Dedicado en agradecimiento a todas las nenas guapas que siguen la historia y a las que se han ido acoplando a esta hace poco, que se dedican a leer en silencio y las que dejan siempre sus comentarios.
Gracias a todas como siempre.
Afectos y menciones honrosas a mi guapa amiga Titi Gomez y ami sexy y genial beta Gaby Madriz (Gracias Gaby por mejorar esta locura!)
Ahora sí, a leer...
Besos a todas!
4. Ángel terrenal, ángel celestial.
"No estés solo en esta lluvia, no te entregues por favor, si debes ser fuerte en estos tiempo, para resistir la decepción, y quedar abierto a mente y alma, yo estoy con vos."
~En Paralelo~
Edward se encontraba sentado en la terraza de su casa, bebiendo café y fumando el tercer o cuarto cigarrillo de la tarde. Desde hace diez días había retomado ese mal hábito… desde hace diez días estaba intentando descubrir la forma de mitigar semejante dolor que crecía y quemaba su interior. Dolor del que oyó alguna vez, pero jamás imaginándose que un humano pudiese cargar con aquella tan profunda pena.
Su hija había muerto hace diez días, después de una lucha en la que jamás se rindió. Su niña, su princesita había exhalado el último aliento frente a sus ojos y aquella era una imagen que permanecería en su retina y su corazón por el resto de sus días.
El dolor con el que tendría que vivir por el resto de su vida.
Todo pasó tan rápido después de eso: los ingratos trámites de defunción, el traslado a la capilla, la caótica llegada de su hermano que como un loco lloraba sobre el pequeño féretro caoba. El pésame y el saludo de colegas y amigos… tantas palabras que él no recordaba y que ni siquiera lo reconfortaban. Las agradecía, pero no le consolaban, sólo lo hacía la cercanía de su familia.
El recuerdo que sí anidaba su corazón y que hizo acallar un poco su dolor, fue ver el rostro apacible de su hija Grace. Sus padres tomaron la misión de contarle lo sucedido. Cuando llegaron con ella hasta la capilla a la mañana siguiente del deceso, Grace como si en sus cinco años entendiera la magnitud de la situación y del dolor que lo aquejaba, se acercó hasta su padre y alzó su manito hasta su rostro para acariciarle, consolándolo, sin decir nada, sólo con su ternura de niña y su sonrisa. Aquella sería la fuerza que lo movería de ahora en adelante. Esa sonrisa sería lo que lo haría levantarse cada mañana y seguir adelante.
Pero aun con la fuerza que Grace le alentaba a tener, no podía dejar de llorar; lloraba porque no existe una palabra precisa para nombrar a un padre que ha perdido a un hijo, por las razones que sea y todas las palabras le parecían gastadas… sobraban. Mancillaban la sagrada zona muda del dolor.
–¿Puedo acompañarte?– Carlisle salió a la terraza, donde cada noche veía a su hijo llorar, beber café y fumar cigarrillos.
–Claro.
Antes de sentarse, Carlisle apretó el hombro de su hijo, en un gesto de contención. Edward sólo cerró los ojos y suspiró.
–Esme llevó a la niña a prepararse para dormir– indicó a su hijo, suspiró y agregó con preocupación– La pequeña estuvo llorando…
–¿Qué pasó?
–Fue a mostrarle un dibujo a Lauren, y bueno… – Alzó sus hombros en señal de disculpa, aunque él no tenía nada de qué disculparse.
Edward volvió a suspirar con más fuerza, restregándose sus ojos cansados.
El estado de su esposa lo preocupaba y por más que había intentado persuadirla de hablar, llorar, gritar o lo que sea, ella simplemente no respondía. Después de regresar de la cremación, había llegado a casa, aferrada siempre a la ánfora que llevaba los restos de Elizabeth, y se había encerrado en su cuarto, quedando allí. Prácticamente no comía, no dormía y no hablaba, estaba perdida en su dolor de madre.
Aquel día, Grace había ido al cuarto de su mamá con mucha ilusión para enseñarle el dibujo de un ángel que había hecho para ella, para que ya no estuviera triste y para decirle que ese ángel los cuidaba. Su hermana Lizzie, que ahora era un ángel, los cuidaba desde el cielo, pero Lauren ni siquiera la tomó en cuenta; ni siquiera desvió sus pupilas para ver el dibujo. Lo único que hacía era mirar fijo por la ventana; era como si no la hubiese escuchado, como si se hubiese olvidado de ella. Eso destrozó el corazón de la pequeña Grace, que salió corriendo de la habitación y se agazapó en una esquina del corredor a llorar, abrazada a su dibujo. Así la encontró Esme.
–Iré a verla antes que se duerma –indicó Edward, sacando otro cigarro de la cajetilla, encendiéndolo enseguida. Carlisle negó con su cabeza, no de acuerdo con ese mal hábito de su hijo, desviando luego su cabeza a observar el entorno veneciano de la casa.
–Hijo, estoy preocupado por Lauren.
–Yo también papá, pero he intentado que hable conmigo, que se desahogue conmigo… – soltó el aire con fuerza de sus pulmones– pero está ausente y yo la verdad la entiendo…
–Tú has exteriorizado tu dolor hijo y es lo más sano que pueden hacer. Has llorado y estás en todo tu derecho de hacerlo.
–Ni el llanto, ni los gritos mitigan mi dolor, papá… – se le quebró la voz en las últimas palabras – es como si… ¡Dios, no puedo ni explicarlo! –dejó el cigarro en el cenicero y cubrió su rostro con ambas manos, mientras el temblor de sus hombros delataba su llanto. Carlisle no pudo más que acompañar en silencio a su hijo, con mudas lágrimas. Probablemente su dolor de abuelo no se comparaba al dolor de la pérdida de un hijo.
Quince minutos después, y cuando ambos se controlaron, decidieron entrar, Edward subió directamente al cuarto de su hija. Allí, Esme estaba recostada junto a ella, con un libro de cuentos entre sus manos, mientras la pequeña oía atentamente la historia de Peter Pan y Campanita, sin dejar de presionar el dibujo contra su pecho.
–¿Campanita tenía alas, como los ángeles? – preguntaba la niña, pues últimamente todo lo relacionaba con ángeles.
– Unas alas muy lindas –respondió Esme, bajando el libro hasta la niña e indicándole y una ilustración de la pequeña y luminosa Campanita– ¿Ves?
La niña miró encantada la lámina, no pudiendo retener un bostezo, así que antes que cayera rendida, Edward –que se mantuvo unos minutos percibiendo el ambiente tranquilo de ese dormitorio– entró para darle las buenas noches a su niñita. Grace lo recibió con una luminosa sonrisa.
– ¡Papito!
– ¿Estás lista para dormir?
– Sí
Esme se levantó de la pequeña cama, dejó el libro de cuentos sobre la mesita de noche, besó la frente de su pequeña nieta con una bendición, enseguida hizo lo mismo con su hijo y salió del cuarto en silencio; ella sabía que Edward necesitaba de esos espacios de tranquilidad que su hija podía brindarles. Esme, en su amorosa sabiduría de madre, sabía que Grace sería importante en ese proceso que estaba pasando su padre.
–Oye, qué tienes aquí – dijo él, ubicándose junto a su hija, e indicándole el papel que acunaba en su pecho. Grace miró a su padre y enseguida al dibujo, apretándolo aún más fuerte sobre su pecho –¿No me lo vas a enseñar?
–Es que… es que… –mordía una y otra vez su labio con nervios– a mami no le gustó…
–Oh, nena, eso no es cierto. Ella sólo está triste porque… – carraspeó– porque Lizzie ya no está aquí…
–¡Si, está! Ella me dijo que siempre estaría…
Edward frunció sus cejas percibiendo la vehemencia de su niña y la seguridad de su creencia más allá de las palabras. Grace creía que su hermana estaba ahí y él deseaba sentir lo mismo, pero el insano sentimiento de pérdida no lo abandonaba. Sacudió su cabeza y besó el cabello de su pequeña, suspirando con calma.
–Entonces, ¿me muestras tu dibujo?
La niña, no del todo convencida, despegó el papel de su pecho y le enseñó el dibujo a su padre. Edward lo miró como si en sus manos tuviese una obra de arte: la figura de un ángel que se veía volar sobre una familia que caminaba por un parque. La familia estampada en el dibujo era Lauren, Grace y él, y el ángel sin lugar a dudas era Elizabeth.
–¿Ella nos cuida, verdad? –preguntó con ternura, abrazando a su hija con amor, mientras ella asentía con fervor:
–Sí, papi, nos cuida…
Así, la niña se quedó dormida tranquilamente en los brazos de sus padres, mientras él acariciaba su sus risos y observaba minuciosamente el dibujo de su hija a la luz nocturna de la calle que se filtraba por la ventana.
"Si realmente eres un ángel, cuida de nosotros, Lizzie…"
/E.P/
Greta Mallory acariciaba el cabello de su hija y susurraba palabras confortables y amorosas, sin recibir de regreso ningún tipo de reacción. Lauren, en posición fetal, estaba acurrucada en el lado de su cama matrimonial, con la vista fija en la fotografía que reposaba en su velador; su hija Elizabeth en su cumpleaños número siete. Su niña, su bebito que Dios le arrebató… ¿Qué daño había hecho su hija? Ninguno, ¿entonces, por qué maldita razón dejó que muriera…? No lo entendería nunca, no lo aceptaría nunca. Había un montón de escoria social de la que Dios tendría que ocuparse, lanzar sobre ellos toda clase de enfermedades para que murieran, pero no a su hija, no a su princesa hermosa.
– Lauren, hija, traeré algo para que comas –susurró Greta sobre la cabeza de su hija, dejando un beso, Lauren se removió incomoda con ese acto de ternura de su madre. No quería nada, sólo quería estar sola y morirse para estar con su primogénita. El resto del mundo podía irse al demonio.
Greta caminó fuera de la habitación, dejando la puerta entreabierta, por lo que fue fácil que un ruido proveniente del cuarto que fue de Lizzie llegara directo a los oídos de Lauren. Ella como un rayo se incorporó; cerró los ojos y escuchó con claridad los acordes característicos de la cajita de música favorita de Lizzie, la que estaba sobre su mesa de noche.
"¡Quizás desperté de una pesadilla… mi hija… Lizzie…!"
Corrió hasta el cuarto de Elizabeth, guiada por la delicada música, donde encontró la puerta abierta. Cuando entró, la esperanza de que todo hubiera sido una pesadilla se deshizo y una rabia tan grande la llenó, no tomando conciencia de lo que haría.
Sobre la cama y con la cajita entre sus manos, Grace disfrutaba de sus propios recuerdos con su hermana. Había entrado al cuarto con la naturalidad de siempre y se había sentado allí a jugar con las cosas de Lizzie como solía hacerlo, porque ella no sabía ni entendería que su madre había convertido esa recamara en una especie de santuario y que no soportaría que nadie moviera absolutamente nada del lugar en donde Elizabeth lo había dejado, por lo que no entendía cuando sintió una mano halarla por su cabello, haciéndola caer de la cama.
La niña comenzó a llorar con dolor y terror –Mami… mami…
–¡¿Por qué entras aquí?! ¡No puedes tomar las cosas de tu hermana, ¿me escuchaste?! –Gritó con ira, ante el estupor de la pequeña, que no entendía nada.
–Mami… mami…
–¡¿Me escuchaste?! – Le gritaba Lauren a su hija, que gimoteaba agazapada contra la pared– ¡Eres una estúpida! ¡No vuelvas a hacerlo, no vuelvas a hacerlo!
Estaba a punto de lanzar una bofetada a la niña, aun con la música de la cajita sonando de fondo, cuando la voz de Edward retumbó en el cuarto.
–¡Lauren, detente!
Greta entró y abrazó a su hija, apartándola de Grace, quien de puro miedo se orinó sobre su ropa. Las respiraciones de Lauren eran pesadas y sus músculos estaban tensos.
Esme corrió hasta su nieta y la tomó en brazos; La niña se abrazó con fuerza a su abuela, llorando desconsolada y evitando en todo momento mirar a su mamá –Vamos a darte un baño, mi niña.
Salió del cuarto con rapidez, mientras Edward seguía estático frente a la imagen que acababa de ver.
–¿Te das cuenta… te das cuenta de lo que acabas de hacer…?
–Edward… ahora no, por favor – suplicó Greta, pero Edward no se detuvo. Caminó unos pasos hasta ella.
–Entiendo mejor que nadie tu dolor, pero eso no te da derecho…
– ¡Nadie tiene derecho de estar aquí, nadie! –Se movió, soltándose del agarre de su madre, empujándola hacia la salida – ¡Lárguense de aquí, fuera… fuera!
Greta tapó su boca con ambas manos viendo como una extraña a la mujer que vociferaba maldiciones frente a ella. Esa no era su hija, no era su Lauren…
En cambio Edward se reveló ante aquello, caminó y la agarró por el brazo –¡Cálmate!
–¡Lárgate de aquí, vete…! –gritaba ella, lanzado puñetazos a Edward.
–Lauren… –Edward peleó contra el descontrol de su esposa, agarrándola contra su voluntad y apretándola a su pecho –Lauren, por Dios… –sollozó.
–Ella no tenía derecho a tomar las cosas de su hermana… ella tiene sus juguetes… que no tome los de Lizzie… ella no tiene derecho… –dijo con voz ronca, temblando de la tensión –Nadie tiene derecho… nadie tenía derecho… nadie tenía derecho de llevarse a mi hija, nadie, nadie, nadie…
Después de once días de la muerte de su hija, Lauren lloró por primera vez en los brazos de su esposo, derrumbándose en el piso abrazada a él. Edward la meció, acompañándole en el llanto y el dolor, ya que él sabía lo que sentía por tanto la entendía, no podía ni siquiera reprocharle lo que acababa de ocurrir con Grace, aun sabiendo que no estaba bien, pues Lauren se daría cuenta de ello y eso ya sería suficiente peso para su conciencia.
En una cacofonía de llantos, Lauren y Edward se quedaron ahí por mucho rato en la penumbra del cuarto que tenía tantos recuerdos, esperando que el llanto de ambos declinara, y mientras ella pedía explicaciones divinas del por qué, Edward intentaba consolarla en medio de su propio dolor y sus cuestionamientos.
Porque en algún lugar, en algún momento, tendría que llegar el consuelo. Porque llegaría, ¿verdad?
/E.P/
–¿No has pensado en regresar? –preguntó Carlisle a su hijo, en otro atardecer, mientras de nuevo bebían café en la terraza, y Edward fumaba un cigarro. Lo necesitaba para relajarse, el día había sido demasiado duro y emocionalmente agotador.
–¿A Chicago? No lo sé… no puedo decidirlo de buenas a primeras –admitió, aspirando su cigarro.
–Hijo, eventualmente tu madre y yo tendremos que regresar –indicó, recordando su trabajo en el bufete de abogados que presidía y el de su madre en el hospital– No es bueno que en este momento estén aislados de su familia, de la familia de Lauren, de tú familia. Lo mejor es rodearse de gente que les quiere, que les estima…
–Puede que tengas razón, pero todo es muy reciente y yo… es como si Lauren acabara de pisar la realidad recién hoy –dijo, recordando el altercado con Grace, quien quedó aterrada y confundida– está su estabilidad emocional y la de mi hija antes que todo… quizás el trasladarnos de regreso…
–Sólo coméntaselo y tomen una decisión… sería bueno que comenzaran a retomar la normalidad en su vida…
Edward dejó caer su puño con fuerza sobre la mesa, contrayendo su rostro de rabia –¡¿Se te olvida por lo que Lauren y yo hemos pasado?! Esto –indicando su pecho con su dedo índice– Este es un dolor que no se quita de la noche a la mañana, y nada nos llevará de regreso a la vida que teníamos hace menos de un mes, porque una parte de nuestra vida normal se ha ido, se ha muerto, y ese es un dolor con el que tendremos que cargar. Ahora esta es nuestra "vida normal" papá, esta pena sobre nuestros hombros es nuestra vida normal… –terminó diciendo con el llanto otra vez aflorándole.
–Perdona, hijo… –susurró Carlisle, apenado, pues su hijo quizás tergiversó sus palabras. Edward bajó su rostro, limpiándose sus lágrimas y negando con la cabeza.
–Perdóname tú, papá… yo sólo… fue como catártico… en parte. Lo siento.
–Estoy aquí hijo, para que llores y grites conmigo sí es necesario, sí eso significa aliviar en parte tu dolor… estoy aquí.
Edward asintió y extendió su mano hasta posarla sobre el antebrazo de su viejo, a quien le brillaban los ojos. No debía olvidar que él también estaba sufriendo.
Otra vez, como el día anterior, padre e hijo entraron a la casa y se encontraron con Esme y Greta tomando un té en la cocina. Preguntaron por Lauren y Grace.
–Lauren quería hablar con Grace… ya sabes… están arriba –indicó sus suegra. Edward asintió y salió rumbo al segundo piso.
Caminando por el pasillo, se encontró con que la puerta de la habitación de Lizzie estaba abierta y la luz encendida, la recorrió lentamente, rezando porque la escena con su esposa en ese mismo lugar no se repitiera, pero esta vez en vez de gritos y llantos de niña, oyó murmullos.
La primera reacción de Grace, cuando vio a su madre entrar en su cuarto, fue agazaparse en la cama, apretando su oso de felpa entre los brazos, temiendo que Lauren le gritara como lo hizo en la mañana de ese día, a pesar de que su papá y sus abuelas le explicaron que estaba nerviosa y que por eso le había gritado y jalado el cabello.
Lauren despacio, caminó hasta sentarse en la orilla de la cama y con su voz en llanto le pidió perdón a su hija. Grace de inmediato saltó al regazo de su mami, a quien no le gustaba ver llorar, y la abrazó, sellando con ello su perdón. Después, Lauren decidió llevar a Grace hasta el cuarto de Lizzie y acomodarse allí en la cama que fuera de su hermana, para convencerla que ese lugar era ahora de todos y que ella podía entrar ahí cuando quisiera.
–¿Dónde quieres ponerlo? –preguntaba Lauren con voz tierna, como Edward hace tiempo no la oía, refiriéndose seguro al dibujo de Grace.
–Umh… no sé… donde quieras… podemos ponerlo en la puerta del refrigerador como siempre.
–"La puerta de las artes de Grace" ¿recuerdas quien le puso así?
– ¡Lizzie! – exclamó la niña, alzando sus manitas en símbolo de triunfo y riéndose por ese recuerdo.
Como Grace estaba inclinada a las artes, sobre todo con las pinturas y acuarelas, la puerta del refrigerador siempre estaba repleta con sus obras, por lo que Lizzie bautizó esa puerta como "La puerta de las artes de Grace". Edward, escondido tras la puerta, sonrió por el recuerdo.
–¿Mami… también crees que mi hermana es un ángel ahora que está en el cielo?
–Lo es, mi amor; es un ángel del cielo… –Edward no aguantó más y asomó silenciosamente su cara al cuarto, viendo a su esposa con su hija en su regazo, acariciándole el pelo con la nariz y dejando besos tiernos allí– ella es nuestro ángel del cielo…
–Tuyo y mío…
– Y mío también –intervino Edward, acercándose a la cama y sentándose junto a sus mujeres.
–Papi –dijo Grace, girándose hacia Edward –Mami dijo que lo de esta mañana fue un error, que me quiere y que puedo entrar aquí tanto como quiera… incluso puedo jugar con las cosas de Lizzie... –contó muy alegremente.
–Mamá tiene toda la razón, cariño, tu hermana siempre compartió todo contigo. Nosotros no tenemos derecho a contradecirla…
–Menos ahora que es un ángel –comentó Lauren, peinando los risos de su niña con sus dedos. Grace, dio una sonrisa esplendorosa a sus padres y se acurrucó de regreso en el regazo de Lauren, mientras ellas se miraban con asentimiento.
Por esa niña, es que intentarían seguir adelante con sus vidas; respirando con el dolor de la pérdida dentro de ellos. Es por la lucha que dio su hija Elizabeth que seguirían adelante. Llorar y gritar las veces que sea necesario.
Esa misma noche, después que la niña se durmiera, Lauren y Edward hablaron y decidieron que Grace retomaría sus clases, pues no valía la pena que se quedara en casa, sí en la escuela podía jugar y distraerse con sus compañeros; a la niña la idea le pareció estupenda. Esto, haciendo caso a los consejos de Carlisle. Edward aprovechó de hablar con su esposa, y comentarle sobre la idea de regresar a Estados Unidos.
–¿Crees que sea buena idea? –Le preguntó ella a Edward.
–Creo que nos haría bien.
Lauren suspiró y se dijo a si misma que quizás esa era una buena idea, pero antes de regresar, sabía que tenía que arreglar o finiquitar un asunto con Edward, ahora que su mente estaba un poco más despejada… aunque eso no significaba que el dolor hubiese desaparecido.
–Sí, creo que es una buena idea. Podríamos esperar a que Grace terminara el semestre y regresar para vacaciones de verano.
–Me parece genial. Nos da un mes y algo más para los arreglos…
–Si, creo que es tiempo de regresar, Edward –suspiró y se acurrucó en el pecho de su marido, en donde después de tantas noches ambos pudieron conciliar el sueño.
A los dos días, Edward llevó a su hija hasta la escuela y allí recibió el saludo de varios de los compañeros de Elizabeth, que lo esperaban en la entrada de la escuela y que durante su enfermedad, no dejaron de visitarla. Los niños le regalaron una tarjeta de condolencias hecha por ellos mismos, en donde dibujaron una blanca paloma en la portada y escribieron saludos de apoyo y afecto para la familia. Edward otra vez sintió ganas de llorar, pero esta vez de agradecimiento.
–Edward… –susurró como un lamento la voz de Giuliana tras él. Se giró y vio el rostro contrito de la italiana, quien enroscaba los dedos de sus pies para no salir corriendo para colgarse de su cuello y llorar su dolor– Signor Cullen –rectificó enseguida, recordando los apoderados y los niños que estaban alrededor.
Él tragó grueso –Maestra… –respondió, estando seguro que su voz y sus ojos de pena no eran sólo por la muerte de su hija, sino también por la distancia que él había puesto entre ambos.
–Me alegro tenerlo… –sacudió la cabeza, rectificando –Me alegro tener a la niña de regreso.
–Si, le hará bien estar con sus compañeros.
Giuliana dio unos pasos más para quedar más cerca de su amor –Yo quería verte…
–Giuliana, por favor…
–Sé que no es un buen momento, pero…
–Me comunicaré contigo, lo juro –dijo, deteniendo a Giuliana. No quería hacerla sufrir, nunca fue ese su deseo, sabía que le debía aunque sea una visita de cortesía, pero ese no era el momento ni mucho menos el lugar. Así que decidió terminar la conversación, asintiendo en gesto de despedida y caminando de regreso a su coche.
–¡Edward! –Él aludido se volvió a girar hacia ella– Uhm… bueno, la próxima semana comienzan los exámenes de admisión aquí en la escuela para los niños que pasan al próximo nivel, de regreso de vacaciones, como es el caso de Grace –infirmó ella en su calidad de maestra.
–Oh… bueno… creo que no será necesario…
–¿A qué te refieres?
Edward sabía que con lo que diría, rompería el corazón de Giuliana, pero antes de seguir dándole esperanzas, dijo simplemente– Mi hija no estará en esta escuela para el próximo semestre. Nos regresamos a Norteamérica.
La maestra de italiano abrió su boca y sus ojos con tal asombro, sintiendo como sus rodillas cederían en cualquier momento; dio un paso atrás, como sí Edward, que aún estaba frente a ella con un gesto de disculpa en su rostro, le hubiese enterrado un puñal en el corazón… y de alguna manera, lo hizo.
–Hablaremos luego –dijo Edward despacio. Dio media vuelta y se fue.
Allí se quedó Giuliana por un buen rato, sintiendo como su mundo se tambaleaba, porque uno de sus grandes miedos iba a hacerse realidad.
"Dios… Edward, no, no te vayas…"
~En Paralelo~
–Duerme como un angelito… –susurró Renée, contemplando a su nieta que dormía plácidamente en su cuna.
La pequeñita de doce días de nacida, había llegado hace nueve días a su casa, entre un gran alboroto de alegría por parte de su familia. Todos concordaban que la niña había heredado mayormente los rasgos de su madre, el delicado cabellos marrón, su piel pálida, sus grandes ojos marrones y sus pequeños y rosados labios daban fe de eso, aunque Hilda –la madre de Jasper – insistía que tenía más del padre que de la madre y que eso se confirmaría cuando la niña fuese más grande. Renée sólo rodaba los ojos, aguantándose el deseo de contradecir a la entrometida consuegra.
–Sí, es muy tranquila –asintió la radiante madre, que no cabía dentro de su propia felicidad. No entendía cómo la felicidad de una mujer pudiese verse plena cuando sostenía a un hijo entre sus brazos. Bien, ahora lo entendía y lo experimentaba cada vez que miraba a su Mary Elizabeth. Nada se comparaba al gozo y la alegría que brotaba de ella.
Todo sobre su maternidad la hacía feliz, el hecho de aprender cada día algo nuevo sobre cómo criar a su hija, la llenaba de satisfacción y eso se reflejaba en sus brillantes y extasiados ojos, en la dicha que sabía, nada ni nadie arrebataría, pues además tenía el apoyo de su familia y un esposo perfecto que la acompañaban.
"¡Tengo una familia perfecta!" pensó, mientras terminaba de doblar un vestidito y apretarlo en su pecho.
–¿Y el pediatra autorizó el viaje? –preguntó Renée, recordando la conversación del día anterior, cuando Jasper contó sobre su traslado a Estados Unidos, programado para inicios del próximo mes. Todos se sorprendieron ante lo rápido del traslado.
–Para la fecha que planeamos el viaje, la niña tendrá un poco más de un mes y las condiciones del tiempo serán favorables, además haremos escalas de ser necesario…
–¡Dios, no puedo creer que tendré a mi nieta tan cerca!
–Sí –asintió ella, doblando y ordenando el centenar de ropita que le había llegado de regalo a su hija– y yo no puedo estar más contenta con eso… ya sabes… tengo un montón de cosas que aprender.
–¡Ahí estaré! Podré cuidarla cuando entres a tu trabajo…
–Sí, sobre eso… –dijo Bella, mordiendo su labio –esta mañana recibí un e-mail sobre una postulación que hice a una escuela primaria. Hay una vacante para el inicio del siguiente semestre académico.
–Eso es estupendo.
–Sí, es un buen trabajo, es un colegio privado muy exclusivo y el pago es bueno, pero me complica comenzar a trabajar tan pronto… creo que debo pasar más tiempo con mi hija y…
–¿Será trabajo de tiempo completo?
–Sólo media jornada, por las mañanas, tres días a la semana.
–Lo que significa que antes de las tres estarás libre los días que trabajes. Y conociéndote, debes estar loca por volver a trabajar… adoras a los niños.
– Es cierto, pero ahora está hija. Ella está antes de todo.
– La niña estará bien. Tú sólo acepta ese trabajo… ¿Y Jasper qué dice?
–Para él cualquier cosa que decida está bien.
–Entonces acepta ese trabajo, ¿de qué colegio se trata?
–Un ex colega me recomendó allí, Sam Ulley, ¿lo recuerdas?
–¿El chico alto, moreno y bien parecido?… claro que lo recuerdo.
–Bien, él me habló de la vacante y envió mi currículo a la directora. A ella le pareció interesante que haya trabajado aquí, así que me escribió y dijo que el cupo era mío.
–¡Entonces! No desaproveches esta oportunidad.
–Lo del bebé, los gastos clínicos y los tratamientos nos dejaron inestables… no estamos en quiebra, pero creo que ese trabajo ayudaría…
–Entonces no lo dudes. Dale la respuesta y di que aceptas.
–Bien, lo haré.
Bella y su madre rieron bajito, comentando anécdotas sobre, como Charlie podía estar mirando por horas dormir a su nieta o cómo se hacía ideas de enseñarle a patear un balón de futbol "¡Es una niña, no le enseñarás a jugar soccer!" le reclamó Alice, pues ella padeció de las lecciones de su padre sobre las maravillas del balón pie. También rieron recordando las primeras veces que Jasper le había cambiado el pañal a la niña.
En ese momento, entró Hilda, recordándole a Bella que ya era casi medio día y que era hora de alimentar a Mary. Caminó hasta la cuna y se dispuso a sacar a la bebé de su sueño, pero antes que eso sucediera, Renée la detuvo:
–¡Un momento, Hilda! Deja que Bella haga eso; no puedes venir y despertar a la niña…
–Pero es su hora de comer, y no es bueno romper su rutina… –respondió la consuegra, con las manos sobre sus anchas caderas, con plena intensión de desafío.
Renée achicó sus ojos y agregó –Bien, pero Bella tiene que hacer eso.
–Ella está ocupada –rebatió, indicando a Bella, quien seguía doblando ropa, contando en silencio hasta cien para controlarse.
–No lo está…
–Bien, alto ahí las dos –dijo Bella, interrumpiendo su cuenta mental e interponiéndose en la batalla de las dos titánides. Caminó hasta su hijita y la vio abrir los ojos y hacer pucheros. Sus impulsivas abuelas la habían despertado con el altercado y eso no era bueno, así que antes que llorara, Bella la tomó en sus brazos– Ven aquí, mi amor…
–Yo puedo darle su comida… –insistió Hilda, estirando los brazos para arrebatarle a la niña a Bella.
–No es necesario –dijo Bella, tranquilamente, dando un paso atrás y arrullando a su hija, quien ya había comenzado a llorar.
–Mientras ella prepara su biberón… –volvió a insistir, pero esta vez Renée se interpuso.
–¡¿Qué? yo la puedo ayudar…!
–¡Señoras! –Exclamó Bella, meciendo a su hija para detener su llanto– La leche está preparada en el estuche térmico. Así que si me permiten, le daré de comer a mi hija y la haré dormir…
–Debes cambiarle el pañal…
– Vale, lo haré… ¿no tienen nada más que hacer?
Ambas abuelas la miraron y negaron al unísono, Bella rodó los ojos, caminó hasta la mesa donde estaba el estuche térmico, sacó el biberón y se ubicó en la silla mecedora con su nena en brazos para darle su alimento.
"Dios dame paciencia… "
/E.P/
Alice y Michael subieron tomados de la mano y en silencio hasta el apartamento de él. Michael pensaba que le quedaba poco tiempo para convencer a Alice de quedarse con él y ella pensaba que era momento de tomar una decisión sin estar segura de cuál debía ser.
–¿Tienes hambre?
–No la verdad…
–Voy a servir dos copas de vino entonces. –Propuso, dejándole un beso en los labios.
Caminó hasta la estantería de vinos y sacó una botella de tinto; la descorchó, tomó dos copas y las llevó hasta la sala, donde Alice esperaba. Se sentó junto a ella y en silencio vertió el vino en las copas. Ambos bebieron el primer sorbo sin hacer comentarios y Michael supo que era el momento de hablar.
–Alice, quiero que te quedes conmigo –soltó. Vale, esa no era la forma en como tenía planeado iniciar su discurso, sobre todo después de ver los ojos llenos sorpresa de Alice– Tu sobrina ya nació y sé que Jasper ya tiene preparado todo para marcharse en un par de semanas… dije que no iba a presionarte, pero…
–No me has presionado para nada, muy por el contrario.
–Sí, bueno, es que… de verdad quiero que te quedes aquí porque lo has decidido tú y no porque hay alguien detrás de ti empujándote a tomar una decisión, pero quiero que sepas que mis sentimientos por ti son definitivos, los tengo muy claro. –Dejó la copa sobre la mesa y agarró las manos de Alice– Yo te amo.
Alice pestañeó repetidas veces, muy rápido ante la confesión– Michael, yo… yo…
–Oye, no te dije que te amaba para que lo repitieras sin sentirlo y por no hacerme sentir mal. Sí bien es cierto, sé que no me amas, pero creo que…
–Yo te quiero mucho, Michael. Tanto que me has hecho olvidar…
–Con eso me conformo, Alice. Desde ahí podemos comenzar a construir algo juntos… –soltó una mano, pasándola por su cabello– ¡Demonios! Odio este apartamento por el solo hecho de vivir solo, hay espacio para alguien más –agregó eso último, alzando sus cejas sugestivamente. Ella curvó sus labios sin dejar de mirar a los celestes y comprometidos ojos de Michael; una parte de ella deseaba irse con su familia –su parte masoquista la verdad– pero su parte sensata y su corazón le gritaban al unísono que se quedara… y ella sabía que debía hacer lo correcto y darle una oportunidad para dar un paso trascendental en su relación con Michael.
Así que asintió. Él abrió los ojos con sorpresa– ¿Si?
–Sí. Me quedaré aquí contigo… por ti y por mí.
–¡Dios, Alice, me haces tan feliz! –La tomó por la cintura y la puso sobre sus piernas, abrazándola y estampando sus labios contra los de ella, en un beso de celebración. Alice se sintió tan bien después de decirle que se quedaría, que eso confirmó que había tomado la mejor decisión. Era una oportunidad para darle el curso correcto a su vida y a sus sentimientos en verdad.
Jasper siempre la estaba mirando con ojos acusadores, como sí su relación con Michael fuera un error o un pecado con el que él no estaba de acuerdo. Eso la confundía… no sabía que pensar, así que probablemente cuando se enterara de su decisión, le desearía las penas del infierno, pero no le importaba; no era de su incumbencia. Estaba con Michael, que la amaba de verdad, y eso era lo que realmente importaba.
El beso de celebración se tornó poco a poco más pasional, nunca en esos cuatro meses habían ido más allá de las caricias tímidas, con claros límites por parte de Alice, la que ahora mismo no estaba poniendo trabas contra las manos tibias de Michael, que se colaron bajo su blusa, mientras su lengua guerreaba con la suya propia, en un deleite que la estaba comenzando a excitar. Menos mal y no era virgen… recordaría agradecérselo a Riley, –su ex novio– algún día.
Michael la empujó de modo que quedara sobre ella encima del sofá, degustando con sus labios la piel de su cuello, mordisqueando el lóbulo de su oreja, acariciando su piel de porcelana, y su deseo por ella se acrecentaba al igual que su amigo bajo sus pantalones. Amigo que Alice sintió contra ella, removiéndose para hacer presión contra él, buscando también tocar la piel de Michael con sus manos bajo la camisa y sintiendo como el deseo comenzaba a volverse líquido entre sus piernas.
Michael detuvo su expedición por el cuello de Alice, mirándola directamente a sus negros y hermosos ojos. Ambos respiraban pesados, y se observaban con pupilas dilatadas, expectantes.
–No quiero detenerme… –susurró Michael contra sus labios
–No quiero que lo hagas, no quiero que te detengas.
Un beso profundo, anhelante de Michael antes de agregar– Bien… pero nuestra primera vez no será sobre un sofá…
–A mí no me importa… –murmuró insinuantemente, desabotonando lentamente la camisa de Michael, mordiendo su labio inferior y sin apartar sus ojos de él… "¿Desde cuándo tan atrevida, Alice?"
–Pero a mí sí me importa. –la tomó de la cintura, haciendo que ella enrollara sus piernas alrededor de su cintura y caminó hasta su habitación– Acostúmbrate a este lugar; aquí es donde dormirás… –advirtió, dejándola sobre la cama de una recamara muy masculina, en tonos trigo y marrón. Muy funcional.
Alice deambuló su vista por el lugar, el que pese a ser muy de hombre, era muy acogedor –Pero es tú cuarto… pensé que tendría el mío propio.
–¡Claro que no!
Sonrieron mientras comenzaban con el ritual de desnudarse para conocer sus cuerpos. A él le pareció tener un ángel tendido sobre su cama, en bragas y sujetador de encaje blanco, que cubría una piel tan suave. Ella observaba el bien dotado cuerpo de Michael, cubierto por sólo unos bóxers negros y estrechos. Su cuerpo esbelto y bien formado, y su piel levemente bronceada era un espectáculo que la estaba dejando literalmente sin aliento.
Una mano de hombre colándose bajo las empapadas braguitas, haciendo sobresaltar a la mujer que tenía bajo él. "¡Dios, está tan lista…!" La besó, la besó gimiendo uno en la boca del otro, buscando él por la espalda de Alice los broches del sujetador para librarse del lindo brassier para conocer los secretos bajo este… dos montes hermosos y erguidos ante su roce. Desaparecieron segundos después las restantes prendas de ambos cuerpos, en la pura desesperación de ambos cuerpos por encontrarse y fundirse por primera vez.
–¿Sin condón?
–La pastilla… estoy tomando la pastilla –logró decir ella, abriendo sus piernas y enrollándolas al cuerpo de Michael, empujándolo hacia ella. Él cerró los ojos y en un movimiento fluido, estuvo dentro de ella.
–¡Jesús! Alice, te amo, te amo, te amo… –jadeaba, mientras se movía dentro de ella una y otra vez, una y otra vez… y varias veces más durante la noche.
/E.P/
Era el fin de semana perfecto para un almuerzo familiar; faltaba muy poco para que toda la familia regresara a Chicago, así que el ambiente era de mucha alegría en la casa de Jasper. Aunque la verdad, lo que realmente unía a la familia en esa alegre reunión era la pequeña Mary Elizabeth, a quien su padre cargaba en sus brazos caminando de un lado para otro.
–Creo que quiere decir papá… – comentaba Jasper a Charlie, quien lo miraba de reojo, antes de rodarlos.
–No te extrañes si dice abuelo Charlie antes de decir papá… –repuso el padre de Bella, mientras hacía caras graciosas a su nieta, que balbuceaba y estiraba sus manitas en respuesta a su abuelo.
Ese fue el momento en el que Jasper rodaba los ojos, antes de contestarle– Estás completamente loco, Charlie…
–Hijo, sobre el viaje de regreso, ya tienes los pasajes supongo, ¿no? – preguntó Hilda, quien buscaba en todo momento arrebatarle a Jasper de los brazos a su nieta. La verdad es que esa pregunta la lanzó para distraerlo, pero no funcionó.
–Los nuestros sí. Charlie se encargará del suyo, el de Renée y Alice –dijo, mirando de reojo a esta última, que estaba sentada en el sofá de la sala, con su mano entrelazada fuertemente con la de Michael, a quien miró inmediatamente cuando Jasper dijo aquello.
–Podemos tomar enseguida las reservas por internet –intervino Renée, dejando sobre la mesa una bandeja con aperitivos.
Charlie asintió en dirección a su esposa, mirando luego a Alice –¿Pequeña, me puedes ayudar ahora con eso?
–Sí… claro… claro papá… yo… pero antes yo… –tartamudeaba con mucha dificultad. Todos los ojos de la sala estuvieron sobre ella, incluso los de Bella, quien acababa de entrar a la sala con el biberón de su hija.
–¿Antes qué, Alice? –inquirió Jasper, a quien le picaba la curiosidad. Alice volvió a mirar a Michael, quien con semblante tranquilo asintió una vez con su cabeza.
–Bueno, yo… yo he tomado una decisión. –miró a sus padres, evitando en todo momento la mirada inquisitiva de Jasper– Creo… no regresaré con ustedes a Chicago.
–¿Pasarás tus vacaciones aquí? –preguntó Charlie, tomando una copa de la mesa en donde su esposa las había dejado.
– No sólo eso. He decidido quedarme indefinidamente, incluso hace unos días mandé unas solicitudes a dos universidades.
–Hija, cariño –Renée caminó hasta su hija, sentándose junto a ella– ¿Estás segura de que esto es lo que quieres hacer?
–Estoy completamente segura, mamá. Yo sé que te lo debí haber dicho antes, pero lo acabo de decidir.
– ¡Qué curioso! –Intervino Jasper con ironía– Dices que acabas de decidirlo, pero ya enviaste solicitudes a dos universidades, ¿no será que alguien te está presionando? –preguntó, mirando sin tapujos a Michael, quien hasta el momento se habían mantenido tranquilamente en silencio.
–Jasper, sí piensas que tengo que ver en la decisión de Alice, pues sí tengo que ver. Esta decisión la tomamos juntos y yo no ejercí obligatoriedad alguna para que ella decidiera quedarse. Sí piensas eso, es porque no la conoces o la subestimas…
–¡Un momento! –Intervino Charlie, mirando a Michael y a su hija– Vale, no puedo cubrirme los ojos ante la realidad de que eventualmente ustedes dos vivirán juntos o algo así, sí Alice se queda, pero quisiera que tomaran el peso a esta decisión.
–Lo hemos conversado, papá. Estamos seguros –aseguró Alice, apretando la mano de Michael que no soltó en ningún momento.
–Hija, sí algo ocurre entre tú y Michael, sí la relación se termina, estarás sola en un país que apenas conoces…
–Señor –habló Michael –Yo amo a su hija y cuidaré de ella con mi vida si es preciso para que usted quede tranquilo de que estará bien, aun sí en un futuro decidimos separarnos, aunque eso no lo veo como una posibilidad.
Hubo un silencio de al menos un minuto, que pareció un poco más largo que eso. La decisión de Alice había sido una sorpresa, pese a que al menos Bella y su madre habían hablado de esa probabilidad.
Charlie observaba a la joven pareja frente a él y nada más pensaba en lo mucho que extrañaría a su hija, porque sí ella había tomado la decisión de quedarse, y estaba segura de eso, él la apoyaría. Además, la había visto tan bien al lado de ese muchacho, que sintió confianza de él inmediatamente cuando lo conoció.
Y Jasper, que escondió sus manos hechas puños tras su espalda, reteniendo el impulso a objetar la decisión de Alice y el triunfo que eso suponía para Michael.
Su ira deseaba emerger al igual que sus sentimientos para nada sanos hacia su cuñada. Deseaba dar tres pasos y agarrar de las solapas a Michael, zarandearlo y romperle la cara a golpes, para enseguida sacar a Alice de la sala cargándola sobre su hombro, para encerrarla en un cuarto en donde solo él tuviera acceso.
"¡Joder Jasper, qué te está pasando…!" él mismo se reprendía cuando ese tipo de ideas se colaban en su cabeza cada vez con más fuerza. ¿Cómo sus sentimientos hacia ella fueron tornándose tan posesivos, a punto de salirse de control?
Su cuerpo no se relajó ni sus ojos dejaron de taladrar con resentimiento a Alice, decidido que tomaría la iniciativa de protestar y estaba tomando una decisión basada en sentimientos que no eran del todo concretos… pero antes de poder hacerlo, su esposa intervino:
–¡Bueno, pues ya tenemos otro motivo para celebrar!
–¡Oh, hija, te extrañaré tanto…! –exclamó Renée, tomando a su hija y abrazándola fuertemente, mientras Charlie extendía una mano hasta Michael, que la recibió con mucho respeto
–La cuidas con tu vida. Lo has prometido.
–Sostengo y mantengo mi promesa, señor…
–Charlie, dime Charlie, muchacho.
Hilda, a quien en realidad poco le importaba aquello, finalmente pudo cargar a su nieta, para que Bella pudiese ir hasta su hermana y abrazarla, con su llanto a flor de piel.
–Hermanita… sé que con Michael serás feliz –se apartó de su agarre, viendo que Alice tenía sus ojos negros cristalinos por las lágrimas. La mantuvo abrazada con uno de sus brazos, mientras el otro lo extendía hacia Michael y tomando su mano, amistosamente– Júrenme que serán felices y que me irán a ver en cuanto puedan…
–Para acción de Gracias estaremos allá –prometió Michael.
Alice que se mantuvo muda después que diera a conocer su decisión y luego de que su familia la apoyara en eso, se aferró a los brazos de Michael, respirando en paz, evitando pensar en la actitud de Jasper, quien clara y abiertamente no estaba de acuerdo con que ella se quedara. No quería pensar en el por qué, y menos hacerse ideas.
Quien por cierto no pasaría por alto la actitud de Jasper, sería Bella. Lo observó después que hubo felicitado a su hermana y su cuñado. Caminó hasta él, intentando no llamar mucho la atención de sus padres, hermana y cuñado que hablaban en el centro de la sala.
–¡Creo que se te está pasando la mano, Jasper! ¿Me puedes decir qué bicho te picó?
–No me pasa nada Bella –respondió huraño, cruzándose de brazos.
–¿Crees que soy tonta? He visto tu reacción con lo que Alice ha dicho y no me parece…
–Bella, a mí no me incumben las decisiones de tu hermana, por muy erradas que sean. Creo que una niña como ella no está preparada para enfrentarse a un país como este...
–¡Jasper, por favor, no seas paranoico! Ella es absolutamente capaz, además no estará sola… ¡Y no es una niña! ¡Estás reaccionando peor que mi papá…!
Jasper bufó, no respondiendo a los últimos dichos de su mujer, quien desaprobando la actitud de su marido se apartó de él negando con la cabeza desaprobando su comportamiento e integrándose luego a la algarabía del resto.
Pero Jasper no se quedaría tranquilo. Por Dios que buscaría el momento para hablar con Alice y hacerla cambiar de opinión… como sea ella se regresaba con ellos… se regresaba con él. Era la única manera de que su tranquilidad estuviera cubierta en un cien por ciento.
"Alice no será para Michael. Así que ese maldito puede disfrutar de ella el poco tiempo que le quedaba a su lado… ella no será para él… ni para nadie… sólo para mí… sólo para mí"
Pero ese pequeño impasse entre marido y mujer no fue del todo ajeno al resto. Fuera de Alice y Michael que medían en el ambiente la animadversión de Jasper hacia ellos, la perspicaz Renée se dio cuenta de la extraña actitud de Jasper. En silencio observaba a su yerno y esa tan recelosa actitud hacia Alice. Meditó unos segundos y una campanilla de alarma comenzó a sonar en su cabeza. Las conjeturas más absurdas rápidamente se dispararon en su cabeza y no le gustó la conclusión a la que llegó. "Esto no es normal… no es normal como mira a Alice… ¡Dios mío, que no sea lo que estoy pensando. Ilumíname y dime qué hacer…" Rogaba la madre, pidiendo cordura y valentía, porque ella era una madre protectora y no dejaría que absolutamente nadie hiriera a sus hijas. Nunca.
¿Qué hará Giulianna?¿Que hará Jasper?¿Y Renée? Cuéntenme sus teorías, ¿si?
No sea malvada y deje su comentario =)
