.
.
G.R.A.C.I.A.S
.
.
LAS ALAS DEL CISNE
CAPÍTULO 20
ARMS
.
.
.
¿Qué hacen dos almas solitarias para encontrarse por lo menos una vez y hacerse compañía? ¿Cómo sabes si compartes tu tiempo con la persona indicada? Hay ocasiones en las que una decisión te hace feliz por el resto de tu vida, hay otras en las que toda la vida no es suficiente para encontrar la felicidad.
Como lo habían prometido, Bella y Edward, estuvieron en el parque a la misma hora y en la misma banca. Alice se encontró con ellos, los saludó con su tierno entusiasmo infantil y les dedicó una sonrisa esperanzada; la pequeña buscaba, en su compañía, el descanso que no encontraba por las noches en su destartalado hogar. Había veces en las que Alice apenas podía soportar los gritos y risas estridentes de Janine, producto de sus borracheras e intoxicaciones; en otras ocasiones, simplemente no encontraba una posición lo suficientemente cómoda sobre el duro colchón para descargar el peso de sus agobiantes días.
Alice había pasado sola la noche anterior, alerta ante el más mínimo ruido, temerosa de que alguien entrara por la ventana de la sala, que estaba cubierta precariamente con pedazos de madera; o por la puerta principal, asegurada con un alambre retorcido. Además, pasó la noche extrañando a su hermano, sus mimos y palabras de aliento, aquellos preciosos minutos en los que soñaba con una vida normal; Roger había salido a buscar un poco de dinero extra para costear los gastos que llegarían después de la hospitalización de Janine. Pero sobre todo, sobre cualquier pesadilla, miedo o añoranza… Alice pasó la noche deseando con fervor una madre amorosa que la besara y le diera el consuelo que su pequeño y cansado corazón necesitaba.
El día resplandecía con las risas de aquel maravilloso trío de personas ansiosas por conocerse, de inmediato encontraron la complicidad y el cariño fraterno de aquellos quienes llevan compartiendo desde siempre. Era como si los tres se conocieran de toda la vida, aunque, en su tercer día de aventuras, apenas empezaban a descubrirse unos a otros.
Todos los problemas, los miedos y las subestimaciones, quedaban olvidadas por un momento volátil, atesorado eternamente en la feliz memoria de sus protagonistas. Después de un par de horas de juegos y muchas risas en el parque, Edward, Alice y Bella fueron a un local cercano para tomar un refrigerio.
Llegaron a la cafetería, se sentaron en una de las mesitas que estaba bajo el toldo que daba a la calle y pidieron malteadas de chocolate y una canasta de panecillos dulces recién hechos. En cuanto la mesera dejó el pedido sobre la mesa, los ojitos de Alice brillaron y se relamió discretamente los labios. Fue algo que Bella no pasó por alto. En ese momento, Bella también notó la carita de Alice estaba más pálida, su tierna mirada se veía cansada y unas leves ojeras bajo sus ojos.
—Esto está muy rico —dijo Alice con la boca medio llena, mientras devoraba un rollo de canela.
—Sí, lo está —comentó Bella sin perder detalle de su amiguita. Se inclinó hacia ella, estirando poco a poco una mano—. Alice, ¿por qué luces tan cansada? —murmuró, pasando suavemente las yemas de sus dedos sobre las ojeras de Alice.
La pequeña, inocente y temerosa, se estremeció ante el leve contacto. Bella retiró su mano rápidamente y Alice calló. Lo último que quería era que sus nuevos amigos la abordaran con preguntas que terminarían en temas difíciles y dolorosos para ella.
Alice sólo se encogió de hombros.
—¿Te dejan mucha tarea en el colegio? —se atrevió a preguntar Edward. Alice movió la cabeza negativamente.
—No —murmuró en voz baja.
Un incómodo silencio se instaló en la mesita del local. Por la mente de Edward pasaban algunas preguntas sobre la chiquilla rubia que les había robado el corazón, entre ellas, lo taciturna que se volvía cuando intentaban hablar sobre su vida. Los pensamientos de Bella no distaban mucho a los de él, ¿acaso Alice estaba viviendo una pesadilla en silencio? ¿Podría ser posible?
Mientras ellos cavilaban, Alice trataba de distraerse de los recuerdos de la noche en la que habían hospitalizado a su madre por enésima vez. ¿Algún día podría ser una niña «normal» y tener una vida tranquila? Normalidad era un concepto demasiado básico para ella: alguien que le preparara el desayuno antes de ir al colegio, alguien que la esperara con una sonrisa a la hora del almuerzo, que le ayudara con los deberes y jugara con ella de vez en cuando. Sí, demasiado básico e igual de distante que la galaxia vecina al sistema solar.
Entre la enormidad del silencio, el celular de Bella comenzó a sonar; fue como una alarma que disipó los pensamientos de los tres y los regresó a ese momento que estaban compartiendo en la cafetería. Bella se retorció un poco sobre su asiento para sacar el aparato del bolsillo de sus jeans, miró el identificador y respondió casi al tercer tono, con una resplandeciente sonrisa.
—Hola, mami —dijo Bella con dulzura. Justo en ese momento las miradas de Alice y Bella se cruzaron, y ella pudo ver claramente la añoranza en los ojitos claros de la niña.
—Hola, princesa. ¿Dónde están? ¿Están muy ocupados? —preguntó una sonriente Renée.
—No mucho, estamos en una cafetería, ¿por?
—Tenía pensado un almuerzo de cinco en Santa Mónica, pero cuando llamé a tu papá y a tu hermano, me dijeron que estaban muy ocupados como para venir como locos en medio del tráfico y tener que regresarse a los pocos minutos.
—¡Hey! No nos gusta ser el premio de consuelo —bromeó Bella.
—¡No son premios de consolación! —chilló Renée con fingida indignación—. Además, preparé bocadillos, hice un pastel y compré vino. ¿Quieren venir a hacerme compañía y aplacar mi soledad? —Bella soltó una carcajada por el dramatismo de su madre.
—Suena fenomenal, creo que sí podemos, pero… estamos con una amiga… ―Renée se emocionó al escuchar eso e interrumpió a Bella.
—¡Oh, no importa! Tráiganla con ustedes, tu amiga también está invitada —dijo con entusiasmo. La idea de que su hija finalmente estuviera retomando amistades la llenaba de alegría. ¿Acaso sería alguna chica con las que estudió en la academia de baile?
—Está bien. Vamos para allá. Un beso —se despidió Bella y después colgó.
—¿Qué pasó? —preguntó Edward antes de darle un sorbo a su bebida.
—Mi mamá nos invitó a los tres a almorzar en Santa Mónica —explicó Bella, viendo alternadamente a sus acompañantes.
Edward asintió y Alice dio un par de brinquitos en su asiento. La pequeña estaba sumamente emocionada desde que escuchó a Bella decir que la consideraba su amiga, y no había dejado de retorcerse en su asiento. Santa Mónica era un lugar que le parecía muy lejano, a pesar de estar al otro lado de la ciudad; Alice nunca se había atrevido a andar sola tan lejos de su casa.
—¡¿A la playa?! —chilló Alice sin poder contener su emoción.
—Sí, a la playa —contestó Bella, riendo levemente.
—La casa es muy bonita, de seguro te gusta —dijo Edward sonriendo a la mirada efusiva de Alice.
—¿Puedo ir? ¿En serio puedo ir? —La incredulidad de Alice derritió el corazón de Bella.
—¡Por supuesto, pequeña! —exclamó Bella antes de echarse a reír—. ¡Mi mamá nos invitó a los tres!
—Pero… ¿puedes ir, Alice? ¿No tienes muchos deberes o clases por la tarde? Tenemos que pedirle permiso a tus padres para que sepan en dónde vas a estar ―cuestionó Edward con preocupación paternal.
Alice abrió mucho los ojos, ¿qué nueva excusa podría inventar? ¿Qué era lo último que les había dicho? Pasaban tantas cosas por su cabeza que ni siquiera recordaba lo que les había dicho el día anterior cuando le hicieron una pregunta similar. Después de un breve momento de cavilación, Alice habló con decisión.
―Puedo ir ―se limitó a decir.
―¿Segura? ―preguntó Bella después de lanzarle una mirada fugaz a Edward. Por más que adorara pasar tiempo con Alice, había muchas cosas que tenía que descubrir de ella.
―Puedo ir ―afirmó Alice por segunda ocasión.
―Entonces vamos ―propuso Edward con una resplandeciente sonrisa que ameritó un cursi suspiro de Bella.
Pocos minutos después Edward conducía por las calles de Los Ángeles. Bella estaba fascinada con la compañía que tenía en ese momento: por un lado el hombre que tenía preso su corazón y, por otro, la nueva amiguita a la que cada vez le tenía más afecto y que le provocaba sentimientos que no sabía que tenía. Definitivamente, aquella sería una tarde inolvidable.
Cuando Alice alcanzó a ver el mar por la ventanilla del coche lanzó grititos de emoción que hicieron reír a Bella de una forma que Edward jamás había escuchado; él, deseó no estar conduciendo para poder apreciar el gesto a detalle.
Al llegar a casa de los Swan se encontraron con las melodías de la música que le gustaba a Renée, también se toparon con exquisitos aromas provenientes de la cocina y algunos jarrones de flores decorando superficies que antes estaban vacías. Parecía una casa de las que aparecen en las revistas de decoraciones.
—¡Hola! —saludó Bella en voz alta, casi gritando por encima de la música Rock.
Renée apareció en la sala con una resplandeciente sonrisa. Usaba uno de sus vestidos de verano, aquellos que Bella sabía que se ponía cuando estaba de buen humor. Antes de saludar a Edward y Bella, Renée puso atención a la pequeña que los acompañaba. Alice tenía los ojos abiertos, admirando hasta el más mínimo detalle, sentía como si hubiera entrado a un castillo o a una de las revistas de decoración que el señor del puesto de periódicos le dejaba hojear de vez en cuando.
—¿Quién es ésta princesa tan guapa? —preguntó Renée, con una mirada tan tierna que el corazón de Alice se derritió como chocolate fundido. La pequeña dio un paso al frente y sonrió encantadoramente.
—Soy Alice, y hace poco me hice amiga de Bella y de Edward. Ellos son muy amables. Por cierto, tiene una casa hermosa —comentó la niña después de su educada presentación. Renée rió ligeramtne por el encanto con el que Alice había contestado su pregunta.
—Muchas gracias, Alice. Bienvenida —dijo Renée antes de abrazar a Alice y dejar un beso en su mejilla. La niña se sorprendió por el inesperado gesto, pero se dejó mimar aunque sólo fuera por unos segundos, ¿qué tenía que hacer para merecer más momentos como ese?
Bella, por alguna extraña razón, se sentía orgullosa por la ternura y, sobre todo, buenos modales de Alice.
Después de los saludos reglamentarios, los cuatro se encaminaron hacia la cocina para ayudar a Renée con los últimos detalles del almuerzo. Aquella fue una tarde amena, entre risas casuales, charlas sin sentido y ricos aperitivos. Alice se sentía como en un sueño, ¿los demás podrían darse cuenta de la gran emoción que la sacudía desde adentro? En definitiva ese día era el mejor que había tenido desde hacía mucho tiempo, tal vez desde aquella lejana navidad en la que Roger le regaló una linda muñequita con un vestido rosa que simulaba un tutú.
Hubo un momento en el que Bella y Renée comenzaron a bromear y romper a carcajadas, fue entonces que la pequeña Alice cerró los ojos y pidió un deseo, como si la escena frente a sus ojos fuera una estrella fugaz...
«Deseo ser como ellas… aunque sólo sea una vez… aunque dure poco», pidió Alice con todo el amor que su corazón infantil podía dar.
Cuando abrió los ojos se encontró con la mirada juguetona de Renée, quien dio un gracioso brinco y amenazó a Alice con un ataque de cosquillas; Alice abrió mucho los ojos, saltó ágilmente de su asiento, corrió y Renée fue tras ella. Juntas recorrieron toda la casa, entre gritos y risas hicieron varios círculos a la sala mientras los chillidos de gozo se escapaban de los labios de Alice. Luego, la niña escapó al patio trasero por la puerta de la cocina, no había ni dado cinco pasos cuando se detuvo en seco. El jardín de la casa era como su mejor cuento de hadas hecho realidad: césped de un intenso color verde, florecitas en maceteros redondos de piedra, altos y frondoso árboles como los de los bosques encantados y un pequeño estanque que prometía mil aventuras. Renée le dio alcance, la tumbó boca arriba sobre el césped y le hizo cosquillas a Alice sobre el estómago hasta que ninguna de las dos pudo más.
Edward y Bella se reunieron con ellas, justo cuando ambas se dejaban caer pesadamente para tratar de recuperar el aliento, Edward propuso un paseo por la playa y nadie se pudo negar. El día estaba hermoso.
Edward y Bella llevaban a Alice de la mano, Renée iba al lado de su hija e iban hablando de cosas simples mientras caminaban por las costa casi. Bella se sintió tan contenta en ese momento que lo único que atinó a hacer fue apretar afectuosamente la mano de Alice; esa pequeña que el destino se empeñó en poner en su camino, le provocaba un cariño inesperado e inmenso, algo que creía inexistente en su interior. Fue entonces cuando se dio cuenta que los momentos etéreos y simples hacen que la vida sea maravillosa, que puedas ser capaz de mirar alrededor y dar gracias por lo que tienes y lo que has conseguido.
Los cuatro regresaron entusiasmados a la casa. Bella se sentó en la sala, llamó a Alice y le pidió que hiciera un par de pasos de ballet, cuando la niña hizo su mejor actuación, Bella comenzó a corregir su técnica, a darle consejos para mantener la postura de las líneas finas y elegantes que requiere el ballet. Los pasos y las correcciones se repitieron una y otra vez…, hasta que llamaron la atención de Renée y de Edward.
—Hija, ¿por qué no le das clases por las tardes? –propuso Renée.
—¿Qué? ¿Clases? —respondió Bella, confundida. No había caído en cuenta de lo que le había propuesto su madre.
—Sí, Bella. Yo podría pasar por Alice por las tardes para traerla a ensayar y cuando terminen la llevo a su casa —dijo Edward.
Bella pensó un momento en la propuesta que le había hecho su madre, también pensó en todo lo que implicaba: el tiempo, la dedicación, el esfuerzo, las sonrisas y las satisfacciones. Al cabo de unos minutos, Bella se dijo a sí misma que no era una idea tan descabellada. Sería como ver renacer sus maltrechas alas.
—Alice, ¿tú qué opinas? — le preguntó Bella a la niña. No se necesitaba ser un genio para saber lo que iba a responder, bastaba con ver su mirada para saber el rumbo del destino.
—¡Sí! —chilló Alice, dando saltitos de emoción.
—¡No se diga más! ¡Bella será tu profesora de ballet! —dijo Renée antes de ultimar detalles de horarios junto con Bella y Alice, además de aportar algunas ideas.
Esa tarde, Alice se despidió de Renée y de Bella con inmensa alegría rebosando en su interior; sabía que la esperaban tardes amenas y muy productivas al lado de aquella estrella fugaz del ballet. Era un sueño hecho realidad, Bella era como un ángel de la guarda.
Edward se ofreció a llevarla, preocupado por su seguridad. En el camino, Alice distrajo la atención de Edward con pláticas banales sobre temas de interés general. Él quedaba cada vez más prendado a la filosofía de vida y a las lecciones que le daba una pequeña que por poco podría ser su hija.
Después de avanzar un buen tramo, Alice convenció a Edward de que la dejara en un parque, según ella, su hermano la estaría esperando ahí para hacer unas compras después. Él, no muy convencido del todo, la dejó ir, haciéndole prometer que si necesitaba cualquier cosa lo llamara a su teléfono celular. Alice se bajó del auto con una gran sonrisa, asegurándole a Edward que estaría bien y que se verían al día siguiente.
Cuando la niña por fin logró regresar a su casa después de un lento viaje en autobús, fue recibida por gritos y regaños por parte de Roger. Alice soltó el llanto. Después de pasar una tarde maravillosa, lo que menos pensaba era ser recibida de aquella forma tan violenta. Eran contadas las veces que ella había visto a Roger de mal humor, y en aquel momento no atinó a hacer otra cosa más que echarse a llorar. ¿Por qué le gritaba tanto? ¿Por qué no podía terminar feliz un día tan maravilloso? Poco tiempo después, Roger se disculpó con su hermana menor y le explicó lo cansado que estaba por todos los esfuerzos que tenía que hacer para el regreso de su madre, y lo preocupado que había estado por no saber en dónde estaba.
Cuando los hipidos de Alice cesaron, le confesó lo de sus nuevas clases de ballet, lo de sus nuevos amigos y de lo contenta que estaba de ser parte de algo nuevo, de aprender algo que le gustaba. Después de pensarlo por un rato, Roger se enterneció y dejó que Alice tomara esa decisión, la dejaría reunirse con Bella; además, así su hermanita podría estar lejos de Janine la mayor parte del día.
Cuando el momento de hacer lo que más te gusta llega, debes tomar las oportunidades que se te presentan, dar tu mejor esfuerzo y disfrutar de lo que haces. Eso es una lección que todo ser humano debería aprender desde la infancia
Como lo prometió, Alice estuvo puntual al otro día en el lugar en el que quedó de verse con Edward. Él la llevó a su departamento, en donde Bella los esperaba emocionada. Pasaron ese primer día de «clases» entre pláticas sobre bellas artes, pasos de ballet, ensayaron un par de posturas básicas, comieron, bromearon y rieron. Era el comienzo de algo más grande de lo que podrían comprender.
Los días pasaban y las clases poco a poco daban sus frutos.
Había tardes en las que los ensayos eran en el departamento de Edward y otras en las que, por petición de Renée, se hacían en la casa Swan. Una de tantas tardes, Renée organizó una comida que también incluía a Charlie y a Emmett; ese día ella les presentó a la encantadora alumna de Bella. Como era de esperarse, Alice se ganó el corazón de los hombres Swan al instante y prometió convencer a su, ahora querida, profesora de ballet para que los días de ensayo fueran en la casa de Beverly Hills, para poder pasar una que otra tarde entre amigos… en familia.
.
.
.
Alice cada día era más hábil con sus pasos, Bella se sentía cada vez más plena con su nueva profesión y los Swan no podían estar más encantados con aquel hermoso par de princesas. Era tanto el cariño que le tomaron a la nueva amiga de Bella que, cierto día, Charlie llegó cargado de regalos para la pequeña. Alice brincó por todas partes con los regalos entre sus brazos y, aunque sabía que su hermano no estaría tan contento como ella, no pudo despreciar las hermosas muñecas, los espléndidos vestidos y las relucientes puntas de baile. Suficientes lágrimas había derramado en su corta existencia que no podía negarse a un placer tan sencillo y satisfactorio como un par de obsequios.
.
.
El cumpleaños de Bella se acercaba y Renée comenzó a organizar una pequeña reunión con un par de amigos. A pesar de la reticencia de Bella, los preparativos siguieron su curso y la inminente reunión para celebrar su cumpleaños se llevaría a cabo. Para la ocasión todos fueron de compras para portar un nuevo modelo digno de un par de fotografías, incluso Alice, que había recibido un precioso vestido que la hacía lucir como una modelo infantil profesional.
Un día antes de la dichosa fiesta de cumpleaños, los Swan en compañía de Alice y Edward, se encargaron de despejar las áreas comunes de la casa y a decorar con motivos rosa intenso y negros. Todo hasta ese momento iba perfecto. Alice modeló su vestido nuevo para el deleite de sus nuevos y muy queridos amigos, se hicieron un par de bocadillos a modo de «prueba», también se degustaron los cócteles y bebidas que ofrecerían, además del sabor de los pasteles. Todo estaba en sincronía, perfección y calma… mucha calma.
Edward y Bella se despidieron, como todos los días, a la puerta de la casa. Primero Bella besó la mejilla de Alice, le recordó que tenía que llegar temprano para que pudiera peinarla y ponerle su vestido nuevo; la niña corrió al coche y, como siempre, esperó a que Edward se despidiera para que la llevara al mismo punto al que la recogía todos los días antes del ensayo. Bella y Edward se dieron un beso, igual que todos los días, se sonrieron y cuando estaba a punto de volverse, Edward regresó, tomó a Bella entre sus brazos y volvió a besarla. Sólo que en esa ocasión fue diferente, fue como una luz intensa que los recorrió por completo, fue como un meteoro barriendo con su interior, fue como un hasta pronto, incluso como… ¿un adiós?
Bella decidió no pensar en ello, se despidió de ellos con la mano y entró a su casa emocionada, o tal vez conmocionada. Aunque lo más seguro era que fuera una mezcla de las dos. ¿Qué significaba aquel beso tan intenso?
Después de asegurarse de que Alice estaría a salvo, Edward partió a su departamento. Pensaba qué ropa podría usar para aquella ocasión tan especial. Era más formal que informal, pero no tan formal como elegante; esa era su propia definición para el día que le esperaba. Entonces, recordó un traje que era perfecto, pero que había dejado colgado en el armario del departamento de Victoria. Fue entonces que decidió dejar su coche, subirse a la moto e ir al otro departamento. Cuando iba en el camino notó la presión de las nubes sobre su cabeza y por el rabillo del ojo alcanzó a ver un par de relámpagos. Para el momento en el que entró al estacionamiento, unas pesadas y frías gotas de lluvia golpearon contra su chaqueta de cuero.
Edward entró precipitadamente al edificio y no se detuvo hasta que estuvo frente a la puerta del departamento. El cerrojo cedió fácilmente, como si alguien hubiera quitado el seguro, Edward frunció el ceño y dio un par de pasos adentro. Escuchó un sonido amortiguado y continuo que lo sobresaltó, encendió la luz con un manotazo y se encontró con una mujer sentada en uno de los sofás, doblada sobre su estómago, cubriéndose el rostro con las manos y convulsionándose suavemente al ritmo de sus sollozos.
La chica alzó lentamente el rostro, Edward pudo ver un pozo profundo de tristeza en aquella mirada que se sabía de memoria, fue en ese momento cuando supo que jamás olvidaría la expresión del rostro que antes le parecía perfecto, coqueto y sensual. Un dolor tan inmenso como ese era capaz de transformar cualquier hermoso rostro.
—Oh, Edward —sollozó ella antes de lanzarse al cuello de Edward y llorar amargamente.
—Emmm… ¿Victoria? ¿Qué fue lo que….?
—¡Mi papá, Edward! ¡Mi papá! —farfulló Victoria sobre el pecho de Edward.
—¿Qué le pasó a Henry? —preguntó Edward aún sorprendido por la repentina visita de Victoria, con sus brazos apenas respondiendo a su abrazo.
―Se fue… mi papi se mu… se… ―murmuró suavemente. Por la mente de Edward habían pasado muchas cosas, menos aquella inevitable y devastadora realidad.
―¿Falleció? ―preguntó Edward, con temor. Victoria no respondió, sólo se apretujó más sobre el pecho de Edward y sollozó con amargura. Dándole a él una afirmación silenciosa.
Edward se paralizó un instante, luego la abrazó con fuerza y se fundió en su abrazo. El corazón de Victoria estaba roto, sus sollozos eran profundos y salían directamente de su alma adolorida.
El viaje de intercambio se pospuso, al igual que los nuevos negocios que había hecho para Carlisle, un par de citas importantes y tratos que implicaban un par de millones de dólares. Ella estaba ahí pidiendo desesperadamente la compañía de Edward, su abrazo y su consuelo… y él no podía negarse. Victoria era su novia, casi su prometida y Bella era… sólo su cisne. Nada más.
Antes, Edward había percibido una paz y una calma inexplicables. Por supuesto. Era la calma que precede a la tormenta.
.
.
.
Tengo dos Co escritoras que son lo MEJOR DEL MUNDO! Sin ellas esto no estaría aquí.
Las amo!
Gracias
Vicko
