Hola chicas! Aquí vengo a dejarles capítulo estreno. Mil gracias como siempre a todas por acompañarme, por sus comentarios, mensajes via Facebook y Twitter, aviso de favoritos y todo eso que me hace sonreír.
Esta historia está siendo beteada y mejorado por Gaby Madriz (¡Gracias nena!), así que aquí se los dejamos con mucho cariño. Disfrútenlo y cuéntenme qué les pareció, ¿si?
Besos y abrazos a todas!
Cata =)
(En Facebook: Catalina Lina; en Twitter: Cata_lina_lina)
2. Milagros.
~E.P~
"Que al fin la mala fortuna, se vaya a dormir un rato, se quiete traje y zapatos, se olvide de mi existencia, que yo frente a su sentencia, declaro mi desacato"
Sentada en el sillón de cueronegro de su padre, Elizabeth Cullen contemplaba las titilantes luces que adornaban el árbol de navidad que sus abuelas y su pequeña hermana se encargaron de decorar, mientras inconscientemente jugueteaba con el pompón de su gorro de lana rojo, que caía a un lado de su cabeza.
¿Cómo era posible que una niña de ocho años estuviera pensando en la vida y la muerte, cuando en realidad tendría que estar expectante, esperando la hora de poder abalanzarse y abrir los regalos que en ese momento inundaban el pie del árbol?
Pero ella estaba inmersa en otras cosas, se preguntaba por ejemplo si el cielo era como ella se lo imaginaba; o si dolía morir… O si volvería a ver allí a su abuelo Clarence o a su perrito Puppi. Porque ella lo sabía, ella sabía que el cielo pronto la recibiría, porque allí en la tierra, no había nada más para ella.
─ Nena, ¿no tienes sueño? ─ La presencia de su madre la sacó de sus cavilaciones. Parpadeó y sonrió al sentir sus labios besar su frente. Alzó su vista hacia ella y le sonrió.
─ No mami, estoy bien.
─ ¿Estás bien, no tienes frío, hambre…?
─ Te digo que estoy bien.
Lauren asintió y movió a su hija del sillón, para acomodarse ella y sentarla enseguida sobre su regazo. La abrazó y dejó un sonoro beso en su cuello, haciéndole cosquillas a la pequeña. Lizzie acomodó su cabeza en el pecho tibio de su madre y suspiró.
─ ¿Crees que haya ángeles en el cielo?
La pregunta que Lizzie le hizo a Lauren la incomodó, removiéndose inquieta, sin saber bien qué debía responder.
─ No lo sé, supongo que sí… ¿Por qué lo preguntas?
─ Porque yo me imagino el cielo con muchos ángeles, con la piel blanca y brillante, con alas y una aureola…
─ ¿Cómo el disfraz de Grace?
─ Sí, así.
Ambas rieron por el traje que la pequeña Grace lució para su último cumpleaños y del que se negaba a salir, hasta que su madre la convenció que los ángeles no lucían sus trajes sucios, por lo que debía dárselo para lavarlo y volver a lucirlo radiante, a lo que Grace, le encontró mucho sentido. Poco después se olvidó del ángel, cuando vio en un aparador un disfraz de muñeca, del cual se enamoró a primera vista.
─ ¿Por qué estás pensando en los ángeles, nena?
─ Porque anoche soñé con uno… Creo. Caminábamos a través de una puerta grande y, como de oro ─ relataba, sin apartar la vista de las luces del árbol ─… y yo miraba las baldosas en el suelo y podía reflejarme en ellas, podía verme con mi cabello… En el cielo tenía mi cabello de nuevo, mamá ─ agregó con entusiasmo.
Mientras Lizzie hablaba de lo hermoso que fue su sueño, Lauren cerraba los ojos, intentando retener las lágrimas, pero su deseo por llorar cada día se hacía más imperante. Su hija estaba soñando con ángeles y con el cielo, ella lo sabía y entendía que significaba ese sueño; su hija estaba pensando en la muerte, presintiéndola.
La aferró con fuerza contra su pecho, inundándose de su aroma y sintiendo el calor de su cuerpo pequeño. Se negaba a creer que la negra muerte viniera y le arrebatara a la hija de sus entrañas.
─ ¡Mami! ─ La niña se removió sobre el regazo de su madre y la agitó por su brazo.
─ Sí, nena.
─ Estás llorando…
Lauren no se había dado cuenta que no logró retener sus lágrimas. Lágrimas que rápidamente hizo desaparecer con la manga de su blusa.
─ ¡¿Quién no podría llorar en Navidad, mientras escucha sueños sobre ángeles y puertas doradas, eh?!
─ Puede ser… ─ concedió la pequeña.
─ Oye, debemos movernos, casi es hora de cenar ─ dijo la madre, besando la cabecita de su hija.
Lizzie arrugó la nariz - Pero no tengo hambre…
─ Tu abuelo Carlisle ha venido desde Chicago especialmente para preparar la cena de Navidad, ¿serás capaz de hacerle ese desaire?
─ Ni siquiera puedo comer lo que el resto… ─ protestó la niña, cruzando sus brazos sobre su pecho, gesto que heredó de su padre.
─ ¡Ah, pero aun así es especial! Buscó recetas ad hoc especialmente para ti… ─ indicó la madre, mientras la pequeña Lizzie meneaba su nariz de un lado a otro, como si fuera la Hechizada, evaluando las palabras de su madre y la receta que su abuelito seguramente preparó con tanto amor para ella.
─ ¡Bueno! ─ Acepto alargando graciosamente la primera silaba.
Lauren esbozó una gran sonrisa y comenzó a atacar a su hija con ligeras cosquillas. Adoraba esos juegos con sus pequeñas. Adoraba oír sus carcajadas cantarinas.
Se levantaron y tras darle una juguetona palmadita en su trasero, la condujo hasta el comedor, donde las abuelas terminaban de adornar la hermosa mesa, llena de colores y manjares, mientras Grace corría de un lado a otro con sus cuernos de reno y su nariz roja, inquieta y exaltada porque quería que los adultos se sentaran pronto y comieran rápidamente para correr hasta el árbol y abrir de sus regalos.
Mientras, en la cocina, los varones encargados de la cena preparaban los platos para ser llevados a la mesa.
─ Lamento que Rosalie no haya podido venir. ─ comentó Edward a su hermano, mientras ponía las patatas en una fuente.
Emmett lo miró y alzó los hombros ─ Ella y yo también lo lamentamos, pero las gemelas pueden pescar un resfriado en esta época. Ya sabes…
─ Claro, son muy pequeñas aún para viajar en esta época tan fría ─ comentó Edward recordando a sus sobrinas de ocho meses, a quienes sólo conocía por fotografías y videos ─Pero tú podrías haber ido para estar con ellas.
─ Pues no, Rosalie entiende por qué estoy aquí.
Edward miró a su hermano tensarse. Su amor por Lizzie era tal que incluso sacrificó una navidad con su propia familia para pasarla con ella… la que quizás sería su última navidad. Emmett tragó grueso y desterró esos pensamientos, concentrándose en seguir aderezando las ensaladas, antes que el mismísimo jefe de cocina, Carlisle Cullen, les reprendiera.
Una vez todo listo, la familia en pleno se instaló alrededor de la mesa y antes de comenzar la cena, tomaron sus manos para escuchar la oración que Carlisle elevó, dando gracias por la cena, rogando también a Dios que bendijera ese hogar y a todos los que estaba reunidos alrededor de la mesa, recordando también a Rosalie y las pequeñitas. Con un colectivo Amén, comenzaron a comer las delicias que Carlisle había preparado.
─ ¡Esto está delicioso! ─ exclamó madre de Lauren, Greta, cuando degustó el pavo al coñac, mientras los demás asentían concordando con la mujer.
─ Lo que pasa es que ustedes me tenían poca fe ─ comentó Carlisle, orgulloso mientras degustaba su obra maestra, la que incluso Lizzie, se atrevió a probar ─ ¿Te gustó cariño? ─ le preguntó a su nieta, quien le sonrió en respuesta.
─ Está rico, abuelito ─ respondió
─ ¡A mí también me gustó el pavo, abuelito! ─ dio a conocer su parecer la pequeña Grace, haciendo carcajear a la mesa en pleno.
La cena se desarrolló muy agradablemente en un feliz ambiente de fiestas, mientras intentaban explicarle a Grace cómo Santa viajaba por todo el mundo, dejando los regalos en las casas de los niños.
Mientras todos reían, Lizzie observaba el entorno jocoso y pensaba que quizás la Nochebuena sí era una época de milagros. Todos allí estaba felices y habían olvidado el dolor de verla enferma, incluso hasta ella lo olvidaba a ratos, o le restaba importancia. Se había sentido bien, había logrado comer el plato que se le sirvió en la cena por completo, sin sentir las desagradables náuseas, hasta se sentía animada para ir hasta el árbol junto a su hermana y abrir los regalos.
Edward vio a su hija pensativa y se inclinó hacia ella, besando su cabeza sobre el gorro de lana. Le acarició la mejilla y ella sonrió de regreso.
─ ¿Va todo bien?
─ ¡Sip! ─afirmó la niña sonriéndole a su padre.
─ Estás pensativa… ─ comentó Edward, a lo que su hija sólo alzó los hombros, pero no dejó de sonreír.
Grace saltó de su silla y caminó hasta el puesto de su padre, en donde se puso a dar pequeños saltos ─ ¡¿Podemos ir a abrir los regalos, por favor papi, por favor, por favor?!
Edward torció la boca y golpeó el dedo índice sobre el pómulo de su rostro, como meditando su decisión, escondiendo su diversión ─ No lo sé…
─ ¡Anda papá, no seas así!… ¡Ya terminamos de comer! ─ Pidió Lizzie, haciendo causa común con su hermana
─ Sí papito, por favor. ¿Podemos, podemos, podemos? ─ insistió la pequeña Grace, tironeando del jersey negro de su padre, intentando convencerlo. Todo el resto en la mesa estaba divertido y al pendiente de la chistosa escena de las niñas, mientras Edward seguía haciéndose el indeciso.
─ ¿Por qué mejor ahora no vamos a acostarnos y mañana abrimos los regalos?
─ ¡No! ─ exclamaron ambas niñas al unísono
─ ¡Mami, por favor…! ─ rogó Grace ahora en dirección a Lauren, quien al igual que el resto, estaba disfrutando de la pequeña escena.
─ Quizás papá tenga razón, y sería mejor que mañana…
─ ¡No! ¡Mamá! ─ Protestaron. Cuando Grace comenzó a hacer pucheros y restregarse los ojos con sus puñitos, Edward pensó que ya era demasiada tortura para ella, un poco más y la niña desataría su llanto.
─ ¡Está bien, está bien! ─ No alcanzó a decir nada más, cuando Grace arrastró por la manga a su hermana hasta llegar al árbol de navidad. Edward negó con la cabeza y se levantó junto al resto, acercándose a su mujer y dejando un beso en su castaña cabellera, tomándola por la cintura y conduciéndola hasta la sala.
Una increíble casa de muñecas con todo y muebles al estilo Princesas Disney hicieron que los ojos de Grace se desorbitara, además de su disfraz de Minnie, muñecas, juegos de té y varias piezas de ropa que la hicieron gritar de la emoción.
Lizzie recibió una colección de cuentos, un oso de peluche gigante -más grande que ella incluso, una caja de música, una pequeña cadena de oro con una cruz como colgante y mucha ropa, regalos que la emocionaron, pero más que disfrutar de sus propios obsequios, fue consumida por la energía de su hermana pequeña, con quien se instaló dentro de la casa de muñecas, intentando meter a su enorme tío Emmett, quien se asemejaba King Kong dentro de esa pequeña casa. El resto fotografiaba el movimiento de las niñas y disfrutaban de su alegría.
Pero más que todos allí, sus padres, Lauren y Edward, abrazados, contemplaban y se complacían con sus hijas, que estaban riéndose de las tonterías de su tío Emmett.
Costó para que las niñas se cansaran de jugar, estaban exultantes y la verdad es que no reparaban en la hora, pero los contantes bostezos de Grace después de media noche y el cansancio de toda esa hiperactividad le pasó la cuenta, quedándose dormida, vestida con su disfraz, en los brazos de su abuelo, quien con cuidado la llevó hasta su cama. Lauren hizo lo mismo con su hija mayor.
─ ¡Dios! Estas niñas tienen la energía de un equipo de beisbol ─ comentó Emmett, dejándose caer en el sofá, mientras Esme y Edward arreglaban todo el desastre.
─ Ya te quiero ver cuando tus niñas tengan cuatro años… ─ comentó Edward, quien en ese momento sintió vibrar su celular, con un mensaje de texto de parte de Giuliana, deseándole una feliz navidad. Él leyó el saludo y torció sus labios en una media sonrisa, la que a Emmett no le pasó desapercibida.
Cuando Esme se retiró a ayudar a Greta con la limpieza y los hermanos quedaron solos, Emmett enfrentó a su hermano menor.
─ ¿Era ella? ─ susurró en tono desaprobatorio.
Edward lo miró de reojo y masculló ─ Cierra la boca, Emmett.
Él aludido se levantó y caminó hasta su hermano ─ No puedo creer que sigas con esa mierda…
─ No sabes de lo que hablas ─ regañó con impaciencia, dejándolo solo en la sala.
Pero Emmett no lo dejó tranquilo, siguiéndolo hasta su despacho, donde lo vio acercarse a la licorera y verter en un vaso un poco de coñac.
El hermano mayor caminó y se le paró enfrente, era unos centímetros más alto que Edward y bastante más corpulento ─ ¡Dime que fue sólo mi imaginación cuando te vi la otra vez con esa mujer!
─ ¡Fue sólo tu imaginación! ─ mintió con ímpetu, tratando de zanjar el tema.
Desde hace un año, en su anterior visita a Italia junto a Rosalie, cuando ella aún estaba embarazada, Emmett lo descubrió en una situación comprometedora con la maestra de italiano de sus sobrinas. Vio claramente cuando, en un cuarto contiguo a la sala, la profesora besaba en la comisura de los labios a Edward y le decía algo de verse más tarde.
Él, que había acompañado a su hermano por las niñas, no pudo evitar alarmarse y encararlo enseguida, negando Edward tajantemente la idea de su hermano, abogando locura por su parte.
─ ¡No soy estúpido, Edward!
─ ¿Vas a seguir fantaseando con eso, Emmett? ─ rebatió a su hermano, sosteniendo convincentemente su mentira ─ Hemos pasado una estupenda noche, no lo arruines con tus alucinaciones, por favor.
─ Más te vale que sean solo alucinaciones, porque sí sé que es verdad, olvidaré por el difícil momento que estás pasando y te…
─ ¿Por qué discuten? ─ la entrada repentina de Esme al despacho sorprendió a ambos. Los miró desde la puerta y Emmett, que estaba más nervioso que Edward que parecía impasible, se apresuró en responder.
─ Figuraciones tuyas, mamá. Sólo vinimos aquí a tomar un trago, ¿te nos unes?
─ No, cielo ─ respondió, acercándose hasta sus varones ─ Estoy cansada, así que me voy a dormir. ─ Se alzó sobre la punta de sus pies para dejar un beso en el rostro de Emmett y luego en el de Edward.
─ Que tengas buena noche, mamá.
─ Que descanses, mamá ─ se despidieron los hijos. Cuando ella estuvo fuera, Emmett suspiró y se sentó en un sofá.
─ Mejor sírveme un trago, Edward ─ pidió a su hermano en tono cortante ─ Y no creas que voy a olvidar este tema Edward. Simplemente lo retomaremos en otro momento. ─ Concluyó, sin que Edward hiciera ningún comentario respecto a la pequeña discusión, ni negando ni mucho menos aceptando nada. Sólo se limitó a servir otro vaso de licor para su hermano y se sentó junto a él a beberlo en silencio.
Y mientras los hermanos bebían, olvidando las figuraciones de Emmett, Giuliana Santarelli tomaba champaña, sola en la sala de su departamento, a media luz y con la esperanza de que Edward pudiera ir hasta ella, aunque sea unas horas para compartir un brindis. Se negó a viajar a la ciudad donde residía su familia aguardando a ver sí Edward la llamaba o al menos le enviaba un mensaje diciendo que iba de camino a su encuentro.
Pero eso no ocurriría y ella lo sabía.
Le dolía el alma reconocerlo, pero prefería esos escasos momentos juntos que la nada. Pero secretamente, en momentos de soledad como esos, realmente dimensionaba el peso de la decepción de ser la otra, porque aunque sea una sola vez, hubiese deseado tenerlo junto a ella para la cena de Navidad, o caminar por las pintorescas y románticas calles italianas tomados de la mano…
Sería malvado de su parte desear que la relación matrimonial de Edward se destruyera para ella dejar de ser la amante, pero vivía con la ilusión… Aquella de ser ella algún día la señora de Edward Cullen. Sí es que se lo proponía, porque una de las cosas que ella no sabía a ciencia cierta, era de los sentimientos de Edward hacia ella.
─ Dime, caro, qué es lo que sientes por mí… Porque yo te amo, Edward, te amo más allá de la razón. ─ se declaró un día, cuando Edward quiso poner punto final a su relación con ella.
Edward había abierto los ojos sorprendido por semejante declaración de amor que él, al parecer, no se esperaba –Giuliana, por favor… Es complicado, eres especial, hermosa, divertida, te tengo mucho cariño, pero…
─ Con eso me conformo, Edward. Que vengas de vez en cuando a tomar posesión de mí cuerpo… Me conformo con eso; parezco un perro mendigándote, pero lo prefiero… Lo prefiero a no tener absolutamente nada de ti.
Con un suspiro, Edward se acercó a ella y la abrazó, hundiendo su nariz en su negra cabellera Ejerces una atracción que no puedo negar ni evitar y eso, es lo que puedo ofrecerte, sólo eso susurró cerca de su oído Sé que no es justo para ti, pero…
─ No me importa. No me importa mientras pueda tenerte para mí aunque sea por algunos momentos.
Giuliana recordaba, mientras agitaba el líquido dorado dentro de la copa, observándolo distraídamente. Dejó el cristal sobre la mesa de centro y observó su teléfono móvil para ver la hora y verificar si Edward había respondido a su saludo navideño, pero no había respuesta, así que se conformó con la hora.
Casi las dos de la mañana.
Edward no vendría. Se levantó, apagó la luz de la lámpara que se hallaba sobre una mesita contigua al sofá donde ella estuvo sentada y caminó hasta su cuarto, en donde se desnudó para meterse enseguida en medio de las frías sabanas de su cama. Sola.
Allí, antes de dormir, recordó el día que conoció al abogado Edward Cullen. El día que fue hasta la escuela de idiomas -en donde ella trabajaba- a dejar a sus hijas. Su perenne sonrisa le engalanaba el rostro de tez clara, sus ojos de un extraño color verde azulino y su perfecta nariz, su cabello castaño despeinado y su prolija barba, sobre ese cuerpo de un metro noventa de estatura que a simple vista era fuerte y bien formado y la había dejado enamorada a primera vista.
Recuerda que Lizzie los presentó y él, caballerosamente, extendió su mano hasta ella y le dijo su nombre con un tono de voz aterciopelada, siempre con su sonrisa en el rostro. Ella, como boba le dijo su nombre, indicándole que como bien había dicho Lizzie, ella era su maestra de italiano.
Desde ese día, cada miércoles y viernes durante un mes, las miraditas y las sonrisitas coquetas se cruzaban entre el padre de la niña y su profesora, hasta que no le importó absolutamente nada. Recordó con picardía cómo le pidió que la acompañara hasta su oficina, en donde al cerrar la puerta, se le abalanzó encima, atacando sus labios con premura, en un beso que él respondió de igual forma, dando así comienzo a esa clandestina relación.
─ Dio benedetto, sí sólo lo hubiese conocido unos años antes… ─ con ese pensamiento se dejó ir por el sueño, esperando que la suerte le trajera al día siguiente a Edward hasta sus brazos. Aunque fuese por un rato.
/E.P/
Los días siguientes a la navidad, la salud de Lizzie se estabilizó, la niña se sintió bastante bien, incluso ese día ella misma propuso ir con sus abuelas y su madre hasta un centro de diversiones. Aprovechando el ánimo de la niña, las mujeres, creyeron que era una buena idea, por lo que todas salieron rumbo al sitio elegido. Era un centro comercial gigante, en donde uno de los pisos estaba poblado de juegos infantiles de todo tipo. A un costado de este, muy bien ubicado, había un café en donde Esme y Lauren se instalaron, mientras Greta acompañaba a las niñas.
─ Se ven tan felices. ─ comentó Esme, fijando su vista uno metros más allá en donde estaban sus nietas. Lauren sonrió y asintió, viendo hacia el mismo lugar que su suegra. Esme desvió su vista hacia su taza de humeante café, la que revolvió quedadamente, mientras pensaba que en esa era una oportunidad perfecta para que su nuera y ella tuvieran una conversación. ─ Uhm… Lauren, hija…
─ Sí, Esme
- Hace días quería preguntarte; sin el ánimo de entrometerme…
- Adelante, pregunta lo que quieras.
- Sí, bueno… Quería saber cómo iban las cosas entre Edward y tú… Ya sabes, como pareja.
- Hemos sido apoyo el uno para el otro en todo este tiempo, desde que a Lizzie le diagnosticaron su enfermedad…
- Sí, eso es bueno, ─ asintió ella ─ pero quiero decir, antes de eso…
Lauren parpadeó y cepilló con sus dedos sus risos castaños sintiéndose un poco incómoda por la pregunta de su suegra. ¿Qué le iba a decir, que desde hace seis meses, incluso más, Edward y ella no hacían el amor? ¿O que antes de saber lo de la niña incluso, recurrían al sexo para evitar hablar de sus problemas matrimoniales? ¿Le echaría la culpa a Edward? No, no podía hacer eso, cuando las fallas en el matrimonio eran cosa de dos. Además, su beca y su trabajo la absorbieron tanto - a ella y a Edward- que cuando regresaba a casa de noche, apenas alcanzaba a estar despierta un rato con sus niñas.
─ Esme, hemos tenido los problemas normales de un matrimonio… Supongo, a pesar de los dos años que llevamos aquí, ha sido difícil acostumbrarnos.
─ ¿Lo amas? ─ preguntó Esme, mirando directamente a los celestes ojos de su nuera.
Lauren parpadeó y dio un sorbo a su café, mientras medita la pregunta de Esme. ¿Lo amaba? Quizás no con la locura ciega que la enamoró en la escuela de derecho cuando lo conoció, pero…
─ Nos queremos, Esme ─ respondió simplemente, a lo que Esme sonrió, pero no de una forma genuina, pues eso no era lo que le había preguntado. Esme esperaba que Lauren le dijera de inmediato "Sí, amo a Edward", pero no lo hizo. Sintió escalofríos en el cuerpo cuando se imaginó haciéndole la misma pregunta a Edward; quien probablemente respondería también con evasivas.
No se atrevía a culparlos de nada en ese momento, no cuando lo primordial y más importante era la salud y la vida de Lizzie. Lo demás, quizás, simplemente podía esperar.
~En Paralelo~
La cena de navidad en la casa de los Whitlock fue muy ligera y amena. Tuvieron que recordarle a la madre de Jasper que sólo serían cinco en la cena y no un batallón, que era para lo que pensaba la suegra de Bella.
Originalmente eran cuatro, el joven matrimonio, la madre del esposo y la hermana de la esposa, pero a Jasper se le ocurrió en último momento invitar a un colega que había llegado hace muy poco a Suecia y se encontraba solo en la ciudad.
─ Estoy muy agradecido por la invitación ─ dijo Michael Newton, el rubio ejecutivo de veinticinco años, de azules y grandes ojos, colega e invitado de Jasper ─ Esta hubiera sido una noche de cerveza y película en la televisión.
─ ¡Oh! La navidad no es para pasarla solo ─ exclamó Hilda al invitado, quien le dedicó una genuina sonrisa de agradecimiento, pero la atención del invitado estuvo casi gran parte de la noche en la tímida hermana menor de Bella, Alice, quien apenas intervino en los temas de conversación.
─ ¿Hasta cuándo estarás aquí? ─ le preguntó, acercándose un poco más hacia su lado, buscando que sus negros ojos se cruzaran con los azules suyos. Ella parpadeó, pensando que esa era una muy buena pregunta a la que sinceramente ella no tenía la respuesta.
─ No… No sé… Quiero decir, quiero estar aquí cuando nazca mi sobrina, pero…
─ Eso son seguros cuatro meses más ─ comentó Michael, sonriendo ─ Es bueno saberlo, quizás podamos salir…
─ ¡Eso sería increíble! ─ exclamó Bella, más entusiasmada que Alice, quien desvió su vista hasta el plato medio vacío, sintiendo sus mejillas calentarse ─ ¿No te parece, Jasper?
Con una sonrisa algo forzada, él concordó con su esposa ─ Sí, claro… Podrían ser buenos amigos…
─ O algo más que amigos ─ agregó Hilda entusiasmada, haciendo que Bella sonriera aún más, Jasper la miraba con desaprobación -ni él mismo sabía por qué- y Alice sintiera ahora sí sus mejillas como hogueras por la vergüenza.
Michael sonrió ante la idea de que su invitación fuera el motivo del sonrojo de la hermosa Alice y no quiso insistir más. Quizás más tarde, en algún momento en que estuvieran solos…
Más tarde, cuando se retiraron a la sala para beber un delicioso ponche navideño, creación de Hilda, se ubicaron de tal manera que en uno de los dos sillones de tres asientos, se instalaron Jasper y Bella, abrazados ella en el pecho de su marido, quien acariciaba suavemente su barriga, y en el otro sofá Michael y Alice, quien retorcía sus dedos nerviosamente, tensa por la cercanía que Michael intentaba establecer entre ambos.
Él, discretamente, pasó un brazo por sobre el respaldo del sofá, alcanzando a rozar con sus dedos la oscura y sedosa cabellera de Alice.
─ De verdad me gustaría salir contigo. ─ Dijo en tono más bajo, manteniendo la conversación entre ambos, mientras Bella en el otro sofá soltaba risitas por las cosquillas que su esposo le hacía al acariciarle el cuello con rasposa barbilla. Alice los miró de reojo y sintió los celos queriendo aflorar, pero se los tragó, obligándose a entablar una conversación con Michael.
─ Sí, claro… Por qué no, podríamos salir cualquier día, aunque no conozco muchos lugares por aquí…
─ Por eso no te preocupes, dime, ¿te gusta bailar, o eres de ambientes más calmados?
─ No, nada de baile…
─ ¡Uf! ─ exclamó Michael, secándose el sudor imaginario de la frente ─ Pensé que tendría que tomar clases sí me decías que te gustaba bailar ─ agregó con una sonrisa, contagiando a Alice.
Mientras Alice seguía su conversación con Michael sobre lugares a los cuales podían ir, Bella miraba de reojo a la parejita, ilusionada porque su pequeña hermana pudiese encontrar al amor que la hiciera resplandecer como a ella le había ocurrido con su marido.
─ Harían linda pareja… ─ susurró a Jasper, con un tono lleno de ilusión. .
─ ¿De qué hablas?
─ De ellos ─ dijo, alzando los ojos y moviéndolos en dirección a su hermana. Jasper juntó sus cejas y miró de reojo también a su amigo y su cuñada, quienes reían por algún comentario gracioso de Michael.
─ ¿No crees que sea muy pronto para pensar en eso? Lo acaba de conocer.
─ Pero mírala como se ríe y se sonroja con él, es una señal típica de que hay una especie de química entre ambos…
"¿Química?" pensó Jasper, sin poder apartar su vista entornada de ellos. Y es que de un momento a otro ya no le había parecido tan buena idea haber llevado a Michael a su casa para cenar, no porque fuera un mal tipo sino porque había algo extraño allí que le inquietaba. De cómo él la miraba e insinuaba cosas para agradarle, el claro signos de conquista… Y ella, sonrojándose y riéndose con él, no le gustaba. Lo reconoció en su mente, pero ¿por qué le desagradó esa idea?
─ ¡Alice ha accedido a salir conmigo! ─ exclamó Michael, levantándose casi en un brinco de dicha. Extendió la mano hasta Alice y la ayudó a ponerse en pie.
Bella sonrió y Jasper arrugó un poco su frente.
─ ¡Eso es fantástico! ─ exclamó Bella, aún rodeada de los ahora tensos brazos de su marido ─ ¿Y cuándo…?
─ Ahora. Sí es que no te molesta…
─ ¡¿Ahora?! ─ exclamó Jasper ─ ¿No crees que es muy tarde?
Bella golpeó el brazo de Jasper y por sobre su hombro le increpó ─ ¡Oh, Jasper! Pareces el padre de Alice. Deja que salga a divertirse con su amigo ─ giró su cara de regreso a su hermana, quien por alguna razón se veía contrariada, quizás, pensó Bella, se incomodó por el comentario y la extraña actitud de Jasper.
─ Salgan y diviértanse, ¿sí? ─ les deseó Bella, esperando que ese nuevo amigo para Alice la hiciera salir de ese estado de melancolía extraño en la que su pequeña hermanita se encontraba.
─ La traeré de regreso a una hora prudente. Lo prometo ─ se comprometió Michael con Bella. Alice carraspeó y le avisó a su amigo que iba por su bolso y un abrigo para ponerse en marcha.
Y es que la pequeña Alice había decidido sacudirse la cabeza de ideas románticas con su erróneo amor imposible y no correspondido e intentar dar marcha a nuevas oportunidades para ella y Michael le pareció atractivo y divertido, así es que comenzaría a intentarlo.
Cuando regresó a la sala lista para salir, Bella estaba de pie hablando algo con Michael, mientras Jasper los ignoraba, sentado aun en el sofá con gesto serio y pensativo.
Antes que su hermana y su amigo la vieran, Jasper presintió la presencia de Alice en la sala y la miró de pies a cabeza con un gesto reprobatorio, apartando ella enseguida su mirada de ese hombre, quien nada tenía que reprocharle.
─ Estoy lista ─ advirtió rápidamente, con una urgencia inmediata de salir de allí ─ ¿Nos vamos?
─ ¡Que lo pasen bien! ─ exclamó, después que ambos se despidieron.
Cuando ella y su marido quedaron solos, se giró sobre sus talones y encaró a su marido, con las manos sobre las caderas y su pie derecho palmeando sobre el piso.
─ ¿Me puedes decir qué bicho te picó? ─ gruñó seriamente, entornando sus marrones ojos ─ ¿Hay algo de Michael de lo que deba preocuparme? ¿Algo que tú sabes y que yo no? ¿Crees que puede hacerle daño a Alice?
Jasper rodó los ojos y se apresuró en responderle a su mujer ─ No, no… no se trata de eso…
─ ¡¿Entonces?!
Jasper suspiró, mientras pasaba su dedo índice una y otra vez por su frente ─ Es sólo que… ─ se apresuró en su mente a encontrar una razón lógica para su actitud. No sabía si era verdad o no, pero se apresuró a admitir ─ Alice es como mi hermanita pequeña… Y… Yo sólo no quiero que…
─ ¡¿Estás celoso?! ─ preguntó Bella, abriendo sus ojos y comenzando a elevar la comisura de sus labios. Jasper entornó los ojos ante la divertida expresión de su esposa.
─ ¡¿Qué?!
─ ¡Te estás comportando como si fueras el hermano mayor de Alice, o como su padre!
─ O su padre ─ reiteró, meneando la cabeza con desaprobación ─ Tengo apenas veintisiete años, no estoy en edad de ser su padre; y de cualquier modo ¿te molesta que me preocupe?
─ ¿Y te molesta?
─ ¡¿Cómo me va a molestar?! ─ se apresuró a sentarse frente a su marido, casi a horcajadas sobre él, para abrazarlo con fuerza ─ Encuentro que es un hermoso gesto protector de tu parte, porque ¿hace cuánto la conoces?
─ La conocí el mismo día que te conocía a ti…
─ Cuando ella era una adolecente de catorce años y tú una jovencita de diecinueve ─ recordó con melancolía ─ Es lógico que la quieras así… Y yo te amo más por eso. Pero ella ahora tiene veintiún años, estará bien, sabrá cuidarse.
─ La quiero mucho ─ reconoció Jasper, sin temor, manteniendo a su embarazada mujer abrazada por los hombros ─ No quiero que le hagan daño
Bella sonrió, dejó un beso en el cuello de su marido y se apartó para mirarlo ─ ¿Confías en Michael?
─ Sí, es un buen chico ─ admitió, alzándose de hombros.
─ Y yo confío en tu criterio. Sólo espero que pase un buen rato con él y que la logre sacar de ese estado depresivo… Quiero verla radiante, feliz como antes, y creo que sólo el amor puede hacer eso.
─ También quiero verla feliz.
─ Entonces no te pongas ogro con Michael, no al menos que Alice se queje de él.
─ ¡Vale, cuidemos entonces al buen Michael! ─ exclamó, levantando sus manos al cielo.
─ ¡Eres un tonto! ─ le replicó divertida, golpeándole el pecho y haciéndolo por fin reír. La admisión de Jasper, sobre sus sentimientos por a Alice lo había relajado y no sabía la razón. ─ Bien, ahora, llévame a la cama, que no tengo ni una pisca de sueño…
Jasper la miró, frunciendo su entrecejo, como no comprendiendo lo que decía su esposa ─ ¿Entonces, para qué quieres ir a la cama si no tienes sueño?
─ Porque supongo que algo podrás hacer al respecto, ¿no? –mordió su labio y alzó una ceja insinuantemente. Jasper entornó los ojos y suspiró ruidosamente.
─ Pues vamos entonces a ver qué podemos hacer respecto a ese insomnio. ─ acercó su boca a la suya y mordió el labio que antes estuvo entre los dientes de Bella. Ambos se levantaron y caminaron entre juegos y abrazados hasta la habitación, riéndose y besándose como antesala a lo que sería una buena forma de lidiar con el desvelo de Bella.
Mientras, Michael llevaba a Alice al legendario club de Jazz Fasching, donde se instalaron en una mesa pequeña para dos justo en un rincón, mientras un joven saxofonista amenizaba el ambiente navideño con suaves piezas musicales. Un brandi para él y un Cosmopolitan para ella fueron los tragos que acompañaron la charla de los dos jóvenes.
─ Así que llegaste a Estocolmo para acompañar a tu hermana.
─ Sí, pretendo quedarme hasta que nazca mi sobrina.
─ ¿Y tus estudios?
─ Digamos que los dejé en pausa. No estoy muy segura de querer seguir con eso.
─ ¿Y Qué carrera estabas estudiando?
─ Artes Escénicas.
─ ¡Vaya! Pues, déjame decirte que llenarías una sala de cine sí fueses una actriz, porque eres hermosa, Alice ─ le dijo, guiñándole un ojo. Alice cerró los ojos y negó con la cabeza, tomando de su bebida. La primera de cuatro.
Ya en la tercera bebida de Alice, ambos reían de las anécdotas que Michael contaba con mucha gracia, sobre viajes y paseos en elefante, haciendo que ella sonriera de buena gana.
─ Te ves hermosa cuando sonríes, Alice ─ comentó Michael, extendiendo su mano hasta el rostro de su amiga para acariciarlo ─ Cuando te vi en casa de tu hermana esta tarde, parecías triste y melancólica…
─ Creo que mi vida no tiene tantas anécdotas divertida como la tuya, Michael.
─ Eres una mujer, pero ¿qué te tiene así, pequeña?
─ Cosas de la vida, amores imposibles, no correspondidos y sobre todo incorrectos ─ se aventuró a decir ella con la valentía que el alcohol le estaba dando para hablar de eso. Michael entornó sus ojos y tomó una de sus manos entre la suya.
─ Hablas de Jasper…
Alice quitó su mano del agarre de Michael y lo miró con pasmo ─ ¡¿Por qué lo preguntas?!
─ No lo estoy preguntando ─ dijo con seguridad. Bebió el resto de su bebida y acotó ─ Como lo mirabas durante la cena, como intentabas evitarlo, y escondías tu vista de él cuando te miraba… Y por tu reacción de ahora…
─ ¡Jesús! ─ exclamó, peinando su cabello con desesperación.
─ Oye, esto es más típico de lo que piensas ─ la calmó, cogiendo su inquieta mano otra vez ─ se confunden los sentimientos, pero una vez que hayas conocido a otra persona, ese sentimiento desaparecerá y verás que era solo confusión.
"Si él supiera que esa confusión lleva casi cuatro años…"
─ Debo parecerte patética.
─ No, para nada. Me pareces hermosamente encantadora, no te mereces sufrir por un amor no correspondido, pudiendo tener a alguien que te quiera al lado.
─ Alguien que me quiera - reiteró ella ─ ¿cómo quién?
─ Como yo.
─ Acabas de conocerme…
─ ¿Y? ─ Se alzó de hombros ─ no veo la razón por la que no. Me gustas mucho.
─ Yo… Yo soy un desastre ahora mismo… No creo…
Michael, con determinación se levantó y acercó su silla más a Alice. Bastante más cerca en realidad. Ella podía sentir su aliento rozar su cuello cuando este pretendió hablarle al oído ─ Sólo déjame intentarlo…
Ella lo miró y tragó grueso y lo siguiente que sintió fue la mano de Michael rodearle la cintura para atraerla completamente a él, y así acabar besándola, cuestión a la que ella no se resistió, en absoluto. No sabía sí era por los tragos, el ambiente o las pericias de su compañero, pero cuando Michael besaba, sabía lo que hacía, porque ella se vio perdida en ese beso que poseía su boca con determinación. No se dio cuenta cuando lo agarró por el cuello y acarició su piel allí, o cuando sus manos se colaron en la rubia y sedosa cabellera.
"¡Dios, se siente tan bien!"
Después de otro trago, risas, besos y caricias, y cuando ya eran cerca de las cuatro de la mañana, Michael pensó que era buen momento de llevarla de regreso a casa. De camino, hicieron planes para pasear al otro día, él la recogería a medio día y se encargaría de hacerle tour por la ciudad, o por lo que conocía de ella.
─ Ha sido una estupenda noche, Michael. Gracias ─ dijo ella, cuando él aparcó el auto frente a la casa de su hermana. Él le dio una sonrisa torcida y se acercó hasta ella, capturando nuevamente su boca, reaccionando ella enseguida con sus manos viajando hasta su cabello. Él sonrió sobre sus labios por lo agradable de la sensación de los dedos de Alice enredados en su cabello.
─ Ha sido un placer, hermosa ─ otro beso ─ ¿Te veo mañana, sí?
─ Te espero ─ otro beso y ella desabrochó su cinturón de seguridad para bajar del coche. Antes de hacerlo se giró hasta Michael ─ ¿Me puedes mandar un mensaje cuando llegues a tu casa? Es tarde y me quedaré preocupada.
─ Encantado ─ sonrió él y la dejó marchar, quedándose allí hasta que ella entró en la casa. Michael suspiró y agradeció a su madre que lo miraba del cielo, por haber dejado caer a ese hermoso ángel para él y arrancó el coche aun con una sonrisa boba, deseando que las horas pasaran rápido para volver a verla.
Jasper había ido a la cocina por un vaso de agua, cuando sintió la puerta, miró el reloj con forma de tetera que colgaba en la cocina y notó que eran pasadas las cuatro de la mañana. Alice pasó por fuera de la habitación, sin percatarse que Jasper estaba adentro, por lo que se sobresaltó cuando lo oyó.
─ ¡¿A estas horas vienes llegando?! ─ preguntó, o más bien increpó a Alice. Ella se afirmó en el marco de la puerta, relajada y sin dejar de sonreír.
─ Sí.
─ ¿Vienes borracha?
─ ¡Claro que no! ¿Quién crees que soy?
─ ¿Y entonces porque sonríes de esa manera?
─ Porque fue una noche… ─ se detuvo, pensando en el adjetivo perfecto que quería darle a su noche ─ increíble. La mejor que he tenido en mucho tiempo ─ hizo ademán de seguir su camino hasta su recamara, pero algo la retuvo ─ ¡Ah! Y gracias por invitar a Michael esta noche.
Sin más, siguió camino a su dormitorio, donde se dejó caer con el móvil en la mano, esperando el mensaje de Michael, mientras Jasper quedaba en la cocina, con un vaso vació en su mano, apretándolo con fuerza, con su entrecejo fruncido y con una sensación de rabia comenzando a crecerle en su pecho.
"¿Celos de hermano?" pensó en lo que su esposa le había dicho. Pero, ¿tan feo se sentían? Se preguntó, mientras imaginaba los diversos motivos de la sonrisa de su hermanita Alice, la que seguro tenía mucho que ver con Michael.
"Sí, seguro son celos de hermano…" concluyó, casi tirando el vaso sobre el fregadero y caminando pesado hasta su cuarto, un poco cabreado, la verdad.
A la mañana siguiente, Jasper tuvo que soportar durante el desayuno, la charla femenina entre su esposa y su cuñada. Alice le contaba a su hermana de su increíble salida con Michael y de lo entusiasmada que estaba con él, aprovechando de avisarle que no almorzaría en casa, pues él pasaría por ella a medio día para turistear por la ciudad.
─ No es mucho lo que él puede llevarte a conocer, quizás lleve aquí el mismo tiempo que tú o un poco menos… ─ intervino él, no pudiendo aguantarse ni detener el enfado en su voz.
─ No importa ─ agregó Alice, poniendo mermelada sobre su tostada, pasando por alto el extraño tono de su cuñado ─ conoceremos los lugares juntos y sí nos perdemos, pues le preguntamos a alguien o llamamos a Bella
─ Claro que sí, cielo. Tú sólo diviértete ─ dijo la hermana, quien se derretía de ternura por su hermanita, agradecida de que su luminosa sonrisa apareciera de nuevo en su rostro gracias a Michael y tomó nota mental para encontrar el momento para agradecérselo.
Alice terminó su desayuno y se apresuró hasta su cuarto para darse un baño y arreglarse para su cita, que la tenía bastante expectante Después de recibir el mensaje de Michael, avisándole que había llegado a casa, sano y salvo, continuaron con el intercambio por varios minutos más, como dos chiquillos adolecentes. Se había sentido tan bien en compañía de Michael, que decidió darle una oportunidad y hoy comprobaría sí lo que sintió con él, era producto del alcohol de los cuatro Cosmopolitan que bebió.
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