Viviendo entre Sombras
Capítulo 26: Espías
Lógicamente no era la mejor de las noches. Le había costado horrores conciliar el sueño, y eso hizo que pasara horas moviéndose de un lado al otro de su cama.
Lo que se dijo en la cena se le quedó grabado en la mente y sería difícil olvidarlo. Sin importar que Bulma le dijera al mundo que no le importaba, que todo seguiría igual. Aunque decidiera mentirle a todos y negar lo que había sucedido hasta su propia muerte, eso no borraría de su pecho ese asfixiante dolor.
Tooma estaba en lo correcto, si había una mujer en el universo entero para Vegeta, esa era Seripa. Probablemente cuando todo ese embrollo se solucionara, los vería marcharse juntos en esas naves que preparó para él.
Qué error más grande había cometido la científica. Acostarse con el heredero al trono de los más salvajes asesinos de la galaxia y disfrutarlo como lo hizo, no podía ser más que una lamentable decisión.
Bulma clavó su mirada en el techo de su habitación, inmersa en los recuerdos tan vívidos de lo ocurrido horas atrás. Ahora le tocaba continuar trabajando junto a él y fingirle la misma indiferencia que él le brindaba. Sabía bien que por mucho que se lo propusiera, eventualmente terminaría cediendo a su instinto y provocando un nuevo choque entre ellos dos. ¡Lo deseaba!, deseaba insultarlo, darle una que otra cachetada y pedirle una explicación, pero lamentablemente no la necesitaba. Ella sabía perfectamente por qué la ignoraba, y era que ya la había usado y no le hacía falta más de ella. Pero simplemente no tenía el valor de ponerlo en palabras.
Luego de mucho meditar se quedó dormida, soltando un insulto casi inaudible, mientras se abrazaba con fuerza de su almohada.
En un punto perdido del desierto, él despertaba y al cabo de unos minutos decidió tomar una ducha. Se había despertado más sudoroso de lo que estaba al acostarse y necesitaba distraerse de las últimas imágenes perturbadoras que surcaron sus pensamientos.
Muchos dirían que los sueños de Vegeta le revelaban miedos inconscientes, pero no era "miedo" la mejor palabra para describir al príncipe. En realidad, matar a Bulma se había vuelto una seguridad.
Eventualmente lo haría. Cuando ya no la necesitara más, se desharía de ella. Era lo mejor, no podía permitirse tenerla con vida después del encuentro que habían mantenido. ¿Qué había si ella decidía comentar sobre ello? Tal vez lo estaba haciendo ahora mismo y él se vería, ante los pocos saiyas que quedaban con vida, como de la clase más baja de soldado y eso no se lo podía permitir jamás.
Tomó del suelo sus guantes y volvió a vestírselos sin otra expresión más que su típico ceño fruncido. Caminó hasta la cocina y con una mueca de sorpresa, descubrió todo hecho un desastre. Engrudos chorreando por las paredes, envases destruidos y objetos irreconocibles o calcinados. No estaba en su conocimiento que Nappa —el causante de ese revoltijo—, había enviado a la fémina furiosa a su cámara de gravedad. No había sido su intención, por supuesto. Pero de no ser por ese pequeño hecho, tal vez el encuentro sexual que habían mantenido Bulma y Vegeta se hubiera pospuesto por más tiempo.
Aunque no lo supiera con seguridad, esa cocina tenía la firma del calvo por todas partes. Cuando lo viera otra vez le reclamaría, por lo pronto o terminaba arrasando con Capsule Corp., y sus refrigeradores, o salía a cazar como en los viejos tiempos. Pero, por supuesto, ella debía estar en el primer sitio y ciertamente no deseaba verle la cara por ahora.
Se colocó su armadura y se retiró del laboratorio a paso rápido. Husmeó los alrededores con la mirada, no parecía que ella hubiera regresado anoche, ni estar por hacerlo por lo pronto.
En Corporación Capsula, Tarble continuaba preocupado. Ninguno de los soldados hablaba realmente en serio sobre la propuesta entre Seripa y Vegeta, es más, Vegeta seguramente ni sabía de su existencia. Tal vez sería posible que llegaran más y más guerreras saiyajin, lo que pondría a Bulma más y más ansiosa.
No le agradaba demasiado la idea, Bulma debía erradicar esos sentimientos extraños que tenía por su hermano mayor, puesto que, nada de ello resultaba ser reciproco. El príncipe probablemente sólo la estaría usando, aunque nombrarla "su protegida" le había resonado tantas veces en la cabeza que estaba casi seguro, de que Vegeta ocultaba algo.
¿Pero qué era? Tal vez se estaba comportando más territorial que de costumbre, después de todo, aunque Bulma no fuera de su raza, seguía siendo una hembra extraordinaria. Quizá él temía que alguno de ese escuadrón recién llegado se abusara de su debilidad y terminaran matándola. Vegeta siempre detestó que siquiera se le arrimaran mucho a su plato de comida, no se imaginaba cómo sería con una hembra como la de ojos azules.
Qué embrollo. Lo más inteligente y seguro sería disuadir a Bulma de tener algo con Vegeta, aunque llegar al tema parecía caminar sobre un campo minado.
Nappa estaba, como siempre, en la cocina junto a señora del Doctor Briefs. Ella sirviéndole de comer con una pequeña sonrisa y él, raramente feliz. El calvo parecía haber encontrado su lugar favorito en la galaxia entera. Y cómo no sentirse a gusto… Él no era de los más bien parecidos de Vegetasei, sin embargo ahí tenía a una rubia sumamente atractiva sirviéndole de comer y alagándolo al mismo tiempo.
En un primer momento fue extraño, nadie le había dicho que era "guapo" con anterioridad, y ahora ya estaba acostumbrándose.
Al pequeño príncipe se le hacía algo incómodo encontrarlo con tanta naturalidad, sosteniendo una conversación con esa hembra. Parecía estar a punto de soltarle inclusive, un "gracias".
—¿Has visto a Bulma, Nappa? —le preguntó.
—No he visto a esa mujer —contestó él, por supuesto sin descuidar su plato.
—Bulma salió hace unos minutos, pequeño Tarble —agregó la rubia que usaba guantes de cocina.
El muchacho agradeció la colaboración y se dio media vuelta, seguramente Bulma estaría en su otro laboratorio, peligrosamente cerca de Vegeta. Rápidamente se encaminó a la sede, atravesó el patio trasero hasta su centro y se dispuso en un vuelo ágil al abandonado laboratorio.
No pasó mucho tiempo reflexionando las palabras que utilizaría para, sutilmente, pedirle a la científica que se alejara de su hermano; cuando sintió una presencia a su derecha. Se giró sorprendido, lo que hizo que el guerrero de bandana roja le esbozara una sonrisa ladeada.
—Tiempo sin verlo, príncipe —le dijo el soldado posicionándose junto a él.
—Qué gusto, Bardock —sonrió—, ¿cómo está tu hijo?
—Bien, sólo que su hembra está algo alterada por mi presencia.
Tarble forzó una risa, aunque un par de gotas de sudor le recorrieron la frente. La "hembra" de Kakarotto no parecía de las más fáciles de controlar.
—¿Se dirige al laboratorio? —cuestionó.
El príncipe dudó y luego recordó el discurso mental que venía organizando. No podría hablar con Bulma si Bardock estaba a su lado, lo cual complicaba un poco sus planes.
—Pues, sí… —resolvió aún con duda.
—De acuerdo.
Según lo que él pensaba, no era necesario un escolta. Tenía muchas aspiraciones por delante, siguiendo los comandos de Freezer y además la esperanza de dirigir esa expedición en busca del príncipe por sí mismo. Pero por lo visto el Lord de la Galaxia no le confiaría la tarea a ningún Saiyajin, sin importar si éste había o no, traicionado a su propia raza.
Turles carraspeó y maldijo por lo bajo cuando Freezer le presentó al soldado Cui, un sujeto de piel morada de aspecto rugoso y labios gruesos, con dos extrañas protuberancias huecas saliendo a los lados de su cráneo.
Sin perder el tiempo los envió junto con otros soldados de su ejército a las coordenadas indicadas en la señal que su rastreador había recibido. Pero luego de varias horas de recorrer un planeta en perfectas condiciones, no pudo evitar preocuparse.
Cualquiera hubiera imaginado que Vegeta haría trizas cualquier planeta en el que estuviera y tomaría prisioneros al resto de los sobrevivientes. Que su camino estaría precedido por la destrucción y muerte de los habitantes y no sería difícil localizar su ubicación. Pero al llegar y descubrir un planeta en perfecto estado lo dejó sin palabras. No parecía algo digno del príncipe de los saiyajins, convivir con un bajo perfil junto con los nativos del planeta.
A pesar del rostro de aflicción que reflejaba la mirada de aquel traicionero guerrero, Cui no sentiría el más mínimo remordimiento si le tocara informarle a Freezer que su larga búsqueda no los había llevado a buen puerto. Muy al contrario, aquel soldado de aspecto casi anfibio y desagradable esperaba ansioso no hallar ni un cabello del desgraciado príncipe, para así poder darle fin a esa escoria saiyajin por mano propia.
A medida que recorrían más pequeños asentamientos, mayores eran las probabilidades de que Turles fuera el único saiyajin en alguna vez pisar el planeta en el que se encontraban. Los habitantes no respondían a las amenazas como ellos esperaban, ni parecían conocer el nombre de Vegeta.
Esas criaturas pequeñas, de piel azulada o lavanda, de ojos grandes y expresivos, también tan ariscos y violentos como perros rabiosos, no causaron ninguna baja del bando del Lord, pero aumentaban la duda de todos ellos.
—El gran Freezer estará muy molesto cuando le diga que no tenemos novedades —dijo Cui al grupo mientras contemplaba como un animal despellejado e irreconocible, cocinarse al calor de una hoguera, en el medio de la noche.
Turles carraspeó, no era la primera vez que soltaba un comentario de ese estilo con el sólo fin de mortificarlo y siendo sinceros, no lo soportaría por mucho tiempo. Ejerció presión sobre sus puños y se levantó de su distante asiento. Presionó un botón en la superficie de su scouter y esperó con el ceño fruncido. Al cabo de un par de segundos, titiló y él dirigió su mirada al norte del planeta. Donde se encontraba el mayor asentamiento.
Si Vegeta estaba en ese planeta, lo haría salir del agujero en el que estuviera escondido aunque fuera lo último que hiciera.
Ante la mirada atónita de los soldados del Lord, se retiró volando. Uno de ellos se levantó tras él y le apuntó con su arma, pero Cui hizo una seña para que se detenga.
—No irá a ningún lado, y en todo caso, la diversión de asesinarlo será mía —dijo levantándose para ir tras él.
El saiyajin se ubicó en el epicentro de la comuna y observó los precarios edificios con repugnancia. Cómo podía ser que su príncipe estuviera tan vilmente oculto entre aquellos seres inferiores, siendo tan soberbio y petulante como era.
Extendió una de sus manos y formó una esfera de energía, que creció en tamaño rápidamente y se impactó de lleno en uno de los edificios más grandes de la ciudad.
—¡SAL DE DONDE ESTES, VEGETA! —Gritó a todo pulmón.
Los soldados de aquella especie no tardaron en salir a combatir esa amenaza, que no presentó mayor inconveniente para Turles. Aunque la desesperación comenzaba a azotarlo al eliminar el primer centenar de pobladores sin que ningún príncipe se presentara y con casi media capital destruida.
Cui observaba desde lejos, con una sonrisa en el rostro. La tan aparente urgencia con la que Turles gritaba por el príncipe de su especie era, además de patética, divertida. De modo que aguardó con los brazos cruzados a que terminara con su plan, rogando internamente que el tan buscado Vegeta jamás se apareciera.
Bulma aún soltaba uno que otro suspiro al saberse en soledad. Al llegar a su laboratorio se sintió algo intimidada, ansiosa y al mismo tiempo avergonzada. Repentinamente, el lugar en el que antes se sentía tan cómoda, ahora la hacía sentir diminuta. La sede de Corporación Capsula había ensanchado sus paredes y corredores de un día para el otro.
Encontrarse al príncipe de lo nefasto a la vuelta de la esquina no le parecía agradable bajo ningún aspecto. Pero al recorrer la mayor parte del edificio y no escuchar sonido alguno, sorpresivamente, la decepcionó. No existía mayor remedio que retomar su trabajo desde donde lo había dejado y olvidar todo lo que pudo haber ocurrido el día anterior, así fuera sólo por unas cuantas horas. Lógicamente, nunca iba ella a esperar que el pequeño heredero y hermano de su grandioso amante tuviera en mente una larga, incómoda y distendida charla al respecto.
El pequeño visitante caminó hasta la entrada de la sede de Capsule Corp, con las mejillas coloradas de sólo pensar en la indiscreción que deseaba discutir. Miró a un lado cómo Bardock se extrañaba una vez más de la actitud de su superior.
—¿Todo en orden?
Tarble infló el pecho, no podía hablar con esa mujer si ese soldado decidía escoltarlo. Así que por primera vez en toda su vida, dio una orden.
—Necesito hablar con ella a solas, Bardock —finalizó, por supuesto consumido de rubor.
El saiya abrió los ojos reflejando sorpresa y se giró al edificio a medio renovar. Reticente a las palabras del más joven, se volvió a verlo nuevamente. Parecía intentar sacar de su cuerpo la seguridad que nunca tuvo y demostrar que sin importar lo que pudiera decirle, él no se doblegaría. Pero su rostro infantil y sus mejillas coloradas no estaban cooperando.
El guerrero se rio disimuladamente y cerró los ojos, rascó su nariz con un dedo y se dio media vuelta.
—De acuerdo.
Tarble entonces, pasmado por sus propias capacidades e incluso con un poco más de confianza en sí mismo, se encaminó a la científica de ojos azules. Su búsqueda no duró mucho, con sólo abrir la puerta de entrada pudo ver a unos metros las chispas amarillas del soldador. Bulma se encontraba sumida por completo en lo que aparentaba ser un arma pesada. Tragó saliva y se dirigió a paso recto hasta él, ella se hizo levemente hacia atrás y se retiró las gafas protectoras transparentes, limpió el sudor de su frente y se retrajo al escuchar los pasos del príncipe.
Por una fracción de segundo se imaginó a Vegeta caminando directamente hacia ella y entró en pánico, pero al girarse y mirar por sobre su hombro, se relajó. La mirada apenada del segundo al trono la hizo soltar nuevamente un suspiro, pero esta vez de alivio.
—Hola… —dijo el joven.
—Hola, Tarble —contestó ella—, ¿qué haces aquí?
Él dudó, ¿cómo empezar? Ya había estado ensayando mentalmente un discurso que, al tenerla frente, desechó como si se tratara de una bola de papel a un cesto. Con su frágil sonrisa, parecía tan incapaz de cometer el error de tener un turbio romance con el Príncipe Vegeta que por poco lo hizo desistir de su idea de hablar del tema.
—Bueno, pues… esto…—balbuceó intimidado.
—¿Pasó algo malo? —le preguntó ella, levantándose de su sitio.
Sí, de hecho era bastante malo.
—Uhm —murmuró Tarble.
—¡¿Han llegado más Saiyajins al planeta?! —exclamó Bulma empuñando su mano libre y frunciendo el ceño.
—¿Qué? No, nada de eso.
—Oh… Bueno, pues eso me recuerda… cuando llegó el escuadrón de tu amigo, el padre de Goku, mis satélites no los registraron. Necesito que me des más información sobre sus naves. Ya revisé las naves de los demás y no logro hallar el problema.
Bulma se giró rápidamente e inició rumbo a una computadora, no muy lejos de su arsenal.
—¿Cuál crees que sea? —continuó ella.
Tarble deseaba dar por terminada esa conversación para poder pasar de una vez al tópico más importante.
—No lo sé, ¿el satélite? —respondió frunciendo.
La mujer se le quedó mirando sin soltar palabra alguna. Tarble creyó que tal vez debería haber meditado un poco más antes de contestar y quizás ella se estaría preguntando si él era un idiota o sólo no le estaba prestando atención, por lo que continuó rápidamente.
—O tal vez los factores naturales del planeta pudieron haberlos bloqueado, primero deberíamos hacer una investigación para obtener una respuesta más concreta —dijo y se volvió a ver si había una mejor reacción por parte de Bulma.
La mujer se había girado a la pantalla y comenzado un tecleo frenético. Múltiples ventanas se aparecieron en la pantalla, ella parecía absorta en encontrar algo en todas ellas, hasta que finalmente una pequeña de color rojo se le presentó.
—Eres un genio —dijo ella con una sonrisa triunfal—. Alguien ha pinchado mis satélites, es por eso que no se activó la alarma cuando esas naves atravesaron la atmósfera. Debí haberlo imaginado.
—¿Quién querría hacer eso?
—Tal vez alguien que los esté esperando, al igual que yo. Ahora debo encontrar a quien lo plantó y eliminar ese virus, no puedo hacerlo desde aquí pero puedo encontrar la ubicación terrestre que recibe sus datos.
Bulma estiró sus brazos por encima de su cabeza, aún sentada frente a la computadora y nuevamente comenzó a teclear. Tarble la miró de reojo pensando qué buena manera de desviar la conversación.
Otra ventana se apareció, pocos segundos después. Un fondo color verde dividido por una cuadrícula en amarillo ámbar, indicando con un punto titilante las coordenadas con la ubicación que la mujer precisaba.
—Ya lo tengo —espetó y se levantó de su asiento.
—¿A dónde vas?
—A buscarlo, por supuesto —le respondió con las manos en la cadera—. Debo deshacerme de ese espía si es que pretendo saber el momento exacto en el que Freezer llegue a la Tierra.
Tarble se retrajo. Ella estaba determinada a llegar a la raíz de aquel problema sin importar qué o quién estuviera detrás de ello.
—Apresúrate —le dijo y lo tomó de un brazo—, no voy a ir sola, es muy peligroso para una dama como yo —agregó con el ceño fruncido.
Rápidamente se hizo con un estuche de capsulas enumeradas y salió del recinto, no sin antes gritarle una vez más que se apresurara. No dejándole más opción que ir tras ella y llevarla a donde pidiera.
Mientras ella parecía completamente perdida en sus coordenadas, Tarble permanecía en silencio, absteniéndose de interrumpir la línea de pensamientos de su amiga a pesar de estar maquinando la palabra precisa para iniciar la tan ansiada conversación que buscaba minutos atrás. No se atrevió, sin embargo, luego de haber reunido el coraje y conjugado un par de verbos con coherencia, por la promesa de una reacción inesperada —y probable— por parte de Bulma.
Parecía como si ella, internamente y a pesar de no saberlo, estuviera huyendo de esa conversación. Lo que inició como un saludo dentro del laboratorio terminó convirtiéndose en una búsqueda del tesoro. Pero ahí estaba, acompañando a su impulsiva amiga.
Bajó la mirada cuando la mujer soltó nuevamente un grito chillón y señaló un área, no más desértica que todas las que habían visto hasta ese instante.
—¡Ahí!
Lentamente llegaron a la rocosa superficie.
Bulma corrió hasta un montículo de enormes piedras amarillentas y miró con determinación el objeto circular en su mano. Apoyó una mano en la cadera y frunció el ceño.
—Tal vez fue un error —dijo Tarble en voz baja, inspeccionando el sitio.
Ella se puso de rodillas, guardó el objeto que sostenía y titilaba indicando su ubicación, entre sus ropas, y se dispuso a empujar roca por roca.
El príncipe se acercó lenta y discretamente hasta ella, parecía estar realmente molesta.
—Lo resolveremos, sólo hay que volver al laboratorio y chequear los datos una vez más, quizás algo se nos pasó por alto y—
—No —vociferó ella con furia contenida—. Sé que está aquí, esto es lo que hago y soy muy buena en ello, ¡la mejor del maldito planeta! —continuó, dejando mudo al príncipe—. Tal vez a los de tu especie les cueste creerlo pero no soy una humana común y corriente. Mi nombre es Bulma Briefs y he sobrevivido a más de lo que se imaginan, ya dejen de subestimarme.
Tarble tragó saliva, definitivamente había algo que molestaba a su amiga.
—Ya lo verán —agregó—, se los demostra— se detuvo cuando sintió una leve vibración bajo sus pies interrumpirla. Levantó las manos y contuvo la respiración— ¿Oyes eso?
El aludido alzó la guardia y recorrió con la mirada el predio, cuando repentinamente la vibración aumentó considerablemente y un extraño sonido metálico, escondido debajo de ellos, comenzó a oírse.
Bulma se incorporó inmediatamente y luego perdió el equilibrio, cuando la tierra bajo sus pies parecía desmoronarse. Antes de que pudiera darse cuenta estaba entre los brazos de su siempre atento amigo.
Una cadena de rocas se hizo a un lado, como una cascada, y finalmente una enorme y pesada puerta se abrió ante sus ojos.
Los dos jóvenes se deslizaron hasta su interior, guardando silencio. Contemplaron la penumbra del interior por un instante y quedaron petrificados al oír los pasos de un tercero, acercándose tranquilamente.
Tarble se adelantó un paso, interponiéndose entre el desconocido y su impulsiva camarada.
Bulma cubrió sus labios con ambas manos cuando la luz del sol que se colaba por la entrada, dibujó los contornos del rostro de aquel anciano que tan bien recordaba.
—Doctor Gero… —murmuró retirando sus manos con cautela.
El anciano sonrió levemente, debajo de su tupido bigote grisáceo.
Tarble miró a Bulma por sobre su hombro, asombrado.
—¿Ustedes… se conocen?
El doctor miró de soslayo al príncipe, y sin descuidar el firme entrelazo de sus manos por detrás de su espalda, dio un paso hacia adelante. Bulma retrocedió instintivamente y el saiya se puso en guardia, a pesar de no saber bien cómo hacerlo.
El anciano alzó las cejas y luego de un segundo volvió a fruncir su arrugado ceño.
—¿Dónde fue tu valentía, niña? Cuando te vi aquí afuera creí que serías capaz de traer una excavadora con tal de descubrir qué había debajo del desierto. Pero ahora que lo has hecho, pareces un ratón de laboratorio, asustado.
Bulma recordó de inmediato ese día en el que un saiyajin había atacado a la C.C., usurpado por la organización de la Patrulla Roja. Cómo en su desesperación, tuvo la esperanza de encontrar a ese anciano ingeniero y compartir la huida. Pero al salir con no más que unas cuantas capsulas en su bolsillo y una banda de la R.R. en su brazo derecho para pasar inadvertida, abandonó las instalaciones en ruinas y le deseó buena suerte a su antiguo compañero.
Se había sentido mucho tiempo hasta volver a pisar ese mismo edificio. Bulma había forjado una amistad rápida con el mismo sujeto que derribó las paredes de su prisión, aunque él no sabía que lo había hecho. Y se hizo con Goku para forzar a aquella fatídica organización a retirarse.
Entonces revivió el momento en el que todo cambió. Sintió la frágil carpeta de papel madera sobre sus manos, el olor quemado invadió su olfato otra vez y leyó de memoria ese párrafo que había leído varias veces en caso de estar cometiendo un error o encontrar nueva información escondida en alguna de las oraciones.
—Usted trabajó para la Red Ribbon —dijo ella, con su ceño fruncido y una seguridad inquebrantable en la voz.
—No es lo único que ahora sabe de mí, señorita Briefs. Y no es lo único que he hecho para la Patruja Roja.
Bulma sintió un escalofrío recorrer su cuerpo.
"Dr. Maki Gero: Ex miembro de la organización, vetado y confinado a trabajos forzados bajo vigilancia las 24 horas del día.
A pesar de los continuos descubrimientos en la gama de la biotecnología otorgados por Gero, nos hemos encontrado en la obligación de relegarlo de su actual cargo y enviarlo a instalaciones de alta seguridad.
Su cuestionable juicio e inestabilidad les han costado a la organización la baja de siete de nuestros más antiguos miembros. Las insanas investigaciones y métodos del Doctor Maki Gero son una constante amenaza para la Patrulla. Por lo tanto será enviado a las facilidades de Corporación Capsula y cada uno de sus proyectos será supervisado y monitoreado a toda hora. A pesar de su innegable talento, nos encontramos frente a un individuo peligroso y que padece de aparente demencia."
—¿Qué quiere decir con eso? —cuestionó, aunque al salir las palabras de su boca se arrepintió de ello.
—Pues… ¿recuerdas haber buscado al Comandante Red sin resultado?, ninguna pista ni rastro… Digamos que teníamos algo personal que saldar. Tuvo un final bastante irónico, confinándome a trabajar en una celda por hacer experimentos "inmorales" —explicó sumergido en cada palabra. Recordando el momento de su confinamiento—. ¿Qué sabía él de moral?... En fin, terminó siendo de gran ayuda a mi investigación.
Las pupilas de Bulma se habían encogido, estaba aterrada. Ese anciano con quien pasaba tardes completas trabajando acababa de confesarle un asesinato y una posible tortura. Sudó frío la mayor parte del monólogo de Gero, y de caminar un poco más atrás hubiera caído junto a las piedras que había hecho a un lado, momentos atrás.
—¿Qué es lo que quiere de mí?
—¿De ti? —cuestionó confuso—. Bueno, podrías haber sido un gran androide pero temo que no tardarías en revelarte y causarme problemas, y no tengo tiempo de desarrollar un dispositivo que te haga obediente. Como tú sabes, puede que nos quede poco tiempo.
Bulma pudo entonces entender que no sólo monitoreaba sus satélites, sino que también a ella y seguramente a sus amigos también.
—Entonces sólo quieres información.
—Creí que lo descubrirías más rápido.
—De todas formas quiero mis satélites de vuelta.
Gero miró a un lado y caminó entre la penumbra, donde parecía vislumbrarse una pequeña parte del laboratorio. Presionó un botón y regresó al sitio en el que la mitad de su rostro era iluminado.
—Por ahora procura que ese inquilino tuyo no te elimine. Sería un desperdicio haberme desprendido de tu satélite y que no sea el ejército de Freezer quien termine con tu vida.
La científica miró a Tarble repentinamente, quien la observaba de soslayo. Suplicó mentalmente que no haya entendido lo que implicaban las palabras del Dr., pero al ver que sus ojos reflejaban una extraña sensación de complicidad y algo de pena, entendió que el joven ya lo sabía.
—Vámonos de aquí, Tarble.
El joven príncipe asintió ante el demandante tono de su amiga y se apresuró a tomarla entre sus brazos.
—Adiós, niña —le dijo el anciano y aguardó a que se encontraran lo suficientemente alejados para cerrar nuevamente las puertas de entrar de su laboratorio y volver a mimetizarse con aquel estéril desierto.
El camino hasta la sede fue incómodo y silencioso. Bulma tenía la seguridad de que Tarble sabía perfectamente la intención en las palabras de Maki Gero, lo que la tomó completamente por sorpresa.
Al llegar a la sede, la fémina caminó a paso rápido hasta el otro lado de la habitación. Tomó un de esos pequeños robots que realizaban las tareas diarias de limpieza del predio y abrió un pequeño compartimiento que había en su espalda mientras lo llevaba a una mesa de trabajo.
El más pequeño se acercó con cuidado por detrás, presintiendo que quizás esta era su manera de evitar el tema.
—Oye… —inició suavemente—, ¿te sientes bien?
—No —dijo ella de inmediato, sumergida en ese compartimiento y haciéndole un par de modificaciones.
Internamente las palabras de Doctor la habían devastado. No sólo el hecho de saber a ciencia cierta que ella tenía "algo" con Vegeta, sino así también el modo. Se sonrojó de sólo pensarlo. Además de que probablemente la haya visto desnuda, la había visto tener sexo si es que tenía instaladas cámaras dentro de su nueva sede. Quizás incluso los estaría observando en ese mismo momento.
Tomó al robot entre sus manos después de haber cerrado su compuerta trasera y lo dejó en el suelo. Después de presionar el botón de encendido, se cruzó de brazos y el pequeño aparato se retiró con una luz roja prendida en la parte superior.
Tarble miró al aparato y luego a la mujer, sin entender qué sucedía. La mirada de determinación de ella lo tomó por sorpresa.
—Si el Dr., nos está escuchando u observando ahora, le pido amablemente que retire lo que sea esté monitoreando mi laboratorio de inmediato, antes de que los destruya uno a uno.
Finalmente Tarble comprendió la urgencia de Bulma. Ella lo miró de lado, sabía que en cualquier momento arrojaría el tema sobre la mesa. Soltó un suspiro y cubrió su frente con la mano derecha.
—No sé cómo sucedió, Tarble. Créeme, también me lo he preguntado.
Realmente no esperaba que ella eligiera abrirse voluntariamente. El príncipe se apoyó sobre la mesa de trabajo, junto a ella.
—Mi hermano fue entrenado para no sentir ningún tipo de remordimiento, ¿eres consciente de lo que él es capaz de hacer?
—En teoría. Creo que si quisiera matarme, ya lo habría hecho.
—También lo he pensado, me resulta curioso a decir verdad. Pero eso no garantiza que no vaya a hacerlo.
—Lo sé. De todas formas no hay de qué preocuparse, no creo que vuelva a pasar.
—¿Qué vuelva a… —comenzó con inocencia y antes de terminar cayó en cuenta—. Oh.
Tarble bajó la cabeza, a pesar de que las palabras de Bulma eran sinceras, su tono no parecía preocupado o afligido. Como si estuviera hablando de un asunto que no le competiera, completamente analítica.
—Es por esa razón que no puedes decir nada al respecto. Podría herir a personas que no tienen nada que ver.
Tarble asintió, aceptando así un pequeño pacto de silencio.
Hacía horas se había marchado de la sede en la que moraba desde las últimas semanas. Con su scouter localizó un animal bastante débil, sin embargo de gran tamaño, que empaló y colocó en una hoguera improvisada y se sentó a esperar.
Estaba lo suficientemente lejos del laboratorio como para evitar encontrarse casualmente con esa mujer que lo asfixiaba con su sola presencia.
Aún no sabía cuánto tiempo le quedaba, por lo que tendría que usar el 80 por ciento del día para entrenar. No podía darse el lujo de tomarse un descanso ni nada que se le pareciera. Seguramente no tardaría en encontrarlo…
—¿Qué quieres? —cuestionó arisco, sin inmutarse.
—¿Problemas con la científica? Creí que lo tenía bien abastecido en ese laboratorio suyo.
—No digas tonterías —contestó el príncipe volteando a su cena.
El soldado caminó hasta acercarse al fuego y se cruzó de brazos sin decir más.
—¿Por qué no vas a molestar algún clase baja? ¿O es que ya te aburriste de tu hijo y de Tarble?
Bardock se puso de rodillas y arrancó una pequeña rama seca del suelo.
—No hemos recibido directivas, príncipe Vegeta.
—"No molesten" es una. Ahora acátala.
—Supongo. Entonces pediré las del príncipe Tarble —contestó incorporándose—, después de todo, es la segunda autoridad con vida.
Vegeta arqueó una ceja ante el absurdo comentario.
—Si Tarble usara agujetas, se enredaría los dedos con ellas. ¿Y esperas órdenes militares de él? ¡Já!... buena suerte con eso.
El soldado colocó la hierba muerta en la comisura de su labio.
—Sería más de lo que obtengo de usted.
—Haz lo que quieras, mientras sigas la orden de no volver a molestar.
El guerrero de clase baja no pudo evitar soltar una pequeña risa casi imperceptible, pero no para los oídos de Vegeta que inmediatamente gruñó.
—Ojalá hubieras heredado lo que tenía tu padre de líder.
—Exacto, lo que tenía —le dijo resaltando la última—. Mi padre tenía muchas cosas que probablemente lo llevaron a su muerte. En cambio yo sigo con vida.
—Cada uno por su lado hasta que usted diga lo contrario, entonces.
—Por fin estás entendiendo, soldado —dijo con una sonrisa ladeada—. Ahora vete.
La noche estaba a punto de terminar, el pequeño sol de ese planeta ya destruido estaba acercándose peligrosamente. Turles no había encontrado a Vegeta por ningún lado, y no podía destruir el planeta con él oculto, debía mostrarle el cadáver del príncipe a Freezer o de lo contrario creería que todo aquello había sido no más que una enorme pérdida de tiempo.
Desesperadamente se enfrentó a todo ser que ese planeta albergaba sin ninguna respuesta o pista. Los guerreros salvajes que habitaban allí parecían haber escuchado jamás el nombre de su ex líder.
Cui se sonreí ampliamente a ver al derrotado soldado Saiyajin sumirse en las ansias y el temor.
—No queda más nada en el planeta, Turles —le dijo con calma, apareciéndose por detrás e interrumpiendo el manojo de pensamientos del guerrero.
Él se giró frenético, con las pupilas pequeñas a causa del terror, de saber que en breve se acercaría su muerte.
—Vegeta no está aquí, nos engañaste y eso no le gustará a Lord Freezer.
—¡Debe haber un error! ¡Este es el planeta!, ¡estoy seguro! Debe haber un error, yo—
—¡Suficiente! —le gritó y penetró su armadura con una mano.
Turles alzó la mirada y vio la dicha del otro. Se retorció al sentir cómo Cui retiraba su extremidad de su abdomen, pero no pudo articular palabra.
Su cuerpo cayó inerte al suelo, alzando una nube de polvo. Su asesino sacudió su mano derecha y le salpicó su propia sangre en el rostro. Miró sus ojos ahora blancos por última vez, tomó el scouter de su rostro y se dio media vuelta.
—¡HOLA!
—Aquí Turles reportándose.
Antes de que pudiera contestar, una mano hizo ligera presión sobre su hombro. Tarble levantó la mirada y ahí estaba su compañero, el padre de Kakarotto, que lo miraba con una expresión férrea.
El joven guardó silencio y Bardock presionó el botón de la bocina.
—Soldado Turles, nos encontramos en el planeta Onion de la galaxia del Sur, el príncipe Vegeta nos acompaña. Reúne a los que sigan con vida y tráelos aquí. Eso es todo, buena suerte.
—De acuerdo señor.
Bardock se levantó y tomó a Tarble por el brazo, casi arrastrándolo lejos de su scouter.
—¿Por qué hiciste eso Bardock?
—La próxima vez que se comunique con algún saiyajin, tenga en cuenta que no todos morirían por la bandera. Conozco a Turles mejor de lo que imagina, quizás no sea conveniente que sepa nuestra ubicación.
Tarble cayó en cuenta de su inocente error. Hacer un llamado masivo a todos los saiyajins no sería del todo bueno si algunos de ellos buscarían por el bien propio, sabía de primera mano que muchos de ellos podían ser unos desgraciados y entregarles un mapa con su paradero cuando el sujeto más demoniaco de la galaxia los buscaba, podría resultar ser un inconveniente.
—Sé a qué soldados podemos darles nuestra ubicación sin problemas, si es que están vivos.
El joven asintió—. Lo siento.
—No se preocupe, sigue siendo una buena idea.
Entrada la madrugada, ella seguía escudriñando los rincones de la sede en busca de los mecanismos espías del Doctor Maki Gero, sin éxito alguno. Quién sabe cuánto tiempo habían estado frente a ella y aún no se había percatado. Quién sabría cuánto había visto ya el Doctor.
—Pervertido —soltó mientras caminaba por un pasillo oscuro, acompañada de varios robots.
Estaba tan compenetrada en su tarea, que olvidó por completo reabastecer la cocina que Nappa había hecho añicos, y pasó por alto también el hecho de que Vegeta no había regresado. Hasta que lo hizo. Escuchó sus pasos adentrarse e infló el pecho, ella estaba lista para ignorarlo mientras él la ignoraba. Si es que eso tenía sentido.
Se volvió a dar media vuelta y continuó su minuciosa inspección. No faltó mucho hasta que escuchó como el saiyajin encendía la cámara de gravedad y probablemente se disponía a entrenar. Deseó marcharse a toda prisa pero no quería dejar esa tarea inconclusa, que tal vez tendría que repetir en la central de Corporación Capsula en caso de tener un espía allí también. Ese maldito científico loco podría haber creado cualquier cosa, y tal vez tan diminuta que tardaría semanas en hallarla.
Vegeta estaba a punto de pasar un día completo sin dormir, sabía que no había tiempo para eso, que él continuaría sin importarle que estuviera sintiéndose desfallecer. Por un segundo percibió un movimiento de un lado de las ventanas y se giró, entonces la vio caminar con unas gafas extrañas sobre los ojos y soltó un gruñido involuntario. Arremetió contra su enemigo imaginario con más energía, casi buscando una distracción con suma urgencia.
Sabía que estaba allí cuando llegó, lo supo por el sólo aroma del ambiente, esa mezcla entre perfume terrestre y metal fundido del área donde se encontraba el arsenal. Trató de no inhalar mucho de ese perfume que parecía acompañarse por una cadena de imágenes, bastante agradables, que venían ligadas al recuerdo de ese olor. Camino a paso rápido hasta su querida cámara de gravedad pero no pudo evitar mirar a los lados, extrañado por no encontrarla cerca.
Después de varias horas de buscar sin resultado, Bulma comenzó a preguntarse si tal vez, lo que buscaba estaba en la cámara de gravedad. Sabía que Vegeta estaba ahí y que la última vez que lo había visto fue cuando la dejó sola en la cama sin decirle una palabra. Que a pesar de esas irremediables ansias de darle una cachetada deseaba verlo una vez más. Tenerlo frente aunque supiera que no podría ser una buena actriz, que si él hacía el más leve movimiento con la intención de seducirla, ella sedería. No tenía la voluntad suficiente para resistirse. O quizás ella esperaba que él buscara nuevamente algo de ella, desesperadamente, para no sentirse tan utilizada.
De un modo u otro, eventualmente tendría que entrar a la cámara y revisarla. Y en el momento que lo hiciera, existía una enorme posibilidad de que Vegeta siguiera allí, entrenando. No había mucho en qué pensar si lo pensaba de esa manera. Si se detenía y aguardaba pacientemente a que el príncipe se marchara, se volvería loca de sólo pensar que la cámara o micrófono de Gero estaba allí oculto.
No había mucho más que meditar. Se armó de valor y de un rostro sin expresiones y caminó hasta el dichoso panel externo, de la cámara de gravedad, y desactivó la energía. El príncipe se quedó inmóvil y algo sorprendido, miró por encima de su musculoso hombro y la vio adentrarse, sin dirigirle la mirada. Detrás de ella aparecieron unos seis robots que pasaron junto a los pies de él y recorrieron la habitación uno detrás del otro.
—Pero, qué demonios —espetó y ella se colocó las gafas.
—Necesito corroborar algo y me iré, Vegeta. Espera unos minutos.
—¿Que espere? —se preguntó. Esa mujer sí que había resultado ser inoportuna. Vegeta sentía que ya no quedaba tiempo que esperar, Freezer podía llegar fácilmente al otro día y él no estaba listo. Nadie lo estaba—. ¿A qué carajo juegas? —le cuestionó gruñendo y se le acercó peligrosamente.
Bulma inspeccionaba las paredes, el techo, las ventanas, el suelo, todo lo que pudiera tener algo, lo que fuera que estuviera fuera de lugar. Trataba de aparentarse ensimismada en su tarea y no deberle muchas explicaciones al príncipe, hasta que se sintió jalada de un brazo y empujada un paso atrás con violencia.
—No tengo tiempo para tus tonterías —le dijo, y a pesar de la calma con la que pronunció cada palabra, parecía encerrar cierto peligro.
—Sólo será un momento, necesito saber que aquí es seguro —contestó ella, frunciendo el ceño y volteándose a proseguir.
Cuando ella se dio la vuelta y le plantó la espalda al príncipe, Vegeta abrió los ojos sorprendido. Él no podía entender cómo ella no sentía lo peligroso de su sola presencia. Entonces la tomó nuevamente de un brazo, con fuerza y la arrastró hasta su pecho.
—¡Oye!, ¡suéltame!
—¿Qué no entiendes que te quiero fuera? —le dijo con fiereza y ella interpuso su frágil mano sobre la de él.
—¡Y tú qué no entiendes que necesito hacer esto! No es como si quisiera verte la cara, mono apestoso.
Vegeta arqueó una ceja, la mujer de ojos azules se estaba comportando particularmente agresiva. Siempre esperó que el momento en el que él le pusiera una mano encima, ella suplicaría con el rabo entre las piernas al saber que tal vez había llegado el esperado momento en el que él la matara. Pero no, Bulma no le cedió ni un centímetro y muy al contrario de lo que él esperaba, ella se le plantó frente y con convicción lo desafió.
—No tientes a tu suerte, mujer. No tengo razones para mantenerte con vida.
—Por supuesto que no, si ya tuviste lo que querías —contestó ella inexpresiva.
El príncipe se ruborizó, no había cruzado por su mente aún la idea de que ella sacaría a flote ese tema. Aunque tuviera toda la razón del mundo y él compartía el pensamiento, lo tomó completamente por sorpresa su respuesta.
—Así es —lanzó él con el rostro férreo.
Ella tragó saliva e imaginó que podía ser que este fuera su fin. Vegeta había obtenido de ella techo, comida, naves, armamento, una habitación para entrenar y sexo. Dudaba que existiera algo más que pudiera necesitar de ella, era un hecho que si estaba junto a él por un tiempo más, sus días estaban contados.
—Eres un…
—¿Un qué? —preguntó estrechándola contra sí, con el ceño fruncido.
—¡UN!
—¿¡Qué?!
La mirada de la mujer se había perdido no muy lejos de los ojos del guerrero, que intrigado por lo que captaba su atención, miró en esa dirección y vio como un pequeño insecto volador se aproximaba a él y terminó apoyándose sobre su pectoral izquierdo. Ambos miraron al insecto, Vegeta no entendía por qué algo así podía distraerla tanto pero, como ya sabía, ella era extraña.
Con su dedo anular y pulgar, posó su mano izquierda cerca del pequeño animal y lo golpeó impulsándolo a gran velocidad al otro lado de la habitación y reventándose contra la pared. Nuevamente se volvió para mirarla pero ella seguía inmersa en la mancha color amarillo dibujada en la pared.
Intentó estrecharla una vez más pero ella hizo presión para que la soltara y, como no pretendía arrancarle una extremidad, la soltó para luego verla correr hasta la pared y tocar con uno de sus dedos el líquido que escurría del cadáver del insecto.
Vegeta hizo una mueca de asco al ver como sentía la textura del líquido e incluso lo olfateaba.
—¿Qué demonios estás haciendo? —le preguntó y una gota de sudor se deslizó por un lado de su frente.
—Se supone que una mosca tendría sangre, pero esto no es sangre ni nada que se le parezca. Esto parece gasolina.
Él frunció contrariado ante el descubrimiento de la mujer, y más contrariado aún se sintió al verla sonreír ampliamente.
—Gracias, Vegeta. Creo que encontré lo que estaba buscando.
Por supuesto que el príncipe no le respondería un cordial "de nada", simplemente se cruzó de brazos y, aunque sintiera una leve curiosidad por saber en qué rayos estaba metida esa mujer, prefirió no hacer pregunta y simplemente reiterarle que se largara.
—Ya me voy, no tienes que mirarme así.
Haciendo caso omiso del pedido, Vegeta no modificó la expresión poco amigable de su rostro y caminó lentamente detrás de ella mientras se marchaba de la habitación. Observó cómo los robots se retiraban por delante de Bulma y luego esperó cuando ella se quedó quieta.
Él se extrañó y estiró un brazo, no seguro de si empujarla un paso afuera o por preguntarse qué la mantenía inmóvil. Entonces ella se giró y lo miró durante un segundo que pareció más. Vegeta sintió un escalofrío ante la mirada rencorosa de ella y luego la vio retirarse a pasos agigantados para que finalmente, la compuerta de la cámara se cerrara y pudiera continuar su entrenamiento.
—Qué mujer tan irritante —dijo arqueando una ceja.
Continuará…
Espero no haberme tardado. Agradecimientos especiales a mi hermosa amiga Schala que actualmente está ayudándome a betear mis capítulos. Me alegra mucho por los que siguen leyendo y sin más que decir, nos vemos en el próximo.
