¡Ey nenas! Aquí estoy poniéndome al día con ustedes. Mil gracias por la acogida que le han dado a esta locura, que me ha traído tantas satisfacciones. Gracias por sus comentarios que son muy importantes para mi.

Gracias a mi sexy Gaby Madriz, mi adorada beta, que hermosea cada capítulo.

Abrazos a todas y mil gracias por acompañarme.

(Pueden encontrarme como Cata_lina_lina en twitter y Catalina Lina en Facebook)


13. La intersección de los caminos.

"… aunque un cielo de nubes anuncie tempestad,

hay un lugar seguro donde poder descansar…"

~En Paralelo~

—¡Por favor, Michael, no hagas esto, te lo suplico! —Lloraba Alice tras Michael, quien hace días había estado fuera del departamento que ambos compartían en Estocolmo, después que Alice regresara y le dijera lo que había pasado.

—Lo siento, Alice. Esto me supera, no puedo perdonarte… —negaba él con la cabeza, mientras empujaba su maleta hasta la puerta, reteniendo su llanto y con su corazón hecho pedazos.

—¡Yo te quiero! —Gritó Alice, sujetándole por un brazo para detenerlo. Michael se dio la vuelta y movió su brazo para soltarse de Alice.

Con voz contenida le increpó —¡No sigas mintiendo, Alice! Ya no tiene caso… esto es culpa mía, yo sabía que estabas enamorada de Jasper cuando te pedí que fueras mi novia… yo forcé esto…

—Eso no es verdad… —susurró ella, echa un mar de lágrimas, intentando acercarse a él, tocarlo, pero él se alejaba.

—No puedo quedarme aquí —reafirmó, evitando la mirada de Alice— Me voy, si me quedo terminaré haciendo algo de lo que me arrepentiré más adelante.

—¡Por Dios! La que se tiene que ir soy yo… este lugar es tuyo…

—La renta está pagada por seis meses más, así que tienes ese tiempo para decidir qué hacer. Yo no quiero quedarme…

—¿Y a dónde irás?

—No lo sé —dijo, tomando su chaqueta de la percha tras la puerta —a cualquier parte.

—¡No, no, no! ¡No me abandones! ¡Eres lo único que tengo! —suplicó ella, sujetándolo del brazo y pegándose a él, mientras lloraba sobre su hombro.

Michael alzó la vista al cielo y cerró los ojos con fuerza, recordándose que no tenía que ceder. Una parte de él quería olvidarlo todo y abrazar a su pequeña Alice entre sus brazos para consolarla, la parte de él que pensó que ella al fin se había olvidado del hombre casado y había abierto su corazón a él. Pero eso, concluyó, fue sólo su ilusión, su deseo ferviente de que eso ocurriera en realidad.

Así que volvió a soltarse del agarre de Alice, haciendo oídos sordos a su corazón que rogaba se quedara con ella. Agarró la maleta, su chaqueta y miró por última vez a Alice:

—Te amo, pero me traicionaste, rompiste mi corazón. Ahora te dejo libre para que hagas con tu vida lo que quieras y no te sientas presionada por mí…

—Michael, por favor… perdóname…

—Adiós Alice —abrió la puerta y salió por ella, dejando detrás de él a una Alice que se dejó caer de rodillas al suelo, con su cara entre sus manos, llorando y gimiendo de pena.

Caminó hasta el elevador y mientras esperaba que este llegara, secó una lágrima que se resbaló por su mejilla, mientras las punzadas en su corazón no dejaban de recordarle el dolor de la traición. Intentó perdonarla cuando ella se lo contó, se dio el espacio para pensar y sanar, pero los días pasaban y nada lo aliviaba.

Alice nunca sería suya, siempre estaría Jasper de por medio, eso lo supo desde un principio, pero quiso hacer oídos sordos a esa realidad.

"Fui un inútil…"

Con el semblante de derrota, el corazón roto, la maleta llena de ropa y sus ilusiones destruidas, se montó en el ascensor y se dispuso a salir de allí, lo más lejos posible de ella. A donde fuera, con tal de olvidarla.

Así es como llegó de regreso a Chicago, donde lo primero que hizo tras instalarse en su viejo apartamento, fue dar con el paradero de Bella. Necesitaba verla, saber cómo estaba. Sabía cómo adoraba a Alice, por lo que imaginarse su pesar después de lo que supo no era cosa muy compleja.

Se comunicó con Renée y ella le dio la dirección de la escuela en donde Bella trabajaba y su horario de salida, por lo que sin demora fue hasta allí hasta esperar verla.

Cuando la afluencia de padres e hijos mermó, Michael bajó del carro que su hermano le había facilitado y caminó hasta la entrada, encontrándose con un hombre de mediana edad que al parecer era el portero:

—Disculpe usted —dijo Michael al canoso hombre —Estoy buscando a la maestra Isabella Swan…

—¡Oh, sí, la maestra Bella!

—Sí, ella. ¿Usted le podría decir que la estoy buscando?

—Claro, claro —asintió el hombre en seguida— Usted aguarde aquí, yo voy por ella.

—Es usted muy amable —respondió Michael.

Demoró no más de tres minutos la espera, cuando por el pasillo que daba a la salida, vio a Bella avanzar hacia él con paso rápido. Mientras se acercaba, se percató de sus ojos llenos de lágrimas que cuando le alcanzó y lo abrazó, no dudaron en desbordarse.

—¡Por Dios, Michael! —lloró ella abrazada a Michael con fuerza. Él le respondió con igual ímpetu, siendo consiente del dolor en las palabras de esa mujer. El dolor de la traición, el mismo que él padecía. Se apartó un poco para poder verla a la cara, limpiando el rastro de llanto sobre sus mejillas.

—Quería saber cómo estabas —dijo él, apretándola por los hombros.

—Pues… como me ves.

—¿La niña ha estado bien?

— Sí —alzó levemente la comisura de sus labios al recordar a su hija— está creciendo muy rápido. Ya quiere caminar y está intentando decir sus primeras palabras.

—Estoy ansioso de verla.

—Pues cuando quieras.

—Dime a qué hora sales y vamos juntos a verla.

—Esta tarde…—tragó grueso y continuó— esta tarde tengo reunión con mi abogado. Comencé los trámites del divorcio y se supone que Jasper tendrá que ir hoy también… ya sabes.

Michael no quiso exteriorizar la punzada de dolor que sintió cuando le oyó decir a Bella aquello, pues si el divorcio estaba en curso, probablemente nada se interpondría entre Alice y Jasper, por lo que él no tendría ninguna oportunidad… aunque en ese momento, volver con Alice no estaba en sus planes.

—Oh… es muy rápido —reconoció, ante lo que Bella solo se alzó de hombros, bajando su cabeza y mordiendo su labio fuertemente— Bueno, si no te molesta, quisiera acompañarte. No sería bueno que fueras sola, menos a estas cosas, claro, si no te molesta.

—No quisiera que te molestara a ti, Michael.

—No me molesta; por favor, déjame acompañarte.

— Bien. En una hora debemos estar allá. Yo estaré lista en cinco minutos y nos da tiempo de tomar un café por ahí.

—Perfecto —deslizó sus manos de los hombros de Bella hasta tomar sus manos apretándolas ligeramente— aquí te espero.

Bella salió en el tiempo indicado y antes de llegar a la oficina del abogado Cullen, se dio el tiempo para beber una o dos tazas de café con Michael, y hablar con él sobre el horroroso sentimiento que aquejaba su alma. Ella sabía que él la entendía y por una parte se sentía apoyada por su presencia allí. No quiso preguntar por Alice, en verdad nunca lo hacía, ni siquiera a su madre quien sabía, hablaba seguido con ella. No le interesaba, así como a ella no le interesó nada con respecto a ella.

Cuando fue el momento, se dirigieron rumbo a la firma de abogados, en donde esperaron en recepción hasta ser recibidos por el asistente del Sr. Cullen. Michael se quedó esperando allí, con el presentimiento que en menos de veinte minutos volvería a verle la cara al desgraciado de Jasper Whitlock.

Y fue lo que pasó.

Una vez Bella adentro, y después que pasaran unos cuantos minutos, se avecinaron a la recepción un hombre regordete, calvo y bajo en estatura quien cargaba con un viejo gorro de ala café, quien preguntó por el colega Edward Cullen. Mientras esta se presentaba con las mujeres recepcionista, Jasper divagó por el lugar hasta que dio con Michael, observándolo con un profundo y oscuro odio.

Eso no detuvo a Jasper, quien con paso lento y desafiante se acercó hasta su otrora colega, y en una postura erguida y desafiante lo miró y le sonrió con ironía.

—¡Pero miren a quien tenemos aquí! —Exclamó socarronamente, alzando sus brazos al cielo en señal de irónica sorpresa— ¿Problemas en el paraíso, Michael?

Michael se levantó lentamente de su asiento, sin dejar de mirar al tipo frente a él —Quien está recibiendo una demanda de divorcio eres tú, Jasper, no yo, eso significa que el paraíso está en decadencia para alguien más…

Jasper alzó su barbilla, ahora dejando su humor de lado y pasando por alto el último comentario de Michael —¿Estás aquí acompañando a mi mujer? Optaste por Bella ahora que Alice te dejó…

Michael hizo una mueca de desagrado y apretó los dientes —Bella te dejó, y Alice sabe que fuiste un lamentable error, Jasper. Nunca reconoció amor por ti, ni lo hace ahora que tiene la oportunidad de luchar por ti. Así que no eres más que eso para ambas, un muy lamentable error…

Jasper cambió su semblante de arrogancia por el del creciente enojo y dio otro paso hasta quedar casi nariz con nariz, a punto de agarrar al maldito ese y enseñarle a morderse la lengua. Pero antes que eso pasara, el abogado lo tomó por el brazo, empujándolo hacia atrás.

—Jasper, a lo que hemos venido. El abogado Cullen nos espera…

Jasper zarandeó su brazo para soltarse del agarre del abogado Jenks, sin apartar su endiablada vista de Michael, quien ahora sonreía con satisfacción —Nos volveremos a ver, Michael —amenazó, para enseguida dirigirse Jenks y él hacia la oficina que una de las secretarias indicó.

/E.P/

Bella retorcía sus dedos, haciendo resonar sus huesos, mientras el abogado Cullen y su asistente revisaban ciertos puntos de la demanda de divorcio que seguramente el Sr. Whitlock y su abogado discutirían. Pero a Edward el sonido de los huesos tronar, hizo que saliera de su concentración y mirara a su nerviosa clienta:

—Isabella, relájese.

—No puedo —reconoció con voz angustiosa— ¿Es necesario que yo esté aquí? ¿No puede tratarlo usted solo?

—Lo siento, pero es necesario. Al menos esta primera cita. Si el señor Whitlock rechaza la demanda y tenemos que presentar el caso frente a un juez, tendrá que verse con él irremediablemente. Además es preferible así.

—Entiendo —asintió ella, frunciendo su entrecejo y bajando su vista hasta sus zapatos negros de charol. No supo si fue por coincidencia o porque realmente lo ameritaba la ocasión, pero para ese día, iba vestida de negro: un traje de falda a tubo hasta la rodilla y blazer negro, una blusa de raso gris claro, medias y zapatos negros, mientras su cabello iba correctamente tomado por una muy elaborada cola de caballo.

Ella se pudo dar cuenta que Seth recibía la llamada que al parecer informaba que la contraparte estaba allí. Él no demoró en avisar que podían entrar.

—Bien Isabella, ha llegado el momento —le dijo el abogado, poniéndose de pie y rozando levemente el hombro de la nerviosa mujer. Ella lo miró y asintió despacio, levantándose y poniéndose tras del abogado de forma instintiva, como una medida de protección.

Oyó abrirse la puerta y los saludos entre abogados y el cliente de la contraparte. Bella, negada a alzar la vista, sólo cerró los ojos con fuerza cuando oyó que de la voz de Jasper salía su nombre como un susurro doliente.

—Señores —dijo Edward, evitando interacción alguna entre ella y Jasper— pasemos a la mesa, por favor.

Durante varios minutos, Edward expuso la demanda y explicó cuáles eran las peticiones de la señora Isabella Swan. Jenks y Jasper oyeron en silencio, hasta que Edward acabó con la exposición de la demanda.

—Mi cliente aquí presente, el señor Whitlock, rechaza tajantemente esta demanda —explicó muy compuesto el abogado Jenks— Quiere ver la posibilidad de una avenencia, no quiere disolver su matrimonio por un asunto circunstancial y sin importancia.

A Bella, las últimas palabras de Jenks retumbaron con fuerza en sus oídos, haciéndola estremecer de dolor "…asunto circunstancial y sin importancia".

—No hay avenencia posible, abogado —interrumpió Edward— Mi clienta no está dispuesta a dar marcha atrás con este proceso, así que si no aceptan por las buenas, pues nos reencontraremos la próxima vez ante un juez, y usted sabrá que mi cliente tiene todo a su favor para ganar esta demanda. Y lo hará, de eso me encargaré yo…

—No estoy dispuesto a ceder la custodia de mi hija… —habló Jasper finalmente con brusquedad, dirigiendo una amenazante mirada al abogado Cullen, quien por cierto ni se inmutó.

—Según lo que entiendo, —volvió a interrumpir Edward, mirando hacia los papeles y luego a Jasper— usted no ha visitado a su hija en todas estas semanas que han pasado, desde que mi clienta lo encontrara infraganti manteniendo relaciones sexuales con su cuñada, o sea la hermana de la señora Swan. Desde ahí nunca dio signos siquiera de querer ver a su hija, y eso no supone de su parte una preocupación, si me lo pregunta, y es algo que al juez le importará saber. Será un dato que pesará al momento de decidir por la custodia de la niña.

Bella se retorció en su asiento cuando el abogado hizo mención al engaño de Jasper de forma tan frívola. Jasper por cierto, observó al abogado Cullen con ojos muy abiertos, incrédulo por lo que ese tipo acababa de enrostrarle. Pero no se quedó en silencio, golpeó la mesa y alzó la voz:

—¡Esa niña es más mía que de ella! —exclamó, señalando a Bella con su dedo índice— ¿Acaso allí no dice todo el dineral que gasté para su concepción?

Bella alzó la vista automáticamente y el dolor la recorrió desde la cabeza hasta el estómago, sintiendo como sus tripas se retorcían, con el deseo de vomitar. ¿Era real lo que acababa de oír de la voz de quien fuera su marido y padre de su hija? Pensó con espanto y decepción.

Incluso Jenks reaccionó con consternación ante las palaras de su cliente, saliendo enseguida a su defensa:

—Mi cliente está nervioso, esto de la demanda lo tiene alterado y no sabe lo que dice. Él ama profundamente a su esposa, y sabe que cometió un error…

—Jenks, es muy loable de su parte defender a su cliente —dijo Edward, callando a su muy nervioso colega— El divorcio se hará efectivo tarde o temprano. La señora Swan no está dispuesta a seguir vinculada en matrimonio a su cliente, es una decisión tomada y de la que no dará marcha atrás. Y además, no estamos pidiendo nada, fuera de lo que es legalmente justo.

Jasper se puso de pie imprevistamente y caminó rodeando la mesa para encarar a Bella, quien estaba encorvada hacia adelante, sujetando su estómago con ambos brazos —¡No me vas a alejar de tu vida así como así, ni la de mi hija! ¡No tendrás fácilmente lo que pides, Bella, porque finalmente te arrepentirás! ¡Lo que sucedió no es sólo mi culpa, y lo sabes! Me encargaré de que no te salgas con la tuya.

Bella oía las amenazas de Jasper apresando con fuerza su cuerpo, y cerrando fuertemente sus ojos para no derramar lágrimas frente a él ni para mirarlo. Estaba a punto de ponerse a llorar con histeria y gemir de dolor si Jasper seguía hablándole, no soportaba más, hasta que oyó la voz imperante de su abogado, quien se había levantado, interponiéndose otra vez entre un furioso Jasper y ella.

—No le permito que le hable así a la señora, por lo que es mejor que usted y su abogado se retiren de aquí y esperen la citación del tribunal. Esto se decidirá allí —indicó tajantemente.

Jasper respiraba pesado, sin apartar la vista del metiche abogado de Bella, quien lo miraba con determinación y sin una pisca de temor. Y antes que su cliente pudiese seguir metiendo la pata, Jenks se apresuró en recoger sus papeles de la mesa y agarrar —como ya se había hecho una costumbre— a Jasper para sacarlo de ahí.

— Buenas tardes —se despidió Jenks, tironeando a su cliente por el brazo, quien en ningún momento dejó de mirar al abogado, hasta que estuvo fuera.

Cuando Bella sintió la puerta cerrarse, no aguantó más y su llanto brotó con amargura desde su interior, sintiendo como se rasgaba su alma, otra vez. Edward se giró, reaccionando a los gemidos de su clienta, que lloraba sin importarle dónde estaba o delante de quien.

— Seth, ve y trae una taza de té para la señora —le ordenó al chico, quien se mantuvo en silencio durante toda la reunión. Cuando este le obedeció y salió de la oficina a por la infusión, Edward se agachó en cuclillas y dubitativo tocó el hombro de su clienta.

— Isabella, cálmese por favor. Estos procesos son así de dolorosos, pero…

Ella levantó la vista hacia el abogado sin dejar su llanto y preguntó con dolor y rabia — ¿A caso no lo oyó? ¿No escuchó cómo se refirió a su hija, como si fuese un maldito carro por el que pagó?

— Lo siento, lo siento mucho —susurró.

— ¡Cómo me fui a equivocar tanto con él! —Exclamó golpeando con sus manos sobre sus muslos y apretando sus párpados con fuerza— ¡Cómo fui tan estúpida!

— No diga eso —susurró Edward, sin quitar todavía su mano del hombro de la sufriente mujer —Él escondió su verdadera personalidad ante usted, fue muy hábil, usted le creyó porque le amaba. Y eso hace el amor, nos hace creer en los demás…

—Nos enceguece… —asintió en un susurro ronco, negando vehementemente con la cabeza.

—Pero usted ya sabe en verdad cómo es él y creo que está tomando el camino correcto. Le aseguro que él se arrepentirá en el futuro.

Suspiró hondo para controlarse y secó con un pañuelo que sacó de su cartera sus lágrimas, mientras preguntaba a su abogado —¿Y ahora, qué debo hacer?

—Legalmente, esperar hasta que nos den hora en el tribunal y podamos exponer el caso ante un juez. Le aseguro que todo saldrá a su favor e intentaré que todo se desarrolle en el menor tiempo posible.

—Usted… usted ha sido tan bueno conmigo —Bella tomó las manos del abogado entre las suyas y las apretó— Muchas gracias Sr. Cullen.

—Edward, llámeme Edward, por favor y no olvide que lo hago con mucho gusto.

Bella miraba con agradecimiento a su abogado, sin soltar sus manos, sintiéndose por alguna razón segura dentro de esa oficina, con él. Se sentía cómoda e incluso liviana, pese a todo lo que sintió momentos antes. Ver a Jasper como realmente era finalmente, sirvió para terminar de convencerse de que el divorcio era la mejor decisión, así como muy acertada había sido la idea de Rosalie de dejar este caso en manos de Edward Cullen.

El sonido de la puerta al abrirse sobresaltó al abogado y a su cliente. Él se levantó y recibió de manos de Seth, quien era el que venían entrando, la tasa de té que traía.

—Bébase esto, Isabella —dijo Edward, extendiéndole la taza. Ella asintió agradecida y tomó la taza entre sus temblorosas manos.

—Afuera hay un hombre preguntando por usted… —dijo ahora Seth hacia Bella, que se había olvidado de su acompañante.

Se levantó de un salto dejando a un lado la taza de té de la que apenas había probado unos cuantos sorbos —¡Oh, Dios! Michael debe haberse encontrado con Jasper…

—Seth, has pasar al acompañante de la señora Swan —indicó Edward, a lo que Seth obedeció rápidamente.

—Bella… —susurró ella en dirección al abogado. Edward la miró un poco extrañado y Bella pudo notar el por qué — puede llamarme Bella. Si usted me pidió que lo llamara por su nombre, es justo que usted haga lo mismo.

—Entiendo —asintió él, alzando levemente la comisura de sus labios. Antes que pudieran decir algo más, la puerta se abrió y un preocupado Michael apareció por esta, seguido por el ayudante de Edward.

—¡Bella! ¡Por Dios! —dijo, alcanzándola y abrazándola con familiaridad. Ella agradeció ese abrazo y se dejó refugiar unos instantes en él, a pesar de que extrañamente se sentía tranquila después de haber llorado tanto, seguramente como catarsis. Además, la ahora amigable presencia de su abogado la había ayudado a tranquilizarse y a ver todo con altura de mira.

—Ya estoy mejor, Michael —susurró ella, apartándose un poco de su amigo. Miró enseguida de reojo a su abogado y al joven ayudante, que los observaban concentradamente.

—Oh, él es Michael, un amigo —dijo Bella en dirección a Edward, quien dio un paso adelante y extendió su mano hasta el rubio amigo de Bella. Este respondió de igual manera agitando su mano hasta el abogado.

—Soy Edward Cullen, abogado de la señora Isabella… de Bella —se presentó el abogado— y él es Seth, mi asistente

—Ese soy yo —indicó el joven ayudante, estrechando ahora la mano del amigo de la señora.

—Bueno, creo que es hora de retirarme —dijo Bella, dando un paso hasta Edward— Ya le he quitado mucho tiempo… Y gracias por todos una vez más, Edward.

—Por favor, deje de agradecerme —dijo, tomando la mano de su clienta— Me comunicaré con usted en cuanto tengamos que presentarnos con el juez.

—Estaré esperando por usted —susurró ella.

Cualquier persona ajena a esa escena, podría pesar que aquella frase de Bella denotaba algo más, eso por la entonación de su voz, su mirada y su mano sujetándose a la del guapo abogado. ¿Agradecimiento? ¿Gratitud?

Después de las despedidas, Bella salió de la oficina del abogado tomada del brazo de su amigo con la sensación de que algo había cambiado en ella. De seguro se trataba de sus sentimientos por Jasper que se habían resquebrajado, dejando a su paso su corazón mal herido, pero aun así, la sensación de ligereza y tranquilidad que la llenaba, la hacía sentirse conforme.

Definitivamente estaba ahora tomando el camino correcto, meditó subiéndose al ascensor.

~En Paralelo~

Edward se quedó de pie, rascando su barbilla, después que su clienta saliera del brazo de su amigo. No llevaba los casos de divorcio que había tomado a lo largo de su carrera, pero con certeza podía dar fe de que nunca, ninguna caso había sido como ese, con todo lo que eso significaba.

De partida, nunca sintió deseos de agarrar de las solapas a su contraparte y callarlo a golpes, romperle la cara y enrostrarle que él no era digno de ser padre de una hermosa niña, ni esposa de… Bella. Seguramente, al verla tan afligida e indefensa, se hizo parte de su cruzada más allá de su postura como abogado defensor. O también la relación que esa mujer tenía con su hija, quien mucho la quería. Probablemente, haber conocido a Elizabeth…o Mary Elizabeth había jugado a favor. Esa adorable niña merecía tener a un padre que la adorara, no a un tipejo como ese.

—¿Presumo que debemos hacer la cita con el juez?

Edward cerró los ojos y agitó su cabeza para salir de su ensoñación, abriéndolos enseguida para mirar a su ayudante.

—Sí —confirmó, caminando enseguida hasta su escritorio y ubicándose tras este para buscar algo en su ordenador— Moveremos nuestras influencias Seth. Le enviaré un correo a un viejo amigo de mi padre para que sea él el Juez a cargo…

—Uhm… ¿es eso ético, abogado?

Edward frunció el ceño en dirección a su ayudante, dejando de teclear por un momento en su laptop —Lo es en este caso, Seth. Además, no pediré que se ponga de nuestro favor sin conocer la causa, él nunca lo aceptaría. Sólo quiero que esto sea rápido, pues un proceso así puede durar meses.

—Tiene toda la razón abogado, y confío en su criterio.

—Bien. Ahora creo que es todo por hoy aquí. Puedes retirarte, nos vemos mañana.

—Gracias abogado.

Después que quedó solo, Edward redactó un rápido correo al viejo amigo de la familia, Eleazar Doménech exponiéndole el caso rápidamente y pidiéndole que fuese él el intermediario, explicándole que sólo buscaba agilizar el proceso, ya que la contraparte estaba negada a ceder tan fácilmente. Cuando hubo concluido, dejó caer su espalda cómodamente sobre su asiento de cuero, listo para comenzar a rememorar su agitada última tarde, pero antes que eso ocurriera, la puerta de su despacho se abrió y el rostro de Lauren asomó por este, esbozando una tímida sonrisa.

—Me dijeron que podía pasar… ¿estás ocupado?

—No, ya acabé.

—Qué bueno, porque tengo algo que mostrarte… los conejos se están escapando de sus cuevas —dijo con voz divertida, a lo que Edward alzó una ceja, sin entender un carajo lo que ella decía.

—¡¿Qué?!

Lauren abrió la puerta completamente, para aclarar lo que acababa de decir. Entró dando saltitos al despacho del abogado una conejita como de un metro de estatura, blanca como la nieve, destacando en uno de sus ojos una mancha café, además de sus dos orejas, una muy erguida mientras la otra estaba doblada hacia adelante.

Edward abrió la boca en clara sorpresa, esbozado enseguida una muy grande sonrisa. Su pequeña hija Grace había retomado al parecer su gusto por los disfraces. Él por cierto, había extrañado eso, pues desde antes del fallecimiento de su Lizzie que Grace no se enfundaba en un disfraz.

—¡Y esta conejita, de dónde salió!

La niña respondió arrugando su nariz y acercándose a su padre para olfatearlo en el cuello, para después saltar en su regazo.

—¿Te gusta, papi?

—Te vez hermosa, cielo.

—Es mi disfraz para la obra que hemos estado preparando con la maestra Bella que haremos en la quermés de la escuela, que es como una fiesta de la escuela —explicó la niña, jugueteando sobre el rostro de su padre con una de sus largas orejas.

—Ah, qué bien.

—¿Crees que el abuelo Carlisle quiera verme? —preguntó la niña conejo a su padre, ladeando su cabeza.

—¡Sabes dónde está su oficina, estará encantado de verte! —dijo, dando un toque suave sobre la nariz de su hija.

La niña bajó de un salto del regazo de su padre y sin decir más corrió hacia la puerta de salida para ir a por su abuelo, pasando por delante de su madre quien la observó sonriendo, igual que su padre.

—No soportó la idea de aguantarse hasta el día de la presentación para ponérselo. La modista nos lo acaba de entregar… —comentó Lauren, terminando de entrar al despacho y sentarse en uno de los sillones.

Edward la escuchó, asintiendo levemente con la cabeza.

Desde la vez que ella reconoció su infidelidad con Emmett, las cosas entre ambos habían marchado con tirantez. Edward la saludaba con frialdad y apenas habían cruzado una que otra palabra y ella la verdad no soportaba eso. Ahora mismo, allí frente a él, sentía la sensación de que a Edward le incomodaba su presencia allí, más allá del silencio, su postura inquieta lo delataba.

— Es mejor que espere a la niña afuera —anunció Lauren levantándose de su sitio para caminar casi con urgencia hacia la salida, pero Edward la detuvo.

— No es necesario, puedes quedarte.

— Creo que… creo que es mejor que no, no quiero importunarte más.

— No eres inoportuna, te dije que ya había acabado…

— Sé que no me quieres aquí, Edward, y no es necesario que te excuses, lo entiendo —puso la mano sobre el pomo, pero antes que pudiera hacerlo girar, Edward se levantó con agilidad de su sillón y se acercó a ella, tomándola de un brazo.

—Sólo ponte en mi lugar —susurró él dejando ver incluso algo de dolor. Lauren alzó su vista hacia la verde mirada de su ex marido.

—Estuve en tu lugar, Edward. También me engañaste, así que sé cómo se siente.

Eso fue un golpe bajo para Edward, quien hizo ademán de dar un paso atrás, como si en verdad hubiese sido golpeado por la realidad, y es que ella tenía razón. Podía adornar su pasada conducta con una serie de excusas que en verdad no lo justificarían, él lo sabía. Entonces, ¿qué podía hacer? Si había tomado la decisión de seguir adelante y cerrar ciclos y todo eso, debía darle la oportunidad a su ex mujer para que se explicara. Explicación que dicho sea de paso, ella nunca le pidió.

—Es el momento de hablar entonces Lauren, porque tampoco me siento a gusto. Eres importante en mi vida y te quiero, a pesar de todo lo que nos ha pasado. Me hirió profundamente saber que… tú y mi hermano… — no terminó de decir la frase completa. Sólo cerró los ojos y negó con la cabeza. Lauren alzó una mano y acarició una de sus mejillas con la ternura de siempre.

Sin decir más, tomó una de sus manos y llevó al abogado hasta el sofá donde antes estuvo sentada. Allí se acomodó de tal manera que quedó frente a él.

—El año que me dieron la beca para mi doctorado en Italia, fue tan vertiginoso y la verdad yo no estaba segura de ir —comenzó a explicar Lauren, guardando Edward total silencio para oírla y entenderla— Tú estabas vuelto loco por ir, y las niñas… en un momento sentí que desencajaba, ¿sabes? Fue cuando apareció Emmett, aconsejándome que si no me quería ir, pues que no me fuera —pasó sus dedos por las ondas castañas de su cabello y carraspeó para continuar— Él admitió sentir una atracción extraña hacia mí, además las cosa con Rosalie y él no marchaban bien tampoco. Ella estaba preocupada de la idea de ser madre, de tomar las riendas del colegio de sus padres, en fin… circunstancias nos acercaron a Emmett y a mí, hasta que un día después de unos tragos nos dejamos llevar…

Edward bajó su rostro y pasó una y otra vez su dedo índice por su frente, cerrando sus ojos y meditando sobre lo que escuchaba. Finalmente después de unos segundos de silencio habló —Yo te amaba tanto… —susurró, levantando la vista de regreso hacia ella— La idea de que los cuatro nos fuéramos a otro país me llenaba de ilusión. Sabía que sería un desafío para ti y para mí en todos los aspectos, que sería novedoso y bueno para las niñas. Quizás ese entusiasmo no me dejó ver que tú no estabas segura con la idea de viajar… debería haberte oído… —susurró con pesar.

Lauren negó con la cabeza y continuó —Después de lo que ocurrió con Emmett, pensé que apartarme era lo mejor. No quería seguir alimentando esa relación, aunque él me pidió que no me fuera… pero fue una estupidez… o al menos eso era lo que yo creía…

—¿Tuviste sentimientos por él?

—No… no lo sé —dijo dubitativa, bajando ahora ella su vista de Edward— Cuando intuí tu… relación con Giuliana en Venecia, reconozco que me sentía arrepentida de haber ido y quise volver aquí y refugiarme en Emmett. Quizás por despecho o lo que sea, pero decidí refugiarme en los estudios, en el trabajo y en las niñas. Después pasó lo de Elizabeth y…

—Todo quedó atrás, lo entiendo.

—Sólo quiero que sepas que sí te amé Edward, como probablemente no amé ni amaré nunca a nadie más.

La sinceridad que se desprendía de la celeste mirada de Lauren y las disculpas que allí se reflejaban, hicieron que Edward olvidara su resentimiento.

—¡Dios, Lauren! —exclamó, atrayendo entre sus brazos, hundiendo su nariz en su suave y cabello.

—Perdóname Edward —susurró ella, escondiendo su rostro en el cuello de Edward y dejando caer unas cuantas lágrimas.

—Está bien, ya quedó atrás y no tengo nada que perdonarte, no cuando tú fuiste tan indulgente conmigo…

Estaban sumidos en su abrazo, digamos, de reconciliación, abrazo que al parecer ambos necesitaban, cuando la niña volvió a entrar a la oficina tomada de la mano de su abuelo. Carlisle se detuvo en la puerta al ver la imagen de su hijo y su nuera y se ilusionó con la idea de que entre ellos pudiese haber una segunda oportunidad. Carraspeó enseguida, mientras su nieta se soltaba de su mano y corría hasta sus padres. Se lanzó a los brazos de su mamá y antes que le preguntara el porqué de sus lágrimas, Lauren le dio una gran sonrisa que alejó las dudas de la cabeza de la niña.

Edward se puso de pie y miró hacia la puerta, donde su padre lo miraba con una leve sonrisa.

—¿Por qué no vamos a comer algo por ahí? —propuso Edward a su padre y enseguida miró a Lauren, quien asintió de inmediato a la idea.

—Vayan ustedes, yo tengo un compromiso con Esme, una cena de gala por el aniversario del hospital —indicó Carlisle, haciendo mención del lugar de trabajo de su mujer.

—¿Podríamos comer mañana todos en tu casa entonces, te parece? —planteó ahora Lauren, poniéndose de pie, con su pequeña hija coneja en sus brazos — ¿Quieres que mañana vayamos con los abuelos a comer?

—¡Sip! ¡Y podemos jugar Twister! —exclamó la niña, recordando la última vez que ella y sus abuelos jugaron a aquello, terminando Carlisle tirado en el piso con un ataque de risa. Edward también lo recordó y no pudo evitar soltar una risa.

—Los abuelos estará encantados de jugar contigo otra vez… —comentó Edward sin esconder su risa.

—Bueno —dijo Carlisle en su defensa, caminando hacia la niña en brazos de su madre— A ver si tu papá se atreve ahora a jugar –comentó, mirando de reojo a su hijo.

Edward bufó, mientras el abuelo y su nieta se rieron cómplices. Carlisle se despidió de todos allí y enseguida Lauren, Grace y Edward salieron rumbo a un buen restaurante, antes claro, tuvieron que convencer a la niña de quitarse el traje para que no se estropeara o se ensuciara.

Pasaron un muy buen rato juntos, riéndose y recordando cosas agradables, incluso recordaron algunas travesuras de Elizabeth. Era un buen ejercicio para ellos incluir a Lizzie con recuerdos agradables que los hiciese sonreír, pues recordar con llanto los últimos nueve meses de vida con Lizzie no debía ser lo primordial, cuando había vivido ocho radiante años, llenos de felicidad.

Cuando ya era tarde, Edward dejó a su hija durmiendo en su cama, se sentó en el sofá de la sala de casa de Lauren a beber con ella una copa, antes de marcharse. Allí le comentó sobre su participación en el caso de divorcio de la Isabella Swan.

—Intuí que algo no iba bien con ella. A diferencia de como la conocí, ella ahora está cabizbaja y triste… Dios, pobre maestra…

—Y su marido es un pelotudo —dijo con exasperación— Lo mejor que puede hacer es apartarse de ese tipo y seguir adelante con su vida —añadió con un tinte de desprecio al recordar al Jasper ese.

—Me alegro que estés llevando su caso.

—Rosalie me lo pidió y luego sentí que debía hacer eso por ella, en agradecimiento por cómo se ha portado con Grace, ya sabes… — explicó, alzándose de hombros.

—Definitivamente —asintió ella con una sonrisa.

—Bueno —dijo Edward mirando su reloj de pulsera— Es hora de que me vaya, mañana debo de madrugar. Pasaré por ustedes en la tarde para ir a cenar con mis padres.

Lauren torció su boca en una sonrisa y asintió. Enseguida bajó su cabeza y rascó su entrecejo, mientras mordía su labio, señal inequívoca para Edward que ella algo quería decir o preguntar.

—Dilo ya, Lauren —le animó Edward, poniendo una mano sobre su hombro.

—¿Hablaste ya con Emmett…sobre…?

—No —negó él, cambiando el gesto relajado de su rostro a uno más bien hosco— Yo ya le dije lo que tenía que decirle, si él quiere decirme algo, pues que sea él quien se acerque.

—Sólo espero que le des la oportunidad de hablar cuando él lo haga. Recuerda que no sólo él tuvo la culpa. Mi responsabilidad y la de él tienen el mismo peso, Edward —indicó ella en tono conciliador. Él no hizo promesas sobre aquello, sólo se limitó a asentir. Enseguida se despidió de ella con un cálido beso en la mejilla y salió de la casa rumbo a su departamento, donde como cada noche, se sentaría a oscuras en su sala, bebería una cerveza calmadamente y disfrutaría de un cigarro, a solas, como ya se había hecho costumbre.

/E.P/

—Bien colegas —anunció Carlisle, mirando su fino reloj de muñeca —comenzaremos la reunión prescindiendo de la presencia de James, a quien se le deben haber enredado las sabanas esta mañana —miró hacia su derecha enseguida y pidió a su asistente que comenzara a leer los puntos de la tabla a tratar. Cuando ella iba a comenzar, la puerta se abrió estrepitosamente y el abogado James Whitherdale apareció en la reunión del viernes… vestido de charro.

Las siete personas sentadas alrededor de la mesa lo miraron con extrañeza e incluso desconcierto. ¿Qué abogado en su sano juicio de presentaba en una reunión vestido de charro? Sólo él.

Después de unos momentos de incómodo silencio, el charro… abogado se quitó la estúpida corbatilla roja a juego con su traje negro y bordado con hilos dorados y amarillos —y dicho sea de paso, deseando también arrancarse aquellas botas a juego que llevaban, las que en verdad eran una especie de calvario para sus pies— y carraspeó antes de decir a los presentes un tímido "Buenos días".

Benjamín no pudo más y soltó una carcajada, echándose hacia atrás en su silla y sujetando su estómago. Tatianne se cubrió la boca de la sorpresa, su marido Garrett frunció sus cejas hasta su charro amigo, y Edward tenía una O formada en su boca, mientras negaba con la cabeza. Las dos secretarias asistentes lo miraban como si en verdad fuera un marciano, mientras Carlisle intentaba con todo su ser reprimir sus carcajadas. Cuando se vio controlado, habló:

—Pasaré por alto tu retraso, James, pero por favor, explica tu… atuendo —solicitó, mirándolo de pies a cabeza.

—Verás Carlisle —dijo, jugueteando el corbatín entre sus dedos —es que me voy a casar…

—Uhm… ¿cómo? —preguntón con confusión Carlisle, dejando Benjamín de carcajearse para que al igual que sus colegas mirar a James ahora sí con sorpresa y algo de confusión.

—Lo que pasa es que anoche, como ultima y desesperada medida, le llevé serenata a Victoria, mi novia… y pues parece que funcionó porque cuando le pedí que se casara conmigo, aceptó.

—Bueno, James, en hora buena… —felicitó Carlisle al ahora sonriente abogado y charro— ¿Y para cuando es la boda?

—Mañana. Me caso mañana…

—¡¿Qué?! —Exclamó Tatianne, levantándose de un salto de su silla— Pero… pero… ¿mañana?

—¿Y cuál es el problema, cielo? —dijo Garrett con calma, tomando la mano de su esposa y atrayéndola de regreso a su asiento, junto a él.

—Ah y Edward, —dijo, mirando al aun sorprendido Edward— eres mi padrino.

—¿Yo? —preguntó el aludido, indicándose a sí mismo con su dedo índice.

—Sí, fue sorteo. Fuiste el premiado. Así que mañana deben estar todos a las ocho en el hotel Marriot… un tío de Victoria es uno de sus administradores y nos hizo un lugar mañana.

—¡Jesús! —Exclamó Tatianne— planeas tu boda literalmente de la noche a la mañana y resulta que te vas a casar en uno de los hoteles más lujosos de la ciudad…

—¿Es un buen presagio, no? —preguntó de regreso a su amiga, alzando sus cejas sugestivamente. Tatianne fue la primera en levantarse de su asiento, otra vez, pero ahora para acercarse a James y abrazarlo y felicitarlo como correspondía. La siguieron Carlisle, Garrett, Benjamín y las dos secretarias, acabando Edward con la ronda de felicitaciones.

—¡Maldición James, tú sí que sabes hacer las cosas! —dijo Edward, mientras palmeaba su espalda.

—Es increíble… espero que aceptes mi proposición de ser mi padrino… ah, y Lauren está invitada por supuesto.

—Se lo diré a Lauren, y por supuesto que seré tu padrino.

—Una cosa, James —dijo ahora Benjamín— Sigo sin entender por qué todavía estas vestido de charro…

Edward rodó los ojos porque era más que obvio, pero aun así James lo explicó con picardía— Después que me diera el sí y decidiéramos no esperar más, pues bebimos champaña abrazados en el sofá de su apartamento… luego nos besamos… y ya sabes… una cosa llevó a la otra. Desperté esta mañana, dándome cuenta que me había dormido y me retrasaría para la reunión, así que decidí agarrar la ropa de anoche y venir directo aquí.

La reunión del bufete ciertamente se retrasó al menos una hora, después que Carlisle indicara que trajeran algo para brindar por el futuro marido.

Así, en un ambiente distendido la reunión se realizó, mientras Edward pensaba distraído en la noticia de su amigo. Pensó, divertido, que por el carácter arrebatado de James, su matrimonio no podía ser de otra manera. También pensó en pedirle a Lauren que fuese ella su acompañante para la boda… aunque por una milésima de segundo, por su cabeza, sintió el deseo extraño de pedirle a otra mujer, delgada, pálida y menuda mujer, doliente e indefensa, que lo acompañara. Sacudió su cabeza, sacudiendo también esa idea que cruzó por su cabeza, seguro de que lo mejor era ir del brazo de Lauren. Una buena, conocida y agradable compañía.