Epílogo
La aparición de los tres magistrados en el Inframundo se sucedió de manera concatenada.
Aiacos paseó unos segundos por el lugar inhóspito, buscando con la mirada algún rostro conocido. Cerca de allí, tres esqueletos reconocieron a Garuda y salieron espantados por la visión, si cabe, más terrorífica del juez.
Con semblante serio y la mirada acerada, caminó con paso firme hasta encontrarse con el primer espectro, quien se hallaba sentado sobre un montículo pedregoso. Aiacos se acercó por la retaguardia, apartando los largos cabellos de su subordinado. Éste dio un respingo y antes de que pudiera decir nada, Aiacos le susurró unas palabras al oído.
—Tráeme mi armadura.
Tras estas palabras, depositó sus labios sobre la mejilla de aquel espectro, que salió en busca de lo que su superior le había pedido.
Al pie de la primera prisión, frente al Tribunal de los Muertos, las almas de los muertos permanecían a la espera de su sentencia. La larga cola se perdía más allá de los ojos ambarinos que oteaban por entre la multitud.
Por alguna razón, nadie osaba a increpar a aquella persona que se abría paso decididamente. Subió los escalones de tres en tres, en un arranque de agilidad y entró en el tribunal.
—¡Silencio he dicho! ¿Qué alboroto es este?— gritó aquel espectro, sentado tras la mesa de tonos dorados. La pluma negra que sostenía entre sus manos cayó sobre el libro abierto, dejando tras de sí una estela de gotitas oscuras.
—Hazme un favor— pidió Minos, esbozando media sonrisa, ante la cara de sorpresa de su subordinado.
En el Cocytos se alzaba aquel templo, la Caína. Dentro, dos espectros descansaban de un largo día de trabajo. Charlaban en voz baja, temiendo que alguien pudiera escucharles. Lo que conversaban, era algo que nadie debería escuchar.
Nadie.
Por eso ambos giraron sus cabezas cuando escucharon unos pasos firmes resonando por los pasillos de mármol.
La puerta de madera se abrió de par en par y de la oscuridad emergió una figura alta, que se quedó unos segundos observando a los dos espectros.
Con el ceño fruncido, avanzó unos pasos más y dictó la primera orden de la noche.
—Espero que mi armadura esté lista y reparada— dijo con su ya conocida voz grave.
Los dos espectros asintieron y salieron en busca de ella.
Violatte, Lune, Valentin y Sylphid. Las manos derechas de los jueces del Inframundo retornaron a sus legítimos dueños las armaduras de Garuda, Grifo y Wyvern.
La orden de retirada fue dada por Radamanthys, quien se erigió como cabecilla del trío.
Reunidos y con sus armaduras puestas, caminaron juntos en una única dirección.
La Giudecca.
Desde fuera, los tres podían escuchar la música surgida del arpa que aquella mujer rasgaba para deleite de su señor Hades.
La segunda cuerda se rompió entre los dedos de Pandora, quien dejó de tocar súbitamente.
El dios del Inframundo observó a la mujer unos segundos, sin esbozar siquiera una mueca de disgusto.
Ella se llevó una mano a la boca y giró la cabeza hacia la puerta.
Se abrió de golpe y allí aparecieron los tres jueces.
Pandora musitó una maldición mientras sentía todas las miradas puestas en ella.
Los tres, siguiendo el estricto protocolo, hincaron la rodilla en el suelo y se presentaron frente a su dios, quien por unos segundos esbozó una sonrisa de complicidad.
Volviéndose a incorporar obtuvieron lo que deseaban.
El beneplácito de su dios.
Sin esperarlo, Pandora fue atada de pies y manos por los hilos que manejaba Minos. Atrayéndola hacia ellos.
—Esto es por alejarme de mi trabajo y dejarme caer en las drogas para evadirme del infierno del mundo real.
Aiacos la lanzó hasta el techo de un golpe ejecutado con precisión, indicando el lugar donde caería.
—Esto es por quitarme lo que más quería y condenarme a un infierno de noches en vela.
Aturdida por el golpe, Pandora sintió la sangre escurriéndose por su nuca y sienes, empapando sus cabellos oscuros. Ella pensó que él la rescataría, como siempre hacía.
No se equivocó cuando Radamanthys tendió su mano y la ayudó a incorporarse.
Los dos se miraron unos segundos. Los ojos ambarinos clavados en los violáceos de ella, buscando comprender algo que escapaba a toda lógica. Pero lo que él vio en sus ojos, no fue más que la verdadera naturaleza de esa mujer.
—Y esto es por haber confiado en ti.
La frialdad de sus palabras atravesaron la conciencia de Pandora, que sucumbió ante el Castigo Supremo.
Su muerte.
El cuerpo exangüe de la mujer quedó tendido frente a Hades.
Aquí finaliza este pequeño relato, pagando Pandora muy cara su osadía.
No añadí una música, porque creo que el silencio era más oportuno para este final.
No me cae bien, se nota ¿verdad? XD
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