Hola niñas lindas... esta vez no demoré tanto, ¿vieron?
A mi sexy beta Gaby Madriz que me ayuda a mejorar esta locura que sale de mi cabecita, por su dedicación y sus siempre palabras de ánimo... Mil gracias nena.
Hago mención honrosa a mi "Historia del Amanecer" que esta semana me sorprendió de lo lindo. Gracias nena, este capítulo dedicado a usted. =)
Y a todas quienes siguen la historia y me dejan sus comentarios que me alegran la vida. Gracias! Ahora a leer mis nenas lindas. Nos leemos luego!
8. Encuentros, reencuentros.
"… Sólo Dios sabe nuestros destinos…"
~En Paralelo~
Primer lunes del mes de Julio. Día que en Isabella comenzaba sus clases en la nueva escuela, asunto que la tenía con el estómago lleno de nudos por los nervios, porque una cosa había sido estar haciendo trabajos administrativos durante las semanas previas y otra cosa era enfrentarse a los niños. "¡Es ridículo que miniaturas de cinco años promedio te pongan nerviosa, Bellita!" rebatía su suegra cuando ella comentó sobre sus niervos.
Sumado a todo esto, estaba todo su entorno familiar, que vagaba en las dudas y los cuestionamientos. Por un lado estaba su madre, a quien dos veces había visto cuando llevó a su hija para que viera a su abuelo que estaba con reposo por fracturada en su pierna. Renée y ella apenas habían cruzado palabras triviales en esas visitas, y eso a ella la mataba. Sobre todo después de lo que sucedió con Jasper, quien era el otro que la tenía inestable anímicamente.
Él, incansablemente después de esa noche, pidió perdón a su mujer poniendo como excusa barata a su comportamiento al alcohol, el estrés, el cansancio, mismas excusas que Bella usó para ella misma convencerse de que la actitud de esa noche de su marido era pasajera. Pero aun así, Jasper notaba en la mirada de Bella hacia él, un dejo de resentimiento que lo afectó. Cuando intentaba acercársele, ella se apartaba con sutileza, o le sonreía con dificultad. Su matrimonio, sentía, estaba tambaleando. Además, nunca supo qué fue lo que habló con Renée ese día, pues se dio cuenta que desde esa visita, las cosas entre madre e hija no siguieron igual.
"No tengo a Alice cerca, lo que ya es un tormento. Con Bella lejos de mí, no podría soportarlo…"
—¡Jasper, el desayuno está servido! —anunció Bella entrando a la recamara matrimonial en busca de sus zapatos. Él terminó de ponerse la corbata frente al espejo y caminó hasta quedar detrás de ella.
—¿No te molesta que te lleve a tu trabajo, verdad? —preguntó él, mientras ella se calzaba sus zapatos negros de medio taco.
— No es necesario, no quisiera que llegaras tarde al tuyo, yo puedo tomar un taxi.
— No es un problema, me queda de camino —dijo, poniendo cuidadosamente sus manos sobre los hombros de su esposa, los que en segundos se tensaron con el roce—Además es mi placer, Bella.
—Gracias Jasper —respondió y caminó hasta el baño para retocarse su moña. Jasper caminó tras ella y contempló su rostro pálido y hermoso en el reflejo del espejo. Volvió a acercársele, esta vez más cerca, con sus manos sobre las caderas, acercando su boca hasta dejar un beso en su cuello, bajo su oreja. Ella sintió escalofrío y se removió un poco, pero él no la soltó.
—No tendrás problema en que vaya por ti entonces —susurró, pasando la punta de su nariz arriba y abajo por su cuello.
Ella suspiró antes de contestar — Salgo a las tres. Tú a esa hora estás trabajando y…
—Hoy es especial. Es tu primer día de trabajo y quiero estar ahí para cuando salgas. Y por mi trabajo no te preocupes, puedo arreglármelas —guiñó un ojo. Y ella se quedó pensando por unos segundos. Su matrimonio no podía irse al suelo por una situación puntual y alejada. Comprendía que las parejas pasaban por malos momentos y debía ser consciente de ello. Así que pondría de su parte para olvidar ese impasse y concentrarse en reanudar la relación que llevaba con su marido.
Torció su boca en una sonrisita y mordió su labio —Está bien.
Jasper sonrió triunfante, giró a su mujer por la cintura y la besó con determinación, como hace días no lo hacía.
Bajaron las escaleras rumbo al comedor diario, tomados de las manos y poniéndose de acuerdo con los detalles del día. Irina, la amable muchacha que ayudaría a Bella en los quehaceres de la casa y sobre todo en el cuidado de la bebita, ya había llegado muy temprano y tenía todo listo. Bella durante el desayuno, le dio las últimas instrucciones y antes de marchar se despidió unas tres o cinco veces de su hija hermosa y finalmente salió de la casa rumbo a la escuela.
Jasper al llegar al destino, dejó un beso de buena suerte en los labios de su esposa y la dejó marchar, recordándole antes que a las tres de la tarde estaría allí para ella.
La entrada de la escuela estaba llena de niños de todas las edades y de apoderados (N.A: la figura del apoderado es quien representa al alumno ante establecimiento educacional, los que generalmente suelen ser sus padres u otros familiares cercanos) que se saludaban y hablaban entre ellos. No reconoció a ninguno, pese a que en los días anteriores interactuó con uno que otro apoderado de quienes serían sus alumnos. Se hizo camino en medio de la muchedumbre para entrar, cuando una mano se posó en su espalda, haciéndola saltar por la impresión.
—Bella, te ves hermosa en tu primer día de trabajo —ese fue el saludo que Jacob hizo a Bella, mientras contemplaba su atuendo de pies a cabeza: una falda plisada gris que caía hasta unos centímetros sobre sus rodillas, una blusa blanca de ceda y nos zapatos de charol negros con un no tan alto tacón. Además de su rostro con muy suave maquillaje, y la coleta de la que caía algunos mechones de cabello, que lo tentaron a tomarlos entre sus dedos y acariciarlos.
Bella rascó sus brazos con incomodidad frente al descarado escrutinio que su compañero de trabajo estaba haciendo sobre ella, que por cierto la hizo sonrojarse de vergüenza.
—Jacob, buenos días —saludó con amabilidad, reanudando su paso hacia el interior del colegio. Él sonrió y la alcanzó sin dificultad.
—He visto que no has llegado sola, ¿era ese tu marido?
—Jasper, sí.
—Pues me alegra haber conocido a mi rival —dijo con picardía, no causándole para nada gracia a Bella, quien se giró hacia él haciéndole notar su molestia.
—Jacob, por favor, no seas impertinente con tus comentarios.
—Perdona, perdona… —se disculpó, alzando sus manos en señal de rendición.
Bella agilizó el paso, logrando apartarse de su colega, quien disfrutó de la mirada desde atrás que la figura de la nueva maestra dejaba ver. "¡Qué mujer!" sacudía la cabeza exclamando en su cabeza mientras la veía alejarse.
Al llegar a la sala, Maggie su ayudante, una chica de veintidós años que estaba cursando pedagogía en la universidad, la recibió, preparando todo para la entrada de los niños. Esta amable y servicial chica de baja estatura, pelo rojo y rizado no pudo ser mejor colaboradora para Bella, con quien congeniaron enseguida que se conocieron.
—¡Estoy tan nerviosa!
—¡Oh, vamos Bella! Los niños te adorarán.
—Eso espero…
El sonido del timbre anunció la entrada de los alumnos, y uno a uno, acompañados de sus padres, los niños fueron ingresando al salón acondicionado para veinte niños. Bella se acercó hasta los padres a saludarlos, mientras los niños se acomodaban en sus pequeños pupitres, con la ayuda de "Tía Maggie".
Rosalie como directora del establecimiento, ingresó a la sala para dar la bienvenida y hacer la presentación oficial de la nueva maestra. Bella saludó y se presentó, causando una muy buena primera impresión en los apoderados y los alumnos.
Cuando fue el momento, los padres salieron de la sala, comenzando Bella su trabajo de profesora, más relajada de lo que había llegado ese día.
Después de repasar la lista y conocer sus nombres, les indicó que tomaran sus sillas y se trasladaran hasta el fondo del salón en donde quedaba un espacio abierto, ideal para hacerlos sentar en círculo, de tal manera que unos quedaran frente a otros. Allí, empezaron con la dinámica de las presentaciones de modo más informal. Los pequeños de personalidades exaltadas y joviales, comentaban sobre dónde habían ido de vacaciones, si tenían mascotas, sus dibujos animados favoritos y otras cosas de importancia para ellos. Cada uno levantaba la mano con entusiasmo, de manera tal que la maestra los viera y les diera la oportunidad de hablar. Todos, a excepción de uno que otro niño más tímido y una pequeña que solo miraba a sus compañeros mientras estos hablaban. Bella frunció sus cejas y la observó mordiendo su labio y retorciendo sus deditos de sus manos.
Cuando tuvo la oportunidad, Bella le dio la palabra a la niña, pidiendo que le recordara su nombre:
—Soy Grace.
—Bien Grace, cuéntanos donde estuviste en tus vacaciones.
—En la granja —respondió ella a media voz.
— ¿Te gustan los animales?
Grace en respuesta asintió fervientemente con su cabeza, mientras torcía su boca en una hermosa sonrisa que Bella retribuyó de igual forma. Los demás niños se entrometieron, alzando sus manos comenzaron a enumerar cuales eran sus animales favoritos, mientras Grace los miraba y dejaba de torcer sus dedos, relajándose. Bella sonrió ante el cambio de actitud de la niña. Al menos eso era algo.
Cuando la maestra los hizo regresar a sus asientos y comenzaron a realizar la primera actividad de clases, chequeó en su ordenador el perfil de los alumnos para buscar a la tímida Grace. Cuando la encontró, se extrañó porque la personalidad que describía a la niña en ese informe era completamente opuesto a la pequeña que acababa de conocer.
Continuó leyendo su perfil, y reparó en un par de detalles: la niña era sobrina de Rosalie, por lo que enseguida asoció a una información que manejaba: esta pequeña había perdido a su hermana mayor hacía unos meses. Eso debía suponer para la niña un golpe psicológico importante, sumado a que hace poco venía de regreso de Venecia, donde había vivido dos años.
A la hora del recreo, Bella y Maggie salieron al patio a mirar a los niños, Bella sin querer buscó a Grace; la niña estaba sentada en uno de los bancos, acompañada por dos compañeritas con las que al parecer, ya había hecho amistad. Así que decidió acercarse a ellas.
—¿No juegan con los demás niños? —preguntó la maestra, sentándose en un banquito junto a ellas.
—Corren muy rápido —indicó una de las niñas, mirado a sus compañeros hombres corriendo de un lado para otro en un juego que Bella no supo identificar.
—¿Maestra, usted tiene hijos? —preguntó la otra niña con curiosidad. Bella alzó sus cejas y asintió despacio.
—Sí, tengo una pequeñita.
La niña torció su cabeza y preguntó —¿Y usa pañales?
—Sí —se carcajeó Bella— ¿Y ustedes niñas, tienen más hermanos?
Automáticamente la cabeza de Grace se agachó, mientras las dos niñas le contaban sobre el resto de sus hermanos. Bella, preocupada por la reacción de Grace, pidió a las otras dos niñas acompañar a Maggie a preparar las plastilinas con las que jugarían en la próxima hora.
—¿Por qué estas triste, pequeña? —preguntó Bella, acercándose a la niña, mientras le pasaba la mano por la espalda con cautela. La niña sólo alzó sus hombros cuando Bella hizo la pregunta.— ¿No tienes hermanos?
Grace se demoró en responder —No lo sé…
—¿Qué significa eso?
—Que ya no sé si está conmigo… antes la sentía, pero ahora… —susurró con dolor.
Bella se confundió un poco. Esperaba que la niña le dijera que tenía una hermanita que estaba en el cielo o algo por el estilo, pero no esperaba esa admisión.
—¿Cómo así, linda?
—Desde que volvimos… no está en ningún lado, y ahora que mi papá y mi mamá no vivirán juntos… —reconoció casi en un susurro, rascando su frente, mirando hacia sus pies. Bella intuyó que, al peso del dolor de la niña por la muerte de su hermana, se sumaba lo que ella presumió un divorcio. "Dios, pobre niña"
—¿Y dónde está tu hermana? —preguntó Bella, haciéndose la desentendida con el tema de su hermana.
Otra vez las manos de Grace se juntaron en su regazo, retorciendo en tanto los dedos —Es que… Lizzie es un ángel, se fue al cielo hace poco… todo está mal desde que ella se fue.
Bella asintió ahora entendiendo las palabras de la niña. ¿Cómo ayudarla? Intentaría con algo —¿Sabes lo que creo? Quizás ella si esté contigo, y quizás seas tú la que no la siente. Con todo esto del cambio de país, y las vacaciones…
La niña miró con rareza a su nueva maestra —¿Cómo?
—A veces los ángeles pueden cambiar su manera de comunicarse con nosotros. La presencia de tu hermana debes sentirla aquí —dijo Bella poniendo una mano sobre su pecho. Grace la miraba y le oía ahora con asombro y poniendo mucha atención —Quizás sea sólo cosa de cerrar los ojos y aunque no te hable, o no la veas, sabrás que ella está contigo, porque la sentirás… como sientes el aire, el que no puedes ver, ni tocar con las manos, pero sabes que está ahí.
Grace procesó por unos segundos las palabras de su maestra y a sacar sus conclusiones en voz alta —Quizás, como ya es un ángel grande, tiene otras labores, por eso ya no me habla… o tal vez ya no le toque cuidarme…
—Grace, ella siempre te cuidará.
—Yo sólo… la echo mucho de menos, mucho… - reconoció con pena, restregando uno de sus ojos que picaban por el amenazante llanto.
—Lo sé, preciosa. —tomó las manitas de la niña entre las suyas y acercó su rostro hasta el de ella. Allí íntimamente susurró —Y sé que echas de menos no sentirla como antes, pero haz lo que te digo, concéntrate en sentirla en tu corazón.
Grace asintió con la cabeza, agradecida de su maestra y prometiendo hacerlo.
—Ahora, por qué no alcanzas a tus amigas adentro y les ayudas, ¿sí?
—Claro maestra.
La niña se levantó de su sitio y caminó directo hasta la sala, mientras Bella la seguía con la mirada. Hubiese deseado verla sonreír, convencerla de que su hermana de verdad estaría con ella y demostrárselo de forma concreta como la niña deseaba, pero ella no tenía esa capacidad. Sólo esperaba que con los días, el ánimo de Grace mejorara. De cualquier manera, hablaría con Jacob sobre este asunto para pedirle un consejo, e intentaría coordinar con sus padres para hablar de la situación.
Cuando fue la hora de salida, los niños se formaron en fila para salir al encuentro de sus padres, que esperaban por ellos. Cada uno iba despidiéndose de su nueva y amorosa maestra en tanto iban saliendo de la sala. Cuando fue el turno de Grace, alzó sus brazos hacia Bella, quien se inclinó para recibir el abrazo que la niña le ofrecía en señal de agradecimiento.
—Adiós hermosa…
—Nos vemos mañana maestra.
Cuando se soltó, salió corriendo a los brazos de una mujer que parecía más bien su abuela.
—¿Ves? Los niños te adoraron… y tú tan nerviosa… —dijo Maggie cuando todos los niños se habían marchado. Bella sonrió con satisfacción y supo que ella también adoraría a esos pequeñitos.
/E.P/
—Alice, ha sido mejor de lo que yo esperaba —comentaba Bella con entusiasmo a su hermana. En su emoción, marcó su teléfono olvidando las horas de diferencia entre ambos países, despertando a Alice sobresaltada, pensando en que algo podía estar pasando.
—Es grandioso lo que me dices, hermana. Estoy feliz por ti —susurraba Alice bajito para evitar despertar a Michael, que dormía como tronco junto a ella.
—Extrañaba la energía que me dan esos niños… aunque extrañé mucho a mi Beth.
—Es lógico… por cierto, en las fotos que me enviaste, se ve que ha crecido mucho, estoy loca por verla.
—¡Oh, cariño! No tarden en venir…
Mientras Bella hablaba con su hermana sentada de piernas cruzadas sobre la cama, Jasper la contemplaba recostado sobre el marco de la puerta del baño. Había logrado estabilizar la relación con su esposa, lo intuía, pero la lejanía de Alice lo comenzaba a colmar en todos los sentidos. Quería oírla al menos, saber que ella estaba sintiendo algo de la tortura que él sentía por estar lejos, y no la maravillosa felicidad que su madre y su hermana apostaban que estaba viviendo junto a su príncipe azul.
Así que sin más, y sabiendo cuando era el momento de aprovechar una oportunidad, caminó con paso decidido hasta su mujer, y extendió su mano, pidiendo el teléfono. Bella lo miró extrañada y después de disculparse con Alice por un segundo, cubrió la boquilla del auricular y susurró en dirección a él:
—¿Qué?
—Déjame saludarla —dijo él, insistiendo con su brazo extendido hacia ella, esperando el teléfono. Ella sin más se lo dio y se levantó de la cama hacia el baño.
—Cuñada… —con voz oscura y socarrona, Jasper saludó a Alice, pudiendo adivinar la postura tensa de su cuerpo al oírlo— ¿Cómo te trata Estocolmo sin nosotros, eh, Alice?
—Voy a colgar, Jasper… —susurró su amenaza con un temblor en la voz. Aun así, no lo hacía.
—¡¿Por qué maldita razón no has respondido a mis llamadas ni a mis mensaje?! —exigió saber en voz baja, para evitar que Bella lo oyese.
—No tengo nada que hablar contigo…
—Dime una cosa, Alice, ¿eres tan feliz con Michael, como tu hermana cree? ¿Te hace vibrar en la cama, Alice, como sabes que yo lo haría? ¿Ese pobre hombre intuye que es en mí en quien piensas cuando está dentro de ti y…?
—¡Cállate! Eres asqueroso —profirió ella, apretando sus dientes, deteniéndose a sí misma de no gritar abiertamente para no despertar a Michael.
Pero él no hizo caso —Linda, esta noche, cuando haga el amor con mi mujer, dedicaré uno o dos orgasmos a tu memoria. Alice… te lo prometo.
Sin poder soportar más, finalmente Alice cortó la llamada temblando, levantándose y corriendo hacia la cocina para calmarse. No era posible que Jasper estuviera tan perturbado como para decirle esas cosas.
Jasper colgó el teléfono también, con la certeza de que Alice se sentía alterada por él y que seguramente sus palabras, aunque intentara borrarlas, las recordaría haciéndola tambalear de su decisión de haberse quedado allí con ese imbécil. Sintió la satisfacción correrle por las venas y reafirmó sus sospechas, porque, aunque Alice nunca lo afirmó, sabía que ella sentía por él una atracción potente. Igual de potente que la obsesión que crecía dentro de él.
—¿Y Alice?
Jasper sacudió la cabeza, y se giró hasta Bella quien caminaba hacia él —Oh, ella dejó saludos. Me despedí porque allí es muy tarde —mintió, sonriéndole con facilidad.
Ella sonrió de regresos —Sí, soy una desconsiderada.
Él asintió en acuerdo y preguntó con voz ronca —¿La niña se durmió?
—Sí, la dejé dormida antes de hablarle a Alice —respondió ella, mordiendo su labio con coquetería.
—Bien. —Jasper dejó caer su boca al cuello de su mujer, recorriendo con su lengua hasta mordisquear el lóbulo de su oreja. Ella se estremeció y apuñó la camiseta de Jasper, dejándose llevar por la sensación. Así era como a ella le gustaba, suave, dedicado, seductor. La única manera que ella sabía sobre el acto del sexo y el amor era así, lentamente,conjugándose ambos cuerpos en uno solo.
Buscó con sus manos la piel desnuda de su marido bajo la camiseta, mientras él apresaba su boca contra la suya y metía sus manos bajo el pantaloncillo de franela de Bella, apretando su trasero con la fuerza adecuada para hacerla gemir. Enseguida, mordiendo el labio de Bella, la giró y los hizo caer sobre el colchón. Aun con sus manos en el culo de su esposa, se apartó y sacó de un movimiento los pantalones, besando la piel desde sus tobillos hasta sus muslos, mientras ella se retorcía de placer sobre la cama, y soltando fuertes gemidos cuando él removió con sus dedos su líquido y ansioso sexo.
Jasper siguió su camino hacia arriba, mientras a su vez, subía la camiseta de Bella, quitándosela por la cabeza, jugueteando luego con un pezón y luego con el otro, acariciándola por los costados de su fina figura. Se deshizo con premura de su ropa para seguir su tarea, y cubriéndola enseguida con su propio cuerpo, mientras ella le envolvía sus caderas con sus piernas y lo atraía hacia ella, desesperaba por el encuentro. Estaba ávida de placer, eso él lo sabía al notar las uñas clavándose en sus hombros o sus manos jalando sus cabellos.
—Jasper… no me hagas esperar… —jadeaba rogando en su oído.
—Sólo quiero que disfrutes, mi amor… esto es para ti… —decía, frotándose en ella con lentitud, mientras ella buscaba más fricción, alzándose a él, invitándolo a entrar de una vez por todas— ¿Lo quieres ya?
—¡Sí… por Dios Jasper! —casi gritó, no quedándole más remedio a él que hundirse poco a poco en el cuerpo de su mujer, exigiéndole que la mirara mientras lo hacía, y susurrándole que eso era por y para ella. Durante varios minutos, con movimientos acompasados, besos candentes, miradas oscuras y pasión desbordante, Bella se dejó llevar en su primer y avasallador orgasmo, gritando el nombre de él.
Jasper sintió complacencia al oír a su mujer venirse con su nombre en un grito de sus labios, mientras él sentía su liberación cerca, mordiéndose la lengua para no gritar nada comprensible, pues había hecho una promesa a Alice, y por Dios que la estaba cumpliendo, porque si bien Bella era encantadora en la cama, deseaba sentir el cuerpo de Alice envuelto en el suyo y llegar con ella hasta la cumbre. Pero de momento, sólo se conformaba con su imaginación, por lo que con el semblante de Alice en su mente, hundió su rostro en el cuello de Bella cuando acabó y se dejó caer sobre ella respirando pesado.
Allí quedaron ambos cuerpos exhaustos hasta que recobraron la respiración y comenzaron otra vez con el juego de seducción, hasta que después de toda esa avasallante actividad sexual, cayeron rendidos durmiéndose uno junto al otro.
~En Paralelo~
Luego que Grace le contara a su padresobre su primer día de clases, de las nuevas amigas que hizo, y de lo buena que era su maestra, la niña cayó en los brazos de Morfeo rendida con el ajetreo del día.
Después de lo mal que lo pasó cuando le contaron sobre este nuevo "cambio" que él y Lauren iban a enfrentar, sufriendo con la idea de que ya no vivirían todos juntos, Edward deseaba verla feliz como siempre, pero un injusto sentimiento de tristeza cruzaba la mirada de la niña.
Injusto ese sentimiento, pensaba Edward, porque no es justo que una niña como ella cargue con una pena como la pérdida de su hermana y sumarle además todo lo de la separación, cuestión de la que Edward se sintió contribuyente.
Y se odió por eso.
La observó dormir por un largo rato, con su semblante pacífico, aferrada a su viejo oso café de felpa quien ya había perdido un ojo y una de sus orejas amenazaba con desaparecer de su sitio en cualquier momento. Edward con diversión recordó el momento aquel, cuando al embalar las cosas desde Venecia, Lauren sugirió a la niña reemplazar el peluche. Grace claramente dio a conocer su postura: "Mamá, no te metas con Dido".
A la mañana siguiente, fue el turno de Edward de llevar a la niña al colegio, con el tiempo justo para dejarla con Rosalie, pues debía atender un asunto importante en el bufete.
—¿No te quedas a conocer a mi maestra? —preguntó ella, cuando su padre la bajó del coche.
—Esta vez no puedo, nena —dijo, besando su frente y poniendo la mochila sobre su hombro, para acercarse a Rose, que los esperaba a las puertas del colegio— Recuerda que la abuela Esme vendrá por ti cuando salgas.
—Está bien…
Edward miró a su hija mientras caminaban, y quiso hacer algo para mejorar su ánimo, algo que la alegrara. Así que ocurriéndosele una idea de último momento, le dijo a su hija —Si te portas bien en el colegio, iremos a un lugar… —dijo, alzando sus cejas hacia ella.
Ella torció la boca mirando el divertido rostro de su padre —¡¿A dónde papi?!
—Es sorpresa, pequeña. Ahora ve y ya sabes, pórtate bien, ¿sí? —indicó, extendiendo sus brazos para que ella lo abrazara.
—Adiós papi —se despidió ella, corriendo luego a los brazos de su tía.
Edward suspiró mientras observaba a su niña entrar por la puerta de la escuela y se juró hacer lo posible por verla sonreír, lo que no era muy complicado, pues Grace era una niña sencilla que disfrutaba de las pequeñas cosas. Así que lucharía por eso, porque la niña fuese feliz. Esa era la misión de su vida ahora.
/E.P/
La mañana para Edward y sus colegas pasó rápidamente entre negociaciones y límites legales, teniendo que improvisar un almuerzo de hamburguesas y gaseosas en la sala de reuniones. Con todo el ajetreo, no había tenido tiempo de hablar con Tatianne sobre los lineamientos del divorcio, de los que prometió a Lauren hacerse cargo y tener listos para su regreso, en unos pocos días.
—Buenos señoras y señores, este es un caso importante —indicó Carlisle desde la cabecera de mesa— Mañana tendremos el primer juicio y debemos ir muy seguros. Tenemos las pruebas a favor de nuestros clientes, pero no podemos relajaron. Ya saben a lo que vamos…
—¡A patearles el culo! —exclamó Tatianne como arenga de guerra, llevándose los aplausos de sus colegas y un tierno beso en su mejilla proporcionado por Garrett, su orgulloso marido.
—No podría haberlo dicho mejor, abogada—indicó Carlisle con tono divertido, guiñándole un ojo y levantándose de la mesa para salir rumbo a su oficina. La extenuante reunión de trabajo, al fin, había terminado.
Todos los presentes se levantaron de la mesa para ir a sus respectivos despachos a atender otros asuntos. Edward había ya comenzado a recibir casos particulares sobre los que se tendría que poner a trabajar, así que llegando a su oficina, se acomodó tras su escritorio y se puso a trabajar. Veinte minutos después, fue interrumpido por Tatianne, quien asomaba su cabeza por la puerta —Uhm… ¿Estás ocupado?
—Un poco.
—Es que, hay una clienta que requiere de tus servicios con urgencia —indicó seriamente. Edward, extrañado, apartó su mirada hasta su agenda y vio que no tenía citas, además, la secretaria se lo hubiese advertido, así que regresó una mirada de confusión hasta su amiga, quien rodó los ojos.
—Esta importante clienta, no ha hecho citas con tu secretaria, pero demanda tu atención.
—¿Me puedes decir qué demonios…?
Y antes que el abogado soltara improperios hacia su colega, esta abrió la puerta e ingreso con la demandante clienta que requería sus servicios.
—Señorita Grace, aquí está el abogado Cullen con quien usted demandó hablar —dijo Tatianne en tono muy serio y profesional a la risueña niña, quien había llegado allí traída por Esme. Su padre dejó a un lado su trabajo y caminó hasta su pequeña clienta, tomándola por los brazos hasta la altura de su rostro para besarle con ternura.
—¿Cómo estuvo la escuela hoy?
—Bien papi —respondió la niña de forma dulce.
—Bueno, yo los dejo —Tatianne se acercó hasta la niña, acariciando su rostro— Y dile a tu papá que te lleve uno de estos días a casa a jugar con los chicos, ¿sí? —sugirió a la niña, refiriéndose a los dos diablillos de sus hijos, uno de ellos de la misma edad de Grace.
—¡Sí! —exclamó ella, antes que la abogada saliera del despacho de su padre.
—Entonces, ¿tú y yo teníamos alguna cita o algo por el estilo? —preguntó Edward a su hija, haciéndose el desentendido.
—Me dijiste que me llevarías a un lugar…
—¿Un lugar? ¿Qué lugar es ese?
—¡Oh, no quisiste decírmelo!
Edward mantuvo a la pobre niña en suspenso hasta que aparcó el coche en los estacionamientos hasta el Lincoln Park Zoo. La niña abrió sus ojos, abrumada por la emoción de ver a todos los animales que seguro había allí. Él no tuvo necesidad de preguntarle a su hija si la idea le parecía buena, pues era cuestión de ver sus ojos luminosos y ansiosos por comenzar la travesía.
—¿Estás lista?
—¡Sí papi! —respondió Grace con entusiasmo, tomó la mano de su padre y ambos se encaminaron al interior del parque.
Leones, tigres, jirafas, elefantes, gorilas, cebras, rinocerontes, un increíble oso polar, cisnes, flamencos, un sinfín de especies marinas y aves de diferentes tipos y de todos los tamaños, fueron haciendo que la niña soltara exclamaciones de asombro y demandara de su padre una fotografía con cada animal para mostrárselas luego a sus abuelitos y a su madre.
Más de dos horas de caminata entre la especie del mundo animal fueron suficientes para dejar extasiada y con su rostro iluminado por la felicidad después de ver a tantos animales, incluso poder tocarlos y alimentarlos.
—¡Abuelo, y la jirafa… es tan, tan grande! —le contaba a Carlisle, indicando con su brazo hasta alcanzar la mayor estatura que pudo, mientras Esme miraba las fotos que Edward había tomado de ella.
Esme acariciaba con su vista la figura feliz de Grace, reprimiendo su pena. Pena porque la idea del divorcio y todo lo que ello conllevaba la ponía mal. Secretamente se había ilusionado con la idea de que Lauren, Edward y la niña vivieran con ellos en su casa hasta que encontraran su hogar definitivo. Pero la idea de que la niña —desde la próxima semana— fuera a vivir con Lauren, separada de su hijo, le dolía en el corazón.
—Oye, ¿está todo bien? —Edward sorprendió a su madre, alcanzando a ver señales de pesadumbre en los rasgos de su hermosa cara mientras contemplaba las fotos en su móvil.
Esme sonrió en dirección a su hijo, y luego volvió a girar su vista hasta la fotografías —Está todo bien, querido. Las fotos están preciosas, se ve que se divirtieron
—Sí, pensé que quedaría rendida, pero salió con más ánimo del que entró, dispuesta a recorrer el zoo una vez más.
—Bueno, iré arriba y regresaré para cenar, ¿sí? —dijo, dejando el móvil en los brazos de su hijo y un beso sobre su frente. Edward la observó irse hacia el sector de las escalas que dan hacia el segundo piso, donde estaban los dormitorios. No estaba seguro si su madre estuviera bien, como ella dijo. Ella simplemente no sabía aparentar ni mentir. Así que dejó a su hija hablando con su abuelo sobre sus periplos en el zoológico y subió tras ella.
Cuando llegó a su cuarto, abrió la puerta con cuidado y la vio sentada sobre la cama, con un retrato entre las manos, mientras lloraba y acariciaba con sus pulgares las figuras en las fotografía. Ese retrato él lo conocía bien, porque fue él mismo quien se lo dio. Era un marco de plata envejecido, perfecto para el retrato en sepia que Lauren preparó. Se lo dieron el día que partieron a Venecia, hace más de dos años.
—Oye, mamá… —le susurró, queriendo abrazarla. Ella no retuvo más sus sollozos frente a su hijo, sujetando la fotografía en sus manos, mientras volteaba la cabeza y la escondía en el pecho de su hijo, quien la consolaba.
—Es que… la extraño tanto…
Como padre, Edward se había centrado en el dolor que significaba para él la pérdida de su hija, pero olvidaba que había una familia detrás sufriendo también con esa perdida, como su madre. Esme siempre se mantuvo compuesta y tranquila, ayudando y siendo soporte para Edward, dejando a un lado su propio sufrimiento. Eso solamente podía hacerlo su madre.
—Es tan irreal… todo… la muerte de Lizzie, tu divorcio… y ahora Grace irá con Lauren, y yo no la veré…
—Oye, mamá —Edward alcanzó la barbilla de su madre para alzar su cara hasta él poder verle a los ojos y limpiar con sus pulgares las lágrimas —Verás a Grace tan seguido como quieras. Además, Lauren no se ira de la ciudad, estará cerca.
—No será lo mismo… ¿No han reevaluado la decisión del divorcio? Ustedes se quieren y las cosas podrían mejorar
—Nos queremos, sí, pero no es amor suficiente para mantenernos juntos como marido y mujer. Y eso finalmente nos hará pelear y no queremos eso. Es mejor así, mamá…
—¿Y tú, hijo? ¿Estás bien con todo esto?
—Eso intento, mamá. Eso intento —reconoció, besando a su madre y volviendo a poner su cabeza en su pecho para acunarla.
/E.P/
—¿A qué hora llega el vuelo de Lauren? —preguntó Carlisle, cuando junto a su hijo Edward entraban por las puertas de las instalaciones de la firma de abogados.
—Cerca de las cinco, Grace y yo iremos por ella al aeropuerto y las llevaré con Greta.
Los veinte días que Lauren fijó para su estadía en Alaska, ahora llegaban a su fin. Durante esas tres semanas, no hubo día que no se comunicara con ellos por teléfono. A veces, llamaba a Edward por las noches y lloraba junto a él, y cuando él le advertía que tomaría el primer vuelo al día siguiente para reunirse con ella, Lauren lo detenía, diciéndole que llorar era bueno y parte del duelo, pero que ella estaba mejor, si es que se podía decir así.
Además, al día siguiente era el tercer mes desde la muerte de Lizzie, y como juraron, el ocho de cada mes lo pasarían los tres juntos y recordarían a su primogénita de la mejor manera posible.
—Entonces irás por la niña al colegio.
—Sí.
—Aja —exclamó Carlisle, pulsando el número del piso en el elevador, mientras con mucho cuidado decía a su hijo— Oí sin querer, una charla que tuviste con Tatianne sobre tu contrato de divorcio, ¿están completamente seguros de eso?
—Sí, los términos están estipulados de la mejor manera, beneficioso para ambas partes.
—De verdad espero que sea beneficioso para ambos, Edward. Y para la niña también.
—Trataremos que sea lo menos traumático para la niña.
—Estoy seguro que lo harán.
Como era habitual, la mañana de Edward corrió vertiginosamente entre papeles y contratos, pasándosele incluso la hora de comer, así que cuando salió rumbo al colegio de su hija, se preocupó de comprar algo para almorzar. Llegó a su destino, un poco encima de la hora, pues varios niños de la edad de su hija ya estaban junto a sus padres, por lo que Grace debía de estarlo esperando. Caminó hasta la entrada y precisamente se encontró con que su pequeña venía de la mano con una mujer, a quien Edward supuso la maestra.
Cuando la niña lo vio, alzó su mano desocupada y la agitó saludándolo. Edward hizo lo mismo mientras caminaba hacia ellas.
—¡Papi, papi! —la niña se soltó de la mano de la mujer y corrió como gustaba hacerlo, hasta los brazos de su padre, siendo alzada por él.
Tras él darle un gran beso en su mejilla se disculpó por su retraso —Perdona la demora, cariño
—No importa —respondió la niña, rodeando a su padre por el cuello —Mira, ella es mi maestra
Bella sonrió amablemente en dirección al abogado y extendió su mano hacia él, en señal de saludo —Soy Isabella Whitlock, maestra de Grace. Mucho gusto.
—Soy Edward Cullen.
Estrecharon las manos el tiempo necesario, ella con una sonrisa cordial en su rostro y él con su siempre serio semblante con la gente a quien desconocía. Cuando se soltaron, Bella instintivamente dio un paso atrás y agachó su cabeza. En su mirada opaca, se dio cuenta de cómo el dolor de un padre puede reflejarse en sus ojos, pues fue lo que ella vio, y eso la afectó como madre que era.
La niña golpeó el hombro de su padre para llamar su atención —¡Mira, mira! Allí está tía Rose, ¿puedo ir a saludarla? —indicó con su dedo hasta donde se hallaba Rose.
—Claro —asintió Edward, dejándola en el suelo. La niña al instante salió disparada hacia su tía, que estaba a unos cuantos metros de allí.
—Ella es una niña encantadora —dijo Bella, cruzándose de brazos frente al serio padre de la niña. Él, sin quitar los ojos de su hija asintió levemente.
—Lo es.
Bella carraspeó antes de volver a hablarle a Edward —Uhm, señor Cullen, —Edward desvió lentamente su mirada hacia ella y espero a que continuara —yo quisiera ver la posibilidad de concretar algún tipo de reunión con usted y su esposa dentro de los próximos días.
Edward arrugó su frente —¿Pasa algo con la niña?
—Oh, no, no es nada grave, pero creo que es necesario.
—¿No puede decirme de qué se trata?
—Me temo que ahora no es el momento, pero no quiero que se preocupe, por favor.
—Bien —admitió, llevándose las manos hasta los bolsillos de su pantalón de vestir —Coordinaré con mi esposa un día y le avisaré.
—No hay problema. Bueno, me retiro, que tenga buena tarde —dijo ella, sin molestarse a extender la mano hacia el abogado. Asintió educadamente, se giró y regresó al colegio.
Edward, más preocupado por lo que la maestra pudiera decirle de su hija que por no haberse despedido como las normas de caballerosidad indicaban, caminó hasta su cuñada, la saludó y minutos más tarde salieron rumbo a casa.
Mientras llegaba la hora del ir hasta el aeropuerto por Lauren, Edward fue con la niña hasta la casa para adelantar algo de sus deberes, intentando a la vez ver o notar en su hija alguna señal que indicara algo extraño en ella, pues ciertamente quedó muy preocupado por lo que la maestra pudiera decirles en esa reunión que solicitó.
—¿Y son buenos compañeros? ¿Has tenido problemas con alguno?
—No… —negó la Grace con la cabeza, sin dejar de prestar atención al dibujo que en ese momento coloreaba— aunque juego más con un par de niñas…
—¿Y con la maestra? ¿Te ha llamado la atención por algo que hayas hecho?
—No, me he portado bien papi… y la maestra es muy buena, no nos reta…
—Bien.
Edward dejó de lado su preocupación y se quedó observando a su concentrada hija que encantada hacía sus quehaceres. Se trataba de colorear láminas donde aparecían diferentes animales en su hábitat natural los que ellos en clases reconocieron con sus respectivos nombres. Seguro Grace supo todos los nombres, porque cualquier cosas relacionada con el mundo animal a ella llamaba su atención.
Tuvieron que dejar la tarea de lado cuando fue la hora de ir al aeropuerto. Edward le recordó a la niña que esa noche se quedaría con mamá en casa de su otra abuela; ella no puso trabas, sólo le interesaba pasar tiempo con su madre, a quien había extrañado mucho.
—Bien, en cuanto la veas venir, levantas el cartel —le indicó Edward a la niña que estaba en sus brazos, atenta a ver a su madre entre la multitud. El cartel del que él hacía mención, era uno que la niña preparó el día que Edward le dijo cuándo volvería. Era rojo y tenía forma de corazón y por los contornos estaba adornado por papeles brillantes que su abuela consiguió para ella; en el centro de este estaba escrito con palabras grandes "Te quiero mamá", y cada letra de esa frase tenía un color diferente. Había sido un trabajo conjunto entre la niña y su padre, quien una tarde de domingo se vio tirado sobre la alfombra de la sala, coloreando esas letras.
—¡Allí! —indicó la niña, alzando entre sus manos el gran corazón. Cuando Lauren lo distinguió llevó una mano a su pecho y caminó con rapidez hasta encontrarse con su pequeño tesoro, a quien tomó entre sus brazos y apretó con fuerza.
—¡Oh, que hermosa sorpresa! —Exclamó, dándole infinidad de besos a la niña en su rostro, al tiempo que tomaba su cartel entre las manos —Está hermoso.
—Papá y yo lo hicimos.
—¡Son unos artistas! —exclamó, acercándose hasta Edward, pasando una mano sobre sus hombros, y dejando un beso cariñoso en su mejilla.
—Estás más delgado —indicó, poniendo una mano en su pecho y percatándose de que su barba no había sido cortada. Edward solo alzó los hombros y negó con la cabeza. Enseguida tomó el equipaje de Lauren y la guió hasta la salida, para encaminarse a casa de la madre de esta.
Fue un buen reencuentro, meditaba Edward una vez en casa de Greta. Sobre todo para la niña, quien no había dejado de sonreír en todo ese rato y para evitar que ella cambiara su ánimo, Edward se quedó allí hasta que la niña, unas horas más tarde, fue hasta su cama y se quedó felizmente dormida.
—¿Estuvo bien el viaje entonces? —preguntó él, sentados ambos en el jardín de la casa. Él fumaba un cigarro, y ella tomaba su té de menta.
—Sí, fue necesario para retomar mi vida.
Edward y Lauren absorbieron la tranquilidad de la noche para enfrentarse a lo que al día siguiente les esperaba. Era el día que les recordaba la lucha que Elizabeth había librado y eso hacía que sus sentimientos de pena estuvieran a flor de piel. Además, con la llegada de Lauren, de cierto modo, se hacía efectiva la separación y todo lo que eso implicaba. Y ambos lo sabían y pensaban en ello en ese momento.
Lauren llevó su mano hasta la de Edward, entrelazando sus dedos. Él torció la vista ante la imagen de sus manos y luego la alzó hasta el rostro pacífico de ella.
—Saldremos adelante y seguiremos juntos, aunque los papeles digan lo contrario —dijo esto último haciendo mención al divorcio. Edward la contempló y asintió levemente con su cabeza.
—Lo haremos.
¿Les gustó?
No sea malvada y deje su comentario =)
