Capítulo 3
EL PALACIO BLANCO
En algún momento, en alguna parte, oyó un coro de aullidos.
Resonaban en la oscuridad, sobre el bosque y las colinas, sobre el lago y el prado donde yacían cadáveres entre los dientes de león. La canción de los lobos se elevaba, rompiéndose en notas discordantes y volviendo de nuevo a la armonía. Y Sakura Haruno oyó sus propios gemidos, emulando toscamente los aullidos, y con el cuerpo atormentado por el dolor. Sintió el sudor en su cara y el lacerante ardor de las heridas. Trató de abrir los ojos, pero los párpados estaban pegados por las lágrimas secas. Olió a carne y a sangre, y sintió un aliento cálido en el rostro.
Algo resoplaba cerca de ella, con el ruido continuo de un fuelle.
La piadosa oscuridad le envolvió de nuevo, y ella se durmió entre sus aterciopelados pliegues.
Le despertó el dulce gorjeo de los pájaros. Sabía que estaba consciente, pero se preguntó por un instante si no se hallaría en el cielo. Si era así, Dios no le había curado el hombro, ni los ángeles le habían quitado las pegajosas lágrimas de los ojos. Casi tuvo que desgarrarse los párpados para abrirlos.
Luz de sol, y sombra. Piedras frías y un olor a tierra húmeda. Al incorporarse sintió un agudo dolor en el hombro.
No, no estaba en el cielo, pensó. Aún se hallaba en el infierno, donde había caído el día anterior. Pensó que al menos debía de haber pasado un día.
Éste era el sol de la mañana, resplandeciendo entre la maraña de árboles y enredaderas que podía ver a través de una alta ventana ovalada sin cristales. Las enredaderas habían entrado por la ventana, pegándose a la pared, donde unas figuras de mosaico portando velas se habían descolorido casi por completo.
Miró hacia arriba, con los músculos del cuello rígidos y doloridos. Vio encima de ella un techo alto, sostenido por vigas de madera. Estaba sentada en el suelo de piedra de una amplia habitación en la que entraba el sol a raudales por una serie de ventanas, algunas de las cuales conservaban todavía fragmentos de cristal rojo oscuro. Las enredaderas, embriagadas del sol de primavera, adornaban las paredes y pendían del techo. La rama de un roble había entrado por una de las ventanas, y las palomas se arrullaban en las vigas del tejado.
Se le ocurrió pensar, sencillamente, que estaba muy lejos de su casa.
Tsunade-sama —pensó—. Shizune-san…
Se le encogió el corazón y de nuevo corrieron lágrimas por sus mejillas. Le quemaban los ojos, como abrasados por la luz. Se meció, con la mirada ausente.
Se sorbió las lágrimas y le goteó la nariz. Y entonces se incorporó de nuevo, con la mente agitada por el miedo.
Los lobos. ¿Dónde estaban los lobos?
Decidió quedarse sentada aquí hasta que viniese alguien a buscarle. No tardarían mucho. Alguien tenía que venir.
¿O tal vez no?
Percibió un olor metálico y miró hacia su derecha. Sobre la piedra cubierta de musgo, que había a su lado, vio algo sanguinolento que podía ser un pedazo de hígado. Y junto a aquello, una docena de arándanos. Sakura sintió que se le helaban los pulmones. Un grito entrecortado brotó de su cuello. Se apartó de aquella horrible oferta, gimiendo como un animal y acurrucándose en un rincón. Tembló y vomitó los restos de su comida del día anterior.
Nadie iba a venir, pensó. Nunca.
Se estremeció y empezó a gemir. Los lobos habían estado allí y volverían muy pronto. Si quería vivir, tenía que encontrar la manera de salir de aquel lugar. Se incorporó, abrazándose para controlar su temblor, hasta que pudiese encontrar fuerzas para levantarse. Le flaqueaban las piernas, negándose a sostenerle. Pero consiguió ponerse en pie, apretándose las palpitantes heridas del hombro con la mano, y salió de la habitación a un largo pasillo adornado con más mosaicos y con estatuas cubiertas de musgo, sin cabeza o sin brazos
Sakura vio una salida a su izquierda y cruzó la puerta. Se encontró en lo que podía haber sido, hacía años —o tal vez décadas—, un jardín.
Estaba cubierto de hierba y hojas muertas; pero aquí y allá una flor resistente había brotado del suelo. Allí había más estatuas, como mudos centinelas. En el cruce de unos senderos había la taza de una fuente de piedra blanca llena de agua de lluvia.
Sakura se detuvo junto a ella, recogió agua con las manos y bebió. Después se remojó la cara y las heridas del hombro; le escoció la carne viva y de nuevo corrieron lágrimas por sus mejillas. Pero se mordió el labio inferior y siguió lavándose; después miró a su alrededor, para saber exactamente dónde estaba.
El sol proyectaba luz y sombra sobre las paredes y las torrecillas de un palacio blanco. Sus piedras tenían un tono de huesos blanquecinos, y los techos de los minaretes y de las cúpulas en cebolla eran de un verde pálido, como de bronce antiguo. Las torrecillas del palacio sobresalían de las copas de los árboles. Escaleras circulares de piedra ascendían a las plataformas de observación. La mayoría de las ventanas estaban rotas, con los cristales destrozados por las ramas invasoras de los árboles; pero algunas se conservaban intactas; eran de cristales multicolores, algunos rojos oscuros, otros de color azul, esmeralda, ocre y violeta. El palacio, un reino abandonado, tenía cercado el jardín con muros blancos; pero éstos no habían podido contener el bosque. Los robles habían crecido en los paseos geométricos, trastornando el orden del hombre con el puño brutal de la naturaleza. Las enredaderas habían penetrado en grietas de las paredes, desplazando piedras de cincuenta kilos. Unos matorrales de espinos negros habían surgido del suelo, debajo de los pies de una estatua. La habían derribado, rompiéndole el cuello, y después habían abrazado a su víctima.
Sakura caminó a través de aquella verde desolación y vio una torcida verja de bronce ante ella. Se acercó a la puerta y con toda su fuerza abrió el pesado y adornado metal. Los goznes chirriaron. Y se encontró ante una pared formada por un espeso bosque. En ella no había ninguna puerta ni senderos que indicasen el camino a casa. Sólo había árboles, y Sakura enseguida se dio cuenta de que podía extenderse muchos kilómetros y de que, en cada kilómetro, podía estar acechando la muerte.
Algo se movió en el suelo, a su derecha.
Un muchacho, vestido únicamente con unos raídos pantalones castaños dejando al descubierto su desnudo y torneado torso, estaba a unos diez metros de distancia, al otro lado de la fuente.
Era mayor que Neji; probablemente tendría unos veintidós o veintitrés años. Los largos cabellos negros estaban atados en una coleta baja, pendiendo detrás de los hombros. Miró a Sakura con sus ojos negros durante unos instantes y entonces, sin decir palabra, se acercó al borde de la fuente y metió la boca en el agua.
Sakura oyó el sonido de su lengua. Él levantó la cabeza y la miró de nuevo, cautelosamente, antes de seguir bebiendo. Después se enjugó la boca con el antebrazo, se apartó los mechones negros de la cara y se irguió junto a la fuente. Luego echó a andar hacia la puerta por la que había salido Sakura.
—¡Espera! —le gritó ésta.
Pero él desapareció en el interior del palacio blanco.
Sakura se quedó de nuevo sola. Pensó que aún debía estar durmiendo. Un sueño había pasado por su campo visual y se había extinguido en su sopor. Pero el dolor palpitante del hombro era bastante real, y también en el de las otras contusiones. Y sus recuerdos también eran terriblemente reales, por lo que llegó a la conclusión de que también debía serlo aquel muchacho. Cruzó el jardín cubierto de hierba, paso a paso, cuidadosamente, y volvió a entrar en el palacio.
El muchacho no se veía por ninguna parte.
—¡Eh! —gritó Sakura, plantada en un largo pasillo—. ¿Dónde estás?
No obtuvo respuesta. Se alejó de la habitación en la que se había despertado. Encontró otras estancias, de techos altos y abovedados, la mayoría de ellas sin muebles aunque algunas tenían mesas y bancos de madera toscamente tallados. Una de ellas parecía un vasto comedor, pero corrían lagartos entre platos y copas de estaño que no se usaban desde hacía tiempo.
—¡Eh! —siguió gritando, debilitándose su voz a medida que le abandonaban las fuerzas.
Se metió por un pasillo lóbrego y estrecho que debía de hallarse en el centro del palacio. Goteaba agua de las piedras húmedas, y el musgo verde se había apoderado de las paredes, del suelo y del techo.
—¡Eh! —volvió a gritar Sakura con voz entrecortada—. ¿Dónde estás?
—Aquí —respondió alguien, detrás de ella.
Sakura se volvió en redondo, con el corazón palpitante, y se apretó contra la pared.
La que había hablado era una muchacha de cabellos rojizos, y con un par de gafas muy mal cuidadas. Llevaba también ropas de campesino; una raída y desteñida blusa púrpura sobre unos pantalones cortos y mal remendados.
—¿Qué es todo ese ruido? —preguntó la pelirroja en un tono ligeramente irritado.
—Yo... no sé... dónde estoy.
—Estás con nosotros —respondió ella, como si con esto lo explicase todo.
Alguien se le acercó por detrás y le tocó en un hombro.
—Es la nueva chica, Karin —dijo una mujer—. Sé amable con ella.
—Esto ha sido cosa tuya. Sé tú la amable. ¿Cómo se puede dormir con ese griterío?
Karin bufó, se volvió bruscamente y se marchó, dejando a Sakura con una mujer alta, de largos y ensortijados cabellos negros y ojos carmesí. Sakura pensó que tal vez tendría la edad de Shizune. La mujer tenía la tierra de los campos debajo de las puntas de las uñas.
—Yo me llamo Kurenai —dijo la mujer—. ¿Y tú cómo te llamas?
Sakura no pudo responder. Se apretaba con fuerza contra la pared, temerosa de moverse.
—No te morderé —dijo Kurenai. Sus lánguidos ojos levemente escarlata miraron rápidamente las heridas del hombro de la joven, y después la cara de nuevo—. ¿Cuántos años tienes?
—Quin… —No, no era verdad—. Dieciséis —recordó. Exhaló, haciendo acopio de fuerzas—Me…me llamo Sakura… Sakura Haruno
—Sakura —repitió la mujer, mostrando unos dientes desiguales pero muy blancos. Su sonrisa era reservada, pero no hostil—. Bueno, Sakura, hay alguien que quiere verte.
—¿Quién?
—Alguien que contestará a tus preguntas. Quieres saber dónde estás, ¿verdad?
—¿Estoy... en el cielo? —consiguió preguntar.
—Me temo que no. —La mujer alargó un brazo—. Ven conmigo.
Sakura vaciló. Ella esperaba que le diese la mano. ¡Los lobos!, pensó. ¿Dónde están los lobos? Y entonces puso la mano en la de ella, y le pareció áspera. Se adentraron más en el palacio.
Llegaron a un tramo de escalones de piedra, iluminados por rayos de luz a través de una ventana sin cristales.
—Mira dónde pisas —le dijo Kurenai, y bajaron la escalera.
Abajo reinaba una densa penumbra, y había una serie de corredores y de habitaciones que olían a polvo de sepulcro. Aquí y allá, ardía un montoncito de pinas, marcando el camino en aquellas catacumbas. Había sepulcros a ambos lados, con los nombres y las fechas de nacimiento y de defunción borrados por el tiempo. La joven y la mujer salieron de las catacumbas a una estación grande, donde un fuego de leña de pino chisporroteaba sobre una parrilla, y un humo acre flotaba en el aire buscando una salida.
—Aquí está, Kakashi —anunció Kurenai.
Había varias figuras acurrucadas alrededor del fuego. Todas ellas llevaban capas que parecían de gruesa tela. Se volvieron, miraron hacia la bóveda, y Sakura vio que sus ojos brillaban.
—Acércala más —dijo un hombre que estaba sentado en una silla, cerca del fuego.
Kurenai se dio cuenta de que la chica temblaba.
—No tengas miedo —murmuró, y le condujo hacia delante.
—0—
El hombre llamado Kakashi estaba sentado allí, observando impasible, mientras la joven de cabellos rosas era llevada hasta el círculo de luz rojiza. Estaba envuelto en una tosca hakama, y una tela a modo de bufanda cubría parte de su rostro, desde la nariz hasta la barbilla. Kurenai se detuvo, con una mano sobre el hombro ileso de Sakura.
—Se llama Sakura —dijo—. Y de apellido...
—Aquí no nos importan los apellidos —la interrumpió Kakashi, con el tono de voz de quien está acostumbrado a ser obedecido.
Su único ojo visible brilló con la luz reflejada del fuego, mientras examinaba a Sakura desde las sucias botas hasta los revueltos cabellos rosas. Sakura observaba a su vez al que parecía ser un rey del mundo subterráneo. Kakashi era un hombre alto y de anchos hombros. Su cabello encrespado era gris y su rostro, lo poco visible, era un conjunto de duras facciones. El ojo izquierdo estaba cerrado y denotaba una cicatriz transversal que iba desde el párpado hasta el pómulo.
—Es demasiado enclenque, Kurenai —dijo alguien—¡Échala de aquí!
Sonaron risas burlonas, y Sakura miró a los otros personajes. La que había hablado, una muchacha de unos diecinueve o veinte años, era rubia y el pelo le llegaba más abajo de los hombros; un fleco le cubría el ojo derecho. Ocupaba poco sitio, porque era de pequeña envergadura y aspecto frágil, y casi desaparecía bajo sus ropas. Junto a ella se sentaba un joven delgado y pálido como la cera de una vela, aproximadamente de la misma edad y de cabellos negros. Sakura reconoció al joven de cabello negro y ojeras que había visto en la planta alta, estaba sentado al otro lado del fuego junto a otro muchacho también de pelo negro corto y despeinado, de la misma edad que ella tal vez. Ambos observando a Sakura. No lejos de ellos se hallaba acurrucado otro muchacho, de unos veinte años, con cabellos castaños sujetados en una desprolija y encrespada coleta. Más allá del fuego yacía una figura encogida bajo un montón de trapos.
Kakashi se inclinó hacia delante.
—Cuéntanos, Sakura —preguntó—, ¿quiénes eran aquellos hombres y cómo has venido a parar a nuestro bosque?
"Nuestro bosque", pensó Sakura. Era una extraña manera de hablar.
—Ésos hombres… me perseguían —murmuró—. Ellos… están...
—Muertos —dijo lisa y llanamente Kakashi—. Asesinados, según parece. ¿Tienes parientes? ¿Te estará buscando alguien?
Neji fue el primero en quien pensó. Pero no; posiblemente de haberse enterado de su desaparición, estaría armándole un lío a Tsunade… ¿Shizune? Ella no vendría sola. Además, no mencionó un punto importante, ella había escapado de casa, asi que… ¿Quién iba a saber que Sakura había parado en ése bosque?
—Yo no... —Se le quebró la voz, pero se dominó—. No lo creo, señor.
—"Señor" —repitió burlona la rubia, y se echó a reír de nuevo.
Kakashi miró hacia un lado, con el ojo brillante como una moneda de cobre, y la risa cesó de pronto.
—¿Cómo es que llegaste aquí, Sakura? —inquirió Kakashi.
—Yo... —Era duro de contar aquello. Los recuerdos eran como navajas afiladas, y calaban hondo. Decir el resto era una tortura personal y sentimental—.Me dirigía hacia Iwagakure y… —empezó diciendo.
Después contó la historia del atraco a manos de los bandidos de Otogakure, de los disparos, la huida del bosque y los hambrientos lobos. Le corrían lágrimas por las mejillas y tenía el estómago revuelto.
—Me desperté aquí —dijo—. Y junto a mí había algo... ensangrentado... Creo que era de alguno de aquellos hombres.
—Rayos —gruñó Kakashi—. ¡Te dije que lo cocieses, Ino!
—Olvidé cómo se hace —replicó la joven rubia, encogiéndose de hombros.
—Se pasa por el fuego hasta que empieza a quemarse. Esto impide que mane la sangre. ¿O es que tengo que hacerlo todo yo? —Kakashi miró de nuevo a Sakura—. Pero comiste los arándanos, ¿no?
Los arándanos, recordó Sakura. Esto era otra cosa extraña: ella no había mencionado los arándanos. ¿Cómo lo sabía Kakashi? A menos que...
—¿No los tocaste? —El hombre arqueó las espesas cejas grises—. Bueno, no te lo reprocho. Ino es demasiado descuidada. Pero debes comer algo, Sakura. Comer es necesario para conservar la fuerza.
Sakura pensó que jadeaba; tal vez no.
—Déjame ver la herida de tu hombro —le ordenó Kakashi.
Antes de que los entumecidos dedos de Sakura pudiesen encontrar los pequeños botones de madera, Kurenai se le acercó y los desabrochó. Apartó delicadamente la ropa de las heridas del hombro.
Kakashi se levantó de su silla. Era alto; medía casi un metro noventa, y se aproximó a Sakura como un gigante. Ésta dio un paso atrás, pero Kurenai le agarró de un brazo y la mantuvo en su sitio. Kakashi sujetó el hombro herido, no muy suavemente, y miró las heridas rezumantes y cubiertas de sangre coagulada. Miró al otro lado del fuego, hacia el muchacho de profundas ojeras que Sakura había visto en la planta alta.
—Tienen mal aspecto —dijo Kakashi al muchacho—. Seguramente están algo infectadas. Si hubiesen sido un poco más profundas, el brazo habría quedado inútil. ¿Sabías lo que estabas haciendo, Itachi?
—No —confesó él—. Pero me pareció apetitoso.
—Entonces tienes muy mala puntería. —El hombre cerró la mano contra la carne, y Sakura apretó los dientes para ahogar un gemido. El ojo de Kakashi brilló—. Vaya; no ha gritado. —Apretó de nuevo las heridas y brotó de ellas un fluido espeso. Olía muy mal. Sakura reprimió las lágrimas—. Sabes aguantar un poco de dolor, ¿eh? —preguntó —. Así me gusta. —Soltó el hombro de la joven—. Si te acostumbras al dolor, tendrás un amigo para toda la vida.
—Sí, señor —dijo Sakura con voz ronca. Miró al hombre y osciló sobre los pies—. ¿Cuándo... cuándo podré volver a casa, por favor?
Kakashi ignoró la pregunta.
—Quiero que conozcas a los otros, Sakura. Ya conoces a Ino, a su lado está Sai. —Señaló con la cabeza al joven pálido, luego al muchacho de cabellos castaños—. Éste es Shikamaru, al otro lado del fuego está Itachi y su hermano Sasuke. —el chico que estaba detrás de Itachi sólo espetó un gruñido desinteresado—. Creo que ya has conocido a Karin, que prefiere dormir arriba. Conoces a Kurenai y me conoces a mí. —Se oyó una tos seca y Kakashi señaló la figura que yacía debajo de las capas—. Hoy, Chouji no se encuentra bien. Algo que comió, sin duda.
Continuó la tos enfermiza, Ino y Shikamaru se acercaron al bulto y se arrodillaron a su lado.
—Ahora quisiera irme a casa, señor —insistió Sakura.
—Ah, sí. —Kakashi asintió con la cabeza—. La cuestión de tu casa. —Volvió junto al fuego, se arrodilló y extendió las manos para calentárselas—Ehm, Sakura —dijo pausadamente cuando se apaciguó la tos de Chouji—, pronto vas a... —Se interrumpió, buscando las palabras adecuadas—. Vas a necesitar consuelo —dijo—. Vas a necesitar... digamos... una familia.
—Yo... ya tengo una...
Se le quebró la voz. Su familia yacía muerta hacia años y Tsunade y Shizune no eran precisamente el equivalente. Las heridas del hombro volvieron a latir.
Kakashi alargó una mano hacia el fuego y sacó una rama encendida, sujetándola por la parte que aún no habían alcanzado las llamas.
—La verdad es como el fuego, Sakura —dijo—. O cura, o destruye. Pero nunca, nunca, deja de cambiar lo que toca. —Meneó lentamente la cabeza y miró fijamente a la joven—. ¿Puedes aguantar las llamas de la verdad, Sakura?
Sakura no supo, no pudo responder.
—Creo que puedes —concluyó Kakashi—. Si no pudieses, ya estarías muerta.
Dejó caer la rama en las llamas y se levantó. Se quitó las sandalias, sacó los brazos de debajo de la hakama y los apoyó en sus hombros. Cerró el ojo.
—Échate hacia atrás —dijo Kurenai con voz tensa, tirando de Sakura—. Déjale sitio.
Al otro lado del fuego, Itachi se sentó en cuclillas, con la mortecina luz acentuando más las marcas debajo de sus ojos. Ino y Shikamaru observaban, arrodillados a ambos lados de Chouji. Sasuke se frotó los labios con la mano. Tenía el pálido semblante sofocado y ansioso.
Kakashi abrió el ojo. Brilló su voz en su cara y en su pecho, como si estuviese realizando un gran esfuerzo interior.
—¿Qué...? —dijo Sakura, pero Kurenai le hizo callar rápidamente.
Temblaron los músculos de los hombros de Kakashi y la gruesa capa cayó al suelo. Entonces dobló el cuerpo hacia delante, arqueando la espina dorsal, y tocó el suelo con las puntas de los dedos. Suspiró profundamente y aspiró con rapidez.
En junio del año pasado, Moegi, otra alumna de Shizune y menor que Sakura por casi cinco años, le había pedido a ésta llevarle a la plaza central de Konoha para ver un circo. En su memoria había quedado grabada la rara habilidad de un artista. El Hombre de Goma se había doblado en la misma posición que ahora adoptaba Kakashi, y su espina dorsal se había alargado con fuertes chasquidos parecidos a los de palos al romperse. Ahora el espinazo de Kakashi hacía el mismo ruido, pero un instante después se vio que el torso se encogía en vez de alargarse. Tiras de músculo se hincharon alrededor de la caja torácica y a lo largo de los muslos, como temblorosos haces de cuerdas de piano. Brilló el sudor en la espalda y los hombros de Kakashi, y un fino vello gris empezó de pronto a extenderse sobre la lisa piel, como nubes sobre un campo en verano. Lo hombros se arquearon hacia delante, tensándose los músculos debajo de la piel. Los huesos produjeron alegres y débiles sonidos, y hubo un ruido de tendones, como de goznes, al adquirir una nueva forma.
Sakura se echó atrás, chocando con Kurenai. Ésta le cogió del brazo y la joven se quedó petrificada, como si viese a un demonio del Hades luchando contra la carne de un hombre.
Cortos pelos grises fueron naciendo del cráneo de Kakashi, de la parte de atrás del cuello, de los brazos, los muslos y las pantorrillas. Sus mejillas y su frente se cubrieron de pelo como una fantástica enredadera. Gotas de sudor cayeron en la nariz de éste, que crujió, arrancándole un gemido, y empezó a cambiar de forma. Se llevó las manos a la cara, y Sakura vio que la carne se retorcía debajo de los peludos dedos.
La joven trató de volverse y echar a correr, pero Kurenai le gritó "¡No!" y le sujetó más fuerte. No podía soportar más aquel espectáculo: sentía como si el cerebro fuese a estallar dentro de su cabeza y rezumar como un légano negro de pantano. Levantó la mano y se cubrió los ojos con los dedos, pero dejó una pequeña rendija por la que vio cómo se retorcía la sombra de Kakashi en la pared alumbrada por el fuego.
Aquella sombra era todavía la de un hombre, pero se estaba transformando rápidamente. Sakura no podía cerrar los oídos; los chasquidos de huesos y chirridos de tendones estaban a punto de enloquecerle, y el aire lleno de humo era fétido como el interior de la jaula de una bestia. Vio que la sombra retorcida levantaba los brazos, como en ademán de súplica.
Sonó una respiración rápida y hueca. Sakura cerró la rendija entre sus dedos. La respiración se hizo más lenta y más profunda, convirtiéndose en un ronco jadeo, y por último en el suave zumbido de un fuelle.
—Mírale —dijo Kurenai.
Lágrimas de terror brotaron de los ojos de la joven. Murmuró:
—No... por favor... ¡No me haga mirar!
—No te obligaré —dijo Kurenai, soltándole el brazo—. Si quieres mirar, mira. Si no..., no mires.
Sakura mantuvo la mano sobre los ojos. El fuelle se alejó de ella. Sintió calor en los dedos. Entonces se extinguió el ruido de aquella respiración, al alejarse aquella cosa. Sakura se estremeció, ahogando un sollozo. "La verdad es como el fuego", pensó. Se sentía como un montón de ceniza, quemada e imposible ya de ser como había sido antes.
—Ya te dije que era demasiado débil —se burló Ino desde el otro lado de la estancia.
El sonido de aquella voz burlona encendió una llama en el centro de la ceniza. A fin de cuentas, todavía quedaba algo por quemar. Sakura aspiró profundamente y contuvo el aliento, temblándole el cuerpo. Entonces lo soltó y se quitó la mano de la cara.
A menos de tres metros de distancia, el lobo de lisa pelambre gris y un ojo ambarino estaba sentado sobre las patas traseras, observándole con intensa atención.
—¡Oh! —murmuró Sakura, y se le doblaron las rodillas.
Le dio vueltas la cabeza y cayó al suelo. Kurenai iba a ayudarle a levantarse, pero el lobo lanzó un fuerte gruñido y ella se echó atrás.
Dejaron que Sakura se levantase sola. El lobo le observaba, con la cabeza ligeramente inclinada a un lado, mientras él se esforzaba en ponerse de rodillas, que era lo más que podía hacer en aquel momento. El hombro le dolía terriblemente y su mente giraba como una cometa sin una cola que le equilibrase.
—¡Mirale! —dijo Ino—. No sabe si gritar o desmayarse.
El lobo se volvió hacia Ino y cerró las mandíbulas a cinco centímetros de la nariz de la rubia joven. La sarcástica mueca de Ino desapareció al instante.
Sakura se puso en pie.
Kakashi se volvió hacia ella y avanzó. Sakura dio un paso atrás y se detuvo. Si tenía que morir, iría a reunirse con sus padres en el cielo, muy lejos de aquí. Esperó que pasara lo que tuviese que pasar.
Kakashi se acercó a ella, se detuvo, y olió la mano de Sakura, que no se atrevió a moverse. Entonces, satisfecho con lo que había olido, entreabrió levemente el hocico y una lengua cálida y rosada tocó la temblorosa piel de la joven.
El lobo se echó a atrás. Abrió de par en par la boca, con los colmillos resplandecientes, y levantó la cabeza hacia el techo.
Sakura, a punto de desmayarse de nuevo, sintió el fuerte apretón de la mano de Kurenai en el brazo.
—Vamos —le apremió ella—. Quiero que comas algo. Probaremos primero con los arándanos.
Sakura dejó que le condujese fuera de la cámara; tenía las piernas entumecidas.
—Ahora todo irá bien —dijo la mujer, aliviada—. Te ha marcado. Esto quiere decir que estás bajo su protección.
Antes de alejarse mucho del arco de la puerta, Sakura miró atrás y vio en la pared una sombra proyectada por el fuego, y que se ponía en pie.
Kurenai le cogió de la mano y subieron la escalera de piedra.
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VIDA CRUEL, VIDA FRÁGIL
N/A:
Saludines! :D bueno, ahora si no tenemos dudas a quienes son los miembros de la manada... ok, no desestimo la sugerencia de Byasaku1245, no sonaba nada mal adaptarlo al clan Uchiha pero... me hubiera cambiado casi toda la trama u.u, en fin... os dejo con las suposiciones provocadas en este capitulo y... ya saben, todo tipo de comentarios, quejas o sugerecias aqui mero al apartado de reviews :D
HIGURASHI´S OUT!
