LAS ALAS DEL CISNE

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CAPÍTULO 17

FIRE IN THE WATER

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Capítulo anterior.

—Hola, baby. ¿Cómo les…? —Ni siquiera dejó que ella terminara de hablar, él dio media vuelta y la fulminó con la mirada.

—¡Isabella! ¿Me puedes explicar qué carajos significa esto? —dijo Emmett sacudiendo una chamarra de cuero negro en el aire. Los ojos de Bella se abrieron tanto que daba la impresión que estaban por salirse de sus cuencas.

—¡Tienes mucho qué explicar, señorita! —espetó Charlie apareciendo de repente detrás de Bella.

¿En qué momento el mundo se había puesto de cabeza? Bella los miró sin dar crédito a lo que pasaba, ¿cómo se les pudo olvidar la estúpida chamarra?

El celular de Bella rompió el tenso silencio en la habitación, miró de soslayo e hizo una mueca de incredulidad. ¿Es que todo tenía que pasarle esa noche? La pantalla estaba iluminada con el nombre de la persona que menos esperaba, mientras dos celosos hombres enfurecidos buscaban, otro deseaba escuchar la voz de Bella y saludar.

Mientras la situación se volvía cada segundo más incómoda, Paul esperaba a que alguien atendiera su llamada.

—¿Y bien? Estamos esperando una explicación, Isabella —refunfuñó Charlie mirando severamente a Bella.

—Si me permiten, voy a contestar esta llamada —dijo Bella entre dientes.

—¡Hey!… no… tú… —Intentó persuadir Emmett.

—Hola, Paul —dijo Bella, haciendo énfasis en el nombre.

—¡Bella! ¿Cómo te va? —saludó la voz entusiasta de Paul al otro lado de la línea.

Mientras escuchaba, Bella caminó hacia la puerta que conducía al patio trasero.

—Muy bien, gracias por preguntar. ¿Cómo te va en el extranjero?

—Oh, genial. Me tratan muy bien por acá, me alimentan bien, no se olvidan de sacarme a pasear… —Bella soltó una risita—. Pero con todo eso, extraño mucho estar en casa.

—Me imagino.

—También extraño los desayunos en IHOP, los paseos por Hollywood, las películas en el cine… —dijo Paul insinuando lo que había hecho con Bella hacía ya un año.

—Eh, Paul…

—Tranquila. Sé que soy un pesado, pero es inevitable. Eres una chica difícil de olvidar, ¿sabes? —Bella sonrió.

—No tenía idea. Pondré más cuidado en eso. —Ambos soltaron una leve risita y después se quedaron en silencio por algunos segundos.

—Te escuchas diferente. Más… ¿feliz? ¿Habrá algún chico detrás de eso? —se aventuró a preguntar Paul.

Isabella suspiró. Si él tan sólo supiera lo feliz que era con Edward, lo fantástico que era y el hermoso fin de semana que había pasado con él. Su amigo tenía toda la razón, había un chico detrás de su inmensa felicidad.

—Sí —admitió Bella sin rodeos.

¿Qué caso tenía mentirle? Además, Paul siempre había sido sincero con ella, la trató bien y supo ganarse su aprecio. Aunque hubieran tenido un comienzo un tanto atropellado.

—Wow. Eso es… maravilloso, Bella. No voy a negar que lo envidio pero… lo importante es que eres feliz. ¡Hasta que me hiciste caso y dejaste todo lo malo atrás! —Bella rió—. Es un chico afortunado. Dile que debe cuidarte. A todo esto, ¿cómo lo tomó Emmett? Con lo celoso que es…

—No lo está tomando nada bien. Entre él y papá me dejarán frita. Incluso, justo ahora me están esperando para sermonearme sobre eso.

—Oh, ¿entonces interrumpí? Lo siento.

—No lo sientas, me salvaste de que me cortaran la cabeza. —El comentario hizo reír a Paul.

—Emmett te sobreprotege porque te adora. Recuerdo cuando me corrió a zapatazos de tu habitación y del sermón que me dio a mitad de una exposición en la escuela. —En esa ocasión fue el turno de Bella de reír.

—Ni me lo recuerdes. De sólo hacerlo no sé ni qué esperar ahora —dijo Bella, poniendo los ojos en blanco.

—Después te llamo. Lamento mandarte al matadero, Bella. Dile a Emmett que no sea tan idiota. —Ella rió de nuevo, pero esta vez con nerviosismo.

—No desaparezcas tanto, marca más seguido —pidió ella con sinceridad.

—A sus órdenes. Cuídate mucho, Bella.

—Gracias, tú igual. Adiós.

—Adiós —dijo Paul antes de colgar.

Bella suspiró, se giró hacia la casa y caminó lentamente al interior.

Emmett y Charlie la esperaban impacientes y tensos a mitad de la sala. El constante golpeteo del bastón los hizo levantar la vista hacia Isabella. Ella se detuvo un segundo ante la intensidad de esas miradas, nunca habían sido tan hostiles y duros con ella. Sintió un nudo apretándole la garganta, respiró profundamente, despejó sus pensamientos y siguió caminando hacia su juicio.

—¿Y bien? —dijo Charlie sin restarle severidad a su mirada.

—¿Qué es lo que quieren saber? —preguntó Bella tratando de controlar el tumulto de emociones.

—¿De quién es esto? —espetó Emmett sacudiendo la chamarra—. Es de él, ¿verdad? ¿De Edward?

Bella alzó el rostro.

—Sí, es de Edward —admitió hablando con claridad.

—¿Y qué hacía en la casa de Santa Mónica? —interrogó Charlie.

Bella los miró alternadamente, se sentía tan dolida y decepcionada. ¿Qué tenía de malo amar tan profundamente a alguien? ¿Cuál era el problema con un amor puro e intenso?

—¡Responde, Isabella! —bramó Charlie, haciéndola respingar.

—Se nos olvidó —admitió ella, con una valentía que no sabía de dónde había sacado—. Edward y yo pasamos el fin de semana en Santa Mónica.

Charlie hizo una cara de incredulidad y Emmett frunció el rostro con desagrado.

—¿Qué? ¿Que tú hiciste qué? —preguntó Charlie, girando levemente el rostro hacia la derecha y entrecerrando los ojos.

—¡No puedo creerlo! —gritó Emmett.

Bella tomó una respiración profunda para protestar, pero Emmett le dedicó la mirada más envenenada que le había dado en toda su vida y le arrojó la chamarra. Ella metió las manos para protegerse, pero la prenda le dio de lleno en la cara y sólo alcanzó a tomarla entre sus manos. El bastón de Bella cayó a un lado con un golpe sordo. Ella se sintió tan desmoronada, triste y humillada que no pudo contener más sus lágrimas.

—¡Te comportaste como una…! —dijo Emmett, pero antes de que dijera algo que lastimara aún más a Isabella, un grito irrumpió la sala.

—¡Emmett! —chilló Renée con coraje desde las escaleras—. ¡Ni si quiera se te ocurra terminar lo que estabas diciendo!

Renée se apresuró a llegar al lado de Isabella, que para ese momento era un mar de llanto. Sentía un vacío en el pecho, un bochorno insoportable y la peor humillación que jamás pensó que pasaría. El único consuelo que tenía era la chamarra, que no soltaría por nada del mundo.

—¿Qué demonios les pasa a ustedes dos? ¿Por qué rayos la tratan así? —exigió Renée, viéndolos fijamente y sin comprender nada.

—Pasa que tu hija metió al chofer en nuestra casa y pasó con él todo el fin de semana —espetó Charlie manoteando exasperado y señalando a Bella.

Renée se sorprendió por un segundo y después tomó de nuevo una postura imparcial.

—Bueno, es cierto que Bella estuvo mal por hacer eso sin considerarnos. Pero por otro lado, ella es lo suficientemente grandecita como para saber lo que hace. Y ustedes no tienen ningún derecho de tratarla así.

—¡Pero es el chofer, mamá! —interrumpió Emmett.

—¿Y eso que tiene qué ver? —preguntó Renée contrariada.

—Que de seguro anda con ella por interés —dijo Charlie con terquedad.

—¡Eso no es cierto! Edward no es así —defendió Bella entre sollozos.

—¡Por favor, hija! ¿Me vas a decir que no tiene algún otro interés en ti? ¿Qué trabaja para ti por gusto? —gruñó Charlie.

—¡Basta! —Interrumpió Renée—. ¿Te estás escuchando, Charlie? ¿Te estás dando cuenta de la manera en la que estás degradando a tu hija? ¡Piensa tus palabras antes de escupirlas! —Renée vio a su marido con un reto impreso su mirada. En ese momento lo desconoció por completo—. Todo esto podría arreglarse de una forma más civilizada, no hay necesidad de humillar ni señalar a nadie. Yo no crié ni me casé con hombres clasistas.

—No puedo creer que tengan unos celos tan enfermizos. ¿Qué tiene de malo querer a alguien? Lo que más me duele es que me señalaran así, nunca les he hecho nada malo para que me traten así… —Bella no pudo seguir hablando, ya que se vio impedida por el llanto—. No puedo seguir con esto —dijo levantando su bastón lo más rápido que pudo, para luego dirigirse a su habitación.

Deseó tanto poder correr y alejarse de su pesadumbre. Su papá y su hermano nunca le habían levantado la voz, ni la habían mirado con tanto rencor, nunca le habían hecho tanto daño. Subió escalón por escalón lo más rápido que pudo, sólo quería refugiarse en la soledad de su habitación y en el aroma de la chamarra de Edward.

En la sala de la casa Swan aún había un tumulto de sentimientos y un silencio casi devastador.

—Estoy muy decepcionada, Emmett. Yo no te crié de esa manera —dijo Renée muy dolida con la actitud de su hijo—. Tu hermana ya no es una niña que tengas que cuidar de los niños mayores. Entiende que ella ya creció y no te necesita para ser su guardaespaldas las veinticuatro horas del día. Entiendan los dos, Bella es una mujer adulta, sabe lo que hace y si se equivoca, ni modo. Para eso somos su familia, para apoyarla y aconsejarla, no para señalarla y humillarla como lo han hecho ésta noche.

—Lo siento, mamá —murmuró Emmett, viendo fijamente al piso.

—No, conmigo no tienes que disculparte. Debes sentirte muy avergonzado de lo que hiciste, Emmett Swan, porque si sigues con ese tipo de actitudes vas a perder también a cualquier chica que se interese en ti. No sé cómo vas a hacer para ganarte de nuevo el respeto de tu hermana, sólo sé que no va a ser nada fácil. Le rompiste el corazón, ¿te das cuenta de lo que has hecho? —dijo Renée.

Emmett bajó aún más el rostro. ¿Qué le había pasado por la cabeza? ¿Por qué terminó insultándola y degradándola tanto? Amaba mucho a su hermana y no pensó en nada más que en protegerla. Pero sus decisiones habían sido las peores y se arrepentía de todo lo que había dicho y hecho, ese no era momento de aclaraciones. Se sintió el peor hermano del mundo, tomó las llaves de su coche y sin decir ni una palabra se fue, dejando como evidencia de su frustración el rechinido de las llantas sobre el asfalto.

—No puedo creer que te pongas de su lado —dijo Charlie y puso una cara de disgusto.

—Y yo no puedo creer que seas tan incomprensivo —respondió Renée.

—¿Cómo me puedes pedir que consienta esa locura?

—¡Ella lo quiere! ¿No has visto como lo mira? ¡Y él la adora! Deberías ver cómo la cuida.

—No sé y no me importa.

—¡Ni siquiera lo conoces!

—¡Y no quiero conocerlo! ¿Cómo te puedes poner de parte de él?

—¿Y tú cómo puedes ser tan celoso y egoísta? La estás lastimando, Charlie. Dales una oportunidad.

—Él no es digno de Isabella.

—¡Por Dios! ¡No seas anticuado! ¿Cómo me sales con eso? Intenta conocerlo un poco más y te darás cuenta de que es un muchacho serio, responsable y muy decente. Si no te dejaras cegar por tus estúpidos celos…

—¡No quiero que le haga daño!

—Charlie, Bella ya no es tu niñita. Entiende que siempre será nuestra princesa, nuestra hija. Pero ella ya creció, ya está tomando sus decisiones y está pensando en su futuro. Ya hicimos nuestra parte con criarla, educarla y apoyarla con sus estudios. Ahora le toca a ella decidir, no a ti, ni a mí, ni a Emmett. Sólo ella. Nosotros siempre vamos estar aquí para apoyarla cuando nos necesite, pero nada más, no tenemos por qué meternos en su vida de esa manera. —Charlie miró por primera vez a su esposa, aún tenía el coraje grabado en su mirada—. En este momento eres cualquier persona, menos el hombre con el que yo me casé. Así que te pido que ésta noche me dejes sola. Necesitas pensar sobre todo lo que pasó, y yo también. Con permiso, Charlie—. Se despidió Renée sin una palabra más o un beso.

Mientras subía la escalera escuchó el golpe de la puerta principal y antes de llegar arriba escuchó el motor del coche. Renée cerró un segundo los ojos y siguió su camino hacia la habitación de su hija. Estaba segura de que la encontraría devastada y hecha un mar de lágrimas, pero para eso estaba ahí, para acompañarla y ser el apoyo que tanto necesitaba.

Tocó un par de veces antes de abrir la puerta y asomar la cabeza dentro de la habitación, la única iluminación era el de las tenues luces de las lámparas de los burós. Bella estaba acostada de espaldas a la puerta, Renée escuchó los sollozos de su hija y se apresuró para recostarse junto a ella, rodeándola protectoramente con sus brazos.

—Tranquila, hija. Ya pasó.

—Mamá, no lo entiendo. ¿Qué les hicimos? ¿Por qué me trataron así?

—No comprenden, cariño. Siempre han sido ellos alrededor de ti y no toleran que alguien más lo haga. Creo que hice mal en dejar que te sobreprotegieran tanto.

Bella se giró y rodeó a su madre con sus brazos.

—No te culpes de esto, mami. No tienes la culpa de que sean tan…

—Idiotas —completó Renée. Bella hizo un mohín y asintió.

—Sí, eso.

—¿Qué te parece si te pones pijama, yo voy por algo rico para comer, encendemos la televisión o ponemos música y vemos las cosas que traje de Nueva York? Hay una maleta repleta de regalos para ti —Bella sonrió a pesar de su pesadumbre. Amaba a su madre y admiraba su fortaleza ante las adversidades.

—Eso suena genial —dijo Bella y sorbió la nariz.

—Bien —Renée dejó un beso en la frente de su hija y se puso de pie para cumplir con lo que había dicho.

Minutos más tarde, Renée y Bella estaban repantigadas en el sofá, con la televisión prendida en un canal de videos y un mar de cosas a su alrededor. Cuando el cansancio no pudo más con ellas se fueron a la cama, esa noche Renée se quedó con su hija, porque sabía que Bella no quería estar sola y aún estaba muy dolida como para quedarse en la habitación que siempre compartió con Charlie.

Al otro día las cosas marchaban como cualquier otro lunes, hasta que Renée le dijo a Bella que no iría a trabajar y que quería pasar el día con ella. Isabella estaba feliz, hacía mucho tiempo que no pasaba el día con su madre, pero al mismo tiempo estaba un poco decepcionada porque ese día no vería a Edward.

Edward estaba ansioso porque llegara la tarde y casi no se concentró en sus clases. Nunca se había sentido así con nadie, más que el deseo de estar con Bella lo sentía como una necesidad, como si ella fuera necesaria para sobrellevar su día a día. Se estaba volviendo adicto a ella y eso le encantaba. Todas sus ilusiones casi adolecentes se esfumaron cuando recibió un mensaje de Bella antes de mediodía.

Edward, tienes el día de hoy libre. Estaré con Renée lo que resta de la tarde.

Te mando un beso.

Bella.

P.D.: Olvidaste tu chamarra

Edward palideció. ¿Cómo demonios se le pudo olvidar la chamarra en la casa de Bella? ¿Habría tenido problemas por eso o la descubrió antes de que alguien la viera?

Si él supiera…

Cuando Bella estaba terminando de alistarse su mamá entró a su habitación.

—Hija, ¿qué crees? —dijo Renée en un tono de decepción.

—¡No me digas que tienes que ir al trabajo! —murmuró Bella con un puchero.

Renée hizo una mueca de ternura al ver la mirada desilusionada de su hija.

—No. Pero sí debo ir a algunos bancos a hacer unos depósitos. Sé que eso es muy aburrido y no querrás estar esperándome mientras hago una fila y otra. ¿Qué te parece si le llevas su chamarra a Edward mientras yo voy a los bancos? —propuso Renée con una gran sonrisa.

El brillo en los ojos de Bella le dijo a Renée que no se había equivocado al hacer la propuesta.

Edward estaba aburrido en su departamento, añorando su tiempo al lado de Bella. Suspiró como un adolescente y, como por arte de magia, su teléfono celular comenzó a sonar con el timbre que anunciaba una llamada de Bella.

—¡Hola, hermosa! —saludó Edward con entusiasmo—. ¿Cómo estás?

—Extrañándote—. Edward notó algo extraño en la voz de Bella. Lo dejó pasar.

—Y yo a ti.

—¿Dónde estás? —preguntó ella.

—En el departamento.

—¿Qué crees? Mi mamá tiene que atender unos asuntos y me dejará un rato contigo. ¿Te veo en media hora ahí? —Edward sonrió ampliamente y se acomodó mejor en el sillón.

—¡Por supuesto!

Bella no tenía por qué dudar de la palabra de su madre, pero por primera vez en mucho tiempo le había mentido. No tenía nada qué hacer en los bancos, sólo se dio cuenta de que quería darles un poco de tiempo a Edward y Bella, y tenía que desahogarse, quería llorar y gritar, pero no frente a Bella. Ella era la única que la apoyaba.

Tal como lo había prometido, Bella estuvo media hora después tocando la puerta de Edward. Él la recibió con los brazos abiertos, una gran sonrisa y un encantador beso. Ella le tendió la chamarra cuando estuvieron cómodamente sentados en el sofá, no había mejor lugar que los brazos de Edward.

Bella suspiró con cansancio y comenzó su relato sobre lo que había pasado la noche anterior. Edward se horrorizó conforme ella le contaba lo sucedido, se sentía tan culpable y no sabía si quiera cómo haría para regresar a la casa Swan. Él la abrazó y consoló con tanto amor como pudo. Sintió que Charlie tenía razón cuando decía que no la merecía.

Edward cargaba con una monstruosa mentira, ella no se merecía eso. Quería quitarse la careta y confesarlo todo, pero no se creía capaz. Ya que la tenía con él, temía que Bella lo rechazara y lo alejara de su vida. No podría soportarlo, no cuando la amaba de esa manera tan intensa.

Después de un largo momento de charla, Edward le propuso que pasaran unos días en el Lake Tahoe, un hermoso lago a un par de horas de distancia, que quedaba entre California y Nevada, al que se llegaba tomando la carretera interestatal West Side (número cinco) hacia el norte. Bella pareció maravillada con la idea, pero tenía que pensarlo muy bien y consultarlo con su madre. Prometió una respuesta esa misma noche, querían aprovechar el par de días libre que Edward tenía en la escuela debido a una serie de eventos culturales que se desarrollarían esa semana.

Se despidieron una hora después con muchos besos y abrazos. Bella lo necesitaba y él le dejó claro que estaba con ella.

Ese día por la noche no tuvieron noticias de Emmett y Charlie en la casa Swan.

Mientras cenaban, Bella comentó el viaje que propuso Edward, Renée lo pensó por un largo rato, pero al final consideró que era una muy buena idea. Mientras Renée se encargaba de lavar los trastes sucios, Bella llamó a Edward, le confirmó su asistencia, le haría bien alejarse y tomar unas pequeñas vacaciones. No había mucho que hacer, pero aún así se prepararon para el viaje. Saldrían al otro día por la mañana y regresarían el viernes por la tarde. Sería perfecto.

Hay ocasiones en las que es mejor alejarse del motivo que nos hace daño. Esa era una de ellas.

Al otro día Edward pasó puntual por la casa Swan en un hermoso coche negro. Renée los despidió, los hizo prometer que se cuidarían y los vio partir juntos, enamorados. Aunque Bella estaba rota, sabía que Edward la ayudaría a sanar.

—¿Estás segura de que quieres hacer esto, cielo? Te esperan horas y horas sentada aquí o recostada en la parte trasera sin algo interesante que ver: camiones, coches y carretera —dijo Edward antes de arrancar el coche.

Bella se abrochó el cinturón de seguridad.

—Estoy segura. Quiero olvidarme de Los Ángeles y los hombres Swan por unos días. Voy a estar bien y no me importa ver hectárea tras hectárea de nada y cables de alta tensión junto a la carretera.

—Está bien. —Edward se inclinó hacia ella y le dio un dulce beso.

Poco tiempo después dejaron atrás las zonas residenciales y los poblados que estaban después de Los Ángeles.

—Despídete de la civilización, cariño —dijo Edward en son de broma.

Bella sonrió y dijo adiós con la mano por la ventanilla.

—Adiós, civilización —canturreó. Edward le dio un leve apretón en la rodilla y ella entrelazó sus dedos con los de él.

Al principio resultaba entretenido ver por la ventanilla, pero después el paisaje era sumamente aburrido, sólo había cuatro colores frente a ellos: azul, gris, café y algunos intervalos verdes. Bella reclinó un poco su asiento y poco a poco fue soltando la mano de Edward. Se quedó dormida.

Edward atesoró cada minuto y estaba seguro que, aunque pasara el tiempo, sería capaz de recordar algunas de las canciones que escuchó mientras Bella dormía plácidamente a su lado, en su primer viaje juntos. Él deseó que fuera el primero de muchos.

Llevaban un par de horas de carretera cuando Edward pensó en una parada que haría.

—Bella —llamó Edward.

Ella abrió los ojos lentamente, luego inclinó el asiento hacia adelante y miró alrededor.

—¿Qué pasa? —preguntó Bella con voz ronca.

—Vamos a almorzar —dijo él desviándose del camino, guiándolos a una zona de descanso y paradero de transportes.

Llegaron a un Carl's Jr. Comieron un par de hamburguesas con papas fritas, regresco, nuggets y malteadas. Después de casi hora y media retomaron el camino.

Bella se sentía descansada, así que se dedicó a platicar con Edward y programar las mejores canciones en el equipo de sonido.

Hicieron una parada más para hacer compras en un supermercado, se aseguraron de que no les faltara nada para los días que pasarían en el lago.

Bella se olvidó de preguntar en qué lugar se quedarían y se llevó una gran sorpresa cuando Edward condujo por las calles de una exclusiva zona residencial, más sorprendida estuvo cuando estacionó en una preciosa cabaña en una zona alejada del resto de residencias, cosa que le confería mucha privacidad.

—¡Edward! ¿Cómo conseguiste éste lugar?

—Digamos que un amigo me debía un favor y él tiene un amigo que le debía un favor. Y…

—Es hermosa —dijo Bella encantada, colgándose del cuello de Edward—. Gracias.

—No es nada, cielo —murmuró él antes de tomar el rostro de Bella entre sus manos y darle un largo y reconfortante beso.

Estaban exhaustos, había sido un largo viaje. Se instalaron, desempacaron y acomodaron lo que habían comprado. Después de eso decidieron dormir lo que restaba de la tarde.

Bella despertó poco después de la media noche, todo estaba a oscuras, excepto por la luz de la luna llena que entraba por la pared de cristal que daba al lago. La habitación en la que se había instalado tenía el piso, paredes y techo de madera; la cama era la pieza central, reluciendo con su colcha color vino y el mar de cojines decorativos que la inundaban.

Se puso de pie y se preguntó qué estaría haciendo Edward. Él estaba en la sala, refrenando o alentando con alcohol el deseo de atravesar la casa hasta llegar a la habitación en la que dormía Isabella y comenzar a besarla como nunca antes lo había hecho y acariciar su cuerpo como había fantaseado hacerlo.

Estaban solos, les esperaban muchas horas juntos y el deseo estaba a punto de explotar como un largo espectáculo de fuegos pirotécnicos.

Bella miró por la puerta entreabierta, el lago se extendía ante sus ojos majestuoso e imponente. Era un paisaje de ensueño. Los rayos de la luna se reflejaban en el agua que lucía en calma y no sabía qué temperatura tenía exactamente, pero quiso imaginar que estaba lo suficiente fría como para sofocar el calor que la consumía. Isabella no sabía lo que debía hacer con muchas cosas de su vida, pero en ese momento sólo tenía la certeza de lo que sucedería si dejaba sus temores de lado y caminaba hacia el encuentro con Edward.

Su mente estaba en blanco, de repente no podía pensar en nada más. Sabía lo que quería y era a él. A Edward, su primer y verdadero amor.

Suspiró, dejó que los desaforados latidos de su corazón distrajeran su nerviosismo, decidió que no pondría más barreras, olvidaría el mundo por un momento y se entregaría por completo. Justo cuando decidió que iría con Edward su piel se erizó, cerró los ojos y disfrutó el breve momento de estremecimiento y anticipación.

Se puso de pie, dio un paso tras y otro, sintió su mano temblar levemente al intentar alcanzar la chapa y cuando abrió lo encontró a él ahí. Edward estaba con una mano en alto, a punto de tocar la puerta. Cuando la vio bajó la mano levemente y la miró directamente a los ojos.

Estuvieron un par de segundos así, sólo mirándose, entendiéndose, anticipando lo que estaba por suceder. Edward sonrió, calmando las ansias de Isabella, ella no pudo resistirse y le sonrió en respuesta.

—Hola —murmuró Bella.

—Hola —contestó Edward, dando un paso al interior de la habitación.

Él entró por completo y se giró para cerrar la puerta. Luego miró de nuevo a Bella, estaba tan cerca que podía percibir su dulce aroma, y ella podía embriagarse con la fragancia de la colonia de él. Edward estudió el rostro de Bella por unos segundos, se relamió los labios y se inclinó hacia ella mientras sostenía el delicado rostro de Bella con una de sus manos.

Bella percibió un sabor a cerveza y algo más, algo muy personal y único: el sabor de Edward. Era una mezcla exótica para ella, pero al mismo tiempo deliciosa y embriagante. El beso era salvaje, rápido; Edward arremetía contra los labios de Isabella con desesperación y necesidad, acariciando, mordiendo, succionando. Ella no se quedaba atrás, no le deba tregua, se entregaba, ofrecía y recibía todo en ese beso, lo aceptaba todo, lo aceptaba a él.

Bella alzó las manos para entrelazarlas en el cabello de él, acarició y masajeó el cuello de Edward. Él la empujó contra la cama e inmediatamente estaba sobre ella, atacando sus labios sin piedad, colando sus manos debajo de su camiseta, llenando la piel de su abdomen y costados con ardientes caricias desesperadas. Bella correspondía acariciando la espalda de Edward, palpando sus músculos a través de la tela, moviéndose debajo de él, buscando un punto de fricción perfecto, gimiendo levemente, deseando, amándolo.

Se separaron para tomar un respiro, entonces Bella llevó sus manos hacia el dobladillo de la camiseta de Edward, alzándola para ayudarle a quitársela. Él se hincó a un lado de Bella, se sacó la estorbosa prenda de encima y la aventó al piso. Edward se inclinó sobre Bella, le pasó las manos por la espalda para ayudarla a sentarse y la despojó de su camiseta con un tirón.

Edward miró por unos segundos el torso casi desnudo de Isabella y ella hizo lo mismo con él. Se estaban descubriendo por primera vez, entregándose por completo. Los dedos de Edward se apresuraron con torpeza en la espalda de Bella, quería tener ante su vista el cuerpo de su amado cisne expuesto ante él, como tantas veces había soñado. Bella sonrió levemente, se encargó de abrir el broche que torturaba a Edward, bajó lentamente cada tirante y miró la reacción de él. Se la comía con una mirada sensual, haciéndola sentir deseada y hermosa.

Edward pareció enloquecer, se tumbó sobre ella y comenzó a torturar la piel de su abdomen con ardientes besos, ascendiendo tortuosamente lento, paseando su lengua con ardor por todas partes, haciéndola estremecer y respirar agitadamente. Él la miró con malicia antes de bajar su rostro directamente sobre la punta del seno izquierdo de Bella, besó, mordisqueó y succionó con maestría; provocándola, haciendo que se retorciera de placer debajo de él y gimiera cada vez más alto.

Bella desabrochó el pantalón de Edward y él se puso de pie para quitárselo junto con el bóxer; mientras tanto, ella desabrochó sus jeans y comenzó a deslizarlos por sus piernas. Edward tomó las bastillas de los jeans y tiró de ellas, dejando a Bella en una provocativa y diminuta prenda de encaje negro. La mirada de Edward era como un río de lava, que dejaba ardor en cada parte que veía de Isabella. Sin más preámbulos, también se deshizo de la última estorbosa prenda, tomó el tobillo de Bella, lo besó con adoración y luego se recostó de nuevo.

Él la comprendía y con ese simple gesto le dejó en claro que no le importaban las imperfecciones de su cuerpo. Para él siempre sería el cisne más hermoso.

—En serio quieres… —susurró Edward.

Bella le sonrió y le acarició el rostro.

—Sí —susurró ella de vuelta y lo besó lentamente. Luego bajó su mano y acarició a Edward.

Hubo una explosión de sensaciones cuando ambos se sintieron desnudos y dispuestos, todo sucedía tan apresuradamente, con tanto deseo y necesidad. Los besos voraces de Edward hicieron gemir a Bella, le estremecieron la piel, provocando leves vibraciones internas involuntarias y placenteras. Edward sólo quería tenerla por completo, quería que fuera totalmente suya, amarla y que lo amara de vuelta con la misma intensidad.

Edward torturó el cuello de Bella con besos colmados de pasión, por un segundo ella pensó que tal vez podría marcarla, pero cuando sintió los dedos de él bajando por su abdomen no pudo pensar en nada más, sólo en él. Él pasó la yema de sus dedos por la suave piel de Bella, luego comenzó a bajar sus besos lentamente. La respiración de ella era irregular y daba pequeños gemidos que se incrementaban cada vez que Edward hacía vibrar su piel con los gemidos que callaba sobre su piel. Él no se detuvo, su cabeza seguía bajando.

«Cielos, él no irá a… Oh» —pensó Bella, cuando anticipó el siguiente movimiento de Edward.

Él sabía perfectamente lo que hacía, movía sus labios como si supiera con exactitud qué sensaciones necesitaba Bella, haciéndola arquearse, gemir sin control y morder sus labios con desesperación. Edward sintió cómo la estaba conduciendo al borde, ella tenía los dedos enterrados en su cabello y lo jalaba sin piedad. Él se separó por un momento para hurgar en los bolsillos de su pantalón, Bella apenas estaba recuperando el aliento cuando Edward la arrastró hacia él y se acomodó entre sus piernas.

Bella gimió más alto de lo que lo había estado haciendo, se relajó entre los brazos de Edward y cerró los ojos, disfrutando cada centímetro de él. Cuando estuvieron firmemente unidos, Bella lo rodeó con fuerza con brazos y piernas, él la estaba sobre ella, pero no le importó sentir su peso, por fin estaba uniéndose a Edward, a su gran amor.

Se vieron a los ojos por un momento, sabían que no sólo estaban cegados por la pasión, también lo estaban por el amor. No sólo estaban entregando su cuerpo, también entregaron sus almas. Se unificaron como un todo. Se amaron.

El vaivén los llevaba por un oscuro camino que amenazaba con terminar en explosión, por un par de segundos Bella revivió el momento en el que pudo admirar el cuerpo desnudo de Edward, lo perfecto que le pareció, cómo lo había estado acariciando minutos atrás y lo maravilloso que se sentía tenerlo en ese momento. En los pensamientos de Edward estaba el rostro de Bella cubierto con un velo de pasión, su sabor, la textura de su piel y los sonidos que seguía haciendo.

Bella giró el rostro para poder besar el cuello de Edward, él se acomodó para poder besarla y hacerla sentir su sabor. Ella arrastró las uñas por la espalda de él, en ese momento Edward soltó un par de gruñidos y los giró para que ella quedara encima, quería admirarla amándolo. Él tenía los ojos entrecerrados y la mirada desenfocada; la ayudó con los movimientos poniendo sus manos con firmeza sobre su cadera, guiándola, impulsándola.

Edward bajó una de sus manos y para estimularla, catapultándola de golpe a una efervescente espiral previa a la explosión de su orgasmo. Bella pegó un grito liberador y Edward gruñó poco después que ella y apretó su pequeña cintura con las manos. Terminaron sentados al borde de la cama, abrazados con fuerza, unidos como uno solo e intentando regular la cadencia normal de sus respiraciones y latidos.

—Eres maravillosa —susurró Edward.

—Tú también lo eres —respondió Bella quitando el sudor de la frente de Edward para luego darle un pequeño beso en los labios.

Estuvieron en silencio, luego se sonrieron en complicidad y se fundieron en un beso que dejaba al descubierto todos los sentimientos que flotaban en el aire.

Poco tiempo después ambos caminaban desnudos por la habitación, sintiéndose como si estuvieran en su hogar, siendo uno parte del otro.

Edward miró hacia el lago, luego miró a Bella con una sonrisa maliciosa y la invitó con un movimiento de cabeza. Ella sonrío y dio un paso hacia Edward. Él la tomó en brazos y echó a correr hacia el lago. Bella chilló entre risas cuando sintió el primer golpe de las pequeñas olas contra sus cuerpos, caminaron hasta que el agua le llegó a Bella hasta el pecho, admiraron por un momento la majestuosidad de la luna, luego se giraron y engancharon sus miradas como si uno hubiera lanzado un hechizo hipnótico sobre el otro.

Te amo, Bella —pensó Edward mirando los ojos color chocolate que tanto adoraba.

Te amo, Edward —imaginó Bella que le decía a Edward.

Como si supieran lo que decían sus pensamientos, se besaron con infinito agradecimiento, con la seguridad de que sus sentimientos eran correspondidos.

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Hola!

¿Qué tal? ¿Algo que decir? ¿Dudas, opiniones, quejas?

¿Odiaron a los hombre Swan? ¡Yo sí!

Disculpen la tardanza! Ya saben que tengo asuntos personales que atender, espero que el cap valga la pena para ustedes.

Les tengo una noticia mis queridas/os cisnes. En el próximo capítulo llega un nuevo e importante personaje. ¿Quién creen que podría ser?

Les recuerdo mi nuevo fic: Un intruso en la cocina

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¡Besos de bombón!

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P.D.: ¿Algún día dejaré de caer con tus caras de gatito regañado? Dime, ¿cómo quedaron "los mimos"? ¿Pasé?

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