Perdón, perdón por la tardanza... mil gracias a todas por leer y por comentar... bienvenidas a quienes son nuevitas y a las de siempre, mil mil gracias.

Como siempre, mis eternos agradecimientos y menciones honrosas a mi guapa amiga Titi Gomez y ami sexy y genial beta Gaby Madriz quien mejora esta locura!

Ahora sí, a leer...

Besos a todas!


5. Amor no correspondido.

"El amor es un camino que de repente aparece…

Y de tanto caminarlo, se te pierde…"

~En Paralelo~

Iba acercándose el final del mes de Mayo y estaba casi todo listo para que la Bella y su familia retornaran a Chicago, todos en casa estaban corriendo de un lado a otro, preparando valijas y revisando que nada se fuera a quedar olvidado allí.

Alice por su parte, arreglaba las maletas con sus cosas para trasladarlas al apartamento de Michael. En unos días ambos comenzarían a redecorar el lugar que desde ahora sería su hogar; por eso es que en aquel momento que nadie estaba en casa, tranquilamente doblaba y metía su ropa a las maletas a solas en su cuarto, mientras canturreaba despreocupadamente una canción.

Sus padres—supuestamente─ habían salido a pasear con la niña, pero en realidad Charlie acaparó el paseo con su nieta, dejando a su esposa guardando y cerrando las maletas; Bella había ido a hacer unos trámites para el viaje, mientras Jasper debería haber estado trabajando a esa hora. Al menos eso presumía, pero para su mala suerte, él llegó temprano aquel día encontrándola sola en su habitación.

"Es mi oportunidad" pensó Jasper, entrando al cuarto en silencio, como un ánima, sin que Alice notara su presencia. Sus sentimientos hacia ella habían sido echados sobre la mesa, reconocidos por él, no siendo la palabra amor la que prevaleciera, sino más bien obsesión. Pero esta obsesión era tan fuerte y crecía con tanta fuerza dentro de él, que sentía le era imposible seguir reteniéndola, al menos no frente a ella, y más sabiendo que Alice tenía sentimientos hacia él.

Y mientras él se zambullía en las turbias aguas de su obsesión por ella, la pequeña y esbelta figura de Alice se movía con armonía y elegancia incluso en esos menesteres tan comunes, ajena aún a la presencia de Jasper, que continuaba contemplándola, apoyado contra la pared del cuarto de invitados, acariciándose la barbilla, sin perder de vista su figura de pies a cabeza.

Hasta que ella hizo ademán de caminar hacia el armario donde lo vio, retuvo el aire en sus pulmones y dio un paso hacia atrás, chocando con la cama, donde casi cae. Tragó saliva mientras sus ojos miraban con pasmo el rostro desafiante y seductor de Jasper.

—¿Qué… qué haces aquí? ¿Necesitas… necesitas algo? —dijo, intentando retomar su compostura. No podía hacerle notar que estaba nerviosa o que tenía miedo.

—Sí, bueno. Estaba esperando el momento adecuado para hablar contigo.

—¿Sobre qué?

—Ya sabes sobre qué —dijo, enderezando su postura y caminando hacia ella. Tres pasos firmes y desafiantes, como si estuviese de cacería— No quiero que te quedes aquí con Michael.

Alice alzó sus cejas con sorpresa y carraspeó, cruzándose de brazos defensivamente —No creo que eso te incumba —respondió obligándose a no flaquear.

Jasper soltó una risa socarrona —Tú has hecho que este sea tema de mi incumbencia, Alice. No soy estúpido, he visto como me miras, tus reacciones cuando estas cerca de mí —alargó una mano hasta su cabello, rozando su cara. Ella con un manotazo la apartó.

—¡Aléjate de mí! —Le espetó, haciéndose a un lado para poner distancia— ¿Qué es lo que pretendes?

—Pretendo hacerte entender que él no es para ti —nuevamente caminó hasta ella y agarró uno de sus brazos con fuerza— Ese tipo no es para ti, Michael no se merece que te quedes aquí por él.

—¿Y por qué no?

—Eres muy cruel, —susurró, desviando la pregunta de Alice, acercó su boca hasta el oído de ella y dijo —le das falsas esperanzas a ese hombre, cuando sabes que tus sentimientos están conmigo. Estás haciendo esto sólo para hacerme sufrir.

—¡Basta, suéltame Jasper! —Alice forcejeó con el agarre de Jasper, pasando por alto el escalofrío que la recorrió al sentirlo tan cerca.

Dos cuartos más allá, Renée detuvo su trabajo de orden la ropa, cuando oyó cómo su pequeña hija exclamaba, dejando entrever algo de miedo en su voz. Soltó la chamarra que tenía entre sus manos, y con sigilo se avecinó hasta el cuarto de Alice, donde con horror oyó las palabras que Jasper dijo a continuación:

—Vuelve conmigo a Chicago y te juro, te daré lo que has deseado de mí —la sujetó aun con más fuerza, ahora por los dos brazos, dejándola muy cerca de su cuerpo. Ella sintió deseos de llorar, sintió miedo, porque jamás imaginó que él pudiera tomar esa posición.

— ¡¿Qué?!

—Hermosa Alice, podemos estar juntos, podemos tener la relación que tú quieres.

—¡Estás loco! —Gritó y con la fuerza que sacó de sus entrañas, logró empujar por el pecho a Jasper para apartarlo— ¡¿Olvidas que estás casado con mi hermana y que acabas de tener una hija con ella?!

—No mescles las cosas. Puedo amar a Bella y puedo amarte a ti.

—¡Eres asqueroso! —Volvió a gritar— ¡Me estás pidiendo que sea tu amante! —quiso dejar hasta allí aquella charla, si se le podía llamar así. Caminó hasta la puerta esquivado a Jasper, pero él no se quedaría tranquilo. La retuvo antes de salir del cuarto, agarrándola otra vez por el antebrazo y haciéndola girar frente a él.

—Alice, por favor…

—¡No, déjame!

Jasper no dijo nada más. La hizo callar con su boca sobre la de ella. Alice se resistió y luchó para zafarse, pero él que era más fuerte no la dejó ir.

Renée, escondida detrás de la puerta de la habitación, oía con incredulidad aquella conversación, debatiéndose si intervenir o no. Cuando hizo además de entrar, dio dos pasos hasta la recamara para entrar en esta, cuando la imagen de Alice y Jasper besándose la paralizo. Antes que estos pudiesen percatarse de su presencia, retrocedió mientras cubría su boca con ambas manos para detener el gemido de horror que luchaba por salir de ella.

"¡Por Jesucristo, qué es lo que está pasando!... ¡Mi pobre Bella, mi pobre niña…!" se lamentaba, corriendo hasta su cuarto, donde cobardemente se encerró para esconderse y poder llorar por semejante barbaridad de la que había sido testigo.

Alice lloró durante lo que duró el beso, sufría por una especia de dualidad en su interior. Una parte odiaba a Jasper y lo que estaba haciendo con ella, intentando manipularla con sus sentimientos, y la otra disfrutaba de ese desfachatado beso, con esos labios que tantas veces en silencio soñó besar. Aunque no de esa manera.

Pero la parte sensata se impuso, sin dejarse llevar por ese beso, logró apartarse para estampar con fuerza su mano en la cara de Jasper, lo empujó con rabia y corrió escaleras abajo, hasta llegar a la puerta principal, por donde salió arrancando hasta a un parque a una cuadra de la casa.

Se sentó en la primera banca que vio y afirmó sus brazos por sus codos sobre sus muslos y su cara escondió en las palmas de sus manos, donde sollozó con cansancio y dolor.

Se sentía mal; si en otro momento él le hubiese hecho esa propuesta, ella habría dicho que sí, sin dudarlo y eso la hacía sentirse traidora con su hermana, pero su cariño y compromiso con Michael la habían rescatado.

"Dios… que se vaya… quiero estar en paz… que se aleje de mí…"

Si alguna vez lo deseó cerca, ahora lo quería lejos, bien lejos de ella. Jasper era como el demonio, la tentaba a hacer algo que terminaría por destruirla y destruir a su hermana en el proceso.

Lloró de pena, de rabia y de frustración; no quería sacar conclusiones, no quería pensar, no quería ni imaginarse lo que hubiese pasado si ella… hubiese accedido.

Bella, que en ese mismo momento venía conduciendo su coche de regreso a su hogar, después de dos horas de burocracia, estaba ansiosa por llegar a casa y ver a su hijita, que parece estaba creciendo con rapidez. Estaba sana; eso la tenía muy tranquila y feliz. Todo era perfecto; su marido, su hija. Su familia era perfecta.

Detuvo el coche justo en la luz roja del semáforo a un costado del parque, donde aprovechó para divagar por lo minutos que duraba la luz roja. Le gustaba ver jugar a los niños, o ver como paseaban a los perros… hasta que dio con una figura familiar, sentada en una de las bancas del parque, con su cuerpo curvado hacia adelante.

—¿Alice?

Aceleró cuando la luz dio en verde y giró hacia la derecha, buscando un lugar donde estacionarse. Cuando lo hizo, bajó rápidamente y caminó hasta su hermana, quien parecía ajena a su entorno alegre en el lugar.

—¿Alice, nena? —se sentó junto a ella, en tanto Alice se levantaba un poco sorprendida por saber a Bella allí. Secó sus ojos, tratando de esconder sus lágrimas, cuestión que no consiguió— Nena, estabas llorando, ¿qué pasa?

—Nada… nada… es sólo que yo… —y otra vez soltó el llanto, dejando su cara sobre el hombro de Bella, quien no dudó en abrazarla, consolándola.

—¿Sucedió algo con Michael? ¿Pelearon o algo así?

Alice quería soltar todo lo que estaba reteniendo en su interior. Quería decirle a Bella de sus sentimientos por Jasper desde el mismo día que lo conoció, quería contarle que su depresión fue a partir de que él y ella salieron del país para radicarse allí; que fue hasta Estocolmo movida por el deseo de volver a verlo, además de estar con ella y conocer a su sobrina; y que Michael era su salvavidas, el hombre que la rescató con su cariño de cometer alguna estupidez con Jasper.

Quería decírselo, pero no lo hizo. No era tan valiente como para reconocer eso. Sólo tenía miedo de que Jasper pudiese insistir con ella y hacer sufrir a Bella…

—No sucede nada con él. Yo sólo salí a dar un paseo y bueno, no pude evitar ponerme triste, sabiendo que en un par de día tú, la niña y nuestros padres regresarían y yo me quedare aquí —soltó aire ruidosamente y agregó— Me harán mucha falta, los extrañaré demasiado.

—Alice, — tiernamente, Bella peinó el cabello de su hermana mientras le hablaba— sabes que no pasará nada si cambias de opinión y decides regresar. Michael ni nadie puede empujarte a tomar una decisión así, ¿lo sabes, verdad?

—No estoy siendo presionada —mintió lo mejor que pudo, aunque no del todo— Yo sólo siento que debo quedarme aquí, quiero hacerlo, no tan solo por Michael, sino por mí misma.

—Oye, no lo dudo, pero me preocupa que te quedes triste aquí. Sólo quiero que seas feliz, nena, así como lo soy yo…

Alice observó a su hermana por unos segundos antes de preguntar —¿Eres completamente feliz, Bella?

Bella sonrió y respondió sin mostrar dudas —Soy absolutamente feliz, Alice. Sé que la vida no será miel sobre hojuelas o color de rosas, pero tengo al hombre que amo y que me ama a mí lado, tengo a una hija que es un regalo de Dios, tengo a mis padres, te tengo a ti y con eso me bastará para afrontar cualquier cosa.

La pequeña hermana dejó caer una lágrima y se abrazó con fuerza a su hermana. Mientras la abrazaba, se mordía la lengua para decirle que abriera los ojos con Jasper, que no era el hombre que ella suponía… pero decidió callar otra vez, esperando no verse arrepentida en el futuro.

—¿Estas mejor? Debemos regresar. Papa y Mary ya han de haber regresado de su paseo al igual que Jasper de su trabajo.

Alice tensó su cuerpo y se arregló su cabello para distraerse. No estaba segura si debía regresar tan pronto, así que declinó de ir con Bella —Creo que iré a ver a Michael, quedamos de comprar algunas cosas…

—Entiendo, pero regresa para la cena.

—Claro, no te preocupes.

—Llévate el auto. Yo caminaré hasta la casa, tengo que seguir guardando la ropa en las valijas, y tu sobrina tiene tanta que tendré que comprarle otra maleta —se carcajeó, levantándose y llevando con ella a Alice hasta el carro.

Se despidieron con un beso y un abrazo, antes que Alice se metiera al coche y Bella siguiera su camino hasta la casa.

Alice puso las llaves en el contacto del coche, haciendo ronronear al motor. Antes de ponerlo en marcha, afirmó su nuca en el respaldo y suspiró —¡Dame fuerza, Dios mío! —Encaminando el coche enseguida hacia el apartamento de Michael; su refugio.

Jasper en tanto, caminaba como león enjaulado dentro de su dormitorio de un lado a otro. Con su reacción frente a Alice puso en peligro la integridad de su matrimonio, pero tenía que aprovechar la oportunidad de persuadir a Alice y ese momento se le presentó como la ocasión que esperaba.

Se paró frente a la ventana y retrocedió el tiempo en su cabeza.

Alice desde siempre fue para él una chica por la que sintió mucho cariño por ser la hermana menor de Bella, de su verdadero amor. ¿Pero desde cuando sus sentimientos se torcieron? No podía hacerse el tonto, él desde hace mucho intuía que Alice lo miraba de otra manera, pero lo dejó pasar, hasta que ella vino a ver a Bella y la vio tan cambiada, tan mujer, pero con la misma mirada que dejaba entrever sus sentimientos por él.

Después apareció Michael, que se encargó de cortejarla desde el primer momento y vio que la mirada de Alice hacia él no era la de siempre, había cambiado. Ahora miraba a Michael con un toque de cariño, incluso algo de amor, así tal cual como antes lo miraba a él cuestión que lo enervó.

Celos. Eso se llamaba celos.

La obsesión y los celos: una mezcla para nada buena.

Demonios Jasper!" se increpaba por su falta de control. En ese momento, la imagen de su esposa lo remeció. Bella, su amor verdadero, la madre de su hija, su vida presente y futura, debían de ser suficiente para cortar de raíz con esas emociones malsanas… ¿por qué eso no era suficiente para frenarlo?

—Ya llegué —avisó Bella entrando de pronto, interrumpiendo sus pensamientos, se giró y vio entrar a su sonriente y hermosa mujer al dormitorio, lanzando despreocupadamente su bolso sobre la cama y caminando directamente hasta sus brazos. Se alzó sobre la punta de sus pies y besó sus labios.

Jasper cerró los ojos y respondió el beso, apretándola contra él.

—¿Te fue bien?

—Sí, bien. Pero estoy muerta, caminé de un lado a otro… —soltó un suspiro largo y dejó caer su rostro en el pecho de su marido.

—¿Qué sucede?

—Cuando venía hacia acá, me encontré con Alice en el parque. Estaba llorando.

Jasper se tensó y preguntó con disimulado nerviosismo —¿Te dijo por qué?

—Sólo me dijo que estaba triste porque nos marcharíamos y porque nos extrañará —comentó con preocupación, meciéndose suavecito aferrada a él.

—¿Crees que… crees que te estaba mintiendo?

—No lo sé. Quiero creer en lo que me dijo, pero algo me dice que hay más.

—¿Crees que se trata de Michael?

—No lo creo. Ellos se quieren, eso se nota —volvió a suspirar y se apartó para mirar a Jasper, alzando su mano para acariciar tiernamente su cabello— Yo solo espero que si él es el hombre para ella, pueda llegar a ser tan feliz como yo lo soy contigo.

Jasper sonrió con tensión y acercó a Bella para besar su frente y acurrucarla en sus brazos. Aunque la verdad, quería evitar el contacto visual con su esposa, porque en ese momento un remolino de confusión sobre sus sentimientos lo atormentó.

Confusión y vergüenza. Dolorosa tortura.

Bella no se merecía que él sintiera lo que sea que fuera eso por Alice, porque sus sentimientos de amor y deseo debían ser íntegramente para su esposa, cosa que no era así.

"Soy un maldito…"

—¿Tú, estás bien? —le preguntó Bella, interrumpiendo de nuevo sus pensamiento. El asintió con imperceptible movimiento de su cabeza y le respondió.

—Sí, salí antes porque acabé con el trabajo.

—¿Y no viste a Alice?

—Uhm… no —mintió— Subí directo aquí, pensé que no había nadie.

Dos golpes en la puerta del cuarto matrimonial los sorprendieron.

—Al parecer no estabas solo —susurró Bella sobre los labios de su marido, antes de apartarse un poco de él y decir "Adelante". La puerta se abrió y Renée apareció frente a ambos, con sus ojos rojos y rostro afligido. Pero sus ojos —que estaban llenos de reproche— miraron directamente a Jasper, quien no pudo evitar tensarse ante la taladrante mirada de su suegra. "¡Estoy jodido!" supo enseguida.

—¡¿Mamá?! —exclamó Bella, asustada, corriendo hasta su madre, interponiéndose entre ella y su marido— ¡¿Sucedió algo?! Estuviste llorando —puntualizó sin duda alguna. Renée sacudió su cabeza, mirando ahora a su hija con ternura y forzó una sonrisa para tranquilizarla.

—No pasa nada mi cielo, sólo estoy un poco sentimental —susurró hacia su hija —sólo venía a decirte que Charlie llegó del paseo con la bebé y que al parecer tiene hambre.

—Sí, voy enseguida con ella, pero ¿estás segura que todo está bien?

— Sí hijita, todo está bien.

Bella asintió y se hizo a un lado para ir a buscar a su hijita y alimentarla. Antes que Renée siguiera sus pasos, sus ojos volvieron a escrutar a Jasper, quien mantenía su tensa postura.

Pero no dijo nada, simplemente dio media vuelta y siguió a su hija para prestarle ayuda. Renée sabía que llegaría el momento de enfrentarse a Jasper, a Bella y a Alice. Porque por Dios lo haría.

/E.P/

Sin dar aviso, Renée entró en el cuarto de Alice, y cerró la puerta con algo más de fuerza de lo habitual. Se cruzó de brazos y la miró con rostro serio.

—¡ Usted y yo debemos hablar, señorita! —Esa autoritaria y no común exclamación en Renée, hizo que Alice sintiera su estómago contraerse de los nervios.

—¿Ma… mamá? —tartamudeó Alice.

—Explícame qué es eso que oí entre tú y Jasper esta mañana en tu cuarto, cuando discutieron y él terminó besándote Alice —dijo sin rodeos, esperando una respuesta igual de concisa por parte de su hija.

Alice abrió la boca y los ojos con igual desmesura frente a su madre —Ma… yo… yo no… —sacudió su cabeza y cerró los ojos por dos segundos, para nuevamente enfrentarse a ella con ideas un poco más claras— ¿Qué te parecía que ocurría, mamá?

—Soy tu madre, Alice. Necesito respuestas sinceras y claras… no dejes que saque conclusiones…

—Yo hace años me enamoré de Jasper —soltó sin poder retener las palabras en su boca, sobresaltando a su madre y antes que Renée pudiera decir algo, Alice prosiguió— Nunca hice nada por hacerlo notar, ni entonces ni ahora. Siempre mantuve fuera de alcance esos sentimientos, porque amo a mi hermana y la respeto por sobre todo, pero… pero Jasper ha cambiado de actitud conmigo. ¡Te juro mamá que no he dado pié para que él actúe así conmigo! Simplemente se molestó de que saliera con Michael… desde ese momento su actitud hacia mí fue diferente… pero ni aun así me he aprovechado…

Alice no pudo terminar de hablar, pues el llanto que luego salió de su boca se lo impidió. Cubrió su pálido y avergonzado rostro con sus manos, dejando un sollozo salir de ella. Renée, quien se mantuvo estática y sorprendida mientras su hija hablaba, reaccionó a su llanto; Alice no era una chica que mintiera, ni iba por el mundo dañando a nadie, mucho menos a su hermana, a quien adoraba; por lo que su declaración fue suficiente para saber que decía la verdad.

Caminó hasta ella y la cubrió con sus brazos, ofreciéndole su pecho maternal para llorar.

—Alice, por Dios… por eso te quedas aquí, por apartarte de Jasper…

—Mamá, por favor… —levantó su rostro y miró a su madre— Michael es mi puerto seguro… él entiende… entiende por lo que estoy pasando y me ha ayudado. Lo quiero mamá —dijo, dándole a entender que no sólo se quedaba por apartarse de Jasper y que su decisión iba mucho más allá de eso.

Renée asintió con la cabeza, comprendiendo el mensaje de su hija —Pero tendré que hablar con Bella, ella…

—¡No mamá, no lo hagas por favor! Las cosas volverán a la normalidad cuando él esté lejos de mí.

—No, Alice. Esto es algo serio de lo que Bella está completamente ajena y Jasper está faltándole, le está traicionando…

—No mamá, no ahora… ella acaba de ser madre y esto simplemente…

—Alice, no puedo callarlo. Lo hablaré más temprano que tarde con Bella…

—Ella va a odiarme, mamá…

—No lo hará si eres sincera con ella.

—Aun así mamá, dale tiempo de apartarse de aquí, de que las cosas retomen la normalidad. Quizás regresando a Chicago las cosas sean como siempre entre ambos.

Renée se mantenía escéptica ante la idea de que las cosas serian como antes, sobre todo en la actitud de Jasper. No sabía si la lejanía de Alice lo llevaría a sentar cabeza; pero por otro lado estaba su hija, Bella, en el limbo de toda esta situación.

—Llegando a Chicago hablaré con ella y con Jasper, Alice. Esto no se va a quedar así —sentenció, dándose un plazo prudente para intervenir. Finalmente en tres días estarían de regreso, por lo que no pasaría tanto tiempo.

Alice asintió conforme con el dictamen de su madre, volviendo a apretarse a ella para sentirse consolada y acogida por el amor de madre que Renée no dudaba en darle.

/E.P/

—¡Ya llegó el transfer! —gritó Hilda, que vigilaba por la ventana la llegada del transporte que los llevaría hasta el aeropuerto.

Todos comenzaron a moverse abriendo puertas y sacando valijas, a excepción de Alice, que aprovechaba sus últimos momentos con su sobrina, sosteniéndola entre sus brazos.

Bella, encantada por la imagen, se acercó hasta ambas y abrazó a su hermana.

—Odio pasar por esto de nuevo. Recuerdo cuando me mudé aquí y tú estabas tan triste.

—Las cosas ahora son diferente —susurró Alice, mirando a su hermana, recordando que aquella vez, en esa despedida había sufrido por el viaje de su hermana y la lejanía con Jasper, lo que ahora ciertamente agradecía— Pero te extrañaré de igual modo.

—¿Irás a vernos?

—Michael y yo viajaremos para Acción de Gracias, te lo prometimos. Quizás yo viaje para tú cumpleaños, todo depende de mis horarios de clases.

Bella sonrió hacia su hermana y asintió —Bien…

—¡Buenos mujeres! Estamos con el tiempo justo para llegar al aeropuerto —dijo Charlie, entrando a la sala donde se encontraban sus hijas a punto de estallar en una lacrimosa despedida.

Alice dejó a Mary en brazos de su hermana y esperó a su padre, quien tomó a su pequeña Alice, elevándola en sus brazos, como cuando era pequeña. Ella se sujetó de su cuello y no pudo evitar carcajearse— ¡Te portas bien!

—Lo intentaré, papá.

—Te quiero, Piojito

—¡No me digas Piojito! —golpeó su pecho en protesta por ese tonto apodo que su padre usaba con ella desde que era niña, pero enseguida volvió a abrazarlo— También te quiero, papá.

Enseguida fue el turno de Renée, quien intentaba mantenerse estoica después del choque de días atrás. Miró a su hija menos y tras abrazarla con fuerza, le susurró al oído — Sé feliz, mi Alice. Y no olvides que te amo y que estoy para ti para lo que sea que necesites.

Alice se apartó y miró a su madre y simplemente asintió, dejando que sus lágrimas se desbordaran de sus ojos.

Michael se despidió de sus suegros, de Hilda y de Bella, sin quitar su vista de la escuálida despedida entre Jasper y Alice, quien apenas se abrazaron por escasos dos segundos, en los cuales Jasper alcanzó a susurrar — No te olvidaré, Alice.

Ella se apartó, sintiendo el escalofrío recorrerle desde la cabeza a los pies con esas palabras de Jasper a las que no respondió. Se escapó hasta Hilda, quien sostenía a la pequeña Mary Elizabeth, a quien arrebató de sus brazos y acunó por unos segundos más — Linda Beth, te voy a extrañar. —Besó su cabecita y enseguida se la entregó a Bella.

La familia se metió al transfer mientras hacías señas con sus manos a modo de despedida a Alice y Michael, quienes se quedaron abrazados desde la puerta, devolviendo los saludos.

Cuando el coche marchó, Alice suspiró fuertemente y se volteó para esconder su rostro en el pecho de Michael.

—¿Estás bien? —preguntó él a su chica, que se mantenía aferrada a su cintura, ella simplemente con un ligero movimiento de la cabeza.

Esta era su oportunidad de dejar pasar todo y ser feliz, de no poner en riesgo la felicidad de su hermana, ni el amor que ambas se tenían.

~En Paralelo~

¡Per l'amor di Dio, Edward, non fare questo…! —lloraba y rogaba Giuliana, agarrando con violencia las solapas de la chaqueta de Edward, que había llegado esa tarde al departamento de ella para poner fin a su relación.

La italiana lloraba cada noche desde el día en que Edward anuncio que él y su familia regresarían a Estados Unidos. La peor de sus pesadillas se haría realidad y eso la estaba matando por dentro. ¿Qué sería ahora de ella? Su mente, su cuerpo y su corazón, ella por completo le pertenecían a Edward, y ahora que él se iba, su ausencia la dejaría completamente desolada.

Una semana pasó después que Edward le comentara sobre la decisión de regresar, y cada día Giuliana le marcaba a su teléfono o le dejaba mensajes desesperados, rogándole una oportunidad, pero Edward simplemente no respondía, hasta que con un escueto mensaje ese mismo día por la mañana, le avisó que la visitaría en la tarde para hablar.

Y así lo hizo.

Esa tarde Edward llegó al apartamento de Giuliana con la determinación de ser sincero, esperando que ella entendiera su posición. Pero al parecer no lo hacía, pues apenas él entró, Giuliana comenzó a llorar a borbotones, rogándole que no la dejara.

Edward puso sus manos sobre los hombros de la mujer, mientras le pedía que se tranquilizara, pero ella no lograba controlarse.

Amore, dammi una possibilità… —lloraba, hundiendo su rostro en el pecho de Edward— Amore mio.

Edward cerraba los ojos ante las suplicantes palabras de la mujer que lo acompañó en la clandestinidad por cerca de dos años. Él hubiese deseado retribuir todo ese tiempo que estuvieron juntos, siguiendo con las cosas como estaban, pero no podía ceder a sus peticiones, no en ese momento de su vida en donde no tenía ni fuerza, ni ánimo para nada más que no fuera su hija y su mujer.

—Giuliana, escúchame por favor… —con un susurro muy calmado dijo después de besar tiernamente y casi a modo de consolación el tope de la oscura cabellera de ella. Con suavidad la tomó por los brazos y la apartó.

Ella levantó su rostro y lo miró con ojos llenos de amor, y sintió un escalofrío al verlo. Su semblante era serio, cansado y sin duda triste. Había bajado un par de kilos, vestía completamente de negro y su barba color cobre estaba creciendo, haciéndolo parecer mayor. No dejaba de ser hermoso para ella, pero verlo así tan demacrado, hacía que en ella bullera el deseo de cuidarlo como su esposa no lo hacía.

—Edward, yo sólo quiero… yo sólo quiero estar contigo —respiraba con dificultad, pero estaba intentando acallar su llanto para poder hablar— Quiero acompañarte y sostenerte… como amante o amiga si quieres, pero por favor, te ruego que no me apartes, que no me dejes…

—No puedo, no puedo hacerlo —negó con un dejo de disculpa en sus verdes ojos— Tengo que terminar con esto.

—¡No, no, no! —Se apartó del agarre de Edward y jaló su cabello con desesperación— ¡Me muero si me dejas!

—Giuliana, por favor, no me digas eso, ponte en mi lugar —dijo él en tono conciliador, pero ella en un grito lo interrumpió.

—¡Y tú ponte en el mío! No puedes llegar de un día para otro a terminar conmigo, decirme que te vas… después de casi dos años juntos ¡No estás siendo justo!

Edward dio un par de pasos hacia atrás apartándose de ella, entrecerrando sus ojos —¿Qué no soy justo? —Preguntó con voz ronca, dolido— ¿Olvidas por lo que acabo de pasar? ¡Mi hija acaba de morir y no tengo el deseo ni el ánimo para nada más que no sea mi familia!

—¡Yo también siento dolor! Me duele tu abandono…

—¡No puedes comparar! —le gritó con rabia. No podía creer lo que esa mujer estaba haciendo— Tú podrás encontrar a alguien más y enamorarte, yo jamás recuperaré a mi hija.

—¡No quiero a nadie más, sólo te quiero a ti! ¡Yo te amo, Edward! —dio dos pasos hacia él, dispuesta a abrazarlo, pero él levantó su mano y la detuvo.

—Giuliana por favor, no hagas esto más difícil. Esto —dijo, señalando a ambos en un gesto desdeñoso— jamás debí permitirlo. No es justo para ti, no mereces ser la amante de nadie. Mereces a alguien que te ame locamente, y yo no puedo ser ese hombre, ni ahora ni en el futuro. Perdóname si te di falsas esperanzas, pero tarde o temprano yo regresaría a Norteamérica…

—Me voy contigo —sentenció, limpiándose las lágrimas— Me voy contigo a Chicago.

—Giuliana, no sacas nada diciéndome que me seguirás, pues eso no cambiará mi decisión. No te quiero a mi lado.

Edward podría haberle pegado una cachetada, pero el dolor no se hubiera comparado con las palabras que acababa de decirle. Fue duro y cruel y Edward lo sabía, pero debía ser así, pues sabía que Giuliana insistiría y la verdad, él no estaba para peleas con su amante. Tenía que cortar de raíz con ella y ese era el momento, aunque le rompiera el corazón.

—¿No me amas, verdad? —Preguntó ella, con voz temblorosa y el llanto floreciendo otra vez.

Edward suspiró y mantuvo su postura firme —Tú sabes la respuesta…

—Dímelo.

—No, no te amo.

La italiana llevó una mano hasta su pecho, el que sentía desgarrársele y lloró frente a él con amargura. Edward tuvo que meterse las manos a los bolsillos de su pantalón para no ceder ante la imagen tan dolida de Giuliana e ir hasta ella para abrazarla y consolarla, pero eso inconscientemente sería como darle esperanzas, aunque no fuese esa su intención.

Era cierto; él no la amaba, pero sentía un cariño por ella, el que lamentablemente no era suficiente para hacerlo cambiar de opinión.

—Perdóname, Giuliana —dijo en un susurro antes de caminar hacia la puerta y salir de allí. Ella sólo apretó sus ojos y con sus brazos rodeo su cuerpo evitando así, que callera en pedazos. No quería verlo, no quería seguir oyéndolo. Por lo que cuando sintió la puerta abrirse y volver a cerrarse, indicando que Edward se había marchado, abrió su boca para emitir un llanto desgarrador, cayendo de rodillas sobre la gruesa alfombra de su solitaria sala, donde lloró hasta que la noche llegó, sin traer para ella ningún tipo de alivio.

/E.P/

Edward se paseó por varios sitios de Venecia después que dejó a Giuliana en su apartamento. Necesitaba despejar su cabeza y relajarse un poco. Todo ese altercado con su ex amante, lo dejó peor de lo que él mismo esperaba. Edward sabía que ella sentiría pena por la separación, pero no tanto como él logro ver, dejándole claro que ella lo amaba incluso más de lo que suponía. Y odiaba que así fuera.

No quería causarle daño, pero sería peor el mal si él insistía con darle largas a esa relación que debió cortar hace tiempo atrás y que incluso sabía, jamás debió existir. No se trataba de ser un insensible frente al dolor de una mujer que merecía lo contrario a su indiferencia, se trataba de mantener su postura y darle la oportunidad de ser feliz con alguien que la ame y que salga por la calle tomado de su mano, sin esconderla por el miedo a ser reconocidos.

Él sólo quería que fuera feliz.

Cerca de las ocho de la noche llegó a su casa, la que ahora estaba más desocupada que de costumbre. Sus padres y su suegra se habían marchado hace dos días de vuelta a Chicago, por lo que en casa sólo quedaban su esposa, su hija y él.

Caminó directo a la acogedora cocina, lugar que siempre fue el punto de la casa donde todos solían llegar.

Allí se encontraba Lauren, en silencio, bebiendo un té helado sobre la encimera y bajo la cálida luz, mientras contemplaba los coloridos dibujos que colgaban de la puerta del refrigerador.

Edward caminó directo hasta ella y dejó un beso apretado en su cien. Ella alzó su mano derecha y acarició su prominente barba con ternura.

—Hola —susurró él, con sus labios sobre los risos castaños de su esposa.

—Hola —respondió Lauren con dulzura — ¿Te fue bien?

—Todo bien. Para dentro de veinte días está programado nuestro regreso. Nos da tiempo de finiquitar los asuntos de nuestros trabajos y la colegiatura de la niña.

—Hablé esta tarde con ella sobre eso, y está un poco confundida. Dice que le gusta la idea de volver a estar cerca de sus abuelos, de ver a su tía Rose y conocer a sus primitos, pero cree que su ángel se quedará aquí… ya sabe, Lizzie.

—¿Está dormida?

—No, está viendo dibujos animados. Después le prometí contarle un cuento.

—Hablaremos con ella más tarde entonces.

Edward se dirigió hasta el refrigerador y sacó una botella de agua helada, la que abrió al sentarse junto a su esposa en la isla de la cocina. Ella terminó de beber su té y jugueteó con la cucharilla, mientras se daba ánimo para comenzar a hablar.

—Has sido un excelente marido y un maravilloso padre, ¿lo sabías?

Edward le dio una pequeña sonrisa y la miró, alzándose de hombros —Ya sabes, hago lo mejor que puedo.

—Estaba recordando cuando te conocí en la universidad… me enamoré de ti apenas te vi…

—Lo sé cariño —extendió su mano hasta la mejilla de su esposa y la acarició— Nos casamos ese mismo año…

Lauren terminó la oración con la sonrisa que le provocaban esos recuerdos —Con sólo tres meses de relación y a escondidas de nuestros padres.

—Sí… recuerdo a tu padre persiguiéndome con la escopeta —asintió, perdido en sus recuerdos— Me alegra que el nacimiento de Lizzie le bajara el odio por mí.

—¿Crees que hicimos las cosas con demasiada rapidez, Edward?

Él frunció su entrecejo y la miró con confusión —¿Por qué lo dices?

—Cómo fue que ese loco amor se fue quedando en el tiempo…

—¿Lauren, de qué estás hablando?

—De lo que tú y yo sabemos, Edward —dijo tranquilamente. Dejó la taza a un lado y se giró sobre el banquillo para quedar de frente a Edward, quien no quitaba su rostro de desconcierto. Buscó las manos de su marido y las tomó entre las suyas— Eres y siempre serás el hombre más importante de mi vida, Edward. No lo dudes jamás.

—¿Por qué siento que tus palabras son como una despedida?

—Porque de algún modo lo son —soltó las heladas y blancas manos de Edward y dejó las suyas sobre su regazo. Suspiró antes de continuar— Este es el momento de mi vida en el que siento más confusión. Una mezcla de extraña paz con un dolor que se alberga en mi corazón que no puedo ni nunca podré desterrar por la muerte de mi niña… —tragó grueso, pues siquiera nombrar la muerte de su hija la hacía querer llorar— Las fuerzas no me dan para seguir sosteniendo esto, Edward. Sabemos que nuestro matrimonio ha estado en caída desde hace años y que lo hemos mantenido por nuestras hijas y por nuestras familias, pero…

—Yo te quiero, Lauren.

—Y yo a ti, Edward, pero el cariño que ahora siento por ti es diametralmente diferente al loco amor que sentía por ti hace años.

Él negaba con la cabeza, en desacuerdo con Lauren —Es diferente. Hemos crecido, el amor se transforma, pero sigue estando…

—Edward, mírame a los ojos y dime que tu amor ha sido tan firme y fiel durante todos estos años —lo desafió sin perder la tranquilidad en sus ojos y en su voz. Edward se hizo hacia atrás y comenzó a respirar algo más pesado, mientras su corazón palpitaba más rápido de lo normal.

Tragó grueso, mientras su mano desordenaba su ya largo cabello —Lauren, yo… yo he cometido errores, pero…

—Me has sido infiel, ¿verdad? —la pregunta fue una retórica, pues más que buscar una respuesta por parte de Edward, buscaba la constatación de un hecho que ella conocía, del que había hecho oídos sordos.

— Lauren, por favor —suplicó, bajando sus ojos con vergüenza.

—Asumo que en otro momento te hubiese despellejado y hubiese recorrido Venecia buscándola a ella para despellejarla también. Pero entiendo que la buscaste por necesidad —suspiró y lanzó su revelación— Por la misma necesidad que yo busqué a otro hombre también.

—¡¿Qué?! —Edward puso sus puños tensos sobre la superficie de la isla, como signo de su tensión, hablando con la mandíbula apretada— ¡¿Qué estás tratando de decir?! ¡¿Tienes un amante?!

—Lo tuve. Y te pido perdón por eso.

—¡Jesús! —Se levantó del banquillo y caminó por la cocina, digiriendo la confesión de su esposa— ¿Qué pretendes diciéndome todo esto en este momento?

—Pretendo que me entiendas —se levantó y caminó hacia él hasta llegar a tomar sus manos con delicadeza— Ahora sólo tengo cabeza para ser madre… quiero ocupar todo mi tiempo en Grace. Necesito acostumbrarme a este dolor también, porque viviré con él; —lo miró y rectificó— viviremos con ese dolor por el resto de nuestras vidas.

—Yo también necesito tiempo para mi hija y para adecuarme este dolor, pero podemos hacerlo juntos, Lauren, como marido y mujer.

—No como matrimonio, Edward, ya no más. No me quedan fuerzas para sostener esta relación. No nos amamos, Edward-, ya no te amo como para luchar por esta relación.

De alguna manera, Edward pudo ponerse en los zapatos de Giuliana a quien horas atrás, dejó sola y llorando porque él le había dicho algo similar a lo que su esposa ahora estaba diciéndole; pero lo que había entre Lauren y él era algo más sólido y trascendental para su vida. Su relación con Giuliana, por cruel que sonara, había sido una equivocación.

—¿Cómo… cómo supiste que tenía una amante? —preguntó con cautela, asumiendo casi indirectamente su relación extramarital.

—No soy tonta, Edward. Las mujeres intuimos esas cosas; hay señales, actitudes que delatan a los hombres.

Edward abarcó a su esposa entre sus brazos y besó su frente con vehemencia y allí susurró su perdón —Soy un maldito estúpido, Lauren. Perdóname por favor e intentemos salvar esto. Nos necesitamos ahora más que nunca, te necesito para superar este dolor.

Ella lo rodeó por la cintura, apretándolo fuertemente, con su cabeza sobre su pecho y habló con mucha mesura y tranquilidad —Y nos tendremos, Edward. Me tendrás a tu lado como amiga, como la madre de tus hijas, pero no como tu esposa; siempre tendrás mi apoyo incondicional, siempre… así como sé que tendré el tuyo.

—¡Por Dios, Lauren! —Bajó su cara hasta el hombro de su mujer, no pudiendo detener el llanto. Ella acarició su cabello con ternura, como si se tratara de un niño que lloraba en su hombro y no de su marido.

Por varios minutos Edward lloró por lo que pensó era el pago de sus males. Porque las tristezas que caían sobre él bien podrían ser el castigo que merecía. Se merecía estar solo, con la pena de su hija muerta cayéndole encima y torturándolo. Por hacer sufrir a Giuliana y a Lauren, se lo merecía.

Se atrevió a levantar la cabeza y mirarla con sus ojos llorosos. Ella, con una ternura que quizás su pena de madre acrecentaba, limpió sus rastros de lágrimas y acarició su cabello, peinándolo con delicadeza.

—Perdóname Edward. Perdóname por no ser la mujer que esperabas, por no tener fuerzas para luchar por nuestro matrimonio, pero… —esta vez fue a ella a quien se le quebró la voz— pero el dolor por Lizzie me consume… y yo ahora sólo quiero vivir para Grace, pasar mi tiempo con ella…

—No me pidas perdón —dijo, acariciando los rizos castaños de su mujer —No tengo nada que perdonarte. Los dos hemos fallado, hemos hecho cosas que han desgastado nuestra relación, y tienes razón, ahora lo importante es Grace, debemos ser fuertes por ella, concentrarnos en ella.

—Gracias Edward.

—¿De todas formas, querrás regresar a Chicago?

—Sí, por supuesto.

Él asintió y no quiso dejar pasar la pregunta —¿Y sobre el divorcio…?

—Yo prefiero que no habláramos de eso ahora.

—Y yo creo que deberíamos hacerlo. Si no hay marcha atrás, es mejor dejar todo claro en este momento.

Ella suspiró, y volvió a recostar su cabeza sobre el pecho de Edward —Está bien, pero no hablemos de estos con Grace hasta que estemos en Chicago, por favor.

—¿Crees que lo entienda?

—Preguntará por qué no estamos viviendo juntos…

En ese momento, unas pequeñas pisadas acercándose hasta la cocina, distrajeron a la pareja. Ambos limpiaron los rastros de lágrimas para no asustar a la niña y sonrieron esperando que la niña apareciera por la puerta.

—¡Mami, mami, mami, mami! —corriendo y como un torbellino entró, encontrando no sólo a su madre, sino también a su padre, quien en cuanto la vio, extendió sus brazos, invitándola a ir hasta él. La pequeña entendió perfectamente la invitación y corrió hasta su papito, saltándole encima— ¡Papito!

—Hola, princesa.

—¿Ya acabaron tus dibujos animados? —preguntó Edward, meciéndola de un lado a otro.

—No, —graciosamente, jugueteó con el pelo de sus papá —es que tengo hambre…

—¡Pero si ya comiste! —exclamó su madre, acariciando su espalda— ¿Quieres un vaso de leche?

— Leche con galletas de chocolate.

—¡Eres una golosilla! —exclamó Edward, haciéndole cosquillas, retorciéndose Grace de la risa sobre sus brazos. Cuando la niña suplicó que acabaran las cosquillas, Edward la sentó sobre la isla, mientras Lauren iba a preparar el bocadillo de la niña.

—Papi, mami me dijo que volveríamos a casa con el abuelito Carlisle.

—Sí cariño, es verdad, ¿te gusta la idea?

—Sí, pero… —rascó su cabecita con el dedo índice, un poco confundida— ¿y Lizzie?

—¿Qué sucede con ella?

—Ella se quedará aquí solita…

—¡Oye! Los ángeles pueden viajar a cualquier lado, más rápido que nosotros. Incluso, pueden ir y venir de un país a otro en cosa de segundos… ¡Son ángeles, trabajan con Dios!

—¡¿De verdad?! —preguntó ella embelesada con la idea de que su ángel personal se trasladara con tanta rapidez de un lugar a otro.

Edward asintió con su cabeza totalmente convencido —Además, Lizzie es nuestro ángel, es parte de nuestra familia, no nos dejará solos, sea donde sea que nos movamos ella nos acompañará, ¿o crees que ella nos abandonaría…?

—Ella me dijo que siempre estaría conmigo.

—Y Lizzie no mentía, así que no tengas miedo.

—¡Sí, papi! —respondió con entusiasmo. Enseguida volvió a fruncir su ceño en señal de una nuevo cuestionamiento en su cabecita —¿Y viviremos con tata Carlisle, o con la abuelita Greta?

Antes que Edward respondiera, un poco sorprendido por la pregunta de su hija, Lauren tomó la palabra e intervino, respondiéndole a su hija —Pasarás tiempo en ambas casas —indicó, poniendo un vaso de leche frente a ella y un plato con galletas de chocolate. Grace se quedó mirando por segundos a su madre, procesando la idea, la que finalmente le agradó.

Momentos después, padre e hija comenzaron a jugar, chocando sus manos y riendo, mientras Lauren los contemplaba con una sonrisa, pensando en lo maravilloso que hubiese sido que su matrimonio hubiese salido adelante. Pero debía reconocer que en cuanto le dijo a Edward lo que la atragantaba, se sintió más liviana y en paz consigo misma. Sintió que Edward aceptó la decisión no por complacerla a ella, sino porque él también sabía que era lo que debían hacer.

Su pena de madre sería parte de ella por el resto de su vida, pero se levantaría cada mañana impulsada por esa pequeña niña, su tesoro, para seguir y salir adelante. Viviría por y para Grace y no se dejaría hundir por el dolor, por muy fuerte que este se sintiera dentro de su pecho. No dejaría que el dolor de la muerte, la derrotara y la consumiera; se impulsaría a seguir adelante movida por el amor de madre y los años de felicidad que vivió junto a su Elizabeth. Lloraría lo que fuese necesario llorar, pero tomaría aire después de cada llanto y continuaría su camino, tomada de la mano de su pequeño y hermoso tesoro.

—¡Ey, mami! — gritó Grace en dirección a Lauren, quien se había perdido en sus pensamientos. La niña estaba en brazos de Edward, después de haber bebido su vaso de leche y haber comido un par galletas. Estaba lista para irse a dormir.

—Sí, sí — asintió ella, caminando hacia ellos— Vámonos por un cuento antes de dormir, ¿qué quieres leer?

—Uhm… ¡Peter Pan!

—¿Otra vez? —preguntó, cargando ella ahora a su hija hasta el dormitorio.

— Entonces Dumbo, ¡O Pinocho! —respondió la niña.

Edward refutó la decisión de su hija — Oye, esos cuentos son viejos, tan viejos que incluso a tus abuelos se los leían cuando eran niños… —Lauren lo miró, tratando de reprocharlo, pero su sonrisa la delató, por lo que Edward continuó— ¿Qué tal Shrek o Toy Story?

—Oh… ya me vi las películas… — protestó ella, rebatiendo de regreso la proposición de su padre.

De cualquier forma, no pudieron convencerla a leer algo más contemporáneo en literatura infantil. Ella prefirió los clásicos, pero como siempre quedándose dormida a mitad del cuento.

Lauren y Edward se quedaron por más de una hora velando el sueño de la niña, que ya dormía plácidamente y con una sonrisa en su rostro. Esa genuina y tranquila sonrisa era lo que motivaba a estos padres a seguir adelante y aunque su matrimonio no hubiese funcionado, su compromiso por la felicidad de la pequeña Grace era inquebrantable.

Eran sus padres, y lucharían porque esa tranquilidad con la que ahora la niña dormía, no fuera interferida por nadie ni por nada.


¿Les gustó?

No sea malvada y deje su comentario =)