¡Ya estoy aquí! Les estoy muy, muy agradecida por acompañarme con esta locura, por la buena recepción y por sus comentarios que siempre me hacen sonreír. (Alcancé a responder algunos, espero esta vez poder responder cada uno =)
Como siempre a mi sexy beta Gaby Madriz, por su valiosa ayuda con este fic . ¡Gracias linda!
Ahora a leer. Nos leemos la próxima semana!
Abrazos a todas =D
(Pueden encontrarme como Cata_lina_lina en twitter y Catalina Lina en Facebook)
17. Del pasado al presente.
"Mejor o peor, cada cual seguirá su camino…
Cuánto te quise, quizás, seguirás sin saberlo,
Lo que dolería por siempre, ya se desvanece,
La vida es más compleja de lo que parece."
~En Paralelo~
—¿Estás listo para presenciar esta pateadura de culo, Seth? —preguntó Tatianne al joven pasante. El equipo de abogados estaba listo para en un par de horas, salir rumbo al tribunal, al primer juicio interpuesto a la empresa multinacional por repetidas negligencias laborales. Los abogados de la firma estaban preparados y muy seguros, para como decía Tatianne, patearles el trasero y llevarse la victoria, al menos la del primer round.
Seth, que alucinaba con ir hasta el mismísimo juzgado y ver en vivo y en directo el alegato de uno de los más controversiales casos de negligencia, se había ganado el derecho de estar allí. Y estaba maravillado, por cuanto la abogada Tatianne le hizo esa pregunta, él le dio una gran sonrisa:
Alzó sus cejas y el joven respondió —Abogada, será maravillosa verla en primera fila patear esos elegantes traseros.
—¡Eres un encanto, Seth! —le respondió ella, carcajeándose, mientras los otros dos abogados los miraban y rodaban los ojos.
—Seth, perdona que interrumpa tu coqueteo con mi esposa —dijo Garrett— pero te informo que tienes una hora para ir a comer, así que vete ya y regresa a las dos.
—¡Voy entonces! —dijo el pasante, levantando y despidiéndose al salir de la sala de juntas.
—¿Vendrás a almorzar con nosotros, Edward? —preguntó Tatianne a su amigo, que estaba concentrado revisando unos papeles.
—¿Uhm? No, las muchachas mandaron a pedir algo para mí.
—Cielo, ¿qué tal si tú vas a almorzar y aprovechas para llamar a tu madre, y yo acompaño a Edward, y aprovecho de darle el último vistazo a los papeles? —propuso Garrett a su mujer. Ella se alzó de hombros y accedió a la propuesta. Aunque la verdad, lo que quería Garrett era un momento a solas con su amigo para que este lo pusiese al día.
—No es necesario que te quedes acompañándome —dijo Edward sin levantar la vista de sus papeles, suponiendo cual era la verdadera idea de su colega.
—Sí que lo es, Edward.
Cuando ambos amigos estuvieron solos, Garrett se sentó frente a Edward en silencio, un poco ansioso. Edward después de unos segundos, levantó su vista y miró a su amigo, entornando una ceja.
—¿Qué?
—Desembucha, Cullen...
—Estoy ocupado con esto... —dijo, indicando los papeles.
—¡Oh, claro que no! —protestó Garrett, quitándole los papeles del frente. Edward iba a protestar, pero este se lo impidió— Ayer almorcé con un atormentado Edward, y hoy estoy frente a un tranquilo Edward, que sonríe y al que le brillan los ojos...
—Estas hablando como tu esposa, ¿te das cuenta? ¡Yo no me ando fijando si te brillan los ojos...!
—¡No me distraigas! —Exclamó, interrumpiéndole— Y dime que pasó al final. Vi ayer en la tarde a la señora Swan salir de aquí y...
—¿Qué quieres saber? —dijo Edward, echándose hacia atrás en su asiento, cruzándose de brazos.
—Sabes lo que quiero saber... ¿Qué decidiste finalmente con respecto a ella?
Lentamente, las comisuras de los labios del abogado Cullen se levantaron, dejando entrever su satisfacción. Garrett alzó sus cejas, y esperó que su amigo comenzara a hablar, imitando su postura de brazos cruzados y cuerpo relajado sobre su silla.
Y es que para el abogado Cullen le era imposible no sonreír cuando recordaba lo que había sido el día anterior, sobre todo la hora de la cena. Después de de ese baile que de alguna manera era un sello, bebieron vino y champaña y hablaron de todo. Él estaba ansioso de conocerla y puso atención en cada detalle que ella contó. Quiso saber también, aunque estuviera como pisando terreno minado, cuáles eran sus sentimientos para con su ex esposo, dejando ella en claro que el amor que creyó sentir por él se desvaneció el mismo día que lo encontró follándose a su hermana. Jasper eclipsó con su engaño cada hermoso recuerdo de su vida junto a él, echando por tierra las ilusiones que ella tenía de una familia. Aunque, después de todo, concluyó en que lo mejor que Jasper hizo, fue "prestar su semen para concebir a Mary". Edward asintió y estuvo totalmente de acuerdo.
—Lo intentaremos —dijo Edward, simplemente, desviando su vista hacia el nublado mediodía— No es como yo lo desearía, pero por estar llevando su caso de divorcio, debemos irnos...
—Con precaución —completó Garrett la frase de Edward— Lo sé, y es lo más sensato. Pero no hay nada que te prohíba estar con ella. De cualquier modo, estoy aquí para ayudarte en lo que sea.
—Gracias Garrett, pero además de eso, no quiero aprovecharme de su vulnerabilidad. Ella es como un conejillo asustado que necesita que la protejan... —se levantó de su silla y caminó, exclamando y dejando entrever sus temores— ¡Dios, no quiero ilusionarme para que después me diga que no quiere seguir adelante con lo nuestro, cuando esté estabilizada del todo, cuando haya pasado tiempo de su divorcio y se sienta segura!
Ese era uno de los mayores miedos de Edward, quien sentía que sus sentimientos ya comenzaban a afianzarse por ella. No era una simple atracción, o un deseo de dispersar su soledad. Lo que él estaba comenzando a sentir se encaminaba a algo mucho más fuerte, y quería que ese sentimiento fuera claramente recíproco.
— Entiendo tu preocupación Edward, pero acaban de comenzar esto, a intentarlo. Dale tiempo a ella, a sus sentimientos, no la presiones. Deja que las cosas se den naturalmente, como hasta ahora —aconsejó su amigo, levantándose y caminando hacia él— Debes enfrentar riesgos en esto, amigo. Pero no tengas miedo, dale y date también la seguridad que ambos necesitan en esta relación, y deja que fluya. Y disfruta.
—Es lo que haré —respondió, metiéndose las manos en los bolsillos, pensando, mientras miraba al exterior por la ventana.
—Muy bien. Ahora… sobre los detalles, ¿lo hablarás con Lauren, con tu familia?
—Vale, sé que tengo que hacerlo, pero deja que pase algo de tiempo... no quiero llevar esta relación escondida ni nada de eso, pero estoy llevando su divorcio y ya sabe...
—Si, uhm... deben ser discretos al menos hasta que eso se resuelva —reiteró Garrett.
—Este viernes tenemos la audiencia con el juez. El cretino de su ex esposo no quiso el divorcio consensual... —explicó Edward.
—Será un par de meses entonces... esperemos que menos.
Suspiró, pasándose la mano por su cabello —Lo sé, y también espero que sea menos tiempo.
—¿Te parece que hagamos una comida o algo así, para que nos conozca? Digo, a tu círculo más cercano.
Edward bufó, rodando sus ojos —Oye, dame tiempo...
—Vale, vale... —rascó su cabeza, apoyando su espalda sobre el muro, cruzando sus talones— ¿y tendré tu autorización para contárselo a mi esposa? Ya sabes cómo es de intuitiva...
—¿Intuitiva? ¡Ja! —exclamó, meneando la cabeza— Lo que tiene ella es un radar para los chismes...
—¡Respeto con mi mujercita, Cullen! —advirtió Garrett, apuntándolo amenazante con el dedo índice.— ¡¿Le puedo contar, o no?!
—Lo harás de todas formas, Garrett.
El abogado sonrió pícaro, pues Edward tenía razón. Ya quería ver él la reacción de Tatianne cuando supiera el notición.
—Que sea discreta —exigió, largando un suspiro y caminando de regreso a la mesa— Ahora, ¿me dejas terminar con esto? Quiero estar listo para patear culos.
—Muy bien abogado. Yo veré que pasa con nuestros almuerzos —dijo el abogado Emerson, saliendo de la sala y dejando a Edward allí, retomando su labor, esperando que el tiempo pasara rápido para llamarla a la hora que había acordado, pues digamos que ya estaba ansioso por aunque sea escuchar su voz.
/E.P/
Edward llegó ese día a su apartamento después de estar toda la santa tarde en el dichoso tribunal. Al menos le quedaba la satisfacción de que, como vaticinó Tatianne, le patearon el culo a los de la multinacional, con abogados alemanes y todo. El caso estaba desarrollándose a su favor, y eso sumaba prestigio a la firma.
Fue a la nevera, sacó una botella de cerveza Corona, quitó su chaqueta azul marino y su corbata de seda del mismo color lanzándola por ahí y se dejó caer en el sofá. Buscó el teléfono móvil en su bolsillo e hizo la primera llamada.
Odiaba pasar un día sin ver a su hija, pero ya era demasiado tarde para ir hasta casa de Lauren para estar con ella. Así que cuando eso ocurría, optaba por llamarla y charlar con ella antes de que se durmiera.
Le contó su pequeña princesa que se había ganado dos estrellas por su tarea, y que la habían felicitado en el ensayo de la obra que se estrenaría en un par de semanas más.
—Ahora estoy acostada con Floro —contó la niña a su padre. Este frunció sus cejas, un poco confundido.
—¿Y quién es ese Floro?
—Mi dragón; el que me regaló la maestra Bella —explicó la niña con entusiasmo. Él por supuesto, sonrió con ternura.
—Eso es estupendo.
—¿Y te veré mañana, papi?
—Claro que sí, nena. Iré por ti a la escuela y haremos algo entretenido, ¿quieres?
—¡Sí, papi! —respondió la pequeña con ilusión.
Después de despedirse de su pequeña princesa, que ahora dormía protegida por Floro, su dragón personal, se dispuso a marcarle a Bella, quien respondió al segundo tono.
Él se sentía como un adolecente hablando a escondidas con su chica por teléfono y no estaba seguro de que si esa sensación fuera del todo agradable, pero de momento debía de conformarse.
Hablaron sobre sus respectivos días de trabajo, e hicieron planes para cenar el viernes en el apartamento de Edward, después de su cita en el juzgado.
—¿Cocinarás tú? —preguntó Bella con un tono coqueto, que casi hace que el abogado se atragantara con su cerveza.
—Pues no —reconoció él entre risas— Soy un desastre en la cocina, pero el mejor restaurante de la ciudad no tendrá problema en traernos la cena.
Ella estuvo encantada con la idea de cenar en el apartamento de Edward, sintiéndose conforme con que la necesidad de estar juntos sea mutua.
—Estoy ansioso por verte, Bella —admitió él, con su corazón martillándole con fuerza.
—Yo también, Edward —reconoció ella en un susurro, haciendo que la ilusión del abogado se disparara y lo mantuviera tranquilo. Se despidió y colgó después de media hora de charla con Bella, ansioso de que de una vez fuese viernes.
Al día siguiente, el abogado llegó a su oficina con un ánimo radiante, después de pasarse una hora y media en el gimnasio. Se sentía revitalizado, y alegre, y no precisamente por su mañana de entrenamiento.
Saludó con cordialidad a las muchachas de la recepción, a Benjamín a quien no veía desde hace días, y a Seth, con quien compartió una revitalizante leche con chocolate y unas donas, el "desayuno de campeones" que el joven pasante solía tomar.
La mañana corrió tranquila y relajada para Edward, mientras como hace tiempo no hacía, sintonizó el dial en línea de su radio favorita de rock clásico, y mientras tarareaba las canciones, leía y revisaba documentos.
—Este… señor… este… abogado… —Seth, con voz nerviosa, entrando y quedándose en la jamba de la puerta, observando hacia afuera, como embobado. Mientras balbuceaba, no dejaba de mirar hacia afuera.
—Seth…
—Abogado Cullen… uhm… lo busca… afuera… lo buscan —decía el muchacho, mirando desde la puerta hacia afuera sin poder apartar su vista de allí.
—¿Quién? —preguntó Edward, sin levantar la vista de la pantalla de su ordenador.
—¿Cómo dice?
—Te pregunte quién me busca, Seth…
—Pues no lo sé… es una mujer…
—¿Una clienta?
—No señor.
—Si no tiene cita, no puedo recibirla ahora.
—Eso… eso le dijeron las muchachas —comentó Seth, todavía con su vista pegada a recepción.
Cuando Edward notó algo raro en su ayudante, giró la vista hacia él y lo miró extrañado— ¡¿Seth?!
—Abogado, ahí afuera hay una mujer, que más que mujer parece una diosa bajada del Olimpo —soltó de corrido y a toda velocidad el ayudante, dejando aún más extrañado al abogado— Cuando las recepcionista le dijeron que sin cita no podía verle, ella insistió en que se le anunciara, que al saber quién era, usted la recibiría.
Edward bufó y volvió su vista a la pantalla —Y quién demonios es esa mujer, Seth…
—Dice que se llama Giuliana Santarel… o cómo sea… no es americana.
Las manos del abogado quedaron estáticas sobre el techado de su laptop, y lentamente devolvió su cabeza hasta el ayudante, que seguía con la cabeza asomada hacia afuera.
¿Había escuchado bien?
—¿Está aquí? —preguntó con horror, levantándose de su sitio y caminando hacia la puerta.
—Allí mismito sentada, esperándolo.
"¡Por un demonio! ¡Por qué justo ahora!" Exclamaba en su cabeza, pasando su mano por la cara y el cabello.
—¿Qué hago, abogado?
¿Y qué iba a hacer? Tarde o temprano debía de enfrentársele —Ni modo, hazla que pase y déjame hablar a solas con ella, Seth.
—Como diga usted, abogado —respondió el muchacho, arreglándose la corbata y peinándose su cabello antes de salir a reencontrarse con la diosa italiana.
Edward caminó hasta el pequeño bar y sirvió una medida pequeña de whisky y se lo bebió de una bocarada. De espalda a la puerta, sintió cuando esta se abrió y sintió el fuerte olor femenino muy conocido para él inundar enseguida la oficina. Un escalofrío incómodo recorrió su espina dorsal, pues sabía que lo que se le avecinaba con Giuliana no sería fácil.
Se giró y la penetrante mirada de Giuliana lo taladró con un montón de buenos y malos sentimientos mezclándose. Estaba más delgada, lo dedujo por su rostro, su cabello parecía ser más negro de lo que recordaba y su conjunto de ropa en tonos verde y mostaza, era tan refinada y sensual como siempre.
—Caro… —susurró, llevándose una mano a su pecho, avanzando dos pasos hacia él. Pero él dio un paso atrás, dando a entender que quería distancia.
—Giuliana, qué haces aquí —preguntó en tono seco, sin saludos ni bienvenidas. La miró directo a los ojos, asegurándose que viera la decisión en ellos, que nada desde la última vez había cambiado.
—Vine por ti, caro… no puedo dejar de pensarte, me estoy volviendo loca sin ti —dio un paso tentativo hacia él, mientras seguía explicándose— Te extraño, amore mio, mi alma y mi cuerpo te extrañan, te anhelan.
—Guiliana… —interrumpió Edward con tono severo, poniendo un alto a sus palabras e indicándole con la mano a que se detuviera— No quiero ser descortés, pero esto ya lo hablamos y nada ha cambiado desde aquella vez, ni mi decisión ni mucho menos mis sentimientos.
—Edward, mi Edward, me destruyen tus palabras —gimoteó, llevándose una mano al pecho, como si su dolor se concentrara allí.
—Lamento que tu viaje hasta aquí haya sido en vano, pero te reitero, nada va a cambiar entre nosotros. Ahora, si me disculpas, tengo un montón de trabajo…
—¡Me has tratado como si fuera una basura. Me desechas cuando ya no te sirvo! —protestó ella.
—¡Basta! Fue un error, lo admito y estoy arrepentido. Ahora mi vida es otra y …
La italiana se cruzó de brazos, alzó su mentón y con tono desafiante le interrumpió —¡Hablaré con Lauren y le diré!
—¿Me estas amenazando? —preguntó con dureza, entornando sus ojos hacia ella, quien sostenía su desafiante mirada hacia él— La Giuliana que conocí, por quien sentí cariño, jamás me hubiese amenazado. Si lo que sucedió entre nosotros te convirtió en la mujer que tengo frente a mí, pues más arrepentido me siento de llevar nuestra relación tan lejos.
Ella mordió su labio y suavizó su expresión —Dame una oportunidad, amato mio —descruzó sus brazos y los extendió hacia él, ladeando su cabeza.
A Edward le desesperaba esa actitud tan cambiante, tan bipolar de esa mujer, que hace un momento lo estaba retando con amenazas y ahora trataba de manipularlo con tono y ojos suaves. Pero ni uno solo de los dos extremos lo haría dar su brazo a torcer.
—No habrá vuelta atrás. Rehace tu vida lejos de mí.
—¡Edward, te lo suplico! —ahora sus palabras eran desesperadas, pero Edward no se vio afectado por ello.
Puso sus manos en sus caderas y apartó su vista de ella —Vete, y por favor no vuelvas a buscarme.
Giuliana secó con sus dedos la lágrima que se escurrió de sus ojos y asintió lentamente. Pero ese asentimiento significaba para ella que de momento lo dejaría en paz hasta que la volviese a extrañar. Miró la distante pero hermosa postura del amor de su vida y sin añadir nada más, se giró y salió de la oficina.
Edward dejó escapar el aire de sus pulmones y llevó las heladas palmas de sus manos hasta su cara para refrescarla.
¡Maldita sea la hora en que a él se le ocurrió revolcarse con esa mujer!
Y justo en ese momento, en que su vida tomaba un nuevo impulso, aparecía su pasado del que no sentía orgullo, a estropearlo todo.
No podía culparla, pues él supo desde que la conoció que ella era una mujer apasionada, quizás eso mismo hizo chispa entre ambos. Pero ahora… ahora las cosas eran diferentes. Él tenía en su cabeza a una sola mujer con la que quería compartir de allí hacia adelante, y no era Giuliana precisamente.
—¡En qué maldito lío me va a meter esta mujer! —exclamó en voz alta, con frustración, girándose otra vez hasta el bar y sirviéndose otra porción no menor de whisky.
/E.P/
Después de la visita de la italiana, Edward no pudo sentirse tranquilo. Giuliana había tomado distancia y no lo había vuelto a buscar, cuestión que le parecía extraño. Durante esos días se sintió observado, perseguido, pero no quería seguir pensando en eso, quizás eran sólo figuraciones suyas.
Además, ese día era importante por dos cosas: el inicio del juicio de divorcio de Bella y la cena que iban a tener ambos en su apartamento. Y la verdad estaba más nervioso por esto último que por el litigio de divorcio, sobre el cual se sentía bastante seguro. La cena, por otro lado, lo había llevado a planear una y otra vez hasta el más mínimo detalle. Quería que ella se sintiera a gusto y relajada, pues tenía expectativas importantes a partir de ahí.
"¡¿Expectativas sexualmente importantes, Cullen?!" había bromeado Garrett, cuando le contó sobre sus planes. Edward, en respuesta a esa pregunta, lanzó un lápiz hacia su amigo. Vale, no era que no las tuviera, pero no era tiempo todavía de pensar en ello. No la presionaría, y empujarla hacia allí sería lo contrario a eso.
Cuando aparcó su Mercedes Benz en el estacionamiento del juzgado, le marcó a su móvil a Bella, corroborando que ella ya estaba allí y también Whitlock, en compañía de su abogado y la madre del cretino ese, por lo que ella misma le contó.
—¿Estás sola?
—No. Mi padre insistió en acompañarme, además dice que quiere conocerte —comentó ella, provocando que Edward tragara grueso, pues otra vez estaban allí esos sentimientos de adolecente frente al primer encuentro con el padre de la chica que cortejaba.
"¡Concéntrate, Edward!" se reprendió, antes de salir del coche y caminar hacia el sector donde les correspondía estar.
Se internó en los pasillos blancos del juzgado y a quien primero vio, por supuesto, fue a Bella, quien al parecer suspiró y relajó su postura en cuanto dio con su presencia. Él sintió lo mismo. Ambos estaban esperando por encontrase.
~En Paralelo~
Charlie estaba de pie, con su espalda pegada a la fría muralla blanca, taladrando con sus oscuros ojos al malnacido de Jasper, que se encontraba a unos metros frente a él, en compañía de la vieja urraca de su madre y de un regordete hombre, que según Bella le dijo, era su abogado.
—¿Y tu abogado? —preguntó Charlie, sin apartar su vista de Jasper.
—Me acaba de llamar. Estaba en el aparcamiento, en cualquier momento debe aparecer —respondió ella, retorciéndose los dedos, mirando hacia el sector de la entrada, donde en un momento la figura de Edward se impuso al resto de la gente que venía caminando junto a él. Su seguridad y garbo al caminar definitivamente lo hacían destacar.
Su sola aparición allí la hizo relajar sus hombros, soltar un suspiro y sonreírle tímidamente, sonrisa que él devolvió en el acto.
—Bella — a saludó, mientras tomaba una de sus manos frías entre las suyas tan cálidas.
—Hola… abogado —asintió ella con palabras cálidas— Le presento a mi padre, Charlie.
Edward giró hacia él y extendió su mano en un saludo cordial —Señor Swan, un gusto conocerle.
—Igualmente abogado —respondió el padre de Bella, dejando a un lado su desafiante mirada hacia el bando contrario frente a ellos— No había tenido la oportunidad de agradecerle lo que está haciendo por mi hija.
—No tiene nada que agradecer. Es mi trabajo y lo hago gustoso.
—Y dígame una cosa —dijo Charlie, acercándose un poco más al abogado —La cuestión aquí… ¿irá a nuestro favor?
—Señor Swan, la legislatura favorece en todo sentido a Isabella. Si estamos hoy aquí, es porque Whitlock no quiso hacer las cosas por las buenas. Él no sacará nada en provecho de esto, incluso estoy seguro que el juez lo verá como una pérdida de tiempo.
—Jodido Jasper…
—Papá… —llamó la atención Bella a su padre. Y es que a Charlie le costaba mantenerse tranquilo, después de haber depositado la felicidad de su hija en manos de ese cretino, y aún más era su cólera cuando se enteró que Alice estaba de por medio. Se sentía estafado, ese mal nacido había abusado de sus hijas. Si, abusado; primero del amor de Bella y luego de la vulnerabilidad de Alice.
—¿Qué espera ese cretino? ¿Que lo perdones? —Inquirió él a su hija con la voz tensa— ¡Porque supongo que no harás eso, ¿verdad, Bella?
—Claro que no, papá —admitió, mirando con vergüenza hacia sus pies. A Bella le daba un poco de pena que su papá la sintiera tan débil de orgullo y sentimientos, que pensara incluso en que ella podía perdonarlo. Sobre todo frente a Edward.
— Señor Swan, ¿me permitiría hablar unos minutos a solas con su hija? Querría delinear algunos asuntos…
—Por supuesto, abogado —respondió él, dando un paso hacia atrás y empujando a su hija desde la espalda, para que acompañara a Edward.
Ella caminó junto al abogado unos metros más allá, deseando que él —que ambos en realidad— tuvieran la libertad de abrazarse y besarse, pues ella en ese minuto deseaba sentir la calidez de sus brazos y de su boca. La seguridad que él le proporcionaba.
—¿Estás bien? —preguntó Edward, cuando estuvieron alejados, poniendo una mano sobre su hombro.
Bella asintió con la cabeza —Lo estoy. Sólo que esta situación me descompone.
Vio como él giró su cabeza, para mirar sobre su hombro y ver a Jasper en el otro lado del amplio pasillo, observándolos. Junto a él, Hilda también los observaba con nada de discreción, hablándole algo a su hijo. Bella volvió a bajar la cabeza, empuñando sus manos.
—Relájate, por favor, y no hagas caso de nada de lo que ellos puedan decir. Déjame hablar a mí, y cualquier cosa que pregunte el juez, espera a mi asentimiento para responder, ¿está bien?
—Lo tengo —susurró.
—Todo saldrá bien, te lo prometo, hermosa —le dijo. Ella se estremeció cuando Edward la llamó hermosa. Le encantó la verdad. Soltó el aire de sus pulmones y sostuvo su mirada su cálida mirada por unos minutos, relajándola. Él definitivamente, tenía ese poder en ella: la relajaba y la hacía sentir segura como hace mucho tiempo nadie la hacía sentir.
—Es hora. Entremos de una vez —indicó, poniendo su mano en su espalda baja y caminando de regreso con Charlie, explicándole que él tendría que esperar afuera por alrededor de una hora. Ella abrazó a su padre, agradeciéndole su presencia, respiró profundo, irguió su espalda y caminó junto a Edward hasta una doble puerta de madera maciza, la abrió para ellos un guardia del juzgado. Edward sacó del bolsillo interno de su chaqueta una identificación que extendió al guardia, quien la sostuvo, comparándola con una lista que tenía sobre una mesa pequeña de madera a un costado.
—Abogado Cullen, el Juez Eleazar Doménech los atenderá en unos momentos. Esperen aquí, por favor —indicó, mostrando unos asientos de cuero, que era como una sala pequeña de espera en forma circular, rodeada por tres puertas de madera oscura, donde cada una tenía una placa con nombres, seguro de los jueces.
Sentados, Edward abrió el maletín que llevaba y sacó algunos documentos, echándoles un vistazo en silencio. Mientras eso sucedía, la puerta doble volvió a abrirse y la figura de Jasper y su abogado Jenks ingresaban. Jasper dio una mirada sin disimulo a Bella, de pies a cabeza, consiguiendo que ella se tensara. Tuvo deseos de salir corriendo de allí hacia algún baño, pues la mirada lasciva que Jasper le estaba dando en ese momento, la hicieron sentir náuseas y deseos de vomitar.
—Ignóralos —dijo Edward, sin apartar la vista de sus papeles, pero al parecer consciente del cambio de Bella.
—Lo siento… —susurró, cerrando sus ojos y obligándose a respirar.
—Mira, el juez nos hará pasar a Jenks y a mi primero a su oficina para darle un vistazo general al caso y exponer los puntos a tratar hoy. No demorará más de diez minutos.
Bella abrió los ojos y lo miró con horror —¿Me quedaré aquí sola… con él? —susurró ella con pánico.
—Bella, no pasará nada. Él aquí no puede hacer nada. Estaré dentro de esa habitación —dijo, indicando hacia una de las puertas— así que no te preocupes. Por cualquier cosa, allí hay un guardia, ¿sí? Y recuerda, ya no estás sola —dijo, con sus ojos verdes llenos de compromiso. Ella se perdió uno momentos en su mirada, importándole un comino que Jasper pudiera percibir otra cosa. Ella estaba con Edward, y que Jasper se jodiera.
—Abogado Edward Cullen, abogado Jason Jenks, el juez Doménech los espera en su despacho —indicó una mujer, que Bella no supo bien de donde salió. Edward, antes de levantarse, apretó su hombro y le guiñó un ojo, inculcando confianza.
Cuando desapareció tras la puerta, sintió su lejanía y el peso de la vulnerabilidad colarse sobre ella, sobre todo cuando vio a Jasper levantarse y caminar hasta ella. Decidió quedarse sentada, casi encorvada mirando hacia el suelo, no reparando cuando Jasper se le acercó:
—Bella, mi amor, dejémonos de estupideces. Vámonos de aquí y reconciliémonos… —dijo, mientras echaba hacia atrás el cabello de Bella que caía como cortina por uno de los lados de su cara.
Ella alzó la mirada y su mano para apartar furiosa a Jasper —Cierra la boca, Jasper y apártate de mí.
—Nena, lo de Alice fue un error —dijo él, sin ningún tipo de remordimiento, incluso con ironía— Me sentía solo, abandonado por ti…
—¡¿Quieres callarte y dejarme en paz?! —exigió ella, levantándose para apartarse e intentar salir, pero él la retuvo por un brazo, apretándoselo con fuerza.
—Te juro por Dios que te arrepentirás de hacerme pasar por esta vergüenza, Bella.
—¡¿Vergüenza?!
—Venir aquí y exponer nuestra intimidad con un hombre que no tiene idea… —dijo con furia, pero de momento a otro, cambió —al parecer— su táctica, suavizando el agarre y atrayéndola más a él— ¿A caso no recuerdas nada de lo hermoso que vivimos en nuestros cinco años juntos? Cuando hacíamos el amor…
—¡Déjame en paz, Jasper! —exclamó ella, sacudiendo su brazo para soltarse de él y alejarse. Pero él fue más rápido, volviendo a jalarla con fuerza hacia él.
—Eso nunca, Bella.
—¡Whitlock! —La voz imperante de Edward retumbó en la sala de espera, sorprendiéndolos a ambos.
Ella respiraba agitada y estaba pálida como un papel. Se sentía mareada y el estómago no dejaba de darle vueltas.
Dio un paso atrás y puso una mano sobre su frente, cerrando sus ojos. Sentía que el piso se movía y que en cualquier momento caería a tierra. Eso, hasta que las manos de Edward la sujetaron de los brazos, interponiéndose entre ella y Jasper.
Bella agradeció su oportuna aparición y la del juez, quien al parecer había visto todo eso desde la puerta de su despacho. Sin abrir los ojos, inhaló la esencia del perfume de Edward, que la llevaba a estados de más tranquilidad.
—¿Estás bien? —susurró él a su oído, después de un rato. Ella abrió sus ojos y vio preocupación en los de Edward. No quería causarle más malestar ni mucho menos sumarle inquietud, así que respiró unas cuantas veces, mientras asentía con la cabeza, pareciendo lo más franca posible.
Jasper entornó los ojos hacia ellos dos, dejando entrever su disgusto por la cercanía del abogado con su esposa. Porque sea como sea, Bella seguía siendo suya. No pasaría por alto aquello. Él conocía esa miradita de Bella que denotaba algo más que simple relación de abogado y clienta. De cualquier modo, lo averiguaría, no se quedaría tranquilo.
—Ya es hora —susurró Edward a Bella, aun sujetándola por los brazos — Será corto, lo prometo.
— Está bien, vamos ya —respondió, lo miró, suspiró y se encaminó junto a Edward hacia la oficina del juez Doménechque los atendería.
/E.P/
Bella recostó su cabeza hacia atrás en el asiento de cuero del auto, cerrando sus ojos y relajándose. La tensión de aquellas dos interminables horas se hacían notar en la rigidez de su cuello.
Su cuerpo estaba como engarrotado, después de que tuviera que contarle detalles al juez de cómo encontró a su marido engañándola, de lo poco considerado que este había sido como padre, visitando a Mary desde su separación dos veces solamente, sin ayudarle en nada para los gastos de la niña. Ella hubiese evitado decir aquello, pues creía firmemente que ella sola podía sacar adelante a su hija, pero Edward le advirtió que eran necesario esos detalles para el resultado de la tuición de la niña.
Jasper por supuesto la interrumpió innumerables veces, llevándose varias reprimendas por parte del juez, quien al parecer, estaba cabreado. Por supuesto, cuando fue el momento de Jasper para hablar, la culpó de todo, inculpó a Alice e incluso a Renée de "meterle cosas en la cabeza a Isabella en su contra". Ella sintió deseos de hacerlo callar, pero antes que de su boca saliera cualquier cosa, sintió la mano de Edward apretarle el brazo, conteniéndola.
En resumen, y según lo que comentó Edward a la salida del careo, las cosas se resolverían con más prontitud de lo que él supuso, ya que ella había negado a cualquier tipo de avenimiento con él y a Eleazar Doménech la figura altiva de Jasper se le había cruzado entre ceja y ceja.
—Supongo que no estás dormida —preguntó Edward suavemente mientras conducía su coche camino a su apartamento, sacándola de su sopor.
Ella sonrió y respondió sin abrir los ojos —Bueno, podría, pero sólo estoy relajándome.
—¿Y has conseguido relajarte?
—El ambiente y la compañía ayudan bastante.
—Bueno, me alegro que mi coche y yo te brindemos un aliciente para tu descanso, pero al menos el auto debemos dejarlo, pues ya hemos llegado.
Ella abrió los ojos y se dio cuenta que ya estaban en el frontis de un moderno y elegante edificio. Mordió su labio mirando alrededor, ahora un poco nerviosa por la idea de entrar en la privacidad del departamento de Edward.
—Si prefieres, puedo bajar la cena hasta aquí… —dijo él en un tono divertido cuando vio que ella no hacía además de querer bajarse. Ella lo miró y se rio por su comentario.
—No, para nada.
—¿Estás bien? —preguntó él suavemente, llevando una mano hasta el rostro de Bella, que cerró sus ojos, disfrutando de su caricia.
—Lo estoy —respondió sin abrir sus ojos.
Sintió segundos después los cálidos labios de Edward presionar los suyos en un beso suave que la llevó a sentir escalofrío de su cabeza hasta sus pies —Dios, he deseado besarte desde que te vi esta tarde —susurró con su boca aun sobre la suya, profundizando su beso. Bella no podía pensar en nada más que no fueran sus labios, nadie más que no fuera él y lo sorpresivo de sus sentimientos crecer dentro de ella por ese hombre que le infundía seguridad, valor y calor.
—Edward, te extrañé mucho… —admitió, dejándose llevar por el torrente de emociones que sentía cuando estaba con él.
—Y yo a ti, hermosa —respondió él, usando ese apelativo que al parecer, la incentivo para que ella tomase la iniciativa de acercarse y chocar sus labios con los de él.
—Juro que desde hoy le tomaré un cariño especial a este vehículo —comentó Edward con humor.
—No es el coche, eres tú…
—Por Dios, Bella —dijo sorprendido, acariciando su rostro y su cabello con delicadeza. Sus ojos no se apartaron de los de ella durante varios minutos en los que permanecieron allí, antes que él se decidiera por fin a salir del coche, y como caballero que era, ayudarla a salir.
Le tomó la mano y entrecruzó sus dedos con los de ella, gesto que la hizo estremecer. Así pasaron por la portería, directo a los ascensores, subiendo hasta el piso diez. Caminaron hacia una de las cuatro puertas de madera clara, la que Edward abrió con la llave que sacó de su bolsillo.
Entraron hasta la amplia y blanca estancia, que estaba dividida por un librero desde el suelo al techo.
—Ponte cómoda, voy por algo para tomar —dijo, desapareciendo por un pasillo, mientras ella se quedaba allí contemplando el espacio. En una mesa contigua al sofá, había dos retratos. En ambos destacan los rostros de dos niñas, una de ellas Grace, suponiendo ella que la otra hermosa pequeña era Elizabeth, con su cabello color miel resplandeciendo, al igual que sus ojos alegres y luminosamente negros. Tomó con cuidado el retrato en sus manos y lo contempló fijamente, preguntándose por qué una niña tan hermosa y pequeña como era Lizzie, pasó por aquella enfermedad tan infernal, perdiendo la vida en ello.
—¿Son hermosas, verdad? —preguntó Edward, sorprendiéndola por la espalda. Ella se giró, aun con la fotografía en las manos y lo vio sin su chaqueta, con dos copas y una botella de champaña en las manos.
—Lo son —dijo ella sonriendo— Este lugar es muy bonito —indicó, dejando el cuadro donde estaba. Edward se acercó hasta ella, invitándola a sentarse en el sofá, dejando él las dos copas de champaña en la mesa de centro, para llenarlas a continuación.
—Bueno, no paso mucho tiempo aquí, pero es mi espacio —dijo, chocando su copa de champaña con la suya, sonriéndole coquetamente— Salud.
—Salud —respondió ella, bebiendo de su burbujeante líquido, anclada a los ojos verdes de Edward.
Se enfrascaron en una amena charla, mientras terminaban de beber sus copas, y después se levantaron ambos para sentarse a la mesa. Bella no quiso dejarle todo el trabajo de servir a él, por lo que se ofreció para ayudar.
La cena fue un delicioso filete mignon con salsa de champiñones acompañado de papas salteadas traído, según Edward, directamente desde uno de los mejores restaurantes de la ciudad. Además del exquisito vino tinto que el anfitrión sacó de su cava personal, el que después terminaron de beber de regreso en el confortable sofá negro que destacaba en la sala.
—¿Te sientes más tranquila? Digo, después de lo que pasó hoy en el tribunal —quiso saber Edward, al parecer más preocupado por lo que Bella pudiese estar sintiendo que por el resultado del litigio.
—La verdad es que me tranquilizó que las cosas se dieran tan bien para mí. Me refiero a que el juez tuviera tan buen trato conmigo… ¿tuviste algo que ver?
—Uhm… soy tu abogado, creo que sí tuve algo que ver —dijo con diversión, antes de llevar su copa a la boca.
—Hablo de que si el juez sabía sobre el caso.
—Digamos que algo le comenté, explicándole a grandes rasgos el caso. Le pedí que tuviera consideración contigo, pero nada más.
Bella se quedó un rato en silencio, jugueteando con su dedo índice sobre la boca de su copa de vino, y pensando una vez más en lo tonta que había sido. Volvió a recordar como Jasper se defendió, incluso victimizándose de su infidelidad frente al juez y diciendo que no era para tanto. ¿En tan poca estima la tuvo durante los años que estuvieron juntos, que para él una infidelidad de ese tipo no significaba gran cosa?
—¡Oye, en dónde andas! — dijo Edward, trayéndola de regreso de sus pensamientos, acariciando su barbilla para que alzara la vista hacia él.
—Pensaba en Jasper…
Edward quitó su mano de su rostro, y bebió el resto de vino que quedaba en su copa de un tirón, removiéndose incomodo en su sitio sobre el sofá. Frunció su entrecejo y miró hacia otro lado, un poco molesto, notó ella.
—Edward…
—Creo que me molesta un poco… bastante en verdad; que me digas que estás pensando en él mientras estás conmigo —habló seriamente y sin mirarla— Me hiere el ego la verdad, aunque sé que lo tuyo con él es reciente, y que quizás esto es… apresurado…, que sigues teniendo sentimientos por él, pero… no sé.
—Edward, por favor, no es lo que piensas —le dijo ella, extendiendo una mano sobre la suya, que sujetaba tensa su rodilla. Él llevó su vista hacia ella, y Bella pudo ver no enojo, sino algo como sufrimiento.— En realidad pensaba en lo tonta que he sido, lo tonta que fui… ya sabes, te lo he dicho antes. Pensaba en lo poco que lo conocí… ¿dices que puedo tener sentimientos por él? Pues los tengo, y son todos oscuros y dolorosos. Por eso estoy contigo, porque quiero construir con alguien a quien sí le importo, recuerdos nuevos y hermosos.
Edward se la quedó mirando unos segundos, reaccionando luego —Ven aquí — le dijo, quitando la copa de las manos de Bella y dejándola junta a la suya sobre la mesita de centro. La atrajo a su cuerpo, sentándola casi sobre su regazo. Ella pasó gustosa sus brazos por el contorno del cuerpo de Edward, dejando caer su cabeza sobre su firme pecho, mientras él la abrazaba por su cintura, dejando besos sobre su cabeza.
—Siento si te hice sentir mal, Edward…
—No digas eso, soy un tonto. Tendría que ser más… condescendiente con lo que has vivido.
Ella se apartó sólo un poco, para alzar su rostro y mirarlo a los ojos —Lo has sido, Edward —dejó un casto beso en sus labios y volvió a recostarse en su pecho— Pero me muero de rabia en pensar en mi pasado con él. Nunca podría estar con alguien que haya sido infiel…
Bella sintió que el cuerpo de Edward se tensó y que sostuvo la respiración por unos momentos. Luego soltó el aire sonoramente y dejó varios besos sobre su cabeza, mientras acariciaba su espalda.
—Tú no mereces que nadie te traicione, de ningún modo, Bella.
—Nadie se lo merece, Edward.
El abogado alzó el rostro de Bella y capturó su boca una vez más con una pasión que se hizo ver desde el principio. Su labio se movía posesivamente sobre ella, mientras una de sus manos subía por su espalda hasta sujetarla por la nuca y la otra seguía aferrándose a su cintura. Bella soltó su agarre y llevó sus manos hasta enredar sus dedos en su cabellera suave, mientras sus bocas se entregaban mutuamente, buscando una de la otra cada vez más.
—Hueles tan bien —susurró él, paseando su nariz desde su oreja hasta su clavícula, provocándole gemidos que no pudo contener.
—Edward… —Y antes que pudiese decir nada más, Edward capturó su boca ahora con desesperación, con deseo.
Bella, no sabe cómo, se sentó a horcajadas sobre él. La sorpresa lo hizo rugir y estremecerse bajo ella, que estaba perdiendo el control de sus acciones, pero en ese momento no deseaba nada más que no fuera sentirlo a él, abrazándola y besándola como lo hacía en ese momento, haciéndola olvidarse de todo lo demás. Deseaba más, deseaba más fricción entre su cuerpo y el de Edward, necesitaba su toque como una cuestión imprescindible.
El placer crecía y ardía dentro de ella, y sabía que si no se detenían, las cosas pasarían más allá. Pero ni él ni mucho menos ella estaba pensando siquiera en apartarse. Edward la deseaba tanto como ella lo deseaba a él, y eso la hacía perder el control entre sus brazos.
Pero perder el control en brazos de Edward era algo que no le importaba, porque el miedo se desvanecía mientras Edward estuviera con ella. Por eso no puso reparo cuando él coló sus manos tibias bajo su blusa de seda azul, paseándolas por su espalda desnuda.
"Por Dios, que no se detenga, que no se detenga…." Gritaba ella en su cabeza, mientras seguían saqueándose la boca mutuamente, sin reservas ni restricciones, listos para dar un paso más allá.
