Viviendo entre sombras
Capítulo 25: Placentera Tortura.
Ni en un millón de años se hubiera imaginado que estaría reposando en la cama de un mercenario. Que lo que se inició allí, en la cámara de gravedad, terminaría arrastrándose hasta la cama de Vegeta y que finalmente estaría limpiando el sudor que semejante acto le había dejado en todo el cuerpo.
Tenía la mirada perdida, casi catatónica, si se pudiera decir. ¿En dónde había quedado su conciencia?, su pudor, su sentido común, ¡su integridad! ¿Qué pensarían de ella sus amigos?, su familia, ¡la Tierra entera!
No sólo se había acostado con un genocida espacial, sino que había perdido su valiosa virginidad en las ensangrentadas manos del Príncipe de los Saiyajins, y al mismo tiempo, engañado a su primer novio en el proceso.
Hacía unos minutos atrás seguía abrazada a su amplio torso y recuperando el aliento, mientras sentía la cálida respiración del Príncipe sobre el arco de su cuello, agotado.
Lo que duró ese instante pareció una eternidad de paz. Descubrió con gusto que la piel de Vegeta era más suave de lo que esperaba, y tal como la imagen de un Dios Griego, cada centímetro de su cuerpo estaba tallado, firme y tonificado.
La de cabellos azules entreabrió los ojos y se encontró con un camino de músculos que delimitaban su perfecta espalda y no pudo evitar sonreírse a sí misma al ver esa cola liberada, pavoneándose de un lado al otro, casi juguetona. Cruzó por su mente la idea de enredar uno de sus dedos en ella y acariciarla, parecía suave… Aun así se contuvo pensando que podría ser un causante que rompiera ese hechizo que tenía al Saiyajin pegado a ella.
Miró sus manos y rodillas. El abrazo que compartían era infinitamente más íntimo que con cualquier hombre que hubiera conocido antes. Extrañamente Vegeta no le resultaba tan pesado como hubiera creído, o quizás aún se esforzaba por no desmoronarse sobre ella y dejarla sin respiración. Quizá no había perdido por completo la conciencia al finalizar el acto, pero ella no se atrevía a comprobarlo. Sospechó por un momento que, como en la televisión o novelas, él se quedaría dormido allí, abrazado de su cuerpo, bañado de sudor, y nuevamente se sonrió e intentó aprovechar para deleitarse delineando figuras al azar en su espalda. Pero al tan sólo sentir que el tacto de ella se acrecentaba, el guerrero se contrajo y soltó un pequeño bufido.
Se levantó de la cama con el rostro ensombrecido y no se detuvo ni titubeó para mirarla a ella, desnuda y levemente confundida.
—Vegeta… —dijo ella con un rastro de vergüenza en la voz, casi intentando alcanzarlo con su mano derecha.
Él no se molestó en contestar o volverse, la idea de hacerlo ni siquiera pasó por su mente. Totalmente falto de pudor, se retiró sin vestir por el umbral de la puerta sin decir palabra alguna.
Bulma aguantó la respiración, incrédula. Parecía que el hombre que se había acostado con ella no era el mismo que se acababa de retirar, como si su alma —si es que la tuviera— se hubiera esfumado de un instante al otro, y eso que se había marchado no fuera más que un cuerpo vacío.
Fue entonces cuando realmente la golpeó. Lo que había hecho, ¡lo que habían hecho los dos juntos!
Se incorporó rápidamente sobre el colchón y se cubrió con las sábanas, estaba completamente desnuda y avergonzada. Sus mejillas se tiñeron de rojo furioso al notar la mancha satín debajo de ella, debía lavarla de inmediato pero se encontró a sí misma totalmente inmóvil, con la mirada en un sitio al que realmente no observaba.
—¿Qué he hecho? —se preguntó y se abrazó a sí misma.
Era extraño pero podía sentir el aroma del príncipe ligado a su piel. Aún estaba en ella su esencia.
—Qué desconsiderado… —pensó y giró su rostro a un lado, apenada.
Qué tonta e ingenua había resultado ser. ¿Cómo había sido capaz de creer que ese salvaje asesino se dormiría abrazado de ella? Bulma estaba perpleja, tanto por la repentina indiferencia del soldado como del deplorable comportamiento propio.
Más avergonzada aún se encontró al notar en su abdomen un líquido espeso y cálido, que él le había dejado como muestra de su pecado.
—¡Desgraciado! —maldijo con el rostro ardiendo. Se giró hacia atrás, la científica conocía perfectamente esa habitación ya que ella misma había sido quien la reconstruyó e incluso quien había colocado las sábanas blancas en la cama de Vegeta. Bulma se puso de pie, habiéndose cubierto con las sábanas, corrió hasta un mueble blanco empotrado en la pared y abrió una de las puertas corredizas, tomó un par de toallas también blancas y salió a paso rápido por la puerta.
La escuchó corriendo descalza pero no quiso voltearse a mirarla, no podía volver a verla ya. La había tachado de su lista de quehaceres de una maldita vez por todas y ya no tenía ninguna razón para dejar que se le acercara. Se sumergió por completo en ese deseo prohibido, embriagado de placer, pero no era eso lo que lo tenía tan intranquilo, sino haberse encontrado a sí siendo "delicado" para con ella. Desde un principio lo volvió loco lo estrecha que ella resultaba y lo excitada que se sentía, deseó satisfacerse en plenitud pero sabía que si ejercía mucha fuerza sobre ella podría incluso matarla, de modo que cada movimiento, cada toque e incluso cada beso estaba medido con antelación. Era una tortura exquisita, casi indescriptible, pero no propia de él.
Si bien Vegeta jamás había sido calificado como un mal amante, no era de los más cuidadosos. Cualquiera creería que había perdido la cordura para terminar teniendo sexo con una terrícola, pero su juicio relució cuando se sintió venir e inmediatamente se retiró de ella, no podían permitirse un error aún peor, ella jamás podría llevar un heredero al trono en su vientre. No lo había notado hasta entonces, pero aunque estaba agotado luego de su placentera faena, seguía ejerciendo fuerza sobre sus codos para no dejarle a ella su peso muerto. Fue hasta sentir cómo las pequeñas manos de la mujer cosquilleaban su espalda cuando entró por completo en razón y notó lo que hacía. ¿Cuidándola?, ¿a una insignificante terrícola?
Por supuesto se lo negaría hasta la muerte, nadie jamás podría saber lo que había ocurrido entre ellos dos. Por mucho delirio mental que provocara ese recuerdo en su mente, él era más fuerte que ello. Bulma ya no volvería a ser un problema, ahora que estaba satisfecho podía dedicar su tiempo completo a entrenar sin intromisiones mentales. O eso esperaba.
Ella tomó una larga ducha, tenía que sacarse ese aroma del cuerpo. Tenía que sacarlo de su cabeza, ¡él la había rechazado después de hacerle el amor! Pero no, él no le había hecho el amor, se la había cogido. Llana y mundanamente.
¿Qué haría ahora? El error ya estaba escrito en su prontuario de romances y no había forma de recuperar su virginidad para regalársela a Yamcha, y si él se enteraba de lo que había pasado entre ella y el saiyajin, seguramente perdería la vida intentando matar a Vegeta. No tenía sentido alguno que se lo dijera, por muy injusto que fuera para él.
Incluso si a Vegeta se le ocurriera mencionarlo, Yamcha jamás creería que aquello se había dado por un deseo mutuo. Lo más probable era que pensara que se forzó sobre ella, conociéndolo.
Tan ingenuo…
Existían varios puntos clave en la vida de la muchacha de ojos color cielo que, por alguna razón, no tocaban sus pensamientos. La idea de ver a su novio a los ojos después de tan tremendo engaño, trabajar para el hombre que la había llevado a la cama para luego ignorarla cruelmente, la mirada de sus amigos y familiares, todo ello estaba perdido en una nebulosa que debería habitar la mente de Bulma. Sin embargo lo único que había allí era una fuerza que irremediablemente intentaba descubrir al causante de ese dolor intenso de su pecho. Eso que no la dejaba respirar y que la había arrastrado hasta un rincón del baño para respirar entrecortadamente, mientras varias de sus lágrimas se mimetizaban con las gotas de agua de la ducha.
Debía ser una científica desde su corazón, no sólo de mente. Lo suyo era no más que simple atracción sexual, una cadena interminable de hormonas y feromonas que revoloteaban entre ellos dos y le hicieron perder el juicio. Un proceso tan natural como ese no debería de dolerle en el pecho porque él no era más que un sujeto abusivo, prepotente, egoísta, narcisista y por sobre todo un cruel asesino que podía terminar con su vida cuando así le apeteciera. No debería ni sorprenderse si su despertar en el otro mundo resultara ser gracias al nefasto príncipe.
Una científica de su calibre, una mente tan brillante y única como la de ella, no podía quedarse llorando desolada en un baño mientras aquel villano que había herido su orgullo estaba tranquilo a pocos metros, probablemente sin recordar su nombre. Una mujer como ella debía de encontrar soluciones a los problemas que se le presentasen y tenía un problema mucho más grande que Vegeta entre manos.
Freezer aún estaba ahí afuera, buscando a todo saiyajin que hubiera en la galaxia y casualmente en su pequeño planeta existía una población de ocho saiyas, a los que probablemente se le sumarían otros si los planes de Tarble salían tal y como los había pensado.
Bulma era una clase de mujer a la que una vez que una idea se le cruza por la cabeza no existe nada en el mundo que le impida verla realizada. Por ello mismo no tardó mucho en salir de la ducha y caminar en toalla hasta la entrada de la cámara de gravedad donde Vegeta parecía estar entrenando totalmente inmerso en sí mismo, como de costumbre.
El príncipe sintió cómo se volvía más ligero y cómo esa aura rojiza se disipaba al mismo tiempo que el sonido de la puerta a sus espaldas se deslizaba para dejar a alguien entrar. Gruñó al verla caminando al interior de su cámara semidesnuda, cubierta con sólo una pequeña toalla. ¿Qué demonios quería?, era imposible que él se dignara a follarla una vez más. ¿No había tenido suficiente esa mujer vulgar?
—¿Qué demonios quieres ahora? —le cuestionó girándose.
Por un momento se sintió invisible, la mujer no musitó palabra alguna que fuera dirigida a él, aunque caminaba casi a paso recto hacia donde él estaba, pero en el último de los instantes pasó por su derecha, dejándolo detrás.
¿Qué carajos?
Ella se inclinó no muy lejos y se hizo con unas bragas que seguían ahí tiradas, otra evidencia de su indecente comportamiento. Vegeta gruñó con sólo ver la diminuta prenda y recordar todo el proceso de quitársela. Luego de recoger las bragas siguió con sus diminutos pantalones blancos y con su playera, luego su brasier, sus medias y finalmente sus zapatos. Al terminar la recolección inspeccionó el área en busca de cualquier cosa que le faltase y sin más se retiró serenamente del lugar sin mirarlo a él.
Estaba perplejo. Qué desfachatez la de merodear de esa forma, de interrumpir su entrenamiento así, por muchas bragas que tuviera tiradas por doquier, ¡de no contestarle! Nadie ignora de tal manera al príncipe de los saiyajins.
Caminó un paso hacia adelante colmado de furia al ver como esa puerta volvía a deslizarse para dejarla salir, pero se quedó estático. ¿Qué hacía pensando en ir tras ella para reclamarle la falta de respeto?, debía entrenar y borrarla de su mente. Mejor aún que se había llevado su ropa, ese aroma a hembra excitada que emanaban sus prendas no lo ayudaba a concentrarse a decir verdad, y de no venir ella a retirarla, terminaría haciendo que él las evaporara con un movimiento de su dedo.
Una vez del otro lado de esa puerta pudo respirar, se aferró a su ropa con fuerza. Los dos podían jugar al juego de la indiferencia si eso era lo que él pretendía. Bulma podía mentir, fingir que no estaba herida, que no sentía absolutamente nada y que incluso hasta podía convivir con Vegeta sin decir palabra alguna. Al menos hasta que Freezer muriera o ella se largara del planeta.
Una vez que se vistió supo que necesitaba de un buen descanso, aunque el príncipe no la había matado en el peculiar acto, le tomó mucho de sí no hacerlo y francamente la había dejado agotada. Necesitaba de su pijama, su cama y tal vez una película. Sólo por hoy.
Tomó su aeronave y se montó en ella, no sin antes mirar el edificio y soltar un pesado suspiro.
Sin importar cuántos años tuviera o qué situación la aquejara, no había nada mejor que sentarse en familia a cenar y disfrutar de la mano experta en cuestiones culinarias de su madre.
El camino a Capsule Corporation se le hizo interminable, parecía que la capital de Oeste jamás llegaría pero finalmente lo hizo. Bostezó en varias ocasiones, estiró su cuello, se saboreó ansiosa y se estacionó en el amplio patio de su hogar.
Ya era tarde pero seguramente sus padres seguirían despiertos. Caminó hasta la entrada con una ligera sonrisa, casi arrastrando sus pies y, una vez dentro, colocó una de sus manos en el marco de la cocina.
Por supuesto había olvidado que el 80% de la población saiyajin de la Tierra habitaba en su hogar y obviamente no se imaginó que la cocina se había convertido en una especie de comedor para mercenarios. La mesa era mucho más grande de lo que recordaba, seguramente su madre había pedido una nueva para poder servirles a todos sus fortachones inquilinos, y como era propio de la señora de Briefs, los platillos ostentosos no escaseaban.
A pesar de la monstruosa cantidad de comida sobre la mesa y de una rubia revoloteando por aquí y por allá, los guerreros parecían estar a punto de matarse unos a otros por las migajas que caían sobre sus armaduras. Por un lado estaban dos de los guerreros que había conocido esa mañana, el más bajo y corpulento de todos, de cabello negro prácticamente cortado con un recipiente de cocina comía con aparente desesperación mientras que otro a su lado, de aspecto más primitivo y peinado similar al de un payaso terrícola, se hacía con algo de cada plato con sus largos y enormes brazos. Junto a ellos estaba la mujer, que parecía ser la única que había notado su presencia, aunque por supuesto, como todo saiya, no descuidaba su ingesta. Frente a ellos estaban Nappa y Tarble, el primero discutiendo con otro a su lado, que temprano había amenazado con matarla, y el segundo masticaba tímidamente mientras oía la pelea.
Bulma pasó su mano libre por su rostro, ¿qué clase de paz podía encontrar ahí?
—¡Hija!, ¡regresaste! —gritó su madre desde el otro lado de la mesa—. Ven, siéntate a comer.
¿Qué remedio le quedaba? Sus entrañas pedían a gritos una mordida de cualquier cosa hubiera preparado ella.
Tarble le sonrió con calidez, pero la mirada de aquella mujer saiyajin, tan intensa y directa, infranqueable y tan extrañamente similar a la de Vegeta la hicieron tragar saliva. Penetrante e inamovible, como si supiese exactamente lo que había ocurrido. ¿Sería capaz de olerle al príncipe en su piel? No, no podría, ella se había ocupado de lavar todo centímetro tocado por él, era imposible que supiese con sólo mirarla que Vegeta y ella habían…
—Bulma, ¿tienes fiebre? Tus mejillas están rojas.
Instintivamente se hizo hacia atrás, aterrada de que alguien pudiera haber descubierto su secreto.
—¡No!, ¡no!, para nada… —contestó frenética—, sólo tengo un poco de hambre.
No le quedaban muchas opciones que deliberar así que finalmente caminó hasta la silla que su madre le cedió, perseguida por la escalofriante mirada de Seripa. No era conveniente preguntarle qué demonios era lo que tenía que captaba tanto su atención en una mesa llena de asesinos espaciales. Aunque la idea de que pudiera sospechar lo que había pasado en realidad le ponía la piel de gallina.
La de cabello azul se sirvió un diminuto plato en comparación a los saiyas. Tarble se inclinó intentando encontrarla entre las montañas de platillos y el enorme torso de Nappa. Finalmente pidió a Tooma cambiarse de lugares, a lo que el guerrero accedió a regañadientes. Sentarse junto a la protegida del príncipe y poderla examinar a detalle le estaba agradando, gesto que no pasó desapercibido por el segundo al trono.
Tarble era sumamente observador, sabía bien que la científica casi ya no regresaba a casa por esas horas. Que generalmente sobrevolaba el cielo nocturno medio dormida y se retiraba temprano para seguir trabajando. También notó que la supuesta picadura de mosquito aún estaba marcada descaradamente en su cuello. Las sospechas que tenía Tarble sobre la relación que había entre su hermano mayor y aquella mujer terrícola parecían totalmente confirmadas, cuando él la nombró "su protegida". Pero ahora, al ver la mirada apesadumbrada de la de ojos claros, su teoría se puso en duda.
—¿Estás bien? —preguntó instintivamente.
Ella se extrañó, ¿tan perceptivo era ese jovencito?
—Lo estoy, ¿por qué preguntas?
—Por nada —respondió rápidamente—. Oí que le diste la cámara gravitatoria a mi hermano. Fue una buena idea, seguramente él está muy satisfecho.
Las palabras "muy satisfecho" quedaron enredadas en su nebulosa mental y no pudo evitar encontrarle un doble sentido que seguramente el pequeño príncipe desconocía, por muy perceptivo que fuera.
—¿Cámara gravitatoria? —cuestionó Tooma.
La mujer miró con desconfianza al guerrero. No se habían conocido de la mejor manera, sin duda alguna era uno de los sujetos más machistas y atrevidos que había conocido, incluyendo al príncipe primero al trono.
—Es una habitación que puede manipular la gravedad a tu gusto, Vegeta la está usando para entrenar mientras estamos aquí. Los aportes de Bulma nos son de mucha ayuda.
—Gracias, Tarble —le sonrió ella y el joven rascó tímidamente su nuca.
—Eso explica mucho —dijo Seripa cerrando los ojos mientras se cruzaba de brazos.
Antes de que Bulma se diera tiempo de replicar, Tooma volvió a dirigírsele.
—Entonces eres una científica.
—Obviamente —contestó ella algo hastiada y, para su sorpresa, el guerrero soltó una risa en forma de bufido.
—Ahora entiendo por qué te llevas bien con el príncipe Vegeta.
Parecía que todos se hubieran complotado en su contra para hablarle de un tema que deseaba olvidar. Que moría por hundir en lo más profundo de la tierra, hasta ser consumido por el magma y no volver a saber de ello nunca jamás. Pero no, allí estaban todos conversando de su relación con el grandioso, obstinado y desgraciado del Príncipe Vegeta.
Como si no hubiese sido suficiente jugarle su mejor cara de póker a él, ahora tenía que ponérsela durante la cena y frente a seis de sus compatriotas, incluyendo a su hermano menor.
—¿Llevarme bien?, como si alguien pudiera tolerar cinco minutos a solas con ese imbécil —vociferó para continuar comiendo.
La manera acelerada y temperamental en la que Bulma tragaba cada bocado, dejó mudo a Tarble. Parecía no haber escuchado el terrible insulto que la fémina le había lanzado a su hermano, caso que no se dio en el resto de los saiyajins.
Nappa comenzó una lucha que parecía ser interminable con un hueso de pollo. Gracias a la conmoción que le había causado el comentario de aquella insolente hembra, el hueso se había quedado aprisionado en su garganta.
Se puso de pie y golpeó la mesa, frustrado, al no poder ganar esa batalla. Como era de esperarse la mesa se desplomó junto a sus pies, la comida quedó regada en el suelo del comedor y la mirada furiosa de los guerreros quedó fija en los platos rotos.
El calvo miraba a la de cabello azul e intentaba emitir algún insulto, pero de su garganta no salían más que monosílabos indescifrables.
—Tal parece que al príncipe le gustan atrevidas —comentó el más regordete y se echó a reír.
Nappa golpeaba su pecho con furia pero no lograba su cometido, al contrario, casi lloraba por estarse ahogando. Aun así moría por interrumpir ese bochornoso intercambio de palabras, no podían insultar así al hijo del Rey.
—¿Qué estás insinuando? —replicó Bulma, con el ceño fruncido.
—Oigan, creo que esto se ha salido un poco de tema —intentó apaciguar Tarble, interponiéndose entre la mujer y el grupo de guerreros, notoriamente apenado.
—Ja —se escuchó a la izquierda de la de cabello azulado y el resto se giró—. Como si el príncipe pudiera interesarse por una hembra de otra especie, seguramente no sabe ni su nombre.
Bulma sintió una puñalada penetrar su pecho. Le tomó mucho de sí no inclinarse y apoyar sus manos allí, para cerciorarse de que su corazón aún seguía latiendo. Que ese dolor no era emocional y que se trataba de un verdadero golpe, dado por un enemigo invisible.
Tristemente no supo cómo contestar a ese viperino comentario, ni tampoco cómo tomarlo. ¿Estaría esa mujer interesada en Vegeta y eso que acababa de salir de su boca, no era más que un intento por despreciarla?, y si se trataba de lo segundo… ¿Seripa sospechaba de su encuentro carnal con el hermano de Tarble?
Instintivamente abrió la boca para replicar aunque no sabía bien qué iba a salir de entre sus labios. Algo debía contestar, si bien no era de sangre saiyajin, era digna de cualquier hombre de cualquier planeta. No necesitaba de la aprobación de esa guerrera para sentirse a la altura de otro.
—Creo que Seripa se ilusionó con la idea de tener los hijos del Rey —soltó Tooma.
La sangre de Bulma se enfrió, la respiración se le escapó y el dolor en el centro de pecho se acrecentó considerablemente.
El pequeño príncipe miró de soslayo a la fémina de ojos azules. Estaba pálida, lo que hacía que la marca morada de su cuello fuera más notoria. De inmediato notó lo afligido de su mirada y se estremeció. Si bien él jamás había sentido algo por una hembra de ninguna especie, podía simpatizar con la idea de ser rechazado por otro ser. Indiferentemente de su sexo.
Tragó saliva. Sabía bien que cada vez que una teoría se paseaba por su mente, una idea, hipótesis o lo que fuera, generalmente estaba en lo cierto.
Ya había encontrado a Bulma y Vegeta en situaciones extrañas, interrumpido momentos incómodos y escuchado oraciones totalmente impropias de su hermano. Con el tiempo llegó a descifrar buena parte de la personalidad de la mujer —lo cual no le resultó demasiado difícil—, y podía asegurar que, al menos ella, había desarrollado sentimientos por el otro.
Lo que más temió desde el instante en que ese mórbido pensamiento lo visitó, fue la seguridad tanto física como mental de ella. Su hermano era un experto en torturas.
Ahora lo que lo inquietaba no era eso. El comentario que dejó Tooma sobre la mesa, en relación a Seripa siendo la única hembra disponible para el príncipe, a pesar de ser una broma, era muy acertado. Ella era la única mujer en el universo que podría llevar dignamente un heredero saiyajin, sobre todo si se trataba de un heredero al trono. Y muy a pesar de que el reino había sido destruido.
Parecía haber llegado al final de una encrucijada moral. Si Seripa se unía a Vegeta, el problema de su relación con Bulma se resolvería, ella ya no correría peligro. Pero había algo en esa mirada desolada de ella, casi desahuciada, que lo hacía querer que fuera posible. Que su hermano cambiara y que existiera alguna manera de hacer que todo resultara y ella fuera feliz.
Era extraño ese sentimiento, esa desesperación por solucionar todo.
—Buena suerte con esos pequeños demonios —espetó Bulma cerrando los ojos. Se alzó de la mesa aún con el ceño fruncido y pasó junto a Nappa, que finalmente había logrado ganarle al hueso de pollo.
El guerrero se abalanzó sobre ella para replicarle sus terribles faltas de respeto, pero sintió sobre su brazo izquierdo una ligera presión y se giró.
—No te preocupes por eso, Nappa —pidió el pequeño.
—Pero… —contestó con ira contenida, sin embargo dejó salir un largo suspiro y se controló. Cosa que la vena palpitante de su frente no imitó.
—¿Alguien quiere otro plato de pasta? —interrumpió la rubia de amplios bucles, con una sonrisa ingenua. Como si no hubiera notado el desastre que habían provocado los soldados.
Del otro lado del desierto, él continuaba entrenando. Pasaron horas como si fueran minutos y ya su cuerpo pedía clemencia. Luego de su larga faena sexual, no lo pensó dos veces al meterse en la cámara de gravedad y continuar su entrenamiento, como si él fuera inmortal o algo por el estilo. Lamentablemente, ya era hora de darle descanso a su cuerpo.
Apoyó una de sus manos contra la pared y con dificultad tocó el panel de control para desactivar el exceso de gravedad.
Al bajar la mirada notó cómo se había formado rápidamente un charco de sudor, proveniente de su frente. Se limpió con el reverso de su palma y se giró sobre sus talones. Caminó por el penumbroso corredor hasta llegar a la escena del crimen, que ahora era su dormitorio. La mujer se había llevado las sábanas consigo, ahora sólo tenía un colchón y un par de almohadones. Pero, como buen guerrero, no lo consideraba algo de primera necesidad.
Se recostó y pensó en la idea de darse una ducha, pero estaba agotado. Colocó ambas manos sobre su abdomen y se dejó ir, pero en ese proceso de ser recibido por Morfeo, unos flashes inquietantes se le asomaron. Estaba en la misma cama que horas atrás había sido testigo del sexo más extraño de su vida.
Escuchó su risa, esa risa tímida que a ella se le había escapado cuando él le quitó las bragas. "Está fría", resonó en su mente, tal y como ella le dijo mientras se separaba de su pecho, señalando su armadura.
No podía controlarlo. Tal vez estaba soñando y, como todos sabemos, en ese sitio no siempre se puede manipular lo que suceda o no.
"Cuidado, por favor…", escuchó y todo a su alrededor se había tornado oscuridad absoluta. Pero al abrir los ojos ella estaba ahí, con su mirada tímida y sus mejillas ruborizadas. Casi desnuda, esperando por él para que terminara su tarea.
Teniéndola frente a él de esa manera, tan sumisa y entregada, tan serena. Tan pero tan apetecible… Era imposible detenerse. Ese magnetismo animal abrasador era casi palpable.
No lo dudó, se lanzó sobre ella para hacerla suya una vez más. Aunque no fuera real, no más que una simple ilusión. Era un regalo divino poder revivir ese instante de apasionante tortura.
Se lanzó sin duda alguna al encuentro de esos sabrosos labios femeninos, hinchados y ardientes. Y ella se abrazó de él suave y desesperadamente.
Enceguecido por su inocencia bañada de ansiedad, se puso en posición y la miró a los ojos con fiereza. Pretendiendo deleitarse con su mirada, mientras se preguntaba qué reflejaría cuando la hiciera suya. ¿Sería miedo?, ¿dolor?, ¿placer?...
Ella se alejó unos centímetros. "Espera", pidió cuando sintió esa firme hombría rozar su intimidad. Vegeta no podía esperar ni un segundo más y ese simple pedido le provocó unas intensas ganas de matarla, ¿cómo se atrevía a ponerle tiempos a esa altura? Pero, por muy extraño que parezca, Vegeta esperó lo que le pareció una vida entera. Bulma no sabía de qué manera pedirle lo que tenía pensado, y mientras más lo pensaba, más acalorada la veía.
"¿Por qué?", le dijo él con su típico tono brusco, pero intrigado a la vez.
"Uhm…", musitó ella aún albergando la duda y luego continuó, "Vamos a tu cama".
Todo resultaba demasiado novedoso para el príncipe de los guerreros Saiyajins. Ver a esa indomable hembra de esa manera, tan dócil y deseosa de ser suya. La que lo sacaba de quicio, sumisa y excitada. Era un deleite.
La tomó por las nalgas e instintivamente, ella se aferró con más fuerza del cuello de su guerrero. Apretó el abrazo de sus piernas y cuando Vegeta se levantó del suelo, se la llevó a horcajadas por el pasillo. En menos de un segundo de sobrevolar de una habitación a la otra, se dejó caer sobre el colchón de la cama y ella se soltó rápidamente, quedando con las muñecas a la altura de sus orejas.
Él ladeó una sensual sonrisa y la miró con perversión. "¿Ya?", le preguntó y ella asintió con la cabeza, presionando los labios.
Nuevamente se alimentó de su boca y le apretó los pechos con ambas manos. Bulma gimió el nombre del saiya, arrancando del él en consecuencia, un gemido ronco y que la acción de sus manos se acelerara.
La de ojos azules lo tomó de la mano, mientras él se hacía con su cuello y saboreaba el sitio exacto del que provenía ese tentador perfume de ella.
"Quítatelos", le dijo tirando de sus guantes.
Vegeta se incorporó sobre sus rodillas en la cama y se quitó el primer guante tirándolo con los dientes. Ella hizo un gesto que no pasó desapercibido, el brutal atractivo sexual del príncipe la tenía embobada.
"Tu turno", le dijo él a ella, nuevamente ladeando una sonrisa. Colocó uno de sus dedos sobre los labios de Bulma y ella se extrañó. "Muerde", le dijo y ella obedeció, entonces él arrastró su mano, desvistiéndola con su ayuda.
Ya estaba de jueguitos, por muy divertidos que fueran.
La tomó por las piernas, ahora sintiendo a la perfección su suave piel. Se acomodó un poco para hacer su entrada triunfal y otra vez, le sonrió vicioso.
Era tan estrecha que, en un primer momento, fue ligeramente doloroso para él. Ella gimió con fuerza y sinceridad. Ahora lo sabía con certeza, él era el primero.
Sabía que si quería deleitarse con ese frágil cuerpo, debía ser en extremo cuidadoso y a la vez, estimular todo espacio posible así ella se pudiera relajar sin notarlo.
"Con cuidado, por favor", le rogó sin saber la lucha interna de su amante. Moría de ganas por usar toda su fuerza, su cuerpo hervía y palpitaba constantemente. Pero sabía muy bien que si se sobrepasaba aunque fuera por unos segundos, ese cuerpo tan débil no podría soportarlo.
Se arrimó a ella, presionando los pechos de ella con los pectorales bien contorneados de él.
Su mano experta recorrió el sur de su figura hasta toparse con una ligera protuberancia en su sexo. La acarició con incertidumbre y descubrió con gracia cómo Bulma se arqueó de inmediato e intentó alejarse de él por la sorpresa.
"Quieta", le susurró y se acomodó nuevamente, sin descuidar la apretada unión de sus cuerpos. Nuevamente la tocó pero como era de esperarse, ella no pudo obedecer al pedido de su príncipe. Aunque realmente lo estaba intentando.
Bulma negaba e intentó quitar esa mano intrusa de entre sus piernas, pero su pobre intento sólo logró hacer a Vegeta aprisionarle ambas muñecas con su mano libre y continuar su tarea aún más divertido.
La mirada del saiyajin destilaba tanta perversión que le avergonzaba, pero no podía romper ese contacto visual tan excitante. Era imposible.
Estar dentro de ella comenzó a ser más placentero. Luego de aceptar su contacto, las caderas de la científica se empezaron a mover con mayor desesperación. En igual medida que sus gemidos se escapaban sin filtro alguno.
"Detente, Vegeta", le pidió y al parpadear todo volvió a ser penumbra.
"¡Detente, Vegeta!", le gritó la voz de Bulma, entrecortada.
"¿Qué?", se preguntó. Su libido se perdió. Ya no sabía dónde estaba ni por qué, repentinamente, sus manos estaban tan calientes. Su cuerpo hervía, pero ya no de deseo, sino de esa sensación revitalizante y avasalladora que ya lo había recorrido muchas veces.
Un hedor a óxido invadió su olfato.
"¡Eres un desgraciado!".
Abrió los ojos otra vez y todo era rojo y negro. Miró sus manos en busca del calor y reconoció la sangre de inmediato. Ese hedor molesto y tan característico lo estaba mareando.
Alzó la mirada, confuso y ahí estaba. Aún estaba desnuda, pero severamente lastimada y llena de sangre. Se había arrastrado hasta un rincón oscuro y dejado tras de sí un camino color rojo. Lloraba desconsoladamente y cubría su desnudez. Su mirada estaba más llena de odio que de miedo.
"¡MONSTRUO!".
Se despertó entonces, en la misma habitación que vio en sus sueños. Sin sangre, sólo sudor. Y sin Bulma, sin nadie.
Entonces se apoyó en la pared detrás de su cama y respiró profundo. Analizó lo que había visto y masajeó los lados de su frente.
—Maldita mujer.
Continuará…
N/A: Tiempo sin vernos, ¿no? Espero que les haya gusta este cap a pesar de lo extraño del final jajaja Gracias infinitas a Schala por su ayuda y a Jaz y Aka por ver la parte picante antes de tiempo y darme su opinión, las quiero chicas. Al resto muchas gracias por leerme a pesar de mis constantes desapariciones, la vida es la vida. Si te gustó o no, espero tu comentario! En todo caso nos volveremos a encontrar en el siguiente. ¡Cuídense! xxoo
