Viviendo entre sombras
Capítulo 2: Aterrizajes.
El mundo para Bulma se había vuelto corredores, paredes blancas, puertas eléctricas y laboratorios. El frío que recorría sus brazos por las noches era acongojador, y la comida que ahora se veía obligada a comer por ser lo único que se le ofrecía, no era ni la mitad de delicioso que lo que ella un día le dio a sus mascotas.
Ahora miraba a través de una ventana de magnitudes hacia las afueras de la corporación, y donde antes había un enorme árbol que la protegía de la lluvia cuando era una pequeña niña, ahora había un ala más de laboratorios. La verde grava que su madre y jardineros mantenían en las mejores condiciones había sido reemplazada por piedras y tierra. La patrulla no pondría gastos por el mantenimiento de simples plantas.
A esa altura llorar era igual a nada, ya lo había hecho tiempo atrás para desahogarse, pero tristemente ya se había acostumbrado a esa nefasta realidad que la abrazaba con violencia.
Se propuso mentalmente continuar con sus tareas. Se acomodó el cabello azulado detrás de la oreja para trabajar con más comodidad. No pudo evitar recorrer con sus dedos la longitud de su cabello y preguntarse qué corte le sentaría mejor.
— Despierta mujer, no te trajeron aquí para dormir la siesta.
Frunció el ceño y al mismo tiempo los labios, notablemente molesta.— No, claro que no, ¡me trajeron aquí para que haga su maldito trabajo por ustedes! —Como no obtuvo respuesta alguna se dijo que lo mejor sería regresar a sus actividades.
Suspiró y se levantó de la silla metálica en la que reposaba. Frente a ella, un escritorio que cargaba una enorme pieza similar a una ventila de avión. A través del monitor de seguridad solo podía apreciarse como la joven revolvía y cambiaba uniones de cables para luego dirigirse a un pequeño cuaderno y hacer un par de anotaciones.
Cansada, después de unas horas la mujer limpió su frente con el reverso de su mano. Realmente estaba agotada. La comida que le servían a diario, no era exactamente un suplemento dietario. Ni siquiera escuchó cuando la puerta a sus espaldas se abrió y el ya común militar que la escoltaba diariamente entró a darle unos documentos en un folio. Respiró con profundidad otra vez y sintió una segunda presencia a su lado al abrir los ojos. Se horrorizó al ver una mano junto a su hombro y saltó de pavor cuando ésta la tocó.
— ¡Ahhh! —Gritó, saltando de su asiento con una mano en el pecho.
El hombre resolvió hacerse a unos metros atrás, la reacción de la prisionera lo tomó por sorpresa y se estremeció por un segundo, además de quedar levemente aturdido por el agudo grito de la joven.
— ¿¡Pero qué diablos haces asustándome así?! ¿¡Que acaso no ves que estoy trabajando!? —Cuestionó la fémina enfurecida.
— ¡Demonios!, ¡La próxima vez no me importa lo que diga el comandante, te volaré la cabeza de un tiro! —Contestó aún aturdido el soldado, escupiendo pequeñas gotas de saliva. Reunió aire en el pecho y arrojó al suelo los documentos.— ¡Ahí tienes lo que pediste! —Dijo volteándose a retirarse.
— ¿Lo que pedí? —Pensó y parpadeó un par de veces antes de voltearse al folio. Bajó las piernas de la mesa, en pleno escándalo y sin darse cuenta se había subido completamente a la mesa metálica junto a su proyecto. Ya más calmada, reunió una a una las hojas que el soldado había "entregado".— Ya lo recuerdo —Dijo sonriente.
Inmediatamente Bulma acomodó las hojas en la mesa de su pequeño laboratorio y se dispuso a descifrar el mensaje. Era todo un reto y el hecho de saber que los demás científicos de la tierra no habían logrado descubrir qué era lo que el mensaje decía, la emocionaba aún más. Al cabo de unos minutos se felicito a sí misma, aquellos símbolos creados a partir de figuras geométricas comenzaban a tener un orden. La brillante y joven mente sentía una enorme pasión por la ciencia y lo desconocido, sin lugar a dudas si habría alguien en el mundo capaz de realizar esa grandiosa tarea, era ella. Dejó completamente de lado el proyecto de la patrulla y se embargó al suyo propio. No notó que las horas correspondientes a su trabajo, las había pasado por completo, cuando feliz, tomó el trozo dibujado de papel y una vez más se felicito.
— ¡Lo hiciste!, ¡lo hiciste!, ¡sabía que lo haría! Soy la mujer más inteligente de la tierra. Sabía que lo lograría, soy grandiosa—Se dijo mentalmente y sin más tomó cómodo asiento para leerse la señal.
"Si alguien está escuchando esto… por favor, les suplico que nos ayuden… Nuestro planeta está siendo atacado y… —La siguiente parte de la transmisión se perdió por mala recepción del satélite— ¡Por favor! ¡A quien nos escuche! ¡Auxilio! —Fin de la recepción.
Bulma se quedó inmóvil, las palabras de ayuda de un ser de otro planeta no fueron alentadoras al infantil sueño de encontrar un ser poderoso que los ayude a liberarse de sus opresores. Más bien la dejó más temerosa de lo que pudiera encontrarse allí fuera. Era un hecho que más de una especie habitaba la galaxia, ellos no eran los únicos seres inteligentes y de hecho, quizá no eran los más avanzados. ¿Qué hacer? La patrulla no debe pensar que aquellos seres pudieran ser poderosos, de otro modo no buscarían un enfrentamiento. Estaban cegados por su afán de ser los dueños de todo sin saber lo minúsculos que podían ser en realidad.
— Entonces…—Pensó y una voz familiar la despertó de su trance:
— Es hora de volver a tu celda.
— ¿Tan pronto? —Susurró se volteó incrédula al reloj— Vaya, supongo que es cierto cuando dicen que el tiempo pasa volando cuando te diviertes.
Al igual que todos los días, el militar escoltó a la peliazul a su dormitorio. Al entrar observó que en su mesa de noche había una pequeña cena preparada para ella. Se sorprendió al notar que aún estaba caliente y más aún al probarla y reconocer la especial forma de cocinar de su madre. Al parecer el General Blue estaba cumpliendo con su palabra, y por ahora ella también cumpliría con la suya.
Dos enormes cráteres se dibujaron en la corteza de un planeta de proporciones de Júpiter. Sus creadores se posicionaban en el centro de estas, y los seres en su interior comenzaban a despertar cuando una tercera y cuarta se posicionaron a un par de kilómetros de distancia. El primero en despertar del sueño hibernal, colocó su mano enguantada en uno de los marcos de la escotilla que acababa de abrirse. Con un impulso salió de su nave y luego estiró los músculos de su espalda. Ya habían pasado tres meses desde el momento en el que entró a ella y su cuerpo estaba algo entumecido. Con un rápido movimiento de su cabeza, los huesos de su nuca hicieron un pequeño "click". El resto de los guerreros comenzaron a aparecer uno a uno detrás del primero. Después de unos leves quejidos, de parte de los más grandes, todos ellos resolvieron inmediatamente presionar los botones de los scooters sobre el lado izquierdo de sus rostros.
— Este planeta tiene muchos habitantes —Dijo Nappa comenzando a levitar para acercarse a su líder.
— Servirán como esclavos, así que trata de no eliminarlos a todos Nappa, tiendes a realizar esa tarea con demasiado gusto —Comentó el príncipe para luego ronronear una risa.
— Bah… de que sirve salir a divertirse si al llegar no podemos acabar con una o dos vidas —Tres de los cuatro soldados soltaron una carcajada y sin intentarlo recordaron viejas hazañas vividas.
El tercero se volteó a observar la pobre vegetación del planeta, caminó unos pasos y se despojó de uno de sus guantes. Con la yema de los dedos acarició el suelo y pudo percibir las grietas que se formaban en él.
— ¿De qué subsiste esta especie? —Preguntó al resto.
— ¿De qué hablas? —Preguntó Vegeta en un tono imponente.
— No hay mucha vegetación, y al parecer en este planeta no llueve mucho… No me explico cómo es que hay tantos habitantes aquí si no tienen una fuerte fuente de alimento… —Dijo ensimismado el pequeño Tarble.
— Muy astuto, Tarble —Contestó su hermano con una sonrisa picara en el rostro— Tú te encargarás de averiguarlo. Mientras nosotros nos encargaremos de… "persuadir" a los habitantes a trabajar para nuestro imperio.
Tarble alzó una ceja, obviamente su hermano tenía el menor interés en enseñarle cómo conquistar el planeta. No se rehúso, simplemente asintió y comenzó a levitar en dirección contraria al resto.
— Esas no son las órdenes de su padre —Dijo Nappa con recelo.
— ¡Já! Mi padre quiere volverme el niñero de Tarble. Es ridículo… esa pequeña alimaña no tiene esperanzas. Si crees que debe aprender a comportarse como un verdadero saiyajin, ve tu mismo tras él.
Nappa se dio un segundo para observar al joven saiya adentrarse al planeta. Él mismo había categorizado su dificultad y elegido a tres de los mejores guerreros saiyajin para conquistarlo, lo más probable era que él solo no pudiera enfrentar a un grupo de habitantes… De regresar sólo los tres guerreros, el rey Vegeta no estaría muy satisfecho y Nappa no pretendía cargar con la furia del monarca y la muerte de un príncipe sobre sus hombros.
Vegeta alzó levemente su labio en un silencioso gruñido al ver como su guardia se retiraba detrás del más joven.
— Vamos, Bardock —Le dijo al soldado junto a él, quien había optado por mantenerse al margen de la situación.
Apenas unos años menor que el padre de Vegeta, Bardock se había destacado del resto de saiyajins por sus innumerables contribuciones y lealtad a la corona. Sin importar su condición de soldado regular, logró colocarse en los mejores escuadrones del reino y resultar conveniente a la hora de colaborar con la realeza saiyajin.
Ambos tomaron vuelo a lo que, según el scooter, era el epicentro de la población. Mientras que por otro lado a una velocidad considerablemente menor, se encontraban Tarble y Nappa. El de menor estatura presionó un par de veces el botón de su scooter y señaló este a diferentes direcciones.
— Deberíamos dedicarnos a atacar alguna aldea.
— Si quieres hazlo tú, Vegeta ya me dejó bastante claro que yo no sirvo para esas cosas —Respondió y divisó a lo lejos un haz de luz que parecía estar abandonando el planeta.— ¿Es eso un puente de aterrizaje? —Esforzó la vista tratando de ver con más precisión lo que se alejaba. Parecía ser una nave, y debajo de ella, un puente metálico de grandes proporciones. Rápidamente emprendió su marcha hacia éste y detrás de él, su vasallo.
Al encontrarse a pocos metros de las instalaciones Tarble disminuyó la velocidad y se ubicó detrás de unas maquinas que parecían servir de transporte. Nappa no cuestionó la actitud de su príncipe y se obligó a permanecer en silencio. Tomo lugar junto a él pero un hedor desagradable lo obligó a tapar su nariz.
— ¿Qué es ese maldito olor? —Preguntó en voz baja.
Tarble se volteó al mayor e inhaló un par de veces. Por poco sus ojos se salen de sus orbitas al momento de percibir el desagradable hedor.— No lo sé —Contestó cubriéndose.
Gracias a su gran altura, el de bigote pudo hacerse de una mirada dentro de la maquinaria a su lado. Dentro del aparato había una serie de piedras de color rojizo, del tamaño de monedas y de forma esférica.
— Creo que es azufre. —Murmuró el pequeño mientras el mayor se hacía con un puñado de piedras. Nappa extendió su palma para mostrarle su descubrimiento al príncipe y este tomo un par de piedras para luego realizar una mejor investigación sobre ellas.
El príncipe estiró el cuello y logro ver a los habitantes del planeta. Lo que más llamó su atención era el cabello rojizo y rizado que parecía ser característica propia de la especie. La piel azulada y escamosa de estos era brillante y según lo visto los privaba de la sensación de frío, por lo que ninguno traía ropas encima. Un grupo de unas quince personas cargaban un enorme recipiente con ruedas de las mismas esferas que Nappa había encontrado minutos antes. Al finalizar encendieron un dispositivo y el recipiente se cerró, los de aspecto más musculoso lo colocaron dentro de una nave y nuevamente realizaron la misma tarea.
— Creo que ya se cual es su base de alimento —Comentó Tarble y giró a su acompañante— ¡Debemos buscar a mi hermano!
— De acuerdo —Espetó Nappa y giró su rostro, con un simple movimiento de su muñeca ya había localizado mediante su útil aparato, la ubicación del príncipe y de Bardock, cuando una voz aguda se escuchó no muy lejana.
El par volteó a la voz y lo que parecía ser un soldado los señalaba con uno de los tres dedos de su mano derecha, gritando en un idioma desconocido para ellos.
— Creo que dijo "intrusos" —Comentó nervioso, Tarble.
— ¡Por fin! —Exclamó Nappa poniéndose de pie— ¿Me permite? —Pidió al príncipe con una sonrisa en el rostro.
— Adelante. —Contestó y tragó saliva al ver como se acercaban a ellos, un grupo de más de treinta individuos furiosos, cargando armas.
— Mire y aprenda príncipe.
El calvo comenzó a tomar altura mientras que Tarble, junto a él, trataba de hacerse de una posición más segura. Sólo le tomó unos minutos de trabajo a Nappa deshacerse de los guerreros, pero la cantidad de atacantes que aprecian segundo a segundo comenzaba a hacerse preocupante.
— No sé qué le encuentras de interesante al patio trasero niña.
La peliazul se volteó confundida al Dr. Gero y resolvió una sonrisa. Él no veía todos los recuerdos que el planeta le brindaba en cada esquina, y la melancolía que le causaban las paredes que ahora eran su prisión.
— No me haga caso Dr.
— Imposible no hacerlo cuando eres el único humano inteligente que me veo obligado a frecuentar.
— Lo mismo digo —Contestó con una débil sonrisa— No entiendo como no nos vuelve locos la soledad.
— Me resulta imposible imaginarte más loca de lo que estás ahora —Comentó el anciano sin cambiar su semblante.
— ¿Era una broma? —Cuestionó Bulma alzando una ceja.
— De hecho, es un cumplido —Dijo y esbozó una sonrisa, escondida por su bigote.
Bulma guardó silencio y continuó observando el patio trasero de la Corporación. Los edificios adjuntos habían cambiado demasiado a como estaban antes del golpe militar, los parques se volvieron un desperdicio de espacio y los lugares de entretenimiento eran sólo permitidos a soldados, y sólo los que no habían sido clausurados. La mujer posó su barbilla en la palma de su mano, algo apesadumbrada y suspiró, una cosa que la patrulla no había logrado arruinar era la belleza del cielo que para esa hora del día se había vuelto un hermoso atardecer. Se extrañó al ver caer del cielo una bola de fuego y alzó las cejas con sorpresa, luego de unos segundos de impactarse contra la tierra sintió un temblor bajo sus pies, y al volverse una vez más a la ventana pudo ver una ola de viento expansiva, recorrer con violencia la ciudad hasta ella.
— ¡Cuidado! —Gritó Bulma y se cubrió bajo la mesa sin dudarlo. Momento en el que la ola impactó la corporación y el vidrio de la ventana se partió en mil pedazos. La joven cubrió sus oídos y gritó asustada, sintiendo como todo el suelo bajo sus pies parecía comenzar a resquebrajarse. El sonido producto del impacto aún se oía, y poco a poco fue reemplazado por los gritos de personas, alarmas de autos y soldados en los alrededores. Lentamente Bulma abrió los ojos y horrorizada encontró frente a ella el cadáver de su compañero. Cubrió su boca y se hizo contra la pared a sus espaldas, conteniendo las lágrimas se levantó lentamente y caminó con sumo cuidado hasta la puerta, tratando de no tocar el cuerpo.
Al parecer el hombre no reaccionó con tanta rapidez como ella y los incontables vidrios de la ventana acabaron con su vida en menos de un segundo.
Dispositivos de seguridad desactivados. Alerta roja. Dispositivos de seguridad desactivados. Alerta roja.
Una y otra vez se repitió el mensaje en las bocinas y Bulma observó como la puerta que la aprisionaba se abría. Sin dudarlo corrió a las afueras tratando de recordar el camino a la salida. El largo pasillo blanco que siempre recorría estaba cubierto de pedazos de vidrio rotos y objetos irreconocibles envueltos en llamas. Escuchó explosiones en los alrededores, un impacto de esa magnitud seguramente habría afectado muchas áreas de los laboratorios, lógicamente no era un buen lugar para encontrarse en esa situación.
Su respiración se agitaba, necesitaba beber un sorbo de agua con urgencia.
— ¡¿Dónde?!, ¿¡Dónde diablos estarán!? —Se preguntó a sí misma, mientras corría y miraba dentro de habitación tras habitación.— ¿Dónde diablos está la cocina?
Repentinamente una explosión a sus espaldas la empujó unos metros, a pesar de haberle tomado tan poco tiempo expulsarla del radio ella pudo sentir el arrasador calor sobre su frágil humanidad. Sus hombros estaban manchados de un color oscuro, producto del humo y ahora con sus codos apoyados sobre el suelo, cortándose con los pequeños pedazos de pared intentaba ponerse de pie una vez más.
— ¿A dónde crees que vas? —Dijo una voz gruesa detrás de ella.
Bulma abrió los ojos asustada y temblando miró sobre su hombro. La figura que la observaba era de gran tamaño, pero las llamas y el humo no le permitían hacerse de una buena imagen de su rostro. Sus brillantes ojos le quitaron el habla y tartamudeo tontamente.
— Despídete —Concluyó y la obscura figura alzó una mano, seguramente para terminar con su existencia.
— ¡Despiértate!
— ¡SUÉLTAME! —Gritó la peliazul levantándose de la mesa que había alojado a su rostro como almohada durante los últimos veinte minutos. Aún sudaba frío, y su respiración estaba acelerada. Asustada observó sus alrededores y comenzó a tranquilizarse.
— Si no hubieras hecho tanto ruido te hubiera permitido dormir un poco más —Comentó Gero, a su lado.
— Lo siento —Dijo a sabiendas de que todo había sido un sueño.— No he dormido muy bien últimamente, sólo quería descansar la vista. No pretendía quedarme dormida.
— Trata de dormir bien esta noche, mañana es un día importante —Dijo, como siempre, ensimismado en sus labores.— Por cierto, ¿ni siquiera dormida puedes hacer silencio?
La joven pasó por alto los comentarios del Dr. Gero. Desde el momento en el que resolvió el dichoso mensaje de auxilio, no había podido conciliar un sueño tranquilo, e incluso despierta imaginaba a su planeta siendo atacado por un enemigo poderoso.
Ya habían pasado tres meses y a pesar de la complicada forma de trabajo en la que ahora se veían obligados, la investigación había avanzado significativamente siendo unos pocos detalles a pulir los que faltaban. La nave de la patrulla ya estaba casi terminada. Días atrás habían sido informados de que tendrían un día más para trabajar en conjunto con los demás científicos, lo que emocionaba mucho a Bulma y no tanto a Gero, el se sentía más a gusto en grupos pequeños de persona, o tal vez a solas, encerrado en su propio laboratorio, el cual ya hasta parecía una cueva.
La emoción de Bulma, por otro lado, radicaba en que al día siguiente trabajaría una vez más junto a su padre, de quien había sido privada de comunicación hace ya casi dos años.
Esa noche Bulma tuvo pesadillas nuevamente, y al despertar en medio de la noche optó por permanecer despierta hasta que se hiciera la hora de trabajar. El militar habitual no la tomó por sorpresa, como tantas veces anteriores en las que al llegar ella continuaba durmiendo. Esta vez, la escoltó hasta una habitación de grandes proporciones y miró asombrada la nave que habían construido individualmente. No le llamó la atención la cantidad de guardias que la custodiaban, todos vistiendo el mismo uniforme que el moreno a sus espaldas. Aproximadamente unos diez hombres de diferentes características se encontraban, detrás de unas ocho personas de bata blanca. Lo que sí llamó su atención fue una pequeña nube de humo blanquecino, miró debajo de ella y un hombre de baja estatura y cabello grisáceo le daba una pitada a su cigarrillo a medio consumir mientras miraba la gigantesca nave con un brazo flexionado detrás de su espalda. Sonrió entonces y los pequeños ojos detrás de las gafas de grueso marco negro percibieron la figura de la fémina.
— Papá… —Susurró Bulma y su padre le dirigió una cálida sonrisa.
Los científicos caminaron hasta la nave dudosos mirándose unos a otros, Bulma se procuró un buen lugar junto a su padre y le habló:
— No sabía que te daban cigarrillos.
— Debes aprender a exigir sin gritar, hija —Le contestó el pequeño hombre con toque de humor.
Su hija sonrió nuevamente, a pesar de que él era un hombre de pocas palabras, siempre decía lo correcto en el momento correcto.
Después de un par de horas el general a cargo hizo entrada en la habitación sin interrumpir el trabajo de los científicos. Caminó alrededor de la maquina y la observó esperanzado de ser uno de los seleccionados para viajar por el espacio. Repentinamente el aparato en su muñeca comenzó a emitir un sonido titilante, el hombre se sorprendió y de inmediato tecleó unos pequeños botones en él y el sonido cesó. Bulma no pudo evitar notarlo, y mucho menos su nerviosismo al ver como otro soldado aún más nervioso hacía entrada junto a ellos.
— ¿Qué sucede? —Preguntó al joven soldado.
— Nuestro satélite le tomó una foto —Contestó y le entregó las imágenes.
Se despertó la curiosidad de los prisioneros y todos detuvieron sus labores en un instante. Se pudieron escuchar entre el silencio el sonido de varios preguntando de qué se trataba todo aquello, de qué imágenes hablaban y por qué estaban tan nerviosos.
El general se sintió abrumado y una gota de sudor recorrió desde su frente a su barbilla, desde donde calló a romperse al suelo.
— ¿Es posible que haya sido un meteorito? —Trató de preguntarle al joven en voz baja, obteniendo como respuesta un movimiento de sus hombros.
— Lo dudo —Dijo Gero a unos metros, llamando la atención del general— Si un meteorito se dirigiera a la Tierra lo habríamos detectado por su tamaño, lo que quiere decir que si lo era, era uno pequeño. Pero de ser así, el calor al que se vería expuesto al llegar a la atmosfera terrestre habría provocado su combustión.
El hombre parecía no entender las palabras del científico, por lo que un tercero intentó ayudar a la situación, clarificándolo para él.
— De ser un meteorito, se hubiera prendido en llamas y desintegrado antes de llegar a la Tierra.
— ¿Tienen una imagen? —Interrumpió Bulma acercándose.
— S-Sí… —Contestó aún sorprendido.
— Déjeme ver —Pidió antes de tomar de las manos del hombre la serie de tomas del satélite.— Es una nave… —Murmuró. La toma revelaba una pequeña esfera envuelta por una capa de fuego, seguramente creada por la fricción y la velocidad. Bulma asumió que la aleación de la que fue creada era tan resistente como para soportar la presión del espacio y las altas temperaturas.— Es una nave —Dijo una vez más ya más segura y le entregó nuevamente las imágenes al militar. No pudo evitar sentirse nerviosa ante el descubrimiento, temiendo que su pesadilla fuera una realidad.— ¿Hace cuanto tomaron esa imagen?— Cuestionó al joven soldado.
— Hace unos minutos…
El militar a cargo salió de allí junto con el menor dejando a un atónito grupo a sus espaldas.
Bulma tragó saliva preocupada por el porvenir de la Tierra.
— Tranquila hija, todo saldrá bien —Dijo el encorvado hombre dando nuevamente una pitada a su cigarrillo.
Continuará…
N/A: ¡Espero y estén disfrutando de este fic! En el próximo capítulo, la llegada de Kakarotto al planeta.
Nadeshico023.
