¡Hello! Mil besos, mil abrazos a todas! Espero que les guste este capítulo... que varias estaban esperando ;-)

A mi Gaby Madriz, mi beta adorada que me ayuda en cada capítulo. ¡Gracias linda!

(Pueden encontrarme como Cata_lina_lina en twitter y Catalina Lina en Facebook)


16. Mi oportunidad.

"Cuando el amor hace su magia, transforma por siempre el lugar del corazón,

vida que cobra vida, vida que vive por dar"

~En Paralelo~

—¡Así que tienes tu primera fiesta, eh! —le dijo Charlie a su nietecita, mientras la levantaba haciéndola carcajear.

La pequeña Mary Elizabeth estaba lista, vestida con su mejor tenida de fiesta. Su cabello color miel estaba sujeto coquetamente con una horquilla con figuras de mariposas. Totalmente despierta, cambiada y comida, pasadas las tres de la tarde fue ubicada en el auto de su abuelo para partir a la casa del matrimonio Cullen a la fiesta de cumpleaños de Grace Cullen.

—¿Le compraste un lindo regalo a la cumpleañera? —preguntó Charlie, conduciendo el coche. Bella miró a su padre y le dio una sonrisa, asintiendo.

—Le compré unos libros y un dragón de peluche. Grace adora los cuentos y los animales —comentó con entusiasmo. Charlie la miró y no se detuvo a preguntar por qué un dragón, sólo dio gracias en silencio por la valentía de su hija, su aplomo, su amor de madre que no la había dejado caer en la miseria de la autocompasión después de que el mal nacido de su ex yerno la hiciera sufrir de ese modo.

—¿Estarás en casa para cuando sea la hora de regresar?

—Claro, cariño. Tú sólo llámame y yo iré por ti.

Cuando Charlie llegó a la dirección que señalaba la tarjeta de invitación, soltó un silbido mientras contemplaba la fachada de la elegante casa, además de los varios coches igual de sofisticados estaban aparcados en la entrada.

Dos segundos después que Bella tocara el timbre de la puerta de la casa, esta se abrió con Lauren recibiéndola y exclamando maravillada cuando vio los abiertos ojitos de Mary observarla con curiosidad.

—¡Oh, Dios! ¿Es su hija?¿Me deja cargarla? —preguntó, cuando ya se la estaba arrebatando de las manos. A Bella más que molestarle, le pareció gracioso y dejó que su hija, encantada de la vida disfrutara de la compañía de Lauren.

La anfitriona la llevó a un salón amplio, que se adaptó para la fiesta y en donde los niños corrían de un lugar a otro. No había más de veinte, pero parecía por el ruido, que fueran cien. La mayoría eran alumnos suyos, por lo que en cuanto la vieron, corrieron hacia ella a saludarla y para conocer a su hija, incluidas la cumpleañera, quien vestía un hermoso disfraz de mariposa en tonos amarillo y negro, con dos antenas en formas de bolitas sobre su cabeza.

Vale decir que la cumpleañera era la única que estaba disfrazada, seguro sería una imposición en exclusiva para ella, de último momento.

—¡Maestra Bella! —exclamó la niña, abrazándose a su adorada maestra desde el cuello, cuando esta se hizo de su altura, flexionando sus rodillas para devolverle el abrazo con igual cariño.

—Te prometí que vendría. Ten, traje esto para ti —le dijo Bella, extendiendo dos regalos, que ella recibió con ambos brazos y apretó en su pecho con una hermosa sonrisa de agradecimiento para abrirlos enseguida rápida y ansiosamente. Vio el primero: tres de sus cuentos favoritos en una linda edición de colección, a todo color. Cuando abrió el segundo, observó sorprendida al sonriente dragón verde, mostrando sus colmillos y su roja lengua:

—¿Sabes por qué es un dragón? —le preguntó Bella y la niña sin decir nada la miró prestando mucha atención— Porque tú eres una hermosa princesa que necesita su propio dragón. Pero este es un dragón de los buenos, que defiende a las princesas —explicó, tocando ligeramente la nariz de la niña con su dedo índice, mientras la niña no podía más con su sonrisa, apretando a su ahora fiel dragón defensor contra su pecho. De pronto, desvió la vista hacia su madre que cargaba a una bebita. Frunció sus cejas un poco confundida.

—Mira cariño, ella es Mary, la hija de la maestra —aclaró Lauren— ¿No te parece linda?

—Es linda mami —dijo Grace, tocando uno de sus pequeños pies. Mary al toque de Grace balbuceó en dirección a la cumpleañera algo que sonaba muy gracioso, extendiendo su manito hacia ella como si quisiera tocarla. Grace alzó su mano y tomó la mano pequeñita de la hija de su maestra y la sacudió suavemente, como saludándola. Ambas sonrieron durante unos segundos, eso hasta cuando el resto de los niños también quiso saludar a la niña.

Más tarde, Rosalie se acercó a saludar a la maestra y conocer por fin a la niña, al igual que Esme, quienes quedaron encantadas con la pequeñita.

Apareció también en medio de la algarabía un hombretón vestido de payaso, acompañado de un hombre más pequeño pero igualmente disfrazado que Bella logró reconocer como Seth, el ayudante de Edward. Ambos hacían, o intentaban hacer magia para divertir a los niños, quienes más que sorprenderse por las habilidades mágicas de esos payasos, se reían de lo poco creíble y chistoso que eran.

Bella disfrutó viendo reír y jugar a sus niños y a su propia hija disfrutar con la fiesta, pasando de brazo en brazo, sin siquiera protestar. También, disimuladamente, recorrió la vista por el entorno buscando al padre de la cumpleañera, al que no había visto desde que llegó, de eso unos veinte minutos.

"¿Dónde estará?"

Y como si con el pensamiento lo hubiese llamado, este apareció seguido de dos hombres más a los que ella al parecer había visto de pasadas en el matrimonio de su amiga Victoria. Cuando la mirada de Edward se cruzó con la de ella y antes siquiera de saludarlo, dos madres de dos de sus alumnos se pusieron en medio, interceptándole la vista, comenzando a hablarles de lo mucho que habían progresado los niños y otras cosas, a las que verdaderamente ella no puso mucha atención.

Vio eso sí cuando el abogado, acompañado de los otros dos varones, se acercó a la señora Esme, quien cargaba a su hija en aquel momento.

Vio como la niña extendió sus dos bracitos hasta Edward, como si le reconociera de aquella vez cuando él ayudó a aliviar su terrible dolor de encías. Él la cogió en sus brazos y le habló algo mientras le sonreía. Bella, sin poder aguantar más, se excusó con las mujeres y recorrió el salón hasta llegar junto al abogado, que cargaba a su hija.

—Bella —le saludó él, mientras que la niña jugaba con uno de los botones de su camisa.

—Cómo está Edward. Uhm… yo venía a ver a mi Mary.

—Oh, ella parece estar pasándosela muy bien — dijo él, mientras le sonreía a la niña. Enseguida miró a Bella, pillándola cómo observaba embelesada la escena de Edward y su hija. Porque ya hubiese querido ella que el padre de Mary se comportara así con ella. — ¿Está todo bien, Bella?

—Sí, todo bien —respondió ella, mientras ordenaba el cabello de su hija.

—¡No es hermosa, Edward! —exclamó Lauren, reuniéndose con ellos, sin poder parar de halagar a la niña.

—Lo es, y muy coqueta también, ¿no, Beth? —le preguntó a la niña, llamándola por su sobrenombre, y acariciando la barbilla de la niña con los pulgares.

El tiempo pasó volando entre juegos, canciones, comida y regalos, hasta que fue el momento de partir, pues ya había anochecido. Mary había tenido su cuota suficiente de socialización y estaba rendida, dormida en brazos de su madre, después de haber comido su papilla y cambiado de pañales.

Con su hija aun en brazos, caminó hasta el sitio donde dejó su abrigo y su cartera para buscar su teléfono y llamar a su padre. Estaba por marcar cuando Edward llegó hasta ella.

—¿Necesita algo? —susurró cuando vio a la niña dormida.

—Sí, llamaré a mi padre para que venga por mí. Mary está rendida y no quiero que se nos haga más tarde.

—No se preocupe por llamar a su padre, yo puedo llevarla…

—No, no por favor, no se moleste —negó ella, volviendo a su teléfono para llamar a Charlie, pero Edward volvió a detenerla, cogiéndola por el brazo. Cuando ella alzó su vista hasta él, vio en sus verdes ojos algo más que un simple ofrecimiento.

—No es molestia, Bella, se lo dije una vez. Por favor, permítame llevarla.

Ella cerró los ojos y soltó una risa —Usted pensará que lo considero mi chofer o algo así, no quiero abusar…

—No diga eso. Y deje de tratarme de usted, creo que eso ya lo habíamos hablado.

—Sí, lo sé.

—Déjeme llevarla entonces —insistió él, dándole una sonrisa de lado, que hizo que ella mordiera su labio, apartara la vista y no le quedara otra que asentir, aceptando. Vio como él sonrió triunfante, reclamando a la niña y poniéndola con cuidado contra su pecho, donde la pequeña suspiró y se reacomodó para seguir durmiendo, mientras Bella se ponía su abrigo alistándose para marchar.

—¿Ya se va, maestra? —preguntó Lauren llegando hasta ellos, y ayudándola a cubrir a la pequeñita.

—Sí Lauren, ya es tarde.

—La llevaré yo en el carro de Emmett —anunció Edward— ese ya tiene los asientos de seguridad para llevar a la niña.

—¡Es perfecto! —exclamó Lauren a Edward. Luego se dirigió hacia Bella y la agarró con confianza con ambas manos— Muchas gracias por haber venido y haber traído a esta hermosa pequeñita, ha sido un gusto tenerlas aquí.

—Muchas gracias por invitarme, ha sido todo fantástico.

Después que se despidiera de todo el mundo allí, y prometiera a los abuelos de Grace una próxima visita con la niña, fue llevada por Edward hasta la cochera, donde con el mando a distancia, y con Mary aún en brazos, desactivó los seguros del carro para meter a la niña con cuidado en el asiento trasero. Cerró con cuidado y abrió enseguida la puerta del acompañante para que Bella se acomodara.

—Bueno, vámonos entonces —dijo el abogado, poniendo el coche en marcha, rumbo a casa de Bella. De camino, Edward le comentó cómo su hija le había explicado la presencia de un dragón junto a ella en la mesa. También hablaron de lo mucho que la pequeña Mary había disfrutado en la fiesta y de cómo todo el mundo pareció adorarla.

— Si es así de sociable ahora que no tiene siquiera un año, no me quiero imaginar lo que tendré que lidiar con ella por eso de las fiestas cuando sea una adolecente — comentó Bella con diversión, mirando por la ventana. De camino les envió un texto a sus padres, diciéndole que el abogado Edward insistió en ir a dejarla. Charlie respondió, avisándole que aprovecharía de salir con Renée a algún lugar a cenar para relajarse, pero que Alice esperaba por ella en casa.

Al llegar finalmente, las luces del exterior de la casa estaban encendidos y un par de luces desde el interior. Edward se apresuró a bajar del coche, y con el mismo cuidado que cuando la dejó, sacó a la niña profundamente dormida de su silla, y la llevó hasta adentro de la casa, guiado por Bella, quien le indicó dejarla sobre una silla mecedora que había en la sala de la casa.

—No puedo creer que no haya despertado — susurró él, mirando a la bebita.

—Debe estar exhausta.

—Es que fue el centro de atención de la fiesta, todo el mundo la mimaba.

—Sí, fueron muy amables, con mi hija y conmigo.

—Bueno, ya están sanas y salvas en casa —indicó Edward, subiendo las solapas de su chaqueta negra, caminando hacia la puerta y acompañado de Bella.

Ella giró el pomo de la puerta y lo miró para agradecerle una vez más —Muchas gracias Edward, la tarde fue maravillosa, nos la hemos pasado muy bien.

—Me alegro mucho Bella, fue un verdadero placer.

Ella se vio algo sorprendida, cuando el abogado dio un paso hasta ella para depositar un beso en su mejilla, el que duró al parecer más de lo habitual. Ella aprovechó de cerrar los ojos e inspirar el suave aroma de su perfume, que a ella secretamente le encantaba.

Lentamente, él se apartó un poco, quedando su rostro cerca del suyo, frente a frente. El ritmo de su corazón se aceleró al instante, la palma de sus manos picaban no sabía bien por qué y sus ojos no podían despegarse de las verdes orbes de Edward que la miraban con insistencia y algo de temor, dedujo ella. Se percató que su pecho subía y bajaba con rapidez, y que sus labios se abrían ligeramente, llamándola, en una descarada invitación a ser rosados… hasta que la magia aquella se rompió, cuando él carraspeó y dio un paso atrás.

—Buenas noches, Bella —susurró con su cabeza gacha, saliendo de la casa y cerrando la puerta tras de él.

Ella se quedó allí, estática, tratando de poner orden en su cabeza y dejar a su corazón retomar su latido habitual.

Se preguntaba qué había sido eso con una mano sobre su pecho donde sentía su corazón agitado, cuando segundos después dos golpes secos sonaron en la puerta. Bella abrió y sin ningún tipo de aviso previo, vio que Edward avanzó hasta ella, con una mano tomó su cuello por detrás y con la otra aferró su cintura atrayéndolo hasta él, para al fin capturar sus labios con los suyos.

Ese, fue un beso que estaba esperando ansioso por ser dado, como si ambas bocas hubiesen esperados siglos encontrarse entre sí. Eso sintió Bella, que no pudo quedarse quieta, alzando sus manos y aferrando al abogado por los hombros, subiendo por el cuello hasta enredar sus dedos por los cabellos de su nuca.

Los labios del abogado Edward Cullen se sentían suaves, deliciosos y seguros. Eran simplemente los mejores labios que ella había probado hasta ese momento. Además, la candencia de sus manos quemándole y apretándole hacia él, lo hacían ser el complemento perfecto para ese beso que para Isabella duró demasiado poco. Porque momentos después que ella gimiera suavemente, justo luego de que la lengua de Edward se adentrara dentro de su boca, él detuvo el frenesí que lo estaba dominando y alejó lentamente sus labios, aun sin soltarla.

Bella, que tenía miedo de abrir los ojos y finalmente cuando lo hizo, y bajo la escasa luz del recibidor, vio los ojos del abogado más oscuros que hace un momento, incluso notando sus pupilas dilatadas. Sus manos lentamente aminoraron su agarre, apartándose con dificultad, hasta que ya no hubo contacto.

Edward tragó grueso y en absoluto mutismo giró sobre sus talones y salió de la casa, dejando a Bella con el corazón a mil por hora, ahora absolutamente confundida por lo que acababa de ocurrir y perdida en el recuerdo de sus labios, cuyo calor aun podía sentir sobre los suyos.

—¡Por Dios, qué fue eso…! —susurró, cuando cerró la puerta como un zombi, y dejó caer su espalda sobre esta, pasando sus dedos sobre su sensible boca y a lo lejos sintiendo el motor suave del coche del abogado que se alejaba calle abajo.

/E.P/

— ¿Se puede? —preguntó Renée asomando la cabeza por la puerta entre abierta del cuarto de Bella unas horas más tarde, cuando llegó de su cena con Charlie. Ella estaba acostada sobre su cama con la vista fija en el techo. Desvió su vista y asintió en dirección a su madre— ¿Estás bien? —preguntó, ubicándose junto a ella, imitando su postura sobre la cama.

— No lo sé —susurró Bella.

— Qué significa eso.

Bella inspiró ruidosamente y lo dijo — Edward Cullen acaba de besarme hace unos momentos atrás.

Renée giró su vista hacia ella, sorprendida — ¿El abogado?

— El mismo.

— ¡Dios! —Exclamó Renée — ¿Te sentiste vulnerable? Ya sabes, por lo de la separación…

— ¿Vulnerable? —Preguntó Bella con ironía, con su vista aun fija en el techo— Mamá, estoy en las nubes. Sinceramente fue uno de los mejores besos de mi vida.

—Tendrías que estar eufórica entonces…

Suspiró, llevándose una mano al pecho, sobre su corazón — Estoy confundida, porque no me dijo nada. Además, estoy aterrada… no sé si esto está bien.

— ¿Esto?

— Esto mamá, mi deseo de que besos como esos se vuelvan a repetir… con el mismo hombre. Ni siquiera estoy divorciada… —indicó con angustia. Cerró los ojos y vio otra vez la imagen del abogado besándola. La imagen era tan contradictoria, que volvió a abrirlos, para alejar la nítida visión.

— ¿Sientes… sientes que estás siéndole infiel a Jasper? —preguntó su madre con temor.

—Ni siquiera he pensado en él, mamá. Él me descompone, me desagrada su sólo recuerdo.

Renée se quedó un momento en silencio, también meditando acerca de lo que su hija acababa de mencionarle — ¿Entonces? ¿Qué vas a hacer?

Ella suspiró y respondió — Nada.

De un movimiento Renée quedó sentada sobre la cama— ¡¿Nada?! Dios, Bella, esa no es la actitud.

Bella miró a su madre y se incorporó también, sentándose de piernas cruzadas, quedando frente a ella — ¿Y según tú, cual sí lo es?

—Ir a ver a ese hombre y preguntarle qué rayos significó eso, ¿o te harás la desentendida, fingirás que has perdido la memoria? Porque te recuerdo que es tu abogado y tendrás que seguir viéndolo.

— ¡Jesucristo! —exclamó ella, tapándose la cara con ambas manos. La idea de no saber reaccionar la próxima vez que lo viese, la atormentaba.

Renée puso una mano sobre el hombro de su hija y le habló suavemente— Bella, si esta es tu oportunidad de rehacer tu vida, no la desperdicies. Pon atención a tu juicio y a tu corazón, y si te dicen que sigas adelante, hazlo, no tengas miedo.

— ¿Y si para él no fue nada? —preguntó con un dejo de amargura.

— ¡Pues que se vaya al demonio! Con él o con quien sea, no dejes pasar la oportunidad si la vida te la da otra vez.

Bella miró por unos instantes a su madre, evaluando lo que ella decía. No pensó jamás que tan pronto se tendría que plantear la idea de que ella era joven y que la idea de rehacer su vida era probable. Y finalmente, después de todo lo que había pasado, se lo merecía, y si un hombre como el abogado Edward Cullen se fijaba en ella, pues ella se dejaría llevar. Pero ahora no cometería el mismo error de la vez anterior, ahora no haría oídos sordos a la razón y no se dejaría llevar sólo por sus sentimientos: razón, corazón e intuición.

—¿Mamá? —Dijo Bella, después de concluir su evaluación— Gracias —le dijo, haciéndose hacia ella y abrazándola por el cuello.

—Uhm... bueno, por aquí también pasaron cosas: tu hermana habló con Charlie y conmigo… sobre su embarazo… —dijo ella con la voz un poco contrita, con la preocupación natural de una madre – No se ha hecho ningún análisis, ¿sabes?, y dice que no está lista para ser madre, pero la convencimos que lo intentara…—detuvo su relato, mientras soltaba un gran suspiro.

Bella no sabía qué decir sobre eso. Era innegable que la situación de su hermana le preocupaba y que si otras hubiesen sido las circunstancias, ella hubiese estado con su hermanita prestándole ayuda y atención, pero las cosas entre ellas seguían siendo tirantes, pese a que habían hablado. Bella no podía perdonar a Alice de la noche a la mañana, sabía que el camino a recorrer para que las relaciones fueran igual que antes era largo y complejo.

— Yo desearía que ambas pudiesen volver a tener la relación que tenían antes —comentó Renée como leyendo la mente de su hija.

— Las cosas no son tan fáciles —soltó ella con rabia.

— Pero ella nos dijo que ya habían hablado…

— Hablamos, le dije que intentaría perdonarla, pero eso no lo conseguiré de la noche a la mañana. Lo que me hizo es algo que no puedo olvidar, me traicionaron las dos personas que jamás pensé que lo harían… —se detuvo antes de seguir hablando y sacando a flote toda la mierda del pasado. Cerró los ojos e inspiró fuertemente.

— Ella no tiene la culpa de todo – susurró Renée en favor de Alice – Se está llevando la peor parte de todo lo que pasó…

— Mamá, por Dios —dijo Bella, cansada de recordar ese tema una y otra vez. Se levantó de la cama y caminó hasta la cuna de su hija a contemplar como dormía, rogando absorber la paz con la que su hija estaba envuelta en ese momento.

— Sólo recuerda eso, Bella. Alice se está llevando la peor parte, y ahora esto del embarazado… y Michael que también la dejó.

— ¡Y qué esperabas!- exclamó entre dientes, sujetando las barras de madera de la cuna de su hija con tensión.

— Yo… yo sólo espero que no pase mucho tiempo— dijo Renée, parada detrás de ella, colocando sus manos sobre los hombros de su hija— Tú hermana está avergonzada y arrepentida, y está pagando por lo que hizo. No dejes que el rencor te haga olvidar eso, y no permitas que se haga tarde para que lo recuerdes — dijo, dejando un beso en su cabello y saliendo en silencio del cuarto de su hija, dejándola sola, meditando sobre ello, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas de pena y rabia.

¿Lograría algún día perdonarla?

~En Paralelo~

Edward se paseaba de un lado a otro dentro de su oficina, con una mano en el bolsillo de su pantalón y la otra pasándola una y otra vez por su pelo, mientras el joven Seth leía algo importante sobre el caso de la demanda a la empresa multinacional. Era un tema en esa demanda que los abogados debían manejar bien y al parecer, por el serio y preocupado semblante del abogado Cullen, se pensaría que prestaba plena atención a la lectura de Seth.

Pero la realidad era otra. Lo que pasaba con el abogado Edward Cullen, era que desde el pasado sábado por la noche, nada ni nadie le había quitado de su cabeza, ni de sus labios, su osadía de haber besado a Isabella. Fue algo que incluso le quitó el sueño y eso no le gustaba, porque siendo bien sincero, no sabía que tan bien o que tan mal estuvo.

Mientras caminaba de un lado a otro y en una de sus tantas vueltas, topó su vista con el retrato de sus hijas, concentrando su vista sobre su Lizzie, que le sonreía hermosamente. "Ay, angelito…" exclamó en su mente hacia su recuerdo. No quitó la vista de la mayor de sus hijas hasta que una extraña tranquilidad lo hizo reaccionar, como si en la sonrisa de su niña hubiese encontrado algún tipo de respuesta a una pregunta de la cual no fue consciente.

— Seth —interrumpió Edward la lectura del chico. Él miró al abogado, atento, esperando ordenes —Necesito que dejes eso por un momento. Llama ahora por favor a la Sra. Swan y dile que sin falta pase esta tarde por aquí. Explícale que tenemos ya a cita con el juez y que debemos delinear algunos asuntos.

— ¿Esta tarde?

—Sí, sin falta esta tarde.

—Ahora mimo, señor — respondió el chico, levantándose de la mesa.

—Luego ve a tomar tu almuerzo y no te apures por regresar. Has hecho un buen trabajo, Seth.

—Gracias señor —sonrió, apresurándose a salir para hacer la llamada a la Sra. Swan desde el teléfono de recepción.

Edward, cuando estuvo solo, suspiró pesadamente antes de marcarle a su amigo Garrett Emerson, para exigir un almuerzo de urgencia. Tuvo suerte al encontrarlo desocupado y sin panorama par la hora de colación, por lo que a medio día salieron juntos de edificio y caminaron hasta el restaurante cercano donde solían almorzar.

—Diablos Edward, traes una cara… —dijo Garrett, evaluándole— ¿Problemas, amigo?

—No lo sé —admitió Edward, mordiendo un palillo que calmaba de momento sus intensos deseos por fumar.

—Dispara Edward.

—Estoy… —carraspeó, bebió agua y continuó —Estoy sintiéndome profundamente atraído por una clienta…

"Bien, ahí está, asumido por tus palabras" pensó, soltando el aire que parece mantenía dentro de sus pulmones y dejándose caer con pesadez sobre el respaldo de su silla, soltándose la corbata.

—¡¿Qué dijiste?!

—No me hagas repetirlo, Garrett —solicitó, pasándose la palma de la mano por su cara.

—Vale, captado. Te sientes atraído. ¿Y qué te preocupa tanto como para traerte en ese estado? Sabes que eso de las relaciones cliente-abogado son muy comunes.

—Se lo comunes que son, ¿olvidas cómo se conocieron mis padres? —preguntó Edward, guardando silencio cuando el camarero dejó el pedido sobre la mesa. Cuando el hombre se fue, Edward prosiguió —Es más complicado. Después de todo lo que ha pasado, yo no estoy seguro de que… esto esté bien.

—¿Y por qué no habría de estarlo? Bien, sabes que debes tener cuidado de que tu relación con ella no dificulte el caso que llevas…

—No tengo ninguna relación con ella.

—Todavía, pero… ¿y si las cosas se dieran, te negarías? ¿Por qué perdiste a tu hija hace un tiempo, porque estás divorciado? Edward, nada de eso te coarta para volver a retomar tu vida.

—Entonces por qué siento que es tan complicado —gruñó entre dientes.

—Amigo, sabes por qué.

—No, no lo sé.

—Tienes miedo, Edward, y te has autoimpuesto esa ridícula teoría de que ya tu vida se queda para siempre como está ahora. ¡Maldita sea, Edward! No eres un cobarde y sabes que tienes el derecho de rehacer tu vida. Si te gusta esa mujer, pues adelante, juégatela. Eres libre y estás disponible, Lauren no tiene absolutamente nada que rebatir sobre eso, cosa que no creo que haría, y sabes una cosa, Lizzie estaría feliz de verte feliz, de ver que has rehecho tu vida.

—No quiero apresurar las cosas, Garrett.

Ambos amigos se quedaron en silencio durante unos instantes, hasta que Garrett rascó su barbilla y retomó la conversación — Me dijiste que no hay relación entre la clienta y tú… a todo esto, ¿quién es?

—Isabella Swan, la maestra de Grace.

—Vaya… ¿la que llegó a la fiesta con su hijita? —Preguntó y Edward asintió en respuesta— Es guapa, Cullen, tú tienes buen gusto, y ya tienes a favor que tu hija y el resto de tu familia la adoró el otro día… incluso tu ex esposa la aprueba…

—¡Cállate Garrett, y deja de burlarte!

—Tómalo ligero, Edward. Ten cuidado con eso de que es tu clienta, pero date la oportunidad hombre, y no dejes pasar más tiempo, porque ya sabes, puede llegar otro y…

—Que te calles, Garrett —gruñó Edward, antes de beber de su copa de vino.

Garrett miró a mi amigo con una sonrisa de burla, mientras agarraba un espárrago de su plano de ensaladas, pensando en el grito de impacto que daría su esposa Tatianne cuando le contara aquello.

Cuando regresaron a las oficinas, cada abogado se encaminó hasta la suya propia, listos para continuar con su trabajo. Cuando Edward entró, Seth estaba tecleando algo en su ordenador. El ayudante levantó su vista e informó enseguida:

— Hablé con la Sra. Swan. No sé por qué, pero se notaba un poco nerviosa, le dije que no se preocupara, y que de cualquier forma, usted aclararía cualquier duda…

—¿Vendrá? —preguntó con ansiedad, interrumpiéndolo.

— Después de las cinco estará aquí, me lo aseguró.

Relajó su postura después que su ayudante respondiera y caminó a su escritorio, dejándose caer en su silla —Gracias Seth. Por favor, retomemos el caso de la multinacional ahora.

—Como diga, jefe.

Con su ayudante, estuvieron más de tres horas repasando varios puntos y delineando planes de contingencia. Edward debió ir a la oficina de su padre a corroborar unos datos y coordinar algunas fechas, mientras Seth se quedaba allí.

En la ausencia del abogado, cuando ya fueron pasadas las cinco de la tarde, las secretarias anunciaron la llegada de la Sra. Swan. Seth tuvo el agradable privilegio de recibirla, mientras el abogado Cullen regresaba.

—Pase, pase Bella —dijo el muchacho, invitándola a sentarse a los sofás— ¿Está usted bien?

—Sí… sí, estoy bien Seth —dijo ella, retorciendo sus dedos, mirando a todos lados.

—El abogado Cullen regresará en momento, fue al despacho de su padre por…

No alcanzó a terminar su explicación, cuando Edward entró a su oficina, topándose de inmediato con dos grandes y asustados ojos marrones que miraban hacia él. Él torció sutilmente su boca en una sonrisa, suficiente para hacerla sonrojar más de lo que ya estaba. Caminó con su espalda recta, muy seguro hasta estar junto a ella.

—Bella, que bueno que vino —dijo, tomando una mano entre las suyas como si fuese su señal de saludo, aunque la verdad eran más sus ansias por rozar su piel. Ella alzó la vista hacia él y asintió avergonzada.

—Seth me llamó esta mañana…

—Sí, yo se lo pedí —dijo él, sentándose junto a ella— Esta mañana recibimos la notificación del juzgado. El juez nos dio la cita para este viernes. Allí expondremos el caso, aunque ya está al tanto de cómo va, pero es el protocolo que debemos seguir…

—¿Él… él tendrá que ir también? —preguntó casi en un susurro.

—¿Se refiere a Whitlock? —preguntó Edward de regreso con hostilidad, no seguro de que si su reacción fue porque ella estaba preguntando por él o por otro motivo no definido.

—Sí.

—Su abogado tiene que haber sido notificado esta mañana también, así es que lo más seguro es que lo encontremos allí— contestó. Enseguida, él continuó comentando un par de cosas que el juez seguro preguntaría, y sobre las cuales debían responder con mucha seguridad, y sin contradecirse.

—¿Le queda alguna duda? —preguntó él a su clienta, cuando vio que casi todo estaba perfectamente cubierto para el encuentro en el juzgado. Ella asintió fervientemente, tratando de que nada se le escapara.

—Está todo muy claro.

—Perfecto —admitió Edward. Enseguida pidió a Seth que fuera por unos papeles para que Bella los firmara antes que se fuera, aunque la verdad, él necesitaba un espacio de tiempo a solas con ella, antes que se fuera.

Cuando ambos quedaron solos, él rascó su nuca mientras ella alisaba sus pantalones con nerviosismo.

—Bella —susurró Edward llamándola por su nombre, acercándose un poco más a ella, tomando una mano entre las suyas. "Son tan tibias y tan suaves…" pensó él, sintiendo el agradable calor de su toque. Ella lo miró con expresión de nerviosismo y ansia— Uhm… sobre lo de la otra noche…en su casa… yo...

—No tiene importancia, abogado —susurró ella, bajando su rostro. Él, con la mano que estaba desocupada, levantó el rostro de Bella por su barbilla, evitando que esquivara su mirada de él.

—¿No la tiene?

—No… o sea sí… no lo sé —reconoció con frustración, cerrando los ojos y frunciendo su entrecejo— Entiendo que esté arrepentido, no tiene que pedir disculpas —susurró apenada.

—Mírame Bella, por favor —pidió con calma, hasta que ella volvió a abrir sus ojos— No iba a pedir disculpas, ni mucho menos a decir que me arrepiento.

—¿Entonces? —preguntó con un dejo de ilusión en su voz. Él sonrió y acarició su sonrojado pómulo.

—Cena conmigo esta noche, por favor. Hablaremos con calma.

Él sintió la mirada de evaluación de Bella directamente hacia sus ojos —¿Esta noche?

—Fue lo que dije —respondió él, dándole una media sonrisa.

—Está bien —aceptó sin titubear. Edward sintió su corazón otra vez comenzar a correr una loca carrera dentro de su pecho por la denotación que la aceptación de Bella a su invitación significaba para él. Así que no pudo esconder su sonrisa de triunfo, mientras ella intentaba esconder la suya propia.

/E.P/

A las ocho en punto, Edward estuvo en la puerta de la casa de Bella, esperando a que apareciera. Se sentía como un adolecente que iba por su chica para salir a su primera cita. Se apresuró a salir del coche cuando vio la puerta de la casa abrirse y salir por esta a la mujer a quien esperaba. Llevaba un abrigo negro ceñido, bajo el cual seguro se escondía un bonito vestido, pensó él. Los tacos, haciéndola ver un poco más alta de lo normal la estilizaban, y su cabello tomado en una cola, hacía que su rostro resplandeciera con su suave maquillaje.

—Hola — le dijo él, sonriendo como un bobo, cuando abrió la puerta para ella. Ella le sonrió de regreso y susurró un "Hola" antes de subir.

"Bien Edward, allá vamos…"

Edward llevó a su invitada a cenar al elegante restaurante italiano The Rosebud. Los guiaron a un sector reservaran un rincón alejado de la afluencia de público. Aquel espacio estaba separado del resto por elegantes biombos de madera caoba, entregando al espacio un ambiente de intimidad. Una mesa para dos, enfundada en un largo mantel beige, con una lamparilla de luz tenue sobre la mesa, sumado a esto la música suave que amenizaba el local, lo hacía un rincón bastante romántico a decir verdad, listo para ellos.

Edward quitó el abrigo de Bella, y pudo ver el sencillo traje negro que ella llevaba puesto, de cuello en V que caía hasta sus rodillas. Y es que ella, sinceramente, no necesitaba más atavíos para verse hermosa.

—No tenía que hacerlo —dijo Bella a Edward, cuando se acomodó en el sitio frente a la mesa y el metre se retiró para traerles su aperitivo.

—Sí, tenía que hacerlo, quería hacerlo, porque desde el sábado, lo único que he querido es tener un tiempo a solas contigo —dejó escapar esas palabras como torrentes, mirándole ella con asombro— Podría haberte metido en el coche y haber hablado ahí, o en mi oficina, pero la ocasión ameritaba algo mejor que eso.

—Esto en mucho mejor que estar dentro de tu coche, por muy cómodo que sea— sonrió ella y extendió una mano para ponerla sobre la de él — Gracias, Edward.

Edward adoró el toque y la manera tan suave de como sonó su nombre, no evitando poder sonreír —Es un placer. Ahora, debemos hablar de lo que pasó.

—Fue solo un beso…

Eso lo enrabió, ella estaba dándole menos importancia a ese beso de lo que realmente fue, y no sólo para él, así que se lo hizo saber —No trates de hacer que suene como si no fuese nada, porque fue mucho más que un simple beso y la verdad, no estoy seguro de conformarme con sólo eso.

Sintió que la mano de Bella, aun bajo la suya, se tensó —¿A qué te refieres?

Fue su turno de envolver la pequeña mano de Isabella entre la suya —A que no sé si podré quedarme tranquilo ahora… ahora que sé cómo saben tus labios.

—Yo no…

—Déjame hablar, por favor —pidió— Sé que estás pasando por una separación reciente y complicada, por supuesto que lo sé y entiendo que estés confundida, incluso entiendo que hayas respondido a mí por un sentimiento de venganza hacia él.

—No, no, no lo hice por eso —negó con vehemencia— Me dejé llevar y fue maravilloso… tanto que los extrañé… —susurró eso ultimo casi inaudiblemente, bajando su rostro. Edward torció la boca y se acercó un poco más a ella.

—¿Qué cosa extrañaste?

—¿Uhm?

—¿Bella?

—Tus labios… —susurró otra vez, cerrando sus ojos. La sonrisa de Edward se extendió en su rostro luminosamente y otra vez su corazón corría con rapidez, aliviando su ansia. Repentinamente se levantó de la mesa, y ella lo miró sorprendida. Más aun la sorprendió cuando él extendió su mano hasta ella:

—Ven, baila conmigo...

—¡¿Aquí?! —preguntó ella con sus ojos café muy abiertos.

—La música que suena es suave y perfecta para bailar. Ven, antes que traigan los aperitivos.

Ella torció su boca, mordiendo su labio y aceptó la mano de Edward extendida hacia ella, levantándose. Edward la tomó por la cintura apretándola a su cuerpo y ella, como la vez anterior, subió sus manos hasta sujetarse de sus anchos hombros.

Mientras se movía, sin dejar de mirarse, sus narices poco a poco fueron juntándose hasta chocar. Él tomó la iniciativa, como la vez pasada, y siguió avanzando hasta quedar sus labios a milímetros de los de ella. Pero esta vez no la saqueó como la anterior, esta vez esperó a que ella acortara la distancia, que tomara la decisión de seguir.

Y para su fortuna, fue lo que Bella hizo. Ligeramente, sus labios chocaron con los de él, dando el inicio de lo que fue su celestial segundo beso con Isabella Swan, tan o más exquisito que el de la pasada vez.

—¿Estuvo eso bien? —preguntó Edward, cuando tuvo que apartarse cuando la respiración le faltó. Ella sonrió, cerró los ojos y asintió con la cabeza. Él alzó un poco su barbilla y dejó sus labios sobre la frente de Bella, continuando así su suave baile, como montado sobre una nube, por muy cursi que eso sonara viniendo de él

—¿Edward? —Cuando el sonido de su nombre lo trajo de regreso a tierra, abrió sus ojos, apartándose un poco y mirándola con intensidad— ¿Qué pasará ahora, con nosotros?

Él tomó su rostro entre sus manos —Lo que sea que tenga que pasar, sólo te pido que no me alejes…

—Me da miedo —susurró, estremeciéndose.

—También tengo miedo, Bella, pero quiero intentarlo. Quiero hacerlo.

Bella bajó sus manos de los hombros de Edward hasta rodearlo por la cintura y apretarse a él, dejando su cabeza descansar sobre su pecho. Él la abrazó con mucha fuerza, dejando besos sobre el cabello de ella, moviéndose lentamente hasta que el camarero regresó y carraspeó para hacerse notar.

—Ven, brinda conmigo —le dijo Edward, tomando las dos copas de champaña que el camarero traía sobre una bandeja, extendiéndola una a ella y quedándose con la otra — Por nosotros.

—Por nosotros —susurró ella, y ambos bebieron de sus copas, sin apartar los ojos el uno del otro. Él lo sabía, sabía que eso era el inicio de algo fuerte, y sintió que era lo correcto.

/E.P/

El aeropuerto estaba atestado de gente que iba y venía cargando maletas, acompañando pasajeros que emprendían su viaje o que llegaban a la ciudad. Uno de estos pasajeros salió del sector de donde se recogían los equipajes y caminó hasta la salida para encontrar un taxi.

Era de esas personas a las que, sobre todos los hombres, se dan vuelta para verla pasar. Era alta, delgada, atractiva, infundada en un corto vestido ceñido desde sus hombros hasta la mitad de sus muslos, dejaba bastante poco a la imaginación. Su lustroso pálido y brillante cabello negro que caía hasta la cintura le daba un toque sexy, y su verde mirada de indiferencia frente al resto hacía denotar su intrínseca vanidad.

Se notaba que no era americana, tenía un aire europeo que no podía ocultar.

El taxista, que fumaba su cigarro recostado sobre la puerta del acompañante, la vio desde lejos y se preguntó si su suerte sería tal de que esa diosa de mujer llegara hasta él pidiendo un aventón. "Yo le daría un aventón y todo lo que ella quisiera..." pensó el taxista con sonrisa lasciva de triunfo, cuando la mujer fue directamente hasta él.

El tipo abrió la puerta trasera, dándole la bienvenida a la guapa mujer —Buenas noches, señorita.

—Buenas noches —respondió la mujer, a penas mirando al hombre, subiendo a la parte trasera del taxi.

—Dígame, dónde puedo llevarla —preguntó el taxista cuando estuvo dentro del coche, arreglando el espejo retrovisor para ver algo más que el rostro de la dama.

"¡Qué piernas!"

—A un hotel. Pero necesito que esté cerca de esta dirección —dijo la mujer con voz cansina, extendiendo a él un papel con una dirección. Asintió con la cabeza y puso el coche en marcha.

—¿Usted no es de aquí, no? Habla bien el idioma, pero se nota que no es el suyo...

—Soy italiana.

—¡Italiana! Debe ser bonito Italia...

—Lo es.

—¿Y viene por trabajo... de visita?

—Vengo a recuperar a mi hombre —respondió tajante la mujer, a lo que el hombre arrugó su entrecejo, confundido por esa respuesta.

Ella, decidida a poner distancia entre el hombrecito ese y ella, desvió su vista a las afueras de la ciudad que por primera vez pisaba. En otro momento soñó venir hasta ahí, pero en circunstancias totalmente diferentes.

—¿Cómo me dijo que se llamaba? —preguntó el hombre, no notando el malestar de su pasajera cada vez que le hablaba.

—No se lo dije —respondió cortante, sin apartar la vista de la ventana.

—Vale, me ha pillado...

Después que el hombre entendiera el mensaje y guardara silencio, ella pensó que estando ahí, iba a necesitar a alguien que la llevara y la trajera hasta que tuviera otros medios para hacerlo, como un coche propio, o que su hombre se ocupara de su transporte, así que decidió usar a ese taxista como su chofer indefinido mientras fuese necesario. Claro, ella hubiese preferido otro tipo de coche, pero ya la vida le había enseñado que uno no siempre tenía lo que deseaba, al menos no mientras no se luchara por ello, cuestión que la llevó hasta Chicago.

Así que usó su mejor sonrisa coqueta mientras le hablaba al hombre para proponerle ser su guía —Mire usted, no conozco la ciudad y pues necesitaré de transporte hasta que no resuelva...

—¡Yo seré su chofer! Desde este momento estoy para sus servicios, cualquiera estos sean... incluso le haré una tarifa especial, preciosa —dijo, sonriéndole por el espejo.

Ella respondió con su mejor sonrisa, escondiendo como pudo el asco que los dientes amarillos de ese tipo le causaban, y le agradeció su ofrecimiento.

—No podía haberme topado con un mejor hombre. Y dígame una cosa, ¿conoce bien la ciudad?

—¡Como la palma de mi mano!

—Estupendo.

—Yo me llamo John, y aquí está mí tarjeta con mis teléfonos — dijo, sacando del bolsillo de su camisa, una tarjeta de cartón con su nombre y sus números telefónicos, extendiéndosela hacia atrás a la mujer que la recibió, impostando otra falsa sonrisa de agradecimiento.

—Bueno John, mucho gusto, yo soy Giuliana Santarelli.

La recién llegada Giuliana, desvió una vez más su vista hacia la ventana y pensó, como siempre lo hacía en su hombre y en la sorpresa que este se llevaría al verla allí.

"Edward... seguro me extrañaste como yo a ti. Pero ya estoy aquí, caro. Por fin, ya estoy aquí..."—pensó, contemplando la nocturna ciudad que la albergaría hasta que su Edward regresara con ella al lugar de donde nunca debió salir, en donde nunca debió abandonarla.