30. El Paralelo
―Estás pensativo, Edward ―indicó Garrett a su amigo, mientras este jugueteaba distraídamente con el bolígrafo entre los dedos. Lo miró, alzando sus cejas, como si este lo hubiese sacado de sus profundas cavilaciones. Y es que en verdad sí lo hizo.
Abril había llegado hace seis día y para él, ese mes, era por decirlo de algún modo, delicado. Sobre todo por la fecha que marcaría el calendario al día siguiente.
Mirar hacia atrás y retroceder el tiempo un año de su vida, hacía que su corazón se encogiera un poco por el dolor de los recuerdos.
Hace doce meses, su corazón estaba siendo invadido por el dolor más grande que un padre podía vivir. Estaba viendo, frente a sus ojos, como la vida de su hija se desvanecía, sin poder hacer absolutamente nada para evitarlo.
Desde aquel episodio, su propia existencia había sufrido cambios importantes y era sobre esos cambios sobre los que estaba pensando.
―No quiero interrumpir tu estado de ensimismamiento, Edward, en serio, pero debemos revisar estos papeles si queremos salir de aquí antes de anochecer ―volvió a interrumpirlo Garrett, distrayendo de nuevo a su colega de sus cavilaciones. El aludido sacudió la cabeza hacia su amigo en una disculpa.
―Vale, perdona ―dijo Edward, suspirando y retomando su concentración hacia su trabajo. Garrett torció su boca y observó a su amiga coger los documentos y leerlos intentando poner su atención en ellos.
―La estás recordando, ¿verdad?
―¿Perdona?
―A Lizzie… se cumple un año… ya sabes.
―No puedo evitarlo… Es un año sin mi niña. ―admitió, echándose hacia atrás soltando los papeles y pasando repetidas veces su manos por su cabellera , observando su entorno con inquietud― A veces pienso en que quizás, si hubiese hecho las cosas diferente, si hubiese insistido en otros tratamientos, o si hubiese sido más precavido con ella, quizás estaría aun conmigo ―se lamentó.
Garrett negó fuertemente con su cabeza ―No te atormentes con ello ahora, mi amigo. Hiciste todo lo que estuvo a tu alcance y lo sabes. No vale la pena culparte ahora por algo sobre lo que no eres culpable, ni tu ni nadie y que no tuviste opción de remediar. No estaba en tus manos, así de simple.
―No es tan simple, Garrett ―dijo, levantándose de la mesa de la sala de juntas que en ese momento ambos profesionales compartían.
―Edward, no te atribules con eso ―aconsejó Garrett, levantándose también y caminando para ganarse junto a Edward, quien contemplaba por uno de los ventanales del salón.― No cuando estás en paz con todo eso, cuando tu vida ha cambiado y la estás rehaciendo.
―Sólo quisiera que ella estuviese aquí ―admitió Edward con pesar― Todo sería completamente perfecto.
―Lizzie está contigo, siempre amigo, aunque no como tú quisieras, lo sé, pero estoy seguro de que ese angelito está aquí, con Lauren y con Grace. Con todos las personas quienes la recordamos con amor, Edward.
―Mi angelito… ―reiteró pensativo, suspirando una y otra vez― No te imaginas cómo la extraño, Garrett.
―Puedo imaginarlo, Edward. Soy padre, y mi alma se rasgaría si la vida me quitara a uno de mis hijos ―reconoció Garrett― Pero recuerda el tiempo que estuviste con ella, que la viste crecer y sonríe con esos recuerdos. Además, en este año no ha sido todo una pérdida, por más duro que la muerte de Lizzie haya sido.
Garrett claramente estaba haciendo mención a Bella y Edward enseguida pensó en la nueva vida que en breve Edward iba a comenzar a vivir con ella.
En tres meses, Bella sería su esposa y formaría una familia con ella… con ella, quien definitivamente había llegado a su vida como un consuelo, rescatándolo de alguna manera de vivir hundido en la soledad. El sólo hecho de saberla junto a él hacía que su rostro apesadumbrado por la fecha, se iluminara.
Edward asintió, suspirando ―Sí. Y creo que si no la hubiese encontrado, ahora sería miserable ―admitió, recordando que en esa época vivía paralelo a él, una fecha que para ella era digna de celebración. Mary Elizabeth cumplía un año de edad, justo cuando su Elizabeth cumplía un año de haber fallecido. Probablemente ―pensaba él a veces― esos hechos tan extrapolares el uno del otro, los habían llevado a juntarse y convergir.
Qué paradójica podía ser la vida a veces.
El abogado Cullen volvió a suspirar fuertemente y dio una palmada a su amigo que se encontraba de pie junto a él ―Bien, será mejor que nos pongamos a trabajar, mira que tengo una cita con una dama de un metro veinte de estatura, a quien debo llevar al zoológico a ver al nuevo oso polar que nació allí.
―Seguro ―respondió Garrett, regresando a su sitio en la mesa― Y espero que esa dama de la que hablas, en un futuro no lejano, sea una buena novia para uno de mis chicos ―bromeó.
―Olvídalo, Emerson ―repicó Edward, volviendo también a la mesa ―Mantendré a mi hija lejos de tus demonios a quienes llamas hijos.
El ambiente entre los profesionales de la abogacía se vio un poco más distendida de los temas que entristecían a Edward, por tanto pusieron a trabajar sus mentes en un nuevo caso de importancia, que había llegado al bufete y del que ellos tendrían que hacerse cargo.
Por otro lado, Bella paseaba por el centro comercial en compañía de su madre, buscando un sinfín de regalos para su hija, a quien celebraría al día siguiente.
Quería procurar comprar para la niña un montón de regalos y cubrir todo lo necesario para la fiesta con la que celebrarían su cumpleaños. Su primer cumpleaños.
―¡¿No es increíble?! ―exclamó Renée, mirando una hermosa tenida color lila, perfecta para Beth ―¡Mi nietecita está tan grande! No puedo creer que ya estemos celebrando su primer añito.
―Es cierto ―comentó Bella, con una sonrisa tierna en sus labios.
Cinco años intentando por todos los medios conseguir que Dios la bendijera con un hijo. Tantas veces se vio decepcionada porque ningún tratamiento funcionaba, tantas veces perdió la esperanza y pensó que quizás la maternidad no era para ella. Tantas… tantas súplicas a Dios, las que finalmente dieron resultado.
Bella tenía tanto que agradecer, pese a que las cosas se tiñeran de gris luego, por todo lo sucedido con Jasper y sobre todo con su hermana, a quien extrañaba cada día y a quien rogaba al cielo que desde allí la cuidara. Era seguro que ella ahora, de estar allí, hubiese estado tan entusiasmada como su madre en llenar a la niña con regalos, pero sabía que desde el cielo la llena de salud y bendiciones, y al menos eso la contentaba.
Jasper por otro lado, en ese último tiempo, había estado presente tanto como le era posible, y estaba forjando con su hija una relación muy especial. Todavía cargaba sobre él la culpa por lo sucedido con Alice, eso se notaba, pero insistía que su redención estaba en Beth, y que por intermedio de ella estaría su alivio y confort. Ella había aprendido a perdonarlo de su traición y todo lo que eso conllevó, sobre todo ahora que Edward estaba a su lado, amándola y con quien formaría una familia y pasaría el resto de su vida.
―¿Qué piensas tanto, eh? ¿No te gusta el vestido? ―preguntó Renée, aun con el trajecito lila sujeto entre sus manos. Bella desvió su vista a ella, tomando el vestido en sus manos y sonriendo luego.
―Es hermoso. Se verá preciosa en el ―admitió encantada. Pero Renée era su madre y sabía que a su hija, algo más que la celebración de su Beth la tenía distraída.
―¿Estás bien?
―Han pasado tantas cosas en mi vida este último tiempo ―suspiró, tomando asiento en uno de los sofás que había en la tienda para los clientes― Cosas muy buenas y otras muy malas, pero todas ellas me han llevado a sentirme más fuerte, valiente. He sufrido más que ningún otro momento de mi vida, pero también siento, que nunca antes había sido tan feliz. Es paradójico, lo sé, pero…
―Y yo he sido testigo de eso, Bella ―acordó Renée, sentándose junto a su hija― Y estoy muy orgullosa de ti, ¿sabes? Tienes cabida en tu corazón para perdonar cuando cualquier otra persona quizás hubiese volcado todo su esfuerzo en odiar; has sido capaz de sanar tu corazón y amar con todos tus sentidos y estoy segura que en adelante la vida no será del todo color de rosa, pero como sea y lo que sea que venga, tendrás la valentía y la fuerza suficiente para enfrentarlo.
―¡Dios, mamá, me vas a hacer llorar! ―exclamó Bella, frotando sus ojos con sus dedos, para evitar que las lágrimas escaparan de sus ojos, ahora que todo la hacía sentirse hipersensible. Renée sonrió y abrazó a su hija por los hombros.
―En adelante, sólo quiero verte llorar de emoción, ¿entendido? ―susurró la madre, dejando un suave beso en la sien de su hija.
―¿Y tú, mamá? ¿Tú estás bien?
―¡Ay hija! ―exclamó, apartando sus brazos de Bella, y llevando las manos hacia su pecho― No hay dolor más grande que este que llevo adentro, pero todo a mi alrededor ha ayudado a que sienta paz. Lloro su ausencia, no puedo evitarlo, pero me reconforta saber que el tiempo que la tuve conmigo en esta tierra, la disfruté y la amé mucho.
―Y ella te amó mucho, mamá.
―Estoy segura ―admitió acariciando el rostro de su hija. Enseguida y antes que el ambiente se tornara melancólico, la madre ensanchó su sonrisa y dijo en tono más animado― Pero bueno, tenemos un montón de lugares que nos faltan por ir, así que dejemos la cháchara y pongámonos manos a la obra.
Bella soltó un sonoro suspiro y sonrió, asintiendo. Miró el vestido lila aun en sus manos y preguntó a su madre ―¿Será que llevamos este vestido?
―¡Claro que lo llevamos! Se verá hermosa en él.
Ambas mujeres sonrieron y se acercaron hasta una de las dependientas, para pedirles que envolviera el pequeño traje pues iban a llevarlo.
Horas más tarde, madre e hija llegaron literalmente muertas a la casa, encontrando a Charlie jugando con su nieta entre sus brazos, mientras repetía para ella algunas palabras que la pequeña Grace le enseñó en italiano. Beth por supuesto, celebrara cada palabra con simpáticas exclamaciones, algunas difíciles de traducir y palmeando además sus manitas.
―Tengo permiso en el trabajo mañana todo el día ―anunció Charlie, mientras le entregaba a Bella a su hija, para que esta la cargara y le diera su biberón. Bella asintió hacia él, sabiendo todo lo movido que estaría al día siguiente.
Por la tarde, celebrarían ahí en casa, el cumpleaños de Mary Elizabeth. Había varios invitados, más adultos que niños, pero todos muy cercanos a la niña, lo que significaba que estaría ajetreada, durante todo el día con los preparativos que aún había que cubrir, por eso sería bueno contar con Charlie allí.
Pero no era todo.
Por la mañana, se haría una especie de conmemoración por el primer año de la muerte de Elizabeth Cullen. Eso mismo hacía que ella hubiese visto a Edward algo más cabizbajo durante los últimos días, pues suponía que el recuerdo aquel llegaba con más fuerza en ese momento. Por lo mismo, se comprometió a estar con él tanto como pudiera.
―¿Estuvo bien el día? ¿Te has sentido bien? ―preguntó el abogado a Bella, al otro lado del teléfono, después que hubiese llegado de su cita con su hija y el recién nacido oso polar del zoológico, con el que Grace quedó alucinado.
―¡Mi madre y yo llegamos cansadísimas! Recorrimos el centro comercial de punta a cabo ―contó, mientras ella estaba en su cama, extendida sobre su espalda. Realmente sus pies no podían más de dolor.
―Mujeres… ―murmuró Edward con un dejo de diversión― ¿Pero tienes todo para mañana? ¿Necesitas algo más?
―Tenemos todo… compramos un montón de regalos y mucha ropita para mi Beth ―contó con entusiasmo. Oyó a Edward reír del otro lado ante su entusiasmo― ¿Y tu paseo con Grace, estuvo bien?
―Sí, muy bien. Ella estuvo encantada y digamos que también quedé muerto con la caminata. Esa niña tiene una energía única.
―Lo sé ―sonrió Bella.― Oye, ¿tú estás bien?
―Lo estoy, hermosa ―respondió Edward, después de un suspiro.
―Me hubiese gustado verte hoy, Edward. Te extrañé mucho…
―Y yo a ti, Bella. En verdad te extrañé mucho ―admitió él, lleno de amor y necesidad de ella.
Porque él, verdaderamente necesitaba de Bella, sobre todo en esa noche, que estaría solo en su apartamento, repasando una y otra vez sus recuerdos. Recuerdos tristes y felices, de los cuales todos tenían que ver su hija Lizzie, a quien recordó con lágrimas en sus ojos hasta que se quedó dormido.
La mañana del 7 de abril llegó luminosa a la ciudad. El hermoso jardín de la casa de los Cullen estaba repleto por hermosas flores de todos los estilos y colores, rodeando las sillas cubiertas de blanco que servirían para acomodar a los amigos quienes llegarían esa mañana para recordar a la pequeña Elizabeth, de quien había varios retratos colocados en varias partes del jardín, desde que fue una niñita, hasta su último año, donde en una se dejaba ver sin cabello, pero con una hermosa sonrisa iluminándole el rostro.
―Dios, era hermosa ―susurró Charlie Swan, secándose una lágrima, mientras contemplaba las fotografían en compañía de su esposa.
―Grace se le parece tanto, ¿no cree?
―Claro que sí.
Además del matrimonio Swan, Bella y Mary Elizabeth, se encontraban en el lugar los amigos del bufete, como Garrett, Tatianne, James y su esposa Victoria, Seth y Benjamín, además de otros colegas y amigos en común. También estaban por supuesto Rosalie y Emmett con sus dos hijas en brazos. También estaban Jane y Kate, Greta, la madre de Lauren, quien hablaba con Esme y Carlisle. Lauren, Edward y Grace se mantenían juntos saludando a la gente y agradeciéndole sus presencias, antes que el cura amigo de Carlisle hiciera una especie de misa, recordando la memoria de la pequeña Elizabeth.
Con palabras hermosas y recuerdos sobrecogedores, más de una lágrima se vertió en aquella conmemoración, sobre todo cuando fue el momento en que los padres de la pequeña tomaran la palabra y agradecieran a cada uno de los presentes su compañía y su soporte emocional en todo ese proceso. Pero quien se llevó la ternura de todos los asistentes, fue Grace, que valientemente se subió sobre una silla y dijo en un discurso para nada preparado:
―Estoy segura que Lizzie es el ángel más lindo del cielo… Bueno, Lizzie y Alice ―corrigió, sonriéndoles a Charlie y Renée― y sé que está muy feliz de que la estemos recordando, porque el cielo está despejado y el sol brilla fuerte, entonces nosotros también debemos estarlo ―se quedó un par de segundos en silencio, cambiando los gestos de su rostro, dejando ver sus lágrimas que nacían en sus ojos oscuros y su barbilla que comenzaba a temblar de la emoción― y aunque… y aunque ya no la pueda ver como quisiera… sé que me oye cuando le hablo en la noche, como ella me pidió que lo hiciera la última vez que la vi en el hospital. Siempre le digo lo que ha pasado… y le digo que la echo mucho de menos, y que si a veces lloro cuando me acuerdo de ella, es porque no puedo abrazarla como quisiera, pero que, de cualquier forma la amo mucho y lo haré hasta que esté viejita… más viejita que mi abuelito Carlisle ―concluyó, haciendo que con eso ultimo los presentes soltaran risas y aplaudieran, mientras ella dejaba sobre la mesa, junto a uno de los retratos de su hermana, un ramo de calas blancas.
Edward caminó rápido hasta ella y la abrazó en vilo a él, cerrando sus ojos y escondiendo su rostro en el hueco de su cuello.
―¡Dios… cielo, te amo y estoy muy orgulloso de ti! ―le dijo Edward, acariciando su rostro. Ella sonrió como siempre y respondió a su padre.
―Yo también te amo mucho, papi.
Cuando los presentes se levantaron de sus sitios, después de acabada la reunión, Lauren se acercó a su hija y a Edward para abrazarse a ellos sin poder esconder la emoción que la embargaba en ese momento.
―¿Puedo ir a saludar a Beth? ―preguntó la niña, aun en brazos de su padre.― ¿Le entregaré ahora su regalo?
―Esta tarde le entregaremos sus regalos. Vamos ahora con ella a saludarla ―respondió Edward, mirando a Lauren quien asintió afirmativamente.
―Fue todo maravilloso, Edward ―asintió Charlie, dando un abrazo a Edward― Fue una hermosa manera de recordar a tu hija.
―Lo fue ―asintió Edward, acercándose enseguida a Bella, quien aún tenía sus ojos rojos del llanto por todo aquello, mientras Lauren tomaba a la cumpleañera Beth en sus brazos.
―Oye, está todo bien…―susurró Edward, secando las lágrima que continuaban cayendo de los ojos de su novia. Ella sonrió y bajó la cabeza con pena.
―Lo siento… fuera de esto… ya sabe, todo me hace llorar… ―admitió escondiendo su rostro en el pecho de Edward.
―¿Ha estado todo bien contigo? ―preguntó Edward, con sus labios pegados a la frente de Bella.
―Sí. En la mañana estuve algo mareada, pero no fue nada. Ahora al llegar a casa, prepararemos todo para esta tarde… uhm… y sobre eso…
―¿Necesitas que te ayude en algo?
―No, no es eso… ―arrugó su frente y jugueteó con el botón de la chaqueta negra de Edward, mirando fijamente― sé que ahora pasarás tiempo con Lauren y Grace, y pues si creen que no están de ánimo para ir, ya sabes, no se preocupen, nosotros entenderemos.
―Bella ―le llamó, alzando su mentón para obligarla a mirarlo― Por nada nos perderíamos de ir esta tarde. Estaremos allí y celebraremos contigo y con la pequeña.
Ella sonrió y se empinó sobre sus pies para alcanzar la boca de Edward en un beso lleno de amor, ternura y agradecimiento ―Te amo, mucho.
Él torció su boca en una cálida sonrisa y respondió ―Y yo a ti, Bella. No sabes cuánto.
De a poco, los invitados a la ceremonia se fueron retirando. Lauren, Edward y Grace se quedarían a almorzar con el resto de la familia, para luego tomarse parte de la tarde paseando por un parque no lejos de allí, donde solían llevar a Lizzie de pequeña. Luego, irían hasta casa de Bella y celebrarían el primer añito de Beth, cosa que a Grace la tenía muy animada.
―Fue muy emotiva la ceremonia, ¿no crees? ―comentó Lauren, sentada junto a Edward sobre el césped del parque, mientras Grace correteaba a las mariposas― Creo que fue buena idea no hacerlo en una iglesia.
―Fue perfecto, Lauren.
―Tuve la impresión de haber oído su risa esta mañana, ¿sabes? Sentí y siento como si en realidad ella estuviera aquí, y no hablo de su espíritu solamente ―comentó, mirando a su alrededor― Y las palabras de Grace me llegaron al alma. Fue tan hermoso todo lo que dijo…
―Yo tengo la sensación de que en Grace estoy viendo a Lizzie también, y eso me hará aún más consciente de la presencia aquí de mi guerrera ―dijo Edward, mirando a su hija correr y disfrutar del aire libre, con sus brazos abiertos― Mamá dice que Beth será una conexión con mi Lizzie también, cree que no es simple coincidencia que ambas compartan este día y yo siento que es verdad. Desde que supe de este vínculo entre ambas, intenté buscarle explicación, incluso antes de saber sobre mis sentimientos por Bella. Incluso pensé en la reencarnación, ¿sabes?, pero creo que no se trata de nada metafísico, simplemente creo que el destino sabía que mi vida y la de ella se unirían, y que nuestras hijas son como… como un punto de unión… es una locura, pero…
―Dos vidas paralelas que se unen en un punto ―concluyó Lauren a la explicación de Edward, a la que ella encontraba mucho sentido.
―Sí, eso es ―meditó, torciendo su boca y contándole a continuación a Lauren de cómo la vida seguía uniéndole a Bella de forma irrevocable― Bella está esperando un bebé.
Lauren giró su cabeza rauda hacia Edward, y lo miró con ojos muy abiertos por la sorpresa de dicha confesión que él hizo muy tranquilamente, como si en realidad estuviese contándole otra cosa, menos trascendental.
Edward la miró y sonrió, negando con la cabeza ―Quisiera que vieras tu cara en este momento…
―¡¿Me estás hablando en serio?! ¡¿Bella está embarazada?! ¡¿Pero… pero cuándo… cómo…?!
―El cómo, creo no es necesario explicar, sobre el cuándo… pues me dejaron encerrado con ella todo un fin de semana en la cabaña, ¿lo olvidas? Creo que ella olvidó cambiar la pila o como sea que se diga eso. La cosa es que el método anticonceptivo caducó antes que ella y yo nos reconciliáramos.
―Pero… ella me contó que tuvo problemas para concebir a Beth, que se hizo muchos estudios y tratamientos…
―Pues ya ves, puedo hacer milagros ―bromeó. Ella golpeó su hombre y se rió junto a él.
―¿Grace ya lo sabe?
―No, digamos que eres la primera en saberlo. Llevamos escondiendo esta sorpresita por una semana o algo. Hablaremos con Grace y luego con los demás, así que guarda el secreto, por favor…
―Dios, Edward, cuan feliz me hace esa noticia ―se alegró ella por ambos, pensando en que como aquel era el día de Lizzie, quizás ella era quien intercedió por ese milagro. Sonrió, pensando en que quizás esa hubiese sido la teoría de su hija Grace.
―Soy muy feliz, Lauren. Mucho… y espero que pronto llegue alguien para ser tu compañero, te lo mereces ―dijo él, poniendo una de sus manos sobre la de Lauren, que reposaba sobre el pasto.
―Bueno… sobre eso… hay un médico de la fundación con quien he salido un par de veces ―contó con nerviosismo, jalando el pasto mientras hablaba. Edward alzó sus cejas y asintió despacio con la cabeza.
―¿Y cómo se llama ese médico?
―Se llama Clark Wilson y es un muy buen hombre. Ha tenido una paciencia única conmigo y pues… creo que quiero intentarlo con él.
―Bueno pues, creo que iré a hacer una cita con ese doctor y ver sus intenciones para contigo… ―bromeó, tratando de sonar muy serio. Lauren lo miró con una sonrisa, y volvió a golpear su hombro.
―Pues no te haría nada de mal una cita con él, es urólogo, ya sabes, podría checarte…
―Lo tendré en cuenta.
Después de un rato en que Lauren le contó de cómo lo había conocido y sobre la idea de no decirle nada a Grace hasta que no hubiese nada concreto entre el buen Clark y ella, decidieron comenzar a moverse para llegar a casa de Bella para el cumpleaños. Por la hora, ya la mayoría de la gente estaría en casa, así que decidieron no demorar.
―¿Crees que le guste? ¿Y si no le gusta, podemos comprar otro? ―preguntaba Grace desde el asiento trasero del coche, momentos antes de llegar a casa de los Swan, con tal ansiedad que Edward y Lauren se lanzaban miradas y reían oyendo a su hija.
―Estoy seguro que adorará su regalo… y más adelante podemos comprarle uno de verdad ―respondió Lauren, haciendo mención al elefante que Grace escogió para Beth. Llamó su atención desde que entraron a la tienda, estando convencida de que era ese el regalo perfecto que ella misma ayudó a pagar con parte de sus ahorros.
―¿No creen que regalarle un elefante "de verdad" sea un poco… complicado? ―preguntó Edward con un dejo de diversión.
Lauren rodó los ojos ―No un elefante, pero un perrito.
―Un perro, suena bien ―pensó Edward en voz alta.
―¿Y ya tiene nombre el elefante?
―Tío Emmett me dio muchos nombres para ponerle, y pues elegí que se puede llamar Juancho ―explicó la niña. Edward frunció el entrecejo y Lauren alzó sus cejas. Sólo su hija podría llamar Juancho a un elefante.
―¿No es un lagarto, verdad? ―preguntó Edward con diversión.
―No, papá. Es un elefante verde que se llama Juancho.
―¡Perfecto nombre entonces! ―exclamó Lauren, mientras Edward sonreía y aparcaba el coche en la entrada de la casa. Grace se quitó el cinturón de seguridad, agarró la caja que estaba junto a ella y bajó del coche, corriendo hacia la entrada de la casa, donde fue recibida por Bella, con su hija Beth en sus brazos, quien modelaba su hermoso traje lila. La niña de un año extendió sus brazos con anhelo cuando vio a Grace abrir la caja y sacar el elefante Juancho para ella.
―¡Le encantó, te lo dije! ―exclamó Lauren tras de ella, reclamando a Beth para cargarla y terminar de entrar a la casa. El último en entrar fue Edward, quien reclamó esta vez a la madre de la cumpleañera, sujetándola por la cintura y atrayéndola hacia él, dejando un beso en sus labios y pegando su frente a la suya mientras suspiraba. Era como si después de mucho, por fin pudiera tenerla para él.
―¿Estuvo bien el paseo, mi amor? ―preguntó Bella, acariciando su cabello por la nuca.
―Sí amor, muy, muy bien.
―Me alegra mucho ―susurró ella, antes que Edward volviese a atrapar su boca bajo la suya en un beso un poco más cargado de pasión, del que tuvieron que desistir cuando adentro de la casa se oyó un grito exclamatorio y unos aplausos a continuación.
―Yo no sé quién hace más escándalo, si lo adultos o los niños ―comentó Bella entre risas.
―Los adultos, sin duda. Ahora entremos antes que te rapte por ahí para que estemos a solas.
Adentro era todo celebración. La sala estaba llena de papeles de regalo rasgados después que Beth no aguantara la curiosidad y los abriera. Disfrutó de cada uno y agradeció a cada uno lanzando sílabas y palabras legibles sólo para su idioma, pero que al resto le hacían tanta gracia. Se sacó fotografías con todos y les mostró a todos, como sujeta de las manos por Edward, daba sus primero y firmes pasos. Comió pastel luego que le cataran el Cumpleaños Feliz y que soplara su velita con forma de número uno, con ayuda de su mamá, que no podía más de orgullo y amor por su pequeña niña y por toda la gente que estaba allí, acompañándoles y a quienes había visto también en la mañana durante la ceremonia.
La cumpleañera duró hasta pasadas las nueve de la noche, cuando se quedó dormida en brazos de su madre, mientras el resto seguía celebrando.
Subió hasta el cuarto y dejó a la niña profundamente dormida dentro de su cunita, y allí se quedó en el silencio de ese cuarto, contemplándola. Acarició con la punta de sus dedos el rostro apacible de Mary Elizabeth y un nudo se formó en su garganta.
―Eres mi hermoso milagro, mi amor ―susurró a su hijita― Te amo más que a nada en este mundo y viviré por hacerte feliz, llenarte de amor y cuidarte de cualquier mal, ya sea que deba sacrificar incluso mi vida. Gracias por llenar mi vida, mi niña.
Bella susurraba bajito palabras de amor para su hija, mientras de sus ojos sus lágrimas caían como torrentes deslizándose por sus mejillas. Edward, quien la siguió, se mantuvo afirmado en el quicio de la puerta, observando tan conmovedora escena, pensando en lo maravilloso que sería para él dentro de poco, comenzar a compartir su vida con esas dos hermosas damas, con su hija Grace y con el bebé que venía en camino, que llegó a sorprenderlo y a sumar más felicidad para él.
No aguantó mucho como observante y caminó hacia adentro del cuarto, ganándose detrás de Bella, rodeándola por la cintura y descansando suavemente su cabeza en el hombro de ella. Allí se quedaron en silencio contemplando a la niña, que estaba profundamente dormida.
―¿Estás bien? ―susurró Edward. Ella suspiró y asintió con la cabeza― ¿Quieres bajar ahora?
―Uhm… quisiera quedarme con Beth por un rato, hasta estar segura que no se despertará.
―Está bien. ¿Quieres que me quede contigo?
―Sí, por favor ―suspiró, echando hacia atrás su cabeza, mientras él aprovechaba y dejaba un beso en su delicado cuello.
―Mañana nos entregan la casa ―recordó Edward a Bella, mientras veían a la niña dormir― Creo que sería un buen momento para contarle a Grace lo del bebé, ¿lo crees?
―No sé… ¿cómo crees que se lo tome? ―preguntó con un poco de nervio.
―Será la hermana mayor, no podrá de la dicha― comentó Edward― Así que no te preocupes por su reacción.
―Bien. Mañana entonces.
―Mañana es el día.
Hace menos de un mes, pusieron sus esfuerzos en buscar una casa adecuada para ellos y para el momento en que comenzaran a compartir su vida en familia, pues el apartamento de soltero de Edward se haría pequeño, sobre todo ahora con el embarazo de Bella. Así que encontraron aquella casa con inmenso jardín, en un sector residencial muy seguro. Edward había querido comprar la casa con sus medios, pero Bella sentenció que si al menos ella no pagaba la mitad de la casa, no pensaba vivir en ella. Además, sus ahorros y lo que le dejó el divorcio se lo permitía. Después de mucho hablarlo, a Edward no le quedó de otra, pero solo aceptando el treinta por ciento del costo de la casa.
―¿Está es la casa nueva, papi? ―preguntó Grace al día siguiente, cuando aparcaron el coche de la casa de dos pisos blanca, rodeada por césped y un sector para aparcar dos coches a un costado.
―Esta es la casa nueva, cielo ―respondió, quitando el seguro del coche para poder salir.
De grandes ventanales, por dentro los espacios aun vacíos se iluminaban por la luz natural que se filtraba de ellos. Espacios amplios y claros permitían delinear cómo y qué tipo de mobiliario iría en cada lugar.
―No sé por qué, pero ahora la veo más grande ―comentó Bella con ilusión en su voz, mientras recorría el lugar con su hija en brazos, llevando ella a su vez a su elefante Juancho entre sus brazos― Debemos comenzar a trabajar para amoblarla pronto, o nos pillará la boda y no alcanzaremos.
―Alcanzaremos ―respondió Edward, caminando hacia ella― Además, adelanté algo― agregó, guiñándole el ojo y dirigiéndola hacia el segundo piso.
Arriba, Bella dejó a su hija en el suelo, siendo Grace la que la llevara por los cuartos, mientras Edward y Bella iban hacia el cuarto matrimonial. Al abrir la puerta y al centro de esta, una gran cama King blanca ocupaba espacio, con la ventana francesa por detrás, haciendo que la cama se iluminara esplendorosa.
Bella mordió su labio y sonrió, mirando a Edward quien alzaba sus cejas con orgullo.
―¿Y esto? ―preguntó Bella, caminando hacia la cama y tendiéndose en ella.
―Pues… es una cama― advirtió, alzándose de hombros y caminando con semblante divertido hacia ella, quien estaba disfrutando del colchón blandito bajo su espalda y el sol brillando fuerte sobre ella.
―¿Tiene algún significado que haya una cama en el cuarto?
―Bueno, es el cuarto de los dueños de casa… y los dueños de casa querrán inaugurarla como corresponde, cuando no hayan niños rondando, por cierto ―dijo, agachándose hacia ella para besarla.
―Espero que podamos inaugurarla pronto entonces ―dijo ella con coquetería, haciendo reír a Edward. Las niñas entraron al cuarto antes que Edward pudiera olvidarse del resto del mundo y hacerle el amor a su futura esposa.
―¿Por qué hay una cama aquí, papi? ―preguntó Grace, montándose sobre esta después de haber dejado a Beth junto a Bella, quien lo miró y alzando las cejas como desafiando a Edward para responderle a su hija.
―Venía de regalo con la casa ―mintió con descaro. Bella no puso esconder su carcajada. Grace se acomodó junto a su padre y le contó lo grande que era la casa nueva e indicó cuál sería su dormitorio y el de Beth.
―Bueno, y ya que estamos en el momento de las informaciones ―dijo Edward a su hija y a continuación poniendo una mano sobre la plana barriga de Bella, le habló a su hija― ¿Recuerdas cuando me contaste sobre el hermanito de tu amiga, el hermanito del matrimonio nuevo de su mamá?
―Sí papi, y tú me dijiste que yo también podría tener un hermanito, lo prometiste ―recordó ella claramente.
―Pues adivina… cumplí mi promesa ―dijo, acariciando la barriga de Bella. Grace siguió la mano de su padre y en silencio hiló cabos en su cabeza, comenzando poco a poco a abrir sus ojos. Miró a su papá, luego a Bella, y de regreso a su papá.
―¿Voy a tener un hermanito?
―Sí, Beth y tú tendrán un hermanito ―respondió Edward con claridad.
―¿Es verdad, Bella?
―Sí, preciosa ―respondió ella entre la alegría y la emoción. Miró a Edward y él le guiñó el ojo, disfrutando también de la reacción de su hija.
―¡¿De veras?! ―se hincó sobre la cama― ¡Tendremos un hermanito, Beth! ¡Tendremos un hermanito! ―celebró Grace, siendo imitada por Beth, que lanzaba grititos de dicha también.
―Bueno, puede ser hermanito o hermanita… ―comentó Bella, sentándose de piernas cruzadas sobre la cama. Edward enseguida negó con la cabeza.
―Será niño, lo sé ―dijo con total seguridad.
―Edward, no lo sabemos…
―¿Va a ser un hermanito, papá?
―Estoy completamente seguro… tan seguro como para que le pongas nombre a tu hermanito.
―¿Ahora?¿Yo?
―Beth y tú, sí. Ahora. Dime, qué nombre quieren ponerle ―preguntó Edward, mientras Bella cruzaba sus brazos y rodaba sus ojos. Grace con una mano en su barbilla pensaba, y miraba a Beth.
―¿Qué dices, Beth? ―preguntó Grace. La niña, en una maniobra justa, levantó el elefante de peluche de quien no se había separado en todo el día y se lo enseñó a Grace, diciendo algo como "ja-chon", que era lo que ella repitió cuando Grace le dijo que el elefante se llamaba Juancho.
―¡Beth dice que le pongamos Juancho! ¡Y yo creo que es un buen nombre! ―exclamó Grace convencida de haber captado muy bien el mensaje de Beth. Bella dio una palmada en su frente, negando con la cabeza, mientras Edward esbozaba una tremenda sonrisa de satisfacción.
―¡Juancho se llamará entonces! ―celebró el padre― Ahora vayan y elijan un cuarto para Juancho, pero sin bajar las escaleras, ¿está bien?
―¡Sí, papá! ―exclamó Grace, saltando de la cama y ayudando a Beth a bajar también, para llevarla de la mano fuera del cuarto para buscar cuál de todos sería el ideal para el nuevo hermano.
―No puedo creer lo que acabas de hacer, Edward ―reprendió Bella, poniendo sus manos en sus caderas― ¿Te das cuenta de lo que pasará si llega a ser niña? ¿O si en verdad es niño y tengamos que llamarlo Juancho?
―Sé que será niño, porque se lo he pedido al cielo, Bella. Necesito ayuda del género masculino, soy uno contra tres, no es justo ―Se justificó, haciendo reír con ganas a Bella por sus ideas ―Además, me gusta cómo suena: Juancho Cullen. ―dijo, como disfrutando del nombre de su próximo heredero. A Bella no le quedó de otra que reír y exclamar:
―¡Dios, Edward! Estás loco.
Él se unió a las risas de su futura esposa, y se acercó a ella, hasta tomarla y sentarla sobre sus piernas para besar finalmente sus labios. Definitivamente, esta pareja estaba lista para comenzar a compartir sus vidas, en el lugar que fuese, pero juntos. Juntos y felices por el resto de sus vidas.
~En Paralelo~
Bella y Edward se casaron un soleado sábado del mes de Julio, cuando ella tenía alrededor de tres meses de embarazo o un poco más. Después partieron por dos semana a Paris donde disfrutaron de su luna de miel, mientras Grace quedaba al cuidado de Lauren por todo ese tiempo, aprovechando de presentarle a Clark, su pareja, a quien la pequeña le dio el visto bueno de inmediato: "Es muy guapo, mami".
Mary Elizabeth quedó en casa con sus abuelos, pero día por medio era visitada por Jasper, quien se había mantenido constante en la relación con su hija, sintiendo con orgullo como ella con mucha claridad le llamaba "papá" cada vez que lo veía. Charlie y Renée poco a poco iban aflojando el trato con él, aunque siempre quedaría en ellos un dejo de dolor y el recuerdo del sufrimiento de sus hijas, sobre todo de Alice, a quien este matrimonio había aprendido a sobrellevar el dolor de su pérdida, con paz.
El trabajo en el bufete siguió marchando, sumando al ahora abogado Seth Clearwater, recién titulado con honores de la universidad. El abogado James iba feliz por la vida, pues prontamente sería padre de su primer hijo con Victoria. Garrett y Tatianne decidieron tomarse vacaciones cuando el recién casado en segundas nupcias Edward se dignara a regresar de su lujosa luna de miel, para después darle el pase a Carlisle, quien se arrancaría con su esposa Esme hasta Roma en un viaje romántico, sólo para dos.
Rosalie decidió dejar la dirección del colegio de sus padres y dedicarse a dar clases de literatura, que era lo que ella amaba, siendo Jacob, el eterno soltero del colegio quien tomó la dirección bajo la supervisión de Rosalie y su familia, mientras Emmett disfrutaba de más tiempo con ella y sus hijitas, que crecían sanas y felices.
Kate y Tanya montaron una tienda de alta costura con ropa traída directamente desde Francia, lo que las obligaba a sacrificarse y viajar allá con regularidad para enterarse de las tendencias de la moda allí. Seguían solteras e indomables, decían ellas mismas, disfrutando de sus vidas.
Michael Newton no pudo seguir viviendo en Chicago, por trabajo y por el dolor que le era estar allí y vivir sin Alice ni su hijo, por lo que decidió migrar a España y residir allí por tiempo indefinido. La última vez que estuvo en Chicago fue para la boda de Edward y Bella. Después de eso, no había regresado. Pero Bella se ocupaba de mantenerse en contacto con él y al menos la tranquilizaba que Michael había encontrado algo de paz después de tanto llorar su pena, aunque era algo que le costaría superar. Sólo Dios y el tiempo dirían cuando.
/E.P/
Bella caminaba por el césped de su casa, mirando las rosas que su madre y Esme había plantado allí antes que ella y Edward se casaran, de eso hace tres meses. Paseaba entre las flores que aún estaban abiertas bajo el débil sol de octubre, con ambas manos sobre su barriga de seis meses… "Con ambas manos sobre Juancho" se corrigió mentalmente, rodando sus ojos. Edward seguía con la idea de llamar Juancho al bebé, que no sabían con certeza su sexo, pues las veces que en los controles el doctor les ofrecía decírselos, Edward se negaba, apostando seriamente a su tincada.
―¡Señora Cullen! ―sintió que el abogado la llamaba por detrás, alcanzándola y abrazándola por la espalda y posando sus manos también sobre la barriga de su esposa― ¿No tienes frio?
―No, para nada. ¿Papá ya llegó?
―El club de Tobby está aquí en pleno, listos para el partido de beisbol ―indicó Edward, besando la mejilla de su mujer.
―¿Y las niñas?
―Salieron con sus abuelas, ya sabes.
―Bien, entonces iré al cuarto y descansaré, hasta que te dignes a prestarme la atención que merezco.
Edward mordisqueó el lóbulo de ella, haciéndola estremecer y apretándola un poco más a él ―Puedo hacer que todos se larguen y tener la casa para nosotros solos… y prestarte la atención que merece usted, señora.
―No, no, no hagas tal cosa. Ve y disfruta de tu tarde de sábado con los muchachos. Yo iré a dormir un rato y veré una película.
―Bueno, mujer, como quieras. Pero éntrate ahora, no quiero que te resfríes.
―Una cosa antes ―dijo, antes de entrar a la casa con su marido. Él frunció su entrecejo y miró atento a su esposa, esperando lo que ella tenía para decirle― He sido muy feliz contigo, Edward. Muy feliz, como pensé que nunca lo sería… y te amo como nunca jamás he amado a nadie.
Edward la miró con todo su amor y con ternura, acariciando su rostro, mirando sus hermosos ojos marrones que siempre destellaban luz cuando lo miraba. Acarició con sus pulgares sus labios carnosos, antes de declararle por enésima vez su amor, como ella acababa de hacerlo:
―Llegaste como luz a mi vida, Bella, como la mayor sorpresa que jamás recibí. Me ayudaste a seguir adelante en medio de todo… para finalmente volver a disfrutar de la felicidad absoluta a tu lado. Te amo, hermosa, y has de saber que soy y seré muy feliz contigo durante mucho, mucho tiempo más y que te amaré con toda la fuerza de mi corazón, incluso después de esta vida.
Los ojos de Bella escocieron por las palabras de su esposo. Una emoción muy poderosa y un amor pleno llenaban su pecho ante aquellas palabras, que no era solo eso, sino promesas, juramentos que ella compartía con él.
Juramentos que eran para toda la vida.
―Bueno, señor Cullen, ahora que hemos renovado los votos, podemos entrar, porque mientras más se demoren en comenzar, pues más tardaran en salir de aquí y menos tiempo tendremos para nosotros ―dijo, besando sus labios, y empujándolo de la mano hacia la casa.
―¡Demonios, mujer, en qué momento se me ocurrió invitarlos! ―se lamentó Edward, entrando a la casa de la mano de su mujer.
Y así seguía la vida de estas dos personas, que hasta hace dos años vivían sus vidas por separado, de forma paralela, las que llegaron a encontrarse y convergir para unirse en una sola vida, para afrontar juntos lo que la vida y el destino había de deparar para ellos.
Ahora sí, se acabó.
Este fue el último capítulo de esta locura que me trajo tantas satisfacciones. En nombre de mi Gaby (hermosa y sexy beta a quien agradezco con todo mi corazón el amor y la colaboración que puso en esto) y en mi nombre, les doy infinitas gracias por habernos acompañado aquí. Lo hice con mucho respeto y cariño, dedicado a cada una de usted.
¡Pero Falta el epílogo! Y ya ahí les daré un adelantito de mi próxima locura, ¿si?
Mi cariño inmenso a cada una de usted.
Besotes!
Catalina Lina. =)
