gasparines que leen mi cisne.
Oh, también a todas aquellas que han pedido unirse a mi grupo [Vicko TeamEc en Fanfiction]. Y a quienes aún no están en él, les invito.
Nos vemos luego!
Besos de bombón
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