3. Inquietud
Esas habrían podido haber sido unas vacaciones de lujo en alguna otra vida. Baird se hallaba parado en la cubierta del barco, disfrutando de la tibia brisa marina mientras miraba una puesta de sol que parecía casi perfecta. Pero ese no era un crucero; era el CNV Sovereign, un Nido de Ravens que ahora servía como base móvil para lo que quedaba del ejército de la CGO. Y Baird realmente no estaría en la cubierta de no ser por su amigo.
A su lado, Cole se estremeció y volvió a vomitar. Se hallaba recargado en la barandilla, echando fuera su última comida. Eso hizo que Baird se sintiera agradecido de no sentir ningún mareo. Michaelson seguía insistiendo con optimismo que Cole pronto se acostumbraría al vaivén del barco, ya que sólo había pasado una semana desde que habían abordado el Sovereign. Acostumbrarse tomaría tiempo.
Había algunos otros Gears en la cubierta, pero no tantos como para que Baird se sintiera incómodo. El sol se estaba poniendo y ellos nunca podían saber cuándo volverían a ser requeridos. La gente tendía a dirigirse hacia sus literas para dormir un poco en cuanto tenía algún rato libre. Fue entonces cuando Baird divisó dos rostros familiares al otro lado de la cubierta. Sam y Dom caminaban lentamente hacia su línea visual. No pudo evitar poner los ojos en blanco. Desde que habían abandonado Vectes, las insinuaciones de Sam hacia Dom habían dejado de ser cada vez menos sutiles, y eso le irritaba.
Ambos detuvieron su andar. Parecía que estaban manteniendo una conversación intensa. Baird no tuvo que esforzarse en escuchar para imaginar sobre qué hablaban. Ninguno de los dos reparó en Cole ni en él. Los miró. ¿Qué otra maldita cosa iba a hacer? Además, si querían privacidad deberían haber elegido otro lugar.
Sam se acercó a Dom, pero él se alejó. El rostro de Baird se tornó en una mueca cuando vio el patético acto que sucedía frente a él. No quería aparentar saber mucho sobre relaciones y emociones, pero podía reconocer una causa perdida en cuanto la veía. Dom estaba hecho pedazos. El hombre había pasado una década buscando a su esposa —la mujer con la que se había casado a los quince y con la que había criado a dos hijos— y eso había terminado con él disparando una bala en su cabeza. La gente no podía olvidar cosas como esa fácilmente, y mucho menos en un par de meses.
Lo peor era que los demás querían que esos dos estuvieran juntos. Marcus, Bernie, Dizzy, Cole —toda la gente que se suponía que debería entender. Pero al parecer Baird era el único que podía apreciar cuán mal podría terminar eso. Entendía que las personas buscaban algunos momentos de felicidad en medio del infierno que tenían que enfrentar cada día, pero esto era realmente estúpido. Era algo que no podía terminar bien para nadie.
Era algo absurdo. ¿Acaso Sam no podía verlo? Dom aún no estaba listo para seguir adelante. Probablemente jamás lo estaría. Pero ella lo perseguía estúpidamente, completamente ajena a lo que Baird encontraba tan obvio. Sam sólo estaba causando que le rompieran el corazón. No debería estar persiguiendo a Dom; era una pérdida de tiempo. No debería insistir ante alguien que sólo la vería como un reemplazo. Baird no creía que Dom fuera una mala persona; sólo que él jamás sería capaz de superar el recuerdo de su esposa. Si Sam quería a un hombre, había montones de opciones más. Y por más que odiara admitirlo, Sam era una buena persona, y todos merecían algo de felicidad en su vida. Había más hombres con los que Sam podía estar.
Estoy yo.
Baird se tensó, deteniendo bruscamente sus pensamientos. No quería a Sam; no la quería para nada. Todos en el barco lo habían escuchado quejarse por haber sido asignado al mismo escuadrón que ella. Ella era sexy, pero ¿y qué? Era una puta. Nada más que tatuajes y palabras. La mayor parte del tiempo no se llevaban bien. Además estaba seguro de que ella había estado a punto de golpearlo en más de una ocasión.
No, sólo estaba siendo un idiota. No podía controlar lo que su cerebro pensaba. Esa idea sólo había sido producto de sus hormonas. Sam era una mujer atractiva, y eso era más de lo que le habría gustado admitir. No había nada importante detrás de ello. Para nada. Jamás funcionaría. Ni siquiera podía darse esperanzas; claramente Sam tenía las suyas puestas en alguien más.
Dom hizo un gesto, y Sam y él se marcharon. Baird frunció el ceño, los observó irse yse volvió hacia su mareado amigo. Cole gimió y se limpió la boca con el dorso de su mano. Miró a Baird y arrugó el rostro.
—¿Qué te ocurre? —preguntó.
¿Cómo podía ser tan perceptivo cuando apenas unos minutos antes había estado vaciando su estómago?
Baird se encogió de hombros.
—Sólo estoy cansado.
Pudo ver que Cole no le había creído, pero sabía bien que no debía presionar a su amigo si no quería hablar.
—Bueno, creo que mi estómago ya está vacío. Veamos si alguien quiere jugar póker.
Baird asintió y siguió a Cole hacia el interior del barco. No era precisamente un aficionado a las cartas, pero tenía la mejor cara de póker.
