1995

Ella era Pansy Parkinson. Devastada.

Hecha un ovillo en su cama derramaba lágrimas en silencio, enterrándolas en su almohada. Ese año había terminado de manera terrible.

Y no, no le importaban la muerte de Cedric Diggory o el supuesto regreso de El Señor Oscuro. Lo único que le importaba y le dolía era haber pasado tres meses después de las vacaciones de Navidad peleando con Draco Malfoy respecto a su desaparición durante la Fiesta, y los últimos tres meses del curso sin hablarse.

¿Cómo podía una de segundo año haberle robado a su amado? Vale, no podía asegurar que hubiera pasado algo, pero todo indicaba que sí.

Y Draco ni se molestaba en negarlo, en decirle que jamás miraría a otra chica que no fuera ella porque la amaba.

Eso le dolía en lo más profundo del alma, si es que tenía una.

Y se sentía traicionada porque a todos les había encantado fastidiarla con bromas sobre que le estaban saliendo cuernos o que había sido desterrada de su propio trono. Es decir, sus propias amigas, a las que ella había ayudado a robar exámenes o realizar algún hechizo indebido cuando los profesores no estaban viendo, a las que había consolado después de un rompimiento amoroso, una cita a ciegas, o una notita de despedida; esas amigas se habían burlado de ella. Habían hecho de su desgracia el cotillón del trimestre.

Derramó más lágrimas ardientes, apretando los ojos y empequeñeciendo más en su mullida cama. ¿Por qué dolía tanto amar demasiado? No lo lograba entender. Se suponía que el amor te llenaba de felicidad, te hacía volar por las nubes, te ilusionaba y hacía soñar.

Hasta ahora sólo había tenido pesadillas.

De pronto se sintió envuelta en un abrazo frío, aprisionada de la cintura por un par de manos largas y rudas. Aquel aliento mentolado llegó a su rostro. Sonrió por una milésima de segundo: no lo había oído entrar.

Draco no dijo nada, simplemente se encargó de abrazarla sin cariño, de apoyar su mentón en el hueco que formaban la cabeza y el hombro de Pansy, se encargó de darle toquecitos en la piel, como un dueño le da palmaditas de alivio a una mascota.

No dijo nada.

Y ella tampoco.

Así se entendían.

Claro que hubiera esperado una disculpa, un "lo siento" y un "te amo"; le hubiera encantado que Draco viniese desesperado a verla, a limpiar sus lágrimas con un beso y a abrazarla hasta quedarse dormida.

Sabía de antemano que eso jamás iba a pasar, pero él estaba ahí y eso era mil veces mejor que cualquier cosa.

Así que se rindió, relajó su cuerpo entero y se volteó a verlo. Sus ojos plomos, duros, se incrustaron en los azules llorosos de ella y después la besó.

La besó con fuerza, con dominio, haciéndole guerrilla para que se le metiera en la cabeza que ella era suya.

Y ella se dejó. Ella era completamente suya, todo lo que poseía era de él.

Todas esas prendas de vestir que Draco iba retirando con rudeza eran de él. Una a una cayendo al piso. Todas esas cosas le pertenecían a Malfoy.

Así, ese verano de 1995, Pansy Parkinson finalmente entendió que era suya, pero todavía no entendía que él no de ella.