Hola a todas! Lo primero y como siempre, mil gracias por sus comentarios, son muy alentadores. Así que aquí les dejo para que lean y me cuenten qué les pareció, si?
Ya saben, está locura es beteada y mejorada por la guapa Gaby Madriz , así que aquí se los dejamos con mucho cariño.
Disfrútenlo y cuéntenme qué les pareció, ¿si?
Besos y abrazos a todas!
Cata =)
(En Facebook: Catalina Lina; en Twitter: Cata_lina_lina)
AHH! Estoy con otra historia que se llama "Redención y Condena" Búsquenla en mi perfil y acompáñenme también allí, sí? =)
3. Contrastes.
" Y si al cielo lo cambiaras por toda la realidad sé que todo sería tan diferente,
ya que la fe que tu haz puesto, no se juega, no se tranza ni por solo un momento… "
~E.P~
Las fiestas de fin de año pasaron. El nuevo año estaba en marcha con rapidez y dejaba atrás el tremendo frío invernal, para que el calor del sol comenzara a aparecer con un poco más de fuerza.
Eso fue lo que pensó Bella cuando abrió la cortina de su dormitorio y dejó entrar la luz de la radiante mañana de abril. La primavera recibiría a su nenita que en una semana nacería, según lo que fijaron como fecha de parto con su doctor y eso la hacía feliz.
Dios, debía reconocer que en alguna ocasión perdió toda esperanza de experimentar aquel tipo de dicha tan absoluta. Todo era perfecto y el nacimiento de su hija sólo coronaría su dicha y la haría aún más perfecta. Sabía que atravesaría por momentos difíciles, nadie vive una vida de miel sobre hojuelas, pero ante cualquier contrariedad, saldría adelante, porque la felicidad y el amor la hacían fuerte.
Caminó hasta su peinadora y se sentó en la banqueta y frente al espejo, cepilló su cabello con ondas marrón, que cada día parecía más brillante y más largo. Pero no lo recortaría, pues su marido adoraba que estuviera largo y ella pensaba que se veía bonito, además, Jasper siempre le decía que el color de su cabello, como el chocolate, era tentador para él en muchos sentidos.
Se levantó, dejando el cepillo encima de la peinadora y se enfrentó al espejo para verse de cuerpo completo. Su barriga gigante de casi nueve meses le parecía adorable bajo ese camisón de seda blanca que cubría hasta sus rodillas. "Me veo como una embarazada renacentista" pensó ella, riéndose de sus ideas, observándose en el espejo y acariciando su abdomen.
Su pequeña Mary Elizabeth protestaba con pataditas dentro del vientre de su madre como si estuviese al tanto de los pensamientos de esta.
─ ¡Oh, mi niña! Ya quieres salir para que te conozcamos, ¿verdad? ─ Le hablaba ella a su hija con amor y con las ansias de verle a la carita.
Estaba en plena charla con su hija, cuando los golpes en la puerta de su habitación la distrajeron. Su madre, quien había llegado junto a su padre Charlie hace unos días atrás, se apresuró a entrar e ir directo con sus manos hasta su barriga. Renée también le hablaba a su nieta y ella respondía con pataditas, que ambas adoraban sentir.
─ Cariño, tenemos que ir a tu último examen y estamos sobre la hora.
─ Sí… Iré a vestirme ─ se apresuró a ir hasta su closet y escoger su ropa. Desde allí preguntó ─ ¿Y Alice viene con nosotras?
─ Sí, pero almorzará luego con Michael ─ respondió Renée, sentándose frente al espejo para repasar su maquillaje. Sonrió pensando en su hija Alice y exclamó ─ ¡Dios! Está tan enamorada de ese muchacho…
─ Sí… Siempre tuve fe en que serían una linda pareja y que Michael ayudaría a Alice a salir de ese estado en el que llegó… ─ comentó Bella desde el closet.
En esos casi cuatro meses, Alice se había dejado llevar por ese sentimiento de cariño y seguridad que le proporcionaba Michael, estando consciente de que no lo amaba como ella deseaba hacerlo y que lamentablemente sus sentimientos seguían siendo los mismos por su cuñado, pero que quizás con un poco de esfuerzo -como lo estaba haciendo hasta ahora- lograría olvidarlo.
Michael era su mejor terapia.
Desde que comenzó a salir con él, la misma noche de navidad, su ánimo había mejorado sustancialmente, todo gracias a los mimos, las atenciones y sobre todo el cariño y las ganas que sobre todo Michael ponía en esta relación. Siempre sorprendiéndola con detalles y nunca presionándola.
─ Pero… Hay algo que me preocupa, ─ admitió Renée, retocando su peinado, mientras Bella se vestía─ ella tendrá que regresar a Chicago dentro de poco.
─ Alice puede quedarse aquí el tiempo que desee, mamá. Puede dar exámenes en alguna universidad aquí.
─ ¿Crees que haría eso?
─ No se lo he preguntado… ─ Bella se quedó un poco pensativa con eso que su madre le decía. Jasper le había comentado que en tres meses, probablemente volverían a transferirlo a Chicago. ¿Qué pasaría entonces con su hermanita? ¿Se atrevería a quedarse allí sola, con solamente la compañía de Michael? ¿Quedarse allí, en Estocolmo por él?
─ ¿Estás bien?─ preguntó Renée desde el cuarto cuando no oyó a su hija.
─ Salgo enseguida─ se apresuró en responder, cogiendo una chaqueta, después de ponerse con mucho esfuerzo sus cómodos zapatos. Porque si algo tenía de malo el embarazo, era que los pies se te hinchaban como empanadas.
Llegaron hasta la sala, donde Alice reía con su padre sobre alguna broma. La familia en pleno estaba lista para salir; Hilda había pasado esta vez de acompañarlos, y Jasper había salido temprano rumbo a su trabajo.
─ ¡Bueno mujeres, movámonos que quiero ver a mi pequeña nieta!─ Charlie hizo un ademán con las manos para empujar a sus mujeres hasta la salida.
Finalmente en la clínica, el doctor autorizó a los acompañantes de la futura madre a entrar y ver el último ultrasonido de la inquieta Mary Elizabeth. Charlie, a pesar que siempre recibió copia de las anteriores ecografías, no pudo evitar llorar, el sueño de su hija y el suyo propio se haría realidad en unos cuantos días.
─ ¡Es mi primera nieta!─ con voz quebrada exclamó hacia el doctor, indicando la pantalla con su dedo índice, el doctor sonrió hacia el emocionado abuelo y enseguida les explicó los pasos a seguir para el día del parto.
─ Ya la fecha de la cesárea se ha fijado con anterioridad para el día ocho de abril ─ recordó el médico, mirando a Bella, quien asentía ─ Debes internarte el día anterior para monitorear a la pequeña y realizarte unos exámenes previos, para que la operación sea alrededor de las veinte horas del día acordado ─ indicó claramente el doctor.
─ ¿En la noche?─ quiso saber Alice.
─ ¿Y cuánto dura la operación?─ preguntó Charlie a continuación.
─ Primero, en la noche pues la paciente debe prepararse y relajarse. Estará en observación desde su hora de ingreso al hospital y la operación no ha de durar más de una hora─ explicó el médico las dudas de Alice y Charlie.
Enseguida, dio otras indicaciones y despejo algunas dudas de Bella, sintiéndose ella más tranquila y ansiosa de que llegara por fin el día ocho de abril para tener a su nenita entre sus brazos.
Regresaron a casa luego de la consulta. Bella se sentía cansada y la verdad prefería ir directo a su habitación en casa para descansar. Al llegar, las mujeres dejaron que Charlie se entretuviera viendo beisbol en la televisión, mientras Renée y Alice acompañaban a Bella a su cuarto para recostarse.
─ Dios… Debo admitir que estoy ansiosa por que mi nena nazca, primero para tenerla en mis brazos y segundo para poder descansar de esta pesada barriga y estos pies…─ Dijo quejumbrosa, haciendo muecas en su rostro, moviendo sus pies en forma circular.
─ Es el precio, ¿no?─ comentó Alice, mientras revisaba su móvil.
─ ¿Michael viene por ti? ─ Preguntó Renée, mientras masajeaba los adoloridos pies de Bella.
─ No, creo que nos juntaremos en el centro…
Renée no pudo olvidar la charla de Bella y ella mantuvieron en la mañana sobre el futuro de su hija menor, así que sin dejar pasar más tiempo, planteó su duda ─ Nena, ¿has pensado que pasará entre ustedes cuando tengas que regresar a Chicago?
Alice automáticamente desvió su vista hacia su madre con ojos grandes de sorpresa ─ ¿Por qué…? ¿Por qué lo preguntas?
─ Porque es lógico, cariño.
─ Uhm… Jasper me comentó que le volvieron a transferir de regreso a Chicago, en unos cuantos meses más… ─ comentó Bella con delicadeza, haciendo que Alice tragara grueso y parpadeara un montón de veces. Debía reconocerlo, eso no lo había pensado. Pero en ese momento sintió un dejo de pena.
─ Bueno… Yo… No sé… ─ estaba tartamudeando.
Inmediatamente Renée dejó su labor con los pies de Bella y se acercó a la menor de sus hijas, la tomó por los hombros y la miró directo a los ojos─ Alice, nena, tómalo con calma y escucha a tu corazón. Sí él te dice que debes quedarte, hazlo─ dijo suavemente, bajando una de sus manos hasta el agitado pecho de su hija─ Si te dice lo contrario, pues por algo será.
─ Que Jasper y yo regresemos, no significa que tengas que regresar también─ intervino Bella desde la cama, calmadamente ─ Sí decides quedarte, hay un montón de universidades a las que puedes postular y…
─ No he decidido nada aún, ni siquiera lo había pensado… ─ interrumpió con rapidez, mirando a su hermana y a su madre alternadamente ─ Pero gracias a las dos de cualquier forma. Tomaré sus consejos, ahora me voy porque se me hará tarde.
Dio un beso rápido a su madre y a su hermana, y salió presurosa de la habitación. Necesitaba aire, necesitaba respirar… "¡Dios, qué es lo que tengo que hacer!"
/E.P/
Michael miró la hora y gracias a todos los cielos, la mañana había pasado rápido. Al menos faltaba poco para encontrase con Alice y eso lo animaba. Se levantó de su escritorio con una carpeta en la mano y fue hasta su superior para que revisara unos datos. Una vez adentro y mientras el jefe leía los papeles, comentó:
─ ¿Estás listo para tomar el puesto de Jasper?
─ ¿Perdón, señor?
─ Pidió su transferencia de regreso a Chicago─ comentó el jefe, aún pendiente de los documentos que tenía en la mano─ podrías comenzar a hablar con él para que te ponga al tanto de todo…
─ Cla... Claro, claro.
Después que salió de la oficina de su jefe, no perdió más el tiempo y caminó raudo a la oficina de Jasper.
─ Vengo de la oficina del jefe y me habló de tu traslado a Chicago.
─ Sí, así es─ respondió escuetamente Jasper. Desde hacía un tiempo, había una tensión circulando entre ambos, Michael no era estúpido y sabía que desde que él comenzó a salir con Alice, las cosas se pusieron tensas entre ambos y no creyó la teoría de "celos de hermano". Le daba pánico confirmar su teoría.─ Lamento que vayas a tener que terminar tu relación o lo que sea que tengas con Alice. Ella deberá regresar con nosotros…
Eso alertó aún más a Michael. Sus teorías se afianzaban cada vez más y no le gustaba ─ ¿Qué quieres decir con eso?
─ Lo que entendiste, Alice no se quedará sola aquí─ reiteró con su mirada desafiante hacia Michael.
─ Creo que eso es algo que ella y yo debemos hablar y sí ha de quedarse aquí, pues no estará sola, yo estaré con ella.
─ Por tu bien, Michael, no te hagas ilusiones de que ella se quedará aquí por ti.
─ ¿Y a ti qué más te da que así sea? ─ Espetó Michael con furia contenida en su voz y en sus azules ojos , enfatizando cada palabra─ Tú eres un hombre felizmente casado, que ha hecho su vida, que está enamorado de su mujer─ "supuestamente" y será padre dentro de poco, ¿por qué tu reticencia a que Alice pueda serlo? Creo que eres el único que no está feliz con que Alice y yo hayamos congeniado tan bien.
─ No me opongo─ advirtió Jasper, levantándose de su escritorio y caminando hasta quedar frente a Michael ─ y creo que no entiendes mi… ─ buscó la palabra adecuada en su cabeza─ preocupación por ella.
─ No soy estúpido, Jasper─ esa sí era una amenaza. Jasper dio un paso atrás y respiró con fuerza, tratando de no perder la compostura. Él tampoco era estúpido, sabía lo que Michael quería decirle.
─ Cálmate Michael… ─ dijo, tratando de no sonar nervioso ─ No saques conclusiones apresuradas…
─ Lo mismo podría pedirte yo a ti, no saques conclusiones apresuradas sobre Alice y yo. Intentaré de persuadirla de que se quede conmigo, Jasper, pero no la presionaré, y espero que tú hagas lo mismo. Sí llego a saber que por tus "celos de hermano" estás presionándola haciéndola sentir mal, hablaremos con claridad sobre lo que te pasa con Alice, porque te reitero, no soy estúpido.
Sin más, y frente a un mudo y silencioso Jasper, Michael salió a paso firme de la oficina, en dirección a la suya, para agarrar su chaqueta, su cartera y las llaves de su coche e ir por Alice.
Jasper, en su oficina, caminó lentamente hasta su silla y se dejó caer, desordenando su cabello con las manos. Esto no podía estarle pasando.
¡Dios, cómo se habían torcido sus sentimientos por su cuñada y cómo estaba poniéndolos al descubierto!
Debía calmarse. Estaba seguro que Michael jugaría todas sus cartas para mantener a Alice junto a él, incluso podría atreverse a hablar con Bella y exponerle la situación… Pero él lo negaría; lo negaría, porque amaba a su esposa quien en pocos días le daría un hijo.
─ No, no, debo calmarme, debo controlarme… ─ meditó en voz alta, masajeando sus sienes y manteniendo sus parpados cerrados con fuerza, sintiendo como la jaqueca comenzaba a hacerse presente.
Mientras tanto, Michael manejaba al restaurante donde Alice lo esperaba en la entrada, aparcó en el primer puesto que vio desocupado y salió del coche con rapidez hacia ella. Cuando llegó hasta Alice, la abrazó por la cintura, ciñéndola bien, mientras ella se abrazaba a él con igual fuerza en su cuello, alzando su rostro y ofreciéndole sus labios, los que él atacó sin disimular su necesidad.
Michael confirmó varias cosas esa mañana.
La primera, sobre los sentimientos impropios de Jasper por Alice, que iban más allá de los celos de hermano como Bella decía.
Lo segundo, su miedo de que Jasper pudiera usar eso y engatusar a Alice, quien vería sus sentimientos hacia él correspondidos por un sentimiento similar y por ello, cometer una estupidez.
Y lo tercero, que él se había enamorado de la niña que ahora mismo tenía entre sus brazos, y tenía miedo de que rompiera su corazón.
¡Pero qué diablos, sí debía de perder su corazón, lo haría no sin pelear con todas sus armas hasta ganarse el amor de esa mujer! El amor irrevocable de Alice hacia él.
/E.P/
Los días siguientes, previos al parto de Bella, la obligaron a descansar. Su madre, su hermana y su suegra estaban al pendiente de todo lo concerniente a la llegada de la pequeña Mary Elizabeth. Las tres mujeres se encargaron de guardar y ordenar la abismante cantidad de ropa de todas las tallas que ya la bebé tenía en su closet, pues había que estar preparados pues los niños crecían rápido, decía Hilda. Además, estuvieron, siempre bajo la supervisión de Bella, de terminar la decoración del dormitorio de la nena.
Las paredes de color pastel, una muralla cubierta por un estante lleno de peluches y muñecas, libros de cuentos, y fotografías, una enorme ventana al estilo francés que iluminaba el cuarto detrás de la pequeña cuna que Charlie le regaló a su primera nieta y junto a esta un sofá de un cuerpo, todo en tonos blanco y pastel.
─ ¡Es hermoso!─ exclamó Bella, rodeada de los brazos de Jasper, observando la recamara de su bebé─ Pero es una pena que la use sólo por unos meses.
─ Nos encargaremos que su habitación en la casa de Chicago, sea igual o más hermosa que esta─ dijo Jasper en su oído, admirando también el cuarto de su hija, observando cómo la luz de la luna se colaba por la ventana.
─ ¡Si!
─ ¿Tienes todo listo para partir? Debemos irnos dentro de un rato.
─ Todo listo. ─ Asintió, giró su cuerpo para quedar frente a su marido, él la miró con ternura, acariciando el costado de su barriga mientras ella se sujetaba de la cintura a él ─ ¿Sabes lo feliz que soy en este momento?
─ Puedo hacerme una idea, ─ dijo, acercando sus labios hasta ella y susurrando sobre ellos─ porque también me siento igual de feliz. Nuestro sueño de tantos años se hará realidad mañana, cuando tengamos a la niña en nuestros brazos…
─ ¡Dios, si…!─ Lloriqueó ella, desbordándosele las lágrimas de dicha─ Seremos una familia completa después de tanto esperar… Te amo tanto, Jasper, tanto.
─ Mi amor… También te amo.
El joven matrimonio se quedó un rato más en el cuarto del bebé antes de comenzar a prepararse. Todos en casa salieron en dos coches rumbo al hospital un poco después de las ocho de la tarde. Aunque Bella intentó convencerlos de que no era necesario que todos fueran, sus esfuerzos fueron en vano.
Jasper estuvo con ella durante toda la preparación para la operación, incluso cuando Bella dormía en su cama de hospital. Al día siguiente, los nervios de su mujer comenzaban a aflorar por lo que él no soltó la mano de su mujer. Entraban y salían médicos y enfermeras haciendo exámenes y dándole indicaciones.
─ ¿Y sí algo sale mal? ¿O sí hay algún problema?─ Le preguntaba Bella a su marido, acostada en la cama de hospital, retorciendo los dedos.
─ Cálmate cariño─ le pidió Jasper, acercándose a ella y besando una y otra vez su frente ─ Nada saldrá mal. Te lo juro.
Bella asintió, confiando en las tranquilizadoras palabras de su esposo y pensando en que esa noche, se convertirían en padres, conocerían a su hija y la acunarían en sus brazos. Eso la alentaba.
Afuera, Charlie tomaba y tomaba café, mientras Renée trataba de convencerlo que no lo hiciera y que encontrara otra cosa para tranquilizarse. Alice hablaba de tanto en tanto con Michael e Hilda repasaba y tomaba notas mentales sobre sí todo estaba en perfecto orden para recibir a su nieta. Ella misma se encargó de llenar el dormitorio de flores y globos alusivos a la ocasión.
La familia se mantuvo allí hasta que fue la hora de que Bella entrara al quirófano. La vieron pasar sobre su camilla, y cada uno dejó un beso en su frente deseándole lo mejor y tranquilizándola, pues los nervios típicos de madre primeriza, asociados a los nervios de una operación como esa, hacían temblar las manos de la futura madre.
A las ocho y diez de la noche Bella estaba lista para comenzar la intervención, con la dichosa epidural que la hizo llorar cuando se la suministraron, pudo estar consiente para ver el nacimiento de su hija. El médico autorizó ese procedimiento sin mediar algún tipo de problema.
─ ¡Muy bien, Bella, aquí vamos!─ dijo el médico guiñándole el ojo a su paciente y dando órdenes a su equipo para comenzar con la intervención.
Jasper, que se encontraba detrás de Bella, acercó su boca a la frente de su mujer y sin soltar su mano, susurró palabras de tranquilidad, apoyo y amor, mientras ella mordía su labio con nerviosismo, intentando estar al pendiente de todo el ruido en el ambiente. Ella ya quería tener a su hija en sus brazos.
Hasta que unos veinte minutos después se vio movimiento de enfermeras junto al médico y se oyó el llanto de un bebito.
─ ¡Ya nació, ya nació mi niña!─ lloró Bella, desesperada por verla, Jasper asintió, igual de emocionado, acercando sus labios a la boca de su mujer, agradeciéndole el maravilloso regalo del nacimiento de su hija.
La misma enfermera que se llevó a la bebé, la trajo de regreso, envuelta en unas mantas blancas y la colocó en los brazos de su madre
─ Es una niña muy saludable─ informó. Bella abrió sus brazos y la sujetó junto a su pecho, apartó con cuidado las mantas de su rostro y la miró, volviendo a llorar.
─ Es hermosa… ─ susurró, deslizando su dedo índice por la frente de Mary Elizabeth, quien se mantenía con los ojos cerrados.
Jasper acarició su cabeza y la bendijo en silencio. Por fin, después de tantos años de espera, por fin se veía concretado el sueño de ambos.
El día ocho de abril, a las ocho cuarenta y uno de la noche, nace en el hospital de Estocolmo la pequeña Mary Elizabeth Whitlock Swan.
~En Paralelo~
─ Desearía quedarme, lo sabes─ comentó Emmett, mientras su hermano Edward iba a dejarlo hasta el aeropuerto.
─ Lo sé─ asintió Edward, con la vista fija en la carretera.
En lo que iba de corrido del nuevo año, Emmett había ido a Estados Unidos y regresado otra vez a Venecia, todo por el estado de salud de su sobrina Lizzie, quien después de pasar unas estupendas fiestas de fin de año sin complicaciones, pasaba por un desmejorado estado de ánimo y de salud, pues tuvo una fuerte recaída que la había llevado de regreso a la clínica.
Desde la segunda quincena de enero, la pequeña iba y venía a la clínica y su salud iba en constante descenso. Lamentablemente, las cosas no pintaban bien.
Cuando los médicos lograron su estabilización, Edward convenció a su hermano de retornar a Chicago, pues Rosalie había quedado sola allí con sus dos hijas.
─ Volveré sí es necesario…
─ Emmett ─ lo interrumpió su hermano ─ No puedes estar yendo y viniendo a cada momento. Valoro tu compañía y tu amor por Lizzie, pero…
─ Entonces, no cuestiones mis decisiones, ─ puntualizó─ cuando regrese, vendré con Rose y las niñas. Lizzie podrá conocer a sus primas y ver a su tía.
Edward apretó el volante y la mordida de su mandíbula, pues no se atrevió a contradecir ni a confirmar las palabras de su hermano, en quien no había muerto la fe por ver a Lizzie recuperada. En cambio a él, le carcomían las palabras del doctor quien les advirtió que las cosas serían difíciles dentro de las próximas semanas.
─ Ahora que el tiempo mejore, verás que la salud de Lizzie se irá recuperando─ agregó Emmett, con su siempre esperanzador timbre de voz, mientras veía hacia el exterior y cómo el cielo de abril era completamente azul.
Esta vez, Edward tampoco fue capaz de decir nada respecto al comentario de su hermano, prefirió mantenerse en silencio, mientras rogaba que las palabras de Emmett se hicieran realidad, que su hija fuese capaz de conocer a sus primas y ver a su tía Rosalie una y mil veces más, y disfrutar de decenas de primaveras. Su época favorita del año.
Antes que el mayor de los hermanos Cullen embarcara rumbo a Chicago, tomó los hombros de su hermano menor y con una mirada y una voz determinada, le dijo─ No te atrevas a perder las esperanzas, Edward. No ahora. Lizzie te necesita firme y fuerte.
─ Estoy intentándolo, Emmett, ─ susurró y carraspeó a continuación para ahuyentar el llanto de su voz─ pero no quiero ver sufrir más a mi hija. Eso me está matando.
─ Tienes todo mi cariño y mi apoyo incondicional, lo único que te ruego es que no te rindas. Yo le estoy rogando a Dios por un milagro.
─ También lo hago, pero no quiero ilusionarme, porque cruelmente sé cómo va a terminar todo y eso me llena de miedo.
─ No quiero oírlo, Edward─ abrazó a su hermano, palmeándole la espalda─ Estoy contigo… Siempre.
─ Gracias, Emmett.
Cuando salía del aeropuerto rumbo a su coche para regresar al hospital, donde quedó su mujer, sus padres y su suegra, advirtió una llamada entrante en su teléfono móvil de parte de Giuliana. Cuando vio su nombre en la pantalla, se debatió en contestarle, desde enero que no la veía, sólo atendía alguna de sus llamadas, la mayoría de las veces preguntando por Lizzie y persuadiéndolo de ir hasta ella y olvidarse un rato de todo, pero no podía hacer eso. Debía ocupar su tiempo, su ánimo y su concentración en su familia. En su hija.
Suspiró y atendió la llamada.
─ Giuliana…
─ Hola… Edward… ─ susurró la italiana.
─ Uhm, ahora estoy subiendo a mi coche, estoy saliendo del aeropuerto rumbo al hospital ─ explicó, antes que ella le pidiera que se juntaran o algo así.
─ Oh, claro… Estoy en la escuela y te llamaba porque tenemos un problema con Grace─ comentó ella, alertando a Edward.
─ ¡¿Qué pasa con Grace?!
─ Ha estado llorando, no quiere nada, sólo balbucea que quiere irse, que no quiere estar aquí. Intenté llamar a tu esposa, pero no contesta. Supuse que estaba con Lizzie…
─ Oh, Dios. Voy por ella ahora.
─ Claro, te espero aquí─ respondió Giuliana, quien se vio desilusionada cuando Edward simplemente cortó la llamada, sin decirle nada más.
Edward llegó ahí en tiempo record. Giuliana lo recibió en la entrada de la escuela, cuando él apenas la saludó, preguntándose enseguida por su pequeña hija.
─ Está en la sala de profesores, junto a otra maestra─ dijo ella, indicándole el camino.
─ ¿Por qué se puso así?
─ Uhm, creo que por un comentario de uno de sus compañeros…
─ ¡¿Qué comentario?!
─ Él dijo que… ─ la italiana carraspeó nerviosa y continuó ─ él niño dijo que todas las personas que quedaban calvas, era porque estaban enfermas y morirían, o algo así…
─ ¡Maldito sea!─ escupió Edward.
─ Es un niño, Edward, y no lo dijo ni por molestar ni por ofender a Grace.
─ ¡Me importa una mierda!─ exclamó entre dientes, entrando por la sala donde Giuliana le indicó estaba su hija, quien estaba acompañada por otra maestra. La niña, en cuanto vio a su papá, rompió en llanto otra vez, después que la hubiesen calmado, Edward no demoró en tomarla entre sus brazos y mecerla.
─ ¿Qué sucede, mi pequeñita…?
─ Llévame con Lizzie, papi. Quiero verla.
─ Nena, ─ susurró Edward, secando las lágrimas de su hija─ sabes que por ahora no puedes verla…
─ ¡¿Ya se murió?! ¡Se murió y me dejó sola!─ gritó ella, Edward frunció sus ojos y negó con la cabeza, pensando en cómo era posible que una niña de cinco años dijera eso de esa manera. No estaba bien, no era normal, Grace últimamente había tenido pesadillas, en donde un hombre grande, vestido de negro, venía con una carcajada tenebrosa a llevarse a su hermana. Ella la defendía en su sueño, diciéndole a la muerte que su hermana no era aún viejita para que muriera, pero el hombre de negra capa, no oía las explicaciones de Grace, tomando entre sus brazos a su hermana y llevándosela a un lugar a donde ella no podía ir.
─ No, cielo… No digas eso.
─ Llévame con ella, por favor papito, llévame, quiero verla. ─ Grace lloró y rogó, agarrándose del cuello de su padre con sus pequeños y delgados bracos. Él besó reiteradas veces el cabello de su niña, pensando en lo que debía de hacer. Lizzie estaba en un cuarto, llena de máquinas y aislada para evitar cualquier infección adicional que empeorase su estado, el doctor limitó las visitas y dijo que quizás para Grace sería chocante ver a su hermana, quien estaba casi irreconocible. ¿Qué debía hacer?
Suspiró y se giró hacia Giuliana─ Me la llevo. ─ mientras se inclinaba para recoger la mochila rosa de su hija que estaba sobre la mesa.
─ Entiendo.
─ Gracias profesora, por avisarme. ─ dijo sin un ápice de emoción cuando pasó por el lado de Giuliana, rumbo a la salida con su hija en brazos. Ella, otra vez se quedó con las palabras de despedida en la boca, y con el deseo de que él le dijera o le diera a entender otra cosa.
Ella intentaba entender por lo que Edward estaba pasando y se moría por estar junto a él, consolándolo y apoyándolo como deseaba hacerlo, como la mujer que lo amaba, pero su sentido común la frenaba y le decía que ese no era su lugar, que lo mejor era entenderlo y apoyarlo implícitamente desde el silencio.
Reprimiendo su llanto y respirando varias veces hasta estar del todo compuesta, se retiró hasta el salón donde sus niños habían quedado en compañía de su ayudante.
Cuando Edward entró con Grace en brazos hasta el sector de oncología del hospital, Esme se espantó y caminó a su encuentro.
─ ¿Qué sucedió?─ preguntó la abuela de la niña, acariciando su cabello. Mientras Grace la miraba con su cabeza reposando en el hombro de su papá.
─ Quiero ver a Lizzie.
Esme miró a Edward y repitió las palabras de su hija –Quiere ver a Lizzie.
─ Pero…
─ ¿Lauren está con ella?
─ Lauren y Carlisle, el médico acaba de verla y debe andar en su ronda de la mañana.
─ Voy a buscarlo, ¿puedes quedarte con Grace mientras regreso?
─ Por supuesto –asintió, alargando sus brazos hasta su nieta─ Ven conmigo, mi amor.
Cuando la niña estuvo en brazos de su abuela, Edward acercó su mano hasta la frente de su hija y la acarició, sonriéndole─ Voy a buscar al doctor para que nos deje ver a tu hermanita, ¿sí?
─ Sí, papi.
─ Regreso enseguida. ─ besó su frente y apretó el hombro de su madre antes de salir por el doctor. Esme fue hasta los sillones de una sala de espera contigua, donde se ubicó con su nieta sobre sus regazo, ni siquiera quiso preguntar lo qué había ocurrido, por qué su pequeña cara que tenía rastros de lagrimas. Estaba segura que sí se lo preguntaba desataría el llanto de la niña otra vez.
Lauren salió con el semblante abatido de la habitación, queriendo tomar un respiro por unos momentos y algo de café. Caminó hasta la pequeña sala donde vio a Esme con su hija menor en brazos.
─ ¿Grace?
La niña torció el cuello hacia atrás cuando oyó la voz de su mamá ─ ¡Mami!
Se sentó junto a ellas y acarició la espalda de la niña ─ Cariño, ¿por qué no estás en el colegio?
─ Edward fue por ella─ comentó Esme a Lauren y esta la miró frunciendo su ceño─ Dice que quiere ver a Lizzie…
─ ¡Oh, cielo! Tú sabes que no puedes verla…
─ ¡Pero papi dijo que le pediría permiso al doctor!
─ Ahora mismo fue por él, hace como cinco minutos─ informó Esme.
Lauren no estaba segura que eso fuera bueno. Ella desearía que Grace tuviera en su mente la imagen alegre y vivaz de su hermana, hermosa como siempre no como ahora. Hinchada, con su tez de un extraño color amarillo, unas tremendas ojeras, calva y conectada a cuanta máquina era posible. Aunque para Lauren y Edward, Lizzie seguía siendo una hermosa princesa, sus dos hijas eran sus hermosas princesas.
La madre reclamó a su hija quien estaba tranquilamente sobre las faldas de su abuela, esperando a que su papá regresara con la autorización. Lauren la acunó en su pecho y la meció, mientras le preguntaba por qué papá la había ido a buscar a la escuela, y por qué era que había llorado. La niña con mucha valentía, le contó con lujo de detalle lo que su compañero había dicho y Lauren tuvo la misma reacción de Edward "Maldito sea". Esme con un poco más de comprensión por el niño que había desencadenado el llanto de su nietecita, le dijo a Grace que no tenía que hacer caso de los niños que decían eso, además su amigo no lo dijo para molestarla a ella, que quizás él lo oyó de alguien más, pero que no debía preocuparse.
Minutos más tarde, Edward apareció con el Dr. Mark hasta la sala de espera, después de explicarle la situación y pedir su autorización. Él se lo concedió bajo la responsabilidad del padre.
─ Puede resultar algo extraño para la pequeña ver a su hermana en ese estado, así que antes de entrar debes anticiparte y explicarle cómo encontrará a su hermana por qué…
─ Lo haré, pierda cuidado.
Advertido o aconsejado por el médico, se apresuraron hasta la sala de espera, donde encontraron a Lauren cargando a la pequeña Grace, acompañadas de Esme.
─ ¿Lizzie quedó sola?─ preguntó Edward.
─ Carlisle está con ella─ informó Lauren a su marido.
El doctor sonrió en dirección a la pequeña, quien lo miraba expectante. Sabía que el "señor de la bata blanca" debía dar su autorización para que pudiera ver a su hermanita. El Dr. Mark acercó su mano hasta la barbilla de la pequeña y en un gesto juguetón la apretó antes de hablar.
─ ¿Así que quieres ver a tu hermanita?
─ Sí doctor.
─ Uhm… ─ hizo como que pensaba en algo, rascando su cien con los dedos ─ ¿Y has sido una niña buena?
─ Sí─ asintió ella muy animada.
─ ¿Te comes toda tu comida, estudias mucho…?
─ ¡Ya escribo mi nombre y sé contar hasta cien en español y en italiano… y me como toda la comida!─ indicó muy enérgicamente, haciendo sonreír a los adultos que la miraban.
Definitivamente esa niña era el rayo de luz de su familia.
─ ¡Eso es fantástico!─ exclamó el doctor, desordenando su castaño y rizado cabello ─ Entonces, como te has portado tan bien, creo que no habrá problemas en que veas un rato a tu hermana.
La niña brincó como resorte de las piernas de su madre y dio saltitos de júbilo ─ ¡Sí, sí, sí!
─ Nena, Grace─ Edward se inclinó frente a ella para quedar a su estatura, mientras la tomaba por los hombros─ Será sólo un momento. Sí Lizzie está durmiendo, no podemos despertarla. Recuerda que ella está enfermita y… Pues… Verás que hay muchas máquinas a su alrededor, pero no le hacen daño, la ayudan. No debes asustarte.
─ ¡No papi!
─ Bien.
Esme convenció a Lauren que fuera con ella hasta la cafetería para comer algo, mientras Edward acompañaba a Grace. Lauren asintió, dejando antes un beso en la mejilla de su hija y luego a su marido, estaba esperanzada que la visita de Grace pudiera levantarle ánimo a Lizzie.
Antes de entrar a la habitación donde se encontraba Lizzie, vistieron a la pequeña Grace con una bata de hospital que llegaba hasta sus tobillos y una mascarilla, explicándole que eso era para que Lizzie no se contagiara de gérmenes que podían ir desde el exterior, escondidos en la ropa o en su boca por ejemplo.
Edward, vestido de igual forma, entraría con ella pero las dejaría a solas por los diez minutos que autorizó el doctor.
Y así lo hizo, Edward abrió la puerta lentamente y vio a Carlisle inclinado sobre Lizzie hablándole bajito, como sí le estuviese contando un cuento, y no sería algo extraño; Lizzie siempre adoró las historias que su abuelo inventaba para ella, sobre todo cuando ella proponía situaciones y personajes.
Cuando el abuelo y su nieta se percataron de la presencia de Edward, giraron la cara hacia él, que solo mantenía su cabeza asomada.
─ ¿Qué haces ahí…?─ susurró Lizzie, intrigada porque su padre no entraba.
─ Ah… Es que te traigo una sorpresa.
Lizzie frunció sus ojos ─ ¿Qué sorpresa?
Edward sonrió y abrió la puerta un poco más para dejar pasar a la sorpresa de un metro y diez centímetros de estatura (lo cambie por el estándar de un niño de 5 años), que entró rauda a la habitación. Lizzie y Carlisle abrieron sus ojos con estupefacción, cuando vieron a la pequeña Grace.
─ ¡Lizzie!─ exclamó la niña frente a ella. La aludida intentó acomodarse un poco mejor sobre la cama.
─ ¡Oye enana, qué haces aquí!─ exclamó divertida por el atuendo de su hermana menor.
─ El doctor me dejó entrar a verte… ¿Me puedo subir? Es grande tu cama… ─ dijo la niña detrás de la mascarilla, que luchaba con la dichosa bata para subirse sobre la cama.
─ Oye, oye, con calma… ─ le advirtió Carlisle, divertido, ayudándola a trepar.
Grace cuando estuvo cómoda sentada frente a su hermana, cuidado de no tocar y mover ninguna vía ni nada de las cables conectados a su hermana, comenzó a bombardearla de preguntas con mucha naturalidad, no reparando en su rostro hinchado y amarillento, menos en sus ojos opacos y oscuros. La pequeña sólo preguntaba sobre sí le dolía o cómo le metían la comida por los tubos que estaban conectados a su brazo, mientras Carlisle y Edward salían de la sala con discreción, dejando a la hermanas solas.
─ Te echaba de menos, enana…
─ ¿Vas a volver a casa?─ preguntó Grace, torciendo su cabecita.
Elizabeth miró a su hermanita. No quería mentirle, ni tampoco ilusionarle con algo que sabía no iba a pasar─ No lo sé… creo que no…
─ Pero… pero…─ la barbilla de Grace comenzaba a temblar.
Lizzie extendió su mano hasta el cabello rizado de su hermana y lo acarició, intentado confortarla, luego llevó su mano hasta la fea mascarilla y la deslizó hasta su cuello para ver el rostro de Grace. Le sonrió con dulzura deteniendo así el deseo que su hermanita tenía por llorar, y el suyo propio.
─ Grace, quiero que me prometas algo. ─ dijo bajito, delineando con su dedo índice las cejas de Grace ─ Cuando… Cuando yo me vaya al cielo… Cuando yo me vaya al cielo, no vas a ponerte triste.
─ ¡Yo también quiero ir al cielo!
─ No, no todavía. ─ negó ella clara y tajantemente─ Irás en algún momento, pero cuando seas muy viejita, debes quedarte con mamá y con papá. Ellos ya estarán lo suficientemente tristes con que yo me haya ido, no soportarían que tú te fueras también.
─ ¿Crees que… crees que duela viajar al cielo?─ preguntó la pequeña, ladeando su rostro nuevamente. Lizzie suspiró torciendo su boca.
─ Espero que no… Además, al llegar seguramente me convierto en ángel─ comentó esto último alzando sus cejas y viendo como su hermanita abría sus ojos verdes con real asombro, transformando a su vez su boca en una perfecta "O"
─ ¡¿De verdad?!─ preguntó ella dejando atrás su llanto, alucinada con la idea de que su hermana se convirtiera en ángel, porque los ángeles eran seres bonitos y buenos que cuidaban a las personas. Eso lo sabía, por las historias que su abuela Esme le contaba.
─ ¡Y seguro me hago tu ángel guardián!
─ ¿Tendré mi propio ángel? ¡¿Serás mi ángel?!
─ ¡Claro que sí!─ asintió Lizzie, tan entusiasmada con la idea como su pequeña hermana─ Te cuidaré desde el cielo y podrás hablar conmigo. Que no me puedas ver, no significa que yo no lo haga, siempre te escucharé y te cuidaré.
─ ¿Entonces, puedo hablarte?
─ Siempre, en las noches antes de dormirte, cuando estés solita, me contarás como estuvo tu día, tus secretos, o si necesitas ayuda, yo siempre Grace, siempre, te escucharé. Siempre estaré contigo. Nunca lo olvides.
Grace asintió frenéticamente con su cabeza, mientras su hermana la miraba con adoración, intuyendo que esa sería la última vez que la vería. Sí el asunto de los ángeles era cierto, se esmeraría por cuidarla desde arriba y procuraría que la sonrisa que ahora mismo adornaba su blanca cara no desapareciera.
Así que ella también sonrió, no quería que Grace la recordara triste, ni calva, quería que la recordara feliz, riendo, como cuando ambas hacían alguna travesura o jugaban por largas horas.
Demasiado pronto, volvió a abrirse la puerta de la recámara. Edward y Carlisle entraron y suspiraron tranquilos cuando se dieron cuenta que las dos niñas sonreían.
─ Bueno, creo que es todo…
─ ¡Oh, papá…!
─ Nada de protestos, Grace─ le advirtió Edward acercándose a la cama─ Hicimos un trato. Ahora despídete de Lizzie, nena.
Lizzie miró a su hermanita, tomándole el peso a las palabras de su padre, su pecho comenzó a subir y bajar con algo más de rapidez, por el control sobre el llanto que estaba ahogando allí. Sentía que la garganta se le cerraba y los ojos le picaban.
─ Ven, enana, dame un abrazo─ susurró Lizzie. Grace, aun encandilada por la idea de tener un ángel personal, se hincó sobre la cama y extendió sus brazos con cuidado hasta su hermana, envolviéndola por el cuello.
─ Te quiero Lizzie.
─ Y yo… Y yo a ti, Grace─ susurró, cerrando sus ojos e inundándose con el aroma de su hermanita y el calor de su cuerpo.─ No olvides lo que te dije, ¿si?
─ ¡Sip!
Carlisle, que se mantenía parado a los pies de la cama, vio la escena y no puedo evitar derramar unas lágrimas, Edward en tanto, sonrió y sintió nada más que paz por la imagen de sus dos hijas abrazándose con el amor fraternal que les habían inculcado, y que en realidad, nació de ambas.
Edward tomó a la pequeña en sus brazos y la sacó de la habitación, mientras se despedía de su hermana agitando su pequeña hacia ella. Cuando estuvo afuera, Carlisle se volvió a acercar a su nieta y se sentó junto a ella, abrazándola y besando su cabeza. Lizzie dejó caer su cabeza sobre el pecho de su abuelo, dando un fuerte suspiro.
─ Abuelito ¿Puedes contarme una historia de ángeles?
─ Claro mi niña.
Allí el abuelo, dejó viajar su imaginación, contándole sobre las aventuras de un ángel hermoso, con alas blancas, relucientes y gigantes que tenía como trabajo vigilar el sueño de los niños de una parte de la tierra. Lizzie cerró los ojos oyendo la historia de su abuelo, que se imaginó sería su propia historia… Dentro de poco.
Ese fue el último día que Lizzie pudo entablar una conversación con alguien. Era como sí su conciencia estuviese esperando ver a Grace para abandonar el cuerpo de Elizabeth y sumirla en la inconciencia.
Estuvo tres días en coma, con problemas funcionales producto de la baja de defensas por los tratamientos oncológicos. Sus signos vitales disminuyeron poco a poco, su corazón estaba haciendo un descomunal trabajo para funcionar.
La noche del tercer día en coma, ambos padres abrazados y asustados esperaban el diagnóstico de Lizzie en la sala de espera, cuando notaron la presencia del Dr. Mark, él médico sólo los miró y negó con la cabeza.
Esa era la señal. Era el momento.
Ambos padres entraron tomados de la mano a la sala donde la niña estaba siendo monitoreada, acostada completamente en horizontal sobre la cama. Se acercaron hasta ella, uno de cada lado de su cama. Edward puso su frente sobre la de Elizabeth, dejando caer las lágrimas de dolor y pena sobre el rostro de su niña, y Lauren besaba su barbilla, sus pómulos, acariciaba su hombro y delineaba sus pálidos labios.
─ Te amamos, mi niña, siempre te amaremos… Siempre serás nuestra hermosa princesita─ susurraba Lauren en medio de su llanto.
─ Ve tranquila, Lizzie… Ve tranquila y descansa… Te amo nena, te amo… ─ murmuraba Edward en medio de su inmenso dolor.
Y como sí la niña en su inconciencia estuviera esperando oír las palabras de su padre, inhalo y exhaló aire por su boca entreabierta, antes que su corazón se detuviera por completo.
El día ocho de abril, a las ocho cuarenta y uno de la noche, muere en la Hospital oncológico infantil de Venecia la pequeña Elizabeth Anne Cullen Mallory a los ocho años y siete meses de edad.
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