2. Acusaciones

No era frecuente que hubiera peleas entre ellos (fuertes, al menos).

Las discusiones eran una parte normal de su relación, y las ocasiones en las que pasaban a ser algo serio eran raras. Cuando eso ocurría, no había gritos. De hecho, era lo contrario: sus voces se convertían en susurros. Se murmuraban el uno al otro en vez de gritarse. Y entonces el juego comenzaba.

Era un juego delicado, las reglas establecidas sin que hubieran dicho algo. Se turnaban para decir algo cruel, algo que lastimara, pero sin cruzar una línea invisible que ambos habían creado. Aquél que se acercara más a esa línea sin sobrepasarla era el ganador.

Si las palabras pudieran herir, sus cuerpos estarían cubiertos de cicatrices.

Él ya no recordaba lo que había provocado esa discusión. Probablemente algo estúpido, como siempre parecía suceder. Pero sin importar lo que hubiera sido, la disputa se les había ido de las manos rápidamente. El estrés de la semana, el humor en general, el hecho de que ambos fueran testarudos; todas esas cosas alimentaban la llama. Su lado racional quería detenerse. Era algo estúpido; no valía la pena. Realmente no estaba enojado con ella; Sam sólo era el blanco de sus frustraciones. Su mesa de sacrificio, como ella le había dicho una vez. Pero ya era demasiado tarde. Ya no podía detenerse. Sin importar qué tan horrible sonara, una parte de él quería ganar.

Ella lo acusaba de ser un insensible. Eso había dolido más de lo que había esperado. Había dolido porque había venido de ella, de la persona que debería saber mejor que nadie lo falso era eso. Insensible. Una mentira, una horrible distorsión de la realidad. Ella también sabía que no era verdad.

Ese debería haber sido el final. Deberían haber hecho rabietas y retirarse enfadados para calmarse, luego volver a verse, incómodos, y disculparse. Así era como debería haber sido.

Pero en vez de eso ocurrió otra cosa.

Había algo que podía decirle. Algo que había mantenido clavado en el corazón por mucho tiempo. Alguna vez se había prometido a sí mismo que jamás lo diría, pero ahora, en el calor del momento, lo hizo.

—¿Insensible? Al menos eso es mejor que lo que tú eres —su voz estaba llena de crueldad—. Pasaste todos esos meses tras Dom, con tus sentimientos a flor de piel. Ofreciéndotele... era tan patético.

Fue como si la hubiera atacado físicamente. Se quedó sin aire en un segundo. Se veía acabada, rendida, aturdida. Había cruzado la línea.

Estaba pensando en una disculpa cuando ella se abalanzó hacia él. Esperaba una bofetada o algún grito, pero ésta era Sam.

Lo golpeó en la cara.

Mientras su visión se cubría de estrellas y su cabeza daba vueltas, escuchó su voz en su oído, susurrante y fría.

—¿Cómo pudiste?

Luego se fue, cerrando la puerta de golpe tras de sí.

Él se quedó parado en medio de la habitación, horrorizado. ¿En qué demonios había estado pensando? Eso había sido demasiado cruel, incluso para él. Ella no se merecía eso, y mucho menos de él. Sabía que Dom era una herida; siempre lo sería. Una que se abriría y sangraría al menor rasguño.

Incluir el nombre de Dom en esto había sido una traición.

Quizá realmente era insensible.


Después de lo que imaginó sería un espacio de tiempo apropiado, caminó hacia su habitación, avergonzado. No podía culparla por no haberlo buscado para mostrar su remordimiento.

Se preguntaba si podría perdonarla tan fácilmente de haber estado él en su lugar. Pero ella era orgullosa, comprensible y racional.

Lentamente, abrió la puerta de su habitación. Echando un vistazo adentro, la vio sentada en la cama, dándole la espalda. Sus hombros se agitaban en sollozos silenciosos, pero el movimiento se detuvo cuando lo escuchó entrar. La vergüenza lo invadió. Jamás la había lastimado tanto.

Cuando se acercó a ella, extendió un brazo, incómodo. Se situó tras ella y colocó una mano en su hombro en señal de paz y culpabilidad. Ella se puso rígida al sentir un contacto que no deseaba.

—No.

Fue una bofetada en la cara. Él se alejó. La voz de Sam se relajó un poco.

—Sólo... déjame. No puedo estar cerca de ti ahora.

—Bien, —murmuró él, y se marchó.


Esa noche, más tarde, él deja que la culpa lo invada mientras yace en su cama. Había sido un cobarde y un egoísta por haber esperado que ella lo perdonara tan rápido. Esperaba que la puerta se abriera, que ella viniera y se deslizara bajo las sábanas mientras él se disculpaba en susurros. Pero no lo hizo. No esa noche.

Esa noche ambos se quedarían en sus habitaciones, reflexionando en lo que él había dicho. Aún había resentimientos y celos en lo más profundo de él, y ahora sabía que podían salir en cualquier momento. Ignorar eso no serviría de nada, pero no sabía qué más podía hacer.

Se disculparía profusamente en la mañana. Se decidió a dejar de ser como era y a mostrarse agradable, a nunca más hacerla enojar de esa forma. Pero eso era mentira. Tendrían otra pelea, y más palabras hirientes llenarían la habitación. La volvería a lastimar.

Jamás se había engañado pensando que esto sería fácil.

Pero tampoco había imaginado que sería tan difícil.