Y sólo porque Kusubana Yoru lo pidió... y a ver como salgo de esta...
DISCLAIMER: Los personajes son propiedad de Masashi Kishimoto y esta autora no tiene inferencia en fines lucrativos.
Capitulo 1
LUNA DE INVIERNO
Los vientos de octubre habían llegado, trayendo consigo la premisa de una cercana e inminente ventisca. Claro, este pensamiento sólo surcó de modo superficial la mente de Tazuna. Caminaba a paso lento, las manos en ambos bolsillos y su aliento provocaba una pequeña nubecilla de vapor alrededor de su boca. No importaba que ya fuera de noche, no para él. Sólo por el hecho de que ya estaba todo completamente oscuro.
No importaba, siempre y cuando se diera prisa de llegar lo más pronto posible al poblado más cercano.
La guerra seguía, pero ése era asunto enteramente de las provincias centrales. Las fieras disputas entre Países del medio Este como Kirigakure y Amegakure y las exiguas provincias aledañas sólo eran testigos mudos del eco de las batallas. Mil ochocientos transcurría con el paso apaciguado del verano, otoño y ahora el reciente invierno; y pese a que los cansados y sosegados pasos de aquel errante viajero parecían contar las pisadas, la premisa que todos los fuereños advertían, seguía pesando en su mente.
Guerra o no, las vastas regiones del País del Fuego y aledañas naciones aun contenían territorios inexplorados y solitarios. Frondosas, enormes y mortalmente solitarias eran la mayoría de las regiones boscosas que comprendían el resto de aquellas fracciones de tierra sin civilizar. La oscura época prescindía de lujos y comodidades deseados en una época bélica. La sobriedad densa del Oscurantismo occidental también había dejado una mella relevante y atrasada en aquellos terrenos orientales. Aun a pesar de la premisa de las comarcas niponas por debatirse en un gobierno insoluto a base de la nombrada y reciente guerra, quedaba aquel restrojo de duda y miedo hacia lo que la imponente noche cernía.
Peligros que aun se evitaban...sobre todo si se andaba a pie por entre los burdos dominios de la naturaleza y con la noche en puerta.
"Aléjese de los pantanos y las ciénagas"; esa era la advertencia del dependiente de aquella insignificante posada donde había pedido indicaciones esta mañana. Konoha, el destino de su viaje quedaba a unas pocas millas y el mismo Tazuna aseguraba que podía arreglárselas y llegar antes de que se pusiese el sol.
Pero había calculado mal el tiempo. Dos horas habían hecho mucha diferencia y ahora se encontraba sobre uno de los extensos y desprolijos caminos rurales que llevaban hacia el primer entronque a Konohagakure no Sato. Justo por en medio del denso bosque y con el ocaso a sus espaldas.
Siendo comerciante errante por vocación, llevaba parte de su mercancía en un raído saco a cuestas y seguía andando, mientras que sus viejas sandalias hacían un ruido sordo sobre la tierra del camino.
Era un sonido extraño, como un resoplo.
No, no eran sus sandalias. Se detuvo, y lo comprobó. No estaba solo.
— ¿Quien. . .quien está ahí?
Nada. Salvo la recién llegada oscuridad, dejando leves reflejos del fallecido sol en los contornos de las lejanas nubes. El viento resoplaba como si se tratase de una advertencia.
De nuevo aquel ruido. Una respiración.
Se alejó levemente del camino, hacia el espacio resguardado por unos arbustos y dejó caer el pesado bulto que cargaba. Se quedó en silencio, escrutando el entorno. El sonido desapareció.
Fue fácil encender una fogata y dormir. Pero en la madrugada volvió a escucharlo.
La primera idea era que probablemente se tratase de algunos perros extraviado, probablemente de alguna de las granjas cercanas.
Opción meramente y lógicamente nula. Aquí, a mitad de aquel bosque, no había nada a millas a la redonda. Como si cualquier vestigio de civilización hubiese sido arrancado de raíz, dejando aquella zona como un fragmento de tierra, cielo y aire perdido en el tiempo.
No. Ese sonido no podía ser el de algún perro…o de algún animal doméstico.
Un breve silencio, seguido de un largo y tenebroso aullido rasgando la noche. Fue entonces cuando sintió que estaba en peligro, aun muy a pesar de la fútil e insignificante protección que podría ofrecer esa minúscula fogata.
El helado dedo del miedo parecía taladrarle el pecho, exactamente por debajo del corazón. Inmediatamente se puso de pie, tomando al instante el saco de la mercancía. Con su mano libre y sin desviar la vista del penumbroso entorno, tomó uno de los leños que conformaban la escuálida hoguera, alzándolo a manera de antorcha.
La cansada vista que poseía no pudo vislumbrar mucho y la desprolija flama del leño tampoco aportaba mucho.
El resoplido se detenía. Exhalaba y volvía a detenerse. Se acercaba. Había captado su olor.
Y entonces, él se echó a correr, como lo haría un niño asustadizo. Zancadas, hechas sólo por algo que marchase a cuatro patas. Aquello lo seguía. Por momentos parecía alcanzarlo y después alejarse, casi podía escuchar un ruido similar a una risa detrás de él.
No volteó a sus espaldas, no quería enterarse de lo que le perseguía, no aun. Su pie derecho tropezó contra algo y cayó al instante. El saco fue a dar a medio metro delante de él. Tazuna trató de levantarse, dispuesto a recogerlo.
Sus manos quedaron suspendidas sobre el piso. Un rugido de rabia. . Tazuna entonces pudo verle. El animal no era como los otros perros salvajes y muertos de hambre; era grande como un mastín, de unos setenta y cinco centímetros de altura y con unos músculos tensos como haces de cuerdas de piano en el lomo y el cuarto trasero. Tenía las orejas planas sobre la cabeza de lustroso pelo negro, y sus ojos eran tan brillantes como ascuas.
Rojos, como las mismas luces del infierno.
Miraron fijamente el rostro de Tazuna, y el hombre reconoció en ellos la inteligencia de un asesino.
Y se dio cuenta de que no era un perro.
Era un lobo.
—Kamisama… —exclamó Tazuna, resoplando como si le hubiesen dado un puñetazo en el estómago ulcerado.
El musculoso animal se le estaba echando encima con la boca abierta, mostrando unos colmillos blancos y unas encías escarlata. Tazuna sintió su cálido aliento en el dorso de la muñeca y al darse cuenta horrorizado de lo que el animal iba a hacer, se llevó la mano izquierda hacia su la ahora extinta antorcha.
Tarde. Demasiado tarde.
Un dolor terrible se cernió sobre su hombro, mientras que su voz se perdía en un amargo trago de sangre.
De su propia sangre. . .
El hombre gritó de terror, pataleó desesperado. Una segunda y tercera silueta saltaron sobre él. Una sombra amorfa y de destellos levemente azulados hizo presa de sus piernas. Y Tazuna pudo sentir cómo los férreos dientes de aquella bestia se clavaban hasta lo hondo de la carne, rompiéndole los huesos cuando el animal torció furiosamente la cabeza. Un fragmento de hueso sobresalió de la carne y un arco escarlata salpicó las ropas del desolado comerciante.
La tercera bestia lo tomó de la cabeza y el cuello. Un trago de su propia sangre se agolpó en la garganta de Tazuna y esto fue de lo último de lo que estuvo consciente el desvalido comerciante, junto antes de que la fiera comprimiese la yugular. La cabeza del hombre giró trescientos sesenta grados y su cuello tronó como una ramita seca. Dio un gorgoteo más y el silencio invadió el bosque.
Un estremecedor coro de aullidos prevaleció, mientras a lo lejos, la luna llena de la primer noche de invierno se mostraba como un faro de resplandeciente plata
—0—
Las tenues luces de los amplios candelabros invadían el cuidado decorado de la sala de la familia Haruno. O lo que quedaba de ésta.
Kouji Haruno, anterior y último patriarca de una prominente familia con legado militar, había fallecido en el verano pasado. El legado bélico quedó truncado, al no tener un heredero varón. La única hija del matrimonio Haruno, Sakura, tenía la tez de su padre, pero los rasgos, cabellos, ojos y religión de su madre. Eso de por si le creó problemas, fue rechazada por tener un padre extranjero (mas extranjero que lo usual) y su color de cabello no ayudaba, aun así, ser hija de quien era, le abrió algunas puertas para llevar una vida relativamente normal.
Desde pequeña, como era usual entre las niñas adineradas, le prepararon en las tareas del hogar y demás menesteres que debían considerarse como lo que toda mujer debe saber para poder contraer matrimonio y formar un hogar. Costura, cocina y demás, formaron parte de sus conocimientos básicos, primeramente a cargo de su madre y luego, tras fallecer ella, la educación quedó a manos de Shizune, su institutriz y Tsunade-sama, su tutora.
Konoha atravesaba una de las épocas más exiguas, económicamente hablando, y antes de que Hanako Haruno expiara su último aliento, tomó la tentativa de obligar a su única hija, mediante un compromiso arreglado con una de las familias mejor posicionadas en el estatuto de la comarca de Konoha; los Hyuuga.
Sin embargo, el bien ponderado apellido quedaba más allá del renombre de éstos. Con casi más de diez generaciones en el pasado, los Hyuuga se habían plantado como los hacendarios por excelencia en la comarca de Konoha. Comerciantes y exportadores, reconocidos en más de las tres cuartas partes de la zona central del País del Fuego; las ganancias futuramente dispondrían ahora de Neji Hyuuga; descendiente y primogénito de Hizashi Hyuuga.
Un hombre que también había perecido en la ofuscada guerra del medio este, y que había encomendado aquel acuerdo con su oficial al mando, siendo este nada más y nada menos que Kouji Haruno. El acuerdo de la unificación de ambas familias quedó firmado consensuadamente, siendo los implicados Neji y Sakura sólo unos críos de doce y diez años de edad.
Ahora, los años y las ventiscas de octubre habían hecho transcurrir el tiempo y el plazo había llegado a su fecha. Con dieciséis primaveras cumplidas, Sakura estaba físicamente dispuesta a cumplir con los últimos deseos de su difunta madre. Físicamente…mas moralmente se sentía tan desdichada como aquellos leños que yacían entre las llamaradas de la chimenea.
—No hay nada como una noche tranquila, ¿verdad? –preguntó aquél joven de blanco semblante, y cabello castaño, sacándola del abatidor embelesamiento en que se encontraba.
Caminaba acompasadamente junto a una joven de largos cabellos rosas. El brillo jade de sus ojos destellaban brevemente entre el brillo de la flama del candelabro de la sala. Aquella joven, de facciones suaves, sin ser extremadamente bellas y de una silueta que no gozaba de medidas privilegiadas, sino que lucía una figura estándar. A simple vista, parecía no pasar de los dieciséis, y sus movimientos y características físicas demostraban la imprimación y modales instruidos en ella a lo largo de los últimos años.
—Si tú lo dices. –respondió desinteresadamente la chica. Sentía que el aliento le pesaba, aun para responder.
— ¿Pasa algo, Sakura-san?
—No…no es nada, –mintió llanamente la chica.
—Bueno, es que no has apartado la mirada de la ventana –comentó el muchacho.
—Solo pensaba que…
— ¿Qué?
—Es raro…que toda la aldea esté tan callada. Y no hay viento. –musitó Sakura, sin mirarle siquiera al rostro. El muchacho se le acercó y sujetó una de sus manos, con una delicadeza digna de un caballero de la época victoriana. La chica se sobresaltó ligeramente—… ¿Hyuuga-san, que hace?
—Por favor, creo que debido al trato acordado…después de esta noche no será necesario que me llames por mi apellido, Sakura-san.
Ella contuvo el aliento, como quien quiere ahogar una lágrima
— ¿Sakura-san?
Ladeó la cabeza, olvidando todos aquellos reclamos hechos en el pasado.
¿Qué más daba? Su destino estaba decidido…y aun aquella parte inconsciente sabía que nada ganaba con refutarlo una vez más.
El muchacho se detuvo. Ella simplemente situó momentáneamente su atención en los perlados orbes de Neji Hyuuga; ese brillo particular y desinteresado que no podían sino recalcar el abandono emocional que la carcomía por dentro. Así sólo fingiese interés, era más que obvio que las atenciones del joven no eran mas que mero protocolo de educación. Solo eso.
Bajó el rostro, conforme se aproximaban a la entrada del comedor principal. En años anteriores casi desolado y ahora, para incrementar un poco el inquietante ambiente, levemente lleno.
Una simple cena, que tenía como objetivo principal el anuncio y confirmación de la fecha de su compromiso.
Y aunque el semblante de Sakura no expresase nada más allá de una fútil calma, sentía que estaba gritando por dentro.
—0—
—Kami…—enunció uno de los desolados campesinos, justo cuando el alba había inundado de nuevo la región central del País del Fuego, con todo y las cortinas de aguanieve y lluvia suscitadas por la humedad. El hombre contemplaba la escena con el rostro en un rictus de miedo y náusea—…el tercero de este mes.
Su comentario pareció esfumarse con el viento. Dos hombres más, ataviados con las humildes ropas de los agricultores, estaban en torno a lo que a simple vista, parecía una amorfa mancha carmesí. El inerte fragmento de lo que parecía ser un torso humano yacía sobresaliendo casi del poco espacio entre la hierba. La lluvia caía con pesadas gotas sobre el mutilado, desgarrado y desfigurado cuerpo, del cual la cabeza colgaba unida por dos tendones de la nuca. La tráquea parecía haber sido cortada. . .más no con algún cuchillo o cualquier arma blanca.
Múltiples marcas alargadas y gruesas cruzaban desde el pecho hasta los omóplatos, igual desde los hombros hasta las manos, de las cuales la izquierda había sido cortada. Al parecer con el mismo vestigio que el cuello. El resto del cuerpo parecía haber sido arrancado violentamente con algún arma punzo-cortante, justo a media espalda. Del cadáver lo único reconocible era que parecía haber sido algún fuereño.
Para haber tenido la osadía de internarse en el bosque a merced de la oscuridad y sus peligros, no podía tenerse otra explicación.
El otro hombre apenas y movió la cabeza.
—Ya es bastante —suspiró. Su voz apenas era un murmullo que escasamente pudo oírse por encima de la lluvia— A este paso para la siguiente luna llena habrá por aquí cuarenta hombres, o sesenta…
El primer sujeto, simplemente emitió un bufido a modo de afirmación. Señaló abajo, al suelo. En torno al cuerpo mutilado, la suave tierra del suelo estaba cubierta por unas grandes huellas. Nadie dijo nada, no hubo nada más que un breve silencio, mientras la lluvia seguía golpeando sobre los impermeables de hule de los tres hombres. El primero que había hablado, hizo un movimiento de cabeza.
—-Sí, creo que tienes razón. –dijo en un atisbo de voz decidida—Pero preferiría esperar hasta la próxima luna llena. Para cuando caiga la primera nevada, los árboles estarán desnudos y será más fácil seguir las huellas si hay un poco de nieve.
—Será mejor que la gente vaya con cuidado.
Sin embargo, ése último comentario quedó relegado por el silbido del viento, perdiéndose en el olvido de la semana.
La noticia del errante asesinado no distó más allá de la primera semana entre los aldeanos de Konoha como una de tantas notas de alarma. Luego se convirtió en una noticia ocasional y finalmente se relegó al olvido.
—0—
Noviembre había llegado, y con él, los primeros vestigios del invierno. Durante esa fría tarde, la nieve se agolpaba en diminutos cúmulos cerca del marco de la ventana. En el pasillo, desde el amplio vidrio que daba hacia el exterior, Shizune contemplaba la caída de desiguales copos, mientras se quedaba en aquel pensativo silencio delante de la habitación de su joven alumna.
—La cena ya esta lista –dijo con aquel leve y casi forzado vestigio de autoridad— ¿Sakura-san?
Dos golpecitos resonaron en la puerta, y estos, al igual que la repetición de su nombre, nadie los respondió.
Shizune, a lo largo de aquellos últimos años, había estado acostumbrada a la tutela y cuidados de Sakura, como bien había prometido a la difunta matriarca Haruno; y esto también conllevaba a mantener la estricta rutina y educación impuesta a la joven y llevada por esta sin el menor reclamo. Es por eso que se sintió levemente consternada ante el peculiar silencio y tardía en respuesta de la chica. Sakura nunca se quedaba minutos extra después de su acostumbrada hora de levantarse.
— ¿Sakura? –Shizune volvió a llamar. Obteniendo el mismo silencio del interior de la alcoba— ¿Esta todo bien?
Sin haber palabra o sonido alguno por respuesta, la consternada institutriz tomó el picaporte e la puerta. Esta se abrió, develando el vacío espacio sobre la cama y en el resto de la habitación.
Sus ojos quedaron fijos en el ventanal, abierto de un lado y con el doble nudo de una sábana, arremangado en el mango del alféizar.
—Dios mío…—su voz desapareció en un exhalido.
CONTINUARÁ
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Ejem... mi "suicidio fickero" merece reviews?
