LAS ALAS DEL CISNE

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CAPÍTULO 18

TU CORAZÓN

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"Con mucho amor, para la dueña del lago. Pequeña, estoy contigo, siempre"

Capítulo anterior.

Edward miró hacia el lago, luego miró a Bella con una sonrisa maliciosa y la invitó con un movimiento de cabeza. Ella sonrió y dio un paso hacia Edward. Él la tomó en los brazos y echó a correr hacia el lago. Bella chilló entre risas cuando sintió el primer golpe de las pequeñas olas contra sus cuerpos, caminaron hasta que al agua le llegó a Bella hasta el pecho, admiraron por un momento la majestuosidad de la luna, luego se giraron y engancharon sus miradas como si uno hubiera lanzado un hechizo hipnótico sobre otro.

―Te amo, Bella ―pensó Edward mirando los ojos color chocolate que tanto adoraba.

―Te amo, Edward ―imaginó Bella que le decía a Edward.

Como si supieran lo que decían sus pensamientos, se besaron con infinito agradecimiento, con la seguridad de que sus sentimientos eran correspondidos.

Edward abrió los ojos a un nuevo y resplandeciente día, algo era diferente. Por un momento se sintió desorientado, ¿por qué no estaba en su departamento? ¿De quién era esa habitación de madera? Todas sus preguntas quedaron reducidas a nada cuando fue consiente del pequeño cuerpo que estaba entrelazado con el suyo. Ver a Bella antes que a nadie más, mirar su rostro apacible y sumido en un profundo sueño, era lo mejor que le había pasado hasta ese momento. Nunca pensó que lo que había comenzado como un sueño de escritor, terminaría en un intenso y gran amor.

Él, aún no podía creer lo que pasó la noche anterior, había sido un momento tan apasionado y sublime…Suspiró deleitándose con el aroma del cabello de Isabella, la besó en el tope de su cabeza y la estrechó aún más entre sus brazos. Su cisne, se había transformado en alguien totalmente diferente, ¿en dónde había quedado aquella chica malcriada y mal humorada que no perdía oportunidad para reprenderlo? En definitiva, la nueva versión de Bella, le gustaba mucho más.

Aún les quedaban dos días enteros por delante. Edward comenzó a planear los lugares que visitarían, los paisajes que le mostraría a Bella, y entre una cavilación y otra, volvió a quedarse dormido con una gran sonrisa en el rostro y el corazón rebosando de felicidad.

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En Beverly Hills, Renée permanecía sola y triste. Por una parte estaba contenta por Bella, su hija, no se había dejado doblegar a pesar de lo duros que habían sido con ella. Pero por otra, sentía el corazón roto. En casi treinta años de matrimonio nunca había tenido una pelea tan grave con Charlie, y mucho menos, él se había desaparecido el día completo.

Alrededor de las diez de la mañana, Renée vio interrumpida la sesión de limpieza que hacía junto a María en la primera planta de la casa. El teléfono rompió la monotonía del silencio.

―¿Diga? ―contestó Renée, mientras echaba hacía atrás un mechón de cabello que le caía sobre los ojos.

―Hola Renée ―saludó las voz dubitativa de Charlie.

―Buenos días, Charlie ―respondió ella con una leve sonrisa.

―A medio día iré a comer o casa. Espero que podamos hablar.

―Perfecto.

¿Qué más decir? ¿Cómo reaccionar? Cuando hay mucho que decir, poco tiempo y muchas cosas que charlar… las palabras se apagan, el tiempo avanza más de prisa y todo queda exactamente igual.

―Nos vemos más tarde, cariño ―Renée ensanchó la sonrisa y sintió su corazón latir con fuerza.

―Hasta pronto, cielo.

Las dos horas restantes le parecieron eternas y cansadas a Renée. Se esmeró con el almuerzo, se cambió de ropa y arregló un poco su aspecto. Se sentía emocionada, ansiosa y curiosa. Su deseo más grande era la reconciliación de su familia, dolía mucho la distancia.

Algunos minutos después de las doce, Charlie entró a su casa disculpándose por el pequeño retraso. El tráfico causado por un accidente vehicular le llevó un poco más de tiempo. Renée y María tenían listo el almuerzo y la mesa puesta para dos.

Por largos minutos reinó el silencio, coronado por el tintineo de los cubiertos al chocar contra lo porcelana. En sus esquivas miradas guardaban cientos de palabras, pero faltaba el valor suficiente para dejarlas ir. Era tan difícil decir te extraño, pero más difícil era decir lo siento.

Harto del silencio, Charlie dejó caer sus cubiertos, tomó un sorbo de agua y miró fijamente a Renée.

―Renée, tenemos que hablar ―dijo Charlie con determinación.

Ella suspiró alzó la mirada lentamente, deteniendo del todo los movimientos de sus manos, luego entrelazó los dedos sobre el borde de la mesa.

―Lo sé ―murmuró finalmente Renée.

―Las cosas se dieron de una forma muy precipitada y sé que no actué de la mejor manera. Lastimé a Isabella.

―Sí, lo hiciste.

―Por cierto, ¿dónde está? Quiero disculparme con ella.

―Con Edward ―respondió ella con obviedad.

―Era de esperarse ―bufó Charlie.

―¿Qué es lo que tienes en contra del muchacho?

―¡No sé, Renée! Llámalo "sexto sentido protector". O…no… ¡no sé!

Renée puso los ojos en blanco y miró el rostro enfurecido de su esposo.

―¿A qué hora regresa? ―inquirió Charlie.

―El viernes.

―¿Qué?

―Ella y Edward están en Lake Tahoe y regresan el viernes. ¿Algún problema?

―¿¡Qué!? ―gritó Charlie poniéndose de pie de un salto―. ¿¡La dejaste ir sola con ese tipo!? ¿Tienes idea de lo que…?

―¡Deja de hablarme así, Charles Swan! ¡No soy una mocosa malcriada y caprichosa que no sabe lo que quiere! ¡Sé lo que hago! ¡Y también qué cosas son buenas para mi hija y cuáles no! Así que te prohíbo que uses ese tono de voz conmigo. Pensé que querías arreglar esta estúpida situación, pero veo que solo has venido a señalar y hacer tu santa voluntad. Mientras te niegues a darle una oportunidad a Edward y a Bella y no quieras escuchar… no tenemos mucho que hablar al respecto.

Charlie la miró sorprendido, ella temía lo que estaba por venir, pero alzó el rostro, dando la cara a su tristeza. Él asintió, hizo una mueca, tratando de contener sus emociones y salió del comedor dando zancadas. Renée se cubrió el rostro con la manos y soltó el llanto, ¿qué tanto tiempo tendría que soportar el dolor de las tontas peleas con su esposo?

Poco tiempo después, Charlie apareció en la entrada del comedor con una pequeña maleta en la mano. Renée sabía que eso significaba que él se iría unos días a la casa de Santa Mónica, pero no por el hecho de tener esa certeza, le restaba tristeza a que Charlie se iría de su lado. En sus más de veinte años de matrimonio no habían pasado por una discusión tan absurda y fuerte.

Charlie se acercó a ella para dejar un último beso sobre sus labios, pero el corazón herido y orgulloso de Renée se negó, haciéndola girar el rostro. Él sólo pudo besar la tersa piel de la mejilla de su esposa. Con ese gesto sin palabras se dijeron hasta pronto… o tal vez, adiós.

Ese mismo día, por la noche, Emmett apareció en casa; sin siquiera imaginar el incidente del almuerzo. La intensión de él, era ver a su hermana para arreglar la precaria situación en la que había quedado su relación, un par de días atrás.

―Mamá, ¿por qué tienes esa cara? ―preguntó Emmett después de varios minutos de conversaciones banales.

―Nada por lo que tengas que preocuparte, hijo ―dijo una escueta Renée.

―Si es sobre tú y papá, me preocupa.

―Tranquilo Em, todo estará bien ―aseguró ella viendo a su hijo directamente a los ojos y sonriendo como si nada atormentara su mente y apretujara como un lazo invisible su corazón.

―¿Dónde está, Bella? ―cuestionó él, dirigiendo la mirada hacia las escaleras.

―Se fue de paseo con Edward.

Emmett se sintió desilusionado y un poco celoso, aunque trató de disimularlo, sin mucho éxito, frente a su madre. A pesar de sus instintos sobreprotectores se sintió feliz por la dicha que de seguro vivía su hermana.

Él le contó a Renée los planes que había organizado junto a Jasper, ambos viajarían para llegar al departamento provisional de Rosalie en el extranjero y así, darle una sorpresa de cumpleaños. Emmett se despidió con nostalgia de su madre y dejó que ella depositara un beso en su frente, antes de hacerlo prometer que se cuidaría muchísimo.

Al ver a su hijo mayor partir, la tristeza se arremolinó en el corazón de Renée, sus hijos habían crecido y pronto no la necesitarían más, harían sus vidas, tendrían sus propios hijos, su propia casa y ella aún no se sentía preparada para verlos "volar del nido". Esa noche Renée lloró sin consuelo, nunca antes se había sentido tan sola.

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Edward y Bella despertaron tarde después de una intensa noche de pasión, de un desesperado arrebato y necesidad. Cuando dos almas atormentadas se encuentran, el resultado es explosivo, sobre todo cuando una de ellas ruega por amor y la otra por entendimiento. El misterio de las relaciones es sumamente complejo y difícil de explicar. Ellos sabían que una sola noche no sería suficiente, y aunque los estigmas de amor tatuaran temporalmente sus pieles, no dudaron en unirse en un profundo beso que poco a poco los llevó por el sendero de la lujuria, hasta que se encontraron haciendo el amor. Esta vez con paciencia y ternura, tomándose su tiempo para complacerse, para explorar el mapa que eran sus cuerpos y para reparar con un tierno beso los lugares marcados con su pasión.

Un poco más tarde, estaban desnudos, entrelazados en un apretado abrazo y con sonrisas complacidas en sus rostros. Edward suspiró y Bella no pudo evitar imitarlo y después romper en una ligera risa.

―Gracias, Edward ―dijo Bella en un tono de voz que dejaba ver lo encantaba que estaba con los bellos momentos compartidos.

―¿Gracias? No, para nada. ¿No crees que sería al revés? ―respondió Edward, causando de nuevo la risa de Bella.

―No. Fuiste tú quien me trajo lejos del ojo del huracán, el que me ha escuchado y el que me hace feliz ―murmuró ella.

Edward sintió su pecho hinchado de felicidad. Bella, estaba totalmente a merced de su amor. Él se sentía el hombre más afortunado por ser él, quien la elevara a las más altas dichas. Pero cuando su conciencia se abrió paso en su presente, los latidos de su corazón se convirtieron uno en uno, en agujas que se encajaron profundamente hasta robarle el aliento por un par de segundos. ¿Qué pensaría su adorado cisne si por casualidad encontrara el escondite de su gran obra maestra? ¿Qué diría Bella al ver su desgracia plasmada en la historia de Edward Cullen? ¿Qué palabras le dedicaría al comprobar que todo había comenzado con intenciones completamente distintas y que hasta cierto punto, al principio, él estaba sólo fingiendo?

―¿Edward? ―llamó Bella, interrumpiendo sus pensamientos.

―¿Hum? ―respondió Edward distraído y miró a Bella fijamente.

―¿Sabes? Tenía miedo ―confesó ella, después de un breve silencio.

―¿Miedo? ―ella asintió.

―No sé, exactamente en qué momento fue, pero comencé a darme cuenta que había algo enorme creciendo entre nosotros. Tenía miedo que tú, sólo vieras mis defectos, te aburrieras de mi mal genio y terminaras lejos de mí. No sé cómo lo hiciste, pero me hiciste regresar, me ayudaste a ser yo de nuevo. Por eso te dije "gracias" hace rato. No sólo me has ayudado a regresar, también me has querido y tenido paciencia. Y anoche…me lo demostraste, me dijiste…

―¿Qué te dije? ―preguntó Edward irrumpiendo las hermosas palabras de Bella.

El temor de haber dicho algo que tal vez no pudiera sustentar, que sentía que no tenía el derecho a expresar, lo llenó de pánico por un momento. Aunque sus labios hubieran dicho lo mucho que la amaba, influenciados por el valor que da el alcohol, no podría retractarse, y no lo haría.

Bella sonrió con ternura.

―Me dijiste lo especial que soy para ti y no dejaste de repetir palabras hermosas entre sueños. ―Bella guardó el secreto de las docenas de veces que escuchó a Edward decir que la amaba después de moverse agitado y de las otras tantas que calmó los sueños de él con dulces besos de sus labios.

Sus corazones gritaban su amor, pero sus cabezas les pedían esperar un poco más. No había razón alguna que justificara su absurda e inexplicable resolución; pero en su silencioso acuerdo, decidieron esperar.

Edward abrazó a Bella con fuerza, acercó su rostro al de ella y rozó lentamente sus labios. Luego con suavidad por largo rato.

¿Quién necesitaba palabras cuando se puede decir todo con actos? Después de más de media hora de caricias y un par de sesiones de besos, se pusieron en marcha para un nuevo día.

¿Pequeños placeres de la vida? Un delicioso y relajante baño junto a la persona amada, mimos, abrazos disponibles en todo momento, ardientes e inocentes besos, un íntimo almuerzo, un paseo por el bosque de la mano de tu amor y la sorpresa de un bote a la orilla del lago.

―¿Un bote? ―preguntó Bella, deteniéndose por completo.

A pesar de ser un poco más complicado para ella sortear el sendero del bosque, Edward se adaptó su ritmo y le tuvo paciencia.

―Sí, una lancha a motor ―explicó Edward mostrando con orgullo la pequeña embarcación.

―¿A dónde iremos? ―cuestionó ella con emoción.

―Sólo a dar un paseo. ―respondió él sonriendo.

Ya era tarde, pero eso no impidió que Edward siguiera sus planes al pie de la letra, encargándose de hacer ese viaje un momento memorable en la vida de Isabella. La llevó a navegar por el lago en la encantadora lancha a motor, en ese paseo le mostró a su cisne los paisajes más increíbles y majestuosos que ella podría imaginar. El no dejó de mirarla, de abrazarla, besarla o simplemente tomarla de la mano. Bella era su complemento, la mujer que lo entendía y se preocupaba por él, con la que se sentía completo, con la que su lado romántico estaba siempre presente.

Bella se olvidó de todo drama que pudo ocupar su vida en días pasados y se propuso disfrutar hasta el más mínimo detalle. Ella se sentía tan plena y amada, que temía el momento en que llegara la noche y todo lo que estaba viviendo, el tiempo de Edward, los paisajes, el amor, quedara atrás, como un tesoro en sus recuerdos.

A la hora del atardecer estaban internados en un riachuelo no muy alejado de la cabaña, rodeados por imponentes árboles. Era como un lugar secreto, un espacio escondido entre la inmensidad del bosque. Después de seguir la corriente por unos minutos, Edward desvió la lancha por un recodo escondido del follaje, Bella pensó que se encontrarían con una inmensa pared de vegetación, pero se sorprendió cuando se detuvieron frente a un amplio espacio libre de gruesos troncos de los viejos árboles que los rodeaban. Frente a sus ojos quedó expuesta una puesta de sol espectacular única por el solo hecho de compartirla con la persona a la que le pertenecía su corazón.

Bella sintió tal emoción, que no pudo evitar saltar a los brazos de Edward.

―¡Esto es hermoso, Edward! ―exclamó con la mirada perdida en el horizonte. No quería perderse un solo detalle, ningún color de la transformación del día a la noche.

Envuelta en los brazos de Edward, en un momento mágico, no podía perder la oportunidad de besar a su amado, como si eso perpetuara en las cortezas de los árboles el momento que estaban viviendo. Bella alargó su mano hacia el rostro de Edward, le acarició la mejilla y lo guio hasta sus labios. Los colores rojizos y naranjas se fusionaron, dándole paso a la oscuridad, llevándolos al final del día y a la cuenta regresiva de su tiempo, solos.

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No había tiempo suficiente para demostrarse el amor que gritaba en sus corazones. Compartieron desde los momentos más triviales hasta los más íntimos hasta que llegó el viernes, cuando partieron temprano rumbo a Los Ángeles. El viaje les pareció tan corto en esta ocasión, que llegaron a sorprenderse cuando comenzaron a atravesar las calles de la cuidad.

Renée los recibió con un gran abrazo y un beso en la mejilla, para consentirlos un poco, preparó un desayuno a base de waffles y malteadas espumosas.

Edward, al estar rodeado por el cariño de Renée y el calor de un hogar, añoró a su madre, quiso poder ir libremente a su casa y pasar un buen rato a su lado. Al despedirse de Renée le dio un fuerte abrazo y agradeció los detalles que había tenido con él.

―No fue nada, Edward ―respondió la mujer con una sincera sonrisa. Luego subió las escaleras para darles privacidad a su hija y a su yerno.

―Mi mamá dedicará su día a ir detrás de mí preguntando todo lo que hicimos ―dijo Bella mientras caminaba tomada de la mano de Edward hacia la puerta.

―¿Todo? ―preguntó él casi sofocándose y con los ojos muy abiertos.

Edward se imaginó a las dos discutiendo de sus fallas y virtudes en la cama.

―Me refiero a los paseos, lugares y paisajes ―respondió Bella entre risas, adivinando el rumbo de los pensamientos de Edward.

Cuando llegaron al coche de Edward entrelazaron sus dedos, se miraron a los ojos en silencio y se sonrieron como bobos.

―Gracias por todo lo que hiciste ―susurró Bella sonrojándose levemente.

―No hay nada que agradecer. ―dijo Edward sonriéndole encantado―. Mañana temprano vendré por ti, habrá algo que sé que te va a gustar.

―¿Qué es? ―intentó indagar Bella.

―No seas curiosa ―murmuró Edward tocando la nariz de Bella con un dedo.

Ella sonrió perdiéndose en la mirada de él, reconociendo su interior y asegurándose que sus sentimientos eran correspondidos. No tenía ninguna duda, Edward también la amaba.

―Edward, yo te… ―dijo Bella con voz vacilante.

Algo en el rostro de Edward la hizo callar, era mezcla de miedo y desconfianza. Como si estuviera haciendo algo mal o como si no debiera pronunciar esa pequeña, pero poderosa palabra. Bella decidió tragarse sus palabras y dejar que sólo su mirada expresara lo enamorada que estaba de Edward.

Se despidieron con un profundo beso, miradas apenadas y la promesa de verse al otro día.

Mientras Edward conducía hacia su departamento se prometió encontrar el momento adecuado para decirle la verdad a Bella. Él no sabía, qué, cómo, ni cuándo, pero sería digno de ella. Aunque eso fuera lo último que hiciera, aunque le costara un mar de lágrimas.

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El sábado se volvió un día mágico para Bella, Edward la llevó a ver una puesta en escena organizada por la escuela de arte de la UCLA. Ella estaba emocionada y ansiosa, sentada en su butaca de primera fila, admirando lo suave que lucía el telón de terciopelo azul.

Cuando las pesadas cortinas se corrieron, Bella ahogó una exclamación de sorpresa, frente a sus ojos quedó una escenografía que se sabía de memoria, a pesar de sus múltiples variaciones o los cambios en los colores o en el vestuario. Las melodías comenzaron a reproducirse y el ballet interpretó con gran gracia el lago de los cisnes. Bella estaba fascinada, su emoción era tal, que se aferraba con fuerza a la mano de Edward para no saltar en su silla y mirar la obra de pie.

Bella estaba encantada hasta el éxtasis con cada detalle, conmovida con el gesto casi hasta las lágrimas. Ella había olvidado lo maravilloso y lo glorioso que era el ballet. Cada paso le robaba un suspiro, y en cuanto la función terminó y los bailarines hicieron sus últimas piruetas, Bella se puso de pie para aplaudir, hipnotizada por las puntas, los giros y saltos que apreció a lo largo de la interpretación.

Edward sonrió sobrecogido con el entusiasmo infantil con el que Bella le contó hasta el más mínimo detalle de lo que vieron juntos, mientras caminaban por un pequeño parque frente al teatro. Él, está fascinado con la reacción de Bella y no se arrepiente de haberla llevado.

Cuando estaban por cruzar la calle para ir por el coche, un par de movimientos gráciles y decididos captaron la atención de Bella. Ella giró el rostro y se encontró con una niña de unos diez años, con una larga cabellera rubia que parecía resplandecer cada vez que daba un giro, como si su cabello fueran hebras doradas ondeando al viento; usaba una faldita beige y una camisa a cuadros que le quedaba un poco grande. Al verla, no era difícil adivinar dónde había visto los pasos que trataba de imitar. Edward reparó hacia dónde se dirigía la mirada de Bella, sonrió y comenzó a caminar hacia la pequeña.

―Hola ―saludó Edward.

La niña detuvo sus pasos abruptamente, frunció el ceño y los miró en silencio.

Bella sintió un extraño revoloteo en su corazón cuando recorrió el rostro de la niña. Sus facciones eran suaves y delicadas, como una sincronía perfecta de belleza, sus ojos azules le recordaron a Bella el color del cielo y la inteligencia en ellos, como si tuviera más experiencias de las que su dulce rostro aparentaba.

―¿Vienes tú sola? ―se aventuró a preguntar Edward.

La niña negó con lentitud, intercalando su mirada de Edward a Bella y viceversa.

―Oh, lo siento, no nos hemos presentado. Yo soy Edward ―dijo extendiendo su mano y sonriendo encantador.

La niña sabía que no debía hablar con extraños, sin importar el aspecto que tuvieran. Eso lo aprendió de manera muy dura y no porque su mamá se lo hubiera repetido una y otra vez, como una lección que debía memorizar. Pero hubo algo que le dijo que esta ocasión era diferente, su intuición le gritó que, por lo menos, debía terminar esta conversación con el chico llamado Edward y la linda chica que lo tomaba de la mano.

La pequeña dio dos pasos hacia enfrente, sonrió y estrechó la mano de Edward.

―Hola Edward ―saludó la niña con un dulce tono de voz que derritió el corazón de Bella.

―Hola. Mira, ella es Bella ―la presentó, Edward.

―Hola, Bella ―dijo la niña estrechando la mano de la linda muchacha que la miraba con curiosidad.

―Hola pequeña. ¿Cuál es tu nombre? ―cuestionó Bella.

La sonrisa de la niña se amplió e irguió un poco más la postura.

―Me llamo Alice ―respondió con entusiasmo.

Bella no supo cómo, ni por qué, pero se sintió unida a la pequeña Alice por algo más que unas simples palabra de cortesía.

Algo en el fondo de sus corazones, les dijo que el destino tenía un par de planes para ellas…juntas.

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Nota del Autor:

No tienen idea lo apenada que estoy por la demora de este capítulo. Entiendo perfectamente que sus lecturas y apoyo disminuyan, pero créanme cuando les digo que trato de agilizar esto lo más que puedo.

Con mi nuevo trabajo solo me quedan los fines de semana libres y esos dos días no alcanzan para atender a mi casa, mis cosas, mis amistades y mi familia. ¡Me hace falta tiempo!

¿Recuerdan el retraso de los capítulos anteriores? Estaba preparando una historia para un concurso en mi ciudad. El premio: la impresión del libro. Mi idea era sorprenderles con eso, pero con lo del robo, perdí prácticamente todo, la historia y con el tiempo encima…, no pude hacer mucho y perdí esa oportunidad. (Ya me han regañado mucho por eso, lo siento).

Prometo que por lo menos terminaré estas dos historias.

Lamento mucho si deciden "bajarse del barco" con estos fics, pero también lo respeto.

Sol (no lo borres ¬¬), gracias por tu extraordinario esfuerzo para sacar mis bebés adelante. Te amo.

Nota del co-escritor:

Bueno, lectoras fieles de mi querida Vicko. Sólo avisar tal como avisé en el fic "Un intruso en la cocina" de ahora en adelante, la que subirá las capítulos de los fics de Vicko, soy yo, Sol Cullen. Lamentablemente por la razón que ya todas saben, el famoso robo del notebook de Vicko y su problema que aún continua sin solución. Solo pido paciencia, pues tengo que transcribir todo lo que ella me manda, según como tenga tiempo para escribir ella y yo (ambas trabajamos, ambas escribimos fics). Solo espero hacerlo tan bien como lo hace mi querida amiga, aunque mi intensión aquí, es solo ayudar para que pueda seguir adelante con sus historias. Espero la sigan apoyando y gracias por la compresión.

Besos Sol.

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