Una vez más, super agradecida por vuestra compañía, por las que hace tiempo me acompañan, por las nuevas que se van integrando a hacerme compañía en este loco camino... ¡Gracias miles!

Mil gracias como siempre a mi sexy "señora" beta Gaby Madriz por hermosear este capítulo.

¡A disfrutar el capítulo!

(Pueden encontrarme como Cata_lina_lina en twitter y Catalina Lina en Facebook)


12. Acción y reacción.

"…Que sienta lo que siento, al tiempo le da igual,

Maldigo este tormento, que no me quiere soltar…"

~En Paralelo~

Seth Clearwather es un brillante estudiante de Derecho que llegó a hacer su pasantía a la firma que preside Carlisle Cullen, quien lo puso bajo la disposición de su hijo Edward, para que sirviera de ayudante en sus casos y aprendiera de él.

Digamos que a Edward no le cayó muy bien este mandato de su padre, pero con el pasar de los día, se dio cuenta que el muchacho era muy perspicaz y le era de mucha ayuda.

—¡Estoy para servirle, abogado! —respondió el servicial Seth, después que Edward lo felicitara por dar con un par de detalles escondidos para presentar como pruebas contra una empresa multinacional que estaba siendo demandada por abusos laborales.

El muchacho de tez morena, siempre estaba atento a lo que Edward le enseñaba. Lo observaba con total concentración cuando interactuaba con sus clientes, deseando que en un futuro él pudiese ser tan profesional y exitoso como lo era su abogado guía.

—Hay que informarle a la contraparte que no aceptamos las disposiciones y avisarles a nuestros clientes lo que acabamos de encontrar para el caso.

—Enseguida —dijo Seth, levantándose de la mesa. Se detuvo antes de hacer lo que Edward le solicitó— Uhm… señor, sobre su escritorio hay unas carpetas sobre el caso de un divorcio, que parece sencillo…

—¡Diablos! —exclamó Edward, pasándose los dedos por el cabello. Había dejado a un lado el caso de la maestra Swan, después que aquella noche se encontrara con la perturbable —para él— existencia de la pequeña hija de la maestra, que no dejó de recordarle a su Lizzie, por todas las coincidencias entre ambas.

—¿Puedo ayudarlo con la redacción de la demanda? Vi que tomó notas de algunas cosas, podría guiarme por eso…

—Muy bien, Seth, trabaja en ello mientras yo me concentro en este caso —dijo, poniendo la palma de sus manos sobre los papeles esparcidos sobre la mesa, con los que habían trabajado recién.

—¡A sus órdenes, jefe! — respondió, cuadrándose al más puro estilo militar, para luego salir de la oficina por su café Mocca. Edward sonrió y negó con la cabeza, volviéndose a concentrar en los documentos. Pero antes que eso pudiera suceder, un golpe leve sonó, abriéndose la puerta enseguida.

La abogada Tatianne Emerson, se asomó y pidió permiso antes de entrar, respondiendo Edward con un asentimiento de cabeza. Eso no pasaba con regularidad, pues ella simplemente entraba, pero las cosas entre ella y su viejo amigo aun estaban algo delicadas.

—Me encontré con Seth y me dijo que habían encontrado algo…

—Sí, así es.

—¿Puedo ayudarte?

—No de momento.

Ella asintió lentamente, mordiéndose el labio, ante las secas respuestas de Edward. Hasta que no pudo más:

—¡Por Dios, Edward, hasta cuando me castigarás con tu indiferencia! —exclamó, caminando hasta él. Él la miró entornando sus verdes ojos

—No te estoy castigando, ni que fuera tu padre…

—¡Sabes de lo que hablo! —Tiró de una silla junto a Edward y se sentó sobre esta— Lauren me habló de su affaire con Emmett el día que se divorciaron. Si lo hubiese sabido antes, te juro que no lo habría callado, pero decirlo ahora, ¿qué caso tenía? ¡Jamás pensé que te enterarías! Al menos no todavía.

Edward la observó tranquilo y en silencio mientras ella le explicaba su difícil postura de estar entre ambos, no inclinándose hacia ningún lado.

—¡Maldición, Edward, también quise molerle las bolas a Emmett cuando Lauren me lo dijo! Y de paso, arrancarle el pelo a Lauren…

—Vale, vale —dijo él, deteniéndole— Te entiendo. Me extralimité contigo, lo siento, pero me superó. No tienes la culpa de nada, comprendo tu posición.

—¿De verdad? —Preguntó con suavidad, ladeando su cabeza y mirando a su amigo con ojitos de corderito — ¿Ya no estás enojado conmigo?

Edward torció su boca, mordiéndose la sonrisa que le provocaba ver a su amiga así, esforzándose por ser dulce —Está todo bien, Tatianne, no estoy enojado. Ahora déjame trabajar.

—¡Diablos, Edward! —Dijo, extendiendo sus brazos hacia él por los hombros para abrazarle — Mal genio y todo, pero te extrañaba amigo…

— Bien, Tatianne —dijo él, dando golpecitos en la espalda de su amiga y habló con sarcasmo — Me harás llorar con tus muestras de cariño, así que suéltame, ¿sí?

Tatianne se apartó, con una gran sonrisa en sus labios —¿Aceptarías una invitación a almorzar, para sellar tu perdón? —preguntó, llevándose las manos al pecho.

—Lo que sea para que me dejes trabajar en paz, mujer.

Ella rodó los ojos y se levantó de un salto —A medio día paso por ti.

Y fue lo que hizo. Sabía que su amigo Edward saltaba su horario de almuerzo y eso a ella le preocupaba. Lo llevó a un restaurante que estaba a dos cuadras del edificio de la firma, por lo que caminaron hasta allí, ella cogida del brazo de su amigo. Al llegar, los ubicaron en una mesa y enseguida pidieron su orden al camarero.

—Presumo que no has hablado con Emmett después de que fuiste a su casa a golpearlo.

—¡¿Cómo te enteraste?!

—Rosalie llamó a Lauren para pedirle explicaciones y Lauren a su vez me llamó para contarme.

—Vaya…

—Sabes que eso ocurrió hace algún tiempo, que según Lauren, fue sin importancia.

—Sin importancia… —repitió él con ironía, bufando— Se metió con mi hermano, Tatianne, y dicho sea de paso, dejó de amarme hace mucho… y por otro lado Emmett, siempre criticándome…

—Lo siento, Edward. Jamás pensé que eso podía pasar. Pero debes dejarlo pasar, lo sabes.

—Lo sé, pero es complicado. Le fui infiel a Lauren, pero después que entre ella y yo ya no pasara nada… sé que no es excusa, lo sé, pero…. —le costaba encontrar las palabras— siento que viví en una mentira. Creo que mi familia se sujetó por mis niñas, y después de lo de Lizzie… todo se vino abajo… —concluyó, cerrando los ojos y percibiendo el dolor vivo dentro de su pecho con la sola mención de su Lizzie.

Tatianne extendió las manos sobre la mesa, logrando alcanzar las de Edward que sujetaban con fuerza la servilleta de lino.

—Nada puedo decirte para consolar tu solo por la partida de Elizabeth, porque seguro no las hay, pero te aseguro que vendrá el momento de tu vida en que encuentres estabilidad. Te mereces amar y ser amado, Edward…

—Detente, Tatianne —dijo, poniendo ahora su mano libre sobre las níveas manos de su amiga que aun se posaban sobre la suya— No sé si habrá alguien más en el futuro; probablemente no. En este momento, no estoy pensando en eso, no es una prioridad ahora ni será una prioridad en el futuro.

—¡Oh, Edward! ¿Te vas a convertir en monje? ¿Serás un eunuco? —preguntó esto último, alzando una de sus cejas con un brillo malévolo. Él entornó los ojos hacia ella, por dentro agradecido que lo alejara de sus recuerdos oscuros.

—Siempre hay alguien a quien le pueda pagar para que me haga el favor…

—¡Asqueroso! —exclamó ella, escandalizada, apartándose, y lanzándole su servilleta.

En un ambiente distendido, que era lo que Edward necesitaba, ambos amigos almorzaron hasta e hicieron sobremesa hasta más allá de las tres de la tarde, cuando se percataron de cómo pasó la hora entre charlas livianas.

Cuando el abogado Cullen regresó a su despacho, el solícito Seth trabajaba frente a su laptop con la propuesta que se ofreció redactar para Edward. Estaba emocionado, pues en la práctica era la primera que formulaba y sería revisada y aprobada —ojalá— por el titular.

—Dime por favor que no te quedaste aquí sin tener tu almuerzo, Seth.

—No puedo trabajar sin alimento en el estómago, abogado —dijo, sin dejar de mover sus dedos sobre el teclado. Edward asintió y caminó hasta su escritorio para proseguir con su trabajo. Al sentarse, miró el retrato de Grace y se lamentó no poder verla ese día. Trabajaría hasta cerca de las nueve con ese caso que lo traía ocupado, por lo que vería a su hija hasta el día siguiente. Le dedicaría la tarde completa, y procuraría llevarla a algún lugar divertido antes de ir con ella a casa a revisar sus deberes de escuela.

Cuatro horas más tarde, Seth se levantó definitivamente de la mesa y con sus laptop entre las manos se acercó hasta Edward para enseñarle lo que había hecho.

—¿Ya lo tienes? —preguntó Edward.

—Es un caso de divorcio, nada complejo. Creo que todo lo que debe estar cubierto está expuesto aquí —dijo alzándose de hombros y poniendo la laptop frente a Edward.

El abogado no demoró en leer las ocho páginas que exponían claramente la demanda de divorcio y las peticiones que debería hacer la señora Swan, incluidos la custodia completa de la niña, Mary Elizabeth, nombre que no estaba escrito en el documento, pero que Edward recordaba muy bien.

—¡Excelente, Seth! Muy bien, ahora, saca una copia de todos los papeles que la Sra. Swan dejó aquí e imprime esto. Se lo enseñaré hoy mismo y mañana le haremos las correcciones para enviarle la notificación al Sr. Withlock.

—Enseguida, Sr. Cullen.

El joven muchacho pasó por la mesa y agarró la carpeta con los papeles de Isabella Swan, corriendo hasta la sala de fotocopias.

Finalmente Edward encontró el pretexto para dejarse caer en la casa de la Sra. Swan. Le mostraría los documentos y de paso, si tenía suerte, conocería al fin a la pequeña Elizabeth.

/E.P/

El abogado Edward Cullen apartó el coche fuera de una casa de material de color blanca. Nada ostentosa, muy por el contrario, algo sencillo y en un buen barrio residencial. Llegó allí por la dirección que la maestra dejó especificada en los documentos, como su residencia temporal. Según lo que Edward recordó, esa era la casa de sus padres.

Salió del coche con una carpeta negra entre las manos y caminó con seguridad hasta la puerta, en donde tocó el timbre y esperó. Un minuto después, oyó que el llanto de un niño se hacía cada vez más audible para él, hasta que la puerta se abrió y lo primero que vio fue la contrita cara de la maestra Swan con su hija, desconsolada llorando en sus brazos.

—¿Abogado? —preguntó ella con extrañeza, mientras mecía a su hija para tratar de callarla.

—Lo siento si no vine en buen momento. Quizás debí haber llamado primero…

—Pase, por favor… y perdone —dijo, indicándole a la niña, quien no había dejado de llorar.

Edward entró tras de ella hasta la sala en donde habían esparcidos una serie de adminículos para bebes. Bella limpió el sofá lleno de juguetes para que el abogado se sentara, pero antes que él lo hiciera, su preocupación de padre lo hizo preguntar:

—¿Qué tiene la niña?

— No lo sé —dijo, rozando la frente de su bebita con sus labios— ha estado de mal genio, no ha dormido mucho y creo que tiene algo de fiebre… —respondió con preocupación, con la voz algo quebrada, quizás en el límite del llanto.

—¿Tiene casi seis meses, no? —preguntó Edward, dejando la carpeta sobre la mesa, para acercarse a la madre y su inconsolable pero hermosa niña.

—Sí. La iba a llevar hasta el hospital. Mis padres salieron y se han llevado el coche, iba a llamar a un taxi…

Edward asintió despacio, y sin pensarlo hizo algo que en su momento vio hacer a su padre cuando Lizzie tenía más o menos la misma edad y lloraba también por algo que ni él ni Lauren supieron descifrar. Con el temor de que la madre lo recriminara, Edward alzó su mano y metió dentro de la boca de la niña su dedo índice, acariciando lentamente las encías de la niña.

Milagrosamente Mary Elizabeth detuvo su llanto.

Edward sentía la presión de la niña sobre su dedo, como si buscara allí su alivio. Y es que eso es lo que el abogado le había proporcionado. Alivio para sus sufrientes encías que se preparaban para dejar asomar a sus primeros dientes.

—¡Oh, Dios! ¿Las encías? —preguntó con real asombro la madre.

—Al parecer —respondió Edward, divertido, sin poder esconder su sonrisa mientras observaba a la niña.

Si fue allí buscando a la viva imagen de su hija muerta, pues no la halló. Pero si encontró a una dulce bebé que de cualquier forma le recordó a sus hijas.

—El pediatra me dijo que pasaría, pero con todo esto… yo…

—Suele pasar, maestra —dijo Edward, sin quitar sus dedo de la boca de la niña — ¿Tiene algún mordillo o algo frío que pueda aliviarle?

—Sí, por supuesto. También tengo una crema…

—Vaya por ellos, yo me encargo de esta señorita —ofreció su brazo desocupado para que Bella sin dudarlo, pudiera a su hija al cuidado de su abogado, mientras ella iba por lo necesario para su hijita.

Con la niña en brazos se acercó al sofá y se sentó, inundándose de su aroma tan característico y que a él le era tan familiar, mientras la niña seguía en la degustación de su dedo, y lo observaba. Él jamás dejó de sonreírle y ella respondió de igual manera, balbuceando alguna cosa que a Edward le hizo reír.

—Eres una preciosa y coqueta niña —le dijo a lo que ella respondió con otro balbuceo.

La madre de Mary estuvo de regreso en la sala con un mordedor de silicona y una tubo de una crema para aliviar el dolor, que el pediatra le recetó la última vez que estuvo con su hija en su consulta.

—Bien, Beth, puedes devolverle el dedo al bogado —le dijo a la niña enseñándole el mordelón. Edward hizo ademán de quitar el dedo, y cuando lo hizo, Bella rápidamente puso el mordelón en su boca, causando al parecer el alivio de la niña.

—Disculpe, ¿llamó usted Beth a la niña?

—Sí —asintió la madre, tomando a la niña de regreso en sus brazos— Nadie la llama por su primer nombre, todos le dicen Beth por Elizabeth. Mi hermana le dio ese apodo —dijo eso último en voz baja, como si le incomodara recordarlo.

—Ya veo… es una niña hermosa —reconoció él, sin titubear cuando acercó sus dedos hasta la cabellera de la niña, acariciándola con cuidado, mientras Bella la mecía y la niña de a poco iba cerrando sus ojitos.

—Es mi vida —susurró Bella contemplando a su hija entre sus brazos. Levantó luego sus ojos hasta el abogado y alzó diminutamente la comisura de sus labios— Muchas gracias por ayudarme con mi hija…

—Tengo algo de experiencia, a mí también me pasó en su momento —reconoció él. Suspiró luego y se acercó hasta la mesita alcanzando la carpeta— No quiero demorarla más. Vine porque aquí está el prospecto de la demanda de divorcio y lo que solicita. Si la aprueba, la firmaremos y enviaremos la notificación a la otra parte para comenzar con el proceso.

Bella rascó su frente y enseguida tomó la carpeta en su mano libre. La abrió y pasó con rapidez los ojos por el escrito, dejando escapar el aire de sus pulmones. Edward intuyó que ese sería un proceso doloroso para ella y que por lo tanto, él tendría que ser considerado con ella.

—Tómese si tiempo para leerlo. Vaya a mi despacho cuando lo haya leído, y si tiene dudas me las consulta, no hay problema.

—Iré a su despacho entonces, y perdone si tuvo que venir hasta mi casa…

—No fue molestia; me alegra haber ayudado —asintió, levantándose luego— cuando esté lista vaya a verme.

—No sé cómo agradecerle, abogado. Aun no puedo creer que tomara el caso sin cobrar… me sentiría mejor si dejara que le pagara sus honorarios…

—No, no, no insista señora. Le di mis razones de por qué lo estoy haciendo, además por ley debo tomar casos pro bono, y que mejor que ayudarla a usted.

—Muchas gracias.

—Me retiro entonces —dijo extendiendo su mano hasta su clienta, la que esta tomó a modo de despedida mientras se levantaba con su hija en brazos. Cuando se soltó, sonrió y acarició la cabecita de la niña que yacía dormida— Nos vemos pronto.

—Buenas noches y gracias. Lo acompaño.

—No, no por favor. Usted, tiene otras cosas entre manos — dijo él, sonriendo en dirección a Beth. Bella la miró y sonrió de regreso, asintiendo.

Después de eso, el abogado salió de casa de la maestra Isabella Swan con su pecho lleno de satisfacción. ¿Satisfacción por haber hecho una buena obra? ¿Por haber conocido a la niña? Como sea, se subió a su auto, le dio al contacto, puso música y se dirigió a su apartamento con la intención de dejarse caer en el sofá, fumarse un cigarro mientras bebía una cerveza, mientras meditaba en todo lo que había sido su día.

~En Paralelo~

De sorpresa, Hilda había llegado esa tarde, hasta la casa de sus padres para visitar a su nieta. No hizo mención alguna de Jasper ni mucho menos de lo que había ocurrido, su actitud era de altivez como siempre lo fue, no habiendo rastro de vergüenza por su hijo.

A Bella no le parecía extraña esa actitud en la mujer, evaluando que su hijo era igual a ella. En primera instancia quiso enrostrarle lo buen marido que era su hijito, pero se tragó las palabras. Ya no tenía caso discutir sobre eso, cuando entre sus manos literalmente estaba la demanda de divorcio que la noche anterior el mismísimo abogado llevó hasta su casa para que ella leyera y analizara.

Mientras veía a su hija jugar con los regalos que Hilda había llevado para ella, no pudo evitar recordar lo que fue leer la dichosa demanda. Lo doloroso que fue darse cuenta y ver concretamente que su familia —la que ella ilusionada construyó— estaba deshecha.

Mientras leyó esa noche los documentos, no pudo evitar llorar de pena y rabia, sintiendo su corazón quebrado por dentro arder de dolor. Quiso hacer pedazos los papeles y olvidarse de todo, pero recordaba que aquello era la manera de poner fin a esa etapa de su vida, sabiendo que lo mejor que esa relación había dejado, era a su hija quien dormía aliviada después de padecer los dolores de la dentición y que paradójicamente su abogado ayudó a aliviar.

La exclamación de su Mary la trajo al presente. La abuela la estaba tratando de tomar entre sus brazos pero la niña no se dejaba.

—Te estás comportando como una niñita malcriada…

—Ha estado mañosa en estos días —se excusó Bella por el comportamiento reacio de la niña, extendiendo sus brazos hasta la pequeña, quien al parecer, no dudó ni dos segundos en refugiarse en su madre.

—Supongo que la has llevado a sus controles como es debido —preguntó la ex suegra con un deje de reproche en su voz.

Bella inspiró profundamente, tragándose una vez más las palabrotas que deseaba lanzarle a la vieja esa. Así que sólo respondió con un "Por supuesto".

—Bueno, es la hora de su comida, luego la llevaré a dormir… —indicó la madre, señalando entre líneas a la visita que ya era hora que se retirara.

—Supongo que me dejarás visitar a mi nieta —dijo la mujer, levantándose del sofá, mientras estiraba su falda azul.

—No veo por qué se lo impediría…—respondió Bella, apretando a su hija contra su pecho.

—Vendré entonces en un par de días —dijo sin más, tomando su cartera negra y saliendo de la sala sin siquiera una palabra de despedida.

Quizás qué excusa le dio Jasper sobre lo ocurrido y por supuesto, ella le encontraría la razón a su hijito, eximiéndolo de responsabilidades. Dejó ir el amargo recuerdo con la salida de su ex suegra y caminó hasta la cocina, en donde se encontraban sus padres.

—¿Se fue la vieja? —Preguntó Charlie, recibiendo un codazo de reproche por parte de Renée, así que rectifico con ironía —¿Se fue la dama?

Bella negó con su cabeza, divertida por su padre —Ya se fue, pero dijo que volvería.

—¿Y no te dijo nada… sobre… Jasper? —preguntó Renée, titubeante. Bella frunció su entrecejo y negó con la cabeza, sin articular más respuesta. No dijo nada sobre lo mucho que le dolía que Jasper no preguntara por ella ni por su hija, que era lo que más le hería. Al parecer, eran parte de su pasado, concluyó con dolor, dando media vuelta para salir de la cocina y caminar hasta el segundo piso, directo a su cuarto, donde se hallaba junto a su cama la cunita de su hija. Antes de dejarla allí, le dio su biberón mientras la arrullaba y sentía que sus lágrimas se dejaban caer de sus ojos, mojando la cabecita de su hija.

"Tengo que ser fuerte, tengo que ser fuerte" se repetía como mantra, pero el dolor era fuerte y a momentos se quebraba, deseando dejarlo todo y enrollarse sobre su cama a llorar. Pero no podía hacerlo, y lo sabía. Así que se permitió seguir llorando allí en silencio.

Renée llegó hasta la habitación de su hija, cuando esta ya le había dado su mamila a la bebé y ya dormida, la estaba dejando sobre su cuna. Se acercó y acarició el cabello de su nieta con suavidad y luego se giró hasta su hija, quien tenía sus ojos rojos e hinchados por el llanto. Se acercó en silencio a ella y se sentó a su lado, sobre la cama. Cogió sus manos y las apretó levemente, esa fue la señal para que su hija pudiese desahogarse con ella.

—Ni siquiera pidió preguntar por su hija… —lloraba Bella— Durante todos estos días no ha hecho ni siquiera una llamada para preguntar por ella. Entiendo que su amor por mi se acabara… pero Mary es su hija… —bajó aun más la cabeza, soltando su llanto de dolor y decepción.

—Será él, quien se perderá de la dicha de ver crecer a su hija. Algún día lo lamentará.

— No lo creo…

—Hija ¿recuerdas lo que te dije una vez? ¿Cuando no tenías esperanzas de ser madre, porque nada funcionaba? —Bella a penas la miró y no respondió, así que su madre continuó — Te dije que quizás estabas tratando de torcerle la mano al destino. Quizás un hijo con Jasper no eran los preceptos de Dios para ti…

—¿Ahora es mi culpa? —preguntó Bella con dolor en su voz.

—No cielo. Sólo digo que a algunas personas se les limita de ser o hacer algo, pues no están capacitadas para ello. Probablemente Jasper no era el padre ideal para tus hijos

—Yo lo amaba —rugió entre dientes a su madre.

—Entiendo, Bella. Y creo que tu amor y tu deseo por ser madre fueron recompensados con esa belleza —indicó con su mentón hacia la bebé— Ahora cariño, nada más importa. Tu corazón está roto, pero el tiempo lo sanará, no lo dudes. Eres fuerte, podrás superarlo — afirmó Renée aquello que más de una persona le había repetido a Bella.

—Pues no me siento fuerte, al contrario, me siento débil, como si en cualquier momento fuera a desfallecer…

—No pasará eso. Tu fuerza ahora es tu hija, y como te dije; tu amor por ella es tan grande que te dará el aplomo que necesitas para seguir adelante, nena. Estás en tu etapa de duelo, llora lo que tengas que llorar, pero no olvides que esa etapa no dura por siempre, vendrá el momento en que tu corazón estará sano y listo para volver a amar…

—No creo eso…

—¡Ah! No digas "esto no pasará" porque sabes que las palabras se nos pueden venir en contra… —dijo Renée, limpiando el rostro de su hija con amor y confortándola durante un buen rato.

/E.P/

Bella se paró frente al edificio de quince pisos y suspiró, mirando hacia lo alto de este, sosteniendo la carpeta negra con la demanda de divorcio entre sus manos, presionándola en su pecho. Antes de arrepentirse a dar ese paso, caminó hasta la recepción y preguntó el piso donde se encontraba la firma de abogados.

Subió al ascensor directamente hasta allí y anunció su llegada con una de las rubias recepcionistas que le pidió que esperara unos segundos, pues su abogado, el Sr. Edward Cullen estaba terminando una reunión.

Isabella aprovechó de hacer ejercicios de respiración, mientras miraba el entorno elegante y profesional, a la vanguardia de la decoración minimalista. Cruzó sus piernas y arregló su falda plisada y su blazer esperando su turno para ir con su abogado, el que minuto después pareció en recepción acompañado de tres hombres más.

En cuanto este la vio, diligentemente se acercó a ella, que se levantó para saludarlo:

—Sr. Cullen, espero no interrumpirle —dijo Bella estrechando la mano de su abogado.

—No, no pasa nada. Estaba terminando una reunión, ¿ha tenido que esperar mucho?

—Acabo de llegar hace unos pocos minutos

—Es perfecto, por favor, acompáñeme a mi oficina

Bella siguió al abogado quien se despidió de dos de los caballeros que seguían hablando entre ellos en el recibidor, mientras que otro, al parecer el más joven los seguía hasta la oficina. Cuando entraron, Edward hizo las presentaciones:

—Sra. Swan, él es Seth y está colaborando con el caso

—Mucho gusto, señora —dijo el diligente muchacho, acercándose a Bella y tomando una de sus manos en saludo. El joven abogado le sonreía ampliamente, mostrando sus blanquísimos dientes y durante un buen rato, no soltó la mano de Bella, hasta que el abogado Cullen se lo hizo saber:

—Bien Seth, ya puedes soltar la mano de la señora.

—¡Oh! Mis disculpas Sr. Swan —se disculpó Seth, sonrojándose un poco. Bella no pudo evitar sonreírle y decirle que nada pasaba.

Cuando estuvo ubicada en el sofá de la oficina del abogado, extendió hacia el la carpeta —Lo leí, y creo… creo que está todo… todo conforme a lo que esperaba. Aunque, no quiero nada de la casa ni el coche, que se los quede, me da igual.

—Sra. Swan —dijo Edward sujetando la carpeta— su matrimonio fue hecho sin separación de bienes, por lo que todo lo adquirido por ambos durante el tiempo de matrimonio, debe ser repartido en partes iguales. Usted puede ceder ese derecho, pero piénselo bien. Quizás pueda regresar a vivir a la casa y…

—¡No quiero regresar a esa casa! —interrumpió ella al abogado, dejándolo sorprendido.

—Bien, entiendo su posición y la respeto, pero quizás podamos pedir que los bienes se liquiden y se haga una repartición equitativa y lo que provenga de ello, ponerlo en una cuenta para el futuro de su hija. Hágalo por ella, Isabella.

—Me preocupa lo que va a pasar con ella… no quiero que me la quiten.

—Isabella, no lo hará. Todo está a su favor en esto. Usted fue la esposa engañada y por lo que me comentó la última vez que la vi, el padre de Elizabeth… de Beth no se ha hecho presente, ¿verdad?

—Es la verdad —reconoció Bella cabizbaja.

—Si el Sr. Whitlock no firma la demanda y presenta una contrademanda, le aseguro que no tendrá argumentos para rebatir nada, mucho menos pretender quedarse con la tuición de su hija —explicó Edward.

—¿Cuánto demorará esto?

—Depende de lo que él responda. Si acepta y firma la demanda, será cuestión de máximo dos semanas, y si no, pues procuraré de que no demoremos más de dos meses…

—¡¿Dos meses?!

—Puede ser incluso más, pero procuraré de que no sea así. Se lo prometo.

La seguridad en las palabras del abogado, la confianza plena en su voz de que todo sería puesto a su favor y que intentaría que el proceso fuera lo más rápido posible, terminaron de convencer a Bella.

—Bien, firmaré el documento.

—¿No quiere modificar nada?

—Lo de la propiedad… sobre la liquidación de los bienes, no quiero esa casa ni nada que haya compartido con él… y no quiero que se quede con la niña.

—Liquidación de bienes y la custodia de la niña, lo tengo —dijo, asintiendo en dirección a Seth, quien se mantuvo atento y tomó nota de lo que el abogado indicaba— a todo esto, ¿la niña siguió bien de su dolor de encías?

—Sí, lo logramos aliviar con las cremas y el mordelón… —asintió ella sonriendo y recordando la noche aquella que su hija usó el dedo del abogado para acallar su dolor.

—Son odiosos esos dolores y los niños se ponen de mal genio. Grace solía morderlo todo, así que no le extrañe cuando la vea tratando de meter su puño a la boca —comentó con diversión el abogado.

—Procuraré que no muerda más que eso…

—Bien, Isabella. Venga a verme en dos días y firmaremos los papeles para dar notificación a la contraparte de inmediato.

—Así lo haré, abogado.

Ambos se levantaron al unísono y al unísono también estrecharon sus manos cordialmente a modo de despedida.

Fue acompañada hasta el ascensor por el atento y cordial Seth, quien incluso pulsó el botón de llamada para ella. Cuando se despidió del agradable joven, montándose en el elevador y quedando al fin sola allí, tuvo otra vez ganas de llorar. Comprendía que el abogado hablara con frivolidad sobre activos, tuición y todo eso, pero para ella era más que eso, por eso le causaba tanto dolor.

"Pero ya, qué más da. Ya todo se acabó hace mucho…" pensó con tristeza, con sus brazos cruzados sobre su pecho, y su espalda afirmada en el frío espejo, mientras el elevador descendía velozmente.

/E.P/

Pasaron cinco días después que Bella fuera de regreso hasta la oficina del abogado Cullen a firmar los papeles, los que ni se detuvo a leer. Confiaba ciegamente en que él, había dejado plasmado allí lo más conveniente para ella y su hija, así que sin dudarlo plasmó su rúbrica sobre las hojas que el ayudante de Edward le indicó.

La notificación llegaría para Jasper a más tardar en veinticuatro horas y el primer encuentro sería a partir de diez días, en donde ambos se tendrían que presentar. Eso era lo que Bella le estaba explicando a su madre, cuando el timbre sonó estruendosamente. Ambas mujeres se miraron con extrañeza y se levantaron hasta allí para ver quien tocaba de esa manera.

Cuando Renée abrió, Hilda se hizo paso hasta el interior de la casa, pasando por alto la educación y las buenas costumbres, cerrando la puerta de un golpe seco tras de ella. Roja de la furia, dirigió su febril mirada hacia Bella, quien observaba sorprendida a la mujer.

—¡Tú! —le increpó, indicándole con el dedo índice— ¡¿Cómo te has atrevido?!

— No sé de qué habla — dijo Bella, confundida. Hilda bufó con fuerza, poniendo sus manos sobre sus gruesas caderas.

—¡Demandar a mi hijo!

—Es una demanda de divorcio, Hilda. No lo va a mandar a la cárcel —repuso Renée con relajo, cruzada de brazos tras de la furiosa Hilda. Esta apenas la miró sobre su hombro, pero no se detuvo en discutir con ella, por lo que continuó con su increpación hacia Bella.

—¡Mira niñita, mi hijo no se doblegará ante tus peticiones! ¡No te saldrás con la tuya! —le gritó, haciendo estremecer a Bella.

—Mire señora, lo único que quiero es cortar lazos con su hijo. ¡Él me engañó!

—¡¿Y te has preguntado de quien es la culpa?! Recién con una criatura de apenas meses, se te ocurre la brillante idea de salir a trabajar, descuidando tus deberes de madre y esposa. Y claro, tu hermanita no lo hacía nada de mal, ofreciéndosele siempre a mi Jasper como una suelta…

No terminó la frase, porque Reene, la volteó de un hombro y cacheteó en seco sobre el rostro de Hilda —¡Fuera de aquí, vieja venenosa! —le gritó, abriéndole la puerta y empujándola a salir. Hilda, quien sujetaba su mano sobre la mejilla adolorida, la miró ofendida, mientras Bella estaba paralizada, sin reaccionar.

—¡Es tú culpa, Isabella, tú culpa! —gritó la mujer, mientras era echada descortésmente de la casa y cerrada la puerta sobre sus narices.

Renée ahora se ocupó de su hija, quien temblaba, con sus ojos marrones cristalinos por el llanto acumulado en ellos.

—No tiene razón, cielo. Esa vieja no tiene la razón…

—Yo… yo creo que sí la tiene… —susurró, echándose a correr escalera arriba para encerrarse en su cuarto a llorar. Renée se quedó de pié allí, con una mano sobre su pecho. Le dolía tanto ver a su hija así, tanto, que como madre, hubiese dado cualquier cosa por evitarle ese sufrimiento.

"Dios, por qué no me oyó cuando se lo advertí…"pensó, caminando lentamente hacia las escaleras para ir tras su hija. Aunque, ¿de qué hubiera servido que Bella le hubiese hecho caso en primera instancia cuando ella se lo advirtió? Probablemente de nada, pues Jasper en su corazón y en su cabeza ya la había engañado.

/E.P/

La vilipendiada Hilda llegó a su casa, ofendida a más no poder por el desaire y el insultó que vivió en casa de los Swan.

Jamás se había sentido así.

Ella, que era una mujer respetable y que caminaba por la vida según los cánones de la decencia, jamás se hubiese esperado que sobre su persona, callera semejante bajeza por parte de aquellas dos mujeres, o tres si contaba a Alice, que no le llegaban ni a los talones.

Cuando entró a la sala de su honorable casa, su hijo Jaspercito observaba por la ventana con un vaso de licor en la mano. En el suelo, pudo distinguir ella, la notificación que llegó para él durante esa mañana, yacía arrugada.

—Vengo llegando de casa de ese par de locas —dijo, dejando su negra cartera de charol sobre el sofá y acercándosele— y no sabes cómo me han tratado…

Jasper apenas hizo ademán de voltear su cabeza hacia su madre, que hablaba sin ningún tipo de pausa. Mientras divagaba con la vista en el exterior, oía de lejos lo que ella decía sobre que la habían ofendido e incluso golpeado.

Pero él tenía cuestiones más importantes en su cabeza.

No pudo negar que la ira lo envolvió con violencia cuando abrió el sobre que contenía la notificación, indicándole que "la señora Isabella Swan había dado inicio a los trámites para hacer efectivo el divorcio…"

Esto no era algo que él se esperara. Él pensaba que el tiempo lejos ayudaría a Bella a mover sus sentimientos y extrañarle, finalmente perdonándolo, entendiendo que ese había sido un desliz, y culpando a su hermana Alice de tentarlo. Además, él era un hombre que estaba escalando en el área de los negocios, y por lo tanto era importante mostrar que era un hombre centrado, padre de familia, pero no divorciado. Eso no se vería bien.

Pero esa maldita notificación de divorcio llegó a patear su ego de hombre. Que la mujer, que se supone lo amaba, comenzara con los trámites a buenas y a primeras, lo encabronaba.

Y por otro lado, la esquiva Alice estaba absolutamente desaparecida y a él le era imposible salir corriendo hasta Estocolmo tras ella. Quizás en otro momento…

—¡¿Me estás escuchando?!

—No, mamá —respondió Jasper con tono cortante, ignorando a su madre.

—¡Dios, Jasper, te he dicho que esas mujeres me golpearon y me sacaron a patadas de su casa! ¡A mí…!

Jasper se giró hacia Hilda y le hizo notar su muy estado de ánimo, diciéndole con secas palabras —Nadie te pidió que fueras.

—¡¿Te das cuenta que fui a defender tu honor?! —exclamó, poniendo ambas manos sobre sus amplias caderas.

—Te reitero, nadie te lo pidió… —enseguida se giró de regreso a la ventana y habló lento, como meditando cada palabra— Ahora tengo que concentrarme en lo que haré con respecto a esa mierda que Bella insiste en hacer.

—¿Y qué vas a hacer? Lo mejor que puedes hacer es divorciarte de esa mujercita y apartarte de esa familia de locos.

—Madre, de verdad, necesito tranquilidad para pensar…

—Pues espero que pienses con sensatez. Aléjate de esa mujer y quita a tu hija de ese ambiente tan contaminado…

—¿La viste? —preguntó Jasper de improviso, girándose de pronto hacia ella.

—¿A Mary Elizabeth? Sí, y está muy malcriada. No le vendrían mal unas azotainas…

Jasper suspiró y una vez más se giró de regreso a la ventana, dándole el último trago a su vaso de licor. Había recurrido a un montón de excusas para no ir a ver a su hija, y se sentía un poco culpable. Su cabeza había estado más ocupada por inventar alguna forma de re-encantar a su mujer para que lo perdonara y también encontrar a Alice… pero debía aceptar, al menos a sí mismo, que había olvidado su papel paternal.

Papel paternal que recayó sobre él porque su esposa no hacía más que pensar en eso, pero él nunca estuvo seguro de que sirviera para criar niños. Es indudable que Mary Elizabeth en un momento, tocó la fibra de su corazón. Que esa niña tan pequeña fuera parte de él, le resultaba increíble, pues al mirarla, podía sentirse mejor hombre. Aunque sea un poco.

—Dime, Jasper, ¿qué harás entonces?

—Llamaré a Jenks —nombrando al abogado de sus padres —y le pediré que me oriente en esto. Veré si podemos rechazarla o si hay alguna instancia de mediación…

—¡¿Mediación?! ¡¿Estás demente?! Volver con esa mujer es lo último que tienes que hacer.

—¡Madre, deja de meterte por una vez en mi maldita vida! —le gritó, haciendo que la pobre Hilda diera un paso atrás del susto. Su hijo rara vez la trataba tan mal, y si lo hacía, pensaba ella, era por culpa de Isabella.

—Jasper…

—Si decido que es lo mejor para mí volver con Bella, pues te aguantas si no te gusta. Debes respetar mi decisión.

—Entonces, supongo yo, que si has de querer regresar con esa chiquilla, es porque dejarás a Alice fuera de tu vida, porque me imagino que te apartarás de esa suelta…

—¡Cuidado de como hablas de Alice! —gritó aún más enérgicamente cuando su madre osó referirse a Alice en esos términos. Apuntándole con su dedo índice de forma incriminadora, agregó una amenaza al filo de la rabia— Si llegas a entrometer tu nariz en mis asuntos, me olvidaré de ti y te quedarás finalmente sola, madre. Así que deja de molestarme y ocúpate de tus asuntos.

Con esto, dejó su vaso sobre la mesa y caminó directo a la puerta de salida, dejando a su madre sola y temblando de miedo.

"Todo por tu culpa, Isabella Swan. Maldito el día que te cruzaste en la vida de mi hijo. Maldito el día en que tú y tu hermana se cruzaron en la vida de mi hijo". Dio media vuelta y caminó hasta la cocina, en donde prepararía un té de herbal para calmar sus nervios y rogar a Dios en silencio para que su hijo pudiese encontrar el camino correcto, lejos, muy lejos de las hermanitas Swan.