Hello! Uf... ha pasado un tiempo, pero un montón de cosas hicieron que fuese complicado actualizar, pero ya estoy aquí, no las he abandonado... Bueno, como siempre, mil gracias a todas primero por la espera y paciencia, y segundo por seguir acompañándome. La historia está dedicada a todas ustedes, mis nenas linda.
Mil gracias a Gaby Madriz, mi super beta, que ayuda a mejorar la historia.
Ahora a leer. Que lo disfruten
Besos
Cata!
7. Todo cambia.
"Cada uno da lo que recibe, y luego recibe lo que da,
Nada es más simple, no hay otra norma,
Nada se pierde, todo se transforma"
~En Paralelo~
Bella dejó pasar y tiró al olvido el último encuentro con su madre del que ya había pasado una semana. Se concentró más bien en su hija, su marido, su trabajo y en contactarse con sus amigas de toda la vida, que ese día irían a visitarla, después de mucho tiempo de no verlas. Le serviría para encontrar apoyo en ellas como siempre lo hizo, además, necesitaba distraerse. O intentarlo.
Así que pidió a Irina, la chica que le ayudaba con la casa, le ayudara a preparar una especie de coctel para sus visitas. Jasper, al ser sábado, iría a casa de uno de sus amigos a ver un partido de béisbol y así dejar que el aquelarre se divirtiera a sus anchas sin su intromisión.
Así que cuando Tanya Stanford, Victoria Rudleff y Jane Vulturi, llegaron a casa, todo estaba listo para recibirlas. Las tres mujeres se abalanzaron sobre Bella de forma cariñosa, después de dos años sin verse. El reencuentro fue muy emotivo entre estas cuatro amigas que ansiaban reunirse con Bella y conocer en vivo y en directo a la pequeña Beth, a quien solo habían visto por fotos. Así que cuando Irina, la niñera de Beth apareció con ella, vestida con un trajecito blanco y un coqueto lazo, las mujeres se deshicieron en cumplidos para la pequeña y hermosa hija de Bella.
—¡Pero qué niña más hermosa! —Exclamó Victoria, siendo la primera en reclamar a Beth entre sus brazos— ¡Hola Beth! —le saludaba, mientras la niña le sonreía y jugueteaba con el rojo cabello de su nueva tía.
—Bella, la niña es lindísima… ya tiene dos meses, ¿verdad? —preguntó Jane, acariciando a la nena que seguía jugando en brazos de Victoria.
—Sí, el próximo ocho de julio cumplirá tres meses —indicó la orgullosa madre.
—¡Pues, es muy grande para tener dos meses! —intervino ahora Jane.
—¡Crece tan rápido!
Se ubicaron en los sillones de la sala, en torno a todas los deliciosos entremeses, que Bella con ayuda de Irina, prepararon ese día. Abrieron los regalos que las tres visitantes habían llevado para la niña y para Bella, y se pusieron al día de sus vidas, mientras brindaban por el reencuentro y por Beth, con tragos suaves y femeninos.
Cuando fue la hora de la comida de la niña, Irina se llevó a la pequeña, para que su madre y sus amigas pudiesen hablar con tranquilidad. Allí, Bella les habló de la aventura de Alice al quedarse en Estocolmo con su novio; también les contó de su nuevo trabajo, con el que estaba feliz y ansiosa de comenzar, a pesar de que extrañaría horrores a su hija, aunque sólo cubriera las clases de la mañana. Además, las mujeres quisieron saber sobre cómo marchaban las cosas con Jasper, a lo que Bella respondió que todo andaba espléndido, sin dudarlo.
—Esto… que lo muevan de un lado a otro en su empresa, es un poco desgastante, ¿no?
—No, sabíamos que el traslado a Estocolmo era algo temporal…
—Dos años no suena muy temporal…
Tanya le golpeó con el codo en el brazo a su colorina amiga Victoria.
—¡¿Qué tratas de decir, eh?!
— Nada, nada… sólo que dos meses a mí me parece algo pasajero… quizás Jasper tenía intenciones de quedarse allá indefinidamente… —comentó como si nada. No era un secreto para nadie, que Victoria nunca pudo llevarse bien con Jasper. Encontraba algo en él que siempre la hacía desconfiar, intuyendo que él, no actuaba en su vida con transparencia.
—Y si hubiese sido así, yo lo hubiera apoyado. Lo amo, iría con él donde sea.
—Bueno, entonces el hombre sigue portándose bien, caminando sobre el agua, ya sabes… —quiso saber Jane, bebiéndose con gusto el contenido de su copa, lo que Bella sonrió y asintió.
— Sí, muy bien.
—¿Y la vieja bruja de su madre?
—¡Victoria! —exclamó Jane en desaprobación. Bella y Tanya se miraron y rieron, pues no dejaba de tener razón.
—Ella sigue viniendo todos los días a ver a su nieta.
—¿Y tu madre, Bella?
Automáticamente, Bella bajó la cabeza y jugueteó con el dedo índice sobre el borde de la copa que tenía en sus manos. Frunció el ceño y tragó sonoro, señal para sus amigas que algo malo pasaba.
Jane apretó el brazo de su amiga para llamar su atención —¿Está todo bien, cariño?
—No lo sé, —admitió Bella con pena— tuvimos una discusión hace unos días y…
—Anda Bella, cuéntanos qué pasó.
Bella lo dudó unos instantes, pero quizás sería bueno desahogarse con ellas, así que les resumió la historia, según lo que a ella le parecía —Intentó decirme que Jasper tenía una amante, pero lo dijo porque aún no le perdona que se haya separado de mí hace un tiempo atrás…
—¿Estás tratando de decir que tu madre mentiría con algo así, Bella? —la perspicaz Victoria no pasó por alto aquello, intentando que Bella meditara sobre lo que dijo su madre. Las otras dos chicas carraspearon nerviosas, porque sabían que algo de razón había en la pregunta que Victoria hizo.
—No lo sé… no… quizás entendió mal, quizás se confundió o escuchó simplemente lo que quiso escuchar.
—Pero… qué fue exactamente lo que te dijo —preguntó Tanya, preocupada por su amiga.
—Bueno, me dijo que oyó una conversación extraña y dudosa que según ella, Jasper estuvo con otra mujer, como si estuviera hablando con su amante… eso me dio a entender.
—¿Te dijo si conocía a esa otra mujer?
—No.
—¿Lo hablaste con Jasper?¿Le contaste lo que Renée te dijo?
—¡Claro que no! ¡Para qué haría eso, si sé que es mentira! Jasper jamás me haría algo así, el me ama, lo sé, estoy segura de ello.
—Vale, vale. Si Bells cree que su madre se confundió, pues es por algo. Ella conoce a su esposo y confía en él, como debe de ser, así que dejemos el tema ahí y hablemos de cosas más interesantes…
—Un momento, no podemos dejar pasar el tema como si nada —dijo Victoria a Jane, luego se giró hacia Bella, tomó sus manos y le habló poniendo en esas palabras toda la sensatez que pudo—Bella, no dejes pasar esto por alto. Si dices que tu madre se confundió, pues habla con ella y dale la oportunidad de aclarar lo que quiso decir. Creo que también deberías hablar con Jasper y contárselo, quizás él tenga algo que decir…
Bella retiró sus manos del agarre de su amiga y rebatió su punto —¿Cómo así?¿También crees que me puede ser infiel?
—No Bella, cálmate. —pidió Victoria con tranquilidad, volviendo a agarrarla de las manos y mirándola directamente a los ojos — Sólo digo que quizás Renée sí oyó alguna conversación o algo y tú sabes que a veces, cuando las cosas se sacan de contexto, pueden parecer lo que no son. Aclara esto por tu tranquilidad, Bella.
—Lo pensaré, Victoria —susurró Bella. Con eso a Victoria le bastaba, pero al menos ella no se quedaría tranquila, pensó que sería buena idea ir a visitar a Renée y hablar claramente con ella.
—Y ya que estamos hablando de maridos y todo eso —intervino Tanya para relajar el ambiente— ¿James ya se decidió a pedirte matrimonio por fin, Victoria? —preguntó en tono sarcástico. Victoria la fulminó con su mirada, mientras Bella y Jane reían.
—El día que yo quiera casarme, —dijo, enfatizando cada palabra— será el día que mi cabello cambie de color, ¿me oyen?
—Sí, claro…
—Por supuesto, Victoria…
—Además, él está muy atareado, ya saben, es un abogado muy reconocido y solicitado, y yo soy una artista plástica que no tiene tiempo para el matrimonio —dijo con indiferencia, mientras revisaba sus rojas uñas.
—¡Ja!
—¿Está trabajando en una firma importante, verdad? —preguntó Bella, reacomodándose, mientras sus otras dos amigas se reían y bebían de sus cocteles.
—Por supuesto, "Cullen, Emerson & asociados". Trabaja codo a codo con el mismísimo Carlisle Cullen, y es íntimo amigo de uno de sus hijos, también abogado, que acaba de llegar al país, como para que se enteren que mi hombre no se regodea en cualquier círculo, señoritas —comentó impostando altivez, mientras alzaba su copa de Martini en señal de brindis. Sus amigas se la quedaron mirando y por alguna razón rompieron en carcajadas, haciendo que Victoria protestara y las amenazara con alguna demanda que les cerrara la boca.
Pese al incomodo momento que pasó Bella después de comentarle a sus amigas sobre el altercado con su madre, no podía negar que extrañaba al trío aquel y que una de las cosas que agradecía de regresar al país, era que las tendría cerca.
/E.P/
Después que sus amigas se marcharon y cuando su hija dormía tranquilamente en su cuna, Bella se fue hasta su ordenador y revisó sus correos electrónicos, con la grata sorpresa que su hermanita había dejado un e-mail para ella.
Le contaba sobre lo fabuloso de su vida en pareja junto a Michael, quien no dejaba de recordarle todos los días cuanto la amaba, aunque había que solucionar algunos temas de convivencia, pero que eran asuntos de menor importancia. También le habló del inicio de sus clases de literatura en la Universidad de Estocolmo, siguiendo uno de los deseos académicos, después que supo que lo de la actuación no era para ella. Le preguntaba por mamá y por la niña, rogándole que enviara fotos de ella en cuanto pudiera. Bella tomó nota mental, recordándose de hacer una sesión fotográfica a su pequeñita, al día siguiente para enviárselas a Alice. Al menos con ese correo, Bella se quedó tranquila y feliz por su hermana, que estaba al margen de todo lo sucedido con su madre.
O eso era lo que ella pensaba, pero Renée no dudó en llamar a Alice y llorar con ella al teléfono cuando regresó de casa de Bella aquel día que ella prácticamente la echó, después de implícitamente decirle que era una calumniadora.
Bella apagó el ordenador y se cambió de ropa para meterse en la cama. Eran cerca de las once de la noche, por lo que Jasper, estaría a punto de llegar de su día de beisbol y cerveza con sus amigos, así que encendió el televisor y mientras veía un programa cualquiera, se aplicaba crema hidratante en sus piernas y brazos despreocupadamente. Se encontraba en ello, cuando sintió el coche de su marido llegar, para minutos después sentirlo subir las escaleras y caminar por el pasillo rumbo hacia ella.
—¡Ey! ¿Cómo ha estado esa tarde con los muchachos?
—Bien. —contestó simplemente, dejando un escaso beso en la frente de su esposa, para caminar luego al lado de la cama, sentarse allí y comenzar a quitarse los zapatos.
Bella frunció su entrecejo por la actitud poco comunicativa de su esposo, y pensó que el cansancio de la semana, sumado a las cervezas que de seguro bebió, provocaban esa actitud en él. Apagó el televisor y se acomodó bajo las colchas.
— Las chicas te dejaron saludos —dijo con entusiasmo, pero él no contestó— Estaban sorprendidas de lo grande que está Beth.
—Que bien —respondió someramente, quitando ahora sus calcetas. Bella rascó su cabeza un poco nerviosa y decidió continuar como si nada.
— ¿Sabes que Alice me escribió? —comentó ahora, provocando que Jasper soltara sonoramente aire por su nariz y sacara con enfado sus jeans. Él le había escrito y llamado innumerables veces, pero ella no le contestaba.
—¿Y qué cuenta? ¿Sigue feliz con su noviecito?
—Sí, creo que realmente está enamorada de Michael, de otra manera se notaría triste o se hubiera regresado, ¿no crees?
—¡Oh, sí! —Exclamó con sarcasmo y mofa— Michael, el hombre perfecto debe estar haciendo feliz a la niñita inocente y virginal de tu hermana.
Bella lo miró con asombro y le increpó en desacuerdo —¡Jasper, que te pasa, por qué hablas así!
Jasper frotó sus ojos con su dedo índice y negó con la cabeza, hablando roncamente —Nada… no me pasa nada, no me hagas caso. Dejemos esto hasta aquí.
Pero Bella estaba mucho más allá de dejar pasar esa situación, así que no hizo caso y continuó —Sigo sin entender esa aversión que tienes con Michael y que de un día para otro también comenzaste a tener con mi hermana…
—Aversión…— repitió, bufando. Aversión era un sentimiento bastante lejano a lo que en realidad sentía por Alice, y que con el paso de los días y la distancia, había comenzado a acrecentarse y justo en ese momento, cuando el alcohol dominaba en parte su organismo, podría ser impertinente y soltarlo.
—¿Me puedes decir qué tienes con Michael de una vez? Me estás asustando.
La miró de pie junto a la cama, con sus ojos oscuros y su mandíbula tensa de rabia —Ese tipo no es para tu hermana.
—Ellos se aman…
—¡Claro que no! —gritó con disgusto, haciendo que Bella se estremeciera de la impresión ante la vehemencia de las palabras de su esposo.
—¡Jasper, qué demonios te pasa! —insistió ella, esperando que él le explicara qué era lo que le ocurría.
—Me pasa que estoy harto de hablar de tu hermana y el increíble novio que tiene.
—¿Pero… por qué? —susurró Bella, realmente asustada por el comportamiento de su marido.
—¡Puedes dejar el tema de una maldita vez! —gritó con más fuerza. Bella tembló del susto y llevó su mano hasta la boca.
—Baja la voz, vas a despertar a la niña…
—Entonces deja de hablar de ese tema, Bella —le encaró con los dientes apretados hasta el dolor.
—Pero… pero…
Antes que Jasper volviese a gritar y antes que Bella siguiera preguntándole qué le pasaba, él tomó la iniciativa de arrancarse la camiseta sobre la cabeza y acercarse a su mujer como león presto al ataque de su presa, quien temblaba del susto.
Para mantenerla en silencio, agarró su cara con una mano con más fuerza de la habitual, para besar, morder y lamer los labios de Bella y mientras que con la otra mano apretó su cadera y la sostuvo hasta que la dejó tendida sobre la cama, bajo su cuerpo. Sin dejar su boca, comenzó a tirar de la vieja camiseta que Bella usaba para dormir, hasta romperla en una de sus mangas, obligándola a sacársela y ocuparse ahora con sus labios de sus pechos.
En otra ocasión, a Bella, aquello le hubiese provocado excitación y se hubiera rendido en el primer momento a los ataques sexuales de su marido y como siempre lo hizo, pero estaba vez deseaba que él se detuviera. No hubo jugueteo sensual ni erótico con el que ambos siempre solían jugar en privado, no hubo palabras de amor ni promesas que era lo que en verdad hacía vibrar a Bella. No quería el sexo de esa manera, pues para ella, era el acto de hacer el amor y no sólo follar, como sentía que Jasper deseaba hacerlo en ese momento.
—Jasper, por favor, no… la niña… —dijo con voz temblorosa, rogando a que eso hiciera que él se detuviese, empujándolo con muy poca fuerza por los hombros.
—Beth está dormida —respondió él, volviendo a remeter contra la hinchada boca de Bella, mientras se encargaba de sus braguitas, jalándola sin miramiento, para dejar a su mujer completamente desnuda e indefensa, temblando de miedo bajo su cuerpo. Eso no lo detuvo.
Con rapidez, sacó su bóxer y sin mediar una previa o preparar a su mujer, se hundió en ella de forma brusca, haciéndola chillar del dolor.
Bella no podía creerlo. No podía ser que eso le estuviera pasando a ella. Se preguntaba el por qué, llorando en silencio, mientras Jasper se frotaba sobre ella y arremetía una y otra vez, jadeando y gimiendo.
—¡Oh… diablos… sí…! —exclamaba él, aferrando a Bella por una de sus muñecas y por su cadera, instándola a moverse con él, a responderle.
Pero ella estaba lejos siquiera de disfrutar de ese encuentro. Y no lo hizo, es más, sólo Jasper llegó momentos más tarde a su climax, saliendo de ella y recostándose sobre su espalda para recobrar la respiración, mientras Bella le daba la espalda y se hacía un ovillo al extremo de la cama, jalando las cobijas de la cama hasta su barbilla, como barrera frente a Jasper. No lo quería cerca.
Lloraba, adolorida no solo del cuerpo, abriéndose una grieta dolorosa en su corazón, diciéndose que ese hombre que había tenido sexo con ella no era su marido, no era su Jasper, del que se enamoró, y aquello la entristeció.
Recordó las palabras de su madre y las de su amiga Victoria esa tarde, y cerró los ojos, como negándose a encontrarles la razón para dudar de él. "Quizás sólo fue un mal día…" pensó, incluso justificándolo, alejando las dudas que arremetían en su cabeza y que insistían en colarse hasta su corazón. Se negaba a pensar que él estuviera viendo a otra persona. Jasper la amaba, esa era la verdad, aun así, en ese momento se sentía tan confusa y vulnerable, por lo que agradeció que él no haya insistido más con ella.
Cuando Jasper recobró el sentido, giró su cabeza y vio a su mujer en posición fetal de espalda a él. En ese momento se sintió un maldito miserable, otra vez. Se le acercó con cuidado, poniendo una de sus manos sobre el hombro de Bella, el que sacudió para alejar el contacto con Jasper.
—Bella…—susurró arrepentido. Ella se removió y se aferró aún más a las colchas de su cama, poniendo más distancia entre ambos cuerpos. — Amor… —reiteró Jasper con remordimiento.
—Quiero dormir Jasper, estoy cansada… — susurró, apagó la luz y cerró con fuerza los ojos, llamando al sueño para olvidarse de esa tan extraña realidad.
Él se quedó de piedra observándola entre la penumbra. Ella no se merecía eso, y él no tenía excusa alguna para tratarla como acababa de hacerlo.
Se volvió, dejándose caer sobre su espalda otra vez, con la vista pegada al techo del dormitorio, y pensando en la explicación que le daría a su mujer al día siguiente, viendo cobardemente a quien o a qué poder culpar por ese comportamiento.
Sin duda le mentiría, porque por nada del mundo asumiría que el solo hecho de pensar en Alice junto a otro hombre hacia que su ira se desbordara, como le había ocurrido en ese momento.
"Alice, Alice, si te hubieses venido conmigo, nada de esto estaría pasando…" pensó, y esperando que la noche pasara rápido y ver de qué manera enfrentaba el nuevo día.
~En Paralelo~
—¡Papi, papi! Hay muchos caballos, y me monté en el más pequeñito y vi también como ordeñaban a una vaca. Ah, y hay una jaula con conejos y Sir Charles me regaló uno blanco, con orejas colorinas y una mancha negra sobre su ojo…
Edward torcía su boca en una media sonrisa al oír a su pequeña —Oye, ya eres toda una vaquera.
—¡Sí! Tengo mis botas y mi overol y un sombrero de paja que la esposa de Sir Charles me regaló.
—¿Lo estás disfrutando, hija?
—Sí papi, mucho, mucho… mamá y yo hemos paseado, salimos por las tardes a recolectar flores y le damos de comer a los animales…
—Eso es fabuloso, hermosa.
La pequeña Grace, que hacía diez días estaba internada en la hacienda campestre de la familia de Lauren, le contaba extasiada a su padre en una conversación telefónica sobre sus actividades en la granja y lo bien que lo estaba pasando. Después de enviarle muchos besos sonoros a su padre por el auricular, este le pidió que le comunicara con su mamá para hablar con ella.
—Le he tomado muchas fotografías, las verás cuando estemos de regreso. Grace ha sido muy feliz aquí, Edward.
—¿Y tú Lauren, tú estás bien?
—No hay noche que no llore a mi Lizzie y lo sabes —admitió ella, recordándole a Edward que al menos la mitad de las noches que llevaba allí, lo llamaba para desahogarse y llorar junto a él por el teléfono— Pero este lugar ha sido perfecto para meditar y empaparme de esta pena. Deberías hacer lo mismo Edward, recluirte y relajarte.
—No quiero, Lauren. Con las noches a solas en mi departamento ya es suficiente reclusión; el trabajo será mi vía de escape.
—Te comprendo…
—¿Has hablado con la niña sobre… lo nuestro?
—Le dije que necesitaba ir a otro lugar cuando regresáramos, y que tú y ella aprovecharían esos días para pasarlas juntos, así como ahora lo hacemos ella y yo. Le pareció buena idea, sabe que nos estamos tomando tiempo por la pena de Lizzie.
—Sobre el divorcio…
—No le he comentado nada. Ha sido tan feliz, Edward, a pesar de que te extraña —comentó con ternura, provocando que a Edward se le formara y contundente nudo en su garganta— Sobre la separación, creo que debemos hablarlo ambos con ella… y decidir sobre su custodia.
Edward se estremeció y enseguida le recordó cuál había sido el trato entre ambos —Será custodia compartida, Lauren.
—Por supuesto que sí, Edward, no te preocupes por eso, pero sabes que eso deberá constar en los papeles, por las formalidades.
—Lo sé —asintió él, sintiéndose un poco más tranquilo— ¿Cómo crees que lo tome?
—Confío en que lo entenderá —reconoció ella, escondiendo su temor. Para cambiar el tema preguntó— ¿Y ya está todo listo para la colegiatura de la niña?
—Sí, ya está. Rosalie agilizó los trámites y está lista para asistir; dentro de diez días comienzan las clases.
—Nos da el tiempo de volver, hablar con la niña para que después pueda partir a Alaska…
—¿Estás segura sobre lo de Alaska, Lauren?
—Sí, Edward.
Allí se quedaron hablando un rato más hasta que Lauren vio la hora y supo que Grace debía prepararse para ir a la cama. "Conociéndola, seguro está bajo la mesa de la cocina, escondida, jugando con su conejo" le comentó. Se despidieron con mucho cariño y acordaron hablar al día siguiente para coordinar sin errores, el día de su regreso.
Edward, a solas en su departamento y a oscuras como solía hacerlo, se sentó sobre el sofá caoba que contrastaba con los tonos claros de las paredes.
Con un vaso de whisky en la mano, fijó su vista en el cuadro que descansaba sobre la mesa de centro, iluminado naturalmente por las luces nocturnas que se colaban por la ventana. En el retrato, Grace y Lizzie posaban mostrando sus blancos dientes en un día soleado de junio, recordaba Edward perfectamente. Y como cada noche que llevaba habitando su viejo apartamento, dejaba caer sus lágrimas de dolor y duelo por su hija Lizzie. La tristeza de saber que no volvería a verla como él deseaba, hacía que su pesar cayera como yunque sobre sus hombros, martirizándolo. El mismo pesar que acompañaba su recuerdo de como su salud se deterioraba poco a poco… de un trago tomó el contenido de su whisky y echó la cabeza hacia atrás, mientras sentía que el fuerte licor bajara por su garganta y quemara hasta llegar al centro de su pena que habitaba en su pecho y la consumiera. Pero eso no ocurriría.
A la mañana siguiente, se levantó temprano y se metió a la ducha, preparándose para lo que sería su primer día de regreso al trabajo. Se vistió con una camisa blanca, traje y corbata gris. Tomó una taza de café, agarró su maletín, su móvil, las llaves de su coche y del apartamento, y salió rumbo a la calle, directo a la firma de abogados donde trabajaría, "Cullen, Emerson & asociados", fundada por su abuelo y dirigida por su padre, y hace pocos años contando con la participación de sus amigos Tatianne y Garrett.
Creció en medio de todo ese mundo de leyes y se empapó de él, sabiendo desde siempre que sería uno más de los abogados de la familia.
Llegó al edificio y subió hasta el piso de las dependencias de la firma. Allí, dos amables recepcionistas lo saludaron, dándole la bienvenida. Caminó hasta la que fue y era su oficina, encontrándose con que había sido remodelada para su regreso. Pero más que el nuevo mobiliario, la gran fotografía de sus hijas colgada en una de las paredes fue lo que llamó su atención, caminando directamente hacia este. Era una copia del retrato que tenía en la mesita de su apartamento.
—Dos rostros tan hermosos, son perfectos para engalanar este lugar, ¿no lo crees? —la conocida voz femenina sobresaltó a Edward, haciéndolo girar hacia ella de inmediato.
—¿Tú hiciste esto? —le preguntó Edward, indicándole el retrato colgado en su pared.
—¿Lo dudas acaso?
—Claro que no —admitió, en tanto que la mujer daba pasos seguros hasta él para abrazarlo por la cintura como solían hacerlo en el pasado— Edward —susurró cuando ambos se encontraron.
—Mi vieja amiga Tatianne… —suspiró, apretándola por los hombros con afecto y agradecimiento.
—Quita eso de vieja, y sonará perfecto.
Tatianne Emerson fue la novia que Edward dejó en su época universitaria para casarse con Lauren. La misma que sirvió de testigo, y la misma con la cual, pese a todos esos años, seguía conservando en una estrecha amistad. Ella y su esposo Garrett eran los mejores amigos de Edward, cerrando el círculo de amistad con James Whitherdale y Benjamín Abaidtambién colegas del mismo bufete.
—¿Estás bien?
—Lo intento.
—Estás más delgado, y esta barba te hace ver más viejo —dijo ella, tironeándosela.
Él apartó sus manos del vello de su pera No tengo ganas de cortarme la maldita barba, Tatianne.
—Vale, entiendo, no es necesario que seas tan cascarrabias, Edward.
—Bruja —se burló él, respondiéndole ella con una coqueta pose que hizo sonreír a Edward. Esa atractiva mujer de piel blanca y melena negra hasta los hombros siempre lo hacía sonreír o por el contrario, lo sacaba de sus casillas. Siempre usando lentes de marco negros que la hacían ver muy profesional y sus stilletos que estilizaban su estupenda figura.
—Ven, tomemos un café antes de ponerte al día con el trabajo —le dijo ella, agarrándolo de la mano y llevándolo al sofá a un costado. Tatianne. preparó la cafetera y dos tazas, mientras él recorría con la vista su oficina de estilo minimalista.
—¿Te parece bien tu despacho?
—Sí, es estupendo. Gracias
Hubo unos instantes de silencio, mientras él seguía divagando por su oficina, ella revolvía una y otra vez su humeante taza de café.
—Sabes que me dolió mucho no poder viajar cuando Lizzie…
—Lo sé, Tatianne, te entiendo. Debías quedarte con tu hijo, Garrett me lo dijo.
Su amiga golpeó las palmas de sus manos sobre sus rodillas —Somos amigos, sé que necesitabas de apoyo en ese momento, pero me bloqueé Edward, fue como si le pasara a uno de mis hijos.
Edward extendió su mano hasta el hombro de su amiga —Oye mujer, te entiendo; tuve tu apoyo a pesar de que no pudiste estar allí, además, si me preguntas, la verdad es que ni cuenta me di de las personas que estuvieron allí. Sólo estaba consciente de mi mujer, de mi hija, el dolor…
Tatianne asintió con calma y se acercó hasta el hombro de su amigo en donde apoyó su cabeza. Después de un momento de silencio, ella preguntó —A todo esto, ¿es cierto lo que dijo Emmett?
Edward alzó una ceja y meditó sobre lo único que Emmett podría haber comentado —¿Sobre mi divorcio con Lauren? Sí, lo es.
Tatianne se alzó y lo miró sorprendida —No me digas que descubrió tu romance con la italiana…
—Lo descubrió antes que Lizzie… —tragó, ni aun después de casi tres meses podía decir la palabra, así que recapituló— Lo sabía. Y como para rematar esto, me confesó que ella también tuvo un amante.
—¡Carajo! Eso no me lo esperaba.
Tatianne conocía tan bien a su amigo Edward, que la única vez que viajó ella y su esposo a Venecia a visitarlo, supo enseguida que tenía una amante, nada más y nada menos que la maestra de italiano de sus hijas.
—Ya no nos amamos, así de simple. Y ella no tiene ánimo para sostener el matrimonio, sólo quiere ocuparse de sanar y de aprovechar a Grace.
—¿Estás conforme?
—Me costó asumirlo, pero sí.
—Puedo ser la abogada para el divorcio, sabes que será fácil si en consensual.
—Te lo agradecería; Emmett digamos que no quiere colaborar, está bien molesto con nuestra decisión
—Me percaté de ello cuando lo contó, así que cuenta con mis servicios profesionales.
Dos golpes interrumpieron la conversa de los amigos. La puerta se abrió enseguida y tres varoniles cabezas se asomaron de forma graciosa por esta: James, Benjamín y Garrett.
—¡Edward, hombre, bienvenido! —saludó James, acercándose hasta ellos. Edward se levantó y dio saludó de un abrazo a su amigo. Lo mismo hizo enseguida con Garrett y Benjamín.
—Nos alegra que hayas vuelto, Edward. Verás que las cosas aquí mejoran —dijo Benjamín, palmeando el hombro de su amigo. Edward sólo lo miró y asintió, aunque no estaba muy de acuerdo con esas palabras. Difícilmente las cosas mejorarían para él.
Garrett se sentó junto a su mujer, abrazándola por la cintura y dejando un beso en su cuello. Enseguida propuso —Que tal si esta noche vamos al bar que solíamos ir y nos tomamos unos tragos…
—Es una estupenda idea, abogado Emerson —comentó James a su amigo; los demás concordaron en que era una buena idea, menos Edward.
—Lo siento muchachos, pero yo paso.
James rascó su rubia cabellera y frunció su boca —Oye, queremos que te relajes y te distraigas. Te lo mereces, Edward.
—Agradezco la intención, pero no soy buena compañía para ir a bares, además, no estoy de ánimo. Quizás más adelante…
—¡Pero Edward! —protestó Tatianne, golpeando el suelo con sus tacones. Garrett apretó su brazo para retenerla, entendía que quería ayudar a Edward, pero él bien sabía que no se le debía presionar.
—Entiéndeme Tatianne, por favor.
—Como quieras Edward —interrumpió Benjamín, antes que la mujer prosiguiera con sus protestas— De cualquier modo, recuerda que aquí estamos compañero, para lo que necesites.
—Gracias muchachos, de verdad. Ahora no sean perezosos y pónganme al día con el trabajo.
—Sí, está todo preparado en la sala de juntas, quizás podamos pedir el almuerzo allí para todos, ya que no saldremos por la noche, ¿te sumas, Edward?
—Un almuerzo me parece bien.
James, Benjamín y Edward salieron primero de la oficina, mientras que Tatianne y Garrett se quedaban atrás. Ella estaba enfadada porque el Edward que acababa de volver a ver, era completamente diferente a su amigo que viajó con su familia a Venecia. Quería ayudarlo, de cualquier modo, pero él sutilmente se negaba, y eso ella lo sabía.
—Oye, cariño —Garrett acarició la barbilla de la esposa y pasó sus dedos sobre su frente arrugada— Qué sucede ahora.
—¿A caso no lo has visto? ¡Se está hundiendo en su mierda, Garrett!
—¿Olvidas acaso lo que vivió? Es una pena que ni nosotros siendo padres alcanzamos a dimensionar, amor. Demos gracias que sigue vivo y con ganas de seguir adelante, eso seguro ya supone un esfuerzo para él.
Ella bajó su cabeza y escondió su cara en el pecho de su marido —Ni él ni Lauren se merecían pasar por eso, no sabiendo como aman a sus hijas…
—Nadie se lo merece, amor, nadie —besó el tope de su cabeza y enseguida la levantó de la barbilla para dejar un beso en sus labios y agregar— De momento, hagamos que sienta nuestro apoyo. Ahora movámonos que tenemos trabajo pendiente.
Tomó la mano de su mujer y salió siguiendo a sus colegas hasta la sala de juntas. Allí pasaron el resto del día, poniendo al corriente a Edward de los casos de los que debía hacerse cargo. Al menos el trabajo haría que el tiempo pasara rápido y estar rodeado de sus amigos le haría bien. Supuso.
/E.P/
Edward se acomodó en cuclillas con sus brazos abiertos, presto a recibir a su hija, que venía a toda carrera hacia él. Los días que su pequeña Grace estuvo ausente, fueron sin duda los días más largos que le había tocado vivir a su regreso en Chicago. Pero valía la pena cuando la veía correr hacia él con ese entusiasmo y con esa sonrisa gigante en su hermoso rostro.
—¡Ya llegué papi! — anunció con entusiasmo arrastrando la i, corriendo hacia los abiertos brazos de su padre. Él, en cuanto la tuvo, la rodeó y la alzó en sus brazos, dejando en su rostro muchos besos de bienvenida que a ella hicieron cosquillas por el roce de la barba del padre en su cara.
—Mi pequeña hermosa, te extrañé… ¿me extrañaste?
—Mucho papi —respondió la niña de inmediato, abrazándose al cuello de su padre y apretándolo fuerte entre sus pequeños bracitos— ¿Podemos regresar allí con mamá algún día?
—¡Por supuesto que lo haremos, hermosa!
Detrás de ellos y contemplando la escena, una serena Lauren los miraba con amor, orgullosa de la relación padre e hija que habían construido. Edward giró la vista hacia ella y le sonrió como saludo de bienvenida. Con su hija en brazos caminó hasta ella y dejó un beso en su sien, el que ella recibió con cariño.
—¿Estuvo bien el viaje? —le preguntó Edward a Lauren, examinando sus rasgos. Ella torció su boca en una sonrisa y asintió.
—Sí, muy bueno —respondió, y Edward supo que en esa respuesta venían muchos sentimientos implícitos, cuestión que seguro más tarde conversarían, de cualquier forma, le tranquilizó verla tan en paz.
—Mami, tengo hambre —dijo la niña mirando a su madre, lamiendo sus labios graciosamente y sobando su barriguita.
Entonces Edward la sacudió, dio un beso en su mejilla y le dijo —¡Movámonos entonces! Abuela Esme te está esperando con tu plato favorito.
—¡Puré y salchichas! —exclamó Grace, relamiéndose aun más sus pequeños labios, pues a ella siempre los viajes le daban mucha hambre, decía.
—Si señora, puré y salchichas.
En casa de los abuelos Cullen, Grace fue recibida y mimada como la princesita que ella era. Al parecer, y según lo que Lauren le comentó a Edward, había dejado de lado el tema de su hermana o su ángel. A veces era tan insistente con el tema, diciendo que la veía que aquello llegaba a causar escalofrío en quien escuchara y no estuviera familiarizado con ello, como por ejemplo Emmett, quien cuando una vez oyó a Grace decir eso, le exigió a Edward llevar a la niña a un psiquiatra. Edward ciertamente, no le hizo caso.
Después que almorzaron y que la niña le contó a sus abuelos y a sus tíos todo lo increíble que habían sido ese paseo al campo, Lauren y Edward se la llevaron hasta su recama. Había que abordar con ella un asunto importante, que no debían dejar pasar, pues Lauren partía esa misma noche rumbo a Alaska, ausentándose de la ciudad por al menos dos semanas.
—Entonces… —comenzó Edward recostándose junto a la niña en su cama— mamá ya te contó que se va de viaje a ver a unos parientes a Alaska, y que tú y yo no podemos ir con ella porque entras a la escuela y yo estoy trabajando.
—Sí, y ya quiero ir a la escuela.
—Eso es fabuloso; conocerás amigos nuevos, ¿te agrada la idea?
La niña palmeó sus manos y afirmó enérgicamente —Mucho.
—Bien —asintió Edward, jugueteando nerviosamente con los dedos de su hija. Ahora, que él se estaba enfrentando a explicarle a su hija sobre el divorcio, no supo si era del todo buena idea. Ella, que amaba a sus padres entrañablemente por igual, no se merecería pasar por aquello que seguramente la confundiría. Pero debían hacerlo.
—Linda —intervino Lauren, acariciando el cabello de su hija —tú ya sabes que hemos sufrido muchos cambios en este último tiempo, verdad.
—Sí… lo de Lizzie… y lo de venir hasta aquí.
—Así es —concordó Lauren, quien continuaba hablando con cautela— Pero debes saber que las cosas seguirán cambiando, pero siempre será para mejor.
Esta vez Edward tomó la palabra, comenzando a decir quizás la parte más difícil —Mamá y yo te amamos, y siempre lo haremos, no te quepa la menor duda de eso, pero… pero a partir de ahora, ella y yo ya no podremos seguir juntos como esposos…
La niña frunció sus cejas, mirando a su padre con confusión —¿Cómo?
—Papá quiere decir que desde ahora, él y yo ya no viviremos juntos.
Grace se mantuvo en silencio por unos momentos, tratando de hacer encajar tan complejas piezas en el rompecabezas que se urdía en su cabeza —¿Ya no se quieren?
—¡Oh, no cielo! Siempre nos querremos, pero a veces las cosas entre los adultos no funcionan y es mejor vivir separados para evitar peleas.
—¿No viviremos los tres juntos, nunca más? —susurró la niña con su voz algo más ronca de lo habitual, significado de que una especie de llanto comenzaba a acumularse en su garganta.
Edward se acercó a ella y besó el tope de su cabeza antes de decir —Nos reuniremos seguido y…
—¡No, no, no, no! —la negativa de la niña tomó por sorpresa a sus padres, quienes no vieron venir esa reacción por parte de su hija. Grace, comenzó a llorar apartándose de su papá— ¡Ahora que se fue Lizzie, ustedes ya no quieren estar conmigo!
Él abrió sus ojos con espasmo, intentando acercársele de nuevo y hacerla entrar en razón —¡Hija, por Dios, eso no es cierto, sabes que te amamos!
Grace negaba con la cabeza y seguía negándose a la idea —¡No más ahora que mi hermana se fue!
—No Grace, no es así… —Lauren se acercó hasta ella con determinación y la tomó en sus brazos para acunarla y consolarla, mientras Edward dejaba caer su cabeza sobre sus manos.
Repentinamente, todo eso lo hizo sentirse débil y cansado, abrumado e incluso avergonzado, estaba a punto también de ponerse a llorar.
—¡Mami, no! —lloriqueaba la niña sobre el hombro de su también afectada madre, quien a la vez que mantenía a su hija sobre ella, extendía una mano hasta llegar a acariciar el cabello de Edward.
—Hija, nos querremos siempre aunque no vivamos juntos. Nos amaremos incondicionalmente siempre, esto es sólo parte de los cambios.
—¡No quiero los cambios! —casi gritó la niña, empapando la blusa en el hombro de su madre.
Lauren la apartó de tal manera que pudiese mirarla. Cuando lo hizo, secó sus lágrimas y susurró.
—Esto es difícil para todos, nena. Todos estamos tristes porque Lizzie ya no está y necesitamos tiempo para pasar esa pena —Grace, hipando aún por el llanto, desvió su vista hacia su padre, quien aún seguía mudo y ausente, con su cabeza escondida entre sus manos.
—Verás que no será malo —continuó Lauren susurrándole a su hija— Nos verás a ambos todos los días y verás que te seguimos amando igual o más que siempre… porque nosotros te amamos, ¿sabes eso? —la niña miró a su madre y alzó sus hombros en respuesta. Lauren frunció sus cejas y preguntó— ¿realmente crees que papá y yo te dejaríamos de querer?
La pequeña simplemente negó con la cabeza lentamente y Lauren asintió conforme con la respuesta —¿Y tú, nos dejarás de querer por este cambio que tendremos que vivir?
La niña nuevamente giró su cabeza hacia su papá, y otra vez negó en respuesta. La madre torció su boca en una sonrisa, se acercó hasta el oído de la niña y susurró con complicidad —Entonces ve donde papá y dale un abrazo y un beso muy, muy grande.
La niña en cuestión de segundos se aceró a él y dejó un tierno pero poderoso beso en el cuello de Edward, quien lentamente alzó su vista hasta ella, mostrando franqueza en sus ojos rojos y anegados de lágrimas. Sin decir palabras la tomó entre sus brazos y la apretó fuerte, descansando su rostro en el cuello de su hija.
Con voz bajita y tierna la niña le dijo a su padre —Papi, yo te quiero… no estés triste.
Edward cerró sus ojos, dejando caer más lágrimas de sentimientos mezclados. Confort, pena, cansancio, agradecimiento… un sinfín de emociones que no podía definir con claridad
—Yo te adoro, Grace. Eres la razón por la que estoy vivo… —susurró él, sabiendo que quizás su hija no comprendía del todo sus palabras, pero aun así, no eran más que la pura verdad.
Allí se quedaron los tres integrantes de esta familia, que a simple vista podía parecer rota, pero que la verdad estaba uniendo sus lazos con más fuerza que nunca.
Cuando arroparon a la niña en su cama, ella miró con recelo la fotografía de su hermana que descansaba sobre su mesita de noche —todo estaba mal desde que Lizzie se había ido al cielo para ser un ángel.— Con ese molesto pensamiento, prefirió girarse y darle la espalda al retrato, mientras sus padres, ajenos a dichos pensamientos, la mimaban con palabras lindas y suaves caricias para que pudiese sumergirse en el muy merecido y tranquilo sueño.
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