Uf! Niñas, mil mil mil gracias por todo vuestro cariño, por leer y comentar. Esto es para ustedes con mucho cariño, esperando que les guste.

Gracias a mi Gaby Madriz, mi beta, ángel y amiga, que me ayuda con cada capítulo.

Ahora a leer. Mil besos y nos leemos la próxima!

(Pueden encontrarme como Cata_lina_lina en twitter y Catalina Lina en Facebook)


20. Ebullición.

"Quiero que me trates, suavemente..."

~En Paralelo~

Tanya, Jane y la recién casada Victoria miraban a su amiga Bella formando una perfecta O en sus bocas, esto por la sorpresa y la impresión que fue para ellas la admisión que Bella les acababa de hacer: su abogado Edward Cullen y ella tenían una relación sentimental.

—¿El… el abogado sexy? —preguntó Jane, abanicándose el cuello.

—El abogado que lleva mi caso de divorcio… —indicó Bella, mientras jugueteaba con su hija que estaba sentada sobre sus rodillas.

—¡No lo puedo creer! —exclamó Tanya, echándose hacia atrás en su sillón, pensando en lo increíble de la noticia, y cómo la vida daba vueltas. Porque hace poco, Bella desconsolada lloraba el engaño del hombre a quien creía amar y ahora sus ojos brillaban ilusionados con este nuevo amor.

— ¡Lo sabía, lo sabía! La conexión de ustedes en mi boda, cómo se miraban… ¡Sabía que tu vida no podía estar ligada al malnacido de Whitlock! —exclamó Victoria, triunfante.

—¿Y tus padres lo saben? ¿Es oficial? —preguntó Tanya, pasando por alto el exultante estado de ánimo de la recién casada.

—Las personas importantes para nosotros lo saben, y no queremos hacer alarde, por lo del divorcio, ya saben —explicó ella con mucha calma.

El día anterior, y como Edward le pidió que lo hiciera, fue en compañía de su madre a poner una denuncia en contra de Jasper por acoso, e incluso constató la lesión de su cuello, que ella escondía bajo un sweater de cuello alto.

Para su sorpresa, el abogado amigo de Edward, Garrett Emerson, que era especialista en litigios matrimoniales, la encontró por petición de Edward en la estación de policía donde hizo la denuncia y le dijo que no era atenuante que ella mantuviera relación alguna con el abogado, pues no se comprobaba con hecho alguno que aquello hubiese significado alguna alteración en el caso a su favor, por tanto la tranquilizó y le dijo que siguiera adelante con su vida normal.

—Y por lo que nos has contado, Jasper lo sabe… —comentó Jane con precaución.

—Lo intuyó más bien… pero que él lo sepa o no, ya no es algo que me preocupa —dijo Bella con total convicción— ¡Si no le parece bien, pues que se joda!

Las mujeres estallaron en carcajadas después de la última exclamación tan desenfadada de Bella, quien se veía radiante. Sus amigas no tuvieron más que palabras de apoyo, diciéndole lo felices que se sentían por ella.

—Este sábado irás como su pareja a la fiesta de Victoria… —dijo Tanya, reclamando a la niña para cargarla ahora en sus brazos.

—¿Fiesta? —Preguntó Bella, mirando a Victoria— ¿Otra fiesta? ¡Pero si te acabas de casar!

—Oye, mi hombre está de cumpleaños, y quiere una fiesta con temática rock. Ya sabes, nada de trajes largos ni peinados pomposos, sólo cuero, jeans, cerveza y rock and roll —explicó ella, comiéndose un trozo de pastel de fresas que Renée había preparado para ellas.

—¿Irás, Bella? ¿Irás con tu chico? —preguntó Jane, ladeando la cabeza.

—Uhm… no sé si Edward lo sepa. Además, no quiero dejar sola a mi Mary… mis padres han estado preocupados por Alice —explicó ella, frunciendo su ceño.

—¿Qué pasa con Alice?

—Bueno… —Bella se removió incomoda y ahora no estaba segura si debía contar o no lo de Alice. Pero aquellas eran sus amigas y prefería ser ella misma la que se los dijera— Lo que pasa es que Alice está embarazada.

—¡¿Qué cosa?! —preguntaron al unísono dos de las amigas.

—Lo que escucharon, y no hagan que lo repita. Mis padres la trajeron de regreso de Estocolmo y pues aquí nos enteramos. Además, tiene depresión pre parto y otros problemas de salud que no se trató a tiempo y que con el embarazo se incrementaron.

—¿Qué tipo de enfermedad? —preguntó una de ellas.

—Diabetes.

—¡Válgame Dios!

—Entonces, no quiero sobrecargarlos.

—¿Has hablado con Alice? Ya sabes, para arreglar las cosas —preguntó Tanya.

—Y otra cuestión importante —intervino Victoria, antes que Bella respondiese— ¿Es de Jasper ese bebé? —preguntó abiertamente, mientras el resto de las chicas se removía en su sitio, carraspeaba o bajaba la cabeza. Era algo incómodo de tratar, pero una pregunta que todas se hacían. Incluso Bella.

—Bueno… ella no está segura de quién es su hijo —dijo con su tono algo más cabizbajo— y pues, ni siquiera estaba segura de querer tenerlo. Y sobre nuestra relación… apenas hablamos una vez. Me pidió perdón, pero le dije que eso no iba a ser de un día para otro. Digamos que al menos nos podemos sentar a la misma mesa a comer, pero las cosas no serán como antes.

—Presumo que Jasper nada sabe de tu hermana…

—No. Alice a penas y ha salido de casa, sino para ir al doctor. Y la única vez que ha venido Jasper a ver a la niña, Alice no ha salido de su cuarto.

—Ella lo está pasando mal, ¿sabes? —meditó Jane en voz alta. Bella miró a su amiga y luego desvió su vista hasta su hijita.

—Somos responsables de nuestros actos, Jane.

Hubo un momento de silencio en donde cada una pensaba en las palabras de Bella, que no eran más que la verdad. Además, ella tenía completa razón para hablar así de Alice y su opción por no perdonar a su hermana de buenas a primeras. No podía, aunque quisiera; el engaño era una herida que costaba sanar y que dejaba cicatrices profundas. El tiempo sería el encargado de sanarlas.

—¡Bueno, bueno! —exclamó Tanya, animando un poco el ambiente— Con mayor razón y después de todo lo que te ha pasado, debes salir a distraerte, y pasar tiempo con tu hombre. ¡Nos lo tienes que presentar, Bella!

—Pero si ya lo conocieron en la boda…

—¡Oh, claro que no!

—Háblale a Irina, ella estará encantada de cuidar a esta hermosura —dijo Tanya, dándole un sonoro beso a la niña en su cuello, a lo que la pequeña rio con gracia— Y así no le dejas trabajo a tus padres.

—Uhm… la llamaré antes de darles una respuesta.

—¡Ni loca te pierdes la fiesta de mi marido, Bella! ¡Es una orden!

En el momento en que las damas hablaban con Victoria los detalles de la fiesta de cumpleaños de James, y sobre uno que otro detalle sabroso de la luna de miel, Charlie entró a la casa después de un día de trabajo, con su semblante cansado. Las chicas los saludaron entusiastamente, invitándolo a servirse un trago con ellas. El buen Charlie no se hizo de rogar, instalándose entre las 3 amigas de su hija, su nieta y Bella.

—Entonces Charlie —dijo Victoria, arrimándose hacia el hombre de la casa— qué nos dices de la nueva conquista de Bella….

El hombre rascó su cabellera, frunciendo sus cejas, mientras Bella miraba primero a su amiga con sus ojos muy abiertos y luego a su padre, expectante por lo que pudiera opinar de Edward —Bueno… se ve un hombre serio y me causó buena impresión. Pero después de lo que pasó con el maldito ese, tendré un ojo encima del abogado o de cualquier tipo que quiera acercarse a mis hijas.

—Al menos tendrás abogado gratis en el caso que lo necesites —intervino Tanya, alzando las cejas en dirección a Charlie, quien alzó la comisura de sus labios.

—Eso sí… además, le gusta la cerveza y el beisbol, así que nos llevaremos bien —comentó, haciendo sonreír a Bella, mientras negaba con la cabeza. Al menos Charlie había dado su venia a Edward, y eso tenía a Bella mucho más tranquila.

/E.P/

Si el clima de aquel día los hubiese acompañado, Bella y Edward, habrían elegido un lugar al aire libre para la primera salida "en grupo", pero con los fríos días de noviembre, se tuvieron que conformar con el cómodo apartamento de Edward. Era la primera vez que como pareja, sumaban a su salida a las hijas de ambos y la verdad es que se sentían como si desde siempre lo hubiesen hecho. Era tan cómodo y armonioso el ambiente entre los cuatro, que daba a la idea de que era esta, una práctica habitual.

Sentados y abrazados en el sofá, la pareja contemplaba a las dos niñas jugar sobre la alfombra de la sala a armar palabras cortas con unos coloridos cubos con letras que Edward y Grace le habían regalado a Mary. La más pequeñita de las niñas celebraba cada movimiento que Grace hacía con las piezas, habiendo incluso aplaudido un par de veces. También se vio muy entusiasmada cuando Grace la tomó con cuidado por sus bracitos, animándola a dar unos pasitos alrededor del apartamento.

—Ni siquiera ha reclamado su comida —comentó Bella a Edward, mirando encantada a las dos niñas juguetear como si tuvieran la misma edad.

—Se lo están pasando de lo lindo —asintió Edward, igual de encantado.

—Sí —coincidió ella— Uhm… había olvidado comentarte, ayer cuando me visitaron las chicas, Victoria me habló de la fiesta.

—El cumpleaños de James. Lo sé —indicó, pasando su mano por el cabello y bufando— lo anunció con bombos y platillos, ¿sabes? Como lo hace todos los años.

—Tengo la impresión que no te agradan del todo…

—Ese hombre todo lo exagera, ahora es temática rock, el de antes fue de disfraces árabe… pero no es todo, siempre pasa algo. El año pasado creo que los metieron a la cárcel por disturbios en la vía pública o algo así.

—Vaya…

—Y yo me he escapado de ir porque estaba fuera del país, pero ahora… menos cuando está casado con la loca esa… —al hablar de la loca, vio a Bella que le estaba mirando con ojos afilados y rectificó— digo, Victoria.

—Si no quieres ir, pues podemos excusarnos, además, no estoy de ánimo para fiestas… —admitió Bella, dejando caer su cabeza sobre el hombro de Edward y suspirando a continuación.

Ella estaba secretamente preocupada por su hermana, como lo comentó días antes con sus amigas, tanto por su salud física como por su bienestar emocional. Por las noches la oía llorar y llamar a Michael, quien no sabía que ella estaba de regreso en Chicago, pues él andaba de viaje y no podía ir a visitar a Bella, por tanto no tenía idea de su embarazo. Además, con todo eso de la diabetes, había adelgazado y no estaba disfrutando de su embarazo, como lo hizo ella.

—Oye, háblame —susurró Edward con sus labios pegados en la sien de Bella.

—Se trata de Alice… ya sabes… —dijo, alzándose de hombros— Ojalá yo pudiese haberla perdonado tan fácilmente como tú lo hiciste con tu hermano…

—Yo no perdoné tan fácilmente a mi hermano —aclaró Edward— De acuerdo, yo no podía condenarlo por algo de lo que yo también fui responsable y además habiendo cometido el mismo error, pero soy su hermano y la relación se dañó. Hablamos y nos lo dijimos todo, simplemente estamos tratando de llevar la relación en paz, que dicho sea de paso, nunca fue una relación de miel sobre hojuelas. Pero lo estamos intentando, sobre todo yo…

—Es muy difícil para mí. Me dices que tu relación con Emmett nunca fue del todo buena, bueno pues Alice y yo teníamos una relación envidiable, yo la adoraba… —dijo, usando el verbo en tiempo pasado, cuestión que le dolió— Jamás imaginé algo así… yo simplemente… me cuesta mucho olvidar lo que hizo cuando la tengo en frente… —dijo con dificultad, quebrándosele la voz.

—Está bien, hermosa —dijo él, abrazándola más fuerte, conteniendo su pena. Bella luchaba por no dejar que la pena se exteriorizara, pero era una herida que le dolía constantemente. Ella hubiese querido dejar todo atrás y hacer borrón y cuenta nueva, pero no podía. Suspiró, cerró los ojos y se dejó consentir por Edward y consolándose en silencio, saliendo de su sopor y abriendo los ojos cuando su hija soltó una exclamación.

Mary y Grace estaban sobre la alfombra, tiradas de espalda riéndose por algo.

—¿Tienen hambre ya? —preguntó Bella, aparatando la pena y sonriéndoles a las dos hermosas niñas. Grace la miró y asintió con su cabeza— ¿Qué quieres comer?

—Algo que no sea la papilla de Mary —dijo Grace, arrugando su cara en una mueca. Ambos adultos rieron ante la reacción de la pequeña. Bella se apartó de los brazos de Edward y se levantó caminando hacia las niñas.

—¿Qué tal si preparamos una pizza? ¿Me ayudas, Grace? —le propuso Bella a la hija de Edward, a quien se le iluminó el rostro, levantándose del suelo y olvidando por unos momentos a su nueva y pequeña amiga. Edward se apresuró a levantarse y tomó en sus brazos a la pequeñita, quien al parecer ya estaba un poco cansada de tanto juego, pues bostezó en sus brazos.

—Ustedes cocinan, mientras yo doy de comer a esta dama —propuso el abogado, apoyando Bella y Grace la iniciativa.

Grace se desenvolvió muy bien con Bella, aunque no estaba segura de cómo debía llamarla. Así que Bella y ella acordaron que Grace la llamaría simplemente Bella cuando no estuvieran en la escuela, pues allí debía tratarla de maestra. No había hecho ningún comentario extraño sobre verlos abrazados, muy por el contrario, Grace veía a su padre muy contento y eso era lo único que le importaba.

Después que Grace esparciera los ingredientes sobre la masa, y Bella llevara luego esta al horno, fueron a preparar la mesa y vieron a Edward quien había hecho una muy buena labor dándole de comer a Mary y luego haciéndola dormir, sin tener ningún tipo de problema.

—Te manejas, ¿no? —preguntó Bella, cuando se cercioró de que su niña estaba profundamente dormida en brazos de Edward. Él la miró y le sonrió coquetamente.

—Ella también me adora, ya sabes —dijo, guiñándole un ojo.

Dejaron a la niña dormir en su cómodo coche, mientras ellos se sentaban a la mesa, cuando la pizza estuvo lista. Grace comentó lo ansiosa que estaba porque se acercaban las celebraciones de fin de año, sobre todo navidad.

—Papi, ¿te acuerdas que el año pasado estaba Lizzie con nosotros? —dijo la niña, dándole un mordisco a su trozo de pizza. Edward la miró y extendió su mano hasta acariciar la carita de su niña, sonriéndole.

—Claro nena, claro que lo recuerdo.

Bella a su vez, extendió su mano y tocó la de Edward que aún estaba sobre la mesa, apretándola ligeramente. Él volvió su vista hacia ella y se la quedó mirando un buen rato, mientras Bella se tragaba la pregunta de que si acaso, con el tiempo, el dolor de la pérdida de su hija era menor desaparecía. Probablemente la respuesta sería no. Probablemente el dolor se haría más llevadero con el tiempo, pero por nada desaparecería. Siempre se preguntaba qué hubiese hecho ella en el lugar de Lauren y Edward. Es seguro que hubiese querido morir. Rogó en su corazón que nunca, jamás, Dios la hiciera pasar por una pena tan grande.

Luego de haber acabado la cena, Grace se instaló en el cuarto de su padre a reposar y ver un rato sus dibujos animados, acompañada de la durmiente Mary, mientras los adultos limpiaban todo y luego iban un rato a mimarse en el sofá del salón.

—¿Estás bien? —preguntó Bella a Edward, dejando que ahora él descansara su cabeza sobre su hombro. Ella lo tenía rodeado por los hombros, y acariciaba lentamente su pecho por sobre el sweater de cachemira azul.

Él suspiró antes de responder —Sí, estoy bien. Me gusta que Grace recuerde a su hermana y sonría cuando lo hace.

—¿La recuerdas mucho?

Con voz dulce Edward respondió —Cada día.

Ambos se quedaron en silencio un buen rato, hasta que fue la hora de Bella para regresar a su casa. Las noches estaban frías, por lo que no era bueno mantener a la niña hasta tan tarde fuera de casa.

Ambos acordaron ir al día siguiente a la dichosa fiesta aunque fuese un rato, al menos serviría para relajarse… bueno, aunque a ella la idea de conocer a los amigos de Edward como su pareja, la ponía un poco nerviosa. Pero él la había tranquilizado con que todos sus cercanos estaban muy contentos por la relación de ambos. Sus amigos al menos, pues este se incomodó un poco, cuando Bella preguntó por la reacción de sus padres cuando se los dijo.

—Es algo que deben digerir con calma —comentó él— Pero no te preocupes, todo va bien.

No era la respuesta que a ella le hubiese gustado escuchar, no cuando sus padres abiertamente le dijeron lo feliz que estaban por ella. Pero no quiso presionar a Edward con más preguntas, por lo que se conformó con eso.

Al día siguiente, y después que Mary hubiese tenido la comida de medio día, fue hasta su cuarto y revisó su armario. No tenía absolutamente nada adecuado para la dichosa fiesta de cumpleaños, para la que por cierto, no estaba segura de cómo debía ir vestida. Soltó un bufido de frustración y rascó su cabeza antes de animarse a llamar a una de sus amigas:

—¿Tanya? No tengo idea de cómo debo ir vestida —reconoció con el auricular pegado en su oreja, volviendo a revisar su armario.

—Eso significa que irás esta noche con tu galán…

Bella rodó los ojos y contestó —Sí, iremos, pero no te prometo que estemos hasta muy tarde.

—Da igual, con que tú y él salgan a divertirse un rato, es suficiente —admitió Tanya— y por la ropa… pues, no sé, una minifalda de cuero, tacones altos, una playera ajustada…

—A penas cuento con unos zapatos que incluso me da miedo probarme, porque son altísimos…

—¡Son perfectos! —exclamó, interrumpiéndola— Mira, y por el resto del guardarropa, tú despreocúpate y déjamelo a mí. Estaré por allí como a las seis y nos dará tiempo suficiente para arreglarte y dejarte sorprendente.

—Edward vendrá por mí a las nueve.

—¡Te aseguro que el abogado tendrá un infarto y probablemente una erección cuando te vea!

—¡Tanya, por favor! —exclamó, cerrando los ojos con fuerza y haciendo caso omiso del escalofrío que recorrió su espalda.

—Yo iré en mi coche, por lo que no haré mal trío, además debo pasar por Jane, así que por mí no te preocupes.

—Bien, te espero —dijo, antes de despedirse y colgar.

Rebuscó en las cajas de zapatos que había en su armario hasta que dio con la caja que guardaba sus stilletos negros de charol de doce centímetros. Estaban prácticamente nuevos, recordaba que a penas los usó una vez por no más de una hora y esperaba que en esta ocasión pudiera siquiera estar con ellos un par de horas más, y no pasar vergüenzas.

A las seis en punto, Tanya tocó el timbre de la casa de los Swan, siendo recibida por Charlie, quien cargaba a la pequeña Mary. Los saludó y aprovechó de preguntarle a Charlie qué le parecía que Bella saliera esa noche a una fiesta, respondiéndole él que en verdad le agradaba que su hija saliera y se divirtiera. Era joven y estaba en todo el derecho de disfrutar, sobre todo ahora que estaba rehaciendo su vida, con un hombre que al parecer la respetaba y con quien ella se sentía contenta y segura. Tanya asintió y coincidió con las palabras del señor Swan.

Después del pequeño dialogo, Tanya subió directo al cuarto de Bella, a quien encontró vestida con un albornoz blanco y su cabello envuelto en una toalla, recién salida de la ducha.

—¡Encontré un par de cosas que se verán perfectos en ti! —exclamó la amiga, dejando un par de bolsas sobre la cama.

Bella miró a su amiga y suspiró, asintiendo con la cabeza. Se acercó hasta la cama en silencio y abrió una de las bolsas, de donde sacó una diminuta minifalda de cuero, con detalles metálicos en un costado. Tragó grueso, y sin hacer comentario, volvió a trajinar y sacó una blusa strapless también negra. Cerró los ojos y negó con la cabeza.

—¡Aquí hay algo más —dijo Tanya, volcando sobre la cama el contenido de la bolsa. Un pantalón liso de cuero con una pequeña cadena colgando desde dos pasadores, y un top negro brillante con el logo de los Rolling Stones en el frente.

—¡No puedo usar nada de esto! —admitió Bella, dejando caer su rostro entre las manos con frustración.

Tanya rodó los ojos y movió a su amiga por el hombro —Oye, eres guapa, tienes un cuerpo hermoso el que hoy lucirás para tu hombre. Puedes usar cualquiera de estas cosas, te verás fantástica, Bella.

Bella alzó su vista hacia Tanya, pensando en lo que le dijo su amiga, asintiendo momentos después —Vale, me quedo con los pantalones y esta — dijo, agarrando un top de tirantes con el logo y los estrechos pantalones. Tanya sonrió triunfante, celebrando la elección de su amiga. Ella en tanto, usaría la minifalda y la blusa strapless.

Después de hacer la sesión de maquillaje y peinar el cabello de Bella, usando una secadora y un cepillo para escarmenar su largo cabello castaño, la ayudó a "entrar" en los pantalones, sobre unas diminutas bragas negras de encaje y el sujetador de conjunto, puso el top. Sobre esta iría una chaqueta de cuero con cremalleras metálicas que Bella tenía y dando el toque final y perfecto, llevaría sus tacones.

—¡Me voy a caer o me torceré el tobillo! —se lamentó Bella, caminando de un lado a otro dentro de su dormitorio para practicar usando esos zapatos. Tanya la miró con diversión por el espejo, mientras sujetaba su cabello con unas cuantas horquillas.

—¡Claro que no! Irás sujeta todo el tiempo por tu galán, que no te dejará caer. Además, ni que fueras a bailar tanto, ¿no?

—No, no bailaré.

—Vale —respondió Tanya, poniéndose sus botas negras. Bella desvió su vista al reloj de su mesa de noche y abrió los ojos con sorpresa cuando vio la hora.

—¡Ya van a ser las nueve! ¡No puede ser, no puede haber pasado tan rápido la hora! —Dijo, caminando hacia la ventana— Edward debe estar por llegar …

Renée dio dos golpecitos en la puerta antes de entrar. Celebró por supuesto el atuendo de las muchachas, e indicó que Mary ya estaba comida y dormida, y que Irina acababa de llegar, la que entró detrás de ella con la bebita en brazos y durmiendo profundamente.

—¡Te vez estupenda, Bella! —dijo Irina, después que Bella le pidiera a la niña para acunarla un momento y dejarla luego en la cuna.

—Gracias Irina. Mira, trataré de estar de regreso lo más temprano posible…

—¡Ah, nada de eso! Por favor, no te preocupes por la hora de llegada. Beth y yo estaremos bien, tú diviértete —indicó Irina a Bella. Renée asintió y estuvo de acuerdo con la muchacha.

—Sí, Bella, tú ve y diviértete y no te preocupes por la hora. Tienes mi autorización para llegar tarde —dijo Renée con tono coqueto y guiñándole un ojo a su hija. Bella la miró y se sonrojó un poco. ¿Hasta qué hora podría estar ella en esa fiesta, con Edward, vestida de esa manera?

—Bueno, bueno, mi trabajo aquí está hecho —intervino Tanya, calzándose su chaqueta de cuero — Es hora de irme. Jane debe estar esperándome — dijo antes de despedirse de beso de las chicas y salir del cuarto.

—¿Papá está en casa? —preguntó Bella, mirándose por enésima vez en el espejo.

—No, él también tenía una junta con sus amigos, ya sabes, juegos de beisbol y cerveza —explicó Renée, moldeando por detrás el cabello de su hija.

El sonido del timbre hizo sobresaltar a Bella, sintiendo cómo su corazón se apresuraba en sus latidos. Era Edward, él estaba tocando el timbre.

"Dios, Dios… ya llegó" pensó nerviosa, mordiéndose el labio una y otra vez, revisando su maquillaje, su peinado y su atuendo, sin oír cuando Renée salió del cuarto para abrir la puerta.

—Hay un Mercedes negro en la entrada, ¿es de Edward? —preguntó Irina, mirando por la ventana. Esa era la confirmación de su corazonada.

—Uhm… sí —dijo, tomando su chaqueta y colocándosela con cuidado. Irina la ayudó y le pasó su pequeño bolso negro.

—¡Estás lista! —Exclamó Irina— Ahora ve a esa fiesta, disfruta y olvídate de lo demás.

—Me llamas cualquier cosa, Irina. Mi móvil estará encendido todo el tiempo…

—Vale, por nosotras no te preocupes. Mary y yo tendremos nuestra propia fiesta —dijo, guiñándole un ojo.

—¡Edward te espera abajo! —dijo Renée, entrando al cuarto.

—¿Y… Alice?

—Está dormida.

—Bien. Bueno, es mejor que baje, ¿no? —preguntó nerviosa, mirándose otra vez en el espejo.

—¡Ve de una vez, Bella! —dijo Irina, endilgándola suavemente hacia la puerta. Bella enderezó su espalda y caminó por el pasillo, escalera abajo con toda la seguridad con que fue capaz, haciendo de camino ejercicios de respiración.

Cuando llegó al salón, Edward que estaba mirado unas fotos enmarcadas de la familia que estaban sobre una mesa, desvió su vista hacia ella, quedando al instante completamente atónito. Bella aprovechó de echarle un vistazo rápido, viéndolo vestido completamente de negro, con jeans, un jersey de hilo y una casaca de cuero, además de llevar su cabello estaba mojado y despeinado.

Definitivamente el abogado Edward Cullen era un hombre muy, pero muy sexy vistiera como vistiera, comprobó Bella una vez más.

—Hola —saludó Bella. Pero Edward no respondió, aun en su estado de asombro.

El yo interno de Bella se irguió como un orgulloso pavo real. La mirada de Edward sobre ella la hacía sentir sensual y como siempre junto a él, más segura que nunca, concluyendo que sus tacones no le darían ningún problema, pues se sentía segura y muy capaz de andar sobre ellos, las horas que fuesen necesario.

~En Paralelo~

Adolecente en ebullición.

Así se sentía el abogado ante la sorprendentemente sexy figura de Bella. Él podría haber dicho que se trataba de una imagen angelical, ¿pero vestían los ángeles de esa manera? Ni en sus mejores sueños vio a Bella vestida así, pero gracias a todos los Santos del cielo, aquello no era un sueño, era la dulce realidad.

Sin dejar de mirarla de arriba abajo, tragó saliva, creyendo balbucear un saludo o algo como eso.

—¿Ya nos vamos? —preguntó Bella, escondiendo una sonrisita y balanceándose hacia adelante y hacia atrás en sus zapatos.

—¿A dónde? —preguntó Edward, como un bobo. Ella no pudo ahora esconder su risita, haciéndolo a él estrechar sus ojos y reaccionar de cierta forma.

"Esta pícara, sabe lo que está haciéndome…"

Ella, muy decidida, caminó hasta él y se empinó un poco para dejar un suave beso en sus labios, luego tomó su mano y lo guió hasta la puerta —No queremos ser los últimos en llegar, ¿no?

Edward sonrió y la cogió desde atrás por su cintura, apretándola fuerte a su cuerpo y hablándole oscuramente directo en su oreja —Espero que no tengas planeado regresar muy temprano a casa… esta noche no tengo ganas de dejarte ir muy pronto.

Ella se estremeció y volvió a carcajearse, aferrándose a los brazos de Edward que la rodeaban —¿Tengo una hija que cuidar, lo olvidas?

—Tu hija está en buenas manos, y está feliz de que salgas conmigo, además está muy bien cuidada, tu madre me lo dijo, así que no hay excusas —concluyó, dejando un beso en su cuello y aspirando de paso su perfume.

Después de subirse al coche, hicieron un trayecto hasta el centro de la ciudad, a unos veinte minutos de distancia de donde estaban. Edward le comentó que según James, sólo estarían los amigos más cercanos, y que esta vez pretendía manejar la fiesta, sin dar paso a altercados, cuestión que Edward por supuesto no creyó.

—Ah, por cierto —dijo él con tono despreocupado, mientras conducía —Luces fabulosa.

La vio de reojo mirarlo y sonreírle, sin él atreverse a quitar la vista del frente. Iba manejando y si desviaba la vista hacia ella, no resistiría el deseo de saltar sobre ella y…

—También te ves bien…

—¡Claro que no! Ni siquiera me esmeré —respondió él, agradecido de que ella lo haya sacado de sus pensamientos tan lascivos.

Llegaron al local que Victoria rentó para la fiesta, según el tiempo presupuestado. Edward ayudó a su chica a salir del carro y la llevó hacia adentro cogida muy cerca de su cuerpo por el costado de su cintura. Él pudo notar que ella se tensaba mientras llegaban a la entrada del local.

—Oye, relájate y disfruta, ¿sí? —la instó, dejando un beso en su sien. Ella lo miró y asintió con la cabeza.

La primera en acercárseles fue Tatianne, que de inmediato abrazó a Bella como si se tratara de un encuentro casual entre dos amigas de mucho tiempo. Edward agradeció ese detalle de su amiga, que sabía quería hacer sentir bien a Bella.

—¡Dios Bella, te ves estupenda! —exclamó Tatianne mirando el conjunto de Bella.

—Eh… gracias…

—Soy Tatianne, y nos conocimos en la fiesta de cumpleaños de Grace. Mi marido es Garrett a quien ya conoces.

—Claro, claro…

—Bueno Tatianne, es un gusto verte —dijo Edward, recuperando a bella junto a él— pero iremos a saludar al cumpleañero…

—¡No trajimos nada para él! —exclamó Bella, recordando que después de todo, venían a una fiesta de cumpleaños.

—No te aflijas, hermosa, nunca le regalamos nada.

—Es una tradición —agregó Tatianne, guiñándole un ojo.

La pareja caminó junto a la abogada hasta donde estaban el grupo de amigos, donde Edward les presentó a Bella como su pareja, además de otras personas que ni Edward ni Bella conocía. En total había unas cuarenta personas.

Todos fueron muy amables con ella, muy sociables, queriendo conocerla, pero Edward lo único que quería era apartarse de la gente y estar a solas con ella. Desde que llegaron al lugar, eso era lo único que él quería, hasta que eventualmente lo consiguió unos cuarenta minutos después de que ella bebiera un trago muy femenino que él no recordaba cómo se llamaba y que Tanya, una de sus amigas, pidió para ella, para brindar por el cumpleañero.

Con el segundo trago en la mano de ambos y con toda la discreción que pudo, después que varios de los comensales se fueran hasta la pista de baile a moverse al son de la música rock de Lenny Kravitz, Edward aprovechó de tomar a su chica por la cintura y apartarla hacia un costado alejado de todo el bullicio.

—¿Estás bien con tu trago? —preguntó él, aprisionándola entre la pared y su cuerpo. Ella levantó su copa y la llevó hasta su boca para beber un sorbo, mientras asentía afirmativamente, mirando con coquetería a Edward.

—¿Puedo probarlo? —preguntó acercándose a ella.

Ella quitó el vaso de su boca y lo extendió hasta los de él, pero Edward en vez de llevárselo a la boca y beber, lo sacó de sus manos y lo dejó sobre la mesa contigua, besando enseguida los labios frescos y dulces de Bella, que sabían exquisitos con la mezcla de vodka y frambuesa del trago.

Ella llevó sus manos hasta la solapara de su chaqueta y lo apretó a ella aún más y él sin perder tiempo la cogió ferozmente por la cintura, sintiendo el calor fluir en su interior. Mucho, mucho calor.

Allí, alejados del resto de gente, Bella y Edward comenzaron su propio baile sensual, ahora al ritmo erótico y sexual de Nine Inch Nails con Closer.

Saqueó su boca implacablemente sintiendo que eso no era suficiente. Él quería más, quería sentir el cuerpo de ella aún más pegado al de él… y ojalá sin nada de ropa entre ambos, fundiéndose sin remedio.

Cuando la respiración de los dos pidió una tregua, dejó su boca y recorrió su cuello al que ella le daba total acceso. Estaba seguro como nunca que ella en ese momento, también deseaba algo más.

—Edward… —ronroneó, usando sus uñas suavemente como rastrillo sobre su nuca.

—Larguémonos… larguémonos de aquí… —susurró muy cerca de su oído, mordisqueando el lóbulo de su oreja.

—¿Ahora?

Edward llevó su rostro hasta rozas su nariz a la de ella —Quiero estar a solas contigo —dijo roncamente, rosando sus labios.

—Pero… pero… hemos estado muy poco tiempo aquí…

—El suficiente. Ya conociste a mis amigos, y yo a los tuyos ¿O acaso te quieres quedar?

—Yo… yo… no lo sé…

Edward no dejó que respondiera, atacando una vez más su boca en un beso igual de voraz que el anterior. Ella respondió con el mismo ímpetu, abriendo su boca para él y retorciéndose de placer, no pudiendo evitar el gemido que brotó de su boca. Parecía que a medida que el sonido eléctrico de las guitarras que repiqueteaban ambientando la fiesta aumentaba y se hacía más potente, el calor en los cuerpos de esta pareja que se olvidaron de donde y con quienes estaban, aumentaba con consideración.

Era el momento.

Edward se apartó bruscamente, sin dejar su mirada hambrienta directo a los dilatados ojos de Bella, se apartó unos centímetros y con decisión señaló:

—Nos vamos.

Dicho esto y sin titubear, tomó una de las manos de ella y comenzó a caminar hacia la salida apresuradamente.

—¡Ey, a dónde van! —exclamó una voz femenina detrás de ellos, cuando se iban acercando a la puerta.

"¡Por un demonio!"

Había logrado eludir a los conocidos, precisamente para que no lo estorbara. Que salieran como escondidos podía parecer una descortesía, pero a él sinceramente poco le importaba, nada más quería estará en privado con ella.

—Uhm… nosotros… —Bella titubeó la respuesta a Jane, quien corrió tras ellos hasta alcanzarlos justo antes de la salida.

—Debo irme y quiero ocuparme de dejar a Bella… sana y salva en su casa —explicó Edward con impaciencia.

—¡Tanya y yo podemos llevarla! —ofreció la amiga.

—¡No! —exclamó el hombre con un poco de exasperación. Las dos mujeres lo miraron con sobresalto. Él sacudió la cabeza y agregó con más tranquilidad— Me refiero a que no es necesario, te lo agradezco.

—Gracias Jane, pero prefiero que Edward…

—Vale… a buen entendedor…—dijo Jane, apartándose de la pareja, haciendo un saludo de despedida por su mano. Edward alcanzó a percatarse de la mirada ladina que la rubia mujer le dio a Bella, haciendo notar que entendía que la fiesta para ellos no se había acabado. Al menos la fiesta privada que él llevaba en mente desatar en la soledad de su apartamento.

—¿Y si alguien pregunta? —consultó Bella, cuando Edward subió en el asiento del conductor.

—Me importa un comino —respondió él, echando a andar el Mercedes a toda velocidad. De camino, se percató que Bella no apartó su vista de la ventana, mientras sus dedos se retorcían sobre su regazo. Él alcanzó las manos de ella con su derecha, dándole un suave apretón.

—Háblame, pareces nerviosa —a sus palabras, Bella giró su vista hacia él y aunque el coche estaba a oscuras, él adivinó el sonrojo de sus pómulos.— Perdona que haya reaccionado así, pero no puedo evitarlo. Estoy fantaseando con estar a solas contigo, de verdad lo deseo, pero si quieres, nos regresamos o podemos…

—Quiero estar a solas también contigo, Edward.

Él atrajo la mano izquierda de Bella y la llevó a sus labios, relajándose. No quería presionarla, pues ambos sabían a lo que iban, y no precisamente para hablar sobre el clima. Sabía que quizás el temor de ella iba por ese lado, y temía que pudiera arrepentirse de estar con él… íntimamente.

—Seguiré tus instrucciones y no haré nada que tú no quieras. Llevas las riendas esta noche, hermosa… —aseveró para relajarla, dando otro beso en la palma de su mano una vez más.

—¿Seguirás mis instrucciones? —preguntó, torciendo su boca en una sonrisa pícara. Él esbozó una gran sonrisa y asintió con la cabeza— Pues bien, acelere entonces abogado, quiero llegar pronto a su piso y estar a solas con usted.

—A sus órdenes, señora Swan.

Pisó el acelerador, agarrando todas las luces verdes de los semáforos que se desplegaban por la avenida que lo llevaba hasta su edificio, al que llegó en quince rápidos minutos. Bajó directo hasta el estacionamiento subterráneo, saliendo ambos apresuradamente del coche cuando estuvo detenido y aparcado en su sitio. Tuvieron que aguantarse una buena sesión de besos en el elevador, por respeto a un matrimonio y su hija que los acompañaron en el viaje en ascenso.

Hasta que por fin y con mucha fluidez, Edward abrió la puerta de su piso y sin siquiera encender las luces, acorraló a Bella en la muralla frente a la entrada, cerrando la puerta hacia atrás con su pie.

Sin dejar que su lengua explorara la boca de ella, sus manos recorrieron sus costados sinuosamente, desde los hombros, bajando por sus brazos, pasando por el contorno de sus pechos, descendiendo hasta sus muslos, los que en un impulso alzó para que lo rodearan por la cintura. Ella tironeaba su cabello y gemía en su boca, frotándose a él sobre su prominente erección.

—Por todos los cielos… te deseo… te deseo… —declaró él sobre los labios de Bella, apretando con ambas manos su trasero y volviendo a atacar su boca. Ella nada más gemía y respondía a su toque, entregándose a él poco a poco.

Sin preguntar nada, sujetó a Bella contra su pecho, sosteniéndola por su cintura, con sus piernas aun rodeando su cadera y caminó con ella directo a su cuarto, mientras ella con su boca se paseaba de arriba abajo por su cuello.

En el cuarto, dejó a Bella sobre la cama y frente a él, quien respiraba con dificultad y lo observaba con deseo. Se quitó fluidamente la chaqueta y enseguida de un movimiento su suéter, quedando a torso desnudo.

Ella, tomando la iniciativa, se quitó sus zapatos e hincándose sobre la cama, arrancó su linda chaqueta de cuero y su camiseta de los Rolling Stone, lanzándola lejos, quedando ante él sólo en sus pantalones de cuero y su lindo sujetador de encaje negro.

—¡Válgame Dios, si eres una visión! —exclamó él, caminando hacia Bella y tomando la misma postura sobre la cama frente a ella— Eres hermosa… —susurró, delineando el contorno del sujetador hasta alcanzar las copas, mientras ella inclinaba su cabeza hacia atrás, disfrutando del sutil toque. Alcanzó luego su mentón y lo inclinó para que lo mirara— Dudo que ahora pueda hacerlo, pero si quieres que me detenga…

—Por nada de este mundo te detengas, Edward —concluyo ella, acercándose a él y acomodándose a horcajadas sobre sus piernas, agarrándolo del cuello y besándolo apasionadamente una vez más.

Edward la impulsó hacia atrás para caer sobre ella encima de su cama y sin pedir autorización, llevó sus manos hasta los botones del estrecho pantalón de cuero, empezando a desabrocharlos lentamente. Ella, aleonada por la pasión, hizo lo mismo con los pantalones de Edward, no apartando la vista el uno del otro en ningún momento. De un tiró, Edward quitó el pantalón del cuerpo de Bella y enseguida se deshizo del suyo, comenzando a perder el control frente a la hermosa figura semidesnuda que tenía frente a él.

Se acomodó sobre ella, sujetando su cuerpo por los codos para no aplastarla y son su nariz pegada a la de ella, ultimó —Voy a hacerte el amor, ahora.

Sin mediar más palabras, los labios de ambos se reencontraron y ambas manos comenzaron una expedición por el cuerpo del otro. Él sentía los rastros de fuego que iban dejando las pequeñas manos de Bella sobre su piel ya ardiendo, mientras él buscaba por su espalda el broche para quitar el sujetador hasta que lo consiguió, bajando su boca hasta los erectos y firmes pechos de Bella, mordisqueando uno y otro pezón, bajando por su torso hasta su ombligo y más abajo hasta dar con el borde de sus ahora húmedas bragas.

Bella estaba completamente perdida y extasiada en los besos, las manos y el cuerpo de Edward, que incluso lanzaba gimoteos de protesta cuando este se apartaba un poco. Casi se vuelve loca cuando él metió su mano bajo su calzón y masajeó con la palma de su mano su mojada entrepierna, arqueándose, lista para su primer orgasmo, el que llegó rápido y con el nombre de Edward gritando sin miramientos.

Edward quitó de una vez el resto de ropa que quedaba en ambos y alcanzó su velador, sacando del cajón de este, un condón. Regresó hacia ella rápidamente, que aun se estaba recuperando, cerniéndose sobre ella con delicadeza y enseñándole el elemento de protección. Ella observó el condón y luego a él, y en un sorpresivo movimiento, quitó el condón de sus manos y lo lanzó lejos. Edward la miró con una mezcla de asombro y confusión.

—No quiero nada entre tú y yo. Confío en ti, Edward y quiero que también confíes en mí, además tengo la pila que…

No alcanzó a decir más, pues Edward, totalmente hipnotizado por sus palabras, la besó. Ella así, se abrió completamente a él y se entregó en un grito de estremecimiento y placer cuando él se adentró en su cuerpo cálido, gimiendo una y otra vez su nombre, tal y como ella lo hacía.

Nunca antes ella se había sentido así. Nunca antes la necesidad de sentir se había hecho tan imperante como en ese momento. Ni siquiera la primera vez que hizo el amor, pues esta era como su primera vez. Era como sentir por vez primera el fuego consumirle por dentro, ambicionando cada vez más.

Se estaban amando en cuerpo y alma, entregándose por completo al otro, olvidándose de lo demás, dejando atrás penurias y llantos.

Desde allí, algo fuerte y contundente los unía, más allá de aquel primer encuentro sexual, el que en realidad era mucho más que sexo. Él sentía que a su alrededor todo había desaparecido, que nada más existía ella, que no había pasado y que el futuro era posible sólo a su lado. La desesperación por tenerla completamente era tan grande que lo abrumaba.

En medio de los movimientos acompasados de ambos, de sus manos y sus labios buscándose, de los jadeos y gemidos, de las exclamaciones y los gritos de placer, había dos corazones que estaban latiendo con el despertar de este nuevo amor.

Con Bella arañando la espalda de Edward y exigiendo más, llegó a su segundo y avasallador orgasmo que estalló en ella como una bomba atómica, seguida por Edward que no dejó de gritar su nombre, aferrando su cintura con ambas manos y con su rostro escondido en el hueco de su cuello, dejando su ardiente liberación inundar el interior de Bella

—Dios, Bella, yo te quiero tanto, tanto… —confesó, recuperando el hilo de su cordura y su respiración. Ella lo envolvió con sus brazos y piernas, apretando su boca al oído de Edward.

—También te quiero… más de lo que pensaba —declaró, estremeciendo el corazón de Edward, quien la apretó aun más a él. Alzó su rostro del cuello de ella para mirarla directo a los ojos, grandes, dilatados y oscuros.

—Mi Bella… no dejaré que nada ni mucho menos nadie te aparte de mi —Besó esta vez con suavidad su labios, sintiendo ahora las manos de ella acariciar suavemente su cabello húmedo.

—Ni yo dejaré que eso pase, Edward.

Edward le sonrió y se giró, tomando su cuerpo desnudo para situarla sobre el suyo, abrazándola por la cintura, mientras peinaba tiernamente su cabello revuelto, recorriendo ella a su vez perezosamente los brazos y el pecho fuerte de Edward, oyendo el constante golpeteo de su corazón con su oído sobre su pecho.

―Nunca… nunca había sentido esto… fue maravilloso, Edward.

―Haré que se repita tantas veces me sea posible, Bella. Hace tiempo… mucho tiempo no me sentía así.

Ella alzó su rostro y afirmó suavemente su mentón sobre el pecho de Edward para mirarle ―¿Así cómo?

Él torció su boca y acarició su nariz con su dedo índice ―Pleno, Bella. Llegué a perder las esperanzas de sentirme así, totalmente seguro de que estaba haciendo el amor y que no era sólo sexo por sexo.

Ella mostró sus blancos dientes en una hermosa y sincera sonrisa, alzándose un poco para besarlo con ternura ―Y yo estoy ahora convencida, que nunca antes había hecho el amor… hasta hoy.

Edward pudo ver la verdad de esa aseveración en los ojos de Bella, la misma verdad que él confirmó esa noche.

Tomó el rostro de Bella y una vez más besó sus labios con adoración y ternura, entrega y compromiso, sintiendo la necesidad, otra vez, de sentirla acoplada a él como hace momento atrás.

Ella ciertamente no opuso resistencia, simplemente, y como había sido la tónica desde que lo conoció, una vez más se dejó llevar para hacer el amor sin apuros.

Romanticismo y eros conjugados perfectamente entre ambos, el placer absoluto de dos cuerpos que saciaban su sed de amor lentamente, hasta que la primera luz de la mañana se asomó por las ventanas de la recamara.

/E.P/

Edward aparcó en las afueras de la casa de sus padres y lanzó un suspiro. Seguro debería de enfrentar a su madre, que seguiría lanzando dagas en contra de su relación con Bella, cuestión que le molestaba sobremanera y le entristecía de igual forma, pero que no lo amedrentaría ni lo haría dar marcha atrás.

Era domingo y él hubiese deseado quedarse relajadamente encerrado en su apartamento con Bella, sin que nadie los interrumpiera. Y no estaba pensando en lo meramente sexual, que dicho sea de paso lo dejó alucinando y deseando más. Fue increíble, hace mucho tiempo que no se sentía así de pleno y dichoso, sabiendo que verdaderamente estaba haciendo el amor.

Pero ya hablaría de pasar más tiempo con ella, cuando lo de su divorcio se concretara, y si todo salía bien en el careo del día miércoles, las cosas se resolverían para ella y quedaría divorciada de hecho de Whitlock.

"¿Sería muy pronto para plantearse a la idea de vivir con ella…?" Meditó.

—Vale Edward, cálmate —se dijo risueño, bajando finalmente del carro.

Cuando entró a la casa, Rosalie lo recibió con una sonrisa nerviosa, a lo que Edward frunció su cejo extrañado:

—¿Está todo bien, Rosalie?

—Uhm… se pude decir que sí… —respondió titubeante, después de saludar con un beso en la mejilla a Edward.

—¿Qué sucede?

—Lo que pasa es que…

Rosalie no alcanzó a contarle a Edward el motivo de su incomodidad, cuando quien lo provocaba, apareció en la sala, acompañada de su madre y su pequeña hija. El abogado miró con pasmo la imagen de la mujer esa en casa de sus padres, y antes que él pudiera preguntar qué rayos hacía ella aquí, su hija se lo dijo:

—¡Mira papi, la maestra Giuliana vino de visita! —exclamó Grace, corriendo hasta su padre, a quien agarró de la mano, tironeando de sus dedos.

Esme miró con agrado a la italiana y de regreso a su hijo, mientras Giuliana sonreía también con amabilidad y rastro de triunfo. Edward por cierto no estaba seguro de cómo reaccionar estando su hija presente allí. Ya le parecía raro que Giuliana hubiese estado tan quieta después de su encuentro con él.

—¿Papi? ¿Recuerdas a la maestra?

—Uhm… sí, cariño —le dijo a su hija, acariciándole la cabeza. Luego levantó su vista hasta la italiana y con tono cortante saludó— Señorita Santarelli.

—Espero que no le moleste mi visita, signor Cullen…

—¡Oh, claro que no le molesta! —exclamó Esme, abrazando a la recién llegada por los hombros— Seguro es un gusto volverla a ver, ¿verdad Edward?

A Edward le olió muy mal esa familiaridad entre su madre y Giuliana. No le gustaba para nada. Miró a la italiana sin esconder su malestar, a lo que ella respondió con una sonrisa altiva y desafiante.

—Bueno, vamos a la mesa, ya es hora de comer —indicó Esme.

—Yo la verdad —interrumpió Edward, antes que su madre y la visita dieran media vuelta hasta el comedor— No me quedaré a comer. Venía a por a Grace y a preguntarle si quería hacer algo divertido esta tarde…

La niña miró expectante a su padre —¿Algo divertido? ¿Cómo de divertido, papi?

—Uhm… —pensó él, siguiendo el juego de su hija— como lo de las pizzas de la otra noche…

—¿Con Bella y con Beth? —preguntó la niña, con ojos curiosos, tironeando el brazo de su padre por una respuesta y olvidándose completamente de la visita de su ex maestra de italiano.

Edward no pudo verlo, pero Esme, Giuliana y Rosalie —espectadora silenciosa— dieron un respingo cuando él despreocupadamente y muy sonriente respondió a su hija con un innegable: —Sí, con Bella y su hija.

—¿Con la señorita Swan, la maestra de Grace?

—Con la señorita Swan, la maestra de Grace, mi pareja, madre —respondió Edward a su madre con voz segura y sin lugar a dudas.

El rostro de Esme se descompuso y su cuerpo se tensó ante el reconocimientos de su hijo, que tuvo que soltar a la invitada, dando dos pasos hacia él —¿Puedo tener unas palabras a solas contigo, Edward? —enseguida se giró y pidió a Rosalie que acompañara a su invitada al comedor y que se llevara a Grace con ellas.

—Prepárate hija, nos vamos en unos minutos —indicó Edward a su hija, quien sola corrió seguro a prepararse para salir. La italiana, que quería oír esa conversación, fue sacada del salón principal por Rosalie, que miraba con recelo a la mujer esa.

Cuando madre e hijo estuvieron solos, le increpó —¡¿Vas a seguir con esa estupidez?! ¿Te das cuenta de la confusión que le causarás a Grace con esta… relación? ¡A penas conoces a esa mujer, ¿no te das cuenta?!

—No, no me doy cuenta. Todavía no me cabe en la cabeza cuál es tu maldito problema con el que yo rehaga mi vida… —gruñó entre dientes, apretando sus puños.

—¡Cuida tu tono, sigo siendo tu madre!

—Entonces respeta mis decisiones. ¿Cómo crees que me siento cuando sé que no me apoyas y te niegas a la idea de que pueda ser feliz con ella?

—¡Es muy pronto! Le estás faltando el respeto a Lauren y a Elizabeth…

—¡No metas a mi Elizabeth en esto! —exclamó alzando la voz. Cerró los ojo e inspiró aire por la nariz para calmarse —Mi hija estaría feliz, igual como Grace lo está, de eso estoy seguro. Y Lauren, ella me ha prestado un apoyo total en esto.

Esme pasó por alto las explicaciones claras de su hijo, haciendo notar su postura nuevamente —No estoy de acuerdo con que tengas una relación con la maestra de tu hija, no lo apruebo.

—Pues mal por ti, porque no es una decisión que te atañe. Soy un adulto, responsable por lo demás y no un adolecente. Así que lo lamento por ti —dijo, antes de salir rumbo dentro de la casa por su hija.

—¿Te llevarás a la niña de aquí, de la casa de sus abuelos, para pasar tiempo con una desconocida?

Él podría haber estallado en gritos de furia contra su madre, pero sabía que no era la mejor manera de reaccionar, así que sólo la miró y negó con la cabeza —Te desconozco, mamá.

Sin más caminó un par de metros, pasando por el comedor, donde su cuñada y la italiana estaban al parecer hablando de algo, dirigiéndoles a penas la mirada. Ya había tenido un encuentro con su madre, no le apetecía tener otro con esa mujer, así que se fue directo hasta encontrar a su hija, que estaba casi lista para salir con él.

—¿Nos vamos, entonces?

—¡Sí papi!

—Despídete de la abuela y de tía Rose.

—Y de la maestra Giuliana también — acotó la niña.

—Sí, también. Mientras llamaré a Bella para decirles que vamos de camino a su casa.

—¿A su casa? — preguntó la niña con asombro. Él le guiñó un ojo a su hija y asintió:

—Sí, a su casa. Verás lo bien que la pasamos.

—¡Genial!

La niña salió corriendo al comedor, mientras él sacaba su teléfono para llamarle a Bella y ver que ella no tuviera problema con esta idea tan repentina de ir hasta su casa con su hija.

De cualquier modo, Charlie y Renée sabían de Grace desde el primer día que él fue a su casa, siendo interrogado por el padre de Bella, habiéndole dicho este que le gustaría conocerla, pues se llevaba bien con los niños. Bien, pues ese sería el día. Al menos los padres de Bella estaban siendo más acogedores con él y con Bella, que su misma madre.

Estaba a punto de marcarle, cuando fue groseramente interrumpido: —Caro

—¡No me llames así! —le increpó a la italiana, pero ella pasó por alto ese llamado de atención.

—Quédate aquí, caro. Tu madre está siendo muy amable conmigo…

—No entiendo que pretendes, Giuliana.

—¡A ti! Te pretendo a ti, y has de saber que soy tu mejor opción, no hay que ser mentalista para darse cuenta que tu madre no ve con buenos ojos tu relación con esa mujercita

—¡Más cuidado como te refieres a ella! —le regañó, al ver como ella se refería con menosprecio a su Bella.

Maledetta donna —escupió la italiana.

—Que sea esta la última vez, Giuliana—advirtió Edward, bajando su voz hasta un susurro amenazante hacia ella —Que sea la última vez que te veo cerca de alguien de mi familia, en esta casa o en mi oficina. No te quiero cerca, te lo dije con buenas palabras, pero no has entendido.

—A tu madre le caigo bien…

—Le caerás bien hasta que sepa cómo fue que tú y yo nos relacionamos… así que no me obligues a dejarte en vergüenza. Apártate de una vez, y no me obligues a olvidar que eres una dama, porque si te vuelvo a ver cerca, te arrastraré lejos así sea de las greñas, ¿me oyes?

Y antes de que la italiana contestara, y para ahorrarse más discusiones, la dejó sola, saliendo en busca de su hija.

La mujer italiana se cruzó de brazos viéndole marchar, pero aun así y aunque su amore se hubiese ido, se sentía que por lo menos había ganado algo importante: la simpatía de Esme Cullen, que para su favor, sentía una animadversión por la mujercita esa que estaba pasando el tiempo con su hombre. Eso la ayudaría a apartarla de Edward, pues seguramente la mosquita esa no soportaría que Edward estuviese riñendo con su madre por su culpa, por lo que se alejaría de él, dejándole el camino libre a ella. Y mientras eso pasaba, ella se ganaba la confianza de su futura suegra, haciéndole las cosas mucho más fáciles.

No tenía miedo que Edward revelara su verdad, sobre la relación extra marital que tuvo con él, pues se excusaría en el tremendo amor que le tenía y en las falsas esperanzas que él le dio. Además, Edward no era tan estúpido como para echarle más leña al fuego en la relación con su madre, pues si ella sabía que engañó a su esposa, seguro sería el quiebre definitivo entre la relación madre e hijo, así que no creía en las amenazas de Edward.

Finalmente sonrió sintiéndose satisfecha y recordando que llegar allí no había sido nada de difícil. Esa mañana se presentó en la casa, después de averiguar la dirección, con la intención de saber por su alumna Grace y darle una sorpresa. Cuando la niña la vio allí, se alegró mucho y le contó a su abuela quien era ella. Eso fue suficiente para que Esme le diera la bienvenida en la casa y la acogiera amablemente.

"¡Ay Giuliana!, no te desesperes, el amor siempre vence y tu amor por Edward es grande y se verá retribuido de igual forma, como debe de ser." Se animó.

Arregló su cabello y su ropa, y se fue hasta el comedor para mostrarle su simpatía a la pobre Esme, y comenzar a pavimentar su llegada a la familia Cullen.