Epílogo.

~En Paralelo~

―¡No te harás un tatuaje, Grace! ―sentenció Edward tajantemente a su hija.

―¡¿Por qué no?! ―preguntó desafiante Grace, poniendo sus manos sobre sus caderas en señal de protesta, estrechando ―hacia su padre― sus verdes ojos, con su largo cabello tomado en una moña desordenada, su camiseta de Snoopy , sus jeans desteñidos, y sus Converse de lona negra.

Edward la fulminó con la mirada ―Simplemente porque tienes once años ¡Eres una niña!

―¡Pre-adolecente!

―¡Para mí eres una niña aun! ―respondió y agregó, un poco más calmado ―Mira, tómalo por este lado, tienes al menos 15 años para decidir qué tatuaje te quieres hacer, porque antes de eso, no dejaré que hagas una estupidez como esa.

―¡¿Qué tienes en contra de la gente que usa tatuajes?!

―No se trata de eso, sólo que es algo definitivo, de lo que no podrás arrepentirte después. No es como cuando quisiste teñir tu pelo azul o ponerte aros en la nariz…

―¡Tú no entiendes nada, papá! ―le gritó con vehemencia, se dio la vuelta y salió corriendo del despacho que su padre tenía en su casa.

Pasó corriendo por el lado de Bella, quien alcanzó a oír esto último de la discusión, sin querer entrometerse. Miró a Edward y lo vio con su semblante preocupado y confundido, sin entender el porqué de la reacción de Grace. Y antes que él fuera detrás de su hija, ella se interpuso

― ¿Te parece si me dejas hablar con ella? ―le propuso con serenidad, asintiendo él enseguida.

―Bien, pero de cualquier forma querré saber qué le pasa, ¿está bien?

―Claro ―dijo, acercándose un poco más a él para darle un beso en su boca. Miró luego hacia su lado y vio a la menor de sus hijas, con su mantita azul cogida con la mano desocupada, escarbándose los ojos por el sueño. Era la hora de dormir para ella.

―De esta dama me encargo yo, es mi trabajo ―dijo Edward, acercándose a su hija y levantándola en los brazos para mecerla un rato y se quedara al fin dormida, mientras Bella subía a hablar con Grace.

Se sentó y acomodó sobre sus piernas a Valerie ―"Juancho" para los amigos― descansando su cabecita ondulada y castaña sobre su pecho, lista para dormir.

La niña de 3 años, la primera hija del matrimonio Cullen-Swan, sufría de "papitis auguditis", como decía Carlisle, esto por la dependencia que la pequeña tenia por Edward, llegando incluso a necesitar de él incondicionalmente para dormirse.

―Muy bien mi pequeña, duerme tranquila… ―susurró, dejando besos suaves sobre su pequeña cabeza, mientras los ojos de la niña se cerraban lentamente.

En el segundo piso de la casa, Bella entraba con cautela al cuarto de Grace, quien yacía echa un ovillo sobre su cama, agarrada de sus rodillas. Caminó en silencio respetuoso hacia ella y se sentó a su lado, acariciando su cabello de miel.

―Háblame, Grace ―le susurró.

―Papá no entiende nada…

―Pues si se lo explicaras… ¿por qué te has puesto así?

―Es… es importante para mí hacer esto.

―Es importante para ti hacer un tatuaje en tu cuerpo, pero, ¿por qué?

Grace se incorporó rápidamente sobre su cama, sentándose de piernas cruzadas, de frente a Bella ― ¡La estoy olvidando, Bella! ¡Estoy olvidando a Lizzie! Me cuesta recordar los momentos con ella, y si no fuera por las fotografías, su rostro me costaría recordarlo… su voz… su voz es una bruma… y no quiero que eso pase. He pensado que quizás si tatuara su rostro en mi espalda me sería más fácil… ¡he leído a personas que hacen eso por sus seres queridos que han muerto y a quienes no quieren olvidar!

Bella torció su boca y peinó el cabello de Grace mientras hablaba con dulzura, comprensión y reflexivamente:

―Nena, es normal que cosas como esas pasen, eras pequeñita cuando Lizzie murió, es normal que ciertas cosas las olvides. ―Grace iba a protestar, pero Bella la detuvo antes, continuando con explicar lo que ella creía― Pero si cierras los ojos y respiras con calma, si la evocas de ese modo, los recuerdos más hermosos con tu hermana retornaran nítidamente.

―A veces… a veces quisiera que estuviera aquí, con nosotros.

―¿Y dudas que lo esté? ―preguntó Bella, poniendo enseguida una mano sobre el corazón de la "pre-adolecente" de once años― Siempre está aquí, no lo olvides. Siempre recuerda esas palabras que ella te dijo la última vez que la viste…

―Me dijo que sería mi ángel, mi ángel guardián. Me dijo… me dijo también que… que me escucharía ―las lágrimas corrieron como diques abiertos desde sus ojos y muy emocionada agregó― Me dijo que siempre estaría conmigo…

―¿Lo ves? Las palabras, los recuerdos importantes siempre retornan a nosotros en el momento preciso. No es necesario que marques tu piel con su rostro para no olvidarla ―Bella secó las lágrimas en las mejillas de Grace, miró luego hacia un costado y de su mesita de noche tomó la fotografía enmarcada de Elizabeth sonriendo― Ella desde el cielo te mira, te cuida y te sonríe. Sonríe porque está feliz, nena, feliz por ti, por tu papá, por tú mamá…

Grace asintió oyendo las palabras reconfortantes de la mujer a quien ella consideraba como su segunda madre, mientras agarraba con delicadeza la fotografía de su hermana, y con los pulgares le acariciaba el rostro.

―¿Echas de menos a Alice? ―preguntó Grace a Bella, sin dejar de contemplar la fotografía de su hermana Elizabeth.

―Sí, nena, cada día, pero me reconforta saber que, como Lizzie contigo, ella me cuida desde el cielo y seguro está feliz por mí, por nosotros.

―¡Seguro está con Lizzie! ―exclamó Grace con dulzura.

―Claro que sí.

Un carraspeo desde la puerta interrumpió la charla de las dos mujeres. Un muy preocupado padre se asomaba y con sus ojos pedía autorización para entrar.

―Anda, ven aquí ―le dijo Bella, extendiendo la mano hasta su marido. Él caminó y se sentó junto a su mujer, mirando a su hija y viendo el rastro de llanto en su rostro, además de la fotografía de Lizzie que mantenía en sus manos.

Él no pudo resistir la tentación de tomarlo y mirarlo con añoranza, pero siempre con una sonrisa. "Mi hermosa guerrera..."

―Ya cambié de idea sobre el tatuaje… de momento.

Edward levantó la vista del retrato, mirando a Grace quien torcía su boca escondiendo una sonrisa

―Fabuloso ―respondió él con tono suave y una pequeña sonrisa, en acuerdo de su decisión.

No reconoció haber escuchado tras la puerta parte de la conversación que ambas habían tenido recién, de cómo Grace se había abierto a ella con sinceridad sobre sus temores y de cómo Bella la había aconsejado a superarlos. Adoraba ese vínculo que existía entre su esposa y su hija, tan estrecho, de tanta complicidad.

Por cierto, Lauren no ponía reparo tampoco en eso, ella era la madre de Grace y más que sentir celos, agradecía también esa relación entre ambas, mucho más ahora que al fin se había dado la posibilidad de conocer a alguien y rehacer su vida. En ese momento, Lauren y su marido Clark estaban de luna de miel, por ello Grace pasaba tiempo completo en casa de su padre.

―¿Val ya se durmió? ―quiso saber Bella, recostando su cabeza sobre el hombro de su marido, quien antes de responder, la besó sobre su cabellera.

―Por supuesto.

―Hoy es viernes, ¿hay problema que vea una película? Mañana no tengo escuela ―preguntó ahora Grace a su padre, mientras este dejaba el retrato de Lizzie sobre el velador.

―¿Alguna película de Disney? ―preguntó Edward con tono divertido.

―¡Claro que no! ―respondió Grace, ofendida, como si la pregunta de su padre, quien reía por la actitud de su hija, fuera una burla para ella, pues ella en su calidad de "pre-adolecente" ya no estaba para vez películas de Disney.

―Yo veré una buena película con ella, mientras tú ves el partido de beisbol que papá te grabó.

―Está bien. Pero no te duermas tarde, porque mañana te sacaré temprano de la cama, necesito que me ayudes a despejar el cuarto frente a este ―informó Edward, dándole una mirada a su mujer, quien mordió el labio y sonrió.

―¿Y para qué vas a desocupar ese cuarto? Ya hay un cuarto de invitados…

―Es para Beth…

―¡Pues que te ayude ella!

―¡Grace! ―le advirtió Edward.

―Vale, vale, ayudaré… ―respondió divertida. Lo de protestar para ayudar con algo concerniente a Beth era sin duda una broma, esto por la manera en que Grace adoraba a Beth.

―¿Y Val dormirá sola? ¿Ya está en edad de eso?

―No… no precisamente…

―¿Entonces?

Edward llevó una mano hasta el ahora plano vientre de Bella, dando a entender lo que iba a decir a continuación ―Ten el agrado de ser la primera en enterarte que se nos unen refuerzos al equipo.

Grace abrió sus ojos y miró a Bella y a su padre alternadamente ―¿Una hermanita?

―Un hermanito ―rectificó Edward, totalmente convencido.

Bella agregó ―Eso no lo sabemos aún…

―¡Pues yo lo sé! ―exclamó Edward con seguridad, deseando convencer a su esposa. Grace estrechó los ojos hacia su padre y le recordó un asunto sobre sus pasados pronósticos:

―¿Como supiste que era hombre cuando iba a nacer Val? ―preguntó con ironía, refiriéndose a Valerie― ¡La llamaste Juancho porque estabas seguro que era hombre, papá!

―¡Tú y Beth le pusieron Juancho!

―¡Eso no es cierto! Además, nos aseguraste que era hombre…

―Bien, okay, alto ahí los dos ―medió Bella― No sabremos si será hombre o mujer hasta que lo confirmemos con la ecografía ―dijo con determinación, mirando a Edward― pero de cualquier manera, tenemos que comenzar a arreglar todo, mientras tengamos tiempo.

―¡Dios, voy a tener otro hermanito! ―exclamó Grace feliz, levantándose y poniéndose a dar saltos sobre la cama. Enseguida probó los reflejos de su padre, lanzándose sobre él, cayendo en sus brazos.

―¿Y Beth lo sabe?

―No todavía. Eres la primera en enterarte. Mañana iré por ella a casa de Jasper y durante el almuerzo se lo contaré.

Grace salió del brazo de su padre y se paró sobre la cama, frunciendo su entrecejo y poniendo las manos sobre sus caderas ―No me gusta cuando Beth se encuentra con la… señora esa, su abuela, siempre pasa algo…

Bella bajó su cabeza, un poco golpeada por las palabras de Grace, quien dijo aquello sin ninguna mala intención.

Jasper aprendió a ser un buen padre como alguna vez se lo prometió y pasaba cada momento que tenía disponible con Beth, llegando a tener ambos una relación muy estrecha. Pero era cierto lo que decía Grace, cada vez que Beth pasaba el fin de semana en casa de Jasper, Hilda iba hasta allá y le decía cosas que la confundían y la entristecían, teniendo Jasper muchas veces que intervenir. Siempre volvía cabizbaja de esas visitas cuando su abuela paterna estaba alrededor, cuestión que ella ciertamente odiaba. Hilda confundía a Beth con reproches contra Bella, sobre todo de cosas pasadas, cosas que alteraban a la pequeña de sólo seis años.

En general, Mary Elizabeth era una niña muy feliz y muy madura para su edad, pero ese tipo de situaciones, hacían que su melancolía aflorara, provocando tristeza también en Bella.

Edward, leyó la pena en el gesto de su esposa después que Grace comentara aquello y enseguida la abrazó por la cintura, acercándola a su pecho para reconfortarla

―¡Mañana nuestra Beth llegará feliz, ya verán! ―dictaminó Edward, en una promesa. "Yo me encargaré de que así sea."

A la mañana siguiente, cerca del mediodía, Edward esperaba en las afueras de la casa de Whitlock a que su hija Beth saliera, mientras Bella, Grace y Valerie, se quedaban en casa arreglando y lanzando ideas de cómo sería la decoración.

Cuando por fin la niña apareció, a Edward no le causó extrañeza verla con el semblante serio, mientras desde la puerta principal la vieja… la señora Hilda Whitlock observaba con sus brazos cruzados, con gesto altanero y desafiante hacia Edward. Pero él ni caso le hacía, sólo le preocupaba la niña.

"Y que se joda la vieja esa"

―¡Hola pequeña! ―saludó Edward a la niña, cuando esta entró en la parte trasera del coche. La niña lo miró y respondió casi inaudiblemente, obligándose a esbozar una diminuta sonrisa.― Bueno, ahora tú y yo nos iremos a un McDonals y nos atragantaremos con comida chatarra, ¿te parece?

―¡Sip! ―respondió la niña, ahora sonriéndole de verdad a Edward, quien más tranquilo por la reacción de la pequeña, arrancó al local de comida rápida.

Cuando llegaron, se sentaron en una mesa con sus pedidos frente a ellos, apresurándose Edward en preguntar ―¿Y qué tal el día en casa de Jasper?

―Bien, papá y yo armamos una casa con Lego, es muy grande y nos quedó muy linda ―recordó sonriendo, pero luego su rostro cambió en 180 grados― Pero después…

―¿Después?

―Papá tuvo que salir al aeropuerto por unos señores y me quedé con la abuela, me dijo que… lo que me dice siempre… que tú no eras mi papá de verdad y que eso no debía olvidarlo. Se enoja cuando te digo papá ―reconoció con tristeza. Edward suspiró y con ternura acarició el rostro de la niña.

―Bueno, eso lo sabemos, ¿verdad? ―le dijo Edward― Jasper es tu papá, y él te quiere…

―Y yo también lo quiero.

―Por supuesto que sí ―reafirmó Edward― Y sobre lo que dice tu abuela, ya nosotros lo hemos hablado otras veces y tú entiendes cuál es la diferencia entre Jasper y yo. Sabes que él es tu papá de verdad, pero también sabes quién soy yo, ¿verdad? ―la niña muy atenta a las palabras de Edward asintió fervientemente a lo que él preguntó― Entonces dímelo, dime quien soy para ti, me gusta mucho cuando lo dices…

Ella le dio una sonrisita muy grande antes de responder ―Eres el papá de mi corazón.

―Y tú la hija de mi corazón y te amo como tal, como mi hija, porque lo eres y sé que me quieres de igual forma; también sé que quieres a Jasper y eso no dejes de hacerlo nunca, ¿sí? Y sobre lo que dice tu abuela, bueno, cuando ella salga con la misma cantaleta, recuerda esto que acabamos de hablar, ¿está bien? ―aconsejó a la hija de su corazón y evitando que la actitud de Hilda la afectase.

―Sí, papá ―respondió la niña al consejo.

―Ahora, debes enterarte de un par de cosa ―dijo Edward, agarrando una papa para llevarla hasta su boca, cambiando radicalmente de tema. La niña deshizo su hamburguesa y le dio un mordisco con ansia, pues siempre en casa de su abuela paterna comía nada más que vegetales y cosas "sin gracia" como decía Grace. La niña masticó su comida, mirando a Edward y esperando que hablara.

―Tendrás tu habitación propia.

La niña acabó de tragar y miró a Edward con sus ojos grandes por la sorpresa y el gusto de la noticia.

―¿De verdad?

―Sí, de verdad. El cuarto que está frente al de Grace será tuyo, ¿genial, no?

―¡Sí, sí, sí!

―Y eso es porque en el cuarto de Val tendremos que poner una cunita… ―dijo Edward, agarrando su vaso de coca cola y tomando un buen sorbo, mientras alzaba sus cejas hacia la niña, quien frunció sus ojos.

―¿Val volverá a dormir en su cuna?

―No, no, no es para Val. Un hermanito viene de camino…

Otra vez, Beth abrió sus ojos con real sorpresa ―¿Un hermanito? ¿Tendremos un hermanito?

―Sí.

―¡Yupi! ―exclamó la niña, alzando sus brazos al cielo con alegría. Ella no había disfrutado mucho del nacimiento de Val, pues era pequeña, pero esta vez se hacía a la idea de poder enseñarle cosas a su hermanito…

―¿Si es hombrecito, se llamará Juancho, también?

Edward rodó los ojos y suspiró ―Tu madre me prohibió que le pusiéramos nombre antes de saber si será hombre o mujer, aunque estoy seguro que será un hombrecito.

―Está bien, ¿y llegará en poco tiempo?

―Al menos debemos esperar ocho meses.

―Ocho meses es mucho… ―respondió la niña, arrastrando la u en la última palabra

―¡Oh, claro que no! Ya verás lo rápido que pasa el tiempo ―le dijo, guiñándole un ojo.

Y Edward tuvo razón.

El tiempo en esos ocho meses corrió con rapidez. Todos en la familia estaban ansiosos con la llegada del nuevo miembro, de quien habían planificado su llegada, no sorprendiéndole ni a Bella ni a Edward cuando ella confirmó mediante un test casero que estaba embarazada de su tercer hijo.

Edward moría de ganas por confirmar sus "sospechas" sobre el sexo del hijo, que para su dicha fue rectificada con la ecografía indicando que próximamente se les uniría un hombrecito.

―¡Esta vez no será Juancho, pero sí recibiremos a David dentro de poco!― anunció con orgullo el abogado.

Renée y Esme desde que se enteraron de la venida del nuevo nieto, se vieron involucradas en todo lo referente a la decoración del cuarto del niño, no olvidando que compartiría espacio con Val, por lo tanto debía ser algo homogéneo y Valerie miraba con rareza cómo las cosas en su cuarto iban siendo removidas para recibir al nuevo integrante. Digamos que no estaba tan eufórica como sus otras dos hermanas, pues con todo eso su espacio en el cuarto se estaba reduciendo para llenarlo de cosas para el nuevo bebé y eso no le gustaba mucho. Y aunque siempre la involucraban con lo referente a la decoración, no aportaba mucho, pues ella simplemente se alzaba de hombros cuando pedían su opinión.

Carlisle y Charlie por otro lado, discutían sobre cuál sería el equipo de beisbol que el futuro primer nieto hombre de ambos que seguiría con fanatismo, o de cuantos corazones rotos iría dejando por el camino, porque seguro si era nieto de ambos, sería muy guapo. Bella, Renée y Esme giraban los ojos cuando ellos salían con ese comentario.

Finalmente el día llegó. El día que David Cullen llegaría mediante parto normal a integrar este tan unido clan familiar.

―¿Estás lista, hermosa? ―preguntó Edward a su esposa, cuando ella estaba lista sobre la cama en el cuarto esterilizado donde ella llevaba media hora de contracciones.

Bella agarrada fuertemente de la mano de su esposo, con los dolores naturales y muy nerviosa como estaba, afirmó con su cabeza, mientras mordía su labio.

―Ya quiero que llegue, ya quiero cargarlo en mis brazos…

―Eso será muy pronto, hermosa ―dijo él, afirmando su frente en la de ella― ¡Dios, te amo tanto! Me has hecho tan feliz, Bella.

―Me amas como yo te amo a ti, Edward.

Después de esa declaración de amor, una contracción la hizo cerrar los ojos y apretar sus dietes con fuerza, mientras la bata que usaba Edward para estar allí era agarrada por sus puños. Estaba todo listo, eso dijo el doctor cuando entro justo en ese momento con un equipo de personas rodeó a Bella y la preparó para empezar con el trabajo propiamente.

En la sala de espera, los padres de ambos y sus tres hijas esperaban ansiosos y llenos de nervios el momento en que Edward apareciera en ese lugar, para decirles que el pequeño David ya había nacido.

Eso no ocurrió sino hasta después de dos horas, cuando el abogado apareció ataviado de una bata de hospital verde, su cabello revuelto y sus ojos llorosos. Esta vez, el llanto sin duda fue producto de la emoción.

Durante más de hora y media de trabajo, se vio conteniendo a su mujer, confortándola con palabras de ánimo cuando ella, con todas sus fuerzas y soportando el dolor, daba a luz, a aquel hermoso niño.

―¡Ya… ya nació! ―exclamó con la emoción aun a flor de piel. La familia completa celebró la llegada del nuevo bebe, abrazándose unos a otros, mientras él acogía en sus brazos a sus tres princesas, que estaban tan emocionadas como él.

―¡¿Y cuándo lo podremos ver?! ―preguntó Grace con ansias.

―Pues cuando le hagan los exámenes de rigor, lo limpien y lo pongan en el cunero.

―¡Ya quiero conocerlo! ―dijo Beth con verdadera ansia.

―¡¿Y cómo está mi hija?! ―preguntó Renée acercándose a él.

―Mi valiente mujer está perfectamente bien.

―¡Oh, gracias a Dios! ―exclamó Charlie.

Mientras esperaban que la enfermera les fuera a buscar para poder ver a David, Edward les contaba con orgullo lo fuerte del llanto de su hijo al nacer, de lo sano que estaba y lo hermoso que era.

―¡Se los dije! Digno nieto mío ―exclamó Charlie, haciendo carcajear al resto de la familia.

Después de una media hora, la enfermera a quienes esperaban salió para anunciar que David ya estaba listo en su cunita, donde podían ir a verle en grupos pequeños. Los primeros ciertamente fueron las niñas y Edward, a quienes se les condujo por unos pasillos hasta dar con un gran ventanal, detrás del cual se desplegaban seis cunitas, cuatro de ellas ocupadas por recién nacidos, uno de ellos el pequeño David, quien observaba curioso hacia todos lados, alzando sus bracitos, abriendo y cerrando sus puños.

―¡Nos está saludando, papá! ―indicó Beth, agitando su mano hacia el bebé.

―¡Es hermoso! ―exclamó Grace, tomando la mano de su padre, con un nudo en su garganta. Edward la miró y dejó un beso sobre su frente, desviando luego su vista hacia su hijo.

―¡Por fin tenemos un verdadero Juancho en casa, papá! ―dijo Beth, aun con la mirada en su hermanito menor, haciendo reír al resto.

Al resto menos a la pequeña Valerie, quien estaba erguida sobre la punta de sus pies para ver al nuevo integrante. Según su razonamiento de niña de tres años, ese niño no tenía nada de especial ni de hermoso, pues se parecía a un muñeco y era igual al resto. Además, recién llegando ya se había llevado la atención de todos, sobre todo de su padre, quien apenas le había dedicado una mirada en esa tarde.

Definitivamente a la pequeña Valerie no le gustaba mucho el nuevo integrante de la familia. Así que desistió de mirar al bebé y con su ceño fruncido dio un par de pasos hacia atrás, afirmando su espalda sobre la muralla y cruzándose de brazo. Miró hacia un lado y sin pensarlo ni mucho menos avisar, salió por una puerta hacia los pasillos, con la idea de encontrar a su mami.

Sujetando la correa de su mochila que llevaba cargando en la espalda, corrió por los pasillos del hospital, que dicho sea de paso eran todos tan parecidos, perdiendo después de un rato su sentido de orientación.

No sabía bien dónde estaba.

Aminoró su paso, mientras el llanto de miedo comenzaba a hacerse presente. Las enfermeras y otros profesionales pasaban rápidamente junto a ella, ignorándola. Caminó un buen rato, arrastrando su hombro por las paredes mientras andaba, hasta que una joven enfermera finalmente se fijó en la pequeña niña de pelo color cobre y ojos marrones.

―Hola pequeña, ¿qué haces aquí? ―preguntó con suavidad la enfermera, inclinándose hacia Beth, quien miró hacia los lados y luego a la joven.

―Mi mami…

―Nena, ¿dónde está tu mami? ―preguntó, a lo que la niña no respondió nada, pero por su mirada era claro que no lo sabía― ¿Sabes cómo se llama tu mamá, hermosa?

Para fortuna de ella, su abuelo Charlie apenas empezó a hablar, le enseñó el nombre de su papá y de su mamá, los que ella repitió como un loro durante un tiempo. Así que con seguridad y de inmediato contestó ―Bella Cullen.

―Uhm… muy bien. Vamos, iremos a buscar a tu mamá ―le dijo la enfermera, extendiendo su mano hacia la niña. Pero ella, otra de las cosas que le habían enseñado era a no irse con extraño, y la enfermera era una extraña, pero seguramente su instinto la empujó a coger la mano de la joven y seguirla.

Edward, en tanto, miraba embelesado a su hijo ―quien parece― sabía que estaba siendo observado, pues movía sus manos al aire y abría y cerraba su boca, con sus ojos bien abiertos. El abogado no podía más con su dicha, sería maravilloso el momento en que regresaran a casa y comenzaran su vida junto a su campeón.

"Su campeón y sus tres princesas" pensó, mirando al recién nacido y luego a sus tres princesas… Pero, un momento, allí no había tres princesas, sino sólo dos.

―¿Dónde está Valerie? ―preguntó, mirando a todos lados. Las niñas hicieron lo mismo, desconociendo el paradero de la pequeña Val.

―Recién estaba aquí ―respondió Grace, extrañada.

―Quizás fue con los abuelos ―indicó Beth, alzándose de hombros.

Las alarmas en la cabeza de Edward comenzaron a sonar ―Vamos donde los abuelos y veamos si están con ella ―dijo Edward, indicándole a sus hijas la salida. Al llegar a la sala de espera encontró sólo a su padre, diciéndole de inmediato lo que había pasado.

―¿Cómo que no sabes dónde está la niña, Edward? ¡Entró contigo! ―exclamó Carlisle a su hijo, quien pasaba sus manos por su cabello una y otra vez.

―¿Y las abuelas? ―preguntó Grace.

―Fueron a la cafetería a comer algo con Charlie ―le respondió Carlisle a su nieta.

―¿Se perdió Val, papá?

―No, no, no… escúchenme bien ―les dijo, hablándole a sus dos hijas― Iré adentro y la buscaré. Si aparece y yo no he regresado, me marcas al celular, Grace, ¿entendido? Y no se muevan del lado del abuelo, ¿está bien?

―Sí papá ―respondieron las niñas al unísono.

Edward salió corriendo por los pasillos, preguntando a quien fuese si habían visto a una niña pequeña por el lugar, ninguno de ellos dándole señales de la niña.

"Dios, Dios, dónde está…" se preguntaba, mientras caminaba de un lugar a otro, buscando a su pequeña niña. Se aventuró a caminar hacia las habitaciones donde estaba su esposa descansando, no del todo convencido, porque por nada del mundo quería darle una preocupación como esa.

―¿Señor, lo puedo ayudar? ―le preguntó una gentil enfermera, cuando vio en Edward su rostro de preocupación.

―Verá, estoy buscando a mi hija que…

―¿Es usted el señor Cullen? Su hija Valerie está en la habitación con su esposa, señor.

―¡Gracias! ―agradeció sinceramente él a la enfermera, y sin decir más, caminó hasta el cuarto, abriendo la puerta y viendo a la pequeña Val abrazada y con su rostro escondido en el pecho de su madre, que hacía unas horas atrás había dado a luz y seguro ahora mismo hacía a un lado el dolor lógico de su cuerpo por sostener a su hija.

Cuando Bella lo vio, torció su boca y dio un beso sobre la cabeza de su hija y le susurró suavemente:

―Nena, mira, papá está aquí.

La niña levantó su cabeza y vio a su padre, quien parece se sacaba un tremendo peso de encima, pero aun así, los nervios lo hicieron reaccionar, regañando a su pequeña hija.

―¡Te he enseñado que no puedes salir corriendo sola! ¡¿Por qué has salido sin decirle a nadie?!

La niña comenzó a hacer pucheros, otra vez, mientras Bella peinaba su cabellera y miraba a Edward con súplica ―No la regañes, llegó muy asustada…

―¡Salió sola y ella sabe que eso no se hace! ―exclamó con mezcla de enfado y preocupación. La niña dio un respingo a la voz alta y enfadada de su padre, que en vez de silenciarla, la hicieron reaccionar sorpresivamente.

―¡Tú no me quiere ya… y yo no te quero!

Ambos padres se quedaron estáticos. A su edad, habían palabras que Valerie estaba recién aprendiendo, pero aquella frase fue dicha clara y contundentemente, a pesar de su llanto. Edward, afectado por las palabras de su hija, caminó con sigilo hasta acercarse a la cama y tomar a su hija, pero ella le lanzó manotazos y se negó a ir con él, escondiéndose otra vez en el pecho de su mamá para llorar desconsolada.

―Yo… yo… no debí haberme descuidado, pero salió sin decir nada… yo… me preocupé… ―se disculpó Edward con Bella torpemente un poco turbado por la reacción de su hija. Bella asintió lentamente, acariciando la cabecita de la niña y dejando besos sobre esta.

―Una enfermera la trajo. La encontró llorando en un corredor ―explicó ella, haciendo que Edward cerrara los ojos y se imaginara lo peor.

―¡Dios! Si un extraño la hubiese encontrado y se la hubiera llevado… yo no sé qué hubiese hecho…

―Pero está aquí. Acaba de tomar una leche y tiene un poco de sueño ―comentó Bella a su marido, para luego acercar su cabeza a su hija, quien aún hipeaba por el llanto en su pecho― Valerie, cielo, ¿quieres que papá te haga dormir?

―¡No!

Otra respuesta clara que a Edward le rompió el corazón. Bella lo miró con disculpa y le propuso dejarla ahí con ella hasta que se durmiera. Ya al otro día estaría tranquila y olvidaría lo que le había dicho. A Edward no le quedó más que asentir, saliendo luego de la recamara para informarle a su padre y a sus hijas que Valerie estaba con Bella.

―¡Ni siquiera me preocupé de ella, si había comido ni nada de eso! ―frustrado dijo Edward a su papá, sentado junto a él, con sus manos jaloneando sus cabellos una y otra vez. Carlisle tomó uno de sus hombros y apretó a modo de confortarlo.

―Oye, no te culpes. Estas cosas suelen pasar, lo importante es que está bien.

―No debería de haberla descuidado ―se lamentó, soltando un suspiro― ¿Y las niñas?

―Fueron con Charlie a la cafetería por las señoras para entrar a conocer al nieto.

―Bien… ―asintió. Cerró los ojos y recordó las palabras de Val que lo entristecieron― Me dijo que no me quería. Mi Val me dijo que no me quería…

―Edward, es una niña. Es lógico que se pusiera celosa, sabiendo como ella se siente contigo, pero es normal.

―¡Debí haber estado atento a todo eso! Ahora ella va a estar a la defensiva conmigo, no será lo de antes, estoy seguro…

―No creo eso ―dijo Carlisle, sonriendo y mirando hacia un costado. Edward alzó su rostro y miró hacia donde se había girado la vista de su padre, y vio a la enfermera que traía de la mano a su pequeña Valerie, quien venía restregándose sus ojos y bostezando. Ambos se levantaron hacia la enfermera que se apresuró decir:

―La niña tiene sueño y su madre dijo que alguien aquí afuera era el encargado de hacerla dormir.

Carlisle se acercó a su nieta y se inclinó frente a ella, ofreció sus brazos para que se durmiera ―¿Te quieres venir conmigo a dormir a la casa? ―la niña lo miró somnolienta y negó con su cabeza.― Bien, ¿quieres entonces esperar a abuela Esme o a la abuela Renée para ir a dormir con ellas? ―y otra vez la niña negó, dejando escapar un bostezo― Entonces, Val, ¿con quién quieres ir a dormir?

En silencio, la niña alzó su dedo índice e indicó a su padre quien estaba de pie tras Carlisle, mirándola con ansiedad.

Sin decir más, caminó hasta la niña y la tomó en sus brazos, apretándola fuertemente en su pecho, dejando un montón de besos sobre su cabecita, repitiendo una y otra vez lo mucho que la amaba. Así, oyendo las palabras de su padre y en la calidez de sus brazos, la pequeña regalona de Edward se quedó profundamente dormida en sus brazos.

Después de un rato, las hermanas de Val regresaran en compañía de las abuelas y de Charlie, con el alma de regreso en el cuerpo cuando vieron a la pequeña durmiendo en brazos de su padre, quien les contó cómo había pasado todo. Los cuatro abuelos aprovecharon de ir a la sala de cunas a conocer a David, mientras Edward se quedaba con sus hijas.

Al cabo de una hora, y cuando ya era una hora prudente para que sus hijas se durmieran, les indicó el plan a seguir para esa noche:

―Ahora ―susurró para no despertar a su hija Valerie aun en sus brazos― Beth y Val se irán a dormir a casa del abuelo Charlie, y Grace se irá a casa de mis padres, ¿entendido? Yo me quedaré aquí acompañando a mamá.

―¿Podemos regresar mañana? ―preguntó Beth.

―Por supuesto, las quiero aquí muy temprano, ya saben ―indicó, levantándose y dejando a su pequeña hija en manos de Charlie, arropándola y dejando un beso en su frente. Luego se acercó a Beth y a Grace― Las quiero mucho. Ahora a casa a dormir.

―Hasta mañana, papá ―dijo Beth, colgándose del cuello de Edward, dejando un gran beso en su mejilla, el que él correspondió con el mismo ímpetu de la pequeña, al igual que lo hizo enseguida con Grace.

Cuando el resto de la familia se fue junto a las tres princesas, con el peso del cansancio y de las emociones que cargó durante el día, caminó hasta la recamara donde descansaba su mujer. Bella estaba dormida, con un semblante de paz y plenitud que emocionó a Edward. Se acercó y besó su frente, provocando que ella abriera sus ojos.

―¿Está todo bien allá afuera? ―preguntó Bella de inmediato. Él sonrió y asintió despacio.

―No sé qué le dijiste, pero está todo bien. Todos se fueron a casa y regresaran mañana temprano. Las niñas te envían un beso.

―¡Dios, ya quiero tenerlas a todas aquí, y a mi pequeño príncipe!

―Mañana, señora Cullen, eso será mañana. Ahora cierra esos ojos y duerme.

―¿Te quedarás aquí, conmigo?

―Sí, ese infame sofá me espera ―dijo, indicando con su cabeza hacia el sofá celeste que a simple vista, como cama, seguro sería muy incómodo. Bella frunció su entrecejo y con cuidado se corrió hacia un lado.

―Ven, duerme aquí.

―Oye, seguro estás adolorida…

―No, no lo estoy. Ven aquí.

―Bien… quien soy yo para desobedecerte, ¿verdad? ―dijo, quitándose su chaqueta y sus zapatos, acomodándose bajo las mantas de la estrecha cama. La abrazó con cuidado, pasando sus brazos por su cintura y apegándola a él― Descansa, mi vida ―susurró, dejando besos en su cabeza.

No fue consciente de cuando se quedó dormido.

La luz de la mañana de Julio que entraba radiante por las ventanas lo despertó, alcanzando a salirse de la cama, antes que alguna enfermera llegara. Se fue hasta el baño, se aseó un poco, esperando a su madre que traería un cambio de ropa para él y salió del cuarto de baño, viendo que su esposa ya había despertado.

―¿Dormiste bien, hermosa? ―preguntó, besando sus labios.

―Perfectamente.

En ese momento, la puerta se abrió y una enfermera entró con un bultito entre sus brazos. Se acercó hasta la madre y lo dejó en sus brazos. El bultito, David, aun dormía con su boca fruncida y sus manos apuñadas fuertemente.

―¡Dios, es hermoso! ―dijo Bella, peinando con sus dedos la pelusa que cubría escasamente su cabecita. Edward sonrió y cogió una mano del niño, sintiendo la tibieza de su piel

―Lo es ―dijo, llevando su boca a la mano de su hijo, levantando luego su rostro y mirando a su esposa― Gracias por esto, Bella. Por construir conmigo esta familia, por hacerme constantemente tan feliz.

De los ojos de Bella rodó una lágrima por la emoción, la que acompañó con una sonrisa ―Yo te agradezco a ti el que hayas aparecido en mi vida en el momento justo. Te amo, te amo mucho, Edward ―inclinándose, llegó a los labios de su marido, los que besó con amor y ternura.

De pronto, el pequeño David abrió los ojos y miró con la misma curiosidad a sus padres ―Hola mi vida ―lo saludó Bella feliz. Ambos padres se quedaron un rato mimando al pequeño a solas, hasta que la puerta se abrió sorpresivamente y las tres princesas aparecieron con globos, flores y peluches.

―¡Por fin, mis princesas! ―exclamó Bella, mientras Beth se encaramaba a la cama para besar a su madre y ver a su hermanito más de cerca, al igual que Grace que se acercó a Bella para darle un beso, mientras Edward se apresuró a tomar a Val entre sus brazos y dejar un gigante y sonoro beso en su mejilla, haciéndola carcajear.

Las niñas juguetearon con él, incluida Valerie quien vio atrapado su dedo índice, cuando su hermano pequeño lo agarró entre su fuerte mano empuñada.

―¿Tendremos más hermanitos, papá? ―preguntó Beth. Edward miró enseguida a Bella y ella abrió los ojos sorprendida por la pregunta de su hija.

―¿Por qué lo preguntas?

―No hay más dormitorios en casa… y tío Emmett dijo algo de muchos hermanos, como un equipo de beisbol.

―¿Equipo de beisbol? ―preguntó Edward, pensativo. Luego sonrió y exclamó― ¡Me gusta esa idea!

―¡Edward! ―protestó Bella con diversión hacia su marido― No sabemos, cielo. David acaba de nacer, debemos esperar y conversarlo ―agregó, respondiéndole a su hija.

―Pero como sea ―agregó Edward, mirando a Bella y a sus hijas― si llegamos a ser un equipo de beisbol o no, les aseguro, les doy mi palabra, que seremos tan felices como hasta ahora. Seguiremos siendo la familia que somos, nos cuidaremos y nos apoyaremos en los momentos difíciles.

Esa era una promesa que el padre de familia estaba dispuesto a mantener, costara lo que costara. Ya sabía él y su mujer las pruebas que a veces se cruzaban en la vida de uno y amenazaban con derrumbarles. Procurarían hacer durar mientras vivieran, la sonrisa y la salud de sus hijos, la de sus tres princesas y la de su pequeño campeón. Mantendrían viva la llama de amor y pasión que lo ataba irremediablemente a Bella y con la fortaleza de ese amor, se enfrentaría a lo que el destino le tuviese deparado.

Y es así, como estas dos vidas paralelas terminaron entrelazando sus vidas y convirtiéndose en un frente unido, impenetrable. Frente que se mantendría unido, por mucho, mucho tiempo más.


Nenas hermosas:

aquí se acabó "En Paralelo". Una vez más, a nombre mio y de Gaby (mi beta hermosa),les agradecemos a cada una su compañía durante este viaje que hoy termina. ¿Qué se viene ahora?... "Subversivo Dilema" es el nombre de mi próxima locura que no tiene fecha concreta de lanzamiento, pero está cerca. Para saber el cuando y como, estaré subiendo info a mi perfil de Facebook (Catalina Lina) y las páginas que promueven fanfics y Twitter (Cata_lina_lina).

De momento es todo.

Mil besos para cada una de ustedes. Os amo, os quiero, os adoro. =)