A todas mil lindas niñas, mil gracias como siempre por acompañarme. Les dejo capítulo, espero que lo disfruten.

Mil gracias a mi hermosa beta Gaby Madriz por ayudarme a mejorar esta locura

Besos a todas!


6. Retorno y confesiones.

"El tiempo sin respuesta me pide estar aquí

no hay bienvenidas para dar

ni forma de partir..."

/E.P/

La tarde del día ocho de Junio, Lauren, Edward y Grace decidieron dar un paseo por uno de los más hermosos y amplios parques que a ellos como familia les había tocado conocer: el Parco delle Remembranza, o Parque del Recuerdo. En este parque, cada árbol plantado conmemora a un caído de la Segunda Guerra Mundial, de allí la razón de su nombre. Es por eso que la familia Cullen sintió que aquel era el lugar perfecto para la conmemoración que celebraban ese día: ocho de junio, dos meses de la muerte de Elizabeth, una pequeña guerrera caída después de batallar por nueve meses contra el cáncer. Una aguerrida y valiente guerrera.

–Dos meses… –susurró Lauren, sentada junto a Edward en uno de los bancos del parque, mientras observaban a Grace corretear mariposas sobre el césped.

–Dos meses y lo siento como si fuera ayer.

Lauren le miró y apoyó su cabeza sobre su hombro, suspirando, las palabras de Edward eran tan ciertas, pues los días pasaban tan lentos desde que Elizabeth falleciera; en contraste para ella con los vertiginosos y cortos ocho años en donde la alcanzó a amar y a disfrutar.

Fue imposible para ella no recordar el momento tan sorpresivo en el que supo que estaba embarazada, apenas dos meses después de haberse casado clandestinamente con Edward.

Ambos se conocieron en la escuela de derecho de la universidad, mientras ella cursaba su primer año. Tenía apenas dieciocho y Edward, un año mayor que ella, iba en el segundo año, por lo que apenas se topaban en un par de clases o en la biblioteca, pero para ella esos furtivos encuentros fueron suficientes para saber que se había enamorado perdidamente de él, que a su pesar, se paseaba de arriba abajo en compañía de su novia y su hermético grupo de amigos.

Un mes mirándolo a escondidas… al menos eso era lo que pensaba ella, pero la verdad era que esa chiquilla de risos castaños y ojos celestes como el cielo, habían logrado cautivar a Edward, quien en cuanto tuvo la oportunidad, una noche en la biblioteca, sin siquiera cruzar un saludo o una conversación, la acorraló entre los estantes de libros y simplemente la besó.

Así comenzó todo. Un fulminante amor que los unió y que los hizo cometer la locura de casarse, justo dos meses después que Edward la besara por primera vez. La verdad es que ni siquiera se lo cuestionaron, sólo pidieron una hora para casarse en el registro, llevándose con ellos a cuatro de sus amigos por testigos, entre ellos la ex novia de Edward, con quien ahora compartían una estrecha amistad.

A pesar de todo, la boda fue muy emotiva y ambos se sentían muy tranquilos y seguros con la decisión que habían tomado, no compartiendo ese mismo sentimiento con sus respectivos padres, quienes pusieron el grito en el cielo cuando se enteraron el fin de semana siguiente, cuando los recién casados organizaron un almuerzo para sus familias, en donde lanzaron la noticia, que cayó como una bomba.

Clarence —difunto padre de Lauren— después que su hija le contara semejante barbaridad, se levantó de la mesa directamente hasta Edward, con la intención de romperle su lindo rostro hasta desfigurarlo; Carlisle y Esme estaban en shock, y Greta simplemente se desmayó.

En resumen, ninguno lo tomó muy bien.

Esa percepción de los suegros cambió dos meses después, cuando confirmaron la llegada de Elizabeth, quien unificó de alguna manera a ambas familias. Todo fue perdonado y aceptado cuando supieron que nacería la primera nieta para ambos pares de abuelos.

—Estás pensativa —susurró Edward. Lauren levantó la cabeza y lo miró, esbozando una pequeña sonrisa.

—Estaba recordando —contestó, a lo que él asintió.

—¿Cosas buenas?

—Cosas buenas —confirmó ella, desviando luego su mirada hasta la pequeña Grace, que ahora estaba tendida sobre el césped jugando concentradamente con algo.

Esta vez fue el turno de Edward de quedarse pensando sobre hechos más recientes entre ellos, y es que al parecer aquel tranquilo lugar era propicio para ello.

Era algo tragicómico que ambos se estuvieran tomando tan bien el asunto de la separación. Cuando Lauren lo sorprendió con su decisión, él bien podría haberse negado tajantemente, sobre todo después que le dijera que ella también le fue infiel, pero nada de gritos ni amenazas ocurrió entre ellos. Muy por el contrario; allí estaban ambos, viviendo juntos y en armonía los últimos días que les quedaban en ese país, pues regresando a Norteamérica, cada uno tomaría su camino, pese a que estos seguirían unidos por un importante e inquebrantable lazo: el amor por su hija y el dolor por la pérdida.

Eso mismo había sido que aquella decisión la tomasen ambos con tanta calma y naturalidad. Raro o no, era la mejor manera de afrontarlo.

Lauren se quedó contemplando por unos segundos a su pensativo compañero para luego preguntarle —¿Retomarás el trabajo cuando regresemos a Chicago?

—Sí —afirmó él de inmediato— No quiero estar desocupado cuando lleguemos. Hay un puesto esperándome en el bufete de papá… y a ti también, lo sabes.

—Quiero aprovechar de visitar a mi abuela en el campo, apartarme un poco de la ciudad, aprovechar las semanas de vacaciones de Grace, si es que no te importa que vaya con ella, claro.

—Ella estará feliz de ir y de ningún modo de molesta.

—Cuando inicie el año escolar estaremos de regreso a la ciudad, —informó a Edward —pero yo no estaré preparada para regresar todavía.

—¿Pretendes quedarte una temporada afuera?

—Pretendo estar un tiempo Alaska.

—¿Alaska?

—Sí, tengo familia allí.

—Sé lo de tu familia ahí, pero, ¿no crees que es algo lejos? Grace te extrañará…

—Hablaré con ella mientras estemos en el campo, estoy segura que me entenderá. —Explicó, segura de su decisión— Necesito esta… especie de retiro para enfrentarme a la realidad, además, no será mucho tiempo.

Edward giró su cuerpo para quedar frente a Lauren —No pondré obstáculos si esa es tu decisión, pero júrame que de necesitar a alguien, para lo que sea, seré el primero a quien llames —solicitó, tomando las manos de ella entre las suyas— Prométemelo, por favor.

—Por supuesto que lo haré, Edward, no podría pensar en alguien más… —se acercó a él para abrazarlo fuertemente, sellando el compromiso. Después de unos minutos suspiró y se apartó—Bien, Sr. Cullen, debemos regresar a casa, apenas hemos empacado y en cuatro días nos vamos.

—Tienes razón —se levantó, divisando a su hija, concentrada en algún descubrimiento de entre el pasto— Voy por Grace.

La sorprendió haciéndose junto a ella sobre el verde —Oye, qué haces.

—Mira lo que encontré, papi —susurró la niña, indicando con una varita al bichito medio muerto que yacía entre la hierba —y parece que está dormido.

—¿Es una oruga, no? —preguntó Edward susurrando de regreso, a lo que su hija asintió.

—¿Crees que se transforme en mariposa pronto?¿Podemos esperarnos aquí hasta que eso pase?

—Quizás ella no se quiera transformar frente a nosotros. Además, no sabemos cuándo ocurrirá.

La niña torció su boca, arrugando su nariz frente al razonamiento de su padre —Nunca he visto como una oruga se convierte en mariposa…

—Podemos llegar a casa y buscar en internet un video para que puedas verlo, qué te parece.

Grace rodó lo ojos —¡No es lo mismo papá!

—Pero es lo que tenemos. Ya te dije, ellas no se transforman frente a desconocidos, ¿o tú te cambias ropa frente a cualquier persona?

—Pues no —asumió, dándole la razón a su sabio padre.

—Además, debemos hacer las maletas con tus cosas… ¡No queremos que se quede olvidado nada tuyo aquí, verdad!

—¿Las cosas de Lizzie también las llevaremos?

Esa era una buena pregunta, si bien era cierto, el cuarto de Elizabeth no había sido clausurado ni dejado como santuario, Lauren se mantenía firme en no botar ni regalar nada. Al menos todavía.

—Las llevaremos, claro que sí.

Grace asintió moviendo con fuerza su cabeza, conforme con la respuesta de su padre. No le parecía buena idea dejar allí las cosas de su hermanita. No porque ya no viviera en la tierra dejaban de ser suyas, quizás siendo ángel necesitaría de ellas, pensaba Grace.

Así, el trió familiar regresó a casa después de un ameno paseo, recordando "El día de Lizzie" como Grace lo había catalogado. Después de cenar, los tres comenzaron a trabajar empacando las cosas que se llevarían de regreso a Chicago.

Entre esos trabajos los cuatro días restantes en Venecia pasaron, llegando al fin el día del retorno. Si en un principio Grace estuvo dubitativa con la idea de irse de allí, ahora estaba convencida de que era lo mejor, además le ilusionaba la idea de pasar tiempo en el campo y montar a caballo, como su madre prometió.

Durante esos días, Edward recibió un sinfín de mensajes y llamadas por parte de Giuliana, pidiéndole que se reunieran para hablar y aclarar las cosas. Él no respondió ni a las llamadas ni a los mensajes; por un momento se sintió tentado a hacerlo, pensando en que debía despedirse de ella como era debido, pero recapacitando se dijo que de esa manera era lo mejor.

Por tanto en el más bajo perfil que pudo, el día once de junio, Edward, Lauren y Grace abandonaron la hermosa Venecia que los albergó por dos años.

Ese mismo días, Giuliana al ver la negativa de Edward para responderle, temerariamente decidió montar guardia fuera de su casa. Le daba igual que Lauren la descubriera o cualquier otro, no le importaba, lo único que deseaba era verlo y convencerlo de que no podían estar separados, que se necesitaba. Así de simple.

Estuvo allí hasta que entró la noche, no pudiendo divisar ninguna luz desde dentro de la casa de dos pisos. Eso la inquietó, defraudada puso su coche en marcha de regreso a su solitario apartamento, pero al día siguiente regresó a la calle donde Edward residía, para seguir con su guardia. Se lo juró, no se movería de ahí hasta verlo o hablar con él.

Un camión de mudanza guiado por un Audi negro conducido por una mujer se aparcó en la entrada de la casa después de una hora. Eso la alteró.

Vio como una elegante mujer bajaba del coche y daba instrucciones a cuatro hombres, mientras ingresaban a la casa. Ella, en una acción instintiva salió del coche y corrió hasta la mujer.

—Perdone señora —dijo ella en su lengua materna— ¿Puedo hacerle una pregunta?

—Sí, por supuesto —respondió la ejecutiva mujer.

—Veo que este es… que es un camión de mudanza…—tartamudeaba, divagando su vista entre la casa y el camión, mientras su cuerpo temblaba, esperando lo peor.

—Es lo que parece —respondió la mujer con ironía en sus voz, mirando hacia el camión.

—Quiere decir que esta casa…

—Esta casa se pondrá a la venta en cuanto esté desocupada —informó— ¿Por qué lo pregunta, está interesada? Yo soy corredora de bienes raíces, si gusta podemos…

Giuliana interrumpió el ofrecimiento de la mujer —¿Qué… qué pasó con sus dueños?

—El matrimonio de abogados regresó ayer a Norteamérica. Eran oriundos de allá —indicó la corredora.

Giuliana abrió sus ojos y dio un par de pasos hacia atrás, sintiendo que el aire se hacía escaso para sus pulmones después que la mujer le diera tan nefasta noticia. Puso su mano en la boca para detener el grito de dolor que amenazaba con salir de su pecho.

"No, no, por Dios… se fue… se fue…" sin más, dejando a la ilusionada corredora algo sorprendida por su reacción, dio media vuelta y corrió hasta su coche. Lo hizo andar y salió a toda velocidad de esa calle, pero no pudo seguir conduciendo. Dos kilómetros más allá tuvo que aparcar, pues las lágrimas nublaban su vista. Comenzó a gritar y llorar de dolor dentro del coche, golpeando el manubrio o jalándose sus propios cabellos, frente a varias curiosas miradas que pasaban por fuera.

—¡Edward, Edward, Edward…! —gritaba y lloraba desconsolada. Era el fin para ella; el amor de su vida se había ido, se había ido sin ella, dejándola rota, desecha y sola en esa maldita ciudad.

/E.P/

Después de dieciséis horas y media de vuelo, con escalas en Bruselas y Washington, Lauren, Grace y Edward llegaron al aeropuerto en Chicago, en donde la familia en pleno esperaba a los recién llegados.

La pobre Grace, un poco aturdida por el viaje, fue recibida por su tía Rosalie a quien no veía desde hace varios meses. Ella la cogió en sus brazos y abrazó a su sobrinita con fuerza, no pudiendo evitar llorar. La muerte de Elizabeth había calado hondo en ella pues la adoraba, igual que Emmett.

Esme abrazó a su hijo, y Greta hizo lo mismo con Lauren, enseguida Carlisle y Emmett saludaron a Lauren y a Edward, ayudando a este último con las maletas.

—¿Qué tal el viaje? —preguntó Esme, abrazada de su hijo por la cintura, mientras salían del aeropuerto.

—Agotador, sobre todo para Grace —admitió.

—¿Tú estás bien? —preguntó ella con ternura. Edward observó los ojos de su madre y le dio una escasa sonrisa que no llegaba hasta sus ojos.

En dos coches se repartieron para llegar hasta la residencia del patriarca de los Cullen, en donde se reunieron a cenar.

Era una casa amplia de tres pisos, ubicada en uno de los sectores más exclusivos de la ciudad. Con espacio para albergar a toda la familia, incluido a los recién llegados, Esme dispuso dormitorios para el matrimonio y la pequeña, suponiendo que estos se alojarían allí mientras encontraban algo propio.

Pero Edward y Lauren tenían otros planes, que seguramente no le harían ninguna gracia a su familia, partiendo por la idea de dejar ir a Grace con su madre por dos semanas y continuando con la noticia del divorcio.

Al llegar a casa, Grace sólo alcanzó a conocer y jugar por un rato con sus pequeñas primas en un salón contiguo al comedor, pero el sueño y el cansancio del viaje pudieron más, quedándose dormida sobre el sofá de esa sala.

—¿Por qué no acostamos a la niña en su cama? Rosalie y yo preparamos una habitación para la niña y otra para ustedes —indicó Esme a su hijo cuando encontraron a Grace profundamente dormida.

Edward miró a Lauren, quien asintió en acuerdo, él llevó a la niña entre sus brazos seguidos por Lauren y Esme, dejándola en su cama, profundamente dormida.

—Pueden acomodar sus cosas enseguida en la recamara que apartamos para ustedes —propuso Esme al matrimonio después de dejar a la niña en el cuarto, de regreso al comedor con el resto de la familia.

Lauren y Edward se miraron antes que ella se apresurara en responder —Te lo agradezco, Esme, pero yo me quedare en casa de mi madre.

Esme arrugó su frente —¿Pero por qué? Aquí hay espacio de sobra, lo saben…

—Mamá, —intervino Edward tocando su hombro— Lauren y yo tenemos que hablar con ustedes —dijo en tono serio, haciendo que a su madre le invadiera la tensión. Una punzada sobrecogió su pecho, como preparándola para escuchar lo que su hijo tendría que decirle.

Caminaron de regreso al comedor, donde se reinstalaron en sus sitios. Edward carraspeó para llamar la atención de su familia, antes de comenzar a hablar. Mientras antes, mejor.

—Le dije a mamá que Lauren y yo teníamos que hablar con ustedes —indicó, mirando a su esposa, quien asentía con la cabeza— Ya saben, nuestra vida ha cambiado del cielo a la tierra, y con ello nuestra percepción de la vida, que no es la misma de antes. Queremos hacer las cosas bien, como corresponde.

—¿Y qué significa eso, hijo?

—Significa que… —soltó el aire de sus pulmones y sin más lo anunció— Lauren y yo hemos decidido separarnos.

Todos en la mesa estaban sorprendidos y extrañados. Jamás, ninguno de ellos se esperaba una noticia como esa.

—¿Me puedes decir qué mierda es esto? ¿No hemos tenido suficientes golpes en este tiempo, como para que añadan más mierda? —espetó Emmett, observando directamente a su hermano, de quien suponía era la culpa.

—Hijo, por favor —pidió Esme tocando el brazo de Emmett, quien bufaba de rabia.

—Emmett, —intervino Lauren con mucha calma— no pretendemos añadir más dolor, al contrario. Desde hace tiempo, incluso antes de que Elizabeth enfermara, las cosas entre Edward y yo anduvieron mal. Que ninguno lo reconociera antes, es exclusivamente culpa de ambos. Ahora, como dijo Edward, miramos la vida con otro punto de vista, nuestra prioridad ahora es Grace y por ella queremos estar en paz, y eso lo conseguiremos siendo sinceros entre nosotros.

Lamentablemente ya no nos amamos, y eso mismo nos ha llevado a cometer errores… pero lo hemos hablado, nos hemos perdonado y solo queremos estar bien para nuestra nena. Yo no estoy lista para ser esposa ni amante, sólo quiero dedicarme a sanar y cuidar de Grace.

—Esperamos que lo entiendan —añadió Edward, agradecido por la tranquila fluidez de palabras de su mujer— Aún no hemos hablado con Grace, por lo que necesitaremos de todo su apoyo para que lo comprenda de la mejor manera. Sólo deseamos que sea feliz…

—¿Cómo puedes decir que la niña será feliz, si sus padres se divorciaran? —señaló Rosalie, impactada por la noticia, y muy preocupada por el bienestar de su sobrina. Lauren respondió sin vacilar:

—Un divorcio crea traumas en un niño, cuando se hace en medio de discusiones y malos tratos. Aquí no hay nada de eso, muy por el contrario.

Emmett se cubrió los ojos con la palma de su mano, negando con la cabeza —No puedo creerlo…

—Lo lamento, Emmett, pero ya lo hemos decidido.

—La niña y yo estaremos dos semanas en la hacienda de mi familia, en las afueras de la ciudad. —Avisó Lauren— Regresaremos a tiempo para que ella vaya al colegio, luego haré un viaje a Alaska sola, por un par de semanas más, así dejo que Edward pase tiempo con la niña.

—¡Es una locura que se divorcien justo ahora! —exclamó Emmett, golpeando la mesa— Se quieren, se han perdonado como dijeron, pueden arreglar todo y…

—¡Emmett, ya basta! —regañó Carlisle, quien se mantuvo silenciosos mientras su hijo y su nuera explicaban el por qué de su decisión.

Emmett no pudo más con todo eso y así de enfadado como se encontraba, se levantó y salió de la casa rumbo al jardín. Edward estaba extrañado por el comportamiento de su hermano, sabía que a su hermano le molestaría, pero su actitud seguía siendo extraña. Ya luego hablaría con él.

—¿De verdad es lo que quieren hacer? —preguntó Esme, con su voz algo quebrada, Edward miró a su madre, viendo su pena de abuela a través de sus acuosos y verdes ojos, los mismo que él heredó. Extendió sus manos sobre la mesa, buscando las de ella, las que él apretó con afecto y cuidado cuando las tuvo entre las suyas.

—Sí madre —respondió Edward casi en un susurró, mientras ella sólo asentía, dejando caer dos lágrimas por sus mejillas.

Esme había aprendido a amar a Lauren como una hija y por lo tanto, suponía un dolor muy particular que sus hijos se divorciaran, aunque después de la charla que ambas tuvieron en navidad, a ella no debería parecerle extraña esa decisión, pero después de todo lo que ocurrió con la muerte de su nieta… definitivamente, eran demasiadas emociones fuertes para ella.

—Bien, hijos —intervino Carlisle— No somos quienes para protestar por la decisión que han tomado. Podemos estar de acuerdo o no, pero sobre todo está el bienestar de ustedes y el de la niña. Al menos a mí me tranquiliza verlos tan en paz a ambos después de…

—La paz llega paulatinamente, papá —dijo Edward, mirando a su padre, pero sin soltar las manos de Esme— Seguimos llorando y extrañando a Elizabeth, pero por su memoria y sobre todo por Grace es que queremos estar y hacer las cosas bien.

—Lo entiendo, hijo. Tienen todo nuestro apoyo —respondió, tomando el hombro de su mujer.

—Bueno, creo que no hay nada más que decir —dijo Rosalie, levantándose lentamente de la mesa— Yo también los apoyo, chicos. Ahora voy por Emmett…

Edward miró a Rosalie —Déjame hablar antes con él, Rose

—Claro Edward.

Él se levantó, pasando a dejar un beso en la frente de su madre y un abrazo de agradecimiento a su padre, antes de salir rumbo al jardín, donde siempre encontraba a su hermano mayor cuando este estaba encabronado por algo o con alguien.

Así que mientras se acercó, soltó un suspiro grande, mientras en sus bolsillos rebuscaba su cajetilla de cigarros y sacaba uno para llevarlo directo a su boca y encenderlo. Probablemente necesitaría fumarse más de uno mientras charlaba con su hermano.

~En Paralelo~

—¡Mamá, estoy tan emocionada, es todo tan perfecto! —exclamó Bella exultante, después de cuatro días agotadores en los que se preocupó por reinstalarse en su casa, la misma que había dejado hace dos años cuando ella y su marido partieron a Estocolmo —Ya estamos completamente instalados, la casa es muy acogedora, el dormitorio de la niña quedó hermoso, es como una reproducción del cuarto que tenía en Suecia — entusiasmadísima comentaba a su madre los detalles de su nuevo hogar, pero Renée seguía muda del otro lado de la línea — ¿Mamá, sigues allí?

—Sí, sí Bella, te estoy oyendo…

—Dime una cosa, ¿por qué no has venido, eh? ¿Es por Hilda?

Renée al otro lado de la línea telefónica resoplaba y giraba sus ojos al solo nombre de la vieja metiche de su consuegra, quien prácticamente vivía en casa de su hija y monopolizaba a su nieta. Aunque la verdad si ella no había ido a casa de su hija era por otra cosa.

Lo sucedido en Suecia días antes de regresar a Chicago la atormentaba, persiguiéndola y recordándole que tenía una charla no agradable con Bella. Se estaban instalando y no quería perturbarla…

—¿Mamá, sigues allí? ¡Por Dios, me puedes decir qué sucede!

—Nada mi cielo, nada, y dime, esta tarde es tu entrevista con la directora de la escuela, ¿verdad? —preguntó, olvidándose de momento de sus tormentos.

—¡Sí! La Sra. Cullen me espera esta tarde ¡Estoy tan ansiosa, ma'!

—Me alegro, Bella.

—Y mañana vendrá Irina, la mujer que nos ayudará con las cosas de la casa y con la bebé durante los días que yo trabaje…

—Puedo encargarme de la niña mientras tú trabajas, Bella.

—Gracias mamá, pero de cualquier modo necesito a alguien que me ayude en casa. Por cierto, Hilda pegó el grito en el cielo cuando le dijimos que alguien más ayudaría a cuidar a la bebé, dijo que vendría a vigilarla, que era mejor ser desconfiada.

—Vieja paranoica…

—Mamá, te extraño, ven esta tarde y hablamos, así te cuento como me fue en la cita con mi jefa y aprovechas de ver a Beth, que te extraña…— dijo Bella, usando el nombre con el que su hermana Alice llamaba a su hija. Todos usaban ese nombre ahora para referirse a la niña.

Renée suspiró y cerró los ojos —Esta tarde estaré en casa… hay un asunto que debo hablar contigo —agregó esto último con tono serio, causando inmediatamente extrañeza en Bella.

—¡Ya sabía que algo sucedía! —Exclamó— ¿Pasa algo con papá? ¿O se trata de Alice?

—¡Ey!, cálmate, ¿sí? Esta tarde hablamos.

—Vale. Te veo esta tarde.

Madre e hija cortaron la comunicación. Renée dejó el auricular en su lugar y se hizo hacia atrás, afirmándose sobre el respaldo del sillón; cerró sus ojos y masajeó su sien con los dedos. "Dame valentía Dios mío…"

Por su parte, Bella corría hasta el closet y rebuscaba entre su ropa deliberando entre varios trajes sobre cuál sería el más apropiado para la entrevista con su nueva jefa, con quien sólo se había comunicado por correo electrónico.

Frente al espejo, sobrepuso sobre su cuerpo un vestido color azul, con cuello en v, que caía hasta las rodillas. Con unas sandalias negras y su cabello tomado se vería muy bien, pensó mientras se observaba. Enseguida se giró hasta el coche donde su hija jugueteaba con cascabel.

—¿Te gusta como se ve mamá?

La bebita soltó un sonido ininteligible —que para Bella fue como si le dijera "Sí mami, te ves perfecta"— fue la confirmación que necesitaba, se rió sola y dejando todo listo, llevó a la niña con Hilda, que estaba en la cocina viendo su telenovela y corrió de regreso para meterse a la ducha y prepararse para su cita de trabajo.

Dos horas después, Isabella estaba ingresando a la sala de espera, un lugar muy elegante, en donde una recepcionista le indicó que la Sra. Rosalie Cullen, directora de la escuela, la atendería en un momento. Mientras esperaba, divagó su vista por la sofisticada estancia de tonos pálidos, decorada en su justa medida por mobiliarios de tonos claros, plantas naturales y pinturas con motivos educativos. Sin duda, y por lo que sabía, ese colegio era exclusivo, de eso daba cuenta la limitada cantidad de alumnos que año a año lograban pasar las pruebas e ingresar.

—¿Señora Withlock? —llamó la secretaria a Bella — La directora la espera —indicó, señalándole la puerta.

—Muchas gracias.

Bella dio dos golpes a la puerta y desde adentro escuchó que una voz femenina que la invitaba a entrar.

Rosalie Cullen era la directora del colegio que sus padres levantaron hace ya más de veinte años. Estudió literatura y ejerció un par de años como maestra allí, pero prefirió desde hace tres años dedicarse a la administración del plantel, cuando su padre ya no pudo hacerse cargo de ese puesto.

—Profesora Withlock, adelante por favor —con tono seguro pero cordial, la imponente y rubia figura de Rosalie dio la bienvenida a la recién llegada maestra. Extendió su mano hacia Bella quien no demoró en contestar con la misma amabilidad— Soy Rosalie Cullen, encantada de tenerla por fin aquí. Sam Ulley dio excelentes referencias de su trabajo y su currículo da prueba de ello.

Bella sonrió en agradecimiento después de sentarse frente a la directora y comenzar con la amena pero siempre profesional charla de trabajo, girando en torno a la labor de Bella en el país y durante el tiempo que estuvo en Estocolmo, cuestión que a Rosalie llamó mucho la atención. Enseguida hablaron del trabajo que desempeñaría Bella con el curso de niños que tendría a su cargo, desde cuando tendría que comenzar, horarios, planes de trabajo y honorarios.

También tuvieron tiempo de hablar sobre sus propias hijas. Rosalie le contó que tenía dos gemelas, Susan y Sarah, de un año y dos meses y Bella a su vez le contó de su largo camino por ser madre de Beth.

—Bueno Bella —sonrió encantada la directora— Creo que harás un gran trabajo con los niños. Ahora, te llevarán a recorrer las instalaciones del colegio y te mostrarán cuál será tu sala de clases. Dame un segundo —levantó el auricular y solicitó a alguien venir hasta su oficina, dos minutos después llamaron a la puerta y la imagen de un hombre alto, fornido de tez morena, ojos oscuros y sonrisa amistosa saludó a Bella.

—¡Sam! —exclamó ella cuando le vio, abrazando enseguida a su viejo amigo a quien hace tiempo no veía.

—Bella por Dios, estás encantadora, más hermosa que la última vez que te vi…

—Oh, me harás sonrojas, Sam —respondió ella, aludiendo a una falso bochorno, pues con Sam solían piropearse en broma.

—Bueno, no quiero interrumpir su coqueteo, pero me temo que tengo otra reunión y además, mi marido y mis hijas esperan por mi —anunció Rosalie, interrumpiendo el reencuentro de los dos amigos. Ambos se apartaron enseguida ella habló y la miraron con algo de rubor.

—Claro, claro… perdone señora… —Bella no demoró en disculparse, no quería dar una mala impresión en su primer encuentro con su jefa.

Rose sonrió y negó con la cabeza —No, no, no Bella, soy Rosalie, ¿sí?

—Bien, Rosalie. Gracias por todo.

—No tienes que dar las gracias.

Sam y Bella salieron juntos y recorrieron las dependencias de la escuela mientras se ponían al día con sus vidas. Mientras ambos caminaban por los corredores, se encontraron con un hombre de figura imponente, de tez morena y ojos grises. Su cabello era corto y su cuerpo, bajo el informal jeans y la ajustada camiseta negra, dejaba entrever una trabajada musculatura.

Bella era casada, pero no ciega ni tampoco de piedra, por lo que tuvo que reprimir el chillido de admiración ante semejante adonis que desde que los vio, no dejó de sonreírles.

—Jacob, has regresado —dijo Sam, en tanto le tendía una mano para saludarle, Jacob asintió, sin dejar de mirar a la pequeña y sonrojada maestra, que a su vez no paraba de sonreírle.

—Sí, han acabado las vacaciones —asintió. Soltó la mano de Sam y tomó la blanca y delicada mano de Bella mientras se presentaba— Soy Jacob Black, uno de los psicólogos del plantel. Tú debes ser Isabella Withlock, la nueva maestra.

— Sí, soy yo. Encantada de conocerle —respondió ella al saludo, rozando en la formalidad. Jacob frunció sus cejas y negó con la cabeza

— Isabella, aquí nadie se trata de usted, así que acostúmbrate a tutearme, por favor. Además, no soy tan viejo, sólo tengo veintiséis —dijo, guiñándole un ojo. Bella bajó su rostro asintiendo, mientras Sam rodaba sus ojos, bufando al mismo tiempo.

—Bueno, Rosalie me pidió que le mostrara a Bella las instalaciones, ¿te nos unes, Jacob? —preguntó Sam a su amigo, quien descaradamente no dejaba de sonreírle con coquetería a Bella, quien a esas alturas ya estaba cayendo en el pozo del bochorno, incluso estaba un poco incomoda frente a la penetrante y abrazadora mirada del recién conocido Jacob Black, que a leguas supuso era un tipo seductor.

—Encantado de acompañarlos —respondió Jacob, uniéndose a la caminata de su amigo y de la nueva educadora, poniendo su mano en la espalda de ella, como para guiarla. Sam se percató de ese detalle, negando en silencio con su cabeza en desacuerdo al comportamiento de su amigo, quien olvidaba que Bella era una mujer casada, pues Jacob lo sabía, y olvidaba también el detalle no menor de su novia, Leah Clearwater, profesora de educación física de ese mismo plantel.

"Ah, Jacob, tú siempre desafiando y llamando a los problemas…" suspiró Sam pensando en aquello, y pensando que él tendría que tener con su amigo psicólogo una larga charla sobre su actitud con Bella.

/EP/

Renée tocó con el timbre de la casa de su hija, esperando encontrarse con ella y su nieta, a quien no veía desde hace unos días. Suponía que a esas horas estaría de regreso en casa, por lo que no llamó al salir rumbo allí.

Durante el camino, fue repitiéndose y convenciéndose que su hija merecía sinceridad por parte de ella, por tanto, reuniría el valor necesario para hablar las cosas claramente con ella. Esa actitud implícita de Jasper debía ser hablada y conocida por su hija, por mucho que eso le doliera.

Suspiró y esperó a que abrieran la puerta, sorprendiéndose al encontrar frente a ella a Jasper, su nervioso nuero que la miró como si estuviera frente a un fantasma. Este tragó grueso antes de saludarla con un tenso saludo:

— Renée, cómo estás…

—¿Mi hija regresó? —preguntó Renée con la voz fría como el hielo, irguiéndose y pasando por el lado de Jasper rumbo al interior de la casa, directo a la pequeña sala, donde para remate de sus males, encontró a la metiche de su consuegra con su nieta entre los brazos.

Jasper vaticinó lo peor con aquella visita tan inesperada de parte de su suegra. Cerró la puerta lentamente y se fue hasta la sala, donde encontró ahora a Renée con su hija entre los brazos, mientras su madre estaba frente a ella, cruzada de brazos, comentándole la barbaridad que se le había ocurrido Bellita al contratar una muchacha para que le ayudara.

Renée hizo caso omiso de lo que la urraca de Hilda hablaba, concentrándose en jugar con su nieta, y ver lo mucho que había crecido en los días que no la vio. Estaba hermosa: su cabello castaño claro con hermosos y brillantes ondas, sus pequeños labios y esos ojos tan grandes y achocolatados como los de Bella, curiosos por descubrir todo a su alrededor. Era sin duda la bebita más hermosa que le había tocado conocer en su vida

—¡Ya estoy en casa! —exclamó Bella tan solo entrar. El primero en recibirla fue el muy tenso Jasper, quien besó sus labios fugazmente.

—Que bueno que llegaste… uhm, tu madre acaba de llegar, está en la sala. Yo tengo que salir…. pendientes en la oficina —explicó nervioso, inventando aquello como excusa para salir corriendo cobardemente, no quería presenciar el estallido de la bomba que supuso ahí se detonaría. Bella, ajena a todos esos pensamientos de su marido, asintió y lo despidió, dándole otro beso en los labios, concordando a su regreso conversar sobre su primer día.

Caminó hasta la sala y una alegre sorpresa la invadió cuando vio a su madre jugando con su pequeña hijita:

—¡Mamá, que bueno que llegaste! —dijo, sentándose junto a ella en el sofá y abrazándola, para después dirigir su atención a la hermosa Beth, que estaba feliz de ver a su mama.

—¿Cómo te fue en tu reunión, hija? —preguntó Renée, entregándole a Bella a su hija.

—¡Oh! ¡Estuvo perfecta! Rosalie, la directora es encantadora. Tiene muchas expectativas acerca de mi trabajo y pues ya debo comenzar la próxima semana a preparar las clases y todo eso… ¡estoy feliz! —exclamó eso último, sonriéndole a Beth y dándole un juguetón besó esquimal.

—¡Yo me vendré a quedar con la niña desde la próxima semana! —intervino Hilda, intentando arrebatarle a la nena de los brazos de Bella, que por cierto, no la dejó.

— No es necesario, suegra —dijo Bella despreocupadamente— Irina comienza el lunes, además, será sólo por las mañanas que me ausentaré de casa, así que no hay razón para que usted venga y cuide a Beth.

—¡Pues vendré de todos modos! ¡No confío en una extraña para que cuide a mi nieta!

—Pues ni modo, Hila. Esta es la casa de mi hija y su marido, ellos toman las decisiones, a ti no te toca más que respetar lo que ellos ya decidieron, ¿no crees? —acotó Renée sin miramientos, provocando que Bella escondiera su risa y que Hilda pateara el suelo con sus zapatos de charol. Sin más dio media vuelta y se fue a refugiar a la cocina, dejando solas a madre e hija, riéndose de la actitud de Hilda.

—¡ Dios ma'! Te extrañaba…

—Lo siento nena, sabía que estarías atareada reubicándote… no quería molestar.

—Tu presencia aquí no molestaría jamás mamá, así que no digas eso —dijo Bella con sinceridad, acercando su mano a las de su madre que reposaban en su regazo— Y dime, ¿has hablado con Alice?

—Sí, anoche hablé con ella; se oye bastante feliz y tranquila, aunque nos extraña mucho. Me ha que Michael la trata muy bien y que los primeros día de convivencia han sido toda una hazaña para ambos… ya sabes cómo es ella de metódica con el orden y la limpieza, mientras Michael al parecer es todo lo contrario…

—Pobre de Michael… —dijo Bella sonriendo.

Se quedaron un momento en silencio, mientras Bella peinaba con ternura el cabello de su hija y le hablaba con palabras zalameras e infantiles. Renée en tanto, odiándose por romper esa burbuja entre su hija y su nieta, sabía que ese era el momento de comenzar a hablar, que era para lo que ella había ido ahí.

—¿Y cómo van las cosas aquí… entre Jasper y tú? —preguntó Renée, con nerviosismo, como tanteando el terreno, Bella frunció sus cejas y miró a su madre, extrañada por lo que le había preguntado. Y es que ella la conocía muy bien, por tanto intuía que algo ocurría.

—Perfecto. Bueno, él ha tenido mucho trabajo y eso hace que esté cansado e incluso a veces de mal humor, pero se le pasa rápido, ¿por qué lo preguntas?

"Allá vamos…" —Bueno, pues yo… Bella yo… hija, hay algo importante que debes saber…

—¡Ay mamá! Me estás alarmando, dime qué sucede.

—Se trata de… se trata de un comportamiento extraño que vi… una actitud de Jasper que me alarmó.

Bella tensó sus músculos y enderezó su espalda —¿Qué comportamiento es ese?

—Verás… oí que él estaba teniendo una conversación con… — se detuvo y en milésimas de segundo determinó salvaguardar a Alice, por tanto la omitió del relato —con alguien… como… como si fuera… como si fuera otra mujer…

—¿Mamá, de qué estás hablando?

—Hija, estoy preocupada, no quiero que nadie te dañe…

—Pues, no lo hagas tú entonces —exclamó exaltada, levantándose del sofá con su hija entre los brazos y caminando de un lado a otro en la sala. No daba crédito a las barbaridades que su madre decía.

—Déjame terminar, Bella —pidió ella, levantándose enseguida también para acercarse a su hija.

—¡Sé hacia dónde te diriges con esto! —le espetó, girándose para encararla. Bella estaba roja de la furia y su respiración agitada por lo mismo— Me dirás que oíste a Jasper hablar con alguien que no sabes quién es, pero piensa que es alguna amante, ¿no? Pues déjame decirte que Jasper me ama y que las cosas entre ambos no podrían marchar mejor, así que deja de andar imaginando, viendo cosas donde no las hay.

Renée no detuvo su llanto. Su mano con nerviosismo acariciaba una medallita que colgaba de su cuello con la imagen de la Virgen en ella, como pidiendo su iluminación —Hija, sabes que no te diría esto si realmente no me hubiese alarmado lo que oí. Me preocupas, cariño…

—Pues mas bien, yo creo que Jasper no ha logrado ganarse tu venia, mamá. Desde que Jasper y yo estuvimos separados, tú le has tomado una aversión que no puedes negar…

—¡Eso no es cierto!

—Pero te recuerdo que esa separación apenas duró tres semanas y nos ayudó a entender lo mucho que nos necesitamos y que nos amamos…

—¡Jamás tuve aversión por Jasper!

—¿Entonces por qué me estás diciendo esto, mamá? ¿Tanto te molesta que sea feliz con él y con nuestra hija?

—Bella, por Dios, no me mal interpretes y ponte en mi lugar… ¡Oí a Jasper, nadie me lo contó! —exclamó con desesperación.

—¡Basta ya, mamá! —exigió Bella y agregando con su mandíbula tensa para no sobresaltar a su hija— Te lo reitero: Jasper y yo nos amamos, y tenemos una hija a la que adoramos. Nunca podrá haber alguien que rompa lo que hemos construido con tanto esfuerzo. Nadie mamá, ni siquiera tú.

— Bella…

—Y si a eso has venido, te rugo que lo dejes hasta aquí —dijo con frialdad, y caminó con su hija en brazos, poniendo distancia entre ella y su madre— Yo estoy cansada y debo darle de comer a la niña.

Renée se levantó con la decepción y la tristeza pesándole más que nunca sobre los hombros, sentía que en ese momento una brecha se abría entre ella y su hija, quebrantando la relación entre ambas. El pesar más grande que jamás haya sentido se instaló en su corazón, sintiéndose arrepentida de haber abierto su boca. Deseó no haber oído a Jasper y a Alice, deseó no haber ido ese día para hablarle a Bella sobre aquello, deseó que nada de eso hubiera ocurrido.

Susurrando un adiós —que no fue respondido por Bella— con hombros caídos y lágrimas resbalándole por la cara, Renée salió a paso lento de la casa de su hija, quien estaba negada a escucharla, cegada seguro por todo lo nuevo que estaba viviendo, todo lo maravilloso y hermoso que había descubierto tras la maternidad.

¿Qué ocurriría entre ambas de ahora en adelante?

Bella abrazó a su hijita con fuerza entre sus brazos, cerrando los ojos y pidiéndole a Dios que le entregase claridad a su madre, guiándola por el camino del perdón hacia Jasper y el arrepentimiento por decir esas sandeces que ella no creyó en ningún momento.

—Oí cada palabra de Renée —Hilda se hizo presente en la sala donde Bella derramaba lágrimas en silencio aferrada al cuerpecito casi dormido de su hija. En ese momento más que nunca deseó que Hilda desapareciera, por lo que no hizo comentario alguno. De cualquier modo, la suegra agregó —Me alegra que no hayas creído una palabra de lo que dijo, mi hijo sería incapaz de engañarte, pero tu madre es una víbora viniendo a su propia casa a levantar calumnias.

Bella dirigió su vista llena de coraje hasta Hilda, diciéndole con la mirada todo aquello que en ese momento se estaba tragando para no faltarle el respeto. Así que antes que ella continuara hablando y antes de que ella misma estallara, dio la media vuelta y caminó directo hasta la habitación de su niña, donde se recluyó hasta que Jasper llegó.

—Bella, qué pasa… — preguntó él, acunándola en su pecho y sintiéndola temblar en sus brazos. Daba por hecho que Renée no le había dicho nada, pero sabía que algo había ocurrido, aunque Bella se negó a decírselo.

—Nada Jasper, sólo hazme el amor, te lo suplico… y dime que me amas como yo te amo a ti…

—Claro que sí, mi amor.

Allí, refugiándose en los brazos de su marido y olvidando todo aquello, se dejó llevar por el fulgor de la pasión cuando Jasper la tomó entre sus brazos, la llevó hasta su cuarto, la desnudó y le hizo lentamente el amor, susurrándole lo mucho que la amaba.

La vio dormirse en sus brazos y suspiró, deseando por un segundo que fuese la figura de otra mujer la que allí durmiera junto a él. Sacudió su cabeza y apretó a Bella entre sus brazos, esperando que nada de lo que hubiese alterado a Bella, arruinara la vida que eligió junto a ella.


¿Les gustó?

No sea malvada y deje su comentario =)