29. Hablando a tu corazón.

"Solita el alma contempla, las huellas de tu querer,

Y entre la noche suspira mi alma por volverte a ver…"

~En Paralelo~

Edward llegó hasta el restaurante donde coordinó con Charlie Swan para almorzar. Fue sorpresivo para el abogado que se comunicara con él y le pidiera esa cita. Edward pensó, y con toda razón, que el padre de Bella —quien dicho sea de paso no contestaba a sus llamadas ni respondía a sus mensajes— quería reunirse con él para increparlo.

Pero no fue así, muy por el contrario.

Cuando se encontraron, Charlie se apresuró a levantarse y saludar con un abrazo fraternal a Edward.

—¿Cómo estás, Charlie, cómo ha ido todo? —preguntó, sentándose a la mesa junto a él.

—Estoy… tranquilo… o más o menos…

—¿Qué pasa, de qué se trata? —insistió Edward.

Charlie frunció el entrecejo y cruzó sus manos sobre la mesa, jugueteando nerviosamente con sus dedos —Bueno, comprenderás que la ausencia de mi Alice sigue doliéndome… pero siento un poco más de paz ahora que han pasado los meses.

—Se hará más llevadero con el tiempo, Charlie —indicó el abogado, entendiendo perfectamente lo que significaban esas palabras.

—Lo sé. Ahora, con esto de que Bella y tú están teniendo problemas, los que espero se resuelvan pronto, Edward —dijo, entornando sus ojos hacia el abogado, quien más que un oír eso como un simple comentario, lo oyó más bien como una sutil exigencia, que él esperaba con todo su corazón que así fuera. Así que asintió y dejó que él continuara —Pero lo que me preocupa ahora es… es mi nietecita...

—¡¿Qué sucede con Beth?! —preguntó el abogado con alarma en su voz.

—Nada, nada… es sólo que, Bella habló con nosotros ayer a la hora de cenar y nos dijo que Jasper había regresado después de desaparecerse el muy maldito y salió con que ahora quiere ocuparse de ella, ¿te das cuenta? Y Bella insiste en confiar en él, y lo peor es que ese tipo ha visto a mi nieta, porque Bella la ha llevado con él a mis malditas espaldas… ¿tú sabías de todo esto, Edward?

Edward torció la boca —Pues digamos que sí…

—¡Diablos, Edward! ¿Cómo no la persuadiste de que no lo hiciera, que no volviera a confiar en ese tipo?

—Charlie, antes que nada, debes saber que legalmente Bella debe autorizar las visitas de Jasper a Beth. Si no lo hace, eso puede jugar en su contra. Ahora, Bella no confiaría en él de buenas a primeras; además piensa en Beth, en lo importante que es y será para ella contar con su padre…

—¡Yo puedo ser su padre! ¡Tú puedes ser su padre!

—Claro, cierto… pero ese vínculo no se puede cortar. Si Bella se lo permitió, es por algo —dijo, lamentándose internamente porque confiar en Bella es lo que tendría que haber hecho sobre ese tema, y nada de aquello estaría pasando. Sacudió sus lamentos internos y continuó— Y la única manera en que él puede demostrar lo arrepentido que está, es mediante la relación con Beth, Bella dará fe de eso.

—Me cuesta, ¿sabes? Pensar en que ese tipejo desgració la vida de mis hijas y que ahora venga muy tranquilamente arrepentido, a pedir perdón… no sé… yo sólo quería estar tranquilo y él reaparece haciendo fluir lo peor dentro de mi… —admitió, cerrando los ojos.

—Nada puedes hacer, fuera de confiar… pero más que confiar en él, confía en el buen criterio de Bella y hazlo por el bienestar y futuro de tu nieta. Que crezca con sus dos padres a su lado, queriéndola, aunque sea por separado, será importante para ella, evitarán un montón de problemas a futuro con su autoestima y todo eso.

—Está bien, me lo tomaré con calma, pero tendré un ojo sobre ese tipo, no dejaré que le haga más daño a mi hija y mucho menos a mi nieta.

—No pasará.

—Y tú, Edward, no demores en arreglar las cosas con Bella. Se te echa de menos por la casa, y Beth también te extraña…

—Y yo a ella, Charlie, no sabes cuánto —reconoció Edward con toda sinceridad.

/E.P/

Edward, esa misma tarde, tenía una cita para cenar en casa de sus padres. Allí estaban todos, incluso Lauren y su hija, quien estaba en perfectas condiciones para retomar su habitualidad. Por eso que no hubo problema en llevarla a casa de sus padres aquel día.

Para cuando Edward llegó, su pequeña ya se encontraba allí, pero hubo algo que le preocupó: estaba sentada sobre el sofá blanco de la sala, a solas, mirando hacia algún lado sin importancia, con su ceño y su boca fruncidos y sus brazos cruzados bajo su pecho.

—Hola, mi amor —dijo Edward, acercándose a ella, sentándose a su lado y dejando un beso sobre su cabeza.

—¿Tendré que volver a decirle "maestra" a Bella? —preguntó de sopetón la niña. Edward dio un leve respingo y se reacomodó en su sitio.

—¿Por qué… por qué lo dices?

—Porque ya no vamos a su casa, ya no la tomas de la mano ni le das besos. No vamos juntos a ver a Beth o a los nonnos y no quiso venir hoy cuando la invité…

"¡Diablos!"

—¿Ya no la quieres? —preguntó la niña, torciendo su cabecita con un dejo de tristeza en sus ojos.

—No, no se trata de eso…

—¿Ella ya no te quiere? —Siguió ella echando fuera sus preocupaciones— ¿No nos quiere?

—No, cielo, nada de eso —respondió rotundamente Edward, para darle tranquilidad a su hija. La tomó y la sentó sobre sus piernas— Cariño… a veces… a veces nos enfadamos, ya sabes… pero eso no significa que el cariño se haya disuelto. Es como… es como cuando Lizzie y tú peleaban, ¿lo recuerdas?

—Lizzie me jalaba el pelo bien duro… —recordó con una mueca.

—¿Y tú dejabas de quererla por eso alguna vez?

—No, nunca.

—¿Lo ves? Son sólo malos momentos, discusiones que tarde o temprano se arreglarán —explicó el abogado a su hija.

—Uhm… —pensó la niña, jugueteando con los botones negros de la chaqueta de su padre— ¿Pero cuándo?

"Buena pregunta"

—Pronto… de verdad espero que pronto —respondió Edward, deseando que en verdad todo se arreglara muy pronto.

—Hay otra cosa que he pensado, papi —dijo la niña después de un momento de silencio, abrazada al cuerpo de su papá. Él se había echado hacia atrás, afirmando su espalda sobre el respaldo de sofá muy relajadamente, llevándose con él a su hija.

—Dime que has pensado —animó Edward a su hija a decírselo, mientras sonreía.

—¿Crees que Lizzie se puede molestar si yo llego a tener otra hermana?

"Definitivamente su hija de siete años, pensaba demasiado"

—¿Otra… otra hermana? ¿Lo dices por… lo dices por Beth?

—No, no por Beth… —negó ella con la cabeza— Hoy cuando regresé a clases, una de mis amigas, contó que su mamá estaba esperando un hermanito para ella en su nuevo segundo matrimonio. Ella dice que los papás se pueden casar muchas veces y que pueden tener más hijos y yo pensaba… que si tú estás con Bella y la quieres mucho… ¿pueden hacer para Beth y para mí una hermana nueva?

Edward tragó grueso. ¡Bendito Dios! Él no podría ser más feliz con la idea de tener un hijo con Bella, y darle a su hija un hermanito, como ella decía. No podría con la dicha de verla cargar en sus entrañas un bebé de ambos, concebido por ambos… pero antes que eso pasara, habían unas cosas de las que debía ocuparse primero: recuperar a Bella, segundo de llevarse a vivir con él —bajo el sagrado vínculo del matrimonio o no—. También debían ver eso de los problemas de concepción de Bella y ver cuáles eran sus probabilidades reales. Pero lo más importante era lograr que ella regresara a su lado. Durante esos días que siguieron a su último encuentro con ella, había estado escondido tras su pena y su miedo y no había actuado por acercársele, más que enviarle mensaje y llamarla por teléfono, llamadas que ella nunca contestó. Debía hacer algo efectivo, pero sus ideas estaban en negro y nada se le ocurría.

—¿Papi?

—Nena, perdona, me distraje…

—Te preguntaba sobre la idea de una hermana nueva para mí y si Lizzie podía enfadarse.

—Claro… bueno, sobre si Lizzie se enfadaría, pues olvídalo, por supuesto que no lo haría. Ella no podía más con su felicidad cuando supo que tú llegarías a acompañarla, por lo tanto, ella ha de sentirse feliz cuando lo de un nuevo hermanito para ti suceda —explicó Edward, jurándose que eso del nuevo hermanito para su Grace sucedería, por lo que se aventuró a prometerle a su hija— Tendrás tu hermanito, lo prometo. Bella y yo trabajaremos en ello. Pero antes, debo arreglar unas cosas con ella, porque como te dije antes, aunque ella y yo hayamos discutido, nos amamos, y cuando las personas se aman…

—Deben estar juntas —completó Grace la frase, recordando que eso fue lo que su madre le dijo cuando le explicó sobre la relación entre Edward y Bella. Edward sonrió con ternura y besó fuertemente la cabeza de su hija.

Ella se quedó tranquila y confiada de que su padre, como siempre lo había hecho, cumpliría su promesa. Él siempre lo hacía, esta vez no tenía por qué ser diferente.

/E.P/

Al abogado Cullen lo sobresaltó el estrepitoso cierre de la puerta de su oficina. Levantó la vista y vio a su fiel ayudante Seth afirmado sobre esta, respirando pesado y un poco nervioso. Recordó la vez aquella cuando la italiana llegó por primera vez a visitarlo allí. El rostro anonadado de Seth era ahora el mismo de aquella vez… "¡Oh, demonios…!"

—¿Qué? —preguntó a su ayudante, que seguía parado bloqueando la puerta.

—Lo buscan…

"No, por Dios"

—¿Quién? ¿Una mujer?

—No, no una… son seis… y parece están un poco molestas…

—¡¿Seis?! —Preguntó el abogado, frunciendo con confusión su entrecejo— ¿Pero quiénes son?

Seth estaba a punto de responderle cuando detrás de él la puerta se abrió sin previo aviso y lo empujó hacia adelante, casi haciéndolo caer.

Como siempre lo hacía, Tatianne entró a su despacho sin anunciarse. Esta vez venía con un semblante altivo y lleno de enfado. Al igual que las cinco mujeres que desfilaron hacia adentro detrás de ella, sin siquiera pedir permiso y apenas mirando al abogado y su ayudante, quienes observaban sin entender nada.

Tras Tatianne, entró Lauren, Rosalie, Victoria, Tanya y Jane, estás tres últimas amigas de Bella, por lo que Edward adivinó que se trataba sobre ella. Seth junto a él miraba alternadamente a las mujeres y luego al abogado, esperando indicaciones. Edward no estaba seguro si pedirle a su ayudante que lo dejara a solas con las seis damas, porque la actitud de cada una de ellas, como si quisieran saltar sobre él y golpear, hacía que se sintiese temeroso.

"Cobarde…"

—Ejem… ¿señoras, las puedo ayudar?

—No, no puedes —respondió Tatianne, cruzándose de brazos, al igual que el resto de las cinco, de pie frente a él.

—¿Entonces?

—Parece que somos nosotras las que lo tendremos que ayudar a usted, abogado —dijo la loca Victoria, taladrándole con los ojos.

—Me parece que no comprendo…

—¿No comprende?— preguntó con ironía la rubia amiga de Bella, Tanya —Ayer por la tarde estuvimos con Bella. Se supone era un momento para que nos divirtiéramos, ¿y sabe lo único que hizo ella? Llorar. Por su maldita culpa, abogado, porque fue tan bruto de pensar mal de ella en el momento en que ella lo necesitaba.

—No quiso perdonarme —dijo en un susurro, comenzando a sentir con fuerza la quemazón de dolor en su pecho que ya era habitual en él durante esos últimos días.

Tanya habló ahora: —Pero parece que para usted eso es suficiente, y ahora está sentado bajo los laureles, dejando pasar el tiempo… si no ha hecho nada más por acercarse a ella, significa que usted en verdad no la quiere como…

Eso a Edward lo molestó, exclamando de regreso a la otra rubia —¡No digas tonterías! ¡Yo la amo!

—Bueno, pues déjame recordarte, cuñado —intervino Rosalie— que eso no se dice, se demuestra.

—¡¿Y qué quieres que haga, eh?! —le respondió, dando luego una mirada a todo el aquelarre frente a él— ¡Qué quieren que haga, más que darle tiempo! Ella no quiere… ella no quiere que las cosas sean como antes… pero eso no significa que yo acepte eso, nada más le estoy dejando espacio para…

—Para que otros metan sus narices… —interrumpió Lauren.

—¿Qué otros? ¿De qué hablas, Lauren? ¿Lo dices por Jasper? —le preguntó Edward, con su furia comenzando a elevarse dentro de él.

—No, Edward. Jacob Black, el psicólogo de la escuela la invitó a cenar… y ella le dijo que sí.

Menuda bomba soltó Lauren. La cara de Edward pasó de la duda, hacia la confusión, quedándose en la ira. ¿Qué ese loquero estaba acercándose a Bella? ¿Y ella había aceptado? No, eso sí que no lo permitiría. Se giró hacia la percha donde colgaba su chaqueta y se la puso.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó Lauren.

—Voy a dejarle un par de cosas claras a ese loquero…

—¡Alto ahí, Cullen! —exclamó Tatianne, dando un paso hacia él para detenerlo. Así de enojado como estaba, él era capaz de molerlo a golpes sin dialogar antes. Por otro lado… ¿qué iba a saber ella que aquella mentirita piadosa iba a causar ese efecto en el abogado?

—¡Qué alto ahí ni qué nada! —exclamó, furioso, caminando hacia la puerta.

—No pierda su tiempo con Jacob —dijo tranquilamente Victoria— Ella le dijo que sí, pero nosotros vamos a hacer que desista de ir con él.

El furioso abogado no llegó a tomar el pomo de la puerta, aunque su intención era salir de allí y enfrentar al tipo ese para dejarle un par de cosas claras, pero la tranquila admisión de la loca colorina, lo detuvo. Se giró sobre si y miró a las expectantes brujas frente a él.

—¿Por qué están aquí? Fuera de hacerme sentir más miserable de lo que ya me siento.

—Tenemos un plan, ya que usted está esperando una señal divina para actuar —destilaba ironía la colorina esposa de James. Él bufó y se tragó la respuesta que deseaba darle a aquella mujercita.

—Mira, Edward, ni tu ni ella se merecen lo que está pasando, pero debes insistir; fuiste tú el que cometió el error —intervino Rosalie, sintiendo un poco de pena por su cuñado.

Él puso las manos en sus caderas, bajó la cabeza y suspiró con pesadez —Lo reconozco, no sé qué más hacer. No contesta mis llamadas, ni mis mensajes. No quiere que me acerque… me estoy volviendo loco… la extraño… y la voy a perder. Cometí un error, lo sé, pero…

—Está bien, está bien… —dijo Tatianne, levantando las manos hacia Edward para que se detuviera con su lamento— Ahora Edward, presta atención. Aquí con las chicas tenemos un plan para ayudarte. Pero tendrás que poner de tu parte… además de soltar unos buenos billetes para pagar los gastos de operación y esas cosas, tú sabes.

Edward estrechó sus ojos hacia su amiga, la que sonreía con satisfacción. Luego suspiró y asintió con la cabeza. Quizás qué cosas se les había ocurrido a estas seis mujeres… pero probaría con lo que fuera para recuperar a Bella.

—Eh… este… ¿quiere que me retire? —el ayudante de Edward, Seth, que se había mantenido quieto y absorto por todo lo que estaba viendo en la oficina de su jefe, decidió despabilarse y darles un poco de privacidad. No querría que esas seis mujeres la agarraran contra él también. Antes de Edward decirle que saliera, Tatianne miró al pasante y le sonrió:

—No, Seth, tú te quedas, porque tendrás que ayudarnos también.

—¡Lo que usted diga, señora! —respondió, presto a oír el plan de las damas y listo para ponerse a trabajar en lo que las señoras ordenara.

~En Paralelo~

Sentía tanto frío, pese a que el invierno se estaba despidiendo. Extrañaba tantas cosas del pasado, tantas… extrañaba a su hermana, a quien últimamente estaba recordando con fuerza y siempre con lágrimas. Extrañaba sus charlas con ella, su vitalidad antes que… antes la vida de ella y la suya, se pusieran de cabeza. La echaba de menos, todo de ella, así de simple.

Y extrañaba también a quién le tendió una mano sin calcular que en el corto tiempo sus sentimientos se envolverían a él tan fuertemente. Suspiró pesado aquello, sentada en la vieja mecedora de su abuela, vigilaba el sueño de su hija.

Hace diez días ella estaba apartada del lado de Edward, después que él malinterpretara una situación y la enjuiciara injustamente. Pasaron los días y él no se acercó por voluntad propia, sino hasta que Jasper se atrevió a ir hasta su oficina y contarle de qué iba todo. Si Jasper, no hubiese hecho eso, Edward aun estaría molesto.

Se acercó, ella lo escuchó… pero no lo perdonó. ¿Cómo lo iba a perdonar tan fácilmente? Después de lo vivido con su ex‐esposo, ella había aprendido a desconfiar y a hacerse valorar. Pero por sobre todo estaba el bienestar de su hija, aunque eso pusiera en tela de juicio su actuar.

—Te estás portando como una mujer orgullosa, que no mira el esfuerzo que ese hombre está poniendo para hacer que lo perdones —opinó su padre, uno de los días que a su casa llegó el tercer o cuarto ramo de rosas con una tarjeta que decía "Perdóname". Él las enviaba cada día, hasta dos veces en un día, además de los mensajes y las llamadas que ella nunca atendió.

Al día siguiente, luego de acabar las clases, fue hasta el cementerio para visitar a su hermana. En la puerta del camposanto compró un ramo de lirios blancos para ponerlos sobre su lápida. Al acercarse al lugar, se encontró con una figura masculina que estaba sentado frente a la tumba de Alice.

No era raro verlo allí, ya que sabía que cada día iba hasta allí y lloraba en silencio sobre el cuerpo de su hermana y pedía perdón por lo que había hecho. Se quedaba allí por horas, a veces hasta que el guardia le pedía que se retirara porque cerrarían el lugar. Al menos eso le contaba Jasper.

Caminó lentamente hasta estar cerca y carraspeó cuando estuvo a su lado. Él alzó la vista lentamente hacia Bella y le dio una media sonrisa. Luego volvió su vista al frente, hasta la piedra que llevaba gravada el nombre de Mary Alice Swan.

—Hola… —susurró ella, inclinándose y poniendo las flores en un jarrón desocupado.

—Son hermosas las flores —apuntó él.

—Lo son.

Después de arreglar el jarrón de su hermana, se sentó junto a Jasper mirando en silencio el césped verde que era se extendía como alfombra sobre el campo santo. No hacía frío a pesar de que corría una brisa que movía los brazos de los árboles de un lado a otro, haciendo un ruido que servía para ambientar la solemnidad del lugar.

—Ayer me encontré con tu padre aquí —comentó Jasper, sin dejar de mirar hacia la lápida— pensé que me correría... o que me diría que no soy digno de estar aquí, pero no hizo nada de eso. Bueno, me amenazó con Beth, pero es algo lógico, ¿verdad?

—Sí, lo es…

—¿Podría… podría este fin de semana quedarme con ella? Mi madre habló conmigo y desea ver a la niña…

Bella frunció el entrecejo y lo meditó por unos momentos y respondió, dándole un voto de confianza a Jasper —Bueno… supongo… supongo que sí…

Él la miró y esbozó una leve sonrisa —Gracias, Bella. Es importante para mí.

—No tienes que agradecérmelo.

Se quedaron allí un buen rato en silencio, hasta que Bella supo que era hora de regresar. Jasper se levantó junto a ella y se ofreció en llevarla. Ella aceptó, pensando en que era momento de ir al día siguiente como cuestión impostergable, hasta algún concesionario automotriz y cotizar un vehículo. Se lo comentó a Jasper mientras iban camino a su casa, y él le dio el nombre de un par de lugares donde podría ir, e incluso si era necesario un crédito para la compra, él bien podría ser su aval. Ella se lo agradeció y le recordó que "un buen divorcio le había dejado un colchón económico de ahorro con el que se permitía comprar el vehículo sin problemas". Jasper asintió y sonrió ante el comentario.

Era un tanto gracioso, como este ex matrimonio estaba hablando tranquilamente, de cosas triviales, sin alzarse la voz ni discutir. Como siempre debería haber sido, como dos personas adultas. Finalmente y después de mucho padecer tras esa separación, se sentía en paz consigo misma. No podía ser que después de siete u ocho años de conocerse con y estar casados por cinco, las cosas entre ambos acabaran mal. Pese a que él obró mal, allí estaba padeciendo su propio mal obrar y día a día intentando rectificar y ser mejor persona para darle un ejemplo a su hija.

Cuando llegó a su casa, se encontró con que sus amigas estaban muy instaladas charlando en la sala, junto a sus padres y a Beth.

—Ya les dije, no voy a ir a ninguna fiesta… —les advirtió Bella, tomando a su hija entre sus brazos luego de haber saludado a todo el mundo allí.

—¡Oh no! Nada de fiestas de momento. Pero hemos venido a proponerte otra cosa, algo para que te relajes, para que nos relajemos todas en verdad —explicó Victoria alzando sus cejas persuasivamente hacia su amiga, quien entornó sus ojos hacia ella como tratando de adivinar qué era lo que se proponían ahora.

—¿De qué se trata?

—Este fin de semana en un spa, baños de barro, aguas termales… sólo para mujeres —contó Tanya con entusiasmo, palmeando sus manos.

—Hay un lugar maravilloso en las afueras de la ciudad. Un lugar que Lauren nos recomendó —comentó Victoria— Ella iría por supuesto, además invitamos a Rosalie y a Tatianne, y Renée se nos puede unir…

—Yo me quedaría cuidando a la niña para que tú y las chicas se divirtieran —propuso la madre de Bella.

—No sería necesario, Jasper se quedará con la niña. —Todas las mujeres la miraron, incluido Charlie quien andaba pululando por ahí. Antes que cualquiera dijera algo, Bella agregó— Y no quiero reproches sobre eso. Hoy me lo pidió y le dije que no había problema.

—Estaré con un ojo sobre él, no se preocupen —avisó Charlie con voz muy seria y tajante, antes de ir con su botella de cerveza hasta la otra pieza a ver un partido de futbol en la televisión.

—Bueno, bueno, entonces no hay problemas para que mañana mismo nos vayamos —dijo ahora Jane, regresando al tema que las llevó hasta allí.

—Yo… yo no sé…

—¡Oh, Bella! Nada de no sé. Las reservaciones están hechas, todo está listo. No pongas excusas, necesitas esto. Por favor…

Bella miró a Victoria y suspiró, luego pasó su vista por el resto de las mujeres y vio sus rostros expectantes por su respuesta. ¿Y qué iba a responder si estaba todo ya planeado? Además, hace tiempo que no salía con ella y quizás le ayudaría a relajarse un poco y distraerse.

—Bien, vayamos a ese maravilloso lugar y pongamos nuestras tensiones en manos de expertos —anunció Bella, llevándose un estruendoso y entusiasta aplauso y vítores de las chicas. Lo siguiente que hicieron fue coordinar hora de salida y la distribución en los coches que las llevarían hasta el lugar al día siguiente.

Renée desistió de acompañarlas, pues prefería quedarse con Charlie y ser ella misma quien entregara a su nieta por ese fin de semana a Jasper. Aprovecharía de pasear con su esposo y hacer algunas cosas pendientes, afirmando que las acompañaría para la próxima vez.

—Ah, Bella, llegaron dos hermosos ramos de flores hoy —avisó Renée, mientras hablaba con sus amigas. Bella tragó grueso y se levantó hasta la mesa del comedor en donde su madre las había dejado.

Un precioso arreglo de calas blancas sobre el que descansaba una tarjeta del mismo color que recitaba el extracto de un soneto que ella identificó de la autoría de Pablo Neruda:

"…no me olvides, acuérdate que te amo, no me dejes perdido ir… por el mundo sombrío de todos los caminos…"

Bella pestañeó y sintió picar sus ojos por las lágrimas atascadas allí. Dejó la tarjeta sobre el ramo de calas y contempló los jacintos purpuras, flor del perdón por excelencia. Con su mano temblorosa tomó la tarjeta y la abrió despacio, creyendo que encontraría otro extracto de poema, pero en vez de eso leyó:

"Se acerca nuestro tiempo".

Llevó la tarjeta hasta su pecho y cerró los ojos. Los abrió enseguida y volvió a dejar la tarjeta en su lugar. Cuando se giró, vio a sus tres amigas y a su madre con rostro romántico, contemplando los ramos. Más de una soltó un suspiro, pero ninguna dijo nada. Ella sacudió su cabeza y caminó hacia la sala en compañía de ellas, para seguir con el planeamiento del viaje. Quizás ese tiempo de relajación le serviría para pensar y tomar una decisión.

Al día siguiente y a la hora acordada, dos coches llegaron hasta la puerta de su casa, desde donde bajaron seis mujeres, muy entusiastas. Estuvieron un momento con Renée y la niña y cuando fue la hora se despidieron y salieron rumbo al lugar que las albergaría.

—Pasaremos la noche en una cabaña de la familia, que está oculta entre el bosque, eso a unos cuarenta minutos del centro de estética —explicó Lauren a Bella.

—Pues podríamos habernos ido mañana por la mañana entonces…

—¡Oh, no, claro que no! —Exclamó Tatianne, quien conducía ese coche— Este será nuestro momento, Bella y debemos de aprovechar. Tragos, charlas femeninas, ya sabes… quizás hasta nos emborrachemos.

—¡Demonios, sí! —exclamó Rosalie, sentada junto a Bella, en la parte trasera del jeep de Tatianne.

Después de más o menos hora y veinte de viaje, Tatianne se desvió de la carretera principal y se adentró por un camino de tierra apenas alumbrado durante diez minutos hasta que llegaron hasta una cabaña que estaba rodeada de árboles muy altos que servía de cercas naturales para el lugar. La entrada, después de un portón de fierro, estaba iluminada por faroles que desprendían cálidas luces amarillas.

—Bien, hemos llegado —anunció Tatianne, apagando el motor después de atravesar el portón. Lauren se soltó su cinturón de seguridad y volteó su cara hacia atrás— Vayamos a ver el lugar, Bella, y aprovechemos de coger nuestras maletas y entrarlas.

—Nosotros veremos a que las chicas vengan… ya sabes… —indicó Tatianne, guiñándole un ojo. Bella se alzó de hombros y salió del coche. Lauren abrió el maletero y sacó un bolso pequeño y Bella su maleta, antes de caminar hacia la entrada de la casa.

Cuando Lauren abrió la puerta, invitó a pasar a Bella primero, quien después de dejar la maleta en la entrada caminó hacia adentro embelesada por el lugar tan acogedor. Había tenues luces encendidas, y la chimenea que con sus llamas altas, iluminaba la rustica sala, iluminada además velones blancos dispersos en el lugar. Un sinfín de cojines frente al fogón, una mesa pequeña, una botella de champaña y dos vasos.

Bella arrugó su frente y se giró para preguntarle a Lauren —¿Estuvo alguien aquí…?

La pregunta quedó en el aire, cuando espantada, se dio cuenta que estaba sola, pues Lauren había desaparecido. Caminó hacia la puerta y vio que ni el coche ni ninguna de las chicas estaban allí. Empezó a respirar pesado, muy nerviosa y solo atinó a gritar el nombre de Lauren.

—Ellas se fueron.

La piel se le puso de gallina y su respiración se hizo más irregular aun cuando detrás de ella oyó una voz masculina, ronca y melodiosa, que ella conocía perfectamente bien. Se giró lentamente y parado ahora frente a ella, estaba el abogado Edward Cullen, vestido completamente de negro. Con esa postura misteriosa y oscura, y la luz etérea que caía sobre él, hacía que se viera mucho más atractivo y sexy de lo que ya era. ¿Podía ser cierto?

—¿Tú… tú… qué haces… qué haces aquí? —intentó decir con toda la seguridad que reunió. Cerró los ojos y las respuestas llegaron solas: sus "amigas" y él estaban coludidos.

—Te lo avisé.

—¿Co... Cómo?

—"Se acerca nuestro tiempo" —rezó las palabras de una de las tarjetas que le hizo llegar el día anterior— Y ha llegado nuestro tiempo.

Bella no supo por qué, pero en un impulso, instinto o lo que sea, se dio media vuelta, abrió la puerta y echó a correr. Era una estupidez, primero porque quizás cuánto se demoraría en encontrar un alma que la llevara de vuelta a casa. Segundo, porque estaba arrancando muerta de miedo —no tenía una buena razón para aquello—del hombre que amaba y no de un maldito psicópata. Y lo tercero, y más obvio, era que Edward la alcanzaría mucho antes de llegar al portón de la entrada.

Por supuesto él lo hizo. La cargó sobre su hombro, no oyendo las protestas de Bella, que le exigía que la bajara, que la bajara a tierra firme sino hasta que estuvo de regreso dentro de la cabaña, viendo cómo el muy cretino cerró la puerta echándole llave.

—¿Qué estás haciendo? ¡Si quiera podrías haberme preguntado si quería hablar contigo! —su exclamación quedó suspendida en el aire cuando vio que Edward se acercaba a ella, caminando lento, como leopardo a punto de atacar. Ella, que se sentía amedrentada y un poco excitada, comenzó a dar pasos hacia la sala frente a la chimenea, que caldeaba aún más el ambiente de lo que ya estaba. La mesita junto a los cojines hicieron que se detuviera y frente a ella, Edward lo hizo a un paso de distancia, sin dejar de mirarla en ningún momento con ojos salvajes, incluso hambrientos.

—Estoy malditamente celoso de Whitlock —dijo él con voz ronca— porque ha pasado más tiempo contigo que yo. También estoy celoso del loquero aquel de tu escuela...

—¿Jacob? —preguntó Bella, extrañada. Pero se calló cuando él le dio una mirada de furia.

—Incluso estoy celoso de los niños que tienen la suerte de verte todos los días, y de las locas de tus amigas —tragó y continuó— Me equivoqué, lo sé, y estoy arrepentido. Te pedí perdón y aun así no quisiste perdonarme. Te di espacio y maldito tiempo para pensar… pero estoy harto. Estoy jodidamente harto de estar sin ti porque no puedes o no quieres perdonarme, pero no estoy dispuesto a seguir así.

—Yo… no…

No pudo seguir hablando, porque cuando se dio cuenta, Edward la había agarrado por la parte de atrás de su cuello y la había empujado hacia él, capturando su boca en la suya en un beso duro y sensual.

—Así que tienes dos opciones —dijo sobre sus labios, mordisqueándolos ligeramente— O me perdonas o me perdonas, y no sales de aquí hasta que me respondas.

No respondió, porque Edward otra vez cogió su boca en un beso demandante y erótico. Ella no se dio cuenta cuando sus manos estuvieron empuñando por el pecho el jersey de cachemira de Edward, como si quisiera que su cuerpo estuviera aún más pegado al suyo de lo que ahora estaba.

Él la envolvió con sus fuertes brazos y no dejó de presionar sus labios abiertos sobre los de ella, ni detuvo la invasión de la lengua en su boca, a lo que ella simplemente se rindió.

Edward se apartó cuando sus pulmones pidieron una tregua, igual que los de Bella, pero no se alejó del todo; dejó su frente pegada a la de ella, mirando en todo momento hacia sus ojos oscuros, desenvolviéndola de sus brazos lentamente y usando sus manos para comenzar a quitar la bufanda de lana que envolvía su cuello.

—Hace calor aquí —susurró él, para acabada la tarea con eso, comenzara a bajar la cremallera de la chaqueta, quitándola cuando estuvo desabrochada. Ella temblaba y respiraba rápido y no ponía objeción a lo que Edward hacía con ella, no atreviendo ni siquiera a cerrar sus ojos tampoco, que parece estaban anclados a las oscuras orbes verdes de él.

Él se apartó un poco y en un movimiento diestro y rápido, quitó su chaleco quedando a torso desnudo. Ella lo miraba embelesada, como si por primera vez lo hubiese visto así, y es que así se sentía, como una virgencita que estaba a punto de perder su virtud.

Enseguida, sin pedir autorización y sin que ella pudiera reaccionar, él hizo lo mismo con la camiseta que cubría su torso de Bella, quedando sólo en sujetadores negros. Mudo de deseo, la alzó en sus brazos y la recostó sobre los cojines, llevando su boca hasta la suya otra vez en un beso solícito, sin que ella pusiese resistencia alguna, muy por el contrario.

Ella lo rodeó por el cuello con sus brazos y con sus piernas por su cintura. Él abrazó su espalda desnuda y acarició de arriba abajo sinuosamente, traspasando el límite de la pretina del jeans de Bella, mientras su boca seguía con su trabajo, abarcando su boca, mordiendo sus labios.

—Te amo, Bella —susurraba en su boca, apretándose a ella— Te amo y no voy a perderte…

—Edward…

—Te amo, te amo, te amo… —repetía y Bella cerraba mientras él se lo decía.

Sintió la ausencia de su cuerpo unos segundos después cuando Edward se apartó para quitarse y quitarle el resto de la ropa que los cubría. Cuando no hubo nada, él regresó hasta quedar sobre ella, reteniendo su cuerpo con sus antebrazos. Con sus labios pegados otra vez a los de ella, sintiendo su aliento escapar por su boca entreabierta, y sus ojos fijamente mirando los de ella, dijo:

—Voy a hacer cosas estúpidas más de una vez, eso es seguro —besó su boca y continuó— pero cuando eso pase y no me dé cuenta, necesito que seas tú, la que me haga reaccionar, como sea —hizo pausa besando otra vez su boca— pero por favor, no te apartes de mí, porque simplemente no puedo vivir sin ti.

Ella simplemente asintió con sus ojos llenos de lágrima, dejando caer su orgullo y las barreras que levantó herida por la reacción de Edward. Ella también había tenido culpa, pensó. Quizás, como él acababa de decirle, debería habérselo dicho. Definitivamente sobre-reaccionó y alargó innecesariamente la discusión y todo el tormento que ello acarreó.

—Perdóname… —susurró con temblorosa voz. Él arrugó sus cejas y negó con la cabeza.

—No eres tú la que pide perdón aquí, Bella. Soy yo…

—Pero… —su protesta quedó silenciada por otro largo beso de la boca de Edward.

—No te traje aquí para que pidieras perdón, sino para que me perdonaras. ¿Lo harás?

Ella mordió el labio y volvió a enrollar sus brazos al cuello de Edward, empujándolo hacia ella —No me dejaste muchas opciones al principio.

El torció su boca muy sensualmente —Pues no.

Y allí se acabó el momento de hablar.

Los dos cuerpos desnudos caldeados, estaban ansiosos por reencontrarse y la piel picaba por ser acariciada, una previa sensual antes que el cuerpo de Bella estuviese preparado, gritando ser tomado por Edward y no ser consciente de nada más, como siempre pasaba cuando él le hacía el amor.

Edward se hundió lentamente en ella y esta lo acogió con calor abrazador, dejándose llevar, mientras él le decía cuan hermosa era, lo mucho que la había extrañado y cuánto la amaba. Ella simplemente gemía y balbuceaba entre jadeos su nombre y cuánto lo amaba, no siendo capaz de articular más palabra que esa.

Lentamente, con el fuego ardiendo en la hoguera de aquella cabaña y en los mismísimos cuerpos perdidos en la incontrolable pasión, ambos encontraron el momento culmine de la liberación al mismo tiempo, gritando el nombre del otro.

Pero ninguno estaba satisfecho.

Él apenas recuperó su aliento, saqueó una vez más su boca, para con esos mismos labios momentos después, comenzar a descender por su cuerpo hasta que estos dieron con lo más íntimo de su feminidad, quedándose allí a degustar de ella, mientras sus manos la acariciaban y la incitaban a pedir más. Bella perdida en las exquisitas y avasalladoras sensaciones, aferró el cabello de su hombre con ambas manos, invitándolo a no detenerse. Y ciertamente él estaba allí para atender sus deseos, pues no se detuvo hasta que su entrepierna ardía en su boca y el cuerpo de Bella se tensaba y otra vez estallaba en mil pedazos, gritando su nombre como una loca.

Él adoraba cuando ella gritaba su nombre en la cúspide de su orgasmo. Amaba que ella fuese sólo consciente de él y lo que le hacía sentir.

Edward hizo el recorrido de regreso, subiendo por su cuerpo con su boca y sus manos hasta quedar —otra vez— cubriendo el cuerpo de Bell completamente con el suyo, tomando su cuello sudado con sus manos ardientes y besando cada rincón de su rostro, mientras ella recobraba el aliento.

—Eres maravillosa… eres todo lo que quiero…

—Te extrañé tanto, tanto…

—Pero se acabó…se acabó el tiempo de estar separados… y hablo enserio —besó su nariz con ternura y se giró quedando de espalda con Bella ahora acomodada sobre él, abrazándola posesivamente, besando un montón de veces el tope de su cabeza.

—He estado pensando —susurró él, mirando las llamas aun flameantes en la hoguera —en que voy a sacarte de la casa de tus padres como corresponde a una chica como tú.

Ella frunció su entrecejo, entre la extrañeza y la diversión —¿A qué te refieres?

—Prepara tu vestido de novia, porque te vas a casar conmigo —dictaminó.

Bella parpadeó repetidas veces y se incorporó, cuando hubo reaccionado de los dichos del abogado, descansando su mentón sobre el pecho de Edward.

—¿Me estás pidiendo matrimonio?

—No, no es una petición. No te estoy dando la opción para elegir —dijo él muy seriamente. Ella no pudo hacer otra cosa que sonreír abiertamente ante la determinación y la seriedad de Edward.

—Déjeme decirle, abogado, que es la petición más romántica que me han hecho nunca.

—Estupendo —respondió él, acompañando a Bella con su sonrisa.

—Y ahora dime —quiso saber ella después de un rato de mimos silenciosos, reacomodándose sobre él— ¿Cómo fue que le pediste ayuda a las chicas para que se coludieran contigo?

Él suspiró y rodó los ojos —Debo reconocer que no fui yo él que me acerqué a ella para pedir ayuda. Fue idea de ellas, la verdad… pero el favorcito me costó bastante caro. Tuve que pagar estadía en un centro de spa de lujo para seis mujeres, pero valió la pena.

Ella se imaginó a sus amigas, exigiéndoles dicha estadía en el centro estético y disfrutar de todas las lujosas amabilidades allí a cambio de ofrecerles la coartada para que se encontraran. Sintió un poquito de envidia por sus amigas disfrutando de ese tiempo de relajación, pero de cualquier forma, en donde estaba ahora era mil veces mejor. Negó con su cabeza y volvió a recostarla sobre su pecho, encantada.

—Ah, y sobre la fecha de la boda… Julio es todo lo que puedo esperar, no más —indicó Edward. Ella soltó una risa, asintiendo con la cabeza, dando a entender que estaba completamente de acuerdo. Se mordió el labio, no pudiendo creer que en meses ella estaría casada con Edward. Ya imaginaba la cara de sus padres…

—¿Tienes sueño? ¿Estás cansada? —preguntó él con suavidad, después de un rato de tranquilo y apacible silencio.

—Pues no.

—Muy bien. —dijo, girándose sorpresivamente, quedando su cuerpo otra vez sobre el de ella, quien sólo atinó a carcajearse— Porque yo tampoco.

Él la besó con sensualidad, envolviéndola en sus brazos, y ella hizo lo mismo con sus manos por su cuello y sus piernas por su cintura, atrayéndolo a ella y abriéndose, otra vez a él.

La penetró lentamente una vez más, aferrándose ella a él con fuerza, gimiendo descaradamente en sus labios, acompasándose a los movimientos de él dentro de ella, suplicando más, con absoluta desesperación por él.

Allí se quedaron los amantes, por mucho tiempo más, liberando sus cuerpos y jurándose amor eterno, mientras afuera una leve llovizna se dejaba caer, como si de alguna manera el cielo se liberase también en concordancia con ellos dos.

/E.P/

En un lujoso spa, a kilómetros no muy lejos de la cabaña que acogía a Bella y Edward en su reconciliación, seis mujeres estaban siendo atendidas en una mesa llena de manjares y varias botellas ya descorchadas y vacías de la mejor de las champañas para dar inicio al merecido fin de semana de relajación.

—Bueno —dijo Victoria con entusiasmo, después de mirar la hora y bebiendo de su exquisita bebida— A estas alturas el abogado ya hubiese llamado si las cosas no salían como él preparó. Por lo que puedo decir, con total certeza, que hay reconciliación, damas.

—¡Salud por los recon… reconciliados! —exclamó Rosalie con algo de dificultad por la cantidad de tragos que se bebió, mientras alzaba su copa vacía, otra vez.

—¡Salud! —exclamaron todas a continuación.

—Y salud por el sexy abogado Cullen, quien pagó todo este servicio de lujo para nosotras —sonrió muy jocosa Jane, también pasada de copas— ¿Tendrá él, algún hermano para presentarme…?

—¡Alto ahí, mujer! —le amenazó con falso enojo Rosalie— El único hermano de Edward, es mío… pero tiene muy buenos amigos…

Las chicas se carcajearon por esos comentarios tan desfachatados. Lauren miraba pensativa a sus acompañantes, mientras estas seguían hablando barbaridades, pensando en qué sería de los tortolitos de ahora en adelante.

—¿Estás aquí, Lauren? —preguntó Tatianne junto a ella.

—¡Bebió dos botellas de champaña, claro que no está aquí! —exclamó Tanya, carcajeándose ruidosamente después, acompañada por las demás por su comentario.

—Estaba pensando… —dijo Lauren— En que… si conozco bien a Edward como creo que lo hago… es seguro que le pidió matrimonio.

—¡¿No?!

—¡Y más que seguro que ella le dijo que sí! Por lo tanto deben ambos estar trabajando en practicar para la luna de miel —exclamó Victoria, entre vítores de celebración y exclamaciones acerca de que estaba loca y ebria.

En fin, allí se quedaron las seis damas, apostando cuál sería la fecha de la boda y quién de las ahí presentes sería la madrina, disfrutando de otra ronda de champaña que el amable camarero llevó para ellas. Y es que definitivamente se lo merecían, después de todo ellas fueron de alguna manera las mentoras de esa reconciliación, y no hubiesen interferido si no supieran lo enamorado que estaba en uno del otro y lo bien que se hacían el uno a otro y lo bien que ambos se complementaban. Todo debía confabularse para que ellos fueran felices, y digamos que ellas colaboraron en eso. Sin duda, había que hacer muchos brindis por ello.


Y se acabó...

se acabó el capítulo de hoy. El próximo ya será el último y quien sabe, les adelanto algo de mi nueva locura. Mil gracias como siempre por comentar, por darse el tiempo de leer esta locura y agregarla a su lista de favoritos. A mi hermosa Gaby Madriz por acompañarme en este viaje y ayudarme a hermosear cada capítulo. (¡Eres la mejor, mi Gaby!)

Mil besos y abrazos a todas y nos estamos leyendo dentro de siete días... Cata ;-)