Capitulo 2

LOBOS

Sus ojos aun estaban vidriosos a causa de las lágrimas y el aliento le inquietaba, aun a pesar de haber relegado todo a un llanto silencioso.

Las imágenes aun iban y venían. La cena…el último y definitivo diálogo de hacía quince días atrás…

¿Este fin de semana?...—había inquirido ella con inseguridad. El desconcierto podía verse explícitamente en sus verdes orbes— Es…es muy pronto.

Su tutora, Tsunade, una mujer entrada en una adultez casi equivalente a los cincuenta y con un físico moderadamente conservado y contrastante a su edad, enarcó las delineadas y marcadas cejas rubias, en ademán de irrefutable autoridad.

Considero que es lo más prudente –la voz de la mujer de cabellera rubia y ojos miel, no bajó de decibel. Su atención pasó desde la silueta de la joven, hacia la carta que tenía sobre el escritorio y luego volvió a escrutar a Sakura—Hiashi-sama partirá en un mes hacia Yukigakure no Sato y quiere dejar listos los trámites de Neji-san como albacea de sus ganancias. Obviamente la cede será hasta que ustedes se casen.

Y ella no podía hacer nada, salvo quedarse inmóvil.

Pero, Tsunade-sama…—Sakura sintió que las palabras se agolpaban en su garganta. Pese a que estaba hecha a la idea, la precipitación de todo no había hecho más que hacerle sentir aun más inestable. —Habían acordado que sería en un par de meses…yo…

Es lo mejor, Sakura. –la voz de Tsunade no espetaba nada más allá de ese increpador tono de autoridad. No había compasión…no había nada—Hanako lo hubiera querido así

Y esto último pareció hundirse en Sakura como una daga afilada e inmisericorde. El vivo recuerdo de aquella mujer que le abandonó desde los ocho años. ¿Acaso eso era lo que verdaderamente habría querido para ella? ¿Haberla cedido sólo por obtener una mejor posición social? ¿Cómo si se tratase de un objeto?

No. –la palabra brotó de lo labios de la joven de cabellera rosa. Impulsivamente como un estornudo.

Tsunade alzó levemente el semblante. Shizune, sentada en una de las mullidas sillas contiguas le miró con extrañeza.

¿Qué?

He dicho que no. –suspiró Sakura.

El carácter de aquella mujer, aquella misma que le había criado y educado desde que su madre partió al otro mundo, era inmutable y estricto. Sakura lo sabía, más aun desde el reflejo de rectitud y el gesto serio del semblante de Tsunade. La decisión estaba tomada…al igual que todas las decisiones que habían tomado de su vida.

una vida sosegada y de lujos, pero abandonada.

Tsunade simplemente no apartó el rictus de severidad. El aire se tensó en la cuidada sala.

Sakura, ya habíamos hablado de esto.

Yo ya no…

Tus padres me confiaron tu futuro, ¿Qué crees que pensaría tu padre al reprocharle esto? Es por tu bien.

Y al decir esto, había puesto el dedo en la llaga. La joven no apartaba la vista de la tutora. Las palabras brotaron simplemente como una defensa lúdica.

¿Y que hay de lo que yo opine? ¿Qué hay de mi vida?, ¿Acaso eso tampoco importa, Tsunade-sama? Si mi padre estuviera vivo…

¡Pero no lo esta! Y mientras yo te tenga a mi cargo, acatarás mis órdenes.

Un silencio abrupto y pesado se aprestó en el interior de la sala. Shizune había desviado la mirada. A fin de cuentas, ella poco o nada podía hacer por la muchacha. Sakura le miró por entre las hebras de su cabello, debido a la postura cabizbaja y sus facciones develaban su desconcierto.

Y el rostro de Tsunade se tornó sombrío e inescrutable. Nuevamente, como otras tantas ocasiones, ella había proferido la última palabra en aquel silencioso duelo.

Retírate, Sakura –dijo bajando la voz.

Y ella le había obedecido.

Obedecido como tantas ocasiones anteriores. Pero eso ya no importaba.

Al menos en ese momento; ahora la solvencia de la realidad le hacía pensar que la alternativa no había sido la más adecuada. Había tomado el impulso tras meditarlo a medias. Los nervios y las emociones no son buenas consejeras en ocasiones…y en otras, a veces parecía ser la mejor alternativa.

Huir. Claro… ¿Hacia donde?, inquiría mentalmente.

Y la respuesta era la misma. No había ninguna idea sólida. Por algo las decisiones "al momento" no debían tomarse tan en serio.

Llevaba más de dos horas deambulando con rumbo hacia la entrada de la aldea. Ataviada con las ropas más comunes y menos llamativas que pudo encontrar; un mustio vestido de un tono casi descolorido de rojo, zapatos sencillos que cualquier mujer usaría para una jornada entera de faenas, y un discreto morral, en el cual solamente llevaba algunos efectos personales. Una gruesa capa color castaño enmarcaba su figura y cubría aquella peculiaridad por la que más de alguno le reconocería; su cabello.

El viento de la tarde comenzó a arreciar y el cielo estaba aun cubierto por densas nubes, augurando una próxima nevada. Ya casi no había gente en la calle y la luz del ocaso empezaba a menguar.

Fue entonces que la idea ya no parecía tan permisible como hacía algunas horas.

¿Entonces realmente piensas huir?, de nuevo recriminó aquella vocecilla. Ya fue suficiente drama, quedarte no puede ser tan malo ¿o si?

Quedarse y relegar esto a un hecho sin importancia no era tampoco una opción viable. El recuerdo de días pasados aun hacía mucha mella en su mente y su corazón había pasado por mucho. La pérdida repentina de su padre durante la guerra, una promesa rota por parte de un joven al cual no volvió a ver jamás y la agonía de su madre moribunda; eran recuerdos que se negaban a apartarse, surgiendo como fantasmas fugaces en sus sueños.

¿Qué le quedaba? Bien podría quedarse, asumir el destino como sea que fuese y continuar con su existencia. Podía aseverarse a la seguridad económica que brindaría el matrimonio con el joven Hyuuga, a pesar de su indiferencia personal.

¿Podía hacerlo? ¿Vivir una vida aparentemente feliz y vacía? La pregunta la asustaba y le asustaba el hecho de plantearse dicha pregunta, aunque lo hiciera en su fuero interno, en mitad de la noche.

Y ella había estado pensando constantemente que las cosas empezarían a arreglarse en cuestión de tiempo. Tal vez, sólo tal vez, Neji la quisiera…o podría aprender a quererla. El descubrimiento de que semejante cosa no era cierta le había provocado una especie de terror de bajo nivel. Y la idea de quedarse todo el tiempo, sola en aquella gran mansión en el noroeste de la aldea, era aterradoramente vacía. Los claros de las puertas parecían inclinarse y boquear sin que alguien más los llenara; la escalera bostezaba, las puertas eran bocas, las escaleras eran gargantas. Las habitaciones vacías se convertían en trampas.

Una vida vacía, tan vacía como aquella casa.

¿Y vas a aceptar eso?

El viento arreció y repentinamente la idea dejó de parecer tan atractiva. Tal vez debería volver…y pensar las cosas más detenidamente.

¿Vas a volver entonces?

El frío comenzó a calarle un poco en los antebrazos. La capa, de fina contextura no abrigaba mucho o tanto como quisiera. La joven dio un paso…

Y hasta entonces se dio cuenta de que se hallaba a mitad de ese sendero que dividía la aldea de los burdos dominios de la naturaleza. ´

Se quedó congelada, con el atisbo de la duda flotando aun en su mente. Físicamente había tomado una decisión. Sus tobillos se giraron y su atención retomó el camino hacia el portón de la aldea.

Algo se movió entre la maleza, a unos tres metros a la izquierda de Sakura.

Se quedó quieta, fuera lo que fuese lo que se había movido, ahora no hacía ruido, como si estuviese esperando.

Hubo otro movimiento, esta vez a la derecha de la muchacha. El suave crujido de las hojas secas, al posarse algo sobre ellas.

Sakura tragó saliva. Iba a alzar levemente la voz, pero hubiera sido inútil. Ya había oscurecido y no había ni un alma cerca de las afueras de la comarca. Una vez que el ocaso caía, nada ni nadie salía de sus casas y menos para internarse en las garras de lo desconocido en el bosque.

Silencio, salvo el silbido del viento entre los árboles.

Sakura percibió el olor de un animal: un olor a rancio, bestial; el olor de una criatura que tenía carne podrida en el aliento. Sintió que algo —dos algo— le observaba desde lados opuestos, y pensó que si corría se le echaría encima desde atrás. Su impulso fue volverse y huir entre los árboles; dejó que su instinto la dominara y salió corriendo. Sakura sintió que una gota de sudor se deslizaba por su espalda. Las bestias estaban esperando su decisión, y se hallaban muy cerca. Y ella terminó por alejarse del sendero.

Se volvió, con las piernas temblorosas…hasta que una mano le tomó bruscamente del brazo.

Tres sombras se proyectaron sobre ella. Pestañeó, vio los caballos y los jinetes, incluyendo aquel que se negaba a soltarle. El rostro mezquino de un hombre de veinte o veintitrés años se posó en las facciones de Sakura.

—Vaaaya vaya… ¿Qué tenemos aquí? —éste alargó las palabras con un tono falso y forzado. Sus labios proyectaron una sonrisa cancina.

Sakura trató de librarse del agarre del sujeto, cuando los otros dos que lo acompañaban, le sitiaron, cerrándole el paso.

— ¿Qué hace una dama tan sola a estas horas de la noche?—esta vez, el incipiente desconocido le asió hacia él—¿Sabías que es peligroso rondar por el bosque?

— ¡Suéltame! —la chica movió el brazo hacia un lado, tratando de librárselo del tosco agarre del desconocido, pero éste no le soltó.

En el hosco movimiento del forastero y el intento de ella por zafarse de su agarre, la capucha bajó hasta su nuca, dejando al descubierto la rosácea cabellera de la joven. Otro de los hombres alzó y acercó la antorcha que portaba, iluminando más a detalle los rasgos de Sakura.

—Mira nada más…—resolló con un atisbo de burla— ¿A qué te recuerda ese tono de cabello? Eh, Zaku-san.

—Y esos rasgos…—el hombre de nombre Zaku Abumi hundió más los desgarbados dedos en el brazo de Sakura.

El tercer forastero resolló a sus espaldas.

—La única heredera de los Haruno –respondió con lacónica soberbia—que oportuna sorpresa, ¿no, Dosu?

Sakura miró aquellas otras dos caras; la de Dosu era una aterradora silueta cuyo rostro estaba completamente cubierto por vendajes, dejando entrever solamente su ojo izquierdo. El otro; Sakon, era de semblante alargado y de mandíbula delgada y triangular. Todos vestían prendas de campesino, remendadas. Uno de ellos –Zaku- llevaba un rifle colgado del hombro, y los otros dos iban armados con pistolas y cartucheras.

Los tres tenían los ojos fríos, ligeramente curiosos, como si estuviesen observando un insecto a través de una lupa.

—Si…pero opino que debemos cobrarle un poco más la "cuota" por salir de la aldea"—masculló Dosu. Había sacado su pistola de la funda y la había amartillado.

Sakura ahogó una exclamación. Zaku chasqueó la lengua, en señal desaprobatoria hacia su compañero.

Tsk tsk…no Dosu, así no tratamos a los viajeros —Zaku sonrió pérfidamente a la joven—Todo irá bien mientras la señorita coopere como es debido.

En un movimiento casi instintivo, la mano libre de Sakura se aferró al tirante del morral, arrojándolo al suelo.

— ¡Ahí tienen! ¡Es todo lo que tengo! –Gimió con la voz en un hilo— ¡déjenme, por favor!

Pero Zaku no le soltó. Sus incipientes orbes estaban fijos no en el interior del bolso…sino en la silueta temblorosa de la muchacha.

—Yo diría que tiene algo mas…señorita—la voz de éste salía como un seseo enfermizo y repugnante.

Se aceró más a la joven, tanto al punto que ésta pudo sentir el pestilente aliento de alcohol barato en sus labios. Cerca…al menos lo suficiente como para que ella se aprestara a un acto reflejo. Su única mano libre se deslizó hasta uno de los bolsillos de su vestido. Su dedo índice, medio y pulgar se afianzaron a la fútil seguridad del mango de aquel insignificante cuchillo de cocina. Un vil cuchillo que sólo servía para pelar patatas, sin embargo ella lo había tomado de la cocina esa misma mañana.

En el momento en que Zaku Abumi se aproximó más, la chica alzó el brazo, con el pulso trémulo en el mango del cuchillo y el filo de éste alcanzó el pómulo del hombre, dejándole un surco profundo y un exhalido de desconcierto.

Y ella aprovechó la distracción para escabullirse entre el estrecho espacio del dolorido sujeto. Los dedos de Sakon alcanzaron el borde de su capa, arrancándosela por completo.

— ¡Maldita sea! ¡Esta me las pagarás! —gritó Zaku y Dosu levantó la humeante pistola.

El miedo contrajo el semblante de Sakura y empezó a correr más deprisa a través del bosque, desdeñando el peligro que tenía a sus espaldas.

Tallos de plantas se enganchaban a su vestido, haciéndole perder el equilibrio. Sus zapatos resbalaban sobre las rocas cubiertas de musgo, hundiéndose hasta el tobillo en hoyos llenos de hojas muertas. Y entonces salió del bosque al prado. Sintió un nudo en el estómago y le flaquearon las rodillas. Entonces vio que uno de los hombres echaba atrás el cerrojo de su fusil y le apuntaba...

Sakura, paralizada, miró el ojo negro del cañón.

Un Haruno nunca corre, pensó.

Vio que el dedo del hombre apretaba el gatillo. Brotó un fogonazo del cañón, oyó un zumbido como de avispa y sintió calor en la mejilla izquierda. Una rama se rompió detrás de su hombro. El aire se llenó de pólvora.

— ¡Mátenle, maldita sea! —gritó Zaku, metiendo otra bala en la recámara del fusil y haciendo dar media vuelta a su caballo.

Un Haruno nunca corre.

Sakon estaba apuntando a Sakura y Dosu iba a dispararle por segunda vez.

Y la última de los Haruno echó a correr.

Se volvió, con el grito ahogado de su propia voz resonando en sus oídos, y corrió hacia el bosque. Una bala se estrelló contra un árbol a su derecha, proyectando astillas sobre sus cabellos. Sakura tropezó con una raíz, se tambaleó y a punto estuvo de caer. Sonó la detonación más fuerte de un fusil, y la bala pasó por encima de la cabeza de la joven, cuando intentaba recobrar el equilibrio.

Entonces corrió más deprisa, metiéndose entre los matorrales, resbalando sobre las hojas muertas y abriéndose paso entre los enmarañados espinos. Cayó en una depresión del terreno, se levantó, salió de ella y se hundió más en la espesura.

— ¡Vamos! —Dijo Zaku a los otros hombres—. ¡Que no se escape esa maldita mocosa!

Espoleó a su montura y entró en el bosque, con Sakon y Dosu cabalgando tras él.

Sakura oyó el ruido de los cascos. Trepó a un montículo rocoso, y bajó por el otro lado, corriendo y resbalando.

— ¡Allí! —Oyó que gritaba uno de los hombres—. ¡Le he visto! ¡Allí!

Los tallos espinosos azotaban la cara de Sakura y desgarraban su vestido. Pestañeó para contener las lágrimas, moviendo las piernas sin parar. Sonó un disparo y la bala dio en el tronco de un árbol, a medio metro de distancia.

— ¡Ahorra las balas, idiota! —ordenó Zaku, atisbando la espalda de la muchacha antes de que las ramas encubriesen su huida.

Sakura siguió corriendo, con los hombros encogidos para evitar el inesperado impacto de una bala. Le ardían los pulmones y el corazón le martilleaba el pecho. Se atrevió a mirar atrás. Los caballos y los hombres iban detrás de ella, levantando hojas muertas a su paso. Miró de nuevo hacia delante, torció a la izquierda y corrió entre una espesa maleza verde plagada de enredaderas.

El caballo de Sakon hundió una pata en la madriguera de una ardilla. El animal lanzó un relincho y cayó. La rodilla derecha de Sakon se abrió como una fruta madura al chocar contra el borde afilado de una roca. Lanzó un grito de dolor mientras el caballo se retorcía, tratando de levantarse; pero Zaku y Dosu continuaron la persecución.

Sakura salió de entre la maleza y bajó hacia un pequeño valle revestido de hierba verde. Sabía muy bien lo que pasaría si le pillaban aquellos asesinos, y el miedo le daba alas.

Resbaló al pasar sobre una alfombra de agujas de pino y se deslizó por un lugar donde las sombras habían hecho crecer unos hongos carmesíes. Se levantó y corrió de nuevo. A sus espaldas oyó un relincho de caballo y un hombre que gritaba:

— ¡Está allí! ¡Bajando aquella cuesta!

Delante de ella había un bosque de apiñados árboles de hoja perenne y espesuras de espinos y zarzas. Se dirigió a la parte más espesa, confiando en poder bajar entre las enredaderas y llegar hasta el fondo, hasta un sitio donde no pudiesen seguirle los caballos. Alargó los brazos, separó la maleza esmeralda con manos sangrantes... y se encontró ante el hocico de la bestia.

Era un lobo, de ojos ónice como densos pozos, piel negra y gris oscuro. Sakura se echó atrás; abrió la boca, pero el grito quedó ahogado en su garganta.

El lobo dio un salto.

Abrió las fauces y los dientes trazaron surcos en el hombro de Sakura al derribarle al suelo.

La joven de cabellos rosáceos perdió el aliento y todos los sentidos. Los dientes del lobo se cerraron sobre el hombro, prestos a rasgar la carne y romper los huesos, y entonces apareció entre los arbustos el caballo montado por Zaku Abumi, que se encabritó, con los ojos brillando de terror. Zaku perdió el fusil. Lanzó un grito y se agarró al cuello del caballo al ver a un enorme lobo de pelaje gris debajo de sus botas.

El animal de pelaje negro-grisáceo soltó el hombro de Sakura, giró en redondo, en un suave y grácil movimiento, y lanzó con fuerza hacia el flanco derecho del caballo. Éste lanzó un relincho extraño, pataleó furiosamente y cayó de lado, atrapando las piernas de Zaku bajo su cuerpo.

— ¡Mierda! —exclamó Dosu, refrenando su caballo en la pendiente.

Dos segundos después, el gran lobo gris que le había estado siguiendo saltó sobre el flanco del caballo, se agarró a la silla y hundió los colmillos en la nuca de Dosu. Lo sacudió como a un muñeco de trapo, rompiéndole la columna y haciéndole caer al suelo. El caballo se revolvió y galopó cuesta abajo entre un torbellino de hojas muertas y agujas de pino.

Un tercer lobo, una hembra de pelaje negro cenizo y con ojos como de un cielo escarlata, dio un salto e hizo presa en el brazo derecho que agitaba Dosu. La bestia lo rompió de una salvaje sacudida por el codo, y los huesos fracturados perforaron la carne del hombre. El cuerpo de Dosu se estremeció y encogió. El lobo gris que le había derribado de la silla cerró las mandíbulas sobre su cuello y le destrozó la tráquea.

Mientras Zaku se debatía para liberar sus piernas, el lobo negro grisáceo terminó de abrir el otro costado del vientre del caballo, al igual que la hembra, destrozaron por completo al equino. Una masa de intestinos humeantes brotó de la herida abierta, y el caballo lanzó un relincho estridente. Dos bestias más; una hembra de pelaje rojizo y un macho de pelo negro ébano, saltaron desde la maleza y cayeron sobre el cuello del caballo, rasgándolo con los dientes y las uñas. Zaku chillaba —un grito agudo, estridente— y clavaba los dedos en la tierra, tratando de soltarse. A pocos pasos de distancia, Sakura Haruno se sentó en el suelo, aturdida y medio inconsciente, con sangre y saliva de lobo goteando de las heridas de su hombro.

En lo alto de la cuesta, Sakon oyó el escándalo y se agarró la rodilla lesionada. Trató de arrastrarse entre la maleza, mientras su caballo luchaba por levantarse, a pesar de tener roto el menudillo. Se había arrastrado tal vez un par de metros, lo bastante para sentir dolor en todos los nervios del cuerpo, cuando tres lobos más, una hembra rubia, un macho castaño claro y otro negro con marcas blancas en las zarpas, salieron juntos de entre la maleza y le hincaron los dientes en el costado, el brazo y la pierna, rompiéndole los huesos con rápidas sacudidas de cabeza. Sakon clamó a Dios, pero en aquel lugar salvaje no había más Dios que los colmillos.

Los tres lobos, rompieron los hombros, la caja torácica de Sakon y le arrancaron una pierna. Entonces el lobo negro con blanco mordió el cuello del hombre, mientras la hembra rubia y el castaño claro cerraban las mandíbulas sobre los lados de su cabeza. Mientras Sakon temblaba y gemía, como un pelele, los animales le destrozaron el cuello y le abrieron el cráneo como una olla de barro.

Zaku, arañando la tierra con las manos, había empezado a librarse del peso convulso que le oprimía. Lágrimas de terror brotaban de sus ojos. Se agarró a un arbolillo para tirar con más fuerza pero éste se rompió. Entonces percibió un olor metálico de sangre, sintió un calor mareante en la cara y, al volver la cabeza, vio las fauces del imponente lobo gris.

Brotó sangre de su boca. Zaku durante unos angustiosos segundos, sollozó.

—Piedad...

El lobo saltó hacia delante, clavó los colmillos en la piel de la cara y la arrancó del cráneo, como quitándole una máscara. Músculos rojos temblaron bajo ella, y el cráneo castañeteó los dientes. El lobo puso las patas sobre los hombros de Zaku y engulló la cara destrozada del hombre con un temblor de excitación. Los ojos sin pestañas de Zaku miraban fijamente desde el ensangrentado cráneo. El lobo negro grisáceo, de ancho y musculoso lomo, se acercó a Zaku y le rompió el cuello. La hembra le arrancó la mandíbula inferior y la lengua colgante. Entonces el lobo gris se apoderó del cráneo del hombre, lo abrió y empezó a comer.

Sakura gemía débilmente, luchando por no perder el conocimiento, con todos los sentidos embotados.

El lobo negro grisáceo que le había mordido en el hombro se volvió hacia ella y empezó a avanzar.

Llegó hasta una distancia de un metro y medio y se detuvo, husmeando el aire para captar el olor de Sakura. Los ojos negros se fijaron en la cara de la aterrada joven y mantuvieron la mirada. Transcurrieron unos segundos. Sakura, a punto de desmayarse, miró a su vez al animal y, en el delirio producido por el miedo y el dolor, creyó que el lobo le estaba haciendo una pregunta: "¿Quieres morir?"

Después, sosteniendo la mirada penetrante de la bestia, alargó una mano a un lado y cogió una rama rota. La levantó, temblando, para golpear al lobo en la cabeza cuando éste le atacara.

El lobo se detuvo y permaneció inmóvil, con los ojos como negros remolinos insondables.

Y entonces el animal gris golpeó bruscamente con el hocico las costillas del otro lobo, y se rompió el trance mortal. El lobo negro grisáceo pestañeó, lanzó un breve gruñido, en señal de conformidad, y se volvió para seguir regodeándose con los despojos de Zaku. El lobo gris rompió el esternón del hombre, buscando el corazón.

Sakura sostenía el palo con tanta fuerza que los nudillos del puño se habían puesto blancos. En lo alto de la cuesta, uno de los animales que devoraban el cadáver de Sakon lanzó un aullido grave que ganó rápidamente intensidad, resonando a través del bosque y asustando a los pájaros, que huyeron volando de los árboles. El lobo gris dejó de morder el torso destrozado de Dosu y levantó la cabeza al viento, para responder con otro aullido. Un escalofrío recorrió la espalda de Sakura, que despejó su cabeza aturdida por el dolor.

Entonces empezó a aullar el animal castaño oscuro, y después el lobo negro, entonando una canción misteriosa con sus bocas manchadas de sangre. Por último, el lobo gris levantó la cabeza y emitió una nota gemebunda y discordante que hizo callar a los otros. La nota tembló, creció en fuerza y en volumen, cambió de tono y se elevó. Entonces, interrumpió de pronto su canción y todos los demás volvieron a su festín de carne humana y de caballo.

Desde lejos llegó un aullido que duró tal vez quince segundos. Luego fue menguando hasta extinguirse.

Motas negras pasaron por los ojos de Sakura, que se apretó el hombro con la mano. El tejido muscular tenía un rojo brillante en las heridas. Iba a gritar, llamando a Shizune o a cualquiera que le escuchase, pero entonces acudieron a su mente las imágenes de aquella tarde, dejándole medio aturdida.

Pero no lo bastante para no darse cuenta de que más pronto o más tarde la manada de lobos le haría pedazos.

Esto no era un juego. No era un cuento de hadas como los que le contaba su madre a la luz dorada de la lámpara. Esto no era una fábula de Hans Christian Andersen o de Esopo; esto era una realidad de vida y muerte.

Sacudió la cabeza para aclararla.

"Corre —pensó—. Un Haruno nunca corre. Tienes que correr..., tienes que..."

El lobo negro y la hembra de pelaje rojo empezaron a disputarse los sanguinolentos pedazos de hígado de Dosu. Entonces la bestia rojiza se echó atrás, dejando que el animal dominante engullese aquellos trozos. El lobo negro grisáceo estaba arrancando pedazos de carne de los flancos del caballo.

Sakura se iba apartando a rastras, empujando con las botas hacia atrás. Observaba continuamente a los lobos, esperando el ataque. El lobo negro la miró un segundo, con un brillo intenso en sus ojos, pero empezó a comer las entrañas del caballo. Sakura llegó hasta la espesura, respirando fatigosamente, y en medio de los espinos y las enredaderas verdes perdió el conocimiento y se hizo la noche para ella.

Una amplia luna llena emergió de entre los densos nubarrones y sombras azules guarnecieron el bosque, formando bolsas de aire frío. Los cadáveres se encogían, mondados hasta los huesos, que crujían como tiros de pistola, dejando al descubierto tuétanos rojos.

Los lobos se habían hartado y regurgitaban trozos de carne. Con los vientres hinchados, empezaron a alejarse bajo las crecientes sombras.

Excepto uno de ellos. El lobo negro grisáceo olió el aire y se acercó al cuerpo de la joven. Husmeó alrededor de las heridas rezumantes del hombro de Sakura, y olió la sangre mezclada con saliva de lobo. La bestia siguió examinando la cara de Sakura durante un buen rato, sin moverse, como en silenciosa contemplación.

Suspiró.

Débiles estrellas aparecieron sobre el bosque en el oscuro este. Un viento helado se cernió sobre Konoha.

El lobo se inclinó hacia delante, empujando a Sakura con el hocico ensangrentado, para volverla boca abajo. Sakura gimió débilmente, se movió y quedó de nuevo inconsciente. El lobo apretó las mandíbulas, delicadamente pero con firmeza, sobre la tela del vestido de Sakura, levantando el cuerpo del suelo con toda facilidad. La bestia echó a andar a través del bosque, mirando a derecha e izquierda con sus negros ojos, y con los sentidos alertados contra cualquier enemigo.

Detrás de él, los zapatos de la chica se arrastraban sobre el suelo, trazando surcos en las hojas muertas.


CONTINURÁ


Siguiente Capítulo: EL PALACIO BLANCO


N/A:

Saludines, bien capítulo 2, re-editado y masterizado. Veamos... reconocen a los miembros de la manada? digo ya he cambiado algo el elenco para mejorar un poco la trama...jeje

Nos leemos el miercoles con el siguiente capítulo! :D