Mil, mil, mil gracias como siempre a cada una de ustedes por acoplarse a esta locura, que dedico con mucho cariño a cada una de ustedes.

Como siempre, a mi hermosa beta Gaby Madriz que hermosea cada capítulo, mis totales agradecimientos.

Ahora, a leer. Besos y abrazos a todas!

(Pueden encontrarme como Cata_lina_lina en twitter y Catalina Lina en Facebook)


14. La sorpresa de lo inesperado

"Sólo Dios sabe nuestros destinos…"

~En Paralelo~

— ¡¿Qué tú qué cosa?! —gritó Bella por el teléfono a su amiga Victoria, cuando esta la llamo ese viernes por la tarde, como si nada, para avisarle que al día siguiente, en el hotel Marriot a las ocho de la noche, se celebraría su boda.

— ¡No grites! —Exclamó Victoria con diversión en su voz— Te digo que James y yo nos casamos mañana…

— ¡¿Estás loca?!

— Uhm, un poco, sí —asintió, riéndose, mientras Bella rodaba los ojos— Ah, pero no es lo más importante. Tu asistencia es obligatoria porque eres mi testigo y madrina de bodas.

— ¡Mierda, Victoria, tú sí que estás loca!

— Así que ponte un lindo traje, y llega mañana a la hora señalada.

— ¿Estás segura de lo que quieres hacer, Victoria? —preguntó Bella.

Ahora ella pasaría a engrosar la lista de los divorciados de ese país, entonces a la idea de boda, ella debía poner su cuota de inseguridad, propio en su postura de mujer engañada por su marido.

— Completamente segura, Bella, no te preocupes por mí —aseguró con voz firme— Ahora debo colgar, hay un par de personas más a quien debo llamar y terminar de coordinar algunas cositas para mañana.

— ¡Dios, sigo sin poder creer lo que me dices!

— Como sea. Hablamos mañana. Llega puntual, sí, y vístete hermosa para la ocasión.

— Haré lo que pueda —indicó, antes de terminar con la llamada.

Se quedó un rato mirando por la ventana frente a ella, aun aturdida por la repentina noticia. Su amiga Victoria, quien había sido esquiva durante mucho tiempo al tema de la boda, había al fin dado su brazo a torcer. Seguro que el novio, James, a quien ella aun no conocía, había logrado enamorarla a tal punto de convencerla de quedarse con él para toda la vida, lo que idealmente se estilaba para las bodas.

"Para toda la vida, hasta que la muerte los separe…" habían sido las palabras del cura anglicano que los casó a ella y a… Jasper. Bella sonrió con tristeza, negando con la cabeza, pero antes de hundirse en recuerdos que la atormentarían y decaer aún más su estado de ánimo, su madre entró al cuarto con la Beth dormida entre sus brazos.

— Tomó su biberón y calló rendida… jugó toda la tarde con Charlie — dijo Renée, dejando a la bebita en su cuna. Bella se levantó y caminó hasta su hija para arroparla.

— Me llamó Victoria. Dice que mañana se casa.

Renée desvió sus ojos de golpe hacia Bella —¿Es broma?

— No, además, soy la madrina, y no tengo idea qué ponerme.

— Tienes trajes hermosos guardados que nunca has estrenado, revisaremos eso en un rato, pero… ¿de verdad se casa mañana? ¿Y por qué tan rápido? ¿No estará embarazada?

— Mamá, en esta época, el que una mujer soltera se embarace no la orilla a casarse, como se estilaba siglos atrás. Dice simplemente que está segura y enamorada y que no quiere esperar.

— Bueno, mientras esté segura y se feliz…

— Dijo que tú y papá también estaban invitados…

Renée llevó una mano a su pecho y habló calmadamente — Sobre mañana… yo estuve hablando este medio día con Michael, quería saber por Alice. A tu papá y a mí nos preocupa que esté sola, además que ha estado incomunicada y estamos preocupados, así que Charlie tomó boletos para él y para mí para viajar a Suecia en el último vuelo de la tarde.

Bella escuchó en silencio a su madre, sin evitar tensar su cuerpo al solo recuerdo de Alice. En ningún momento cruzó su vista con la de su madre mientras esta hablaba, no sabe bien por qué. No podía reprocharla por preocuparse por una de sus hijas, así que decidió sólo asentir despacio, mientras acariciaba el pecho de su hija.

— Me comunicaré con Irina, a ver si puede cuidar a la niña mañana por la noche.

— Me gustaría haberla cuidado yo, pero esto salió de improviso y…

— No te preocupes mamá, haz lo que tengas que hacer, no te preocupes por mi — le dijo, intentando darle una sonrisa que la tranquilizara, pero no resultó. Digamos que ella no era buena para engañar a nadie, mucho menos a su madre. Pero no quería preocuparla ni mucho menos hacerla sentir culpable, pues ella no tenía la culpa.

— Bueno, no perdamos más tiempo y veamos que hay en tu armario —dijo Renée con entusiasmo, tomando una mano de su hija y arrastrándola al closet.

Después de mucho revisar, desechó la idea de ponerse un vestido rojo strapless, muy ajustado y uno negro, concluyendo en que la mejor opción era el azul eléctrico, que según su madre le sentaba muy bien. Gracias a Dios, al probárselo le quedó de maravilla, descartando la necesidad de algún retoque. La parte superior se ajustaba a su cuerpo perfectamente, sujetándose por un lazo que se ataba por detrás del cuello, dejando al descubierto sus hombros y brazos, con un escote en V justo y preciso. Desde su cintura, la tela de raso caía perfectamente como un faldón hasta bajo sus rodillas. Se pondría un tapado negro, a juego con sus zapatos y una cartera pequeña, y su cabello decidió alisarlo y llevarlo simplemente suelto.

Al menos el atuendo para la boda ya estaba listo. Enseguida se comunicó con Irina, a quien le pidió de favor venir a quedarse con la niña por el tiempo que ella estuviera en la boda, no poniendo esta obstáculo alguno. Irina había tomado un cariño especial por Mary Elizabeth y simpatizaba profundamente con Bella, por todo lo que había pasado.

Al parecer, todo estaba listo. Pensó en ir acompañada de Michael, le serviría para distraerse, pero cuando se comunicó con él, él le dijo que saldría de viaje de fin de semana con su hermano, por lo que declinó de su invitación.

Ni modo, le tocaría ir sola.

/E.P/

Antes de bajar y partir rumbo al hotel, Bella se observó frente al espejo de su cuarto lista para la boda de su amiga, conforme con el resultado. Su cabello brillaba más que de costumbre, seguro por el proceso de alisado y las cremas hidratantes que su madre insistió en aplicar. Su maquilla suave, haciéndola ver natural y su vestido, todo en conjunto la hacía verse diferente.

Bajó la escalera y su padre la recibió al pie de esta, con una inmensa sonrisa de admiración, soltando un silbido — ¡Qué mujer más guapa!

— Muchas gracias —sonrió ella a su padre, dándole un suave beso en la mejilla. De reojo vio las maletas de sus padres en la entrada de la puerta, listos para aguardar por el auto que vendría por ellos para llevarlos al aeropuerto. No dijo nada al respecto, sólo caminó hasta la sala, donde vio a su hija en brazos de Irina, tomando su mamila a punto de dormirse.

— Intentaré llegar lo más temprano posible, Irina —indicó ella, acariciando la cabecita de su hija.

— No se preocupe por mí, Bella. Usted vaya y disfrute de su fiesta — dijo Irina con una sonrisa sincera en sus labios.

— Muchas gracias.

— ¡Nena, tu taxi ya está aquí! —dijo Renée entrando a la sala. Se despidió de sus padres, quienes regresarían en cinco días, de Irina y dio un beso en la frente a su hija antes de salir.

El trayecto hasta el lujoso hotel fue medianamente rápido. Caminó directamente al salón, donde le indicaron se desarrollaría la boda. Las paredes de este estaban cubiertas de un suave color marfil, y desde los amplios techos colgaban hermosos candelabros de cristal que daban un toque de elegancia y calidez, perfectos. Mesas redondas para seis personas con blancos manteles que colgaban hasta el suelo, y a un costado, un escenario donde se veían instrumentos, que al parecer amenizarían el coctel posterior a la ceremonia, que se desarrollaría en un balcón contiguo en donde se había predispuesto dos corridas de sillas y una mesa blanca bajo un arco de flores naturales.

Al entrar, a la primera persona que distinguió de las demás fue a su amiga Tanya, quien corrió hasta su encuentro.

— ¡¿Lo puedes creer?! —Dijo, mientras dejaba un beso en cada mejilla de Bella— ¿Puedes creer que estemos en la boda de Victoria?

— Pues… no.

— Ah, y te ves radiante, Bella —dijo, tomando su mano y alzándola levemente para ver y lucir el traje azul de su amiga— Te sienta perfecto ese color. ¿Y cómo crees que me veo yo? —dijo, dándose la vuelta sobre sus altísimos zapatos de tacón aguja negros, luciendo su traje negro que se ajustaba desde su pecho hasta debajo de sus rodillas. Se veía realmente elegante, además del moño que sujetaba su rubio cabello.

— ¡Te ves fantástica! —exclamó Bella hacia su coqueta amiga.

— ¿Y estás lista para el papel de madrina? Victoria me explicó que fue una especie de sorteo o algo así…

— No lo sé… —admitió, alzándose de hombros. Se sentía un poco nerviosa, porque no sabía bien qué tenía que hacer. Para la mayoría de las bodas, había al menos un ensayo previo, como ocurrió en la suya… antes de seguir y hundirse en ese recuerdo y deprimirse, lo alejó.

Poco a poco, el balcón comenzó a repletarse y ambas damas comenzaron a distinguir de entre los invitados algunas caras familiares, uniéndose a ellas Jane, quien estaba por cierto, impactada al igual que ellas con esa locura.

— Ejem… damas — carraspeó el novio, interrumpiendo a las chicas que conversaban y bebían champaña. Vestía un impecable traje negro Armani, con una pajarita del mismo color, sobre una inmaculada camisa blanca. Su cabello rubio oscuro iba peinado hacia atrás y de su cara colgaba una muy amplia sonrisa y unos azules y luminosos ojos.

— ¡James! ¡Dios, cómo nos haces esto! —exclamó Jane, que de las tres era la que más lo conocía. Tanya apenas lo había visto un par de veces y Bella era primera vez que lo veía. Como Jane sabía que poco se conocían, aprovechó de presentarlos— Bien, ella es Tanya, a quien ya has visto antes —dijo, indicándole a Tanya, a quien saludó con un beso en la mejilla.

Enseguida observó a Bella y antes que Jane dijese quien era, él mismo lo descifró — Entonces tú debes ser Bella, la madrina de Victoria.

— Sí, así es —asintió ella, tomando la mano que James le ofrecía y saludándose con un beso en la mejilla.

— Bien, estaba precisamente buscándote. La asesora de bodas quiere hablar conmigo, con los padres de los novios y con los padrinos, así que ¿me acompañas? —pidió, ofreciéndole su brazo para que le acompañara. Ella sonrió se tomó del brazo del novio, y se alejó de sus amigas hacia una sala pequeña, contigua al salón de la recepción.

Al entrar junto a James, un sorpresivo y helado escalofrío, recorrió su espina dorsal como si un viento frío hubiese recorrido su cuerpo, cuando sus ojos dieron con su abogado, Edward Cullen, quien estaba hablando con un hombre mayor a quien ella no conocía. Siguió caminando junto al novio, acercándoseles, cuando el abogado giró su cabeza hacia ella y la vio.

Bella se percató del rápido recorrido que él le dio, de pies a cabeza, hasta devolver sus ojos verdes hasta los suyos, con un dejo de sorpresa. Bella, sin querer, también evaluó la impecable vestimenta de Edward, quien llevaba un traje negro, por supuesto, a la medida y una corbata del mismo color.

No podía negarlo, su abogado se veía muy, pero muy atractivo.

Él elevó la comisura de sus labios, haciendo que por alguna razón, eso hiciera que Bella se sonrojase y bajara su cabeza.

— ¿Isabella? —preguntó Edward, aún sorprendido, cuando el novio y ella estuvieron junto a él.

James miró a Edward con ojos confusos — ¿Se conocen?

— Es mi abogado —indicó ella, mirando a James. Luego miró a Edward y le dio una sonrisa extendiendo a la vez su mano hacia él — Sr. Cullen, es una sorpresa encontrarlo aquí.

— Soy Edward —le recordó él, devolviéndole el suave apretón de manos —y sí, es una sorpresa. Déjeme decirle que se ve hermosa, Isabella.

Ella automáticamente bajó la cabeza, otra vez, cohibida y ruborizada por las sinceras palabras del abogado, que al parecer, no podía pasar por alto darle ese pequeño piropo.

— Bueno, pues es una sorpresa para mí que se conozcan, y eso hace más fáciles las cosas —dijo, indicándole a su amigo y la madrina de su novia, que se acercaran donde estaba una mujer, quien estaba dando instrucciones.

Bella y Edward guardaron silencio mientras oían las indicaciones que la asesora de bodas les daba para la ceremonia civil que se realizaría en unos minutos más.

Bella, mientras la mujer hablaba, daba de vez en cuando miraditas de soslayo a su compañero de bodas, de quien por cierto incluso podía oler el suave aroma de su perfume. Cerraba los ojos e inspiraba silenciosamente, disfrutando del exquisito aroma que seguramente era de algún exclusivo perfume francés. Lo hizo varias veces, esperando no ser descubierta…

— ¿Bella? —preguntó James, haciendo que la aludida abriera rápidamente sus ojos y se diera cuenta que todos allí la observaban y estaban esperando que al parecer respondiera algo. Miró a Edward, y él tenía una sonrisa divertida en su rostro.

— La jueza pregunta si cargas tu identificación. Necesita nuestros datos —susurró Edward, torciendo su boca en una sonrisa con resquicios de diversión.

Ella asintió, completamente avergonzada, y rebuscó en su cartera de mano sus documentos para dárselos a quien se lo solicitaba.

Diez minutos después, todos caminaron hacia la terraza, donde en momento se desarrollaría la boda. Edward, muy caballerosamente, ofreció su brazo para que Bella caminara junto a él y ubicarse en sus lugares, a un lado del altar.

— Así que usted es amiga de la loca… —sacudió la cabeza y rectificó — Digo, de la novia.

Bella la miró, sorprendida y un poco divertida también — ¿La loca?

— Uhm… es una broma interna, no quiero ser irrespetuoso.

— Es un buen calificativo después de todo —admitió ella con diversión, haciendo que el abogado y ella soltaran una carcajada— Y al parecer, James y ella son tal para cual

— Totalmente —asintió él, recordando el día anterior, cuando su amigo llegó a la reunión vestido de charro.

— ¿Y usted viene solo? —preguntó Bella repentinamente, sin siquiera pensarlo. Deseó morderse la lengua por metiche, esperando no incomodar al abogado.

— Lauren me ha acompañado. Es amiga de James también. Y usted…

— Vengo sola —se apresuró en decir.

— Aha…

Tuvieron que guardar silencio cuando una melodía suave comenzó a sonar, indicando el arribo de la novia. Todos desviaron su vista hasta la hermosa mujer colorina que avanzaba por el corto pasillo hacia el lugar donde James la esperaba con mucho nerviosismo.

Bella no pudo evitar emocionarse al ver la luminosidad que emanaba de su amiga, producto seguro de toda la felicidad que la invadía en ese momento. Una solitario lagrima corrió por su mejilla mientras contemplaba a Victoria avanzar, vestida de un traje color marfil, sencillo y elegante, sujeto por sus hombros por delgados tirantes, cayendo naturalmente hasta cubrir sus pies. Su cabello rojo iba tomado por un lado, sujeto con una flor blanca que le daba un toque sensual.

Cuando Victoria cruzó la mirada con Bella al pasar junto a ella, alzó su mano hasta su amiga y secó el rastro de lágrima que vio en su mejilla, dándole una sonrisa de ternura, retribuyéndosela ella de igual modo.

— ¿Está bien? —le susurró Edward, cuando los novios se tomaron de la mano y se ubicaban en su sitio para comenzar la ceremonia. Bella asintió apenas mirándolo, enderezando su postura lista para disfrutar de la boda de su mejor amiga.

A pesar de ser sorpresiva aquella celebración, la ceremonia se realizó a la perfección, sin dejar ningún detalle al azar y por cierto que también estuvo llena de emotividad.

Bella sintió un profundo regocijo y una emoción muy poderosa por su amiga, al verla tan segura y feliz por el paso que acababa de dar. Victoria la divisó mientras repartía abrazo a uno y a otro invitado, escabulléndose enseguida hasta ella.

— Oye, no quiero que llores, yo estoy feliz —le dijo Victoria, abrazándole.

— No lloro porque esté triste, sólo estoy emocionada, pero me siento muy feliz por ti… te ves tan hermosa, tan radiante —dijo, apartándose y tomando una de sus manos entre las suyas.

Victoria le sonrió con ternura, levantó la mano que sostenía su ramo de novia —una conjunción de rosas blancas y rosadas, tomadas por un moño ce raso blanco— lo observó y levantó una de las manos de Bella, dejando el ramo entre ellas.

— Sé que la tradición dice que debo lanzar el ramo y todo eso, pero esta boda no ha sido muy tradicional que digamos. Quiero dártelo porque este ramillete para mí significa oportunidad y esperanza, y deseo que tengas también una nueva oportunidad de ser feliz nuevamente, y no perder las esperanzas, nunca.

— ¡Victoria! —exclamó, tomando el perfumado ramo y apretándolo en su pecho, para luego volver a abrazar a la novia, ahora ambas visiblemente emocionadas.

— Ejem… —el novio apareció junto a la pareja de amigas y abrazó por la cintura a su ahora esposa, dejando un beso en su sien— Espero que esas lágrimas, en ambas, sean de pura emoción.

— Lo son, esposo —susurró ella, dejando un beso en su mejilla.

— Fue una ceremonia hermosa, James, y deseo que sean muy felices —dijo, extendiendo una mano hacia él. En vez de eso, James soltó a su mujer y abrazó a Bella, como si la conociese de toda la vida.

— ¡Bien mujeres! Vamos a brindar, además están esperando eso del vals de los novios, que no sé cómo voy a enfrentar… — dijo con un tono divertido, alzándose de hombros.

Claro, con esto de que el día anterior había decidido lo de la boda, ni clases de baile ni nada de eso habían tomado.

Fueron hasta el centro del salón y espontáneamente los novios comenzaron a moverse al son del suave y tradicional vals. Bella bebía champaña y los observaba a un costado, cuando hasta ella una mujer vestida de un traje negro de strapless con lentejuelas se ganó junto a ella.

— Edward me comentó que usted estaba aquí, maestra.

Lauren la miró con una sonrisa cordial, la que Bella retribuyó de igual forma. La ex mujer de Edward se veía radiante en su traje negro entallado, con su cabello castaño oscuro cayendo con grandes ondas sobre su espalda desnuda.

— Señora Lauren…

— Soy sólo Lauren, no me haga sentir más vieja de lo que soy.

— Lauren, es bueno verla aquí y sorpresivo también.

— Sí, todo en esta boda es sorpresivo, ¿no cree?

— Totalmente.

— Señoras —junto a ellas se les unió el padrino y testigo del novio, extendiendo una copa de champaña hasta Lauren. En silencio los tres observaron a la pareja hacer pericias en la pista de baile, llevándose el aplauso de los asistentes y por cierto, muchas carcajadas. A la siguiente canción los padres de Victoria y James salieron a la pista.

— ¡Faltan los padrinos! —exclamó James hacia Edward, quien fulminó al novio.

— Creo que deben salir a bailar esta pieza. Yo sostengo tu ramo, Bella — dijo Lauren, solicita, animándolos a salir.

Bella se puso algo tensa, porque no estaba segura que el abogado quisiera bailar, además que ella no sabía hacerlo muy bien. Edward extendió una mano hasta ella, invitándola a la pista. Bella no tuvo de otra que acceder.

Carraspeó y se disculpó mientras se acomodaban en la pista —Espero que no tengamos un accidente por mi culpa, no se bailar…

— Todo irá bien— indicó él, poniéndose frente a ella, tomando por una de sus manos y por la cintura, comenzando a balancearse despacio.

— La vi muy emocionada durante la ceremonia —aseveró Edward hablándole prácticamente al oído. Ella se hizo un poco hacia atrás y chocó con sus verdes ojos. Mordió su labio y se sonrojó un poco.

— Sí… digamos que soy sensible a estos temas y Victoria es como mi hermana, es mi mejor amiga…

— Y james es como un grano en mi trasero, somos muy amigos desde la universidad —indicó él, mirando de reojo a la pareja que daba vueltas por la pista. Luego devolvió su mirada a Bella— Jamás pensé que usted y yo tuviéramos amigos en común.

— Ni yo…

— Pues, me alegra haberla encontrado —susurró, mirándola intensamente a los ojos, sintiéndose ella desfallecer por la vehemencia de su mirada y sus palabras, no sabe bien por qué.

Después de esa admisión por parte de Edward, ninguno de los dos dijo nada. Bella sólo se dedicó a dejarse guiar por él al compás de la música, en silencio absorbiendo su aroma francés y sus extrañas últimas palabras.

~En Paralelo~

Edward, sentado en la mesa que dispusieron para él y Lauren, recordaba la picazón que sintió en su nuca cuando bailó la pieza de vals con Isabella Swan, de cómo ella se había sonrojado y había mordido su carnoso labio inferior, como si el sólo hecho de bailar con él la cohibiera. Además, no podía negarlo, se veía muy atractiva ataviada con ese traje que la hacía lucir sus curvas… definitivamente se veía radiante. Aun así, él podía sentir que en ella rondaba la melancolía por lo que le había tocado vivir, pero a pesar de todo, se animaba a darle a su amiga una sonrisa sincera y alegrarse por ella.

"Es una mujer muy valiente…" pensó él, pues después del poco tiempo que había pasado de su divorcio, no cualquier mujer se dispondría a pisar una boda tan pronto. Pero ella le hacía frente, y eso a Edward le causó admiración.

De tanto en tanto, Edward desatendía la conversación que sostenía con sus compañeros de mesa, girando su cabeza en busca de la mesa donde la Sra. Swan estaba sentada, junto a sus amigas, con quienes reía animadamente.

— ¿Se ve muy linda, no te parece? —preguntó Lauren a su lado, sorprendiéndolo con la mirada unas mesas más allá. Él giró rápidamente su cabeza y le sonrió, asintiendo.

— Es verdad, se ve muy bien… Me sorprendió mucho verla aquí —reconoció él, soltándose un poco el nudo de su corbata. Lauren juntó su entrecejo y lo miró con extrañeza

— ¿Cómo es que te sorprendió que la novia estuviera aquí? Te estoy hablando de Victoria.

Edward quiso pegarse con la palma de la mano en la frente. Por supuesto que Lauren estaba hablando de la novia, pues esa colorina mujer se supone era el centro de atracción allí. La cosa es que para él no lo era.

— ¡Claro, claro! La loca, sí, se ve muy bien.

Lauren le dio una palmada en el brazo, como recriminándole que llamara así a Victoria. — ¿Y de quien pensabas que estaba hablando?¿De la maestra Swan?

— Pues sí.

— También se ve muy linda… y hacían una linda pareja mientras bailaban —comentó Lauren esto último, recordándole que ella lo conocía bien.

A ella no se le pasó por alto las reiteradas oportunidades que Edward le dedicó miraditas furtivas durante lo que llevaba de noche. Su forma de observarla y sonreírle con algo más que admiración o condescendencia. Incluso se percató de un suspiro que se le arrancó a él casi imperceptiblemente e inclusive no percatándose él mismo.

Fue extraño para ella ser testigo de eso, de que Edward, de quien ella estuvo enamorada, se fijara en alguien más. Claro, él lo negaría y no lo reconocería, pero ella lo conocía, y se sentía feliz por él.

Edward, no percatándose del estado de ensimismamiento de Lauren, siguió conversando con el viejo abogado que estaba sentado junto a él, mirando ciertamente de vez en cuando en dirección a su clienta.

Cuando la cena acabó, y después que los novios posaran mientras cortaban las rebanadas de pastel, Edward y Garrett salieron a las afueras del hotel a fumar un cigarro.

— Lauren se ve esplendida. Me alegra verla mejor —dijo Garrett, haciendo más que mención a su atuendo, a su estado de ánimo. Él fue testigo de cómo esa madre estuvo a punto de sucumbir ante el dolor de la muerte de Lizzie, por lo tanto, verla tan en paz era reconfortante.

Edward por supuesto, captó hacia donde iba el comentario. Asintió a las palabras de su amigo mientras botaba el humo de su cigarro y subió la solapa de su chaqueta, pues el frío de la última semana de septiembre se estaba haciendo notar. Ambos, mientras acababan sus respectivos cigarros, comentaron detalles de la boda, la novia y el novio, y apostaban de cuanto demorarían en tener su primera gran pelea, muy típica de los recién casados.

Estaban en eso, cuando unos dos metros más allá, saliendo por una de las puertas del hotel, una mujer ataviada con un tapado negro, le daba las gracias al portero y caminaba con dirección hacia la calle, seguramente para hacer detener un taxi.

— ¿La conoces? —preguntó Garrett, cuando vio que Edward siguió a esta mujer con la mirada.

— Es una clienta y maestra de Grace. Es amiga de la novia —le dijo, sin apartar la vista de la maestra, quien estaba parada observando hacia los coches.

— Se va temprano…

— Veré si necesita ayuda, ¿puedes decirle a Lauren…?

— Ve a rescatar a tu clienta, Edward —le dijo, botando la colilla de cigarro y palmeando el hombro de su amigo, antes de girarse y entrar.

Sin demora, Edward corrió hasta alcanzarla, sorprendiéndole por la espalda — ¿Ya se va?

Bella se giró con sobresalto, y en el acto casi da traspiés y cae a la cuneta. Casi, si no es porque el gentil abogado alcanza a tomarla del codo y sujetarla para que eso no ocurra.

— ¿Está bien? Discúlpeme por haberla asustado…

— No, está bien. Estoy esperando por un taxi.

— No es necesario, déjeme que la lleve por favor.

— Oh, no. Usted regrese a la fiesta…

— Por favor —insistió Edward, deteniendo las excusas de Bella y sujetando de nuevo su codo, esta vez sin querer. Bella se lo quedó mirando y pestañeó raídamente, ciertamente sorprendida. Tragó grueso y asintió lentamente, devolviéndole Edward una sonrisa de triunfo. Mientras le pedía que lo acompañase hasta dar con el Valet Parking del hotel para que trajese su coche, no pudo evitar meditar sobre la sensación de alivio que sintió en su pecho cuando Bella accedió a ser llevada por él.

Cuando el atento hombre trajo el coche de Edward, esta abrió la puerta a su acompañante para que se subiera en el asiento contiguo. Una vez él adentro, detrás del volante, dirigió el coche hasta el sector residencial donde vivía Bella.

— ¿Su hija quedó con sus padres? —preguntó Edward, para romper el hielo, con su mirada puesta en la carretera.

— No. Ellos salieron de viaje. Mary quedó con la niñera. Tengo mucha confianza en ella, pero aun así no quiero dejarlas solas hasta muy tarde.

— ¿Ella se encuentra bien?

— Sí, está muy bien. Crece muy rápido. Gracias por preguntar.

— Es cierto. No se dará ni cuenta cuando empiece a caminar por la casa…

Edward vio de reojo que ella sonreía ante su comentario, y quizás el tono distendido de la charla le animó a preguntar — ¿Sus hijas… eran muy traviesas de pequeñas?

Edward sonrió con ternura y añoranza antes de responder — Grace siempre fue más inquieta y desordenada. Creo que de las dos, Lizzie era como la mente pensante y Grace la ejecutora. Se complementaban muy bien.

— Grace es una niña muy histriónica —comentó Bella con ternura— en los ensayos de la obra que estamos preparando, ella suele destacarse.

— Le encantan esas cosas, andar disfrazada y jugar a hacer piezas de teatro… pero también le inquieta el mundo animal. Dice que será doctora…

— Doctora de animales, me lo ha dicho —comentó, interrumpiendo al abogado, quien giró su cabeza hacia ella y le sonrió.

El camino del hotel hasta la casa de Bella debía de ser relativamente rápido, no más de media hora. Pero en vez de eso, él al aparcar a las puertas de la casa de la maestra, se quedaron conversando de un sinfín de cosas, todas relacionadas a los hijos. Él le contaba anécdotas de sus pequeñas y ella respondía de lo ilusionada que estaba de ver a su bebé hacer travesuras.

Estuvieron aparcados hablando dentro del coche por al menos cuarenta y cinco minutos. Cuando Bella observó su teléfono y vio la hora cómo había pasado, se sorprendió, pues al parecer, también había pasado rápido para ella.

— Bueno, no lo entretengo más. Muchas gracias por haberme traído, y por la conversación.

— Ha sido un gusto, Bella —dijo, disfrutando secretamente de llamarla por su apelativo que hasta ese momento no se había atrevido a usar con tanta familiaridad. Disfrutó también de su compañía y su presencia, en secreto por supuesto y esperaba que ella se hubiese sentido grata también.

— Pues… esperaré que me llame… —susurró ella. Él la miró con diversión y sorpresa, ¿A caso quería ella que la llamase, por ejemplo, para salir algún día… en una cita?— digo, por lo del divorcio —agregó ella, aclarando sus dichos.

Él soltó el aire y asintió con la cabeza — Espero que el tramite sea rápido. Probablemente dentro de diez días la vuelva a llamar.

— Muchas gracias abogado… Edward —dijo, girándose para abrir la puerta del coche— Buenas noches.

— Buenas noches, Bella —se despidió, antes que ella descendiera completamente del vehículo y se encaminara hasta el portal, Edward, no puso en marcha el vehículo, sino hasta que ella estuvo dentro de la casa. Después de eso y con un suspiro, se dirigió del regreso al hotel, habiendo deseado, secretamente, quedarse un tiempo más con ella.

Cuando regresó, la fiesta de matrimonio estaba en todo su apogeo. Todo los invitados estaban ataviados con gorros de fiesta y otros adminículos coloridos mientras bailaban en la pista, que estaba repleta. Distinguió de entre los invitados a Benjamín con una rubia que no conocía, a sus padres, a Garrett y Tatianne, y otros colegas más. Lauren estaba bebiendo coctel con otras dos mujeres ya mayores a un costado de la pista, quien en cuanto lo vio, se excusó con ellas, caminando hacia él.

— Garrett me dijo que fuiste a dejar a la maestra… —comentó ella, tomándose del brazo de Edward, quien enseguida se dio cuenta que se había pasado un poco de copas, o cócteles, por la manera lenta de hablarle y por cómo le sonreía.

— Uhm… sí, así es.

— ¿No quieres bailar? —le preguntó ella y él enseguida negó.

— Sabes que no me gustan estas fiestas…

— Lo olvidaba, lo siento. Y de verdad creo que yo he tenido mi cuota por hoy —admitió levantando su vaso a medio beber, con una sonrisita de disculpa.

— ¿Quieres irte?

— ¿Serás el chofer de mi carruaje esta noche? —le preguntó ella, con un tono algo coqueto, alzándole las cejas sinuosamente.

— Por supuesto que seré tu chofer —admitió él.

Con ella tomada de su brazo, caminó hasta dar con la pareja de recién casados y despedirse, antes que emprendiesen vuelo hasta su viaje de bodas. Después se despidieron de Esme y Carlisle y del resto de sus amigos. Ninguno les animó a quedarse, pues sabían que a ellos no se les daba bien ese tipo de fiestas. No después de un duelo como el que estaban viviendo.

De camino a casa de Lauren, ella no paró de comentar lo hermosa que la novia se veía y con eso recordar de cómo ella finalmente no había tenido nada de trajes de novia, ni ajuar ni nada. — No es que me queje, pero fue distinto y por cierto no me arrepiento.

— Sí, recuerdo esa boda, por eso no fui capaz de reprochar su decisión.

— Es verdad.

Al llegar, Edward acompañó a su ex esposa hasta la puerta, decidido a dejarla segura dentro de la casa. Pero al parecer, ella tenía otros planes. De eso se dio cuenta él, cuando ella se acercó a él y acarició su cara, acercando lo más que pudo su rostro al de él.

— Siempre te encontré tan atractivo… —susurró, cerrando sus ojos y posando su nariz en el cuello de Edward. Él sintió un escalofrío no desagradable. Era hombre y llevaba varios meses de abstinencia sexual, y digamos que él no había hecho nunca algún voto de castidad ni mucho menos.

— Oye… —le susurró él, apoyando las manos en sus hombros— Estás cansada…

— No para ti —dijo, alzándose en la punta de sus pies para capturar entre sus dientes el labio inferior de Edward, antes de posar sus labios completamente sobre los de él.

Él no la detuvo, al contrario, tomó su nuca con una de sus manos para profundizar el beso, mientras que con la otra la apretaba a su cuerpo con firmeza. Ella lo rodeó por el cuello y abrió su boca para que ambas lenguas, tan conocidas entre sí, se reencontraran después de tanto, tanto tiempo.

Cuando ella jaló el cabello de su ex marido, este gimió en su boca, sintiendo como su cuerpo se tensaba en anticipación de algo más.

— Ven… ven conmigo —le susurró Lauren, empujándolo por las solapas hasta su cuarto, en donde ambos, sin pensarlo dos veces, comenzaron a desnudarse el uno al otro con premura, haciendo pausas intermedias para volver a besarse.

Una vez ambos completamente desnudos, se dejaron caer sobre la cama. Ella siempre decía que le gustaba estar bajo el cuerpo de Edward, pues adoraba la sensación de su cuerpo y piel sudorosa rozándose a la de ella. Por eso cuando él comenzó a frotarse a ella mientras la besaba desde su cuello hasta sus pezones, los que succionó gentilmente, ella dejó escapar un fuerte gruñido de excitación. Hacía tanto tiempo que no sentía eso, que allí se dio cuenta cuanto lo extrañaba.

Edward viajó con su boca por todo el cuerpo de la mujer, dejando rastros sobre ella, hasta llegar a sus muslos, a su empapada entrepierna y darle su primer orgasmo al cabo de diez minutos con ayuda de sus amaestrados dedos dentro de ella. Cuando sintió que el cuerpo cálido de Lauren estaba listo para recibirle, dejó caer su cuerpo sobre el de ella, adentrándose con su masculinidad dentro de ella, comenzando con movimientos lentos, pausados.

Respiraciones entrecortadas, gruñidos, exclamaciones de excitación, ella que lo arañaba por la espalda, él que jalaba sus cabellos desde la raíz, besándose con celeridad, sin dejar sus compases movimientos.

— ¡Dios, Edward! Te sientes… te sientes tan bien… —habló ella entre gemidos.

Él no decía nada, sólo se limitaba a sentir, dar, entregar y recibir placer, hasta que al cabo de algunos minutos, ella estuvo en la cúspide del éxtasis, no pudiendo evitar lo que en verdad era inevitable: el estallido de las células de su cuerpo en mil pedazos, mientras gritaba roncamente a su vez el nombre de Edward.

Él hundió su rostro en el cuello de la mujer, cerró los ojos y momentos después se dejó ir con un grito inteligible. Sus ojos cerrados con fuerza, divisando en su mente el par de grandes ojos castaños, labios rojos y carnosos, rostro redondo y sonrojado… rostro que no era el de la mujer exhausta de placer bajo él.

Salió de su cuerpo con cuidado y se dejó caer de espalda sobre el colchón, recobrando la respiración y pensando qué había sido eso de en pleno orgasmo ver el rostro de la maestra de su hija, sonriéndole.

"Qué mierda…" exclamó para sus adentros, cubriendo sus ojos con una de sus manos y soltando aire de sus pulmones, ruidosamente.

— ¿Estás arrepentido? —susurró ella, ganándose de lado, sujetando su cabeza con su mano, y su codo apoyado sobre el colchón observándole. Él destapó sus ojos y giró su cabeza hacia ella. Extendió su mano hasta el rostro de Lauren y lo acarició con ternura.

— No.

Ella sonrió con alivio — Fue fantástico, Edward. Como siempre.

— Lauren, esto… esto no significa que tú y yo…

— Sé lo que significa: sólo sexo.

— Suena raro que lo digas tan frívolamente —reconoció él, pasando su mano sobre su desordenado cabello.

— Lo sé, suena mejor decir que hicimos el amor, ¿pero en verdad lo hicimos?

— No, no lo sé…

— ¿Sexo lindo te parece mejor? —bromeó ella, tocando la punta de la nariz de Edward, distendiendo la posterior tensión que se situó entre ellos. Resultó cuando Edward se carcajeó y la miró, dándole la razón.

— Sexo lindo suena bien.

Cuando ambos estuvieron más relajados, ella se acomodó con su cabeza sobre el pecho de Edward lista para descasar, invitándole implícitamente a que se quedara esa noche con ella.

Rato después, cuando ella respiraba pausadamente ya dormida entre sus brazos, Edward meditaba en todo lo que había pasado. Desde los hechos más recientes, hasta los anteriores, recordando a la mujer vestida de azul que lo sorprendió, literalmente, con su presencia. Primero en el matrimonio de James y luego en su cabeza, en el momento menos inesperado.

Otra vez, con el recuerdo de Bella en su cabeza, cerró los ojos y se dejó ir en el sueño. Sueño que también lo sorprendió con la misma presencia femenina que en su orgasmo y en la boda.

Probablemente ese sueño, con ella paseando por la arena de alguna blanca playa, lo hizo despertar al día siguiente de muy buen humor. Estaba solo y desnudo en la cama y recordó lo bien que se le daba a Lauren preparar desayuno y llevárselo a la cama después de intimar.

Y fue lo que ocurrió. Como si Lauren pudiese cronometrar el momento exacto en que Edward despertaría, apareció en su recamara con una bandeja de desayuno para dos. Café, zumo de naranja, tostadas con queso, mermelada y fruta. Ella iba descalza, vestía una polera de tirantes blanca, con un pantalón de yoga de igual color.

— Buenos días —saludó, acomodándose junto a él, dejando la bandeja a un lado para darle un beso tierno en su mejilla — ¿Debo pedir disculpas por lo de anoche?

Edward, quien extendió su mano hasta el vaso de jugo para bebérselo, la miró enarcando sus cejas — ¿Esta bandeja con desayuno es tu manera de pedirme disculpas? —le dijo en broma, bebiéndose luego casi de un sorbo el contenido del vaso.

Lauren sonrió y negó con la cabeza — No, no lo es.

— Que bien, porque no necesitas disculparte.

— Estaba algo bebida y te incité a venir…

— Me incitaste, pero no me obligaste. Todo está bien.

— Me alegra. Ahora, entiendo que tengas hambre y todo eso, pero estas… desnudo y Grace debe estar por despertar, y como costumbre de los domingos…

— Correrá hasta aquí para ver dibujos animados, lo sé —dijo, levantándose y buscando sus calzoncillos que estaban tirados a los pies de la cama. No sintió pudor por dejarse ver desnudo ante su ex mujer, en verdad ni siquiera se lo preguntó y a esas alturas, después de la noche anterior estaba de más.

Cuando estuvo enfundado en sus bóxers y su camisa blanca y sus pantalones negros puestos, se instaló de regreso sobre la cama a disfrutar de los placeres culinarios matutinos que Lauren preparaba tan bien. Apenas alcanzó a tomar una tostada con quesillo entre sus manos, cuando su pequeño vendaval de cinco años entró al cuarto de su madre, pillándola de sorpresa.

— ¡Papi! —exclamó, cuando lo divisó, retomando su carrera hasta saltar sobre la cama y a la vez sobre Edward, quien la recibió entre sus brazos. Cuando tuvo bastantes besos de Buenos días de su padre, se escabulló de él y con cuidado de no derramar nada se aferró a su madre para recibir su dosis de mimos.

— ¿Has dormido bien, preciosa? —le preguntó Lauren, peinando su cabello desordenado. Ella agitó su cabeza en asentimiento, mientras tomaba entre sus manitas el pocillo con fruta de la bandeja de desayuno.

— ¿Puedo mami? —preguntó, mirando al pocillo y a ella alternadamente. Lauren sonrió y ella sin demora comenzó a devorar la fresca fruta.

— Vaya, has despertado con hambre —indicó Edward, observando a su hija. Ella lo miró con la boca llena y Edward no pudo evitar carcajearse.

— ¿Viniste a verme temprano, papi? —preguntó Grace cuando su boca estuvo desocupada. ¿Qué le podía decir él? Por supuesto, explicarle que había pasado la noche allí la confundiría o ilusionaría, así que rápidamente dio la razón a la conclusión de su hija.

— Madrugué para venir y estar contigo desde temprano —inventó, mirando a Lauren que le guiñaba un ojo, haciéndose cómplice de su mentira piadosa. Con Grace conforme y feliz con la respuesta de su padre, extendió su cuerpo hasta el velador del lado de su mamá y agarró el mando a distancia del televisor, para encenderlo y poner su canal favorito de dibujos animados, disfrutando de la compañía de sus padres.

Edward ciertamente disfrutaba la compañía de sus dos mujeres también y pensaba en que quizás, si la decisión del divorcio no se hubiera presentado entre Lauren y él, los tres estarían viviendo tranquilos, así como en ese momento.

¿Pero a qué precio? ¿Inducir a sentimientos por su mujer que ya no tenía, o no al menos como antes, sólo para llevar la relación en paz? ¿Hacerlo por Grace, por la memoria de Lizzie? Lo hubiese hecho sin duda alguna, ¿pero cuánto hubiese durado? Después de todo, o más bien después de esos extraños días, él veía de manera diferente su divorcio, como algo de debía de pasar, seguro que para algún bien futuro en beneficio de todos… y otra vez al terminar con esos pensamientos, una vez más el rostro de la maestra Swan cruzó en su cabeza. Pero esta vez él no hizo nada por apartarlo, sino disfrutar en silencio de su recuerdo. Esto, mientras en la tv, Bob Esponja hacía planes con su amigo Patricio Estrella para pasar un día de campo y quizás cazar algunas medusas.